martes, 28 de febrero de 2017

LOS TAMBORES DE GUERRA DE TRUMP


Qué poco ha tardado el bocazas de Trump en mostrar sus verdaderas intenciones. Como todos los que viven en el fascismo y sus aledaños, apoyado por los de siempre, los fabricantes de armas y los amos del petróleo, Trump, ante la imposibilidad material, legal y ética, de cumplir gran parte sus amenazas y promesas ha acabado por recurrir a la mágica invocación de la guerra que tan buenos resultados ha dado a lo largo de los siglos, especialmente en los dos últimos, cuando toso lo demás, comenzando por las cuentas, falla.
En un mundo en el que apretar gatillos y hacer saltar por los aires al enemigo es cosa fácil y habitual entre los jóvenes nacidos prácticamente ante una videoconsola, en un mundo en el que la guerra se muestra como un videojuego de puntería y destrucción, sin sangre ni gritos, sin dolor aparente, no va a ser difícil llamar a filas a otra generación de norteamericanos, especialmente si se ha puesto en duda su derecho a pertenecer al país en que viven y trabajan, ellos o sus padres, y sólo les queda pasar la prueba de sangre de participar en una guerra injusta, para que los hijos de quienes la provocan, de los que viven de ella, no pongan en peligro su vida ni sus carreras.
Sé de lo que habló. Hace muchos años, cuando creía que quería ser veterinario, tuve un compañero de facultad que no era otra cosa que un hijo  de inmigrantes colombianos, vecinos del barrio de Jamaica, en Queens, Nueva York, que vino a España huyendo de su reclutamiento para la guerra de Vietnam, un tipo un tanto triste, con el que compartí alguna tarde de estudio y alguna situación paradójica como la de que aquel "Midnight Cowboy" que yo acababa de ver, dos veces en una semana, para ya no olvidarlo nunca, era para él una película del pasado que. a nosotros, como casi todo nos llegaba con retraso.
Pero aquel colombiano que no quiso ir a la guerra de Vietnam, cuyo nombre, americanizado, no soy capaz de recordar, no es el único caso de fugitivo que recuerdo. Conocí en Valparaíso a un chileno, creo que nacido en Nueva York, al que su padre, defensor de la grandeza americana y admirador de su "gloria" militar e incluso de la de Pinochet, mandó de regreso a Chile para que no tuviese que ponerse el uniforme e ir a la segunda Guerra de Irak, la invasión propiciada por Bush hijo, Blair y Aznar. Era, es, un chaval estupendo, pero no puedo pensar en él, sin dejar de hacerlo en el hipócrita de su padre, que tampoco era un potentado, que quería esa guerra para otros y para los hijos de otros, pero no para el suyo.
Exactamente igual que Donald Trump, que hoy se queja de las derrotas de su país, alumno de una escuela militar, una especie de correccional para ricos, que, en su juventud evitó hasta cinco veces hacer el servicio militar porque corría el peligro de tener que ir a "servir" en Vietnam.
Por eso, el ardor guerrero de Trump, que cada vez me recuerda más Hitler, me produce tanto asco como preocupación. No hay más que pararse a pensar que su compañero de partido, el senador John McCain, veterano de aquella guerra y prisionero de guerra durante años en Vietnam del Norte, se ha convertido en uno de sus más duros adversarios del presidente, lo mismo que decenas de generales retirados que se oponen a los planes belicistas del histriónico presidente.
Cabe preguntarse por qué, entonces, ese afán por emprender un rearme y unas guerras que nadie parece querer para su país. La respuesta es muy sencilla: los fabricantes de armas que tanto han apoyado y apoyan a Trump, viven de venderlas y, para que los ejércitos, los países, las compren hay que usarlas. Por eso insisto en que dos de los rasgos más notorios de la política de Trump, su loco e hipócrita belicismo y su peligroso anti ecologismo no son otra cosa que el pago de la factura por los servicios prestados por las petroleras y los fabricantes de armas durante su campaña.
Por eso, ahora que todo lo demás parece fallarle, Trump hace sonar sus tambores de guerra.

Qué poco ha tardado el bocazas de Trump en mostrar sus verdaderas intenciones. Como todos los que viven en el fascismo y sus aledaños, apoyado por los de siempre, los fabricantes de armas y los amos del petróleo, Trump, ante la imposibilidad material, legal y ética, de cumplir gran parte sus amenazas y promesas ha acabado por recurrir a la mágica invocación de la guerra que tan buenos resultados ha dado a lo largo de los siglos, especialmente en los dos últimos, cuando toso lo demás, comenzando por las cuentas, falla.
En un mundo en el que apretar gatillos y hacer saltar por los aires al enemigo es cosa fácil y habitual entre los jóvenes nacidos prácticamente ante una videoconsola, en un mundo en el que la guerra se muestra como un videojuego de puntería y destrucción, sin sangre ni gritos, sin dolor aparente, no va a ser difícil llamar a filas a otra generación de norteamericanos, especialmente si se ha puesto en duda su derecho a pertenecer al país en que viven y trabajan, ellos o sus padres, y sólo les queda pasar la prueba de sangre de participar en una guerra injusta, para que los hijos de quienes la provocan, de los que viven de ella, no pongan en peligro su vida ni sus carreras.
Sé de lo que habló. Hace muchos años, cuando creía que quería ser veterinario, tuve un compañero de facultad que no era otra cosa que un hijo  de inmigrantes colombianos, vecinos del barrio de Jamaica, en Queens, Nueva York, que vino a España huyendo de su reclutamiento para la guerra de Vietnam, un tipo un tanto triste, con el que compartí alguna tarde de estudio y alguna situación paradójica como la de que aquel "Midnight Cowboy" que yo acababa de ver, dos veces en una semana, para ya no olvidarlo nunca, era para él una película del pasado que. a nosotros, como casi todo nos llegaba con retraso.
Pero aquel colombiano que no quiso ir a la guerra de Vietnam, cuyo nombre, americanizado, no soy capaz de recordar, no es el único caso de fugitivo que recuerdo. Conocí en Valparaíso a un chileno, creo que nacido en Nueva York, al que su padre, defensor de la grandeza americana y admirador de su "gloria" militar e incluso de la de Pinochet, mandó de regreso a Chile para que no tuviese que ponerse el uniforme e ir a la segunda Guerra de Irak, la invasión propiciada por Bush hijo, Blair y Aznar. Era, es, un chaval estupendo, pero no puedo pensar en él, sin dejar de hacerlo en el hipócrita de su padre, que tampoco era un potentado, que quería esa guerra para otros y para los hijos de otros, pero no para el suyo.
Exactamente igual que Donald Trump, que hoy se queja de las derrotas de su país, alumno de una escuela militar, una especie de correccional para ricos, que, en su juventud evitó hasta cinco veces hacer el servicio militar porque corría el peligro de tener que ir a "servir" en Vietnam.
Por eso, el ardor guerrero de Trump, que cada vez me recuerda más Hitler, me produce tanto asco como preocupación. No hay más que pararse a pensar que su compañero de partido, el senador John McCain, veterano de aquella guerra y prisionero de guerra durante años en Vietnam del Norte, se ha convertido en uno de sus más duros adversarios del presidente, lo mismo que decenas de generales retirados que se oponen a los planes belicistas del histriónico presidente.
Cabe preguntarse por qué, entonces, ese afán por emprender un rearme y unas guerras que nadie parece querer para su país. La respuesta es muy sencilla: los fabricantes de armas que tanto han apoyado y apoyan a Trump, viven de venderlas y, para que los ejércitos, los países, las compren hay que usarlas. Por eso insisto en que dos de los rasgos más notorios de la política de Trump, su loco e hipócrita belicismo y su peligroso anti ecologismo no son otra cosa que el pago de la factura por los servicios prestados por las petroleras y los fabricantes de armas durante su campaña.
Por eso, ahora que todo lo demás parece fallarle, Trump hace sonar sus tambores de guerra.

lunes, 27 de febrero de 2017

GUIÓN, DIRECCIÓN E INTERPRETACIÓN


No han tenido suerte. La mañana en Madrid era gris. Tan gris como aquel día de aquella canción de Raimon. Una "mañanita de niebla" que los mesetarios bien sabemos que es el anuncio de una tarde de paseo. Pero la mañana y el paseo se llevan mal en una ciudad como Madrid y más en un lunes de este febrerillo loco que meteorológicamente nos ha traído de todo y, políticamente, como diría un castizo, ni te cuento.
Estaba todo previsto, la liturgia, la coreografía y los intérpretes. Todo previsto para una nueva entrega de ese largo serial del victimismo tan querido y tan buscado por los independentistas catalanes, los de siempre y los sobrevenidos. Estaba todo previsto, pero, a última hora, han fallado esos elementos que son cruciales para ese pantallazo deseado y buscado en los telediarios europeos. Y es que ha fallado el escenario, que ha sido tan gris como sólo puede serlo una sórdida mañana de lunes en el centro de Madrid, y ha fallado la figuración, nada entusiasta, más bien abúlica, que no ha proporcionado esas espectaculares imágenes de gente a favor o en contra al paso de la "comitiva cívica" que han dejado el paseíllo del consejero Homs en poco más que el de una charlotada de plaza de toros de tercera.
Sería muy triste que, al final, Rajoy se saliese con la suya y que, también en esto, derrotase a quienes se han proclamado sus peores adversarios, con la mejor de sus armas, la del aburrimiento. Pero, ara nuestro mal, va camino de conseguirlo, porque Mas y sus compañeros en este viaje imposible un viaje en el que, a mi modo de ver, se embarcó sin entusiasmo y sólo para enturbiar cual calamar ese ya de por sí feo asunto del tres por ciento. Mas y sus compañeros de aventura resultan ya cansinos y previsibles.
Todo, en este asunto, tiene demasiado de teatral, incluso de folletinesco. Pretender que una consulta, que no el referéndum prometido, una consulta prohibida por el Constitucional y que, por tanto, no podía ser ya más que una consulta privada, se celebre en dependencias públicas como los colegios, sin que ello tenga consecuencias, es vivir en un mundo irreal, de papel prensa, una realidad paralela, en la que, pase lo que pase, la hoja de ruta del "procés" se cumple sin cumplirla, adaptándola a la verdadera realidad, prometiendo lo que no se puede cumplir ni aquí ni de cara al exterior y alterando palabras y promesas, resolviéndolo todo a última hora con unas nuevas elecciones que se pretende ganar desde el martirologio amplificado, sin haber hecho otra cosa en estos meses que ocuparse del "procés".
No sé si habré sido sólo yo o habrá habido otros que, como yo, se hayan preguntado esta mañana si el famoso certamen de telefonía "Mobile Barcelona", el de los cuatrocientos y mico millones de beneficio para la ciudad, sería posible en una Cataluña independiente, segregada unilateralmente de España. Estoy seguro de que no. Estoy seguro que la "Barcelona, ciudad de ferias y congresos” no brillaría del mismo modo fuera de la UE y parece que una Cataluña segregada no tendría sitio en la Europa de las estrellas.
No sé en qué quedará el juicio contra el ex conseller y hoy diputado Francesc Homs. De lo que estoy seguro es de que la condena, que el propio Homs ve como segura, apenas tendrá consecuencias en la calle, aquí y en Cataluña, porque es difícil entender que las tenga la inhabilitación para ejercer cargos públicos en un estado al que no se quiere pertenecer, Pero, en fin, la política es así y, por muy buenos que sean el guion, la dirección y la interpretación, a veces, las películas acaban siendo previsibles y aburridas.

viernes, 24 de febrero de 2017

EL ARRAIGO DE URDANGARÍN


No me gusta el circo. Me aburre y, en ocasiones, me deprime. Pero, aun así, tengo que reconocer que los volatines y piruetas de algunos acróbatas me sorprenden, cuando no me admiran. Lo mismo me ocurre con la Justicia. Me aburre, me deprime y las piruetas de algunos magistrados me sorprenden y admiran.
Me acaba de ocurrir con la decisión de las magistradas del TSJ de Baleares, que decidieron consentir que el cuñado del rey Felipe espere la decisión del Tribunal Supremo sobre su previsible recurso a la sentencia que le condena a seis años y tres meses de prisión, paseando por las orillas del lago Leman o perdiéndose por las calles de la ciudad de Calvino, sin más compromiso por su parte que firmar una vez al mes en la comisaría más cercana a su domicilio en Ginebra.
No lo entiendo y, por eso, todavía tengo los ojos como platos. Sólo les ha faltado pedirle perdón por las molestias y encargarle unos bombones. No lo entiendo, del mismo modo que no entendería que se hubiese ordenado su ingreso en prisión si es tanta la confianza en él del tribunal como para permitirle disfrutar de la nieve, las montañas y las hermosas ciudades de Suiza.
Tampoco entendí que se diesen por buenas las explicaciones de la hija del rey jubilado para librarla de cualquier responsabilidad sobre los negocios de su marido, a pesar de que, para algunos asuntos, era preceptiva su firma y la aportó alegremente porque estaba enamorada de su marido, infiel y un tanto zángano, al que no se conoce oficio ni beneficio, salvo su tendencia a perseguir el dinero fácil y, por lo que dejó escrito en su correo, las faldas. No lo entendí, pero estoy dispuesto a creer que el amor es ciego y Cristina Borbón sincera.
Lo que me subleva es que pretendan hacernos creer que Iñaki Urdangarín tiene arraigo en Ginebra y no lo tiene en Vitoria, junto a su familia, o en Barcelona, donde él y su esposa siempre han querido residir. Lo entendería si el condenado Urdangarín tuviese un trabajo allí o si su familia fuese a quedar en la indigencia si regresasen a España. Pero, si la memoria no me falla, cuando el matrimonio tomó la decisión de establecerse en Ginebra, lo hizo para huir del comprensible acoso de la prensa, sin que la señora Borbón tuviese dificultad alguna para encontrar trabajo en la Fundación Aga Khan, como tampoco lo tendría ahora en retomar el que dejó en la Fundación la Caixa en Barcelona.
No lo entiendo y me escandaliza, como supongo que escandaliza a todos los ciudadanos de cualquier ideología, monárquicos o no, que pagan sus impuestos y se sienten estafados por Iñaki Urdangarín, primero, y por el tribunal que tantas deferencias ha tenido con él, después. Y es que, si la Justicia no debe empeñarse en ser ejemplarizante, porque dejaría de ser justa, si debe esforzarse en dar un mal ejemplo a los ciudadanos, algo que, en este caso, en mi opinión, el tribunal no ha conseguido.
Naturalmente, es difícil encontrar ejemplos de gente humilde que tenga que esperar la casación de su sentencia ante el Supremo. Normalmente, los humildes no tienen dinero para pagar caros abogados que lleven su caso ante el Supremo. Tampoco tienen casa en Suiza, ni les acompañan guardaespaldas que pagamos todos. Sólo se me ocurre poner el ejemplo de un tipo con la misma cara dura y falta de escrúpulos que el cuñado del rey, soez y boquirroto como él cuando se cree a salvo fuera de los focos y al teclado de su ordenador, aunque, en estatura, ambos no son comparables. Estoy hablando de Álvaro Pérez, el "bigotes" de la Gürtel, pero, claro, ni su apellido, su esposa, la familia de su esposa ni su arraigo son los de Urdangarín, por eso el bajo está en la cárcel y el alto paseando por Ginebra.

jueves, 23 de febrero de 2017

LA PEOR DE LAS SOSPECHAS


No puede haber en democracia peor sospecha que la de que uno de los pilares de Estado de Derecho, el de la Justicia igual para todos e independiente no es tal y, por desgracia, esa sospecha acaba de instalarse en la conciencia de quienes creemos en la división de poderes que hace fuerte al Estado y a los ciudadanos. Una situación y una alarma que, salvadas las distancias, evoca los tiempos oscuros en los que, en Italia, se persiguió hasta su muerte en atentado a los jueces Falcone y Borsalino por haber osado llevado ante la ley a los capos de la Mafia.
Ayer, como otros muchos, me fui a la cama con la noticia de que el Fiscal General del Estado, el que fuera magistrado del Supremos, tribunal en  el que se significó por su animadversión contra el ex juez Baltasar Garzón, cuya inhabilitación por su instrucción de los crímenes del franquismo defendió ante la sala que finalmente acabó con su carrera, había emprendido una cruzada contra todos esos fiscales que se habían significado en la persecución de los delitos de corrupción, especialmente contra el fiscal jefe de la Audiencia Nacional, Javier Zaragoza, toda una figura de prestigio internacional por su trabajo contra el terrorismo yihadista y de ETA y, ahora, contra la corrupción, y, con él,  el fiscal jefe del Tribunal Superior de Justicia de Murcia, que había tenido la osadía de dar su visto bueno a la investigación del caso Auditorio, en la que se acaba de llamar a declarar ante el juez a Pedro Antonio Sánchez, presidente por el Partido Popular de Murcia.
Resulta evidente que hasta ahora la corrupción no había pasado factura al partido responsable, gracias a la aviesa Ley del Suelo aprobada en los tiempos de Aznar en el Gobierno, de los mayores desmanes urbanísticos. Quizá por ello no se había hecho necesaria la demostración de fuerza que ha exhibido el fiscal general contra sus subordinados más significados en el progresismo. Tan evidente como que no son casuales los repetidos robos, con allanamiento incluido, que ha sufrido en los últimos meses el más inmediato colaborador del fiscal, robos en los que ha desaparecido su ordenador portátil y nada más, a pesar de que en el domicilio había dinero y objetos de valor. Algo que puede interpretarse como un intento de hacerse con el material investigado o, salvando también las distancias, como un aviso, similar a aquella cabeza de pura sangre que los Corleone dejan en la cama del productor que se negaba a contratar al protegido de la "familia".
Ojalá sean sólo sospechas y tanto el fiscal general José Manuel Maza como el ministro de Justicia Rafael Catalá puedan dar una explicación coherente y tranquilizadora a lo que está ocurriendo, porque lo anterior, sumado a la vergonzante injerencia del ministro, "vapuleando" a las fiscales que investigaron al presidente Sánchez y manejando en público información y opiniones que deberían ser discretas, sumado a las presiones directa que están sufriendo el cesado Manuel López Bernal y sus familiares, resucitando contra ellos asuntos, como la tala de árboles, presuntamente protegidos, en su finca, ocurrida hace treinta y tantos años y, supongo que rebuscando en su basura, sus armarios y sus cajones.
Presiones y acosos que, pese a haber sido denunciadas ante la Fiscalía General y la Delegación del Gobierno no han sido investigadas, tal y como daba a entender el fiscal Bernal en la sobrecogedora entrevista que daba esta mañana a Pepa Bueno en la Cadena SER, no han sido investigadas ni, mucho menos, corregidas, De momento y, tras la emisión de la entrevista, el grupo socialista en el Congreso ha solicitado la comparecencia inmediata ante el Parlamento de los ministros de Justicia e Interior, del Fiscal general del Estado y del propio cesado y acosado fiscal Bernal.
Sólo espero que las comparecencias solicitadas por Antonio Hernando sirvan para algo más que para que unos y otros se tiren los trastos a la cabeza y que, de ellas o de sus consecuencias, salga el firme propósito de reforzar y proteger a quienes, desde sus puestos de trabajo, llevan a cabo tan importante labor de protección de nuestros derechos y bienes.
Únicamente dejando trabajar a los fiscales y reponiendo a los cesados sin que sobre ellos o su labor puedan hacerse reproches, disiparían la esta terrible sospecha, la peor de las sospechas, de que se les ha presionado y se les cesa por haber molestado al PP que, ahora sí, está sufriendo las consecuencias de su corrupción de años. Demasiadas molestias para salvar el culo de quien, como Pedro Antonio Sánchez, dice no haber cometido ningún deluto.

miércoles, 22 de febrero de 2017

LA MANO, LA PATA Y LA PASTA


Que el Partido Popular se esfuerza en disfrazar la verdad o en disimular torpemente sus "pecados", como haría un colegial, que viene a ser lo mismo, no es ningún secreto. El lunes, el presidente de Murcia se descolgó con eso de que acudiría ante el juez para aclarar el feo asunto, añado yo, del auditorio de Puerto Lumbreras, como si aclarar y declarar fuesen sinónimos, como si el amor o los bienes pudiesen aclararse en vez de declararse. Ayer, los encargados de tratar de confundirnos con sus consignas de argumentario fueron Rafael Hernando, perfectamente coordinado con el coordinador Fernando Martínez Maillo, repitiendo casi al unísono que "no es lo mismo meter la mano que la pata", como si las acusaciones que pesan sobre Pedro Antonio Sánchez y otros como él fuesen simples errores y no las trampas a que nos tienen acostumbrados.
No es de recibo que pretendan hacernos creer que un alcalde, ministro o presidente de comunidad no sepan que hacen con el dinero de los contribuyentes ni, mucho menos, que no se rodeen de todo un ejército asesores que les indiquen qué pueden hacer, qué no y cómo. Pero, aun dando por buena la falta de malicia de los responsables de estos asuntos que acaban en los tribunales -yo tiendo ponerla en duda- lo que no estoy dispuesto a admitir es que los deslices de los políticos acaben por no tener consecuencias.
Esas decisiones, aunque sean simples errores sin mala intención, especialmente si tienen que ver con la caja, acaban repercutiendo en el bienestar de los ciudadanos, en su salud, en su educación o la de sus hijos, en su seguridad y en la asistencia que se debe a sus mayores. Así, por ejemplo, no puedo creer que un ciudadano de Puerto Lumbreras prefiera un auditorio municipal, pagado por encima de su coste y cerrado porque fue entregado por la constructora y recibido por el alcalde sin terminar, s disponer de aulas y profesorado para sus hijos o parques y residencias para sus mayores.
No. En estos asuntos no hay errores inocentes. Cuando se opta por la oferta más cara, por una oferta inverosímil o por recibir unas obras apresuradas, en las que lo único que parece importar es llegar a tiempo y cortar cintas o descubrir placas antes de las elecciones.
No puedo creer, por ejemplo, que el ministro de Fomento socialista José Blanco ola Xunta de Galicia sean inocentes y se vayan de rositas después de un accidente ferroviario, el del Alvia en Androis, con decenas de víctimas mortales, un accidente evitable si el tren y la vía hubiesen sido compatibles y las medidas de seguridad las precisas. Pero no. Había que cortar una cinta y llevar la alta velocidad o casi a Galicia antes de las elecciones.
Lo mismo que ocurrió con el tenebroso viaje del Yak 42, un avión inaceptable para traer a nuestros soldados a casa, viejo, mal mantenido, en manos de una tripulación agotada, cuyo único mérito fue el de ser el más barato y permitir a unos cuantos militares corruptos lucrarse, bajo la mirada no sé si cómplice de un ministro sin escrúpulos ni sentimientos.
Son sólo dos ejemplos, quizá los más descarnados, de que, en ocasiones, meter la pata puede ser tanto o más grave, casi criminal, que meter la mano en la caja, porque hay muchas maneras de lucrarse, no sólo llevándose la pasta, también deslumbrando a los vecinos con un auditorio caro e inútil, con un tren sin las medidas de seguridad exigibles o con un avión asesino. En ocasiones, sobre todo cuando el que lo hace ha sido elegido para gestionar lo de todos, meter la pata en asuntos de pasta puede llegar a ser más grave que meter la mano en la caja, pese a lo que diga el pulcro Albert Rivera, autor al parecer de la frase prestada al PP.

martes, 21 de febrero de 2017

APLAZAR LA VERDAD


Todos lo hemos hecho alguna vez. Quién no se ha escondido alguna vez de la realidad inapelable y dolorosa, aplazándola. Lo hacen los niños que fingen estar enfermos para no tener que ir al colegio que temen o que no les gusta. Lo hacen los estudiantes que renuncian a presentarse a exámenes para los que no se sienten preparados y lo hacen, es evidente, todos los partidos que aplazan la verdad que les incomoda, disfrazándola una y otra vez, a la espera de que un resultado electoral les "indulte" de sus pecados. Lo hacen todos, pero, si hay que buscar un especialista, el especialista es, sin duda, el Partido Popular.
No hay, no ha habido, en España un partido político que haya acumulado tantos asuntos y tan graves en los juzgados como los acumula el PP. Y, si esto es así, es porque el partido de Aznar y Rajoy se ha especializado en aplazar, mediante recursos, aforamientos, desaforamientos y otras triquiñuelas jurídicas "made in Trillo", casi todos los asuntos que tiene en los juzgados. Lo ha hecho con el caso "Gürtel" que, a la espera del recurso ante el Supremo, lleva ya nueve años en los juzgados y lo hace con cualquier otro asunto que ponga en peligro sus gobiernos y a los hombres y mujeres que los encarnan, Sin embargo, en ocasiones, ese afán protector ha llevado a poner en entredicho al quienes como el propio Rajoy se han visto obligados a empeñar su palabra para alcanzar un gobierno que las urnas, por fin, les habían negado.
Rajoy, para apuntalar su permanencia en La Moncloa, se vio obligado a aceptar el trágala que le impuso un Ciudadanos crecido, entre otras cosas, porque tenía los diputados que el PP necesitaba para formar gobierno, un trágala que se materializo, entre otros muchos, en el compromiso de forzar la dimisión de sus cargos públicos en el momento en que fuesen llamados por un juez a declarar como investigados, léase imputados.
Le acaba de ocurrir al presidente murciano con asuntos pendientes ya desde su etapa como alcalde de Puerto Lumbreras que, pese a esa hipoteca, fue incluido en las listas a las autonómicas, las ganó sin mayoría absoluta y se vio obligado, como Rajoy, a firmar su propio trágala con Ciudadanos o, lo que es lo mismo, aplazó unos meses la verdad procesal de la primera imputación de las que le esperaban, en esta ocasión por la adjudicación irregular de un auditorio municipal ruinoso que recibió de los constructores sin estar terminado.
Pero no temáis, no. A Pedro Antonio Sánchez, que así se lama el señor presidente, no le preocupa el asunto, no le preocupa el asunto ni le preocupa la verdad. No le preocupan, porque, aunque se trate de hechos palpables, las palabras se pueden disfrazar y, por más tajantes que fuesen las condiciones que le impuso Ciudadanos, siempre se pueden encontrar fisuras y vericuetos por los que escabullirse de lo firmado, que no fue otra cosa, él mismo lo dijo, que marcharse si el juez le llamaba a declarar como investigado.
Demasiados obstáculos los que viene dejando el PP en su camino, como para poder gobernar aquí y allá sin sobresaltos, demasiados campos de minas como para encontrar candidatos sin pasado, con la conciencia tranquila y sin hipotecas. Quizá por eso Rafael Catalá, el más marrullero de los ministros de Justicia que ha tenido este país, ha identificado al enemigo que, para él, no es otro que todos esos fiscales empeñados en cumplir con su deber de identificar delitos y delincuentes, sean estos quienes sean, y, para combatir a ese enemigo, que quiere llevar al banquillo al mismo presidente de Murcia por ser una pieza del "caso Púnica" y que ya vapuleó en las ondas la pasada semana, ha emprendido, de la mano del fiscal general que debería ser del Estado, pero parece sólo suyo, una purga por la que se va a descabezar la carrera fiscal, especialmente allá donde es más díscola o incontrolable.
Su amigo Pedro Antonio puede estar tranquilo, el ministro vela por su tranquilidad, porque seguro que ya le ha buscado, como hizo en el reciente congreso del partido, para comunicárselo. Lo que no saben uno y otro es que la verdad es contumaz y que, por más que se disfrace, la mentira tiene las patas cortas, Así que, a aplazar la verdad, a aguantar dos años más en el cargo para que las urnas le absuelvan, como vienen absolviendo a sus compañeros de partido y castiguen, dejándoles sin fuerza para hacer cumplir lo firmado, a sus socios de Ciudadanos.