viernes, 17 de noviembre de 2017

EXTREMADURA... TAN CERCA, TAN LEJOS


Recuerdo que, tras la revolución de los claveles, hace ya más de cuatro décadas, la madrileña estación de Atocha se llenaba de trenes en los que centenares de españoles, jóvenes y no tan jóvenes, partían para un largo viaje, toda una noche, que les dejaría en un país, hasta entonces olvidado y, por qué no decirlo, despreciado, al que peregrinaban en busca de esperanza y democracia. Recuerdo, aunque sólo de oídas, aquellos viajes, multitudinarios, aquella aventura de la que se volvía con una sonrisa, con la mochila llena de esperanza y con un pasaporte comprometedor porque traía el sello de un país en plena revolución que había dejado al nuestro el dudoso honor de convertirse en la única dictadura vigente en la Europa Occidental y recuerdo, también, aquel eslogan de la Oficina de Turismo de Portugal o como quiera que se llamase incitándonos al viaje con ese sugerente "Portugal, tan cerca, tan lejos".
El tren nocturno cruzaba Extremadura, repleto, para dejarnos en un país distinto, repentinamente más joven y afable. Hoy ya no. Hoy, para viajar en tren a Lisboa ya no se parte de la Atocha del AVE ni se cruza Extremadura, porque España decidió hace años dejar de ar la espalda no sólo a Portugal sino, también a Extremadura, trasladando la frontera del olvido hasta la meseta. Hoy, el tren nocturno a Lisboa sale de la avejentada estación de Chamartín y atraviesa Castilla-León, parando en Ávila y Zamora para entrar en Portugal por la Serra da Estrela, pasar por Coímbra y llegar por fin, tras casi once horas de viaje, a la luminosa Lisboa.
Las vías que cruzaban Extremadura hasta la frontera junto a Badajoz siguen ahí. Lo malo es esas vías, con sus decimonónicas traviesas de madera, con sus raíles inestables, al borde de la rotura, son las mismas de entonces y no hay junto a ellas un solo poste de tendido eléctrico que permitiese el paso de trenes más rápidos, más fiables y más rápidos y, por ello, los extremeños o quienes quieran viajar a Extremadura se ven obligados a hacerlo en trenes que, en el mejor de los casos, tardan más de seis horas en recorrer apenas cuatrocientos kilómetros. Y digo "en el mejor de los casos", porque, con demasiada frecuencia, los viejos trenes se averían, arruinando el viaje de sus pasajeros y los de los que deberían circular por esa vía decrépita y única sobre la que, como una ballena agonizante, se ha averiad en medio del campo, sin calefacción, sin cafetería, siquiera automática, porque, de haberla, tampoco suele funcionar, hasta que, cruzando sembrados, con el equipaje a cuestas, los pasajeros, niños, ancianos y enfermos incluidos, llegan hasta la carretera más próxima, donde un autobús recoge su cansancio y su cabreo.
Una situación, ésta, silenciada hasta el olvido, que sólo conocían los extremeños o quienes tienen a uno cerca, que, perpetuada en el tiempo, dicen que porque, al llevarse la crisis por delante el AVE a Lisboa, España renunció a hacer su parte y de paso a mejorar, mejor dicho, a adecentar las líneas que aún quedan en uso en Extremadura. Una situación arrinconada en los telediarios, las televisiones y las radios del resto de España, hasta que un grupo de extremeños, cansados y hartos de tanto olvido, decidieron plantarse en Madrid caracterizados como el Azarías, la Régula, el bajo y el resto de personajes de "Los santos inocentes" que Delibes inmortalizó como símbolo de la resignación, para, bajo el nombre de "Milana bonita", recordar al mundo que, en la España del AVE, una comunidad de dos provincias, de las más grandes, si no las más grandes del país, no tienen trenes siquiera fiables.
Su tesón y la gravedad de lo que denuncian han llevado a la movilización de miles de personas y, ajora, a la de los políticos, responsables en gran medida del lamentable estado del ferrocarril en Extremadura, que ahora quieren ponerse al frente de la manifestación para rentabilizar la protesta que mañana llega a Madrid. Una vergüenza más, una albarda sobre otra albarda, por parte de quienes han consentido, desde la izquierda y la derecha, desde Rodríguez Ibarra a Fernández Vara, pasando por el viajero Morago, con González, Aznar y Rajoy desde Madrid, han consentido, insisto, que la olvidada Extremadura siga ahí, tan cerca, tan lejos.

jueves, 16 de noviembre de 2017

EL HEDOR DE LA MANADA



Si algo hay más horrible que la salvaje agresión que esos cinco machos recalentados llevaron a cabo en los sanfermines de 2016 contra una joven de apenas dieciocho años a la que violaron en masa, aprovechándose de su embriaguez y su miedo, eso que supera el horror de aquella noche en un portal de Pamplona no es otra cosa que la reacción de una parte de la sociedad, medios de comunicación incluidos, que trata de justificar la brutalidad de quienes se hacen llamar "La Manada", poniendo en duda la actitud de la víctima, acusándola poco menos que de haber consentido, si no incitado, a sus agresores,
Que haya salvajes frustrados en su día a día que necesiten perderse en la multitud y el alcohol de una noche de fiesta para desatar sus complejos más oscuros puedo llegar a creerlo. Lo que ya me resulta increíble es que haya una familia, supongo que habrá en ella madre y hermanas, que, para aliviar la culpabilidad de su "niño" contraten detectives para husmear en la vida de la víctima a la búsqueda de comportamientos o actitudes que justifiquen la salvajada del hijo de su cliente, como esos cerdos que hozan la tierra en el monte, a la búsqueda de las trufas que luego se queda su amo. Desespera y cómo comprobar que la sangre, la tradición y eso que esconden bajo el manto de la cultura sigue valiendo para justificar lo injustificable, para justificar desde el grupo, el clan, y sus falsas razones lo que, de uno en uno y desde el otro lado de la tragedia, aborrecerían.
Pero esa basura está ahí, conviviendo con nosotros, y no es tan difícil toparse con ella. A veces basta con encender el televisor una mañana y encontrarse en él con un tal Nacho Abad, experto en morbo y manipulación, eso que todo buen periodista debería esquivar, al frente de un despliegue tecnológico encaminado a encontrar en las grabaciones que aquella noche hicieron las cámaras de vigilancia de las calles de Pamplona, algún gesto, alguna sonrisa, alguna mirada, que diese a entender complicidad entre la víctima y sus agresores, como si querer pasárselo bien o, incluso, coquetear con uno de ellos pudiese interpretarse como el consentimiento para lo que luego ocurrió.
La defensa de esos cinco energúmenos, todos lo son, sea cual sea su papel en la agresión, argumenta también que la joven, una vez en el portal, no opuso resistencia, ignorando que, ante la superioridad del grupo, el aparente asentimiento, que no consentimiento, no es más que una forma de defensa, una minoración de los daños, en una situación en la que puede estar en juego la vida.
Nadie en su sano juicio puede pensar que, con dieciocho años y en uso de sus facultades, una mujer acceda a dejarse manosear y penetrar de todos los modos imaginables por cinco hombres. Por eso no soy capaz de entender a quienes tratan de justificar lo ocurrido. No soy un pacato en cuestión de sexo y no descarto nada en él, siempre que haya consentimiento consciente entre quienes lo practican. No me puedo imaginar, por eso, en medio de una situación como aquella. Una situación, no sólo buscada, sino anunciada por los agresores, que, camino de Pamplona, imaginando lo que pensaban hacer y una vez cometida su tropelía se pavonearon en "las redes" con el trofeo de la grabación de aquello, como los cazadores posan con su trofeo después de abatirlo.
Produce arcadas saber que compartes la calle o un asiento en el metro con personajes así, pero más las produce que el juez que ha de decidir la pena para los acusados haya admitido la inclusión en la vista de ese informe despreciable de un detective de parte, porque al juez no deben importarle lo que ocurrió antes o después de la agresión, porque una mujer, una mujer cualquiera, no necesariamente la víctima, cuando dice no o cuando, ante la presión de un grupo como aquel, no encuentra fuerzas para decirlo, debe ser protegida por la ley. 
Sin embargo y por desgracia, en ese juicio podemos esperar cualquier cosa, porque la manada, las manadas se manifiestan de muchas formas, dejando siempre su hedor allá por donde pasan.

miércoles, 15 de noviembre de 2017

¿LA INDEPENDENCIA ERA ESO?


Hace ya tiempo que, ejerciendo el periodismo, llegué a  la conclusión de que las cosas son tan simples como parecen, de que, parándose a pensar el tiempo suficiente, analizando los pros y las contras de las cosas, siguiendo con calma los acontecimientos, podemos llegar a  conclusiones que se aproximan bastante a la realidad, que, a veces, un análisis calmado explica mejor lo que ocurre que todas las filtraciones con que "nuestras fuentes", siempre interesadas, tratan de llevarnos de la mano hasta "su" verdad.
Digo esto a propósito de los últimos acontecimientos en torno al futuro de Cataluña y sus líderes, que se están precipitando en un sentido aparentemente, sólo aparentemente, sorprendente, inconcebible hace tan solo unos días. Vaya por delante la constatación de que en el campo soberanista nada se hace "por libre", que todo lo que sus líderes hacen o dicen lo hacen perfectamente coordinados o, al menos, eso nos dicen, que la "fuga" de Puigdemont y parte de su gobierno formaría parte de una estrategia, de un plan maestro, que perseguiría sembrar y recoger una cosecha de solidaridad internacional que, de momento, no parece acabar de brotar. Por eso, cobra importancia que, en medio de ese escenario de resistencia numantina, de repente, unos y otros, en Cataluña, Madrid o Bruselas, hayan cambiado su discurso casi al unísono.
Ahora, después de meses de manifestaciones masivas en apoyo de sus declaraciones y movimientos, después de pasarse por el forro la Constitución y el estatuto vigente, después de aprobar a asolas y con la luz apagada las leyes de referéndum y transitoriedad, después de forzar a costa de las espaldas de los ciudadanos la celebración de un referéndum ilegal e imposible de homologar por nadie, digan ahora que Cataluña no estaba preparada para culminar el proceso, su proceso, para convertirse en un estado independiente, para saltar al vacío como le pedían sus líderes más locuaces, con sus espaldas bien cubiertas casi todos.
No sé a vosotros, pero a mí me pone los pelos de punta y me enerva escuchar ahora a Artur Mas o a Joan Tardá, por poner a uno de aquí y otro de allá, del PDeCat y de ERC, decir casi al unísono, insisto, que no estaban preparados para la independencia, que, de aquellas elecciones plebiscitarias de las que salió su exigua mayoría parlamentaria no salió la mayoría social que hubiese hecho posible la independencia. Lo dicen ellos, lo han dicho y lo dirán ante el juez quienes han sido y serán llamados a declarar, siguiendo el camino mostrado por Carme Forcadell, que salió del Supremo bajo fianza y con el compromiso de acatar y respetar la Constitución y el 155.
El resto seguirá esa senda, como digo, porque es muy difícil, casi imposible, pasar del despacho y el coche oficial a una celda o al patio de una prisión, como le ha ocurrido a la mitad del fugado Carles Puigdemont. Es duro y difícil y estamos hablando de los miembros de un gobierno, que lo fueron hasta hace dos días como quien dice, no de militantes de una organización clandestina, conjurados y bragados en el sacrificio y el sufrimiento, y les piden bastanntes años de prisión a cada ino. Es duro y cada vez más difícil mantener esa movilización permanente, ese "las calles son y serán nuestras, con el que llevan semanas soñando, y más duro es estar obligado a mantenerlo, cuando nada de los prometido a la gente se está cumpliendo, cuando la economía se desmorona, cuando la anunciada ocupación por las fuerzas del Estado no se ha producido ni parece que llegue a producirse. Es muy duro pasarse la vida en una colecta para sufragar multas, viajes y estancias en Bruselas y ayudas familiares a los presos. Más que duro, es imposible sostenerlo durante mucho tiempo.
Por todo eso, este golpe de timón tan espectacular como inesperado, un bandazo que me da qué pensar, una conversión generalizada a la razón que coincide, curiosamente, con los primeros pasos del juez Llerena, del Supremo, para hacerse con las causas instruidas por la juez Lamela de la Audiencia, que, al tiempo, se traducirán en la libertad de los detenidos.
Dicen quienes reniegan ahora de la viabilidad de la independencia que no esperaban tanta dureza del Estado y yo creo que lo que quieren decir es que no esperaban que fuese tan duro soportar la dureza, no del Estado, sino de sus leyes. Por eso ese agachar las orejas que sólo puedo interpretar como una escenificación pactada y acordada del fracaso de una locura imposible que ha causado demasiados destrozos y ha hecho demasiado daño a Cataluña y los catalanes.
No llego a imaginar qué consecuencias tendrá todo esto en las urnas, ni puedo imaginármelo, porque nunca he sido ni seré nacionalista, ni siquiera o mucho menos español, pero, si la independencia era esto y, salvo que desde Moncloa repitan errores pasados, dudo que el soberanismo repita resultados.

martes, 14 de noviembre de 2017

ADA PILATOS


Poncio Pilatos, el prefecto de Judea que envió a la cruz a Jesús ha pasado a la Historia como ejemplo de eso que los castizos llaman “nadar y guardar la ropa". De hecho, Pilatos, que no quiso llevar sobre su conciencia la sangre de un inocente, dejó al populacho a decisión de enviar o no al nazareno a la tortura y la cruz, decisión que a él le correspondía como máxima autoridad del imperio romano en Judea, mientras se lavaba las manos ante ellos, dando a entender que la no era suya la última palabra.
Pilatos sabía perfectamente que la muerte del reo no concordaba con las leyes que le había tocado administrar. Por eso, no queriendo enfrentarse a la "caverna" del integrismo religioso judío, que veía a Jesús como un peligro, dejó la decisión a la turba concentrada ante su palacio.
Al final, Pilatos quiso quedar bien con unos y con otros, ha pasado a la Historia repudiado por unos y por otros y como ejemplo de quien se esconde tras la masa para no asumir sus responsabilidades y su gesto, lavarse las manos, como ejemplo de aquel que no quiere buscarse problemas decidiendo.
Algo así acaba de hacer Ada Colau, mi admirada luchadora social, adalid de la lucha contra los desahucios, injustos y crueles, que tantas vidas arruinaron en esta maldita crisis, que, una vez en la alcaldía, como en el juego de "el rey de la montaña", parece más preocupada por conservar la vara que por mantener la coherencia.
Nunca un alcalde de Madrid o Barcelona ha estado tan pendiente de los medios como lo ha estado ella. Y digo bien, porque solicitudes de entrevistas y participación en debates televisivos se reciben todos los días en casi todos los ayuntamientos importantes y lo que merece admiración, al menos para mí, no es repetir el mismo discurso cansino e inane, cuando no contradictorio, por estudios y platós de media España. 
Pues bien, eso es lo que viene haciendo Colau desde que el procés se manifestó en toda su crudeza, hablar de unos y de otros, como si el asunto no fuera con ella ni con los millares de ciudadanos a los que representa. Ada Colau, con su tono de voz condescendiente, como de hermana mayor que sabe todas las respuestas y aconseja a los pequeños desde su sabiduría indemostrable. Cuando habla, teje un discurso largo, larguísimo, en el tono monocorde del niño que improvisa la lección que aún no tiene aprendida, entrando y saliendo de los charcos que pisa, como ese reptil, el basilisco, que, a base de velocidad, en su caso de palabra, es capaz de caminar sobre el agua sin hundirse ni mojarse.
Pero todo tiene un límite y en algún momento se va más lejos de lo que se debería haber llegado y ese discurso hipnotizante no basta para explicar lo que no tiene explicación. Y eso es lo que ha ocurrido con su decisión, delegada en las bases, pero promovida, como siempre, desde la élite, de romper el pacto con el PSC desde el que gobernaba hasta hoy el Ayuntamiento de Barcelona.
Para lo que ha hecho, sólo encuentro una explicación, la de que su partido no quiere aparecer en la foto previa a las elecciones del 21 de diciembre de la mano del PSC, al que, hoy mismo, ha acusado de la aplicación del 155 en Cataluña y a su líder, Miquel Iceta, de "hacerse selfis" con el PP, como si los suyos con Puigdemont o Junqueras no hubiesen existido.
Aún es pronto para el salto de la alcaldesa a las autonómicas o a las generales. Quizá, ya, no sea ni siquiera posible y, por eso, ha hecho esta maniobra más efectista que otra cosa, con la que su partido se haría perdonar el pacto con el PSC en el ayuntamiento, lo que agudizaría su perfil soberanista y, de paso, garantizarse un apoyo de Esquerra que quizá acabará necesitando en las próximas municipales.
Ada Colau, pensando en su propio interés o en el de su partido más que en el de los barceloneses, se ha comportado como el prefecto Pilatos, dejando la ruptura del pacto en manos de la exigua mayoría de una asamblea, lo que no debe olvidar es que, sin salir de la Historia ni del Imperio y como dijeron a los asesinos de Viriato, “Roma no paga traidores".

lunes, 13 de noviembre de 2017

LA HORA DE LA VERDAD


Si el diario LA VANGUARDIA quisiese repetir la foto de los candidatos a las elecciones catalanas de 2012, aquellas que calificó como "las más importantes de la Historia de Cataluña", no podría hacerlo. Y no podría, en primer lugar, porque el  precioso velero que aparecía en el dique seco, con todos los candidatos, los de entonces, sentados en su borda, mirando cada uno hacia su propio horizonte, sobre un dique seco, ya no flota, ni podrá hacerlo, destrozado como está contra las rocas de la realidad, mientras la falsa tripulación de la foto anda desperdigada junto a los restos del naufragio aquí y allá, tras los muros de una prisión, en un aeropuerto, camino de Bruselas, desorientados y con el agua al cuello en medio del oleaje de su propia ambigüedad o cargados con el pesado salvavidas de la Constitución, que lo mismo sirve para flotar que para mantenerse a flote. Aunque, ahora que lo pienso, si la foto no es posible s porque hoy, después de todo lo que ha pasado, no está el horno para bollos.
La manifestación del sábado en Barcelona, con todo su despliegue tecnológico, con la cobertura nacional hecha por la Sexta, con sus vídeos de aquí y de allá, parecía casi una visita papal cubierta por el Telemadrid o el Canal Nou de los peores tiempos. La manifestación, hiperbólica, con todas sus exageraciones, con esas canciones escritas en otros tiempos y por otros motivos ¿qué hubiese dicho Elisa Serna de haber vivido para escuchar su "Esta gente que querrá”, su homenaje a Enrique Ruano, asesinado en pleno franquismo, ¿travestida en reivindicación para la libertad de “los jordis” y los miembros del Govern encarcelados?  ofendía a quienes tenemos memoria de la verdadera represión. La manifestación que, con toda esa parafernalia de móviles encendidos como linternas, que mi amigo Bernardo, que ha cubierto con sus cámaras y más de un golpe centenares de ellas, ve más como un desfile que como verdadera manifestación parece haber sido, al menos de momento, el punto y aparte que dará paso a la carrera egoísta y enloquecida hacia las urnas.
Así, los comunes de Ada Colau no han tardado ni veinticuatro horas en hacer saltar por los aires el pacto que les ha permitido gobernar el ayuntamiento de Barcelona, acusando al PSC de haberse ido a la derecha, apoyando "el 155", como si el PDeCat de Puigdemont o Esquerra fuesen partidos de la izquierda. Aunque no puedo dejar de sospechar que, si lo hacen después de haber echado unos rapapolvos a los independentistas, como esos padres que, para "compensar" el excesivo castigo infligido a uno de sus hijos, regañan, eso sí, con la boca pequeña, al otro, es porque, a sabiendas de que, si quieren crecer, no va a ser por el lado socialdemócrata y opuesto a la DUI, tratan de reubicarse y aparecer "apetecibles" para los huérfanos del sueño soberanista.
En el otro lado, lo que hasta ayer era solidaridad y unidad de acción se ha transformado, en gran parte por culpa del veleidoso Puigdemont, en estampida y "si te he visto no me acuerdo", con un PDeCat en ruinas, dinamitado por los personalismos, si no egoísmo, de sus líderes que ven las elecciones, más como la túnica mágica que les haga invisibles a la justicia, que como la oportunidad de servir a ese pueblo que dicen representar. También es egoísmo lo de Esquerra, que, viéndose premiados con la imagen de verdaderos pilotos del procés quieren, a toda costa, soltar el lastre que le supone haber sido los socios del partido de esa burguesía catalana, amante del poder cueste lo que cueste. En cuanto a la CUP, verdadero lubricante de la maquinaria del procés, viagra de esta erección imposible, se ve que está aprendiendo y se presenta a unas elecciones que ha descalificado hasta la saciedad y lo hace en solitario, quizá porque "a la fuerza ahorcan".
De Ciudadanos y el PP, queda poco por decir, salvo que los de Rivera han mostrado, a propósito de Cataluña, su verdadero rostro, adelantando al PP por la derecha, por inverosímil que parezca. tanto que, en ocasiones, Xavier García Albiol, que saltara a la fama como alcalde xenófobo de Badalona, llega a parecer moderado.
En fin, aprovechemos, especialmente los catalanes, estos días previos a la campaña, para rumiar y digerir todo lo que ha pasado estos días, todos los sobresaltos, las volteretas y los "alehops" que los actores de esta tragedia "asainetada" han desplegado ante nosotros. Llega ahora la hora de la verdad o, quién sabe, la de la mentira más maquillada, ese momento en el que los partidos hacen lo único que verdaderamente saben hacer: ganar o perder elecciones. Lo otro, lo de gobernar, es una manera de pasar el rato, matar el tiempo hasta las próximas.

viernes, 10 de noviembre de 2017

CATALUÑA NO SE LOS MERECE


Cuando ayer me fui a la cama conociendo la decisión del juez del Supremo y, sobre todo, lo más significativo de los autos en que expresaba su decisión de fijar fianza para los miembros de la mesa del Parlament de Catalunya que votaron la Declaración Unilateral de Independencia, confieso que en lo primero que pensé fue en lo deprimido que me sentiría de haber sido uno de todos esos ciudadanos catalanes que han creído y creen de buena fe en todas las promesas hechas por Mas, Puigdemont, Junqueras y los suyos, una vez comprobado que su firmeza, a la hora de la verdad, dura lo que dura la visión de los barrotes de una celda, de la que nunca les librarían el crowfunding ni las colectas con que, hasta ahora, acostumbraban a sufragar las multas.
Que conste que no acabo de creerme la aparente sinceridad de Carme Forcadell, la misma que se sentó con descaro sobre el reglamento del Parlament y los derechos de la oposición, para hacer, de la capa de autoridad ecuánime a que su cargo le obligaría, un sayo de iniquidad para pasar por encima de todo y de todo. Que conste que soy de los que sospechan que la sumisión ante el juez puede ser sólo una estrategia para eludir la prisión, sea por razones individuales y egoístas o pensando en mantener viva en la calle la llama de una causa que, desde la cárcel sería difícil alentar.
Lo cierto es que Carme Forcadell, de carrera política tan fulgurante como Puigdemont, reconoció que la DUI no llegó a proclamarse, porque nunca se votó implícita ni explícitamente los días siete y ocho de octubre. También que se somete al artículo 155 de la Constitución que disolvió la cámara de la que sigue presidiendo la Diputación Permanente y que se compromete a dejar la política o a seguir en ella dentro del marco constitucional. Quizá una estrategia, pero, en todo caso, una estrategia que no deja de conllevar una cierta indignidad y no menos humillación.
El tiempo nos dirá si Forcadell y sus compañeros engañaron al juez y si el juez Pablo Llarena aplicó las medidas suficientes para evitar una actividad ilegal y clandestina de los encausados. El tiempo nos dirá también de qué manera el aparato de propaganda de la causa independentista digiere lo sucedido ayer en Madrid.
La verdad es que, para ello, tiene a su favor que no ha habido entre la gente de a pie tantos detenidos ni procesados como los hubo en las protestas ciudadanas contra la política austericida del gobierno del PP, con lo que no cabe el agravio comparativo, pero, aun así, será difícil explicar a toda esa gente que ha ocupado la calle durante días, a la que soportó las cargas policiales para votar o para defender un referéndum, el del 1 de octubre, al que Forcadell no concedió ayer validez alguna.
El tiempo nos dirá, además, en qué quedan todas esas discusiones entre familiares, amigos, vecinos o compañeros de trabajo que ha abierto este tortuoso proceso, en el que la falsedad o la torpeza de unos y otros ha abierto enormes heridas y ha exacerbado los ánimos en una sociedad que tradicionalmente se había mostrado pacífica y razonable. 
Y, ante todo esto, cabe plantearse cuál va a ser el coste personal que habrán de pagar quienes, por sus ansias de gloria, por su impaciencia, para taparse las vergüenzas de la corrupción o, simplemente, por sus ambiciones personales, han arruinado el sueño de tantos catalanes decentes y, de paso, el prestigio y la riqueza de un territorio, Cataluña, que, hasta ahora, era reconocido como uno de los más avanzados de Europa.
No, de ninguna manera debería salirles gratis tanto desatino. De alguna manera habrán de pagar el enorme destrozo que están dejando tras de sí, porque ni Cataluña ni la buena voluntad de quienes les han creído se los merecen.

jueves, 9 de noviembre de 2017

CATALUÑA SECUESTRADA

Si hace tan solo unos meses me hubiesen dicho que estaría hoy expresando mi repudio hacia una huelga, hubiese pensado que yo o m interlocutor, uno de los dos o los dos al mismo tiempo, se había vuelto loco. Sin embargo, hoy me veo cabreado y mucho por el abuso que supuso ayer, no la huelga en sí, que apenas tuvo seguimiento, sino por las consecuencias que tuvo dirigir grupos perfectamente organizados de jóvenes, la mayoría estudiantes contra las carreteras y las vías férreas para, una vez colapsadas, impedir el normal acceso de quienes no querían secundar la huelga a sus puestos de trabajo.
Viendo lo ocurrido ayer, he llegado a pensar que, en realidad, somos personajes de un vídeo juego en manos de un mono loco y es que no llego a entender qué pretenden quienes pilotan "el procés" al cabrear a una gran parte de la población a la que privaron, no sólo de movilidad, sino del acceso a hospitales, colegios y centros oficiales o transportes que, sí, estaban atendidos por su personal, pero al otro lado de un piquete o un monumental atasco provocado por la intervención de unas pocas decenas de personas.
Cuando, en el transcurso de uno de los telediarios de tarde noche, se conectó con la estación del AVE en Sants y fui testigo del cabreo, la angustia o la desesperación de quienes no podían viajar porque unas decenas de jóvenes, a los que luego fueron sumándose más, habían ocupado las vías, cerrando toda posibilidad de viajar, no podía creer lo que estaba viendo, sobre todo porque, allí, no había un solo policía para impedirlo. Algo que vino ocurriendo todo el día en puntos clave de los accesos a las principales ciudades, dejando a millares de personas, entre las que había ancianos y niños, atrapados a la intemperie y en medio de un otoño helador.
Fue necesario movilizar a la Cruz Roja para atender a toda esa gente que, durante horas, no pudieron hacer otra cosa que desesperarse y acordarse de la sangre de esos niñatos que, como en un juego, les dejaron tirados en la carretera. De todo lo que pude ver, fue eso lo que más me impacto: la juventud de quienes integraban los piquetes. Jóvenes, muy jóvenes, alumnos de institutos o de los primeros cursos de cualquier facultad que, aparentemente sin violencia, pararon el tráfico en media Cataluña, exasperando a todo un país.
Me cuesta creer que quienes están detrás de lo de ayer esperasen obtener algún beneficio de toda esa violencia moral que supone paralizar un país, imponiendo la voluntad de unos pocos, perfectamente organizados, sí, pero sólo unos pocos, a toda la ciudadanía. Me cuesta creer que vaya a haber mucha gente dispuesta a sumar su voto al de quienes están hundiendo un país al que, con movimientos bien medidos, perfectamente calculado, encomendados a jóvenes a todas luces aleccionados y, sobre todo, mal informados de las consecuencias de lo que hacen. Me cuesta creer, incluso, que quienes están al frente no estén trabajando para "el enemigo"
También me cuesta creer que no fuera posible acabar con estos cortes de carreteras y vías de tren en un primer momento. Me cuesta creer que la pasividad de los mossos de esquadra y otras fuerzas policiales no fuera intencionada. No sé si fue sólo mala conciencia por las cargas del primero de octubre o si se tardó en intervenir porque quienes pilotan el 155 también han llegado a la conclusión de que "cuanto peor, mejor".
De momento, los organizadores de la mayor feria de telefonía del mundo el World Mobile, que riega Barcelona de millones, llenando hoteles y restaurantes, bajando las banderas de todos los taxis y agotando las existencias de las tiendas de recuerdos, se están planteando sacar su feria de una ciudad, de un territorio desestabilizada, que ayer permaneció secuestrado durante horas por quienes, como les gritó una pasajera del AVE frustrada y desesperada en la estación de Santas, no son más que niños.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

EL ILUSIONISTA Y SU CLA


Puigdemont es listo y no puede negarse que hay una cierta astucia en lo que hace y en cómo lo hace. Sin embargo, todo su esfuerzo y todo el sacrificio que, voluntario o no, se exige de los catalanes corre peligro de ser insuficiente para evitar el descarrilamiento de un tren lanzado a demasiada velocidad por una vía incapaz de soportar sus despropósitos.
Además, no hay que despreciar el hecho de que todo lo que hace o dice el ex president tiene un doble significado o, cuando menos, un doble uso. Sin ir más lejos, su presencia en Bruselas, que, más allá de provocar una crisis de confianza en el precario gobierno belga, apenas ha tenido resultados en el presunto fin perseguido de llamar la atención de las instituciones europeas sobre Cataluña y, cuando lo ha hecho, ha sido para obtener un rapapolvo como respuesta.
Queda pues claro que, si ese era el fin, el fracaso es evidente. Ahora bien, el otro fin, el oculto, el inconfesable, el de ponerse fuera del alcance de la justicia española, ese en el que realmente se ha echado el resto, está plenamente conseguido, porque se ha abierto una ventana de tranquilidad de dos o tres meses, a lo largo de los cuales el garantismo de la justicia belga asegura que, ni él ni los consejeros huidos serán entregados a España.
Por lo demás, semana y media después de poner pies en polvorosa, la presencia de Cataluña en la prensa internacional y sólo esos numeritos, esas atávicas coreografías organizadas a mayor gloria del procés y su conductor, con los alcaldes, bastón en ristre, de gira por Europa, a cuenta de los vecinos, independentistas o no son capaces, por lo vistoso de la estampa, son capaces de llamar la atención de los corresponsales, para quienes se monta en exclusiva el espectáculo.
Con ese fondo, con esa cla entregada a su causa, Puigdemont lanzó ayer su discurso, más exagerado que nunca, desplegó una y otra vez la paradoja de pintar un país opresor, en el que "ya no es posible vivir", ante un público entregado de doscientos alcaldes, de los más de ochocientos con que cuenta Cataluña, trasladados a Bruselas sin el menor problema con un billete de avión pagado con fondos de sus ayuntamientos, algo difícil de imaginar en la Turquía de Erdogán, con la que un día sí y otro también, se compara a España, entre otras cosas porque esos alcaldes, si así lo quisieron pudieron dormir esa misma noche en sus casas. en la oprimida Cataluña.
Paradójico y esclarecedor, porque Puigdemont sólo habla para convencidos, para su propia cla, y lo hace para atacar sin piedad a todo aquel que no le da la razón, para reprender con dureza a quienes no le hacen caso en las instituciones europeas y para animar a la sublevación a territorios europeos aparentemente calmados.
Todo un despropósito por parte de quien reclama la solidaridad de esos países y esos territorios a los que enmienda la plana. Un despropósito sólo equiparable a las mentiras con que, ebrio de soberbia, salpicó toda su intervención, hablando de maltrato a los consejeros detenidos, mientras recordaba que España había sido condenad, en otros tiempos, aunque sobre eso pasó de largo, por torturas. También se refirió a esos consejeros y a los dirigentes de ANC y Òmnium detenidos como presos políticos, algo que se hizo insoportable y ofensivo para quienes realmente habían conocido las torturas, a veces la muerte, en las comisarías y cárceles franquistas.
Transmitido en directo por alguna que otra televisión aquí en España, fue el discurso de un ilusionista destinado a engañar a quien quiere dejarse engañar, hacerse la ilusión, de que lo que el que ocupa el escenario tiene entre las manos es lo que muestra y no lo que esconde. Un espectáculo absurdo en el que la cla, los alcaldes de los bastones no fueron más que un decorado humano que aplaude acrítico los números, destinados en realidad a otra gente que ni se inmuta con ellos. Aunque el éxito de ese espectáculo es el de ocultar con su humo de colores la realidad, esa que se manifestó esa misma mañana en el Congreso en el testimonio de un policía de la UDEF señalando a Rajoy, Trillo o Cascos como destinatarios de los sobres de la Gürtel

martes, 7 de noviembre de 2017

DUEÑOS DEL RELATO


Empiezo a estar cansado, sin no asqueado, de todos estos corredores de fondo se la historia que viven encapsulados en su propio relato y que ven la actividad política como una carrera de obstáculos y nada más. estoy cansado de quienes lo tienen todo tan claro, a uno y otro lado, y sólo ven la meta, nunca el paisaje que cambia a su paso, porque el camino lo traen memorizado de casa y, como si llevasen un GPS sin actualizar, por seguir a "la voz" son capaces de acabar en medio del peor de los atascos o en un camino cortado por unas obras imprevistas, creyendo o haciendo creer a sus compañeros de viaje que ya están en el destino soñado.
Empiezo a sentir una cierta angustia ahora que veo hasta donde han sido capaces de llegar quienes se han hecho con el relato y, si lo estoy, es, principalmente, porque reconozco en mí la culpa de quien no ha hecho a tiempo los deberes, de quien ha escuchado barbaridades, exageraciones y mentiras y no ha hecho nada, de quien ha preferido guardar un silencio prudente en vez de tomar partido por la verdad que, al final, debería ser lo único importante.
No sé si me pasa sólo a mí, si es una especie de intolerancia, de hipersensibilidad, una alergia a tantas mentiras y tan burdas como se nos han contado, pero el caso es que estoy harto, cansado de que se pida libertad en un universal inglés para un país en el que durante dos semanas las calles han estado llenas de gente con sus banderas, sus pancartas y sus lemas, nunca improvisados o escritos a mano sobre sábanas o cartones, sino delicadamente impresos y repartidos en kits que recordaban a los de la visita a Madrid de Benedicto XIII, la última hazaña de Ruiz Gallardón al frente del ayuntamiento de Madrid.
Me duele todo esto, porque, por lo que sea, porque, mientras unos estaban lamiéndose las heridas de su división y otros tapándose las vergüenzas de su corrupción, los independentistas, ante los atónitos ojos de quienes tanto sufrieron y tanto lucharon por la democracia, reclamaban, desde un parlamento en el que contaban con mayoría más que suficiente para trabajar por el bienestar de la ciudadanía, un parlamento y un marco legal autonómicas que para sí quisieran otras muchas regiones autónomas o aspirantes a serlo en Europa, una libertad presuntamente inexistente, difuminada y envuelta en esa nebulosa de mitos históricos de difícil probatura, verdades a medias y mentiras descaradas.
Cuando la juez de gatillo fácil Carmen Lamela aceptó a pies juntillas la querella del fiscal contra los líderes de las "entidades" ANC y Òmnium y los mandó a prisión sin pestañear, comenzó a extenderse aquello de que eran los primeros presos políticos de la democracia y, de paso, que lo de España, lo del Estado, como gustan de decir, no era democracia sino franquismo, se me encogió todo lo que en mí quedaba de aquel muchacho ilusionado que vio desaparecer la dictadura en España y me acordé de todos esos amigos y compañeros de la universidad que pisaron comisarías y prisiones, muchas veces por el mero hecho de llevar barba o el pelo largo y vestir aquellas míticas trencas, por hacer una pintada o por hablar de determinadas cosas más alto de lo debido.
Me pregunté entonces, como Alberto Garzón, qué hubiese dicho Marcos Ana, veinte años en las cárceles franquistas por nada, o qué hubiese dicho Ramón Rubial, el presidente del PSOE que pasó media vida en prisión, o Marcelino Camacho, Simón Sánchez Montero, o la familia de tantos y tantos jóvenes o no tan jóvenes, abatidos por los disparos de la policía franquista o por fascistas, estos de verdad y armados, al servicio de la misma. Me pregunté y me pregunto qué hubiese sentido Simone Weil, superviviente de los campos de exterminio de Hitler, al ver a Carles Puigdemont rondando el Parlamento Europeo que ella misma presidio, reclamando asilo para sí y una libertad que ya tiene para Cataluña.
Me indigno. Y me indigno porque los que tenemos unos años y hemos sufrido la dictadura, aunque sólo fuesen sus últimos coletazos, sabemos muy bien que aquello no tiene nada que ver con lo de hoy, cuando es más fácil ser maltratado, golpeado, o incluso morir, a manos de los mossos o cualquier otro cuerpo policial al lado de un bar o una discoteca que en una manifestación.
Se han hecho dueños del relato. Han tenido los medios y los guionistas apropiados y han entendido lo que el gobierno de España y los partidos de la oposición no han querido entender, que el que da primero da dos veces y que una imagen vale más que mil palabras. Por eso han echado el resto en publicidad y o propaganda, por eso, por esa falta de reacción o por una reacción tardía a su falso relato, "cuelan" con tanta facilidad sus mentiras y exageraciones. Hemos callado demasiado, por apatía o por creer inverosímiles sus mentiras, y ahora, como digo, son los dueños del relato.

lunes, 6 de noviembre de 2017

PARA NO HABLAR DE...


Comienza hoy para los españoles, catalanes o no, con banderas o sin banderas, una nueva semana, la enésima, en la que la información chorrea "procés", saturada como un bizcocho que ha se ha mojado más de la cuenta en el café y amenaza con romperse sobre la taza, arruinando todo lo que queda al alcance de sus salpicaduras.
Con Puigdemont estrenando libertad provisional, después de haberse entregado a la justicia escogida para no ponerse en manos de la justicia que le corresponde, esa a la que aceptó someterse al jurar la Constitución cuando asumió la presidencia de la Generalitat, mientras Junqueras y más de la mitad de sus compañeros en el gobierno cesado llevan ya días en prisión, queda claro que el president cesado no buscaba en Bruselas el paisaje, más bien gris, ni el foro desde que divulgar a los cuatro vientos las bondades de su fallida república o la maldad exagerada de eso que llama Estado y que no es otra cosa que la España que no le la razón. sino más bien un sistema judicial a la medida de sus necesidades, que no son otras que alejar los barrotes de su vida.
Digo esto, porque en la semana que lleva en la capital belga, apenas ha mantenido contacto con la prensa y, mucho menos, se ha expuesto a las preguntas de periodistas suficientemente informados de lo que está pasando en España y Cataluña. No hay más que ver la entrevista "ad hoc" que se le hizo en la televisión belga o su ridícula comparecencia en el Club de Prensa de Bríselas, en la que negó el derecho a preguntar a quienes eran mayoría en la agobiante sala, los periodistas españoles, excepción hecha de la televisión catalana, buscando quizá preguntas cómodas de voces aterciopeladas que le garantizasen, además, la difusión buscada. aunque no explicaciones a la mayor crisis abierta en España desde el veintitrés de febrero de 1981.
Y es que, desgraciadamente, esa ha sido la estrategia seguida por tirios y troyanos desde que estalló la crisis, teniendo en cuenta que, cuando digo crisis, no me refiero al "procés" sino a la crisis económica que ha devuelto a la sociedad española a los setenta del siglo pasado, la que ha abierto el abismo que hoy separa a los ricos, cada vez más ricos, de los pobres que, con trabajo o sin trabajo, llevan años sin llegar a final de mes.
En el origen de todo está, más allá de la torpeza o cara dura de Puigdemont, aún no me inclino por la una o por la otra, Artur Más que, con el caso Palau y la trama del tres por ciento al descubierto, amén de la sangría de recortes en la que fue pionero en España, encontró en la senyera el parapeto tras el que refugiarse o, en términos taurinos, la muleta con la que alejar el toro de las protestas ciudadanas de sí mismo y de su cuadrilla, un morlaco del que sintió cerca la cornamenta, cuando, después de las cargas contra los concentrados del 15-M en la Plaça de Catalunya, tuvo que volar en helicóptero para escapar de quienes cercaban el Parlament que estaba aprobando las duras medidas y recortes que había diseñado su gobierno.
Fue entonces cuando él y su partido abrazaron la independencia que hasta entonces habían rehuido, fue entonces cuando comenzó a dejarse fotografiar con esteladas, cuando se acercó a Junqueras y se alejó de Durán Lleida, y cuando antepuso los sueños independentistas de una parte de los catalanes el bienestar de todos. A partir de ahí, todo lo que no fuese "procés" quedaba relegado. Las escuelas, los hospitales, los parados o las residencias de ancianos, los comedores sociales o las infraestructuras sin el tristemente famoso "tres por cuento" quedaron en un segundo plano, tras la quimérica república catalana", del mismo modo que las peripecias de su sucesor, el huido Puigdemont, convenientemente aderezadas con algún que otro despropósito judicial, han tendido una densa niebla sobre el estropicio que sus maquinaciones han dejado a la legalidad en Catalunya.
Sin embargo y como para cada roto hay un descosido, la actitud de Rajoy no es muy distinta de la del cesado president, que hizo del combate contra el "demonio secesionista", llevado con el peor de los sectarismos, a sabiendas de que, como a Mas y Puigdemont, esos combates, en los que todo vale, les eximen rendir cuentas en todo lo demás.
Es tan triste como eso. A los dirigentes de uno y otro lado, todo lo demás les da igual, como les da igual que esta crisis secesionista se solucione, porque, mientras exista, existe la gran coartada que todo lo tapa, que todo lo perdona. Por eso les viene tan bien lo que está pasando, por eso está muy bien eso de que Puigdemont ocupe telediarios y portadas, porque su omnipresencia sirve sobre todo para no hablar de otra cosa. 
Ojalá todos lo vieran tan claro como yo creo verlo y, en las próximas elecciones, catalanas o generales, diésemos nuestro voto a quienes quieren solucionar el problema, en vez de a quienes se sirven del problema para solucionar o esconder los suyos

viernes, 3 de noviembre de 2017

MÁS MADERA...


Cuando ayer expresaba en este blog mi deseo de que, en los jueces encargados de tomar declaración al cesado gobierno catalán y a la presidenta y los miembros de la mesa del Parlament de Catalunya, pesasen el sentido común y la cabeza fría, para no reforzar con la palma del martirio el ya muy desabastecido y desprestigiado polvorín independentista, no cabía entre mis cálculos que la juez Lamela enviase a prisión a cuantos prestaron declaración en su despacho, ocho consejeros cesados por el 155, incluido el vicepresidente Junqueras, y Santi Vila, que dimitió por su desacuerdo con la proclamación de la Independencia catalana "por las bravas".
Hasta que supimos que la juez mandaba a la cárcel a la mayor parte de los miembros del gobierno de Puigdemont, precisamente a los que, acatando su citación, se pusieron a su alcance, las calles y plazas catalanas estaban tranquilas, con los independentistas ocupados en diseñar sus estrategias de cara a la cita con las urnas del 21 de diciembre. un parón en la intensa movilización de los últimos meses que estaba permitiendo que aflorasen las diferencias que sin duda existen o existían, al menos hasta ayer, en Junts pel Si, lo que, en absoluto, significaba que la pólvora, pólvora metafórica, de los independentistas se hubiera mojado.
Bastó que la juez Lamela, sin más perspectiva que la que le ofrece su propio despacho, arrimase su cerilla al polvorín catalán para volver a incendiar las calles y, sobre todos, para devolver la unidad a los partidos independentista y a su compañero de viaje, En Comú Podem, que ahora se plantean una estrategia común en la que la libertad de los detenidos se convierte en el común denominador de la unidad de acción en las calles que podría convertirse, quién sabe, en un frente electoral que, lejos de aliviar la situación, podría perpetuarla con un Parlament en el que, a los escaños de Junts pel Si, sin duda crecidos en número, se sumarían los de la CUP y la franquicia catalana de Podemos, desde la que la cada vez más presta al desberre Ada Colau.califica de revancha la decisión de la juez.
No entiendo que ha podido pasar por la cabeza de la juez de la Audiencia Nacional. Con lo fácil que hubiera sido mandarles a casa con medidas cautelarse como vigilancia, retirada del pasaporte y obligación de estar localizables las veinticuatro horas del día. Los consejeros y el vicepresidente Junqueras hubieran salido, uno por uno y por su pie, de la audiencia, para hacer las correspondientes declaraciones al pie de las famosas escaleras del tribunal, probablemente matizadas y con diferencias entre unas y otras, para irse a dormir a su hotel y su casa.
Por contra, con su decisión, la juez ha cambiado esas imágenes a las que tan habituados estamos los españoles por otras tan impactantes como el estridente sonido de las sirenas de los furgones policiales que, con los destellos azules del convoy, interrumpieron el tedio del atasco de una tarde, para la que nadie esperábamos este final tan inesperado como esperpéntico, porque lo último que necesitábamos quienes queremos que aparezca el hilo que nos permita salir de este laberinto en el que, por la torpeza de unos y otros, estamos encerrados era esa foto, esa caravana de furgones ululantes, llevándose a la cárcel a quienes hace sólo diez días tenían poder, coche oficial y escolta. Una imagen que va a ser muy difícil de borrar de la retina de los ciudadanos de medio mundo y que acabará con el prestigio que la aparente calma de Rajoy podía haberse ganado en el mundo.
Que conste que, al contrario que los independientitas y Podemos, no discuto, salvo en el delito, a mi juicio mal calificado, de rebelión, la decisión de la juez. Lo que discuto es haber puesto en manos de Puigdemont y los suyos un comodín como éste que, si no se no hay rectificación en la resolución de los correspondientes recursos les permitirá ganar la partida. Y es que, salvo esa rebelión, tan difícil de demostrar, el resto de delitos, la malversación de fondos o la prevaricación y quizá la conspiración, están probados de sobra, porque casi todos se perpetraron a plena luz del día, o de la noche. con la luz y los taquígrafos de la prensa, el cuerpo de letrados del Parlament, el Tribunal Constitucional, que se cansó de advertir al Govern y el Parlament de los delitos en que estaban incurriendo o el equivalente al Consejo de Estado en Cataluña, que también advirtió de todas y cada una de las ilegalidades que se estaban cometiendo.
Pero todo eso no quita para que, a siete semanas de unas elecciones que podrían significar el borrón y cuenta nueva del problema, una juez, probablemente cargada de razón como de imprudencia, haya pegado fuego de nueve a las calles de Barcelona.
Quienes pretenden la secesión necesitaban avivar el fuego y la juez Lamela les ha proporcionado el combustible que demandaban. Esperemos que el sentido común se imponga y que la resolución de los recursos de los detenidos permita su vuelta a casa hasta que se vean sus causas en los tribunales. Ojalá que ese "más madera" de la juez se rectifique a tiempo, para desarmar así la demagogia y el victimismo de quienes invocan ahora el mismo estado de derecho que llevan peses pisoteando.

jueves, 2 de noviembre de 2017

UN PRESIDENT DE OPERETA


Ningún guionista en su sano juicio, salvo los de los disparatados Monty Pythonm claro, hubiese osado firmar una historia tan ridícula y peregrina cuando no enojosa como la de Carles Puigdemont y su "procés". Todo lo ocurrido es difícil de creer, pero, sin embargo, no es tan difícil de idear. Basta con hacer que sus protagonistas den los pasos menos previsibles y más irracionales, con alejarles de la más mínima coherencia de pensamiento y obra y hacer que se conduzcan como lo haría uno de esos aspiradores robotizados que van de rincón en rincón tropezando con cuantos obstáculos se interponen en su camino, aunque, a diferencia de esas misteriosas máquinas, esparce las pelusas y las migas, en vez de recogerlas.
La huida de Puigdemont, para aparecer en Bruselas, vía Marsella, carece de mérito alguno. Y no lo tiene, porque, si pudo subirse a un coche para embarcar en Marsella en un avión y aparecer el lunes en la capital belga, fue porque España es, pese a lo que él diga, un estado de Derecho, en el que, de no existir una orden judicial en contrario, como hasta ahora no existe, goza de los mismos derechos, también las obligaciones, que cualquier ciudadano.
Sé de sobra que al primer ministro belga, Charles Michel, no le gusta que se compare a tan  ilustre e incómodo invitado con Tintín, su héroe nacional, porque el rubio periodista soluciona problemas en sus aventuras, en tanto que el otro, Puigdemont, el del "pelazo", no hace otra cosa que provocarlos, pero, aun así, no hay que negar al ex president o a quien le escriba los guiones un cierto espíritu de aventura que mueve sus pasos hacia la épica, innecesaria, pero épica, no misterio y la truculencia.
¿A qué vino, si no, ese paseo por Girona, entre selfis y abrazos, o esa fotografía de las gárgolas del palacio de la Generalitat contra el cielo de Barcelona, un increíble cielo nuboso en un día que fue claro? A qué, sino a subir la adrenalina del aventurero y alimentar el ego del estratega que cree ser.
No sé qué ha pretendido el ex president con su viaje. Dicen quienes aún le defienden, él mismo lo dijo el martes en esa rueda de prensa tan tumultuosa como estéril, que internacionalizar el conflicto y llamar, lo hizo patéticamente y por dos veces, a una imposible reacción de la Unión Europea que, como era de esperar, no se ha producido. Todo un fracaso diplomático que no lo ha sido menos en su intento de llevar a la prensa internacional a la condena de ese estado opresor que, en su fantasía, es España. Más bien al contrario. Ahora que ya no controla los presupuestos de la Generalitat y no tiene fondos para caras campañas de prensa, las cañas de otro tiempo se le han tornado en lanzas, lanzas que no han dudado en calificar de circo su tocata y fuga con aparición final en Bélgica.
Creo que Puigdemont, en su paranoia, ha sido incapaz de ver a dónde estaba llevando a su pueblo y su futuro. Al cesado president no le espera un exilio digno como tuvieron Companys o Tarradellas. Lo que le espera, en el mejor de los casos es la ignominia y la vergüenza por año, si no la cárcel. A su gente, a quienes de buena fe le creyeron, lo que les espera es una vuelta atrás en sus aspiraciones de una Cataluña independiente, porque difícilmente cabe nada que no sea una desmovilización de esos dos y medio de ciudadanos, frustrados y engañados, engañados, porque, como también dijo el primer ministro belga, quien declara la independencia no huye, sino que se queda junto a su pueblo.
Ahora mismo, sus consellers y el mismo Junqueras, así como la mesa del Parlament, comparecen ante la Audiencia Nacional y el Supremo para responder de gravísimos delitos, los más graves si es que no hay sangre de por medio. Yo sólo espero que en los jueces pesen el sentido común y la cabeza fría, para no aportar la palma del martirio al ya muy desabastecido polvorín independentista. Sólo espero que ninguno de los llamados a declarar pise una celda hasta o ser condenados en firme, para no hacerles la campaña a quienes han llevado a Cataluña hasta el borde del abismo.
También espero que las fuerzas de seguridad, aquí y allá, sean exquisitas en el cumplimiento de su obligación de defender y proteger a quienes permanecen en España y cumplen con sus obligaciones ante la Justicia.
Puigdemont se ha convertido en un president, un personaje, de opereta al que difícilmente sigue ya el coro. Esperemos que la representación se suspenda y que nadie avive el fuego de una trama cada vez más mortecina.


martes, 31 de octubre de 2017

TOCATA Y FUGA DE PUIGDEMONT

Decir que Carles Puigdemont es un personaje más bien oscuro llevado por las circunstancias mucho más allá de sus posibilidades es, en verdad, aportar poco o nada a la historia de estos últimos meses en Cataluña. Es, por decirlo con un tópico, la confirmación de esa sabia ley, no sé si de Murphy, que asegura que cada cual alcanza su máximo nivel de incompetencia, porque, si algo ha quedado claro es que el cesado president de la Generalitat de Catalunya nos ha demostrado, adornándose con su cara de pasmo, lo incompetente que ha podido llegar a ser.
Dicen que desde su más tierna infancia Carles Puigdemont se sintió independentista y que, ya en su juventud, aprovechaba la más mínima ocasión para dejar claro, en fronteras y aeropuertos, que su nacionalidad era la catalana y no la española y le supongo luciendo en la trasera de su coche una de aquellas pegatinas con la letra C que pretendía ser el distintivo nacional de Cataluña que luego hubo que cambiar por CAT o por el burro, porque la C estaba asignada a los "carros" cubanos.
Tuvo suerte y fue capaz de aprovechar todas las oportunidades que le dio la vida, siempre a cubierto bajo el paraguas de la desaparecida Convergencia, hoy transmutada en el PDeCat, por efecto del 3%, hasta alcanzar, después de haber pasado por la alcaldía de Girona, un escaño en el Parlament, sin haber encabezado nunca ninguna lista electoral. Todo porque el destino es un caprichoso jugador de billar que ha propiciado las carambolas precisas para convertirse en heredero, más que trágico, bufo de Lluís Companys.
Lo que no acabo de explicarme, salvo por efecto de ese vicio malsano que se manifiesta en algunos directores de medios. y él lo fue, de forzar el titular, el vicio de armar con elementos precarios cuando no insuficientes informaciones que desvirtúan la realidad. Y a fe que lo llevo a cabo, cuando, después de sustituir a Artur Mas como candidato a la presidencia por Junts pel Si, fue investido president con el apoyo envenenado de la CUP y el encargo tan deseado como obligado de convertirse en presidente de esa república catalana independiente con la que soñaba de niño. Más que un sueño, un anhelo vehemente, al servicio del cual puso todas sus artes, malas y buenas, forzando al límite todas y cada una de las situaciones surgidas en el camino, hasta el punto de soslayar, olvidar, el marco en que se movía, el estrado de derecho y la ciudadanía a la que decía defender. Fue así o para eso como acabó secuestrando el parlamento catalán, como se olvidó de las necesidades de su pueblo, del paro, de la Sanidad, de los barracones en los que se ven obligados a aprender muchos niños catalanes, de los ancianos y los jóvenes, para entregarse en cuerpo y alma a la propaganda, a construir un castillo en el aire, en España dicen los británicos,  a crear un país imaginario y a explicarlo en las televisiones y las radios que controla, a "venderlo" en el extranjero, a pedir ayuda contra la tiranía española que castiga y persigue a los catalanes, sin car en la cuenta de que son millones los europeos que pasan cada año por Barcelona sin haberse topado nunca con esa dictadura tiránica que les contaban, porque Cataluña no es Crimea ni cualquier rincón oscuro del mundo del que se pueden contar sin problemas leyendas inverosímiles, porque Cataluña está ahí, a una o dos horas y unos pocos euros de casi toda esa Europa a la que reclaman como compañera de viaje.
De que la leyenda era inconsistente fue una prueba lo pronto que se desinfló la burbuja del sueño en cuanto la economía real, no el mito nacionalista, entró en juego. Los valores de los bancos catalanes, Caixabank y Sabadell, empezaron a pasar frío en la Bolsa. Enseguida se fueron al calor y la seguridad de Valencia o Alicante y, con ellos, centenares de empresas grandes y pequeñas y la confianza de los catalanes en los gestores de ese nuevo país que les prometían.
Sólo la torpeza del ministro sevillano del Interior insufló algo de aliento al sueño, toda una pesadilla para otros. Por eso Puigdemont, empujado por sus interesados aliados, se vio obligado a emprender una huida hacia adelante, de la que este din de semana perdió todo el control.
Para interpretar al ya cesado president, no hay más que fijarse, no en sus intervenciones, sino en sus silencios, en esas miradas perdidas, en los temblores y las muecas de sus labios finos, en el miedo de quien sabe que ha ido mucho más allá de donde debía. Por eso, en un gesto teatral, de comedia bufa, como un amante sorprendido en la alcoba de su amada, Puigdemont se ha ido, a oscuras, como votó la independencia, al país de Tintín y los últimos etarras, buscando, más que un reconocimiento para su república, que sabe que no tiene, una salida en forma de aplazamiento y escándalo a la próxima etapa de su vida que, por su imprudente aventura, por falta de ese sentido de la realidad que dicen tener los catalanes, puede transcurrir, en el peor de los casos, en una prisión española. Una tocata llena de falsas notas y desatinos, culminada ahora con una fuga todavía por explicar.

lunes, 30 de octubre de 2017

Y, AHORA, LA RESACA


Desde que era un crío he escuchado esa gran verdad que he hecho mía de que "la cara es el espejo del alma". De ser cierta, que sin duda lo es. bastaría con ver las caras de los tres grandes protagonistas de esta aventura que no acabó, como profetizaban, en un choque de trenes, sino que ha terminado en el descarrilamiento de uno de los convoyes, el que en manos de un maquinista y unos fogoneros más que imprudentes ha dado con sus hierros y sus tablas en el talud de la Historia.
Que quede constancia de que no me alegra este final. No por ellos, que, a sabiendas o no de lo que estaban haciendo, han tenido sobradas ocasiones de accionar los frenos, sino por el pasaje, por toda esa gente ilusionada por un sueño del que siempre le escondieron la cara B, la cara triste y dolorosa de lo que nunca podría ser. Que quede también constancia de que admiro y respeto todo lo que hace diferente y mejor a Cataluña, como respeto lo que hace diferente y mejor a Euskadi o a cualquiera de las comunidades que algún día, cuando los "patriotas" de uno y otro signo dejen de utilizarlas como parapeto y refugio de sus miserias, formarán parte de la federación hermanada e igualitaria en que merecen y necesitan integrarse.
Que quede constancia de que entre mis discos y mis libros los hay en lengua catalana, porque sería idiota y miserable renunciar a las canciones de Llach, a los poemas de Margarita, Maragall, Espriu, Gimferrer o Brossa, que comparten con las novelas de Marsé, Mendoza, Vázquez Montalbán, los cuentos de Monzó o los delicados artefactos literarios de Perucho o las películas de Isabel Coixet o las de Ventura Pons, que ocupan todos ellos lugar destacado en mis estanterías.
Por todo ello me ha dolido el disparate pasado de revoluciones, de vueltas, en que hemos vivido en estas semanas tan frenéticas como surrealistas. Por eso me deprimió tanto como a ellos y me refiero a Puigdemont y Junqueras, también a Anna Gabriel, insatisfechos por la falta de consistencia de su logro, esa cosa del viernes que nunca sabremos, quizá más adelante en los tribunales, si fue carne o pescado, proclamación, declaración o qué que votaron setenta diputados anónimos, escondidos tras sus papeletas dobladas, nada orgullosos de lo que hacían.
Han sido semanas de jugar al gato y al ratón desde la Plata de Sant Jaume y desde el Palacio de la Moncloa, han sido meses de jugar al escondite, meses en los que casi todos han estado jugando a la ambigüedad, más que calculada, calculadora, a la espera de recoger no sé qué frutos, miserablemente, convirtiéndose, lo digo por Podemos y Ada Colau, en bastón y coartada del independentismo más irracionalm sin caer en la cuenta de que no se puede mentir a todo el mundo al mismo tiempo ni, mucho menos, contentar a todos a la ves. Y ahí los tenemos enredados en su propia ambigüedad y a punto de caer estrepitosamente.
Ahora que la fiesta ha terminado, viene la resaca. Ahora, desmayada la euforia, echado el resto en la calle y en el Parlament secuestrado por quienes representan a menos de la mitad de los catalanes, es cuando llega la resaca, el dolor de sienes, el fuego en el estómago y la búsqueda de la oscuridad, la gran aliada de quien no quiere ni puede asumir la responsabilidad de todo lo que ha bebido, de todo lo que se ha "metido" y ha hecho "meterse" a quienes les han seguido.
Dicen que, para salir de ésta, lo dice Javier Cercas, especialista en bucear en el alma humana, los independentistas necesitan un traidor. Puigdemont no quiso serlo, cuando renuncio a convocar las elecciones como ya había acordado con los mediadores en la crisis. Junqueras, tan cobarde como parece, tampoco. Por eso, a sabiendas de que están cesados, a sabiendas de que sus actos tienen tan poca validez y consistencia como todo lo que han hecho mientras corrían al precipicio, no tienen ni tendrán validez alguna. 
Sin embargo, ahí los tenemos con su juego, haciéndose selfis en los despachos que ya no son sus despachos, como quienes combaten la resaca con vodka o con cerveza, buscando una descompresión difícil una vez que han deshecho entre sus manos los sueños de tanta gente.

jueves, 19 de octubre de 2017

LOS VERDADEROS CULPABLES



Pase lo que pase en las próximas horas y cumplidas las diez de la mañana de hoy, 19 de octubre, con la churrigueresca segunda respuesta del president Puigdemont al requerimiento de Mariano Rajoy, aún seguimos al borde del abismo. Y ahí seguimos, porque la respuesta, en la que reconoce, de modo churrigueresco, eso sí, que la proclamación de Independencia. que es potestad del Parlament, no llegó a producirse, porque no se votó, y, acto seguido, deja de nuevo la pelota en el tejado de Rajoy, al que conmina a no aplicar el temido y temible artículo 155, a no impedir el diálogo y a cesar en lo que tilda de represión, para no convocar al parlamento para que vote y proclame esa, según el gobierno de la nación, inviable independencia.
La respuesta desde Moncloa no se ha hecho esperar y ha convocad para el sábado un consejo de ministros extraordinario para iniciar la aplicación del 155. Serían cuarenta y ocho horas más para la esperanza, cuarenta y ocho horas para que Puigdemont dé un paso atrás y, con un gesto que aún no ha dado facilite el entendimiento o el camino hacia él.
Y así como estamos, al borde del abismo, sería bueno tratar de entender por qué estamos aquí y, para ello, quizá convendría imaginar dónde estaríamos ahora si aquel estatut que hace diez años se dieron los catalanes, votando en un referéndum con todas las garantías, aquel sí, que fue luego respaldado en el Congreso de los diputados y firmado por el Rey. Un estatut que el PP vistió de afrenta para el resto de los españoles, simplemente porque le convenía. Un estatut perfectamente legal que despejaba el camino en la difícil integración de Cataluña en España que, sin embargo, fue utilizado por el PP para, con él, desviar la atención ciudadana de toda su basura, de todas sus corruptelas ya evidentes y, de paso, minar la confianza en un PSOE dividido, en el que, por intereses egoístas, muchos "barones" se sumaron a la práctica del anticatalanismo más rancio.
El PP de Rajoy enarbolando barras de fuet t botellas de cava, hizo de ese anticatalanismo su bandera y no paró hasta que un Tribunal Constitucional lento y sesgado echó abajo la espina dorsal de aquel estatuto. Electoralmente, la jugada fe perfecta, porque, unida a la mala gestión que Zapatero hizo de la crisis económica, dio a Rajoy esa victoria largamente acariciada, a cambio, claro, del hundimiento de su partido en Cataluña, algo calculad y descontado, que siguió cultivando, porque, a cambio de los escaños, que nunca fueron muchos, perdidos en esas cuatro provincias, le llovió una mayoría absoluta en el resto de España.
A partir de ahí, con una Generalitat en manos ya o, mejor dicho, otra vez de CiU, Rajoy se dedicó a ignorar, cuando no a castigar, a Cataluña, mientras su oponente, Artur Mas, se dedicaba a cultivar el victimismo y a achacar a una persecución de "Madrid" la multiplicación de los escándalos y todas las corruptelas que ya cercaban a su partido.
Fue durante ese periodo cuando CiU se pasó con armas y bagajes al independentismo de la estelada, fue entonces cuando, en una huida hacia adelante, jugando a la ruleta rusa con el calendario electoral, se echó en brazos de su eterno rival, Esquerra, fue el tiempo de las promesas electorales inviables, el de las utopías color de rosa que, desde Moncloa, Rajoy combatía con racanería en las cuentas y con todo un despliegue de bules e informaciones prefabricadas que, lejos de conseguir sus objetivos, no hacían otra cosa que cultivar el sentimiento de maltrato en los catalanes.
En tanto, en plena crisis económica, acuciado por su mala gestión, la corrupción, que no toda era inventada, los recortes y la radicalización de la gente en las calles, Mas se envolvió en la bandera y se entregó al "sacrificio" y el martirio en aras de una independencia que nunca había perseguido con entusiasmo, hasta que se vio prisionero de sus presas y exageraciones y, obligado a pactar con la CUP, tuvo que dejar su despacho en la Plaça de Sant Jaume a un oscuro y ambicioso Puigdemont, que, de la mano de un apaciblemente Siniestro Oriol Junqueras, y con la colaboración estelar de Rajoy y sus ministros, especialmente los de Interior, Fernández Díaz y Zoido, han hecho el resto del camino hasta el borde de un precipicio económico y, sobre todo, social, al que estamos a punto de caer.
En fin, miserias personales, en las que las elecciones son poco más que un instrumento y nosotros los ciudadanos, apenas meros actores secundarios.

miércoles, 18 de octubre de 2017

CANTIDADES HOMOGÉNEAS

Como era de prever el ingreso en prisión de Jordi Sánchez y Jordi Cuixart ha vuelto a llenar las calles de ciudadanos que protestan contra el encarcelamiento de quienes consideran, creo que, con cierta ligereza, presos políticos. Quienes equiparan su situación a la de quienes luchaban contra la dictadura franquista y daban con sus huesos en Carabanchel por pensar, escribir, decir u organizarse contra un régimen que perseguía a sindicatos y partidos, que encarcelaba a estudiantes, obreros y curas, que perseguía a periodistas y abogados y que no dudaba en consentir y defender todos esos policías llenos de furia y de odio que no dudaban en disparar sus armas contra quienes se manifestaban en la calle, se destacaban en las asambleas de facultad o de fábrica o, sencillamente,  dejaban su protesta escrita en las paredes y los muros.
Me pone de mal humor, me cabrea, que quienes llevan dos meses organizando protestas en las calles de Cataluña, autorizadas o no, sin incidentes, sí, pero también sin oposición policial, quienes llevan ese mismo tiempo y más, exagerando y deformando la realidad o, mintiendo descaradamente, en casa o fuera de nuestras fronteras sobre lo que sucede en Cataluña. 
Me indigna que esto suceda en un país que, desde hace cuarenta años disfruta de elecciones libres cada cuatro años, un país que tiene un parlamento nacional, más de una quincena de parlamentos autonómicos y ayuntamiento libres en cada municipio del territorio, sometidos, eso sí, al imperio de las leyes y reglamentos que, desde entonces, con mayor o menor fortuna, administran y protegen la convivencia de los ciudadanos y protegen sus derechos.
No me parece decente guardar silencio, por eso no callo, ante quienes, sin pararse un sólo momento a reflexionar, consideran a Sánchez y Cuixart, al frente de una poderosa máquina propagandística y logística, capaz de organizar con éxito las mayores manifestaciones que se recuerdan en Europa y quizá en el mundo, con medios suficientes para inundar las redes sociales con sus mensajes en todos los idiomas, preparada para montar y emitir en horas un spot propagandístico, a imagen y semejanza de los que siguieron a las violentas represiones en Ucrania o Venezuela, para qué cambiar lo que tan eficazmente ha funcionado, siga engañando o cuando menos confundiendo a la opinión pública en Cataluña e intentándolo fuera de ella. De ninguna manera. 
No  me parece decente dejar de señalar que ambos encarcelados son responsables de sendas organizaciones muy poderosas en medios humanos y también materiales, con una capacidad de movilización que para sí quisieran algunos partidos y sindicatos, han gozado de absoluta libertad de movimientos para, siguiendo una estrategia perfectamente diseñada y documentada ante la justicia, en la que son la pieza fundamental para amplificar las decisiones del Govern y del cojo Parlement de Catalunya, cojo, porque un parlamento en el que se niega la voz a la oposición camina como debe. no avanza en línea recta, organizaciones capaces de movilizar en horas a decenas de miles de personas y que viene haciéndolo desde hace años.
No, no me parece decente decir que, quienes han venido desarrollando estas actividades en libertad y desde hace tanto tiempo alcancen la consideración de presos políticos por haber sido considerados responsables de un delito, la sedición, que nada tiene que ver con la opinión, salvo en su intención. Lo cierto es que los millares de personas que impidieron la libertad de movimientos de los agentes que registraron las instalaciones de la consejería de Economía hace tres semanas, convocados por la ANC y Òmnium mantuvieron el cerco a los guardias mientras Sánchez y Cuixart, al alimón, se lo pidieron mientras la pasividad de los mossos permitía el destrozo de sus vehículos.
No es decente sumar cantidades que no son homogéneas. No es decente colocar a quienes han tenido libertad de medios y movimientos hasta que han sido acusados de un flagrante delito que no es de opinión, con quienes se dejaron la salud y la vida en las cárceles franquistas por luchar desde la clandestinidad contra un régimen despótico y criminal. Aquellos presos políticos y "los jordis" no son cantidades homogéneas.

martes, 17 de octubre de 2017

¿QUÉ ES VIOLENCIA?


Confieso de antemano que sé que mi texto de hoy no va a ser del agrado de muchos, confieso que, yo mismo, heredero de experiencias pasadas y adornado con todos esos tics intelectuales que nos llevan a colocarnos siempre en la acera del que enarbola, con razón o sin razón, la bandera de la libertad y a dar la espalda, sin dar tiempo a razones, a quienes se refugian o justifican el recurso a la justicia o la autoridad.
El envío a prisión de "los jordis", Sánchez y Cuixart, conocida a última hora de la tarde de ayer puede parecernos exagerada o desproporcionada como se dice ahora, más por sus consecuencias políticas y sociales en Cataluña que porque se ajuste o no a derecho. Está claro que la decisión de mandar a Soto del Real a los líderes de las movilizaciones que han llenado de ciudadanos y banderas las calles y plazas de Cataluña ha sido inmediatamente contestado, cacerola en mano o delante de alguna de las numerosas cámaras y micrófonos de las televisiones que, para medio mundo, están siguiendo minuto a minuto lo que ocurre en Cataluña.
Era evidente que pasaría lo que ha pasado, pero había que hacerlo. Por más respuesta que generase, no se podía hacer una excepción, no se podía sentar un precedente. La juez, más que temeraria, ha sido valiente y, sobre todo, consecuente con el detallado informe, perfectamente documentado, no ya por la Guardia Civil, sino por el seguimiento que de los hechos en cuestión hicieron las televisiones minuto a minuto y que permitió ser testigos virtuales, si no presenciales, de lo ocurrido. La juez de la Audiencia Nacional no podía hacer otra cosa, porque lo que hizo estaba escrito en las leyes y, si se hubiese dejado influir por las consecuencias, raro sería que, a partir de ahora, la presión en la calle, que deja de ser una forma de violencia, contra los jueces no se convirtiese en una estrategia más de defensa, la principal quizá, de algunos acusados.
La violencia, las mujeres víctimas de sus parejas lo saben bien, no tiene por qué ser física. La joven víctima de la violación múltiple de los sanfermines no parece que fuese golpeada y, sin embargo, fue sometida a la violencia del grupo, la que, mediante el miedo, anticipa el daño y paraliza o nos obliga a hacer lo que no queremos hacer.
No cabe duda de que "los jordis" no pidieron a la gente que destrozase los coches de la Guardia Civil. Los daños en los vehículos, a pesar de ser una expresión gráfica de la violencia de aquella noche, en absoluto fueron lo más grave. Lo más grave fue el hecho de que centenares, quizá miles, de personas convocados por Sánchez y Cuixart cercasen durante horas a los guardias enviados por la fiscalía a registrar las dependencias de la consejería de Economía de la Generalitat para impedir su trabajo. Lo peor es que Sánchez y Cuixart, hábiles organizadores de masas, subidos en esos mismos vehículos que acabarían destrozados arengaron a los concentrados para que mantuviesen el cerco, algo que todos hemos visto una y otra vez, la maldita hemeroteca, y que, sin embargo, han negado una y otra vez, asustados quizá por las consecuencias de la euforia de aquel día.
Aquella masa, controlada o no, no dejaba de ser un instrumento de violencia. Entorpeciendo la labor de la justicia, se estaba cometiendo un delito, sin golpes, sin patadas, pero delito. De no considerarlo así, reuniendo la masa suficiente, se podrían desvalijar bancos, de no ser así, ningún equipo podría salir victoriosos del Bernabéu o del Nou Camp, bastaría con azuzar las gradas contra el árbitro y esperar a que la presión y el miedo hiciesen el resto.
Sin embargo, la violencia en las calles, también la  pacífica no es patrimonio de la izquierda. No hay más que recordar las manifestaciones y concentraciones organizadas por la Conferencia Episcopal, organizaciones antiabortistas y los más rancio del PP contra la ley ya reformada y ampliada de regulación de la interrupción del embarazo. Una violencia quieta que, afortunadamente, fue resistida por el Parlamento y el Gobierno, tampoco toda esa violencia parecida y también quieta con la que, durante años, se torpedeó desde la calle el final de ETA. Mucho menos, la de las mesas anti estatut que, sumadas al boicot a los productos catalanes, fueron orquestadas por el PP contra aquel Estatut de tiempos de Zapatero que hoy añoramos como solución.
Por si fuera poco, los líderes de la Asamblea Nacional de Catalunya y Òmnium Cultural son, con las organizaciones que dirigen, se han convertido en instrumento de los partidos independentistas para reforzar y conseguir en la calle anhelos y aspiraciones de quienes, desde su exigua mayoría, no hacen otra cosa que retorcer y forzar leyes y reglamentos para conseguir el objetivo de la independencia. No hay que olvidar que la presidenta del Parlamento, Carme Forcadellas, antecesora de Jordi Sánchez en la ANC, ha actuado como brazo ejecutor de los deseos de Puigdemont y Junqueras, llegando incluso a suspender desde hace semanas toda actividad legislativa o de control del joven, ignorando de paso al resto de grupos y a los letrados de la cámara que deberían velar por la legalidad de todo lo que allí se hace, lo que no deja de ser otra forma de violencia, sin las porras ni las pelotas de policías y guardias, pero tan reprobable como pudiera ser la de estos.
Sánchez y Cuixart, los jordis, forman parte, como quedó evidenciado en un documento manuscrito incautad al viceconsejero de Economía detenido, de un plan perfectamente definido y coordinado en el que la movilización en las calles es la pieza fundamental. Un plan que persigue la consecución de la independencia de Cataluña a costa de lo que sea y con los medios que sea, un plan en el que Ómnium y ANC, como los ciclistas, hacen "la goma" con el govern, tirando de unos y otros para darles en la calle la velocidad que nunca alcanzarían en el Parlament. Una violencia, que lo es, que ha llevado a Cataluña mucho más lejos de donde sus ciudadanos, todos, hubiesen querido llegar nunca.

lunes, 16 de octubre de 2017

MANZANAS TRAIGO


Lo que, nos habían dicho, iba a ser un choque de trenes se está convirtiendo en una tediosa partida de naipes en la que ninguno de los contendientes acaba de mostrar sus cartas, quizá porque ninguno es ya dueño de su destino y lo único que cabe es esperar, alargar los plazos, cerrar los ojos y aguantar la respiración hasta que ocurra lo inevitable.
Creo que la mejor manera de desentrañar lo que nos espera, porque, está claro, lo que ocurra nos va a afectar a todos, es escudriñar  el futuro de cada uno de los actores de esta tragicomedia improvisada que nos ha tocado vivir y, si nos atenemos a esta estrategia, es fácil deducir que el vencedor de esta maldita crisis será Rajoy que, cabalgando en las carambolas del destino y sin apenas moverse, en la próximas generales revalidará la cómoda mayoría perdida para gobernar.
A Puigdemont no creo que le vaya muy bien, porque está quedando como el "caguanete" del belén, esquivando en un rincón las andanadas que le vienen de uno y otro lado, el fuego amigo de ERC. de la CUP o de su propio partido, todas esas declaraciones que desde hace días vienen levantando una cerca, cavando un foso, en torno a él, al tiempo que coartan su capacidad de respuesta con los grilletes de ese compromiso adquirido desde una mayoría insuficiente ante la totalidad del pueblo catalán, cada vez más desconcertado, cada vez más asustado.
Si Puigdemont hubiese respondido con cualquiera de los dos monosílabos que le requería el gobierno. sus días como presidente de la Generalitat hubiesen acabado hoy mismo. El sí rotundo conllevaría sin remedio la aplicación del artículo 155 que desembocarían, antes o después, la celebración de unas elecciones, esas que Ciuddanos, ya sin careta, quiere para ya, y a las que Puigdemont se comprometió a no presentarse. Eso, en el mejor de los casos, porque no hay que descartar que el Gobierno active contra él la inexorable maquinaria de la Justicia, la misma que anda ocupándose ya de otros actores, el responsable de los mostos y los líderes del activismo social en el "procés", la ANC y Ómnium, que, hoy mismo comparecen ante la Audiencia Nacional, investigados por delitos por los que podrían dar con sus huesos en la cárcel.
Es evidente, ya lo ha dicho, que Puigdemont no perderá unas elecciones, las que seguirán al 155, a las que no se presenta, pero sí su partido, el de la burguesía catalana, que las perderá sin remedio, si lo hace. Y las perderá en beneficio de Ciudadanos y Esquerra, en torno a los cuales se abrirá una nueva e insalvable brecha en el Parlament de Cataluña, mientras el resto, y mirad que lo siento, se lame las heridas de esta triste guerra.
Si os preguntáis qué ocurriría si Puigdemont hubiese dado por respuesta el No rotundo que Rajoy le pedía, el resultado no sería muy distinto, porque, ya se sabe, la derrota siempre se quiere lejos y ese no dado ahora, después de haber "vendido" la suspensión de la declaración como un ardid táctico, no podría ser visto por los suyos más que como una derrota.
Vencedores y vencidos, todos, salvo los políticos que, por acción u omisión, nos han traído hasta aquí, hemos perdido, económica, moral y socialmente, porque ya nada va a ser igual, porque, a uno y otro lado del Ebro, se han despertado los peores fantasmas, se han sacado todas las banderas y azuza el perro del odio sin sentido.
Quizá por eso o, simplemente, en uso de la astucia que le recomendaba Junqueras y con la intención de ganar tiempo, apenas de veinticuatro horas después de recordar a Lluís Companys, allá donde fue fusilado hace setenta y siete años, esperando quizá el reconocimiento internacional que aún no ha llegado, ni parece que vaya a llegar, su respuesta a Rajoy, el mismo día en que se podría decretar prisión para Trapero, Sánchez y Cuidar, no ha sido sí ni ha sido no, sino ese "manzanas traigo" en forma de oferta de negociación. Como diría mi amigo, el poeta Juan Cobos Wilkins, "el mundo se derrumba y tú escribes poemas". l menos que sean de amor o entendimiento.  

miércoles, 11 de octubre de 2017

PREINTERRUPTUS


Quienes, como yo, vamos teniendo una edad, sobre todo los que nacimos en una familia numerosa, nunca podremos estar seguros de ser hijos plenamente deseados, porque en una España nacional católica, en la que un condón era un instrumento del diablo y quererse, si no era para dar hijos a dios, un pecado, el "coitus preinterruptus", vamos, la "marcha atrás" que dirían los abuelos, era la frustrante manera de culminar tristemente un acto que podría haber sido pleno.
La "técnica", netamente machista, no dejaba satisfecho a nadie, ni al varón obligado al control de lo que debiera ser incontrolable, ni a la mujer que acababa siendo poco más que un instrumento de placer casi onanista al servicio de éste. Si las alcobas, esas alcobas presididas por un crucifijo en las que, a veces, se rezaba antes de hacer el amor o lo que eso fuese, hablasen, cuántas tragedias y frustraciones nos revelarían.
Nada hay más frustrarte que quedarse al borde del placer y la satisfacción completa, nada peor que esperar y no recibir, más, si los prolegómenos, el interminable cortejo con que Puigdemont adornó su camino al decepcionante acto de ayer, han sido tan largos e intensos. Largos meses llenos de cantos de sirena, de promesas que, hoy es evidente, no podía cumplir. largos meses de prometer el paraíso, mientras llevaba a su pueblo, a todo su pueblo, el que le había votado y el que no, al más ardiente y seco de los desiertos 
Siento tener que decirlo, pero lo veo así: Puigdemont, Junqueras, la ANC y Òmnium han traficado con los sueños y las legítimas, porque lo son, aspiraciones de los catalanes. Se han movido pensando únicamente en titulares y en fotos han llenado calles y plazas siempre que lo han pretendido, sin caer en la cuenta de que en esas calles y plazas no estaban toso los catalanes, han forzado tanto las cosas, han caminado sobre el alambre tantas veces que han llegado a creerse su quimera y ha sido tanto el riesgo y tan largo el camino recorrido que, al final, convirtieron en imposibles la vuelta atrás y la cordura.
No sé en qué pensaba Puigdemont, mientras era empujado por la ERC de Junqueras, las "entidades ciudadanas", con evidente peso, pero sin voto, y la CUP o, quién lo sabe, mientras los capitaneaba hacia el abismo. Quizá en la gloria de un Lluís Companys sin su final trágico, quizá en convertirse en otro Tarradellas, otro president sin reproches que hacerle, en un tranquilo retiro dorado.
Si embargo se le enredó la madeja y, como todos los iluminados, confundió la realidad con sus deseos, no quiso escuchar a quienes le pronosticaban la tormenta económica que invocaba con sus actos y la soledad diplomática a la que se encaminaba. Pero, al final, la tozuda realidad se ha impuesto a su disparate. Aunque simbólicamente, de momento, la espita de los dineros se ha abierto, se le han ido las grandes empresas, mientras se disparan todas las alarmas dentro y fuera de España. O sea, que, al final del camino, no hay nada. 
Bastaba con cinco o seis palabras para escribir el final de esta historia: cinco para proclamar el Estado Independiente de Cataluña y seis para negarlo. Pero Puigdemont no sería Puigdemont si lo hiciese, por eso, nada más asumir el mandato de proclamar el Estado Catalán” decretó, sin consultar ni pedir el voto a nadie, suspenderlo. Apenas diez segundos, en los que los millares de personas reunidos en torno al parque de la Ciutadella, cerrado por los mostos con cadenas a cal y canto, por primera vez en su historia, esperaban la proclamación, que acogieron con entusiasmo, para, a continuación, sin apenas mediar un segundo, hundirse en la depresión, la decepción y los abucheos de la suspensión.
Fue entonces cuando las verjas cerradas del parque cobraron todo su sentido, porque la jugada de trilero podía haber desatado otra asonada contra el Parlamente, como la que sufrieron Artur Mas y sus recortes austericidas.
Lo de ayer fue un "coitus preinterruptus" que, dando la razón a Josep Borrell que hace tres días dijo que "Puigdemont pondría fin a la tragedia para continuar la comedia", que culminó con una especie de bautismo de la criatura que no fue, en la que los diputados de Junts pel Sí y la CUP firmaron una declaración de intenciones, sin ningún valor jurídico, como queriendo respaldar el sueño, no al que acabó frustrándolo. que sale bastante escaldado y al perecer sin la CUP de la aventura.