Las lágrimas de cocodrilo con las que ayer regó el salón de
plenos del Senado Mariano Rajoy, apenas cuarenta y ocho horas después de
afirmar que la cosa, el alien que ensucia t corrompe la vida pública española,
era asunto de unos pocos y no de los cuarenta y seis millones de españoles, no
han surtido el efecto deseado, entre otras cosas porque, casi al tiempo en que
lo decía, Cáritas anunciaba con los datos de su prestigioso informe que casi
doce millones de esos españoles aludidos vive por debajo del umbral de la
pobreza y cerca de treinta millones están en riesgo de perder alguno de esos
derechos fundamentales que le garantizaría la Constitución.
El bochornoso episodio de ayer, es el último, por el
momento, de una historia que comienza hace más de quince años y viene forzado
por el enorme sarpullido provocado conocer el alcance de la llamada
"Operación Púnica", en la que más medio centenar de cargos
municipales, desde técnicos a alcaldes, un alto cargo de la Comunidad de Madrid
y varios empresarios fueron detenidos por haber amañado contratos públicos a
cambio de comisiones que, esta vez, en lugar de ir a las arcas de sus respectivos
partidos, acababan en los bolsillos o en las cuentas corrientes de los
implicados.
Resulta insólito que en menos de veinticuatro horas dos
duros de la política, dos duros del PP, hayan pedido perdón públicamente y
aparentemente, sólo aparentemente, "motu proprio", porque lo cierto
es que en las plazas de los pueblos afectados la indignación ya se estaba
manifestando y también se estaban removiendo los cimientos de la reformada en
negro sede nacional del partido.
La verdad es que la actitud mantenida hasta ahora por
Aguirre y Rajoy, la de negarlo todo, ignorarlo todo, a la espera de que los
escándalos se olviden y el temporal escampe que quizá sirvió en otros tiempos
ya no sirve, porque llueve constantemente y llueve demasiado. Tanto, que en los
telediarios apenas se informa de otra cosa que corrupción y las fachadas de los
juzgados o las cárceles se han convertido en el paisaje más habitual de los
políticos y los insultos de la gente indignada que lo ha perdido casi todo,
para que estos sinvergüenzas conduzcan coches de lujo, forren sus muñecas de
oro o de exclusivo acero, se han convertido en la banda sonora de sus
apariciones.
Tampoco sirve, en tiempos de teléfonos armados de cámara y
con conexión a internet, negarlo todo, porque cada camarero, cada curiosos,
cada fan se convierte en detective o periodista, llenando la red en minutos de
testimonios de aquello que se quiere negar, como le ha ocurrido a la pizpireta Aguirre
que, con su desparpajo habitual, pretendió dejar fijada su versión, la que más
le convenía, como la verdad, hasta ver inundada la red de besos, abrazos y
arrumacos con todos esos alcaldes corruptos a los que ahora niega. Eso, o
reivindicar, como hizo ayer tan inmoral personaje, la condesa en fuga, la
sangre de los militantes del PP víctimas del terrorismo. Actitudes vomitivas,
ambas, que definen a la perfección al personaje.
Qué distinta esta España repleta de ciudadanos indignados,
arruinados y cabreados de aquella otra que, según José María Aznar, ese mito barrenado
por la carcoma de su propia obra que puso, con su ley del suelo de 1998,
la primer piedra para la corrupción a gran escala que nos ha traído a donde
ahora estamos, porque aquella ley que abrió las puertas al campo, convirtió, de
la noche a la mañana en urbanizable todo el suelo que no gozase de una especial
protección, transformando la vida y las fuentes de ingresos y los recursos de
los pueblos, que cambiaron naranjales o campos de cereal por chalés,
apartamentos y bloques de viviendas y que transformaron a simples agricultores
o poceros en constructores asiduos de los despachos y palacios de la política,
tanto como de los de la banca.
Y llegaron los regalos, los donativos para las campañas
electorales, cada vez más caras y sofisticadas y llegaron los chales de las mil
y una noches, cuanto más horteras, mejor. Llegaron los coches de lujo, los
vinos exclusivos, los viajes, los safaris, lo yates y las fiestas con
prostitutas de lujo. Llego el lujo y, con él, por qué no decirlo, la cocaína y
el viagra. Y este país de personajes calvos, ceñudos y cejijuntos, se llenó de
adonis de tez morena y pelo aplastado por la brillantina o
ensortijado por las modernas permanentes, Y alguien cayo en la cuenta de
que, si se podía pedir en nombre del partido, por qué no hacerlo a título
personal, si, al fin y al cabo, son ellos los que toman las decisiones y se
juegan el prestigio y la cárcel.
Y así, lo que en la cabeza de Aznar y sus colaboradores
pretendía ser un sistema de financiación para los ayuntamientos que liberase a
la hacienda del estado de la carga de muchos servicios, se convirtió en una verdadera
casa de putas en la que todos querían bailar con la más guapa, mientras la
fiesta la fiesta la pagaban otros,
Pero la burbuja se pinchó, todo se fue al carajo, menos los
vicios, que quedaron. Y, una vez más, los cerebros del PP se han equivocado,
porque el lunes pensaron que una red corrupta y transversal como la destapada
en la "Operación púnica" les serviría de coartada y desviaría la
atención ciudadana de su propia financiación ilegal. Lo que pasa es que los
personajes y los métodos son los mismos y porque son consecuencia de aquella
Ley del Suelo del 98 que hizo creer erróneamente a muchos que España iba bien,
cuando lo único que hacía era criar bien alimentada a la generación Aznar.
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