viernes, 24 de marzo de 2017

NOMBRES


Hace unos días escuché a Pablo Casado, ese joven valor del PP forrado de títulos académicos de rimbombantes nombres en inglés, criado a los pechos de Aznar, del que fue jefe de gabinete con sólo veintiocho años, decir que hay quienes, se refería a Podemos y el PSOE, para ser felices, tienen que cambiar el nombre de las calles, pero que ellos, el PP, sólo quieren ser felices. Olvida y, lo que es peor, desprecia el hecho de que hay en España demasiada gente que, para poder ser felices, necesitan que desaparezcan de las calles y plazas los nombres de quienes acabaron con la vida de muchos de los suyos y, de paso, con la felicidad y la esperanza de los derrotados, gentes obligadas a pasar todos los días por delante de estatuas y placas que les traían malos recuerdos de años y años de dolor y miseria.,
Las palabras de este petimetre pretendían dar respuesta a la decisión del Ayuntamiento de Madrid por la que, en cumplimiento de la decisión aprobada por la mayoría de los vecinos en consulta pública y abierta de devolver el nombre original de Parque Forestal de Valdebebas al parque apresuradamente bautizado como Parque Felipe VI, por una Ana Botella en fuga tras su más que desastrosa gestión del ayuntamiento madrileño. Una decisión que parece ser, para el PP, motivo de existencia hasta que, de aquí a dos años, se celebren nuevas elecciones a las que, por lo anunciado por el escudero de una más que callada Esperanza Aguirre, abrumada por el aliento del juez y la Guardia Civil en su nuca, el PP llevará la restitución del regio nombre como principal promesa. Una polémica, ésta, que el rey podría zanjar renunciando públicamente a que el parque lleve su nombre en contra de la voluntad de los vecinos expresada en las urnas.
La de los nombres, es una polémica demasiado viva en un país de vencedores y vencidos, en el que tras la sangrienta guerra civil se rebautizaron calles y plazas con los nombres de los "mártires" de uno de los bandos, el "generalísimo" o la fecha de aquel pésimo golpe de estado que tardó tres duros años de guerra, centenares de miles de muertos y gran parte de la nación destruida en imponerse. En casi cuarenta años de guerra y dictadura se apearon de las paredes las placas con los nombres de poetas y escritores, alcaldes, diputados y presidentes, virtudes del hombre y su civilización, países alineados en "el otro bando", intelectuales, músicos y todo aquel que no hubiese dejado claro desde el primer momento su adhesión al régimen.
Un espectáculo horrendo, de consecuencias nada éticas ni estéticas, al que nos cuesta poner fin, echar el telón, porque hay quien no está dispuesto a devolver las cosas a su ser, en cumplimiento de la ley y no hace sino poner palos en las ruedas del sentido común. En uno y otro lado, porque también hay, Madrid es un ejemplo, quien irreflexivamente se ha apresurado a arrancar placas que tenían su razón de ser y que han tenido que ser repuestas, con los consiguientes sonrojo y pérdida de argumentos y de razón para quienes pretenden hacer las cosas serenamente.
Simultáneamente, se ha aprobado una moción para retirar de varios hospitales madrileños el nombre que se les impuso y que no es otro que el de miembros de la familia real, nombre que confunde a quienes tienen que acudir a ellos, porque nadie o casi nadie sabe que él, "Infanta Leonor" está en Vallecas o el "Infanta Cristina" en Parla. Creo que, en el caso del hospital de Parla, que lleva el nombre de quien se lucró con los trapicheos de su marido y que por ello fue condenada al pago de una importante multa, el cambio está más que justificado. Y no sólo eso debería servir de precedente para que, en el futuro, no se dé a lo que es de todos el nombre de personas vivas, más aún, de niños que, cuando crezcan, puedan avergonzarnos como lo ha hecho la hermana del rey.
El consejero del PP ya se ha opuesto al cambio de nombre porque, dice, nos va a costar medio millón de euros. Yo, personalmente, creo que valdría la pena y que bastará con que "los suyos" dejen de meter la mano en la caja, para compensarlo sobradamente.
Por último y sin dejar de lado los nombres, en un precioso barrio de Madrid, cuyas calles se llenan cada día de gentes de toso los colores y todas las lenguas, una fuente, la de Cabestreros, justo al lado de un popular restaurante africano, conserva la placa que acredita que fue construida en tiempos de la república, un poco más abajo, siguiendo la calle Mesón de Paredes, una plaza, la ·de las Escuelas Pías", reducto que fue de los sublevados en julio del 36, acaba de ser bautizada con el nombre de un extremeño de nacimiento, Arturo Barea, madrileño de adopción hasta que, como perdedor, tuvo que emprender el exilio y, desde Londres, dio a conocer a todo el mundo el Madrid más popular. Un poco más allá, un pequeño rincón, apenas una plaza, recibirá muy pronto el nombre de Gloria Fuertes la poeta, poeta de guardia, más querida, sin ellos saberlo, de los madrileños, símbolo de tantas cosas, que nació un poco más allá, en la calle de la espada.
Me dijo una vez mi amigo Fernando Delgado que nada hay más triste que que den tu nombre a una calle y, pasados los años, nadie se acuerde que quién eras. Creo que aún es más triste que tu nombre en una placa traiga sólo malos recuerdos.

jueves, 23 de marzo de 2017

UN COCHE, UN CUCHILLO...


Sin pretender dármelas de nada, me atrevo a deciros que no me sorprendió el loco ataque llevado ayer en Londres por un sólo hombre, armado únicamente con un todo terreno alquilado y un cuchillo. No me sorprendió, como no me sorprenderá el siguiente que se produzca, en Londres o en cualquier otro lugar, mientras no cambie la política de Occidente en el Cercano Oriente y, sobre todo, en todos esos barrios y ciudades de la periferia de sus capitales, convertidos en almacenes de jóvenes sin futuro ni esperanza.
El terrorismo, especialmente este terrorismo a la desesperada, no se combate con más policías y menos libertad. Todo lo contrario. Ese terrorismo del no futuro y la injusticia se combate con más igualdad y más justicia social. Ese terrorismo que ayer se manifestó en el centro de Londres, junto a su parlamento, al pie del Big Ben, brota en cualquier lugar en el que se niegan la identidad y el futuro a los jóvenes. 
Isabel de Baviera, Sissi, emperatriz de Austria, asesinada en Ginebra, mientras paseaba a orillas del lago Leman, apuñalada con un estilete por un joven anarquista italiano. Hoy, Sissi viviría rodeada de escoltas y guardaespaldas, del mismo modo que el estado de Israel vive en continuo estado de sitio, con sus calles patrulladas por jóvenes soldados bien entrenados y equipados, con órdenes de disparar sin dudarlo contra cualquier sospechoso, más si su aspecto es el de uno de esos palestinos a los que se ha confinado tras de un muro, haciendo de su vida una larga espera para entrar o salir del "corral" en el que han sido encerrados por quienes ahora ocupan sus tierras y les impiden trabajar y prosperar con dignidad. 
Sin embargo, ni todos los soldados ni todas las armas del mundo pueden impedir que un hombre o una mujer desesperados conviertan cuchillo de cocina o de las llaves de un coche, una furgoneta o un camión, en el arma de su venganza desesperada contra quienes creen la causa de su desgracia y su humillación. Y, si alcanzar a su particular Sissi, les resulta imposible, bastará con apuñalar a quienes estén esperando a un autobús o atropellar a quienes pasean por cualquier calle.
Lo escribo porque me llamó la atención que ayer, aquejados del ombligo centrismo que por desgracia padecemos los europeos, los telediarios fijasen el inicio de este tipo de ataques en el Paseo de los Ingleses de Niza, cuando el verdadero antecedente, al menos en la historia reciente, está en las calles de Tel Aviv y en cualquier otro lugar en el que, sin acabar con el dolor y la injusticia, el control y la sospecha permanente se conviertan en el pan de cada día de los señalados como indeseables.
No hacen falta muros de cemento ni alambradas para encerrar a los desechados de la sociedad, los hijos de quienes vinieron a Europa a ganarse el pan que no les llegaba en su tierra, todos esos chicos que crecen en los parques y plazas de las ciudades de occidente, que viven solos la práctica totalidad del día, "abandonados" forzosamente por unos padres que trabajan todo el día para pagar el alquiler de esa caja de zapatos alejada del centro de las ciudades que limpian, en las que tienen que vivir. 
Son los mismos que hace unos años arrasaron desesperados la banlieu de París o las calles del mismo Birmingham donde hoy buscan a los "cómplices" del asesino de ayer. Entonces, nadie se fijó en ellos, nadie se ocupó de cumplir las promesas con que se acallaron aquellos incidentes. Todo siguió igual. Quizá aumentaron las patrullas policiales y, con ellas, los abusos y, con ellos, el odio, Y, mientras, las pantallas de sus televisiones se fueron llenados de imágenes de gente armada y eufórica, terroristas para nosotros, que, para ellos, se estaban convirtiendo en vengadores, en el ejemplo a seguir para salir de esa vida desesperada que les ha tocado vivir. Y, en esas, llegó Internet y puso lo demás. 
Y queda poco más que añadir. Salvo que, si el presupuesto que se destina a aumentar el número de policías y su equipamiento, el que se invierte en aviones, bombas y fusiles con los que hurgar en el avispero de Siria, Afganistán e Irak, el que se emplea en servicios de información que no se enteran de nada y, si se enteran, es para complicar más las cosas, si, en resumen, se emplease más en construir paz justicia y bienestar, con colegios, campos de deportes, escuelas y centros sociales y en crear puestos de trabajo que el que se invierte en preparar guerras preventivas y en llevar al basurero social a quienes ya no les sirven, todos, salvo los fabricantes de armas y los partidarios del capitalismo salvaje, viviríamos más felices y los ofuscados por la desesperación no verían en un coche o un cuchillo el instrumento de su venganza.

miércoles, 22 de marzo de 2017

DEROGAR LA LEY RAJOY


Por fin ayer, el Congreso decidió acabar con una ley, la vigente y tenebrosa Ley de Protección de la Seguridad Ciudadana, parece sarcasmo, del no menos tenebroso ministro Fernández Díaz, que pasará a la historia, esperemos que lo antes posible, con el expresivo apodo de Ley Mordaza.
Parece que fue hace siglos cuando Fernández Díaz, el de las devoluciones en caliente, el de la caza a pelotazos de los inmigrantes en la playa del Tarajal en Ceuta, el de las detenciones e identificaciones indiscriminadas en las manifestaciones de las mareas, el de las persecución a los sindicalistas y periodistas, el que pretendió prohibir obtener pruebas y publicarlas de los excesos policiales, el que quiso, en fin, amordazar y atar de pies y manos y amordazar a la ciudadanía, para que su partido campase a sus anchas, desmantelando derechos y libertades en este país que él cree de María y la Banca y no de quienes vivimos y trabajamos en él, el ministro de la policía de parte, esa que fabrica pruebas y dosieres contra su amo. Parece que hace siglos y, sin embargo, fue antes de ayer, como quien dice.
La disparatada ley, más propia de una república bananera que de un país civilizado y democrático, lleva la firma de Jorge Fernández Díaz, pero, no lo olvidemos, tuvo el visto bueno de todo el gobierno Rajoy de entonces en Consejo de Ministros y fue aprobada, en solitario, eso sí, con los votos de todo el Grupo Popular. Por eso no es de extrañar que ese, afortunadamente hoy mermado, Grupo Popular haya defendido con uñas y dientes y no sin extrañeza por las prisas de la oposición en abolirla, la derogación de una ley que cercenaba el derecho de los ciudadanos a manifestar en la calle, en la prensa y en las redes, su disconformidad con las injustas imposiciones del gobierno.
Está claro que aquel gobierno, no muy distinto de este, salvo por su debilidad actual en el Congreso, no quería testigos de sus desmanes. No los quería en la calle y no los quería en sus casas, leyendo el periódico escuchando la radio o sentados delante del televisor o ante las pantallas de su teléfono, tableta u ordenador.
Por eso, esta ley pretendió convertir a los ciudadanos en seres inertes, sin voz ni movilidad, para que no pudiesen medir en la calle, ni reconocer su fuerza frente a los atropellos, y lo hizo a conciencia, mandando contra las mareas a sus gladiadores y a sus infiltrados, atentos a cualquier incidente para desatar su violencia y para detener "sin ton ni son" a  "todo bicho viviente", sin motivos ni pruebas, con el fin de asustar a los indecisos, para que acabasen escondiendo su miedo en sus casas. Y, si los incidentes no llegaban, si las manifestaciones eran pacíficas, como pretendían sus convocantes, los incidentes se fabricaban, como se fabricaban las pruebas, para justificar los desmanes.
La ley de Fernández Díaz que ayer emprendió el camino parlamentario para su derogación o, al menos, la de sus artículos más arbitrarios, anteponía la palabra de las fuerzas de seguridad ala de cualquier ciudadano y negaba, además, la posibilidad de documentar con imágenes los incidentes, a sabiendas de que, en los tribunales, esa palabra no siempre salía bien parada. 
La ley que ayer comenzó a demolerse, es la ley de un tirano que quieren que recordemos con la cara de Fernández Díaz. Pro no, es la ley de un tirado con otro nombre y otros apellidos esa ley es la ley de Mariano Rajoy, la ley tras la que Mariano Rajoy pretendió parapetarse con sus injusticias No lo olvidemos, Fernández Díaz ya no están, pero siguen estando los mismos.

martes, 21 de marzo de 2017

EL FIN DE ETA


Por edad me ha tocado, no a todos los españoles les pasa, haber sido testigo, en la distancia, eso sí, del nacimiento y el fin de ETA. Al principio, he de reconocerlo, durante los últimos coletazos de la dictadura, los de mi adolescencia, ETA tenía un halo de "robinhoodismo", si es que perdonamos el "palabro", porque atacaba a "los malos" y defendía a los buenos y, por qué negarlo, porque sus actos se circunscribían únicamente al País Vasco y, a lo sumo, Navarra. Eran tiempos en los que ETA se nutría de universitarios y, como el PCE, de alguna manera, aglutinaba la resistencia más activa contra el dictador. También, ETA era de izquierdas o, al menos, así la quería ver yo.
Estoy hablando de los tempos del "Proceso de Burgos", de una ETA que renunciaba a causar "daños colaterales", de una ETA, en fin, muy arraigada en el pueblo, que aún tenía la pátina de los aquellos movimientos de liberación nacional de los sesenta, una ETA contemporánea de los primeros años de la revolución cubana, una ETA con mucho de épica, que aún encontraba una cierta justificación para su violencia.
Os hablo, insisto, de años en los que, a Madrid, al resto de España, no le alcanzaban ni los tiros ni las bombas de ETA. Pero el tiempo pasó, Franco murió ensartado de agujas y electrodos en una cama de un hospital madrileño, el mismo que su régimen levantó para conmemorar los veinticinco años de esa paz terrible que siguió a su guerra. El tiempo pasó y llegó aquella democracia imperfecta en la que nos movemos aún, con aquellas primeras elecciones que pusieron a cada uno a trabajar en lo suyo, en las que aquella unanimidad en torno a ETA desapareció, como también desapareció la que había en torno al PCE, dando paso a la moderación y el posibilismo. Y a ETA que, con la amnistía, iba quedándose sola y sin argumentos para justificar la violencia que crecía en ella.
Poco a  poco, de ETA fueron desgajándose las distintas facciones que ya no comulgaban con toda esa violencia del pasado ni, mucho menos, con esa "socialización del dolor" con la que en adelante iba a justificar sus bombas, algunas de las cuales acabaron en terribles masacres, llegaron los tiros en la nuca, las bombas lapa y los más cobardes asesinato, en una escalada de atentados que aún resuenan en nuestros cerebros -Calle del Correo, Hipercor, las casas cuartel de Zaragoza y  Olot, la Plaza de Republica Dominicana, el sádico asesinato de Miguel Ágel Blanco, el de Ernest Lluch, el atentado del Aeropuerto de Barajas- como un palmarés del horror más ciego e inútil. que acabaron por hacer saltar, también, por los aires cualquier apoyo o simpatía que hasta entonces podría recibir, sobre todo del exterior,
Y, con su terror, incluso con el de "baja intensidad" que teorizó y practicó la banda, creció enfrente la eficacia policial y diplomática de los distintos gobiernos que se sucedieron en España, y se trabajó en distintos intentos de negociación, alguno dinamitado por el PP, para buscar una salida, la que por fin parece haber llegado, que pusiese fina a cerca de un millar de muertos y más de seis décadas de dolor.
Alguno de esos intentos me tocó vivirlo de cerca, del mismo modo que la política de dispersión de los presos de la organización y las distintas estrategias de "maceración" de unos militantes que estaban llegando a la edad en que otros se jubilan, en la cárcel y sin haber conocido una vida más allá de la clandestinidad, el exilio y las rejas. Sin embargo y curiosamente, al menos en mi opinión, el hecho que definitivamente acabó con ETA no tuvo que ver con ella ni con la lucha contra ella. Lo que creo que acabó con ETA fue, irónicamente, que durante cuarenta y ocho horas una gran parte de España diese por buena la atribución de la autoría de las matanzas del 11-M en los trenes de Madrid que. miserablemente, hizo el gobierno de Aznar.
ETA había exacerbado tanto su violencia que muchos españoles les creyeron capaces de algo tan ciego y sin sentido, sin siquiera el sentido que cínicamente dieron a más de uno de sus atentados. Verse ante el espejo de tanto horror les retrató en su locura y les dejó sin argumentos. Eso y el cansancio de una "guerra" que estaban perdiendo, les llevaron a callar las armas, primero, y a entregarlas, ahora, dentro de unos días.
Todo ha influido, las consecuencias del terror, el cansancio de quienes se embarcaron en una vida sin salida y sin relevo, el fin de la tortura y el terrorismo de Estado que, desgraciadamente, camparon por sus respetos en este país, el rechazo de gran parte de la población que valientemente llevó "Basta ya" a las calles de Euskadi, la eficacia policial, el fin de los santuarios en Francia y el resto del mundo, el 11-M, pero, sobre todo,, la llave para una salida negociada a la que llevó el convencimiento, primero en el ministerio del Interior -así me lo dijeron ya en los primeros noventa- y después en sectores cada vez más amplios de la población, de que "lo importante no era vengarse de ETA, sino acabar con ella".

Hoy, pese a quien pese, porque, a uno y otro lado hubo a quienes su existencia les convino, el fin de ETA, el que yo esperaba, porque es el único posible, el que nos permita ser más libres, ql que algín día sabremos que fue discretamente acordado, por fin parece haber llegado.

viernes, 17 de marzo de 2017

MAL ACOSTUMBRADOS


Si no se tratase de él y si aquello por lo que tuvo que pasar ayer no fuese consecuencia de su modo de hacer y el de su partido, Mariano Rajoy daría pena. Pero no, a nadie puede dar pena quien lleva cinco años despreciando una y otra vez la democracia y, sobre todo, el diálogo.
La prepotencia del Partido Popular, desoyendo a la calle y a sus representantes, incumpliendo sus propios pactos, "toreando" con caros abogados y sucias estrategias "made in Trillo" a la Justicia, dejando que todo se pudra, que el tiempo que -dicen- manejan como nadie, vaya asentando las cosas y derrotando a los adversarios, es tiempo que acaba por convertir todo en estable a  base de desgaste, a base de erosionarlo, dejándolo estar sí, pero en ruinas, desmoronado, esa manera de ero del "animal que avanza sin moverse" -lo único brillante que ha dicho Felipe González en mucho tiempo- acaba de pasarle factura. a nosotros también, en el Congreso de los Diputados.
Ayer, después de haber dejado en el congelador durante meses el injusto decreto ley de reforma de la estiba, pudriéndose cualquier atisbo de acercamiento entre la Unión Europea y los trabajadores de los puertos, se encontró con que, oh sorpresa, no tuvo mayoría suficiente para convalidarlo, a sólo una semana de que expire el plazo que la Comisión había dado a España para la reforma. Rajoy parece no haberse enterado de que le han quitado la apisonadora, el rodillo con el que laminaba sin piedad las pretensiones de la oposición y sus representados, echando abajo, como muñecos del pim pam pum cualquier atisbo de esa madurez democrática que tanto invocan, aunque sólo sea "de. boquilla".
Ayer, no pudo contar, como es lógico, con el voto favorable de Podemos. Pero tampoco con el del PSOE, con el que ni siquiera se dignó fingir una negociación, quizá porque sabía que su decreto salvajemente en contra de los intereses de los trabajadores no podría ser respaldado por un partido socialista en horas bajas y descabezado. Confiaba en sus aliados naturales de la derecha, nacionalistas de la derecha como PNV, PDC (ex CiU) o canarios, también con el de su marca blanca, Ciudadanos, a quienes una y otra vez ha despreciado, dejándole con "el culo al aire" ante sus votantes, haciéndole caer en las encuestas, por inoperante o demasiado parecido a ellos.
Sólo contó con el PNV, con el que está "cambiando cromos" para aprobar los presupuestos, primero en Euskadi y, enseguida, en el Congreso, el resto, molesto por tanto desaire y sin nada que ganar prefirió dejarle sólo con su decreto, materializando por primera vez, no sólo en la legislatura, sino en muchos años, la fotografía de un gobierno derrotado, sin mayoría ni apoyos para sacar adelante sus decretos.
Rajoy no ha hecho sino cosechar lo que lleva años sembrando con sus desplantes y su estrategia de dejar que todo se pudra. Rajoy y el PP se han quedado en la más terrible soledad, al tiempo que han visto las orejas del lobo del juego de las mayorías y minorías parlamentarias. Por primera vez se han dado cuenta de que, si quieren acabar la legislatura, van a tener que hilar muy fino, pensando en toda esa gente que no les ha dado su voto. Por primera vez en mucho tiempo, parece mentira que no hayan pensado en ello, van a tener que cambiar la soberbia y el desprecio por la humildad y el diálogo.
Sin embargo, les va a ser muy difícil cambiar tanto y tan rápido. Su portavoz en el Congreso, Rafael Hernando, no es precisamente la encarnación de los buenos modos y el diálogo y, aunque la memoria es lo primero que se pierde en política, tiene mucho dicho y hecho en contra de quienes habrían de ser sus interlocutores. Quizá por eso hay ya quien piensa que Rajoy está por romper la baraja, hacer saltar por los aires la legislatura, y convocar elecciones. Es muy posible que las gane, más por que otros las pierdan que por sus méritos, pero debe tener presente que, para cuando puedan celebrarse, su partido se encuentra inmerso en una dinámica de juicios y sentencias que le estallarán en las manos y, sobre todo, en los telediarios.
Rajoy y su PP están muy mal acostumbrados y no se han dado cuenta de que ahora lo que toca es negociar y ceder o perder.

jueves, 16 de marzo de 2017

REPARTIR EL MARRÓN

No sé si estoy hipersensibilizado en contra de quienes no sólo me meten la mano en el bolsillo, sino que, además, me toman por tonto, pero me ocurre que algunas coas me sublevan y, como en política hace tiempo que dejé de creer en la violencia y, si, como a Leonard Cohen, a veces me entran ganas de romper cristales, me las aguanto y me esfuerzo, aunque me cueste, en confiar en la Justicia. 
El caso es que yo, que cuando me enteré de que Caja Madrid se había jugado y había perdido la mitad de mis ahorros en preferentes le dije al director de mi sucursal que vería a Rato y Blesa en la cárcel, llevo meses, y lo sabéis, escamado más que extrañado porque Esperanza Aguirre, elemento común de los responsables de todas las tramas corruptas organizadas en torno al PP madrileño, no haya sido llamada a declarar ante el juez, ante ninguno de los jueces, para explicar su relación con las mismas y que tampoco ninguno de esos magistrados se haya puesto a investigar el papel de esta señora en la generación de tanta podredumbre.
Más aún me extraña que la existencia y el análisis de la carta dirigida por Francisco Granados a la señora Aguirre, con ·acuse de recibo" al juez encargado de la Púnica y a la prensa, apenas hayan ocupado titulares, eclipsadas por las elecciones holandesa, el decreto de la reforma de la estiba y quién sabe si la más que previsible clasificación del Atlético de Madrid en la Champions League. 
Me extraño porque Francisco Granados señala, de su puño y letra, todo lo que todos desde hace tiempo sospechamos, sin que nadie parezca estar interesado en aclararlo. Granados en un tono falsamente cordial pide a Esperanza Aguirre que niegue la existencia de las tramas corruptas que, según el "ilustre" interno de la cárcel de Estremera no podrán haberse creado sin su autorización o, en el mejor de los casos, sin su conocimiento, porque, le recuerda, nada pasaba en el partido sin que ella estuviese al tanto. Granados da a entender que se siente desamparado y un chivo expiatorio y no hay que ser muy listo para descubrir en sus palabras una clara amenaza de "tirar de la manta" y contar todo lo que sabe de todas esas tramas que durante tanto tiempo han alimentado la maquinaria electoral del PP.
Tengo muy claro que quien está dispuesto a dejarse "dopar" electoralmente, como se ha dejado dopar la ex tantas cosas del PP madrileño, no colca a su alrededor gente honrada y sacrificada aino, más bien, personajes que nadas escasos de escrúpulos y se manejan bien en los bajos fondos de la política y la empresa, capaces de inventarse proyectos, necesarios o no, de los que "rascar" las mordidas y los donativos que acabarían después, una parte en carteles, mítines y vallas publicitarias y, otra, en casas de lujo, horteras pero de lujo, fincas, relojes, joyas y viajes.
Se trata de dos tipos de personajes. Por un lado, los que construyen las tramas -los Marjaliza y los Correa de turno- por otro los consejeros, alcaldes y demás que adjudican los proyectos -cargos que precisaban siempre y bien que presumía de ello, el visto bueno de la "condesa"- y, claro está, esos empresarios capaces de ganar concursos para todo y en cualquier parte, con su información privilegiada y su generosidad para con alcaldes, consejeros y el partido.
Ayer bromeaba yo con el hecho de que la carta de Granados, la carta de quien no está dispuesto a comerse solo el marrón de la Púnica, con su teatralidad, su cercanía y su falsa cordialidad, recuerda ninguna duda por el tono aquel chiste del dentista con su torno en la mano, al que el paciente tiene cogido por los testículos, mientras le dice "no nos haremos daño ¿verdad?". Eso mismo le está diciendo a Esperanza Aguirre quien fue su mano derecha en aquellos días de vino y rosas del PP, en que se ganaban elecciones una tras otra y se derrochaba como si no hubiese mañana el dinero de los madrileños. 
Granados le está diciendo a quien fuera su "jefa" que no quiere comerse el marrón solo y que "no quiere hacerle daño". Y, de paso, sabiendo que, para él, el mal está hecho, le pide al juez que la llame a declarar, quizá para repartir el marrón que le ha caído.

miércoles, 15 de marzo de 2017

PROHIBIDO PROHIBIR


Quienes tenemos hijos, quienes hemos sido jóvenes, quienes hemos sido niños sabemos muy bien que nada hay más excitante que lo prohibido, que la mejor manera de reforzar un deseo es negárselo al que desea. Pues bien, esto que parece tan sencillo d entender, basándose, incluso, en la propia experiencia, porque la reacción contra el límite forma parte de lo más elemental del proceso de formación del carácter humano no parecen haberlo entendido determinadas empresas, determinados gobiernos y, ahora, el tribunal de Luxemburgo, la más alta instancia de la justicia europea, que, acaba de reconocer el derecho de las empresas a prohibir a sus trabajadoras el uso del pañuelo islámico y el velo en horario laboral.
Yo, que estudié en un colegio de barrio ni público ni religioso, cuyas aulas presidían el crucifijo y un retrato del dictador, yo que nací en una familia "normal", de esas con un padre agnóstico que no sabe que lo es y una madre más o menos beata, porque, dice, es lo que le enseñaron, no he desarrollado el más mínimo apego por la iglesias católica, sus enseñanzas y sus ritos y, pese a haber sido bautizado, confirmado y pese a haber hacho "la primera comunión", me casé por lo civil y en pleno Rastro, dejé a mi hija "morita", porque no la pasé por la pila bautismal y, desde que dejé de tener miedo, que no fe, porque nunca la tuve, no he pisado una iglesia más que para algún compromiso, más funerales que bodas, pero nunca comuniones ni bautizos.
Quiero decir con esto que los sentimientos religiosas o la ausencia de ellos no se imponen ni se dejan de imponer, porque los sentimientos religiosos se refuerzan o disipan en función de la experiencia de cada uno y que la verdadera grandeza del laicismo radica en que los estados respeten la libertad individual de sus ciudadanos para creer o no creer y, naturalmente, para exhibir los símbolos de su fe, sin ofender ni coaccionara los demás sus símbolos, también en el celo para que los espacios públicos, no las personas que trabajan en ellos, permanezcan neutrales, sin que símbolos, del tipo que sean, cuelguen de sus paredes.
Otra cosa es que el velo o cualquier otra indumentaria, religiosa o no, no estén permitidas en el trabajo, por razones de seguridad o de higiene. Y lo digo yo que hace apenas año y medio acompañé a mi padre a una consulta con su cardióloga en una sala presidida por un ostentoso crucifijo que, a mí, ateo convencido, no hizo más que distraerme y no quiero ni imaginar lo que le haría pasar a un musulmán. Que conste que no me hubiese importado que la doctora hubiese llevado colgada una cruz o una estrella de David, porque, en cierto modo, me estaría hablando de sus creencias. Lo que no me gustó, tentado estuve de quejarme, fue que el crucifijo presidies, como una bandera en territorio conquistado, el espacio público de la consulta. Otra cosa sería hablar de aquellas monjas de tocas como alas delta, presentes en los quirófanos o en las curas, ofendiendo a la lógica y a la más elemental de las higienes, a las que aún se puede ver en alguna que otra clínica privada y, no hace tanto, en hospitales públicos. En estos casos la razón y la salud de los pacientes habrían de imponerse a cualquier creencia.
En fin, a lo que íbamos, creo que no es buena idea imponer nuestros símbolos a los demás, del mismo modo, tampoco lo es prohibírselos a los individuos, porque creo que, en el fondo, con esa prohibición aceptada ahora por el Tribunal de Luxemburgo, lo que se establece es una forma de discriminación.
Yo nunca entraría en un Corte Inglés con crucifijos o medias lunas en las paredes, pero no me sentiría ofendidos ni coaccionado si me atendiese un dependiente con hábito o una empleada con pañuelo. Lo malo es prohibir o imponer, por eso adoro ese eslogan paradojo de mayo del 68, aquel "Prohibido prohibir".