jueves, 19 de octubre de 2017

LOS VERDADEROS CULPABLES



Pase lo que pase en las próximas horas y cumplidas las diez de la mañana de hoy, 19 de octubre, con la churrigueresca segunda respuesta del president Puigdemont al requerimiento de Mariano Rajoy, aún seguimos al borde del abismo. Y ahí seguimos, porque la respuesta, en la que reconoce, de modo churrigueresco, eso sí, que la proclamación de Independencia. que es potestad del Parlament, no llegó a producirse, porque no se votó, y, acto seguido, deja de nuevo la pelota en el tejado de Rajoy, al que conmina a no aplicar el temido y temible artículo 155, a no impedir el diálogo y a cesar en lo que tilda de represión, para no convocar al parlamento para que vote y proclame esa, según el gobierno de la nación, inviable independencia.
La respuesta desde Moncloa no se ha hecho esperar y ha convocad para el sábado un consejo de ministros extraordinario para iniciar la aplicación del 155. Serían cuarenta y ocho horas más para la esperanza, cuarenta y ocho horas para que Puigdemont dé un paso atrás y, con un gesto que aún no ha dado facilite el entendimiento o el camino hacia él.
Y así como estamos, al borde del abismo, sería bueno tratar de entender por qué estamos aquí y, para ello, quizá convendría imaginar dónde estaríamos ahora si aquel estatut que hace diez años se dieron los catalanes, votando en un referéndum con todas las garantías, aquel sí, que fue luego respaldado en el Congreso de los diputados y firmado por el Rey. Un estatut que el PP vistió de afrenta para el resto de los españoles, simplemente porque le convenía. Un estatut perfectamente legal que despejaba el camino en la difícil integración de Cataluña en España que, sin embargo, fue utilizado por el PP para, con él, desviar la atención ciudadana de toda su basura, de todas sus corruptelas ya evidentes y, de paso, minar la confianza en un PSOE dividido, en el que, por intereses egoístas, muchos "barones" se sumaron a la práctica del anticatalanismo más rancio.
El PP de Rajoy enarbolando barras de fuet t botellas de cava, hizo de ese anticatalanismo su bandera y no paró hasta que un Tribunal Constitucional lento y sesgado echó abajo la espina dorsal de aquel estatuto. Electoralmente, la jugada fe perfecta, porque, unida a la mala gestión que Zapatero hizo de la crisis económica, dio a Rajoy esa victoria largamente acariciada, a cambio, claro, del hundimiento de su partido en Cataluña, algo calculad y descontado, que siguió cultivando, porque, a cambio de los escaños, que nunca fueron muchos, perdidos en esas cuatro provincias, le llovió una mayoría absoluta en el resto de España.
A partir de ahí, con una Generalitat en manos ya o, mejor dicho, otra vez de CiU, Rajoy se dedicó a ignorar, cuando no a castigar, a Cataluña, mientras su oponente, Artur Mas, se dedicaba a cultivar el victimismo y a achacar a una persecución de "Madrid" la multiplicación de los escándalos y todas las corruptelas que ya cercaban a su partido.
Fue durante ese periodo cuando CiU se pasó con armas y bagajes al independentismo de la estelada, fue entonces cuando, en una huida hacia adelante, jugando a la ruleta rusa con el calendario electoral, se echó en brazos de su eterno rival, Esquerra, fue el tiempo de las promesas electorales inviables, el de las utopías color de rosa que, desde Moncloa, Rajoy combatía con racanería en las cuentas y con todo un despliegue de bules e informaciones prefabricadas que, lejos de conseguir sus objetivos, no hacían otra cosa que cultivar el sentimiento de maltrato en los catalanes.
En tanto, en plena crisis económica, acuciado por su mala gestión, la corrupción, que no toda era inventada, los recortes y la radicalización de la gente en las calles, Mas se envolvió en la bandera y se entregó al "sacrificio" y el martirio en aras de una independencia que nunca había perseguido con entusiasmo, hasta que se vio prisionero de sus presas y exageraciones y, obligado a pactar con la CUP, tuvo que dejar su despacho en la Plaça de Sant Jaume a un oscuro y ambicioso Puigdemont, que, de la mano de un apaciblemente Siniestro Oriol Junqueras, y con la colaboración estelar de Rajoy y sus ministros, especialmente los de Interior, Fernández Díaz y Zoido, han hecho el resto del camino hasta el borde de un precipicio económico y, sobre todo, social, al que estamos a punto de caer.
En fin, miserias personales, en las que las elecciones son poco más que un instrumento y nosotros los ciudadanos, apenas meros actores secundarios.

miércoles, 18 de octubre de 2017

CANTIDADES HOMOGÉNEAS

Como era de prever el ingreso en prisión de Jordi Sánchez y Jordi Cuixart ha vuelto a llenar las calles de ciudadanos que protestan contra el encarcelamiento de quienes consideran, creo que, con cierta ligereza, presos políticos. Quienes equiparan su situación a la de quienes luchaban contra la dictadura franquista y daban con sus huesos en Carabanchel por pensar, escribir, decir u organizarse contra un régimen que perseguía a sindicatos y partidos, que encarcelaba a estudiantes, obreros y curas, que perseguía a periodistas y abogados y que no dudaba en consentir y defender todos esos policías llenos de furia y de odio que no dudaban en disparar sus armas contra quienes se manifestaban en la calle, se destacaban en las asambleas de facultad o de fábrica o, sencillamente,  dejaban su protesta escrita en las paredes y los muros.
Me pone de mal humor, me cabrea, que quienes llevan dos meses organizando protestas en las calles de Cataluña, autorizadas o no, sin incidentes, sí, pero también sin oposición policial, quienes llevan ese mismo tiempo y más, exagerando y deformando la realidad o, mintiendo descaradamente, en casa o fuera de nuestras fronteras sobre lo que sucede en Cataluña. 
Me indigna que esto suceda en un país que, desde hace cuarenta años disfruta de elecciones libres cada cuatro años, un país que tiene un parlamento nacional, más de una quincena de parlamentos autonómicos y ayuntamiento libres en cada municipio del territorio, sometidos, eso sí, al imperio de las leyes y reglamentos que, desde entonces, con mayor o menor fortuna, administran y protegen la convivencia de los ciudadanos y protegen sus derechos.
No me parece decente guardar silencio, por eso no callo, ante quienes, sin pararse un sólo momento a reflexionar, consideran a Sánchez y Cuixart, al frente de una poderosa máquina propagandística y logística, capaz de organizar con éxito las mayores manifestaciones que se recuerdan en Europa y quizá en el mundo, con medios suficientes para inundar las redes sociales con sus mensajes en todos los idiomas, preparada para montar y emitir en horas un spot propagandístico, a imagen y semejanza de los que siguieron a las violentas represiones en Ucrania o Venezuela, para qué cambiar lo que tan eficazmente ha funcionado, siga engañando o cuando menos confundiendo a la opinión pública en Cataluña e intentándolo fuera de ella. De ninguna manera. 
No  me parece decente dejar de señalar que ambos encarcelados son responsables de sendas organizaciones muy poderosas en medios humanos y también materiales, con una capacidad de movilización que para sí quisieran algunos partidos y sindicatos, han gozado de absoluta libertad de movimientos para, siguiendo una estrategia perfectamente diseñada y documentada ante la justicia, en la que son la pieza fundamental para amplificar las decisiones del Govern y del cojo Parlement de Catalunya, cojo, porque un parlamento en el que se niega la voz a la oposición camina como debe. no avanza en línea recta, organizaciones capaces de movilizar en horas a decenas de miles de personas y que viene haciéndolo desde hace años.
No, no me parece decente decir que, quienes han venido desarrollando estas actividades en libertad y desde hace tanto tiempo alcancen la consideración de presos políticos por haber sido considerados responsables de un delito, la sedición, que nada tiene que ver con la opinión, salvo en su intención. Lo cierto es que los millares de personas que impidieron la libertad de movimientos de los agentes que registraron las instalaciones de la consejería de Economía hace tres semanas, convocados por la ANC y Òmnium mantuvieron el cerco a los guardias mientras Sánchez y Cuixart, al alimón, se lo pidieron mientras la pasividad de los mossos permitía el destrozo de sus vehículos.
No es decente sumar cantidades que no son homogéneas. No es decente colocar a quienes han tenido libertad de medios y movimientos hasta que han sido acusados de un flagrante delito que no es de opinión, con quienes se dejaron la salud y la vida en las cárceles franquistas por luchar desde la clandestinidad contra un régimen despótico y criminal. Aquellos presos políticos y "los jordis" no son cantidades homogéneas.

martes, 17 de octubre de 2017

¿QUÉ ES VIOLENCIA?


Confieso de antemano que sé que mi texto de hoy no va a ser del agrado de muchos, confieso que, yo mismo, heredero de experiencias pasadas y adornado con todos esos tics intelectuales que nos llevan a colocarnos siempre en la acera del que enarbola, con razón o sin razón, la bandera de la libertad y a dar la espalda, sin dar tiempo a razones, a quienes se refugian o justifican el recurso a la justicia o la autoridad.
El envío a prisión de "los jordis", Sánchez y Cuixart, conocida a última hora de la tarde de ayer puede parecernos exagerada o desproporcionada como se dice ahora, más por sus consecuencias políticas y sociales en Cataluña que porque se ajuste o no a derecho. Está claro que la decisión de mandar a Soto del Real a los líderes de las movilizaciones que han llenado de ciudadanos y banderas las calles y plazas de Cataluña ha sido inmediatamente contestado, cacerola en mano o delante de alguna de las numerosas cámaras y micrófonos de las televisiones que, para medio mundo, están siguiendo minuto a minuto lo que ocurre en Cataluña.
Era evidente que pasaría lo que ha pasado, pero había que hacerlo. Por más respuesta que generase, no se podía hacer una excepción, no se podía sentar un precedente. La juez, más que temeraria, ha sido valiente y, sobre todo, consecuente con el detallado informe, perfectamente documentado, no ya por la Guardia Civil, sino por el seguimiento que de los hechos en cuestión hicieron las televisiones minuto a minuto y que permitió ser testigos virtuales, si no presenciales, de lo ocurrido. La juez de la Audiencia Nacional no podía hacer otra cosa, porque lo que hizo estaba escrito en las leyes y, si se hubiese dejado influir por las consecuencias, raro sería que, a partir de ahora, la presión en la calle, que deja de ser una forma de violencia, contra los jueces no se convirtiese en una estrategia más de defensa, la principal quizá, de algunos acusados.
La violencia, las mujeres víctimas de sus parejas lo saben bien, no tiene por qué ser física. La joven víctima de la violación múltiple de los sanfermines no parece que fuese golpeada y, sin embargo, fue sometida a la violencia del grupo, la que, mediante el miedo, anticipa el daño y paraliza o nos obliga a hacer lo que no queremos hacer.
No cabe duda de que "los jordis" no pidieron a la gente que destrozase los coches de la Guardia Civil. Los daños en los vehículos, a pesar de ser una expresión gráfica de la violencia de aquella noche, en absoluto fueron lo más grave. Lo más grave fue el hecho de que centenares, quizá miles, de personas convocados por Sánchez y Cuixart cercasen durante horas a los guardias enviados por la fiscalía a registrar las dependencias de la consejería de Economía de la Generalitat para impedir su trabajo. Lo peor es que Sánchez y Cuixart, hábiles organizadores de masas, subidos en esos mismos vehículos que acabarían destrozados arengaron a los concentrados para que mantuviesen el cerco, algo que todos hemos visto una y otra vez, la maldita hemeroteca, y que, sin embargo, han negado una y otra vez, asustados quizá por las consecuencias de la euforia de aquel día.
Aquella masa, controlada o no, no dejaba de ser un instrumento de violencia. Entorpeciendo la labor de la justicia, se estaba cometiendo un delito, sin golpes, sin patadas, pero delito. De no considerarlo así, reuniendo la masa suficiente, se podrían desvalijar bancos, de no ser así, ningún equipo podría salir victoriosos del Bernabéu o del Nou Camp, bastaría con azuzar las gradas contra el árbitro y esperar a que la presión y el miedo hiciesen el resto.
Sin embargo, la violencia en las calles, también la  pacífica no es patrimonio de la izquierda. No hay más que recordar las manifestaciones y concentraciones organizadas por la Conferencia Episcopal, organizaciones antiabortistas y los más rancio del PP contra la ley ya reformada y ampliada de regulación de la interrupción del embarazo. Una violencia quieta que, afortunadamente, fue resistida por el Parlamento y el Gobierno, tampoco toda esa violencia parecida y también quieta con la que, durante años, se torpedeó desde la calle el final de ETA. Mucho menos, la de las mesas anti estatut que, sumadas al boicot a los productos catalanes, fueron orquestadas por el PP contra aquel Estatut de tiempos de Zapatero que hoy añoramos como solución.
Por si fuera poco, los líderes de la Asamblea Nacional de Catalunya y Òmnium Cultural son, con las organizaciones que dirigen, se han convertido en instrumento de los partidos independentistas para reforzar y conseguir en la calle anhelos y aspiraciones de quienes, desde su exigua mayoría, no hacen otra cosa que retorcer y forzar leyes y reglamentos para conseguir el objetivo de la independencia. No hay que olvidar que la presidenta del Parlamento, Carme Forcadellas, antecesora de Jordi Sánchez en la ANC, ha actuado como brazo ejecutor de los deseos de Puigdemont y Junqueras, llegando incluso a suspender desde hace semanas toda actividad legislativa o de control del joven, ignorando de paso al resto de grupos y a los letrados de la cámara que deberían velar por la legalidad de todo lo que allí se hace, lo que no deja de ser otra forma de violencia, sin las porras ni las pelotas de policías y guardias, pero tan reprobable como pudiera ser la de estos.
Sánchez y Cuixart, los jordis, forman parte, como quedó evidenciado en un documento manuscrito incautad al viceconsejero de Economía detenido, de un plan perfectamente definido y coordinado en el que la movilización en las calles es la pieza fundamental. Un plan que persigue la consecución de la independencia de Cataluña a costa de lo que sea y con los medios que sea, un plan en el que Ómnium y ANC, como los ciclistas, hacen "la goma" con el govern, tirando de unos y otros para darles en la calle la velocidad que nunca alcanzarían en el Parlament. Una violencia, que lo es, que ha llevado a Cataluña mucho más lejos de donde sus ciudadanos, todos, hubiesen querido llegar nunca.

lunes, 16 de octubre de 2017

MANZANAS TRAIGO


Lo que, nos habían dicho, iba a ser un choque de trenes se está convirtiendo en una tediosa partida de naipes en la que ninguno de los contendientes acaba de mostrar sus cartas, quizá porque ninguno es ya dueño de su destino y lo único que cabe es esperar, alargar los plazos, cerrar los ojos y aguantar la respiración hasta que ocurra lo inevitable.
Creo que la mejor manera de desentrañar lo que nos espera, porque, está claro, lo que ocurra nos va a afectar a todos, es escudriñar  el futuro de cada uno de los actores de esta tragicomedia improvisada que nos ha tocado vivir y, si nos atenemos a esta estrategia, es fácil deducir que el vencedor de esta maldita crisis será Rajoy que, cabalgando en las carambolas del destino y sin apenas moverse, en la próximas generales revalidará la cómoda mayoría perdida para gobernar.
A Puigdemont no creo que le vaya muy bien, porque está quedando como el "caguanete" del belén, esquivando en un rincón las andanadas que le vienen de uno y otro lado, el fuego amigo de ERC. de la CUP o de su propio partido, todas esas declaraciones que desde hace días vienen levantando una cerca, cavando un foso, en torno a él, al tiempo que coartan su capacidad de respuesta con los grilletes de ese compromiso adquirido desde una mayoría insuficiente ante la totalidad del pueblo catalán, cada vez más desconcertado, cada vez más asustado.
Si Puigdemont hubiese respondido con cualquiera de los dos monosílabos que le requería el gobierno. sus días como presidente de la Generalitat hubiesen acabado hoy mismo. El sí rotundo conllevaría sin remedio la aplicación del artículo 155 que desembocarían, antes o después, la celebración de unas elecciones, esas que Ciuddanos, ya sin careta, quiere para ya, y a las que Puigdemont se comprometió a no presentarse. Eso, en el mejor de los casos, porque no hay que descartar que el Gobierno active contra él la inexorable maquinaria de la Justicia, la misma que anda ocupándose ya de otros actores, el responsable de los mostos y los líderes del activismo social en el "procés", la ANC y Ómnium, que, hoy mismo comparecen ante la Audiencia Nacional, investigados por delitos por los que podrían dar con sus huesos en la cárcel.
Es evidente, ya lo ha dicho, que Puigdemont no perderá unas elecciones, las que seguirán al 155, a las que no se presenta, pero sí su partido, el de la burguesía catalana, que las perderá sin remedio, si lo hace. Y las perderá en beneficio de Ciudadanos y Esquerra, en torno a los cuales se abrirá una nueva e insalvable brecha en el Parlament de Cataluña, mientras el resto, y mirad que lo siento, se lame las heridas de esta triste guerra.
Si os preguntáis qué ocurriría si Puigdemont hubiese dado por respuesta el No rotundo que Rajoy le pedía, el resultado no sería muy distinto, porque, ya se sabe, la derrota siempre se quiere lejos y ese no dado ahora, después de haber "vendido" la suspensión de la declaración como un ardid táctico, no podría ser visto por los suyos más que como una derrota.
Vencedores y vencidos, todos, salvo los políticos que, por acción u omisión, nos han traído hasta aquí, hemos perdido, económica, moral y socialmente, porque ya nada va a ser igual, porque, a uno y otro lado del Ebro, se han despertado los peores fantasmas, se han sacado todas las banderas y azuza el perro del odio sin sentido.
Quizá por eso o, simplemente, en uso de la astucia que le recomendaba Junqueras y con la intención de ganar tiempo, apenas de veinticuatro horas después de recordar a Lluís Companys, allá donde fue fusilado hace setenta y siete años, esperando quizá el reconocimiento internacional que aún no ha llegado, ni parece que vaya a llegar, su respuesta a Rajoy, el mismo día en que se podría decretar prisión para Trapero, Sánchez y Cuidar, no ha sido sí ni ha sido no, sino ese "manzanas traigo" en forma de oferta de negociación. Como diría mi amigo, el poeta Juan Cobos Wilkins, "el mundo se derrumba y tú escribes poemas". l menos que sean de amor o entendimiento.  

miércoles, 11 de octubre de 2017

PREINTERRUPTUS


Quienes, como yo, vamos teniendo una edad, sobre todo los que nacimos en una familia numerosa, nunca podremos estar seguros de ser hijos plenamente deseados, porque en una España nacional católica, en la que un condón era un instrumento del diablo y quererse, si no era para dar hijos a dios, un pecado, el "coitus preinterruptus", vamos, la "marcha atrás" que dirían los abuelos, era la frustrante manera de culminar tristemente un acto que podría haber sido pleno.
La "técnica", netamente machista, no dejaba satisfecho a nadie, ni al varón obligado al control de lo que debiera ser incontrolable, ni a la mujer que acababa siendo poco más que un instrumento de placer casi onanista al servicio de éste. Si las alcobas, esas alcobas presididas por un crucifijo en las que, a veces, se rezaba antes de hacer el amor o lo que eso fuese, hablasen, cuántas tragedias y frustraciones nos revelarían.
Nada hay más frustrarte que quedarse al borde del placer y la satisfacción completa, nada peor que esperar y no recibir, más, si los prolegómenos, el interminable cortejo con que Puigdemont adornó su camino al decepcionante acto de ayer, han sido tan largos e intensos. Largos meses llenos de cantos de sirena, de promesas que, hoy es evidente, no podía cumplir. largos meses de prometer el paraíso, mientras llevaba a su pueblo, a todo su pueblo, el que le había votado y el que no, al más ardiente y seco de los desiertos 
Siento tener que decirlo, pero lo veo así: Puigdemont, Junqueras, la ANC y Òmnium han traficado con los sueños y las legítimas, porque lo son, aspiraciones de los catalanes. Se han movido pensando únicamente en titulares y en fotos han llenado calles y plazas siempre que lo han pretendido, sin caer en la cuenta de que en esas calles y plazas no estaban toso los catalanes, han forzado tanto las cosas, han caminado sobre el alambre tantas veces que han llegado a creerse su quimera y ha sido tanto el riesgo y tan largo el camino recorrido que, al final, convirtieron en imposibles la vuelta atrás y la cordura.
No sé en qué pensaba Puigdemont, mientras era empujado por la ERC de Junqueras, las "entidades ciudadanas", con evidente peso, pero sin voto, y la CUP o, quién lo sabe, mientras los capitaneaba hacia el abismo. Quizá en la gloria de un Lluís Companys sin su final trágico, quizá en convertirse en otro Tarradellas, otro president sin reproches que hacerle, en un tranquilo retiro dorado.
Si embargo se le enredó la madeja y, como todos los iluminados, confundió la realidad con sus deseos, no quiso escuchar a quienes le pronosticaban la tormenta económica que invocaba con sus actos y la soledad diplomática a la que se encaminaba. Pero, al final, la tozuda realidad se ha impuesto a su disparate. Aunque simbólicamente, de momento, la espita de los dineros se ha abierto, se le han ido las grandes empresas, mientras se disparan todas las alarmas dentro y fuera de España. O sea, que, al final del camino, no hay nada. 
Bastaba con cinco o seis palabras para escribir el final de esta historia: cinco para proclamar el Estado Independiente de Cataluña y seis para negarlo. Pero Puigdemont no sería Puigdemont si lo hiciese, por eso, nada más asumir el mandato de proclamar el Estado Catalán” decretó, sin consultar ni pedir el voto a nadie, suspenderlo. Apenas diez segundos, en los que los millares de personas reunidos en torno al parque de la Ciutadella, cerrado por los mostos con cadenas a cal y canto, por primera vez en su historia, esperaban la proclamación, que acogieron con entusiasmo, para, a continuación, sin apenas mediar un segundo, hundirse en la depresión, la decepción y los abucheos de la suspensión.
Fue entonces cuando las verjas cerradas del parque cobraron todo su sentido, porque la jugada de trilero podía haber desatado otra asonada contra el Parlamente, como la que sufrieron Artur Mas y sus recortes austericidas.
Lo de ayer fue un "coitus preinterruptus" que, dando la razón a Josep Borrell que hace tres días dijo que "Puigdemont pondría fin a la tragedia para continuar la comedia", que culminó con una especie de bautismo de la criatura que no fue, en la que los diputados de Junts pel Sí y la CUP firmaron una declaración de intenciones, sin ningún valor jurídico, como queriendo respaldar el sueño, no al que acabó frustrándolo. que sale bastante escaldado y al perecer sin la CUP de la aventura.

martes, 10 de octubre de 2017

JUGUETE ROTO


Eso de que "entre todos la mataron y ella sola se murió" le cuadra a la perfección a la pobre Cataluña, zarandeada y rota por la ambición y el cálculo de unos y otros. Todo empezó, no lo olvidemos, con aquel innecesario recurso que presentó el PP ante el Tribunal Constitucional que llevó al mal llamado "cepillado" del Estatut que el Parlament y el pueblo de Cataluña se habían dado, en aquella ocasión con todas las garantías jurídicas y democráticas, en tiempos de aquel gobierno tripartito que presidió Pasqual Maragall, apoyado por Jon Saura, de Iniciativa per Cataluña y por Carod Rovira, de ERC, alejando de la placa de Sant Jaume a Artur Mas, l heredero del ya denostado Jordi Pujol,
Eran los tiempos en que la corrupción, por fin investigada con celo, afloraba en todo el país y, claro, el PP necesitaba un señuelo con el que apartar la mirada de los ciuddanos de su basura. Y, dicho y hecho, con el terrorismo de ETA en pleno declive, Cataluña se convirtió en el capote rojo que agitar ante sus votantes para no darles tiempo a pensar en sus trapos sucios.
Fueron los años en que los populares sembraron el país de mesas en las que se pedían formas contra ese nuevo estatuto, que por entonces había sido refrendado también por el Congreso de los Diputados y tenía a su pie la firma del rey Juan Carlos, fueron los tiempos en que se promovió el boicot  al fuet, el cava y otros productos catalanes, fueron los tiempos en los que se dio de comer al monstruo de la intolerancia con el diferente, tiempos en los que creció ese nacionalismo rancio de banderas, pieles y collares, que ha desembocado estos días en el penoso "a por ellos" cantad a las fuerzas de seguridad que partían camino de Cataluña, como si se tratara de una expedición de castigo en tiempos de las colonias.
Una estrategia que, paralelamente, fue alimenta en el pueblo catalán, y con razón, la sensación de haber sido tratado injustamente y de que, en el resto del país, más allá del Ebro, apenas eran queridos.
Una estrategia eficaz, porque, a todo esto y ayudado por la pésima gestión que Zapatero hizo de la crisis, los populares ganaron las elecciones y Rajoy llegó a la Moncloa, mientras, Anticorrupción seguía la pista de la liebre del 3% que, aunque suficientemente conocida ya, había levantado en el Parlament, para disgusto de propios y extraños, el president Maragall.
Fue entonces cuando todos despertamos del sueño de esa Cataluña remanso de paz, el país del seny, libre de corrupción e insidias, convertida ahora en cueva de Ali Babá, con políticos, empresarios y familias de conseguidores corruptos, como en cualquier patio de vecinos. Una pista, la de esa liebre, que lleva directamente a los Pujol y a su heredero Artur Mas, sorprendido en esas miserias en plena crisis, en la que fue pionero en los recortes, contestado en la calle y obligado a mover ficha y a emprender una huida hacia adelante en la que, ahora él, comenzó a agitar la bandera de la nación catalana, todavía sin estrella, para distraernos nuestra atención del muladar que tenía detrás, una huida hacia adelante llena de gatillazos electorales en la que fue perdiendo cada vez más apoyo, para irse entregando y buscando refugio en los brazos de Esquerra, ahora en manos de la sangre joven y entusiasta de Junqueras y los suyos, hasta llegar al paroxismo independentista de formar gobierno con ellos y la radica e inclasificable CUP, con la promesa de una declaración de independencia, para la que no tenía escaños, salvo que acabara haciendo trampas, poniéndose, como ha acabado haciendo, la Constitución y el propio Estatut por montera.
Antes de llegar a esto, porque el president era Mas y ahora es Puigdemont. hubo un torbellino de elecciones, ahora adelantadas, ahora plebiscitarias, con el único fin de mantener a Mas a salvo, en medio de la marea de protestas del 15-M y por el "austericidio, reprimidas con saña por esos mismos a los que ahora aplaude la izquierda soberanista , una situación que forzó que el mismísimo Mas tuviese que ser llevado en helicóptero al mismo Parlament, que hoy también está rodeado, esta vez con cariño, para recordar las promesas que tan alegremente hizo Puigdemont.
Un Puigdemont de corta carrera política que, hasta ahora, había sabido estar en el sitio adecuado en el momento preciso. 
Independentista de toda la vida, arrimado al poder de Convergencia, ocupo cargos de confianza en los medios afines a ·la causa·, hasta que entro como concejal en el ayuntamiento de Girona. Y, de allí, al Parlament como diputado. Y en estas, tras las últimas elecciones catalanas, a Mas sólo le cuadraban las cuentas para formar gobierno si la coalición de la vieja y denostada Convergencia, hoy PdCat y Esquerra, se reforzaba con una tercera fuerza que sólo quiso ser la CUP, ese cóctel de radicalismos que supo jugar sus cartas, quizá el único, sabiendo que tenía a Junts pel Sí cogido por donde más duele y que puso como primera condición para su apoyo que Mas no fuese el candidato. Y ahí, en el sitio adecuado y el momento oportuno estaba el diputado Puigdemont que, de repente, encontró entre sus manos el juguete soñado desde los ocho años de una Cataluña independiente, con el lazo dorado de ser el primer presidente de la nueva república.
Pero hoy, con mentiras indemostrables y pulsos innecesarios, el juguete se ha roto. Y tiene difícil compostura. Tan difícil que, pase lo que pase hoy, a Puigdemont le va a ir mal, porque, si proclama la república catalana, puede dar con sus huesos en la cárcel y, si no lo hace, va a verse desterrado al rincón más oscuro de la Historia. La rauxa pudo con el seny y, hoy, después de las cargas policiales, de la vergonzante actitud de los mozos, de la fuga de empresas, de la caída de inversiones y reservas turísticas, el futuro de la economía y la convivencia en Cataluña, que tanta admiración despertaban, son pasado ante un mañana que, de momento, es que sombrío.
A pocas horas del momento clave en el pleno de esta tarde soy incapaz de imaginar una solución que sea mínimamente confortable para todos. Ojalá sólo sea pesimismo.

lunes, 9 de octubre de 2017

LOS SONIDOS DEL SILENCIO


Escuché no hace mucho a Iñaki Gabilondo que las mayorías silenciosas no existen hasta que hablan, hasta que se manifiestan ¡Qué gran verdad! Hasta hace sólo dos días, parecería que, en la España que los independentistas llaman "Madrid" o "el Estado", como si el nombre de este país, que también es el suyo, les quemara los labios, la España de la que quieren excluirse, sólo estuvieran los del "A por ellos", de los que se pasean con camisetas de esa selección en la que no quieren a Piqué o con capas de falsa seda rojigualda, anudadas al cuello, como si de héroes deportivos, los únicos posibles hoy, o de superhéroes de tebeo, llamados a arreglar a puñetazos cualquier gigante o molino que les saliera al paso.
Sin embargo y afortunadamente, el sábado las plazas de los ayuntamientos de numerosas ciudades españolas, grandes y pequeñas, en Cataluña o fuera de ella, se llenaron de gente vestida de blanco o de paisano clamando a esos gobernantes que tan poco han pensado en ellos -sólo lo hacen cuando necesitan su voto- que cumplan con su deber que es solucionar nuestros problemas, sobre todo los que ellos mismos crean y nos crean, hablando entre ellos. Y fueron decenas, cientos de miles, quienes salimos a la calle para acabar con este trágico esperpento al que unos y otros nos han arrastrado. Ha sido el exceso de prudencia o el miedo, vienen a ser lo mismo, el que nos ha mantenido al margen, como meros espectadores, angustiados a veces, cabreados otras, delante de televisores en los que, como en un bucle infernal sólo se hablaba de un incendio al que todo el mundo echaba gasolina y leña, pero nadie parecía querer o saber apagar.
Pero de todo se aprende, del miedo también, y esta vez, espero que para siempre. hayamos aprendido eso, que tenemos que formar parte de la solución de los problemas que nos conciernen y que ese formar parte comienza por hacerse preguntas, por dudar de todo y de todos, por ser dueños de nuestro propio pensamiento, elaborado de las esquirlas y las cenizas de todos esos mensajes que, con suerte, hayamos podido desmontar. Se aprende que no hay que creer en las mentiras que creemos que nos convienen, porque las mentiras son. También que ese esperar a que escampe, tan del peor presidente que ha tenido la joven democracia española, lleva a perderlo todo en la tormenta, y, sobre todo que debemos escoger bien a nuestros líderes, porque no hay que fiarlo todo a la labia llena de épica de algunos dirigentes ni al silencio imprudente de otros.
Ha habido demasiados silencios. Están el de los empresarios que han permanecido vergonzosamente callados hasta que el miedo de sus clientes les ha llegado a la cartera, el de los intelectuales que, salvo honrosas excepciones, al margen de los ventajistas que siempre cargan sus mensajes de ese temible ardor guerrero que les resulta tan rentable, han permanecido prudentemente callados, no fuera a ser que... un silencio que rompió valientemente Isabel Coixet y que luego fue seguido de manifiestos "a la firma" que llegaron, quizá, con retraso.
Pero el silencio se rompió estos días y nos permitió escuchar con claridad la solvencia intelectual de Josep Borrell, catalán de la montaña, que, sin la atención suficiente por parte de los medios venía desmontando una a una todas las mentiras de ese meapilas hipócrita en que se ha convertido Oriol Junqueras. Demasiado tarde, pero a tiempo, y, no de la mano de los políticos, sino con estos llevados a rastras, la calle ha hablado. Y la han escuchado.
La ha escuchado el mismísimo Puigdemont que en un cínico "corta y pega" se comió anoche la parte de su intervención ante TV3 que la cadena había venido cacareando en los avances previos. También ha escuchado el gobierno francés, que ya ha manifestado que en ningún caso va a reconocer a una Cataluña independizada de un estado democrático como España.
Más claro, agua. Ya está claro, se ha roto el silencio, ha hablado esa mayoría silenciosa que, ahora sí, ha sido escuchada y ya es gente, ciudadanos con cara y con nombre y apellidos. Y su grito silencioso no es ni debe ser el "a por ellos" de unos ni el "las calles serán siempre nuestras" de los otros. Este fin de semana ha quedado claro que no.