viernes, 19 de octubre de 2018

LOS SANTOS INOCENTES



Quien me conoce sabe que siempre he defendido la novela frente al ensayo. normalmente el ensayo se construye con datos fríos, datos que tienen la frialdad del mármol, les falta el latido de la vida que, por el contrario, palpita en la novela, más si esa novela ha salido de quien acostumbra a mezclarse con la vida, a observarla desde dentro o, en todo caso, de cerca. Por eso prefiero una nueva novela al mejor de los ensayos y, si esa novela ha salido de la mirada y la experiencia de autores como Miguel Delibes, no cabe la menor duda de que aprenderemos mucho de ella que de los mejores tratados de Historia o Sociología.
Por eso creo que no hay mejor manera de entender lo que nos está pasando que leer, por ejemplo, la genial "Los santos inocentes", del autor vallisoletano. En ella la brecha social, como ahora se dice, elevada a la máxima potencia del caciquismo, no importa dónde ni cuándo, se explica a la perfección, se siente como una tensión permanente, la misma que habría entre un perro y su amo, si el perro fuese consciente de que siempre será perro, de que, por más que mueva el rabo, por más que lama su mano, nunca será como él y que, a la hora de los esfuerzos, de los sacrificios siempre los acabará pagando el animal.
La virtud de la novela de Delibes, que describe un tiempo pasado, pero no tanto, porque yo he visto a una familia de aparceros vivir en la miseria a pocos meros de la casa de sus "amos" a sólo unos pocos kilómetros de Madrid. Y no sólo eso, la sensación de que hay amos y siervos hoy está presente en el discurso de esos dirigentes políticos, no diré de qué partido, que ponen a los niños andaluces, mi nieta es andaluza, por debajo de los castellanoleoneses o la de esos curas clasistas que enseñan con vídeos a sus uniformados alumnos que los ricos son más listos que los pobres, que los son poco menos que por tontos.
Esto de que os hablo se evidencia también, ayer lo tuve claro con el tratamiento que dieron las teles al asunto, en la injusticia resuelta por el Supremo que pone fin a la práctica, caciquil como pocas, de hacer pagar a quienes suscribimos una hipoteca el impuesto correspondiente a los actos notariales a que los bancos obligaban, algo así como obligar a ese perro metafórico de que os hablo a pagarse el colar y la correa con que el amo les ata.
Curiosamente, lo que parecía preocupar más a "los medios", más que el modo en que los afectados podrían recuperar lo que siempre fue suyo, puesto que, como dice el Supremo, el registro notarial de la hipoteca interesaba sólo al banco y por eso lo exigía, pese a que injustamente se lo hacía pagar a sus clientes... lo que interesaba a los medios parecía ser el "daño" que el fallo judicial iba a causar a la banca, los miles de millones que tendrán que pagar ahora, a los hipotecados o a la hacienda pública, y las consecuencias bursátiles de la sentencia.
Lo anterior, de plena actualidad, es sólo uno de los muchos ejemplos que, ahora que, tras aquel 15-M que parece ya olvidado, salen a la luz. Los desahucios, los abusos laborales a nuestros jóvenes, la nula inversión en ayudas a la dependencia, el abandono de lo público en favor de lo privado y quienes lo gestionan, la brecha salarial entre hombres y mujeres, José María Aznar Botella, administrando el parque de viviendas sociales, de todos, que su madre malvendió al fondo buitre para el que trabajaba "el niño", los abusos, en suma de una clase privilegiada por su cuna, sobre otra condenada a trabajar, pagar y callar.
Una especie de maldición, ésta, que no sé de dónde viene ni por qué sigue sobre nuestras cabezas, una maldición que, antes o después, acabará. Por eso, fiel a ese respeto que tengo a la novela como explicación de la vida, me permito sugerir a los caciques de ahora, banqueros, administradores de fondos buitre, dirigentes políticos y toda la caterva de abusadores que llevamos a nuestras espaldas que lean la novela de Delibes, quizás así sepan que la sumisión no dura para siempre, que un día, cuando el dolor y la humillación sean insoportables, como cuando el señorito mató por gusto a la "milana bonita" de Azarías, acabarán colgando de una encina, porque en las novelas, como os digo, en "Los santos inocentes" está la respuesta a muchas cosas.

jueves, 18 de octubre de 2018

EL DESCONCIERTO DEL PP



Supongo que, como yo, alguna vez os habréis preguntado por qué un premio, literario o de cualquier tipo, se daba a un candidato, desconocido o no, y no a los favoritos. Yo que durante un tiempo tuve contacto con la cultura y los premios y que me preocupé por entender ese misterio, acabé llegando a la conclusión de que, si se lo daban a ese inesperado ganador, era sólo para no dárselo a los otros favoritos igualados en apoyos y, de ese modo, acabar con un empate imposible de resolver. Dicho de otro modo, se le da al ganador no por tener más apoyos, sino por despertar menos aversiones.
Eso, que suele pasar en los cónclaves vaticanos a la hora de elegir papa, es más o menos exactamente, y vestido de primarias, lo que ocurrió en el Partido Popular a la hora de elegir a Pablo Casado como presidente: no era el mejor como lo está demostrando cada día, pero consiguió aunar sus apoyos con los de Cospedal, frente a la evidente aversión de muchos de los compromisarios a Soraya Sáenz de Santamaría.
Sólo bajo esa premisa se puede entender el desastre, bendito sea, que está ocasionando en el PP y su unidad la elección de un bocachancla como Casado y la "acertada" elección que ha hecho a la hora de nombra colaboradores, porque, pasada la sorpresa inicial y amortizada la frescura que su juventud parecía aportar tras la salida de Rajoy, es evidente que el PP anda como pollo sin cabeza, moviéndose de un lado a otro, desesperadamente y sin sentido. Escuchando al presidente del PP, que acapara la práctica totalidad del discurso del partido, es evidente que éste está lleno de incongruencias y, lo que es peor, de tópicos trasnochados y de falsedades fácilmente rebatibles.
Sin embargo y siendo esto bastante malo, no es lo peor, porque el nombramiento de la exministra de Sanidad, de breve, nefasta para todos y fructífera para ella misma gestión, Dolors Mobtserrat, ha sido un tiro en el pie para el partido, un tiro disparado por quien, acostumbrado a hacer y recibir favores, la nombro portavoz parlamentaria a la única ministra de Rajoy que le apoyó en las primarias, dando de lado a Rafael Hernando, parlamentario con sobrada experiencia y colmillo retorcido que, ayer, en el primer intento de la diputada Montserrat de vapuleo al gobierno socialista, no pudo sino bajar los ojos para que en él, histrión por naturaleza, no se evidenciase el bochorno por el que estaba pasando su grupo. 
Las andanadas de la exministra, entre el ridículo y la histeria, que creía mortales para el gobierno,  se convirtieron en eficaz munición contra ella misma que la vicepresidenta Calvo disparó con la eficacia y brevedad que se puede esperar de quien tiene delante un guiñapo desbaratado, al que sólo queda rematar con elegancia, de modo que lo que pretendía ser un castigo para Sánchez con las portadas y tiempo de telediario que espera quien toma la palabra para vapulear al contrario, acabó siendo el espantoso ridículo que todos pudimos ver.
Eso, unido al patinazo de Casado en Bruselas, que fue a por lana y salió trasquilado con el escaso o nulo apoyo de los suyos a su desleal oposición a los presupuestos socialdemócratas de socialistas y Podemos. Demasiada expectación, demasiados focos sobre una jugada más calculada que, al final se ha convertido en un rasgón en el tapete de la mesa de billar que debiera ser escenario de una política eficaz y calculada.
Mucho me temo que Casado y su PP están demasiado pendientes del reloj, conscientes como son de que la supervivencia de Sánchez al frente del Gobierno juega en su contra y de que cada día que pasa los colmillos de Ciudadanos que, en su tenaz persecución del PP, no ladra, pero muerde, están cada vez  más cerca de sus tobillos. Pero ya no es tiempo de rectificar, porque cesar a la exministra como portavoz de su grupo sería reconocer el error cometido y eso, en un partido acostumbrado a las maneras y a la exasperante calma de Rajoy, sería como ponerse la soga al cuello. Así que aguantará el chaparrón mediático que la ministra ha cosechado y, supongo, le pondrá un profesor de oratoria y un corrector de textos, para que el jocoso ridículo de ayer no vuelva a repetirse.
Comenzó diciendo Montserrat que las prostitutas están desconcertadas con este gobierno, las critica, elogia su eficacia o se va con ellas, cosiendo una imposible y atropellada colcha de retales, para, en su balbuceante descarga final, coser otra no menos imposible y más atropellada colcha con la que evidenciar, al menos eso pretendía, la descoordinación del ejecutivo. ¡"Habló de putas la Tacones", que reza un dicho castizo. Pidió coordinación la portavoz de una oposición que está cada vez más desconcertada que no sabe a dónde va ni, mucho menos, cómo llegar a su destino.

miércoles, 17 de octubre de 2018

HALITOSIS CANÓNICA


Me eduqué en un modesto colegio de barrio, el barrio que, precisamente, expulsados del centro de Madrid por la especulación, hoy han escogido muchos jóvenes actores para vivir. Mis padres, con cuatro hijos, tres varones y una niña, la pequeña, no podían permitirse llevarnos a colegios de curas, como entonces se suponía que convenía para una buena educación. Fue una suerte, porque con sus crucifijos y sus retratos de Franco, aunque tenía las instalaciones justas, tenía también un excelente profesorado, pero, mirándolo con la perspectiva que da más de medio siglo de distancia, lo mejor que tenía era lo que no tenía, los curas. 
Sólo pasaba por allí un cura, el que nos daba Religión. Un buen hombre mayor, con la sotana raída y ya parda, al que, asilvestrados como éramos, probablemente hacíamos sufrir más de la cuenta, pero, pese a la humildad de su atuendo, era limpio y, como digo, un buen hombre. El resto del profesorado, magnífico, tenía os pies en el suelo y, además de dar sus materias, hablaban con nosotros de la vida y del mundo real, lo que, en aquellos tiempos de dictadura, no dejaba de entrañar un cierto riesgo. Pero lo hacían y gracias a ellos, creo, aprendí a pensar y a no conformarme con respuestas fáciles.
Nada que ver con las experiencias que me contaban los primos o las que conocía a través de amigos que sí iban, pobrecitos, a colegios religiosos, experiencias que a menudo dejaban traumas y, siempre, un cierto poso contradictorio en su comportamiento y su ideología.
Viene todo esto a cuenta de los ecos del magnífico serial emprendido por EL PAÍS a propósito de los abusos a menores por parte de sacerdotes y del papel de malicioso y cruel encubridor asumido por la jerarquía  de la iglesia católica española, la misma que, después de haber crecido en poder, riqueza e influencias bajo el dictador al que llevaban bajo palio, amparará su momia en la cripta de una de sus catedrales cuando sea desalojada del mausoleo que mandó construirse para agravio de sus víctimas. A cuento de que esa iglesia lleva décadas, si no siglos, abandonando a los niños que sufren los abusos y protegiendo a los autores de tan horribles crímenes ocultándolos a la justicia de los hombres, la única que debe imperar y esta tierra evidente y tan lejana de los quiméricos paraísos que predican.
La iglesia católica, tan acostumbrada como está a meterse en nuestras vidas y alcobas no consiente que conozcamos y midamos con nuestras leyes la magnitud de sus crímenes. Por eso, cuando el daño causado en un niño por los impulsos mal reprimidos de un monstruo que no ve otra forma de salir del infierno mal asumido del celibato sale a la luz en el ámbito familiar, trata de ocultarlo por todos los medios, poniendo en duda, primero, la versión de la víctima, presionando a la familia, después, y, si no queda otro remedio, escondiendo al monstruo en alguno de sus muchos conventos o trasladándole a otra parroquia, a otro "cazadero" en el que ese criminal enfermizo, que otra cosa no es, no tardará mucho en buscar nuevas víctimas para sus abusos.
La iglesia, lleva siglos haciéndolo, maneja el tiempo a su antojo, aparta a los abusadores descubiertos en su seno, hasta que el olvido o la prescripción les ponen a salvo de la justicia ordinaria. Y no sólo eso, acomoda sus leyes internas y a quienes deben administrarlas a su antojo y, sobre todo, miente. Miente como lleva siglos haciéndolo, porque, para quien administra desde hace dos milenios la fe ciega y candorosa de sus fieles más honrados y crédulos, mentir es fácil. Mentir y colocar al frente de la comisión que ha de reformar los protocolos, el modo en que la iglesia aborde las denuncias de abusos, a un vicario de la diócesis de Zamora implicado en el encubrimiento de un caso de abusos del que tuvo conocimiento.
Yo, como hijo que soy de una navarra, fui a misa desde pequeño, primero con mis padres y luego, a los doce o trece años, por mi cuenta, con mis amigos, hasta que sentí el hedor de aquel cura comido por el morbo que juntaba su mejilla con la mía, mientras hurgaba, babeante, en la naturaleza de mis naturales tocamientos. Fue en ese momento cuando, gracias a ese asqueroso sacerdote, descubrí, por suerte y para siempre, el hedor de esa fétida halitosis canónica que sigue padeciendo la iglesia católica en general y española en particular.

martes, 16 de octubre de 2018

EL PATRIOTISMO DE CASADO


Sé que es difícil creerme, pero os aseguro que cada día hago esfuerzos para no traer a estas páginas al líder del PP, aunque os aseguro que es él quien me lo pone difícil, porque un día sí día y otro también se empeña en mostrarse como es: estridente, indocumentado y falso, más parecido a un vendedor de mantas de esos que se acoplan a las excursiones del Inserso que al hombre de estado responsable que nos mereceríamos los ciudadanos.
Si cada intervención de Casado, de esas que su partido distribuye a los medios, cada fin de semana se pasase por el filtro de la verdad, pocas o ninguna sobrevivirían, pero hace tiempo, demasiado tiempo diría yo, que los medios en que tanto llegamos a confiar ya no se ocupan de la verdad y parece que se aplican con denuedo esa regla que corría, al menos en mis tiempos, por las redacciones; la de no dejar que la realidad estropee una noticia o un buen reportaje.
Está claro que, en tiempos en que la verdad se ha depreciado hasta límites inimaginables, tiempos en que lo que prima es lo vistoso, no lo importante, quienes carecen de escrúpulos y van sobrados de ambición se preocupan poco o nada por la verdad. Para ellos el monte del oportunismo está cubierto del orégano mentiroso con el que realzar la salsa de su éxito. No importa lo que se diga porque hoy la verdad importa poco y los efectos de una mentira se curan con los de la siguiente.
El pasado fin de semana, Pablo Casado regaló a los presentes en su mitin malagueño una revisión de la historia de España y del mundo que sería digna de un cuentacuentos chino, si no fuese porque a estos les preocupa más la verdad que a quien pretende gobernar este país. Habló como quien cuenta una proeza, un hito en la historia de la Humanidad, la masacre y el expolio que fue sucesivamente la conquista y la evangelización de América y que ahora la corrección política en boga obliga a llamar Hispanidad. Se ve que el niño Casado creció entre los sermones y las charlas del colegio religioso en que creció y las películas de Cifesa, "Alba de América", por ejemplo, con que quienes tenían mucho que ocultar barnizaron la siniestra verdad de la Historia.
Pero, si ridículo fue el cuento patriotero y grandilocuente del presidente del Partido Popular, más aún lo fue la parafernalia del propio mitin que, a falta de una Marta Sánchez que emborronase el himno, se sirvió del agitar de banderas perfectamente coreografiado, el movimiento efectista de la cámara y las casi lágrimas de Casado, más propias de Juana de Arco en la hoguera o de una virgen de Murillo para convertir un acto de precampaña en una misa patriótica.
Se ve que los asesores de imagen de Casado, él lo fue de Aznar y Rajoy, saben que deslumbrando a la gente con banderas y ensordeciéndola con himnos se le impide recibir los mensajes que le envía la realidad.
Hoy, masticadas las críticas al espectáculo del domingo, Pablo Casado se prepara para presentarse en Bruselas para contar a las autoridades comunitarias lo malos y lo peligrosos que son los socialistas y sus aliados los "podemitas", olvidándose de que un ministro de Sánchez, Josep Borrell, fue durante años presidente, un buen presidente, del Parlamento Europeo. Acude a Bruselas para llenar de barro las cuentas que llevará el gobierno ante la comisión europea, porque al patriota Casado le encantaría que fuesen rechazados, que volviesen los hombres de negro a imponer recortes, antes que conceder a su rival, uno de sus rivales, la victoria que supondría sacar sus cuentas.
Casado, como casi todos los patriotas desde arriba, es un patriota de sí mismo, alguien que, como los monstruos machistas, prefiere ver a su "amada" España muerta antes que en brazos de otro. Mientras tanto, su rival directo, Albert Rivera se frota las manos en silencio. La basta con ver al locuaz y mete patas poniéndose en ridículo día sí, día también.


lunes, 15 de octubre de 2018

BANDERITAS


Hace ya muchos años, quizá treinta, me tocó pasar unos días en Argel, donde fui enviado de manera improvisada, para "rascar" algo, enterarme, de lo que estaba ocurriendo en un chalé de una playa, cerca de la capital argelina. Lo que estaba pasando no era otra cosa que lo que, al final, acabó conociéndose como las "conversaciones de Argel", el encuentro, fracasado, por cierto, entre Rafael Vera y una parte de la dirección de ETA, para poner fin al terror de la banda., que, finalmente, no llegó a nada.
De aquellos días en Argel, poco o nada saqué sobre el encuentro que me llevó allí, salvo la amista de algunos compañeros que, como yo, fuimos allí para nada, porque la impenetrabilidad del régimen del FLN argelino, su nada discreta vigilancia sobre nosotros y el miedo de los ciudadanos a meterse en líos hacían difícil enterarse de nada. Por eso lo único que me traje de allí fueron unos dátiles difíciles de olvidar, algún recuerdo y la satisfacción de haber pisado las calles que pisó Albert Camus y la maraña de calles y escaleras donde Pontecorvo rodó "La batalla de Argel". 
Todo lo anterior y un cierto agobio por la sempiterna presencia del verde y el blanco de las banderas que colgaban en todas las calles y de todas las partes. También, la lectura de un artículo de una revista crítica, todo lo crítica que puede ser una revista en un régimen como aquel, en el que el autor se quejaba de que se contabilizase como un éxito de la revolución la producción de kilómetros y kilómetros de banderas en un país que acababa de sufrir una revuelta por la subida del precio de la sémola, base de la alimentación de una gran parte de la población. Hambre, dificultades, falta de libertad y banderas, que me recordaban a la España de otros tiempos, la misma a la que, parece, hoy nos quieren devolver algunos. No había comida, no había libertad, pero había banderas
Como habéis podido deducir, mi relación con las banderas no es muy buena. Soy de la misma opinión que mi abuelo Eustasio, para quien las banderas apenas eran los trapos con los que algunos se sirven para llevar a la gente al matadero. No me gustan las banderas. Ni siquiera la que, dicen, representa a mi país, la que el veinte de noviembre de 1985, vaya fecha, juré por poco más que lo que llaman imperativo legal o por miedo al castigo. Y es que se me hacía difícil, a mis treinta años y con una familia en ciernes, haciendo caso de eso del "dulce et decorum est pro patria mori", porque siempre he pensado que la vida es el mayor tesoro que tenemos y que perderla o quitarla por ese trapo, que diría mi abuelo, es una estupidez.
Por eso nunca me veréis con una, nunca veréis un en mi balcón. Tampoco me veréis arrancando una ni, mucho menos, pisándola o quemándola, ni una ni otra, ninguna, porque, si las banderas son, como dicen un resumen de creencias, sentimientos, procedencias o historias, como todos los resúmenes, no lo cuenta todo, no explica todo, simplifica y simplificar es manera más fácil de equivocarse.
Creo que, si es necesaria la bandera para identificar edificios oficiales, sea. Lo que no me gusta es verla, como pretenden el aprendiz de brujo Pablo Casado o el inconsistente Albert Rivera, en las manos o los balcones de particulares, porque una bandera en manos de individuos siempre resulta agresiva, siempre parece separar y marcar diferencias, siempre pretende marcar diferencias: "esta es la mía y no la tuya" o "yo la pongo y tú no". Banderas que pueden estar en la ventana de quienes ni siquiera tienen balcón al que asomarla y poco o nada reciben de lo que dicen que representa, o en manos de quienes evaden impuestos o llevan sus tesoros a paraísos fiscales, de esos que ni siquiera la cuelgan en el balcón, porque la izan en el mástil del jardín de su fortín particular.
NO. No me gustan las banderas, ni las de metros y metros cuadrados, impuestas más que puestas, en plazas como la madrileña de Colón, ni las banderitas que se ponen en manos de niños y no tan niños que aún no saben lo que son, ni ellos ni las banderas.

jueves, 11 de octubre de 2018

TODOS CONTRA EL JUEGO


Vivo en Madrid, en una zona de clase media baja venida a menos por la crisis. Ha sido mi barrio desde que nací y sigue siéndolo. Un barrio que me ha servido como termómetro de lo que le estaba pasando a mi país, como envejece, como las calles se han convertido en un abanico de acentos y colores, cómo, con la crisis, crecieron las colas del paro, yo mismo estuve en una, y cómo los contenedores de basura y las papeleras se convirtieron en una forma de supervivencia, cuando no en un oficio, como si se cerrase un círculo y aquellos traperos que, en mi infancia, recogían la basura piso por piso hubiesen reaparecido ahora, a pie de calle.
Vinieron los grandes supermercados y con ellos los "chinos", que vinieron a cubrir el hueco dejado por los comercios tradicionales del barrio, obligados a cerrar ante la imposibilidad de competir con los primeros. En fin, un paisaje cambiante que, para quien ha visto estas calles como campos, es más que asumible, tanto que, incluso, se llega a querer.
Con lo que no puedo, lo que me irrita y me apena es que, en las calles principales de ese barrio, de un tiempo a esta parte hayan brotado como flores en mayo las casas de apuestas. En un tramo de la calla principal, la que en tiempos llamábamos "la carretera" y bajo la que, desde finales de los sesenta, pasa el metro las casas de apuestas, a uno y otro lado aparecen apenas cada cien metros y ese, de todos los cambios es el único que no estoy dispuesto a asumir.
Mi barrio es ahora un barrio de inmigrantes y pensionistas, de gente humilde que cada mes gana lo justo para sobrevivir y que día tras día, cada cien metros, soporta la tentación de multiplicar lo poco que gana, apostándolo en una de esa cuevas llenas de luces de colores y pantallas, donde ganar parece lo más fácil, aunque al final, sólo lo parece, convirtiendo a algunos, demasiados, de mis vecinos en enfermos ludópatas, adictos al juego, porque piensan que, en la siguiente apuesta ganarán.
Eso en la calle, donde las máquinas tragaperras, en las que hombres y mujeres se juegan el salario o la compra, con sus luces y sus musiquitas se habían convertido ya en un parte del paisaje. Pero, por malo que parezca, eso no es lo peor. Lo peor está en casa, en los televisores, los ordenadores, las tabletas y los móviles, donde la tentación, el vértigo de apostar y ganar, que al final siempre es perder está a unos pocos clics, un peligro, ya una plaga, que ha prendido con sus garras en el corazón y la cabeza de muchos jóvenes.
Sin embargo, esto que es evidente, parecen no querer verlo los gobiernos, unos más que otros y los medios de comunicación. Y no lo quieren ver porque son parte interesada, porque, con el juego, unos recaudan impuestos, o deberían hacerlo, y otros, porque ingresan miles y miles, cuando no millones, de euros en esa publicidad que satura las pantallas de televisión y las radios, con la complicidad de "famosos" que, sin rubor, saldan sus deudas colaborando en la extensión traicionera de la peor plaga de este siglo.
El juego, que estuvo prohibido durante el franquismo, reapareció en nuestras vidas con la democracia de a mano de bingos y caseros. Siempre habían convivido, eso sí, la lotería, los ciegos y las quinielas, cuyo daño estaba más o menos controlado, pero, con las tragaperras y las casas de apuestas, el juego busca a sus víctimas en la calle o lo que es peor, en la soledad de sus casas, donde una pantalla, un teclado y una tarjeta de crédito pueden, sin necesidad tocar un sólo billete, una sola moneda, sin hablar ni ver a nadie, en la más absoluta y desamparada soledad, vaciar cualquier cuenta corriente.
Dicen que la de la guerra y la del juego son las industrias que más tecnología punta desarrollan y utilizan, tecnología que a veces comparten. Por eso hay que ser muy candorosos para pensar que todo en el juego es limpio. No hay más que ver como está influyendo en el fútbol, donde cada vez son más frecuentes, el último ayer mismo en Bélgica. los escándalos por partidos, generalmente de fútbol, que se amañan para manipular los resultados y volcar las apuestas a favor de las mafias que los amañan.
Mientras tanto el juego corre por nuestras ciudades y por las redes como el terrible torrente que arrasó ayer San Llorenç en Mallorca, llevándose por delante la salud, la fortuna y la familia de quienes caen en su hipnótico caudal, dejando a su paso millares de víctimas, cada vez más y más jóvenes.
Por eso no es lógico, salvo por una evidente carencia de escrúpulos, que los gobiernos parezcan mirar hacia otro lado ignorando el problema, cuando no, como acaba de hacer el mío más cercano, el de la Comunidad de Madrid, se permitan bajar los impuestos de las salas de bingo, perjudicadas por las nuevas formas de juego. Tampoco es lógico que nadie ponga coto a la terrible espiral en que han entrado el fútbol, la televisión y el juego, una espiral en la que los clubes fichan jugadores cada vez más caros, construyen estadios más grandes y sofisticados que acaban pagando con los derechos de retransmisión de los partidos que juegan, que esas televisiones pagan insertando la odiosas publicidad del juego con un nivel de saturación, bloques de minutos y minutos de anuncios dedicados sólo a las casas de apuestas y de burla escandalosa a las avisos de los perjuicios del juego a los que la ley obliga que merecerían al menos algún reproche de las autoridades.
No sé cuánto tardarán en darse cuenta quienes tienen poder, el que les hemos dado, para cambiar las cosas, ponerle coto al juego, pero creo que ya va siendo hora de que nos demos cuenta de que todo eso de lo que hoy he escrito no nos es ajeno, de que el juego, las consecuencias de la ludopatía, que llenan ya juzgados y consultas es un problema de todos. Y por ello, como en los sesenta contra el fuego, creo que todos deberíamos estar hoy contra el juego.

miércoles, 10 de octubre de 2018

CON BANDERAS Y A LO LOCO


Tomo el título del de la versión española de la magnífica película de Billy Wilder, porque, como los protagonistas en la pantalla se disfrazan de mujer para huir de los mafiosos que causan una matanza en el club en que trabajan, Pablo Casado se disfraza de rojo y amarillo, en volviéndose en la bandera, para huir de quienes, también con banderas y "patriotismo", le persiguen en las encuestas.
Con Casado, el PP ha pasado del "virgencita, que me quede como estoy", de Rajoy a la más que  desconcertante estrategia de Casado y su escudero, Teodoro García, que hablan de todo y en cualquier parte, que lo mismo se fotografían dando la mano a emigrantes recién rescatados de la patera en que viajaban que premian con su visita a las vallas de Ceuta o Melilla, fotografía incluida, para premiar a los guardias y policías que las custodian.
Casado nunca ha sido, no lo olvidemos, más que un propagandista del PP, un protegido de José María Aznar y Esperanza Aguirre, como lo fue y al mismo tiempo Santiago Abascal, hoy líder del partido de ultraderecha VOX, quien, como dice la letrilla del boticario, gasta pistola. Pero Casado, siempre activo y sonriendo, tenía prisa o huía hacia adelante cuando, investigado y a punto de ser enviado al Supremo, salto sin red en el torrente de las primarias populares y, con menos votos que Soraya Sáez de Santamaría, gestiono el odio a la vicepresidenta de Rajoy, haciéndose con la presidencia del PP casi casi por sorpresa.
Desde entonces, como un robot aspirador va de pared en pared, topando con los rodapiés de las encuestas, lanzando mensajes a veces contradictorios, pero anatemizando siempre a Pedro Sánchez, queriendo ser más "malote" que Rivera que, para su desgracia, le toma a veces la delantera en las encuestas y en la calle. Sabe bien que no puede perder el paso, el impulso que le dieron su triunfo en las primarias, primero, y la maloliente decisión del Supremo que no llegó a imputarle por las mismas causas que lo fueron en la justicia ordinaria cuatro compañeras de ese máster que, como él, recibieron sin asistir a clase, como regalo interesado y, por eso, como el falso chino de los platos de los circos de mi infancia, mueve continuamente las cañas de la prensa para que los platos de su liderazgo, vacío de propuestas mínimamente serias no acaben en el suelo hechos añicos.
A o más que había llegado Pablo Casado en el PP de Rajoy fue a vicesecretario de comunicación y se ve que sigue pensando únicamente en eso en tertulias, en entrevistas, en titulares y en portadas. Por eso, sin el menor rubor, ha pretendido dedicar un pleno monográfico del somnoliento Senado que su partido controla a pedir explicaciones a Pedro Sánchez, doctor Sánchez le llaman con rechufla, sobe su tesis doctoral, el que, si tan siquiera ha mostrado sus trabajos del máster más allá de las portadas, sin dar oportunidad de someterlos al más mínimo análisis hecho con seriedad.
Quiere acabar Casado con quien preside el gobierno de la razón a costa de su tesis doctoral, del mismo modo que quiere acabar con la ministra de Justicia por una sobremesa poco edificante que, cuando sólo era una fiscal en la Audiencia Nacional con el comisario Villarejo, mientras la diputada popular Beatriz Escudero se enzarzó en una bronca monumental con el diputado de ERC Gabriel Rufián, a propósito de la "bandera del pollo", la franquista del águila. que la diputada del PP no supo o no quiso identificar, diciendo que es la de todos los españoles, del mismo modo que no supo interpretar que un palmero o una palmera es quien, como en el flamenco da palmas y jalea en el escenario a la figura solista. Y eso, precisamente, es lo que la vice presidenta de la comisión en la que comparecía Álvarez Cascos, el mudito de la película que no dijo de mu sobre la financiación de su ex partido.
La señora Escudero, por un quítame allá ese pollo de la bandera se encendió y llamó imbécil a Rufián, para, después, intentar convertir el rifirrafe en un ataque machista contra ella.
Ay las banderas, cuantas iniquidades se han cometido, se comenten y se cometerán en su nombre. En el PP, en Ciudadanos y en VOX lo saben bien, Por eso las sacan a pasear en cuanto pueden. Por eso, ayer mismo, Casado, pidió a los suyos que llenasen los balcones con banderas, ahora que las del "a por ellos es están ajando, decoloradas por el sol, y el tiempo. Y lo hizo sin darse cuenta de que la alianza soberanista en el Parlament de Cataluña, como las banderas, también se deshilacha.
Casado, cegado por los "inputs" de sus ocurrencias en la red y en los telediarios, ha decidido volver a lo seguro y marchar por la vida, otra vez, con la bandera y a lo loco.