viernes, 19 de octubre de 2018

LOS SANTOS INOCENTES



Quien me conoce sabe que siempre he defendido la novela frente al ensayo. normalmente el ensayo se construye con datos fríos, datos que tienen la frialdad del mármol, les falta el latido de la vida que, por el contrario, palpita en la novela, más si esa novela ha salido de quien acostumbra a mezclarse con la vida, a observarla desde dentro o, en todo caso, de cerca. Por eso prefiero una nueva novela al mejor de los ensayos y, si esa novela ha salido de la mirada y la experiencia de autores como Miguel Delibes, no cabe la menor duda de que aprenderemos mucho de ella que de los mejores tratados de Historia o Sociología.
Por eso creo que no hay mejor manera de entender lo que nos está pasando que leer, por ejemplo, la genial "Los santos inocentes", del autor vallisoletano. En ella la brecha social, como ahora se dice, elevada a la máxima potencia del caciquismo, no importa dónde ni cuándo, se explica a la perfección, se siente como una tensión permanente, la misma que habría entre un perro y su amo, si el perro fuese consciente de que siempre será perro, de que, por más que mueva el rabo, por más que lama su mano, nunca será como él y que, a la hora de los esfuerzos, de los sacrificios siempre los acabará pagando el animal.
La virtud de la novela de Delibes, que describe un tiempo pasado, pero no tanto, porque yo he visto a una familia de aparceros vivir en la miseria a pocos meros de la casa de sus "amos" a sólo unos pocos kilómetros de Madrid. Y no sólo eso, la sensación de que hay amos y siervos hoy está presente en el discurso de esos dirigentes políticos, no diré de qué partido, que ponen a los niños andaluces, mi nieta es andaluza, por debajo de los castellanoleoneses o la de esos curas clasistas que enseñan con vídeos a sus uniformados alumnos que los ricos son más listos que los pobres, que los son poco menos que por tontos.
Esto de que os hablo se evidencia también, ayer lo tuve claro con el tratamiento que dieron las teles al asunto, en la injusticia resuelta por el Supremo que pone fin a la práctica, caciquil como pocas, de hacer pagar a quienes suscribimos una hipoteca el impuesto correspondiente a los actos notariales a que los bancos obligaban, algo así como obligar a ese perro metafórico de que os hablo a pagarse el colar y la correa con que el amo les ata.
Curiosamente, lo que parecía preocupar más a "los medios", más que el modo en que los afectados podrían recuperar lo que siempre fue suyo, puesto que, como dice el Supremo, el registro notarial de la hipoteca interesaba sólo al banco y por eso lo exigía, pese a que injustamente se lo hacía pagar a sus clientes... lo que interesaba a los medios parecía ser el "daño" que el fallo judicial iba a causar a la banca, los miles de millones que tendrán que pagar ahora, a los hipotecados o a la hacienda pública, y las consecuencias bursátiles de la sentencia.
Lo anterior, de plena actualidad, es sólo uno de los muchos ejemplos que, ahora que, tras aquel 15-M que parece ya olvidado, salen a la luz. Los desahucios, los abusos laborales a nuestros jóvenes, la nula inversión en ayudas a la dependencia, el abandono de lo público en favor de lo privado y quienes lo gestionan, la brecha salarial entre hombres y mujeres, José María Aznar Botella, administrando el parque de viviendas sociales, de todos, que su madre malvendió al fondo buitre para el que trabajaba "el niño", los abusos, en suma de una clase privilegiada por su cuna, sobre otra condenada a trabajar, pagar y callar.
Una especie de maldición, ésta, que no sé de dónde viene ni por qué sigue sobre nuestras cabezas, una maldición que, antes o después, acabará. Por eso, fiel a ese respeto que tengo a la novela como explicación de la vida, me permito sugerir a los caciques de ahora, banqueros, administradores de fondos buitre, dirigentes políticos y toda la caterva de abusadores que llevamos a nuestras espaldas que lean la novela de Delibes, quizás así sepan que la sumisión no dura para siempre, que un día, cuando el dolor y la humillación sean insoportables, como cuando el señorito mató por gusto a la "milana bonita" de Azarías, acabarán colgando de una encina, porque en las novelas, como os digo, en "Los santos inocentes" está la respuesta a muchas cosas.

jueves, 18 de octubre de 2018

EL DESCONCIERTO DEL PP



Supongo que, como yo, alguna vez os habréis preguntado por qué un premio, literario o de cualquier tipo, se daba a un candidato, desconocido o no, y no a los favoritos. Yo que durante un tiempo tuve contacto con la cultura y los premios y que me preocupé por entender ese misterio, acabé llegando a la conclusión de que, si se lo daban a ese inesperado ganador, era sólo para no dárselo a los otros favoritos igualados en apoyos y, de ese modo, acabar con un empate imposible de resolver. Dicho de otro modo, se le da al ganador no por tener más apoyos, sino por despertar menos aversiones.
Eso, que suele pasar en los cónclaves vaticanos a la hora de elegir papa, es más o menos exactamente, y vestido de primarias, lo que ocurrió en el Partido Popular a la hora de elegir a Pablo Casado como presidente: no era el mejor como lo está demostrando cada día, pero consiguió aunar sus apoyos con los de Cospedal, frente a la evidente aversión de muchos de los compromisarios a Soraya Sáenz de Santamaría.
Sólo bajo esa premisa se puede entender el desastre, bendito sea, que está ocasionando en el PP y su unidad la elección de un bocachancla como Casado y la "acertada" elección que ha hecho a la hora de nombra colaboradores, porque, pasada la sorpresa inicial y amortizada la frescura que su juventud parecía aportar tras la salida de Rajoy, es evidente que el PP anda como pollo sin cabeza, moviéndose de un lado a otro, desesperadamente y sin sentido. Escuchando al presidente del PP, que acapara la práctica totalidad del discurso del partido, es evidente que éste está lleno de incongruencias y, lo que es peor, de tópicos trasnochados y de falsedades fácilmente rebatibles.
Sin embargo y siendo esto bastante malo, no es lo peor, porque el nombramiento de la exministra de Sanidad, de breve, nefasta para todos y fructífera para ella misma gestión, Dolors Mobtserrat, ha sido un tiro en el pie para el partido, un tiro disparado por quien, acostumbrado a hacer y recibir favores, la nombro portavoz parlamentaria a la única ministra de Rajoy que le apoyó en las primarias, dando de lado a Rafael Hernando, parlamentario con sobrada experiencia y colmillo retorcido que, ayer, en el primer intento de la diputada Montserrat de vapuleo al gobierno socialista, no pudo sino bajar los ojos para que en él, histrión por naturaleza, no se evidenciase el bochorno por el que estaba pasando su grupo. 
Las andanadas de la exministra, entre el ridículo y la histeria, que creía mortales para el gobierno,  se convirtieron en eficaz munición contra ella misma que la vicepresidenta Calvo disparó con la eficacia y brevedad que se puede esperar de quien tiene delante un guiñapo desbaratado, al que sólo queda rematar con elegancia, de modo que lo que pretendía ser un castigo para Sánchez con las portadas y tiempo de telediario que espera quien toma la palabra para vapulear al contrario, acabó siendo el espantoso ridículo que todos pudimos ver.
Eso, unido al patinazo de Casado en Bruselas, que fue a por lana y salió trasquilado con el escaso o nulo apoyo de los suyos a su desleal oposición a los presupuestos socialdemócratas de socialistas y Podemos. Demasiada expectación, demasiados focos sobre una jugada más calculada que, al final se ha convertido en un rasgón en el tapete de la mesa de billar que debiera ser escenario de una política eficaz y calculada.
Mucho me temo que Casado y su PP están demasiado pendientes del reloj, conscientes como son de que la supervivencia de Sánchez al frente del Gobierno juega en su contra y de que cada día que pasa los colmillos de Ciudadanos que, en su tenaz persecución del PP, no ladra, pero muerde, están cada vez  más cerca de sus tobillos. Pero ya no es tiempo de rectificar, porque cesar a la exministra como portavoz de su grupo sería reconocer el error cometido y eso, en un partido acostumbrado a las maneras y a la exasperante calma de Rajoy, sería como ponerse la soga al cuello. Así que aguantará el chaparrón mediático que la ministra ha cosechado y, supongo, le pondrá un profesor de oratoria y un corrector de textos, para que el jocoso ridículo de ayer no vuelva a repetirse.
Comenzó diciendo Montserrat que las prostitutas están desconcertadas con este gobierno, las critica, elogia su eficacia o se va con ellas, cosiendo una imposible y atropellada colcha de retales, para, en su balbuceante descarga final, coser otra no menos imposible y más atropellada colcha con la que evidenciar, al menos eso pretendía, la descoordinación del ejecutivo. ¡"Habló de putas la Tacones", que reza un dicho castizo. Pidió coordinación la portavoz de una oposición que está cada vez más desconcertada que no sabe a dónde va ni, mucho menos, cómo llegar a su destino.

miércoles, 17 de octubre de 2018

HALITOSIS CANÓNICA


Me eduqué en un modesto colegio de barrio, el barrio que, precisamente, expulsados del centro de Madrid por la especulación, hoy han escogido muchos jóvenes actores para vivir. Mis padres, con cuatro hijos, tres varones y una niña, la pequeña, no podían permitirse llevarnos a colegios de curas, como entonces se suponía que convenía para una buena educación. Fue una suerte, porque con sus crucifijos y sus retratos de Franco, aunque tenía las instalaciones justas, tenía también un excelente profesorado, pero, mirándolo con la perspectiva que da más de medio siglo de distancia, lo mejor que tenía era lo que no tenía, los curas. 
Sólo pasaba por allí un cura, el que nos daba Religión. Un buen hombre mayor, con la sotana raída y ya parda, al que, asilvestrados como éramos, probablemente hacíamos sufrir más de la cuenta, pero, pese a la humildad de su atuendo, era limpio y, como digo, un buen hombre. El resto del profesorado, magnífico, tenía os pies en el suelo y, además de dar sus materias, hablaban con nosotros de la vida y del mundo real, lo que, en aquellos tiempos de dictadura, no dejaba de entrañar un cierto riesgo. Pero lo hacían y gracias a ellos, creo, aprendí a pensar y a no conformarme con respuestas fáciles.
Nada que ver con las experiencias que me contaban los primos o las que conocía a través de amigos que sí iban, pobrecitos, a colegios religiosos, experiencias que a menudo dejaban traumas y, siempre, un cierto poso contradictorio en su comportamiento y su ideología.
Viene todo esto a cuenta de los ecos del magnífico serial emprendido por EL PAÍS a propósito de los abusos a menores por parte de sacerdotes y del papel de malicioso y cruel encubridor asumido por la jerarquía  de la iglesia católica española, la misma que, después de haber crecido en poder, riqueza e influencias bajo el dictador al que llevaban bajo palio, amparará su momia en la cripta de una de sus catedrales cuando sea desalojada del mausoleo que mandó construirse para agravio de sus víctimas. A cuento de que esa iglesia lleva décadas, si no siglos, abandonando a los niños que sufren los abusos y protegiendo a los autores de tan horribles crímenes ocultándolos a la justicia de los hombres, la única que debe imperar y esta tierra evidente y tan lejana de los quiméricos paraísos que predican.
La iglesia católica, tan acostumbrada como está a meterse en nuestras vidas y alcobas no consiente que conozcamos y midamos con nuestras leyes la magnitud de sus crímenes. Por eso, cuando el daño causado en un niño por los impulsos mal reprimidos de un monstruo que no ve otra forma de salir del infierno mal asumido del celibato sale a la luz en el ámbito familiar, trata de ocultarlo por todos los medios, poniendo en duda, primero, la versión de la víctima, presionando a la familia, después, y, si no queda otro remedio, escondiendo al monstruo en alguno de sus muchos conventos o trasladándole a otra parroquia, a otro "cazadero" en el que ese criminal enfermizo, que otra cosa no es, no tardará mucho en buscar nuevas víctimas para sus abusos.
La iglesia, lleva siglos haciéndolo, maneja el tiempo a su antojo, aparta a los abusadores descubiertos en su seno, hasta que el olvido o la prescripción les ponen a salvo de la justicia ordinaria. Y no sólo eso, acomoda sus leyes internas y a quienes deben administrarlas a su antojo y, sobre todo, miente. Miente como lleva siglos haciéndolo, porque, para quien administra desde hace dos milenios la fe ciega y candorosa de sus fieles más honrados y crédulos, mentir es fácil. Mentir y colocar al frente de la comisión que ha de reformar los protocolos, el modo en que la iglesia aborde las denuncias de abusos, a un vicario de la diócesis de Zamora implicado en el encubrimiento de un caso de abusos del que tuvo conocimiento.
Yo, como hijo que soy de una navarra, fui a misa desde pequeño, primero con mis padres y luego, a los doce o trece años, por mi cuenta, con mis amigos, hasta que sentí el hedor de aquel cura comido por el morbo que juntaba su mejilla con la mía, mientras hurgaba, babeante, en la naturaleza de mis naturales tocamientos. Fue en ese momento cuando, gracias a ese asqueroso sacerdote, descubrí, por suerte y para siempre, el hedor de esa fétida halitosis canónica que sigue padeciendo la iglesia católica en general y española en particular.

martes, 16 de octubre de 2018

EL PATRIOTISMO DE CASADO


Sé que es difícil creerme, pero os aseguro que cada día hago esfuerzos para no traer a estas páginas al líder del PP, aunque os aseguro que es él quien me lo pone difícil, porque un día sí día y otro también se empeña en mostrarse como es: estridente, indocumentado y falso, más parecido a un vendedor de mantas de esos que se acoplan a las excursiones del Inserso que al hombre de estado responsable que nos mereceríamos los ciudadanos.
Si cada intervención de Casado, de esas que su partido distribuye a los medios, cada fin de semana se pasase por el filtro de la verdad, pocas o ninguna sobrevivirían, pero hace tiempo, demasiado tiempo diría yo, que los medios en que tanto llegamos a confiar ya no se ocupan de la verdad y parece que se aplican con denuedo esa regla que corría, al menos en mis tiempos, por las redacciones; la de no dejar que la realidad estropee una noticia o un buen reportaje.
Está claro que, en tiempos en que la verdad se ha depreciado hasta límites inimaginables, tiempos en que lo que prima es lo vistoso, no lo importante, quienes carecen de escrúpulos y van sobrados de ambición se preocupan poco o nada por la verdad. Para ellos el monte del oportunismo está cubierto del orégano mentiroso con el que realzar la salsa de su éxito. No importa lo que se diga porque hoy la verdad importa poco y los efectos de una mentira se curan con los de la siguiente.
El pasado fin de semana, Pablo Casado regaló a los presentes en su mitin malagueño una revisión de la historia de España y del mundo que sería digna de un cuentacuentos chino, si no fuese porque a estos les preocupa más la verdad que a quien pretende gobernar este país. Habló como quien cuenta una proeza, un hito en la historia de la Humanidad, la masacre y el expolio que fue sucesivamente la conquista y la evangelización de América y que ahora la corrección política en boga obliga a llamar Hispanidad. Se ve que el niño Casado creció entre los sermones y las charlas del colegio religioso en que creció y las películas de Cifesa, "Alba de América", por ejemplo, con que quienes tenían mucho que ocultar barnizaron la siniestra verdad de la Historia.
Pero, si ridículo fue el cuento patriotero y grandilocuente del presidente del Partido Popular, más aún lo fue la parafernalia del propio mitin que, a falta de una Marta Sánchez que emborronase el himno, se sirvió del agitar de banderas perfectamente coreografiado, el movimiento efectista de la cámara y las casi lágrimas de Casado, más propias de Juana de Arco en la hoguera o de una virgen de Murillo para convertir un acto de precampaña en una misa patriótica.
Se ve que los asesores de imagen de Casado, él lo fue de Aznar y Rajoy, saben que deslumbrando a la gente con banderas y ensordeciéndola con himnos se le impide recibir los mensajes que le envía la realidad.
Hoy, masticadas las críticas al espectáculo del domingo, Pablo Casado se prepara para presentarse en Bruselas para contar a las autoridades comunitarias lo malos y lo peligrosos que son los socialistas y sus aliados los "podemitas", olvidándose de que un ministro de Sánchez, Josep Borrell, fue durante años presidente, un buen presidente, del Parlamento Europeo. Acude a Bruselas para llenar de barro las cuentas que llevará el gobierno ante la comisión europea, porque al patriota Casado le encantaría que fuesen rechazados, que volviesen los hombres de negro a imponer recortes, antes que conceder a su rival, uno de sus rivales, la victoria que supondría sacar sus cuentas.
Casado, como casi todos los patriotas desde arriba, es un patriota de sí mismo, alguien que, como los monstruos machistas, prefiere ver a su "amada" España muerta antes que en brazos de otro. Mientras tanto, su rival directo, Albert Rivera se frota las manos en silencio. La basta con ver al locuaz y mete patas poniéndose en ridículo día sí, día también.


lunes, 15 de octubre de 2018

BANDERITAS


Hace ya muchos años, quizá treinta, me tocó pasar unos días en Argel, donde fui enviado de manera improvisada, para "rascar" algo, enterarme, de lo que estaba ocurriendo en un chalé de una playa, cerca de la capital argelina. Lo que estaba pasando no era otra cosa que lo que, al final, acabó conociéndose como las "conversaciones de Argel", el encuentro, fracasado, por cierto, entre Rafael Vera y una parte de la dirección de ETA, para poner fin al terror de la banda., que, finalmente, no llegó a nada.
De aquellos días en Argel, poco o nada saqué sobre el encuentro que me llevó allí, salvo la amista de algunos compañeros que, como yo, fuimos allí para nada, porque la impenetrabilidad del régimen del FLN argelino, su nada discreta vigilancia sobre nosotros y el miedo de los ciudadanos a meterse en líos hacían difícil enterarse de nada. Por eso lo único que me traje de allí fueron unos dátiles difíciles de olvidar, algún recuerdo y la satisfacción de haber pisado las calles que pisó Albert Camus y la maraña de calles y escaleras donde Pontecorvo rodó "La batalla de Argel". 
Todo lo anterior y un cierto agobio por la sempiterna presencia del verde y el blanco de las banderas que colgaban en todas las calles y de todas las partes. También, la lectura de un artículo de una revista crítica, todo lo crítica que puede ser una revista en un régimen como aquel, en el que el autor se quejaba de que se contabilizase como un éxito de la revolución la producción de kilómetros y kilómetros de banderas en un país que acababa de sufrir una revuelta por la subida del precio de la sémola, base de la alimentación de una gran parte de la población. Hambre, dificultades, falta de libertad y banderas, que me recordaban a la España de otros tiempos, la misma a la que, parece, hoy nos quieren devolver algunos. No había comida, no había libertad, pero había banderas
Como habéis podido deducir, mi relación con las banderas no es muy buena. Soy de la misma opinión que mi abuelo Eustasio, para quien las banderas apenas eran los trapos con los que algunos se sirven para llevar a la gente al matadero. No me gustan las banderas. Ni siquiera la que, dicen, representa a mi país, la que el veinte de noviembre de 1985, vaya fecha, juré por poco más que lo que llaman imperativo legal o por miedo al castigo. Y es que se me hacía difícil, a mis treinta años y con una familia en ciernes, haciendo caso de eso del "dulce et decorum est pro patria mori", porque siempre he pensado que la vida es el mayor tesoro que tenemos y que perderla o quitarla por ese trapo, que diría mi abuelo, es una estupidez.
Por eso nunca me veréis con una, nunca veréis un en mi balcón. Tampoco me veréis arrancando una ni, mucho menos, pisándola o quemándola, ni una ni otra, ninguna, porque, si las banderas son, como dicen un resumen de creencias, sentimientos, procedencias o historias, como todos los resúmenes, no lo cuenta todo, no explica todo, simplifica y simplificar es manera más fácil de equivocarse.
Creo que, si es necesaria la bandera para identificar edificios oficiales, sea. Lo que no me gusta es verla, como pretenden el aprendiz de brujo Pablo Casado o el inconsistente Albert Rivera, en las manos o los balcones de particulares, porque una bandera en manos de individuos siempre resulta agresiva, siempre parece separar y marcar diferencias, siempre pretende marcar diferencias: "esta es la mía y no la tuya" o "yo la pongo y tú no". Banderas que pueden estar en la ventana de quienes ni siquiera tienen balcón al que asomarla y poco o nada reciben de lo que dicen que representa, o en manos de quienes evaden impuestos o llevan sus tesoros a paraísos fiscales, de esos que ni siquiera la cuelgan en el balcón, porque la izan en el mástil del jardín de su fortín particular.
NO. No me gustan las banderas, ni las de metros y metros cuadrados, impuestas más que puestas, en plazas como la madrileña de Colón, ni las banderitas que se ponen en manos de niños y no tan niños que aún no saben lo que son, ni ellos ni las banderas.

jueves, 11 de octubre de 2018

TODOS CONTRA EL JUEGO


Vivo en Madrid, en una zona de clase media baja venida a menos por la crisis. Ha sido mi barrio desde que nací y sigue siéndolo. Un barrio que me ha servido como termómetro de lo que le estaba pasando a mi país, como envejece, como las calles se han convertido en un abanico de acentos y colores, cómo, con la crisis, crecieron las colas del paro, yo mismo estuve en una, y cómo los contenedores de basura y las papeleras se convirtieron en una forma de supervivencia, cuando no en un oficio, como si se cerrase un círculo y aquellos traperos que, en mi infancia, recogían la basura piso por piso hubiesen reaparecido ahora, a pie de calle.
Vinieron los grandes supermercados y con ellos los "chinos", que vinieron a cubrir el hueco dejado por los comercios tradicionales del barrio, obligados a cerrar ante la imposibilidad de competir con los primeros. En fin, un paisaje cambiante que, para quien ha visto estas calles como campos, es más que asumible, tanto que, incluso, se llega a querer.
Con lo que no puedo, lo que me irrita y me apena es que, en las calles principales de ese barrio, de un tiempo a esta parte hayan brotado como flores en mayo las casas de apuestas. En un tramo de la calla principal, la que en tiempos llamábamos "la carretera" y bajo la que, desde finales de los sesenta, pasa el metro las casas de apuestas, a uno y otro lado aparecen apenas cada cien metros y ese, de todos los cambios es el único que no estoy dispuesto a asumir.
Mi barrio es ahora un barrio de inmigrantes y pensionistas, de gente humilde que cada mes gana lo justo para sobrevivir y que día tras día, cada cien metros, soporta la tentación de multiplicar lo poco que gana, apostándolo en una de esa cuevas llenas de luces de colores y pantallas, donde ganar parece lo más fácil, aunque al final, sólo lo parece, convirtiendo a algunos, demasiados, de mis vecinos en enfermos ludópatas, adictos al juego, porque piensan que, en la siguiente apuesta ganarán.
Eso en la calle, donde las máquinas tragaperras, en las que hombres y mujeres se juegan el salario o la compra, con sus luces y sus musiquitas se habían convertido ya en un parte del paisaje. Pero, por malo que parezca, eso no es lo peor. Lo peor está en casa, en los televisores, los ordenadores, las tabletas y los móviles, donde la tentación, el vértigo de apostar y ganar, que al final siempre es perder está a unos pocos clics, un peligro, ya una plaga, que ha prendido con sus garras en el corazón y la cabeza de muchos jóvenes.
Sin embargo, esto que es evidente, parecen no querer verlo los gobiernos, unos más que otros y los medios de comunicación. Y no lo quieren ver porque son parte interesada, porque, con el juego, unos recaudan impuestos, o deberían hacerlo, y otros, porque ingresan miles y miles, cuando no millones, de euros en esa publicidad que satura las pantallas de televisión y las radios, con la complicidad de "famosos" que, sin rubor, saldan sus deudas colaborando en la extensión traicionera de la peor plaga de este siglo.
El juego, que estuvo prohibido durante el franquismo, reapareció en nuestras vidas con la democracia de a mano de bingos y caseros. Siempre habían convivido, eso sí, la lotería, los ciegos y las quinielas, cuyo daño estaba más o menos controlado, pero, con las tragaperras y las casas de apuestas, el juego busca a sus víctimas en la calle o lo que es peor, en la soledad de sus casas, donde una pantalla, un teclado y una tarjeta de crédito pueden, sin necesidad tocar un sólo billete, una sola moneda, sin hablar ni ver a nadie, en la más absoluta y desamparada soledad, vaciar cualquier cuenta corriente.
Dicen que la de la guerra y la del juego son las industrias que más tecnología punta desarrollan y utilizan, tecnología que a veces comparten. Por eso hay que ser muy candorosos para pensar que todo en el juego es limpio. No hay más que ver como está influyendo en el fútbol, donde cada vez son más frecuentes, el último ayer mismo en Bélgica. los escándalos por partidos, generalmente de fútbol, que se amañan para manipular los resultados y volcar las apuestas a favor de las mafias que los amañan.
Mientras tanto el juego corre por nuestras ciudades y por las redes como el terrible torrente que arrasó ayer San Llorenç en Mallorca, llevándose por delante la salud, la fortuna y la familia de quienes caen en su hipnótico caudal, dejando a su paso millares de víctimas, cada vez más y más jóvenes.
Por eso no es lógico, salvo por una evidente carencia de escrúpulos, que los gobiernos parezcan mirar hacia otro lado ignorando el problema, cuando no, como acaba de hacer el mío más cercano, el de la Comunidad de Madrid, se permitan bajar los impuestos de las salas de bingo, perjudicadas por las nuevas formas de juego. Tampoco es lógico que nadie ponga coto a la terrible espiral en que han entrado el fútbol, la televisión y el juego, una espiral en la que los clubes fichan jugadores cada vez más caros, construyen estadios más grandes y sofisticados que acaban pagando con los derechos de retransmisión de los partidos que juegan, que esas televisiones pagan insertando la odiosas publicidad del juego con un nivel de saturación, bloques de minutos y minutos de anuncios dedicados sólo a las casas de apuestas y de burla escandalosa a las avisos de los perjuicios del juego a los que la ley obliga que merecerían al menos algún reproche de las autoridades.
No sé cuánto tardarán en darse cuenta quienes tienen poder, el que les hemos dado, para cambiar las cosas, ponerle coto al juego, pero creo que ya va siendo hora de que nos demos cuenta de que todo eso de lo que hoy he escrito no nos es ajeno, de que el juego, las consecuencias de la ludopatía, que llenan ya juzgados y consultas es un problema de todos. Y por ello, como en los sesenta contra el fuego, creo que todos deberíamos estar hoy contra el juego.

miércoles, 10 de octubre de 2018

CON BANDERAS Y A LO LOCO


Tomo el título del de la versión española de la magnífica película de Billy Wilder, porque, como los protagonistas en la pantalla se disfrazan de mujer para huir de los mafiosos que causan una matanza en el club en que trabajan, Pablo Casado se disfraza de rojo y amarillo, en volviéndose en la bandera, para huir de quienes, también con banderas y "patriotismo", le persiguen en las encuestas.
Con Casado, el PP ha pasado del "virgencita, que me quede como estoy", de Rajoy a la más que  desconcertante estrategia de Casado y su escudero, Teodoro García, que hablan de todo y en cualquier parte, que lo mismo se fotografían dando la mano a emigrantes recién rescatados de la patera en que viajaban que premian con su visita a las vallas de Ceuta o Melilla, fotografía incluida, para premiar a los guardias y policías que las custodian.
Casado nunca ha sido, no lo olvidemos, más que un propagandista del PP, un protegido de José María Aznar y Esperanza Aguirre, como lo fue y al mismo tiempo Santiago Abascal, hoy líder del partido de ultraderecha VOX, quien, como dice la letrilla del boticario, gasta pistola. Pero Casado, siempre activo y sonriendo, tenía prisa o huía hacia adelante cuando, investigado y a punto de ser enviado al Supremo, salto sin red en el torrente de las primarias populares y, con menos votos que Soraya Sáez de Santamaría, gestiono el odio a la vicepresidenta de Rajoy, haciéndose con la presidencia del PP casi casi por sorpresa.
Desde entonces, como un robot aspirador va de pared en pared, topando con los rodapiés de las encuestas, lanzando mensajes a veces contradictorios, pero anatemizando siempre a Pedro Sánchez, queriendo ser más "malote" que Rivera que, para su desgracia, le toma a veces la delantera en las encuestas y en la calle. Sabe bien que no puede perder el paso, el impulso que le dieron su triunfo en las primarias, primero, y la maloliente decisión del Supremo que no llegó a imputarle por las mismas causas que lo fueron en la justicia ordinaria cuatro compañeras de ese máster que, como él, recibieron sin asistir a clase, como regalo interesado y, por eso, como el falso chino de los platos de los circos de mi infancia, mueve continuamente las cañas de la prensa para que los platos de su liderazgo, vacío de propuestas mínimamente serias no acaben en el suelo hechos añicos.
A o más que había llegado Pablo Casado en el PP de Rajoy fue a vicesecretario de comunicación y se ve que sigue pensando únicamente en eso en tertulias, en entrevistas, en titulares y en portadas. Por eso, sin el menor rubor, ha pretendido dedicar un pleno monográfico del somnoliento Senado que su partido controla a pedir explicaciones a Pedro Sánchez, doctor Sánchez le llaman con rechufla, sobe su tesis doctoral, el que, si tan siquiera ha mostrado sus trabajos del máster más allá de las portadas, sin dar oportunidad de someterlos al más mínimo análisis hecho con seriedad.
Quiere acabar Casado con quien preside el gobierno de la razón a costa de su tesis doctoral, del mismo modo que quiere acabar con la ministra de Justicia por una sobremesa poco edificante que, cuando sólo era una fiscal en la Audiencia Nacional con el comisario Villarejo, mientras la diputada popular Beatriz Escudero se enzarzó en una bronca monumental con el diputado de ERC Gabriel Rufián, a propósito de la "bandera del pollo", la franquista del águila. que la diputada del PP no supo o no quiso identificar, diciendo que es la de todos los españoles, del mismo modo que no supo interpretar que un palmero o una palmera es quien, como en el flamenco da palmas y jalea en el escenario a la figura solista. Y eso, precisamente, es lo que la vice presidenta de la comisión en la que comparecía Álvarez Cascos, el mudito de la película que no dijo de mu sobre la financiación de su ex partido.
La señora Escudero, por un quítame allá ese pollo de la bandera se encendió y llamó imbécil a Rufián, para, después, intentar convertir el rifirrafe en un ataque machista contra ella.
Ay las banderas, cuantas iniquidades se han cometido, se comenten y se cometerán en su nombre. En el PP, en Ciudadanos y en VOX lo saben bien, Por eso las sacan a pasear en cuanto pueden. Por eso, ayer mismo, Casado, pidió a los suyos que llenasen los balcones con banderas, ahora que las del "a por ellos es están ajando, decoloradas por el sol, y el tiempo. Y lo hizo sin darse cuenta de que la alianza soberanista en el Parlament de Cataluña, como las banderas, también se deshilacha.
Casado, cegado por los "inputs" de sus ocurrencias en la red y en los telediarios, ha decidido volver a lo seguro y marchar por la vida, otra vez, con la bandera y a lo loco.

martes, 9 de octubre de 2018

¿A QUÉ TANTO VOX?


Con un día de retraso, este vecino de Carabanchel, que estuvo en la antigua Plaza de Vista Alegre, la que no tenía techo ni Hipercor, en aquellos viejos conciertos de rock y en el primer mitin del PCE en Madrid, nunca en una corrida de toros, se apresta a opinar sobre un "acontecimiento" político, la presentación en sociedad de VOX, los hijos pródigos del PP, que ha sido más acontecimiento gracias a las televisiones que lo han sobredimensionado hasta la náusea. Y digo esto, porque han convertido en festín de la derecha lo que no fue más que un regüeldo sonoro y desagradable de la mala digestión que algunos han hecho del franquismo, regüeldo de tocino rancio que algunos pretenden pasar por jamón del bueno.
Abarrotaron esa plaza con sombrero y dejaron bastantes seguidores fuera, pero las calles de mi barrio no bullían como bulleron en aquel primer mitin comunista del que os hablaba, no bullían, porque los asistentes llegaron a la plaza en autobuses fletados por el partido en toda España. Así que, descartado el ambiente callejero y ciñéndome a lo que he visto y oído del mitin, he de decir que me parecieron lo que creo que son: gente frustrada por no vivir en ese franquismo que algunos ni siquiera conocieron, agarrados a lo más estridente del conservadurismo más rancio, sin el menor atisbo de intelectualidad o cultura, salvo por un caradura que mamó de las generosas ubres de la televisión pública y de la administración en tiempos de Aznar, llegando a simultanear la dirección del colegio de España en París con la dirección de un programa semanal en TVE. Un caradura de la tele, un torero y mucho ultra deseoso de encontrar un lugar donde agitar sus banderas, cantar el "a por ellos", sacar a pasear su xenofobia, su desprecio a las mujeres libres, su añoranza del caciquismo y su envidia del salvaje oeste.
Poco más había y eso que allí estaba todo. Poco más había allí y faltaba lo primordial: una masa con verdaderas razones para movilizarse, una masa con necesidad de cambio, con fuerza para ponerse en marcha más allá de ir de excursión a un barrio que, pese a ser el mío y gustarme, no es el más bonito de Madrid. Les faltaba también el dinero, el apoyo del IBEX 35, que ya había puesto sus huevos en la cesta de Ciudadanos y la esperanza de ganar algo en algún sitio, porque, por suerte o por desgracia, la gente sigue mayoritariamente a los equipos ganadores y VOX, de momento, tiene poco más que una alcaldía y no precisamente la de una capital.
Por eso me pregunto a qué viene tanto interés mediático por una formación sin líderes reconocibles, sin gran afiliación y sin un apoyo claro del gran capital que proyecte a nivel nacional, como ha hecho con Ciudadanos, su imagen de momento poco atractiva y tenebrosa. Cuando surgió Podemos, tenía detrás la efervescencia del 15-M y no mucho, pero sí mucha gente y el apoyo indiscutible de una cadena de televisión. Cuando lo intentó Miquel Roca con los Garrigues, allá en por los ochenta, había dinero, pero no había gente. Hoy, después de mucho tesón, mucho dinero y mucha más ambigüedad, Rivera ha conseguido ser alguien con peso en las encuestas, aunque nunca, salvo en la convulsión de Cataluña, ha llegado a ganar y para nada.
Está claro que hay muchas fórmulas para ser alguien en política, pero, en todas ellas, aunque sea en distintas proporciones, son necesarios dos componentes el dinero y, si no, la gente que lo aporte o lo respalde, algo que parece faltar en VOX. La formación que algunos querrían como el Frente Nacional francés o los neofascistas italianos, la formación que ha servido para demostrar que la extrema derecha española estaba en el PP, la formación que gha aparecido como una excrecencia de ese PP y que, si no al tiempo, acabará readsorbida por él, al menos por ahora, gruñe sin dientes ¿A qué viene entonces toda esta atención mediática?

viernes, 5 de octubre de 2018

EL BICHO QUE PICÓ AL JUEZ


En ocasiones los planetas se alinean en circunstancias caprichosa, para dar lugar, para bien o para mal, a fenómenos extraordinarios que aaban por alterar el orden o el desorden de las cosas. Una de esas alineaciones e produjo hace días en el Juzgado de Violencia sobre la Mujer nº 7 de Madrid cuando, por error, al concluir la sesión del juicio que se sigue por una denuncia de malos tratos psicológicas, que también lo son, contra el empresario Josué Reyzabal, quedó conectado el sistema de videograbación de la sala, registrando la bochornosa conversación mantenida entre el juez, Francisco Martínez Derqui, la fiscal del caso y la letrada del juzgado, conversación en la que se hablaba con desprecio de la víctima de los malos tratos, se la insultaba y, en cierto modo, se adelantaba un juicio sobre el caso.
El error que supuso dejar encendidas cámaras y micrófonos, se agrandó al entregar esa grabación, que obra como acta de la sesión, a las partes personadas, incluida la de la víctima, sin haberla revisado. La conjunción planetaria de la que os hablo permitió que el  abogado de la víctima conociese cual era la opinión que el juez Derqui tenía de su cliente y la intención expresada en ella de quitarle la custodia de los dos hijos de corta edad del matrimonio. No sabía la administración de justicia, ciega por definición, que estaba poniendo en manos de la víctima una poderos prueba para la recusación, a estas horas ya conseguida del juez, la fiscal y la letrada, sorprendidos en animada conversación en el estrado de la "sacrosanta" sala de vistas, vistiendo las togas que, se supone, les revisten de autoridad, imparcialidad y responsabilidad, por un equipo que no debería estar encendido.
De paso, el DVD de marras nos ha permitido comprobar otra vez el corporativismo de la judicatura que, salvo honrosas excepciones como la del ministro del Interior Grande Marlasca, juez de carrera, han preferido dar por no escuchadas las terribles palabras de su compañero, mientras denigraba a quien había acudido a la justicia pidiendo auxilio para poner fin al infierno en que vive con sus hijos.
También nos ha permitido, de paso, encontrar explicación a tanta sentencia como se dicta que a los ciudadanos de a pie como nosotros nos ponen los pelos de punta por inexplicables. Sentencias y autos judiciales por los que dan y se quitan custodias, se retiran o se niegan órdenes de alejamiento o de protección, se consiente el impago de pensiones alimenticias o se establecen regímenes de visitas a los hijos que, a favor del maltratador, suponen un peligro cierto que, muchas, demasiadas, lleva a la muerte de los menores.
Desde que ayer se difundió el lamentable episodio del que debería ser Juzgado de Violencia sobre la Mujer nº 7 de Madrid, no he dejado de escuchar que la conversación del juez con la fiscal y la letrada, pese a haber tenido lugar donde, cuando y como tuvo lugar, es una conversación privada y yo, como Mamen Mendizabal, me pregunto que sería, de mí, de ella o de cualquier otro periodista de un medio de comunicación, de haber salido "al aire" una conversación suya, como esa o parecida, mantenida mientras creía que los micrófonos estaban cerrados.
También y no menos he escuchado comentarios sobre la necesidad de formar a los jueces en este tipo de asuntos y pienso que no es formación lo que se necesita sino selección, porque me temo que jueces como Francisco Martínez Derqui, no cambiarían mucho con una formación exquisita en materia de género, porque sus prejuicios machistas y clasistas están ahí, porque de sus palabras podemos llegar a entender que ven a la modelo María Sanjuan, la víctima, como una mujer agraciada, dispuesta a sacar todo lo que pueda del hombre que, cegado por sus encantos, se casó con ella.
Lo peor es que el juez parece haberse pasado por el forro de la toga todos los informes policiales y médicos, incluso las decisiones tomadas por su colega del juzgado nº 3, que confirman los malos tratos psicológicos, las amenazas y todas esas perrerías que no dejan cardenales, pero sí huellas profundas a las que Reyzabal sometió a su esposa. Todo porque una mujer, para algunos jueces y fiscales, hombres y mujeres, una mujer tiene que llegar medio muerta al juzgado para ser creída
El juez Martinez Derqui llamó "bicho" a María Sanjuan, lo que no sabía es que ese "bicho", la palabra no María, acabaría picándolo, como aquel del tren, poniéndole y no para bien, en boca de todos.

jueves, 4 de octubre de 2018

EL NEGRO FUTURO DE RATO


Cuando hace unos años me vi preso en la trampa de las preferentes tuve claro que, para mí, iba a ser tan importante como recuperar el dinero que me habían estafado, incluso más, que los responsables de ese saqueo a gente como yo o más necesitada que yo, a quienes les habían quitado los ahorros de toda una vida, acabasen pagando por lo que hicieron. Me quedé con las ganas de que los empleados que, como en mi caso traicionasen la confianza de sus clientes de toda la vida, que no todos, pero sí la mayoría sabían lo que hacían, pero, a cambio, se está cumpliendo aquel deseo que expresé al director de mi sucursal de Cajamadrid, ya Bankia, de que Blesa y, especialmente Rato, acabasen en la cárcel. 
De sobra sé que la condena que ayer ratificó el supremo al autor del "milagro" económico de Aznar, a quien traicionó el apoyo de los partidos mayoritarios del Congreso, haciendo un mutis por el foro aún por explicar en el FMI, no tiene que ver con las preferentes, aunque sí corrobora el descaro con el que Rato y sus vocales y consejeros se pagaban los caprichos a costa de los accionistas y clientes de una entidad que ya estaba en el sumidero.
A Rato aún le queda mucho por pasar. Le queda por pasar todo eso que Miguel Blesa su antecesor y, como él, amigo de Aznar, borró de su mente y su futuro con una escopeta de caza. Le queda mucho por pasar y os aseguro que, pensando en toda esa gente que se ha muerto sin poder disfrutar de sus ahorros o dejárselos a sus hijos, no siento la más mínima pena por él, por este personaje tan altivo y soberbio, al que, como a Trump, nada le ha costado lo que ha sido, porque no ha sido más que un afortunado heredero que, en un momento dado, opté por la política y cuyo pasado, el de su fortuna, está como el del fantoche que ocupa la Casa Blanca, está lleno de irregularidades, irregularidades que llevaron a su padre y a su hermano a prisión, directamente desde la boda de unos amigos, en tiempos del dictador Franco, que saldrá del Valle de los Caídos coincidiendo en el tiempo con su entrada en prisión.
Recuerdo a Rodrigo Rato en los pasillos del Congreso, en los tiempos en que Felipe González estaba en la Moncloa y recuerdo que no me gustó ni me gustó la gente que por entonces le rodeaba y le reía las bromas. Supongo que ahora los echará de menos, porque esas amistades, esa gente que te ríe las ocurrencias, te sonríe y presume de conocerte, desaparece de tu lado en cuanto caes en desgracia y la de Rato es una desgracia muy profunda. Se me hace difícil imaginarle en le prisión, en medio de la terrible rutina de días todos iguales, con la cantidad de dinero que puede manejar limitada, esperando una comunicación o una llamada a juicio o a declarar para salir de los muros de la prisión. Le va a ser muy duro y muy difícil de soportar.
A lo mejor, a él, acostumbrado al buen corte de los trajes, a los tejidos ingleses le va a costar hacerse al chándal y a ver reducido su hábitat a unos pocos metros cuadrados, un patio y unos espacios comunes. Supongo que leerá y quizá escuche la radio, para comprobar cómo, poco a poco, su nombre se ira borrando como se borraría escrito en la arena de una playa. Y será duro, muy duro, como ya lo fue soportar esa mano del policía en la nuca, un gesto protocolizado en el traslado de detenidos y que tiene como fin impedir que el conducido se golpee la cabeza al entrar en el coche.
Supongo que, como ocurre con todo aquel que ha tenido poder, dinero o influencia, al entrar en la prisión se verá rodeado de gente dispuesta a enseñarle a vivir en ella, a "protegerle" y, quizá lo más importante, a darle conversación, a sentirse persona.
De momento, a Rato le esperan unos cuantos meses, quizá un año o más por cumplir y digo "de momento", porque aún le quedan juicios por pasar y las penas que le piden en ellos son aún más duras. Sólo espero que en el tiempo que pase en prisión no tenga que coincidir con ningún afectado por alguno de los desmanes que propició en Bankia. Allí dentro, mucha gente pierde la esperanza y el norte y quien lo da todo por perdido es capaz de cualquier cosa. 
Me temo que Rato, el del bañador amarillo, tiene el futuro muy negro.

miércoles, 3 de octubre de 2018

HISTORIA DE COBARDES


Un hermoso y triste poema de Jaime Gil de Biedma, "Triste Historia", que hoy mismo he recordado "De todas las historias de la Historia, la más triste sin duda es la de España, porque termina mal." os aseguro que nada deseo con más ahínco que quitarle le razón a tan gran poeta, pero, en este país, hay quien parece empeñado en dársela una y otra vez.
Cuando hace poco más de un año Carles Puigdemont proclamó su efímera república, lo hizo acojonado por la fuerza del monstruo de miles de cabezas enfervorizdas que él mismo, con los suyos había puesto allí, un monstruo alimentado de mentiras, deseoso de conocer esa Europa que acogería Cataluña como nación, que hablaría un día con voz y voto ante la Asamblea de Naciones Unidas, un monstruo rico y culto, mucho más rico y culto que todos esos andaluces y extremeños a los que pagan las facturas, pero que al final se ve inmerso en una pesada digestión, de la que lo más que ha sacado es algún regüeldo, consecuencia del mucho aire, del humo, que contenían.
Se acojonó Puigdemont y tardó apenas diez segundos en suspender la república de humo que acababa de proclamar, asustado ante las acusaciones de cobardía que le llegaban del monstruo y la suspendió también por cobardía, porque necesitaba tiempo, porque en lo único en que pensaba era en la huida, en dejar a sus compañeros de aventura colgados de la brocha, mientras él, con sus escoltas de confianza cruzaba la frontera caminos de Marsella, desde donde volaría a Bruselas, donde le esperaban los mimos y atenciones de un partido de la ultraderecha flamenca, el único que, como hemos podido comprobar en una reciente entrevista televisiva, se tomó en serio su martirio.
Puigdemont dejó solos a los catalanes en la calle y a los compañeros con quienes no quiso compartir su plan de fuga solos ante el juez y desde entonces en prisión. El mismo tiempo que ellos llevan entre rejas lo ha consumido él en preocuparse por sus estatus, su vivienda y su sueldo, nada más. De haber sentido el más mínimo interés por el bienestar de los catalanes, hubiese dejado las manos libres a los suyos para trabajar por ellos y sus problemas. Pero no, porque la única tarea que parece autorizarles es la de escribir cada día, cada fecha de esas que señalan en rojo en el calendario, un "continuará" más, un continuará que se escribe a costa de la riqueza, la tranquilidad, el bienestar y el futuro de todos los catalanes, los que le creen y los que no.
Ayer, Joaquim Torra, como hizo su "padrino" hace un año, volvió a acojonarse, volvió a asustarse ante el monstruo aquel, al que habían vuelto a dar cuerda y que se había despertado para negar la libertad y las calles a quien no viste de amarillo y estrellas. Volvió a asustarse, porque, como cabía esperar, no puede dejar al perro sin cadena y esperar que el perro tenga la responsabilidad que le falta al amo. Se acojonó porque al perro enfurecido hubo que dominarlo a palos, acojonado porque a él, que no tiene el aura de la santidad como el huido y le enseño los dientes, el perro le enseñó los dientes.
Por eso, cuando el lunes, primero de octubre, pidió al perro que enseñase los dientes sintió sus canillas amenazadas y por eso decidió doblar la ración que ponía en su plato, tratando de calmarlo con su ultimátum a Sánchez, un ultimátum imposible, porque imposible es la reacción de Torra ante la lógica negativa de Sánchez a sus pretensiones.
Torra demostró su cobardía y, al tiempo, sus delirios de grandeza, la misma que llevó a Puigdemont al cómodo martirio de convertirse en un exiliado sin estatus, pero de lujo.



martes, 2 de octubre de 2018

CASTELLERS, TRABUCAIRES Y CDR


Una vez más me enfrento a la página en blanco preguntándome dónde están esa Cataluña que amo y añoro y esos catalanes que admiro. ¿Dónde está la política en Cataluña, dónde los políticos? Sólo veo activismo y activistas. Me pregunto cómo han dejado llegar al poder a un personaje tan inconsistente como Joaquim Torra, un personaje que parece siempre recién levantado de la siesta, un hombre de gestos y balbuceos, que, entre bostezos, sin cambiar ese gesto de cariacontecido que siempre le acompaña, es capaz de decir animaladas como la que dijo ayer cuando pidió a los activistas de los CDR, casualmente las misma siglas  que amparan a quienes vigilan y controlan los vecindarios en Cuba, que no dejasen de apretar.
Y apretaron. Ya lo creo que apretaron, tanto que tuvieron cercada durante horas la comisaría de Vía Layetana y a punto estuvieron, a última hora de la noche, de tomar el Parlament que por fin abría sus puertas, después de meses de inactividad, en los que se dejó fuera de la sede de la representación de la ciudadanía, el diálogo y la confrontación de las ideas, tan necesario ahora en Cataluña, que parece haber caído en manos de incendiarios caprichosos y huérfanos de realidad que quieren, sin pararse a pensar en el día después, sin pasar por caja, llevarse a casa todo lo que hay en las estanterías y los escaparates del paraíso que les han asegurado que sería pare ellos y gratis.
¿Dónde están ahora todos esos políticos que nos hicieron creer en la mediación y la mesura? ¿Acaso eran sólo comerciantes que vendían su apoyo y su aparente moderación a cambio de transferencias y partidas del presupuesto? Quiero pensar que no. Quiero pensar que ahora estarán tan sorprendidos y avergonzados como yo ¿A qué esperan para salir de su cómodo letargo? ¿A que nada tenga remedio, a que esa generación de estudiantes siempre prestos a la movilización, con las espaldas bien cubiertas por sus profesores, descubran con dolor que no hay nada tras el escaparate?
La extraña mezcla de intereses que, de momento, ha hecho posible el procés ha puesto en la misma olla a radicales de izquierdas, asamblearios, prestos a la acción directa e inmediata, junto a meapilas tradicionalistas, con raíces en el carlismo, y personajes que prosperan en todos los caldos, dispuestos a quedarse con cualquier sustancia que flote en ellos. El procés los ha mezclado y el mismo procés corre ahora peligro de reventar hecho añicos.
Quizá porque soy de natural optimista y porque creo en la sociedad en su conjunto, abrigo todavía la esperanza de que los catalanes, que no son todos los que se manifiestan en las calles, bajo una u otra bandera, ni los que fuerzan durante horas los cordones policiales en las pantallas de televisión, ni los castellers a mayor gloria de los que mandan, ni quienes diseñan las coreografías de manifestaciones y actos, los que reparten banderas y pancartas, abrigo la esperanza de que los catalanes despierten de ese sueño imposible que les aturde, atiendan a la realidad, dejen de lado las quimeras y, sirviéndose de su fuerza demostrada acamen encajando con holgura en el mapa de la realidad.
Ayer, el todavía president de la Generalitat, metió en el mismo saco a los CDR que horas después pidieron su dimisión, a los trabucaires del carlismo y la resistencia al francés y a la constitución del XIX. 
Castellers y trabucaires habían quedado para el folclore y las fiestas, o al menos eso parecía, los CDR, comités de defensa de una república inexistente, a los que, como reconoce el propio Torra, está afiliada gran parte de su familia afiliada, son como esos perros de presa que algunos macarras pasean por la calle para atemorizar a sus vecinos, sin caer en la cuenta de que el perro no es de la familia, de que lo suyo es morder ni de que, en el fragor de la pelea, cualquier día la pierna o la garganta elegida puede ser la suya.

lunes, 1 de octubre de 2018

1º DE OCTUBRE, SAN ZOIDO


Tienen los pueblos con raíces cristianas la costumbre de elegir de entre el santoral un benefactor al que, si no nombran santo patrón, sí dedican un día del año, generalmente relacionado con la vida y obra del personaje en cuestión, para honrarle y agradecerle los favores de él recibidos. Suelen resultar elegidos personajes que se han distinguido por librar al pueblo que los elige de pestes, sequías, malas cosechas o asedios y se les representa con alegorías a sus favores y milagros.
Por eso creo que el soberanismo catalán, tan dado a las conmemoraciones que a veces pienso que lo único que hace su gobierno desde hace meses es asistir a actos conmemorativos en fechas señaladas que, al paso que van, acabará tiñendo de rojo todos los días del calendario, debería pensar seriamente en celebrar los uno de octubre, éste y los que vengan, el día de San Zoido, porque nadie como el torpe segundo ministro del Interior del nefasto gobierno de Rajoy. Juan Ignacio Zoido, por haber puesto todo su empeño y todos los medios de su ministerio, que son los de todos nosotros, a pesar de todos nosotros, parea, al grito de ¡a por ellos!, conseguir en unos pocos días dejarnos poco menos que como país de opereta y cargar de razones al tramposo gobierno catalán, que tan necesitado estaba de ellas.
El ex alcalde de Sevilla, más dado a visitar los palcos de los estadios, a las procesiones de Semana Santa y a cultivar e imponernos como cargos públicos sus amistades, consiguió con sus desastrosas decisiones, una detrás de otra, hacernos olvidar a unos y otros que el verdadero culpable de todo había sido Rajoy, con sus campañas, con sus boicots a los productos catalanes, con sus peticiones de firmas y con su judicialización del estatuto que los catalanes se habían dado en libertad y con todas las garantías, en tiempos de Zapatero, ese Rajoy que había descubierto que, con ETA próxima a su fin, Cataluña era un buen argumento para minar al gobierno al que no pudo ganar en las urnas ni en el Congreso.
Zoido consiguió hacernos olvidar todo eso con su "crucero Piolín", con sus policía y guardias civiles alojados en condiciones lamentables, con su no menos lamentable persecución de urnas y papeletas y sobre todo con todo ese exceso de testosterona, "porcojonismo" lo llaman, con que él y sus mandos tomaron casi todas las decisiones aquellos días. Especialmente con aquella orden de desalojar por la fuerza, a veces con serenidad, otras con excesiva violencia, a personas que, a veces serenamente y otras con tanta o más violencia se encerraron en los colegios para participar en un referéndum que, cargado de irregularidades, había nacido muerto.
Las primeras cargas de la mañana, convenientemente difundidas y televisadas en directo, lograron el efecto contrario al que perseguían, porque, heridos en su dignidad, sacaron de sus casas para votar a ciudadanos que no pensaban hacerlo, dando lugar a un perverso juego del gato y el ratón, en el que el ratón se quedó con el queso de aquellas urnas-papelera, que finalmente sí fueron puestas al alcance de quienes querían votar, eso sí, sin la más mínima garantía ni, mucho menos, la supervisión de ninguna junta electoral reconocible.  disposición. 
A partir de ahí, la máquina soberanista puso en marcha lo mejor que tiene, su aparato de propaganda, ese que desprecia a los ciudadanos de lo que llaman "Estado", difundiendo, con los correspondientes sesgos y exageraciones, todo ese material que el ministro Zoido había puesto a su alcance. Ese fue el problema: aquel ministro y quienes le apoyaban fueron incapaces de proyectar en el tiempo y en el espacio lo que estaban haciendo en Cataluña: el ridículo más cruel y espantoso. Afortunadamente, un año después, es otro quien gobierna España, con una visión muy distinta de lo que hay que hacer, con menos testosterona y más cerebro, dispuesto a engrasar la máquina de las transferencias en Cataluña y toda España, deseoso de saldar las cuentas pendientes, las que emborronó Rajoy con sus recortes, y capaz, si le dejan de allanar el camino lleno de dificultades que hoy separa a la mitad de los catalanes del resto de los ciudadanos, un camino sembrado ahora de piedras y banderas agresivas a uno y otro lado que sólo el tiempo y la justicia, no me refiero a los tribunales, volverán a hacer transitable.
Por todo ello creo que los independentistas catalanes, tan deseosos de conmemorar fechas como la de hoy, deberían plantearse seriamente hacer de San Zoido su santo patrón, representándole con escudo, casco,  porra y un piolín en el hombro, y hacer del día primero de octubre su fecha de celebración.

viernes, 28 de septiembre de 2018

PURITANISMO DE IZQUIERDAS


Siempre me he preguntado por qué quienes nos decimos "de izquierdas", habría que ver cuánto hay de verdad en ese autoetiquetado, somos tan intransigentes con nuestros representantes y no, no es que crea que no debemos serlo, sino que me gustaría que lo fuésemos igual con los de los otros, que no diésemos por sentado, como el reflejo asesino en el escorpión, que la corrupción o la inmoralidad son la condición de la gente de derechas y, por tanto, no se las reprochamos.
Digo esto, porque, a la vista de lo escrito y de lo dicho en los últimos días sobre el serial montado con la grabación de la sobremesa de esa comida de hace nueve años en la que participaron la hoy ministra de Justicia y el entonces juez Baltasar Garzón, grabación robada, editada y ayer supimos que también difundida por el entonces condecorado comisario Villarejo, no parece que quienes nos colocamos esa etiqueta estemos dispuestos, no sólo a tratar de entender las circunstancias en que se produjo aquello, sino que ni siquiera nos paramos a tomar en consideración satos tan trascendentes como quién, cómo, cuándo y para qué grabó y ahora difunde esas conversaciones con las que pretenden privarnos de una ministra que, por ejemplo, está dotando de medios a los juzgados especializados en violencia de género.
Es posible que lo anterior sea consecuencia de que confiamos cándida si no estúpidamente en que los medios que las llevan cada día a sus portadas y tertulias se han parado a valorar esas circunstancias de las que os hablo, algo con lo que, desgraciadamente, cuentan Villarejo y otros tipejos como él. En otros tiempos no era así, al menos siempre, y recuerdo, por ejemplo, aquella primera transgresión que supuso la difusión de la grabación obtenida tan accidental como ilegalmente de una conversación del teléfono móvil de Txiki Benegas, en la que se refería a Felipe González como "dios". 
Aquello se emitió tuvo unas ciertas consecuencias en la credibilidad del PSOE y Augusto Delkader, que autorizó y animó la emisión, se colgó una medalla.
También tuve en mis manos uno de esos sobres en los que llegaron a tantas y tantas redacciones las imágenes, también robadas, de Pedro J. Ramírez en una situación tan ridícula como comprometida con una prostituta guineana. Tuve en mis manos ese sobre y fui incapaz de abrirlo, mucho menos de verlo, mientras en la redacción había corrillos para verlo. Naturalmente supe de qué iba y sé que con el tiempo ha estado disponible si no lo está aún en las redes. Os aseguro que, si no lo vi, más allá de que considerase que se trataba de algo privado, es porque la grabación y distribución d aquello tenía un desagradable tufo a alcantarilla policial, en momentos en que Ramírez mantenía su particular guerra con la cúpula de Interior.
Esa es, a mi juicio, la clave: conocer el origen de esas informaciones, sus circunstancias y por qué y contra quién se difunden. Algo que desgraciadamente parece que hemos dejado de hacer, algo de lo que la prensa ha dimitido y de lo que, desgraciadamente, todos somos víctimas complacientes que, sin darnos cuenta, vamos devorando poco a poco aquello que necesitamos para subsistir, porque, es curioso, cuando la diana se coloca sobre "los nuestros", si por "los nuestros" entendemos aquellos que, mejor o peor, nos representan.
Sin ir más lejos, con los ministros de Sánchez hemos sido mucho más exigentes, casi suicidamente exigentes, que con Pablo Casado, que también se reunió con Villarejo cuando Villarejo ya era el Villarejo que todos conocemos, que no ha podido demostrar la existencia de los trabajos con que se hizo con el máster posiblemente regalado por el instituto que recibió 60.000 euros de la consejería de Esperanza Aguirre para la que trabajaba., que es el heredero político del Aznar más montaraz, casado con la alcaldesa que vendió a precio de saldo a fondos buitres miles de viviendas sociales de todos los madrileños.
No. No ponemos el mismo empeño y en el mejor de los casos, como hace el siempre tortuoso Pablo Iglesias, damos de comer a los presos recodando que el listón de la decencia lo fijó el propio Pedro Sánchez, nos dejamos llevar por el efectismo de algunas informaciones amplificadas por quien se las da de progresista y ampara y da cancha a personajes como Marhuenda o Inda, nos dejamos llevar por ese puritanismo suicida de la izquierda que, a veces, no es más una excusa para dar rienda suelta a esa vergonzante tendencia nuestra a pensar con la cartera.

jueves, 27 de septiembre de 2018

EL QUE SE OFENDA, QUE SE RASQUE



Dicen los preceptos católicos, incluso creo recordar que así figura en alguno de sus rezos, que hay que perdonar las ofensas ¿o sólo son las deudas? Ya no lo recuerdo, pero me da la impresión de que los católicos ni una cosa ni otra.
No soy partidario, los que seguís este blog lo sabéis, de la excesiva gesticulación de Willy Toledo, a punto de ser juzgado por blasfemia ¡en pleno siglo XXI! lo que no implica que le quite la razón en el fondo de su protesta ni, mucho menos, en que hay que defender su causa ante la Inquisición 2.0 que parece haberse atrincherado en los tribunales españoles, una inquisición que da cobijo a cualquiera que pretenda sentirse ofendido por el motivo que sea, un cobijo al que se apunta lo más carca y retrógrado de una sociedad que pretendemos moderna y curada de tabúes y supercherías.
Curiosamente, la ofensa es un sentimiento que se conjuga en reflexivo: "me siento ofendido", dicen quienes se acogen al "sagrado" de los tribunales, sin pararse a pensar que, a muchos, entre los que me incluyo, nos ofende que ellos se ofendan. 
No ofende quien quiere sino quien puede, se dice y, desde mi modesto parecer, creo que sólo ofende quien cree en aquello que se ofende, porque qué mérito tiene para un ateo cagarse en cualquier dios, si da por sentado que los dioses no existen: ninguno. Si alguien se siente ofendido, la cosa se reduce a que alguien se escandaliza porque cree que quien presuntamente le ofende debería tener las mismas o parecidas creencias que él.
Yo, que soy de ciencias y no creo en dios, me siento ofendido por quienes, como el pequeño cardenal Cañizares, dicen que "la unidad de España es obra del espíritu santo", una paloma en la iconografía de los creyentes. Acaso no tengo derecho a sentirme ofendido por tanta superchería que desasosiega a mi inteligencia. 
Los antropólogos hablan de hechos culturales y piden, sin imposiciones, respeto para esas creencias y esos ritos. Yo me limito a contestarles con nombres, Galleo Galilei, Miguel Servet, Giordano Bruno o el mismísimo Charles Darwin, que ofendieron, todos, el orden establecido por unos pocos hombres, muchos de ellos corruptos, pederastas, asesinos o encubridores de corruptos, pederastas o asesinos y, por ellos fueron perseguidos, ellos y sus obras, a veces hasta la hoguera.
Espero que las exageraciones de Willy no le lleven a la hoguera de una condena. Espero que, al fin, tenga razón y su sacrificio, su calvario judicial y mediático sirva para abrir de una vez por todas el debate sobre el anacronismo medieval que supone que en el país del AVE y los trasplantes, el país que tiene, casi, una universidad en cada ciudad importante, el país que tienen un ministro astronauta que tiene un chalé en la costa a nombre de una sociedad mercantil, la blasfemia pueda, aún, llevar a un ciudadano a la cárcel.
Ojalá no me equivoque y, en una u otra instancia, el juez y los abogados que denunciaron a Willy acaben quedando en evidencia como ya quedaron quienes encarcelaron a los titiriteros de Granada y que la perversa "ley mordaza" que levantaron como una empalizada apara defender lo suyo, creencias y chanchullos, contra la libertad de expresión y la razón, los ministros ultracatólicos de Rajoy, acabe derogada y, a partir de ahí, el que se ofenda que se rasque.

miércoles, 26 de septiembre de 2018

¿ES QUE ACASO ESO NO IMPORTA?


La prensa escrita, la radio y la televisión dedican hoy sus portadas, salvo honrosas excepciones a cuatro horas de la vida de una ministra, las cuatro horas en que "entre copas" Dolores Delgado habló "a calzón quitado" con su entonces compañero de la Audiencia Nacional, Baltasar Garzón, el comisario Villarejo y algún que otro miembro de la cúpula policial. Ayer fueron, inconexas, sus palabras sobre el juez Marlasca, hoy compañero de gobierno, y sobre la "simpleza" de los jueces varones, convenientemente reconvertidas en tic machista por la prensa. Hoy el asunto, sin nombres ni apellidos es otro y, a mi juicio, más grave, porque se refiere a un viaje de magistrados del Supremo y de la Fiscalía General, que en el que acabaron una noche en un bar con chicas menores de edad, algo reprobable, incluso penalmente, aquí y en Cartagena de Indias, y perfectamente rastreable que, estoy seguro, no consumirá tanta tinta ni saliva como se ha empleado en crucificar a la ministra.
De lo conocido hasta ahora de aquella sobremesa se trasluce el ambiente sórdidamente machista que se respira en ese y otros tribunales, un ambiente, a mi juicio más cargado aun de machismo que el que se respira en el resto de la sociedad, un machismo incrustado en los muebles y en las paredes de los juzgados, como lo está la grasa en las cocinas arrasadas por Chicote, que acaba por teñir y contaminar las decisiones que se toman en ellos, incluso las que toman algunas mujeres.
Ayer, mientras andábamos enredados unos con otros, atacando o defendiendo a la ministra, dos niñas y dos mujeres fueron asesinadas por hombres, no por monstruos, tres hombres que, de eso sí estoy seguro, encontrarán entre algunos de sus vecinos la justificación para su crimen: demasiado amor, la depresión, el paro y todo lo demás, problemas que no les empujaron al suicidio, no, sino a la venganza.
Con las horas, entre las palabras casi inaudibles entre el choque de copas y cubiertos de la comida de la ministra, fuimos conociendo detalles de los tres crímenes machistas, uno un doble parricidio, de ayer. Lo peor de todo, lo más doloroso, que en los tres casos las mujeres asesinadas y la madre de las niñas víctimas de su padre en Castellón habían pedido protección y que, en el caso de las niñas la juez, una mujer, denegó la protección y la suspensión del régimen de custodia que permitió al padre quedarse a solas con las niñas a las que asesinó.
Demasiado machismo, demasiado pensamiento patriarcal que contempla el derecho del padre a estar con sus hijos y no es capaz de pararse a pensar que esos niños, que corren peligro según su madre que es quien mejor las conoce y quien mejor conoce su expareja, tienen derecho a seguir vivos. No las creyeron, no les hicieron caso. No las protegieron y acabaron muertas a manos de sus verdugos o, como la madre de Nerea y Martina, las niñas de Castellón asesinadas por su padre, muertas en vida, privadas cruelmente de lo que más querían, por un hombre dominado, no por el dolor sino por su deseo de venganza.
Desgraciadamente, todos hemos de sentirnos un poco culpables de estos crímenes. En primer lugar, por no atender a las señales que nos mandan las posibles víctimas, segundo por preferir que nos dejen unos euros para tomar unas cañas a que se suban los impuestos, a todos y proporcionalmente a nuestros ingresos, para pagar más juzgados, más especialistas y más policías que se ocupen de los derechos y la seguridad de las víctimas. Nos preocupan demasiado la lengua y los másteres de los políticos y muy poco los errores de quienes deben protegernos y, desgraciadamente, no saben, no pueden o no quieren hacerlo.
Pasan tres cuartos de hora de las ocho, la hora a que arranca la administración y, que yo sepa, nadie se ha puesto a investigar por qué la juez de Castellón negó protección a las niñas y las dejó, solas, en manos de ese padre que ayer las mató. Tampoco he sabido de nadie que pida su dimisión, ni he oído que está de baja por depresión o que piense presentar su dimisión. Mucho menos, que se vaya a dotar de más presupuesto al aparato judicial y policial que protege a las mujeres en riesgo, prácticamente desmantelado por Rajoy y sus ministros 
¿Es que acaso eso, que mueran mujeres y niños inocentes, no importa tanto como lo que se empeñan todos los días en que nos ocupe?

martes, 25 de septiembre de 2018

EL GOBIERNO DE LAS RATAS


Si la monarquía es el gobierno de uno solo y la oligarquía, el de unos pocos, cómo deberíamos llamar al gobierno de las ratas, de quienes chapotean en las cloacas o, en todo caso, el de quienes consienten las ratas decidan quién gobierna. De todos es sabido o debiera serlo que las ratas se valen de muchos caminos para hacerlo. Conocen, no sólo la gran cloaca que recoge todas las heces de esa descomunal ciudad que es el Estado, sino que también se adentran por cada uno de los desagües de cada calle, de cada ministerio, de casa, recogiendo y clasificando la basura que recogen, para venderla o, como está ocurriendo ahora mismo, utilizarla en defensa propia, a sabiendas de que la basura de unos se vuelve un tesoro en manos de otros.
Hace unos años alguien me dijo que el ministerio del Interior, los servicios de información eran algo así como el camión de la basura del Estado. Ese alguien, que añadió que a nadie le gusta conducir ese camión, pero alguien tiene que hacerlo. Estoy de acuerdo en que alguien debe conducirlo, pero no en que deba hacerse cargo de todas las ratas que anidan entre las basuras, en los estercoleros, ratas como el comisario Villarejo, quizá la más gorda y sucia de todas, que por el material que manejas, por lo que han visto y oído se saben fuertes, tanto como para retar al mismo estado.
Todos andamos conmocionados por las grabaciones que, como basura flotando en un río, esa gran rata de la que os hablo está liberando estos días, poco a poco, por manos interpuestas, desde la cárcel de Estremera, su carga envenenada, esta vez contra la ministra de Justicia, María Dolores Delgado, a la que no perdona no haberle liberado de su prisión, como esperaba que ocurriese con la llegada de los socialistas al gobierno.
La mierda liberada por el comisario contra la ministra es la grabación realizada por el mismo en el transcurso de una comida que, curiosamente, se daba en su honor por haber sido condecorado por su oscuro trabajo, tan oscuro que su concesión no fue publicada en el BOE. A la cena asistieron, además de compañeros del policía, entre otros, el juez Garzón y compañera en la Audiencia y por entonces fiscal, María Dolores Delgado. Fueron cuatro horas en las que, seguro, se comió y se bebió, en la que, seguro también, se engrasaron las desconfianzas y se aflojaron las lenguas, como sólo se relaja la confianza y se afloja la lengua cuando uno come y bebe con quienes cree sus amigos.
En esa comida, que en principio alguien quiso "vender" veladamente como un encuentro en el que se pretendía algún tipo de mediación de la fiscal en un proceso abierto en la Audiencia Nacional, de lo que se habló, como en toda sobremesa larga, de lo humano y lo divino y, claro, de los compañeros de la Audiencia Nacional. Y precisamente de esas confidencias traicionadas es de lo que trata la primera entrega de las grabaciones que la rata con gorra hizo a sus compañeros de mesa.
No sé si esos comensales no sabían con quién se jugaban los cuartos. Lo cierto es que tanto Garzón en su día como, ahora, la ministra han sido víctimas de quién, a cambio de dinero o de que se le haya permitido hacer otros trabajos más lucrativos, colecciona basura con la que elabora informes que, en manos de los medios de comunicación apropiados, tan ávidos de primicias como distraída puede llegar a ser su conciencia, se convierten en peligrosas armas, curiosamente, contra la verdad y la decencia que unos y otros dicen defender.
No sé ni quiero saber que decía o pensaba hace nueve años la ministra de Justicia, ni sé que validez jurídica puede llegar a tener lo grabado, pero me temo que eso es lo de menos, porque, otra vez, la gran rata se ha salido con la suya, porque ha dejado su buen nombre por los suelos y, para las almas simples, ya no es la eficaz fiscal contra el terrorismo o el narcotráfico que ha sido, porque gracias a miserables como el comisario Villarejo, su vida, su prestigio se resume en cuatro, cinco o los cortes que un tipejo como la rata ha editado para hacerse un salvavidas con ellos o convertirlos en guillotina con la que decapitar a la ministra.
No sé cómo llamar a un gobierno constituido gracias a las ratas, pero creo que deberíamos ser más selectivos con la información que recibimos y difundimos, porque en ocasiones, en demasiadas ocasiones, está sobredimensionada, sacada de contexto y dirigida a fines despreciables, cercanos al discurrir de las aguas negras en las cloacas, lo que sí sé es que ningún gobierno decente debería descansar sobre esas cloacas o haber llegado al poder a través de ellas. También sé, al menos me lo repito una y otra vez, que jamás me sentaré a la mesa con ratas, aunque quién sabe…

lunes, 24 de septiembre de 2018

PRESOS


Siempre he pensado que, si los ciudadanos nos hemos dado un estado, con toda la organización que conlleva, ha sido para que ese estado nos proteja y nos defienda de todo aquello que ponga en peligro nuestra libertad. Del mismo modo, siempre me he opuesto, no me da el pensamiento para ello, a que el Estado, cualquiera que éste sea, sea un instrumento de venganza, aunque se argumente que esa venganza se ejerce en nuestro nombre.
Me ocurría con ETA, en aquellos tiempos en que cualquier salida que el gobierno, entonces socialista, ofrecía a los presos de la banda era inmediatamente boicoteada y convertida en instrumento electoral por el PP, moviendo a las masas, autobuses mediantes, contra cualquier medida que se apartase del estricto castigo, descartando incluso la redención, de cualquier actitud que no fuera la venganza. El tiempo, afortunadamente, ha dado la razón a quienes pensaban que, con los presos de ETA, como con cualquier preso, la venganza no es eficaz, porque tiende a retorcerse sobre sí misma, convirtiendo una línea recta que se difumina y se resuelve en el infinito, en una terrible espiral que se retroalimenta y crece, también hacia el infinito.
Bastaron la eficacia policial, el tiempo y la paz para que la propia banda, colocada ante el espejo, más o menos a regañadientes, tomase la decisión más valiente y, a la vez, más útil para el pueblo que decía defender: la de disolverse y dejar que ese pueblo, todo él, se expresase en libertad en las urnas.
Viene todo esto a cuento del bronco debate que, otra vez en fin de semana, se ha generado en torno a la, a mi modo de ver, excesivamente larga prisión preventiva que pesa sobre los dirigentes catalanes encarcelados hace un año por los acontecimientos que, desde septiembre del año pasado, alteraron, y aún hoy alteran, la paz social en Cataluña.
Vaya por delante que tengo claro que, si a actitud del ministro Zoido y quienes tuvo por encima y por debajo hubiese sido otra, el suflé de la tensión no hubiese llegado a levantarse, del mismo modo que, vistas las imágenes de las calles de Cataluña que todos vimos, era lógico esperar alguna respuesta no policial, eso sí, del Estado. Por eso, cuando los jordis fueron llamados ante la Audiencia Nacional, me sentí aliviado. No es nada tranquilizante ver como una masa perfectamente controlada se hace con la calle e impide a la policía judicial, que otra cosa no eran los guardias civiles en el registro de la Consellería de Economía, ejercer el cometido encargado por un tribunal, en este caso el registro de sus instalaciones.
Llegué a sentir alivio, incluso, cuando Sánchez y Cuixart fueron enviados a prisión, porque soy de los que piensan que la masa; también en actitud pasiva y aquella no siempre lo fue, puede convertirse en un instrumento de violencia, porque impedir la libertad de movimientos de los guardias y la comisión judicial es también violencia. Del mismo modo, me tranquilizó saber que Puigdemont, Junqueras y sus consejeros eran también llamados a la Audiencia. También que, cuando supe de la huida del ex president a Bruselas, vía Marsella, entendí que la juez Lamela tomase precauciones con quienes sí se presentaron ante ella, enviándolos a prisión. Simultáneamente me pregunté y me sigo preguntando por qué no se exigieron responsabilidades a quienes no impidieron que Puigdemont y sus consejeros saliesen por pasos fronterizos y aeropuertos ¿Otra vez Zoido?
Sin embargo, todo ese alivio, un tanto culpable, que sentí se ha ido desvaneciendo poco a poco con el paso de los meses. A nadie se le escapa que la prisión es dura, muy dura. Por eso supongo que si el juez, ahora el magistrado Llarena, mantiene la prisión después de tantos meses, es porque tiene alguna razón poderosa, que desconocemos, para tomar una decisión como esa y espero que la razón sea algo más que la venganza o la aversión ideológica.
Está claro que el mantenimiento de la prisión para los jordis y los miembros de aquel gobierno de Puigdemont se ha convertido en el depósito de combustible para los motores del soberanismo, del mismo modo que, al final, los presos se convirtieron en el último argumento de ETA y quienes la justificaban. Por eso me cuesta creer que alguien que piense en el futuro de Cataluña, alguien que no la dé ya por perdida electoralmente, alguien que no quiera convertirla en un estandarte, en su "a por ellos", para las próximas elecciones generales, pueda negar que los políticos catalanes presos sin un problema y que sería sensato no prolongar más su encarcelamiento que no deja de ser aún preventivo.
Cada vez son más las voces que desde el Gobierno y desde el PSOE reclaman esa sensatez que hoy parece faltar en el Supremo, al mismo tiempo que desde PP y Ciudadanos se piden más cadenas y por más tiempo para esos presos, incluso una imposible modificación de la ley para prohibir los indultos, no para la corrupción, qué va, sino para los reos de rebelión o sedición.
la verdad, este fin de semana me he sentido de nuevo en aquellos años en que Francisco Álvarez Cascos o Jaime Ignacio del Burgo dinamitaban cualquier intento de solución dialogada al "problema" de ETA. Difícilmente se va a encontrar una solución con quienes, como el PP, se manifiestan en contra del "apaciguamiento" o, como Pablo Casado, hablan de pistolas que nadie ha sacado sobre la mesa de una hipotética negociación. Al final, como en los tiempos de ETA,la solución y el problema pasan otra vez por los presos.

viernes, 21 de septiembre de 2018

JUECES EN BATA


Anda muy alterado Joaquim Torra, después de conocer, gracias a la prensa, que algunos magistrados del Supremo. ninguno con responsabilidades en los procesos judiciales a independentistas, opinan con más o menos fortuna sobre él, su gobierno o sobre sus compañeros. Son opiniones vertidas con mayor o menor prudencia en un chat privado que los jueces utilizan para intercambiar comentarios y opiniones, a sabiendas de que dichas opiniones se circunscriben al ámbito privado del citado chat.
El caso es que esa argumentación da igual, esa salvaguarda que hacen los jueces se vuelve inútil en el momento en que el contenido del chat se hace público, porque, legal o ilegal, prudente o imprudente, lo escrito por los magistrados se ha convertido en munición para el independentismo que ha hecho del martirologio y la siembra de dudas sobre la imparcialidad, no ya de los jueces españoles, a los que podría recusar, si así lo creyese conveniente, sino sobre todo el tribunal y  sobre la justicia española, basa de su intento, frustrado hasta el momento, de conseguir apoyo internacional para su causa.
Torra, como casi todos, y me incluyo, ve la paja en el ojo ajeno y no es capaz de ver la viga en el suyo. Si no, si se tomase unos minutos para escucharse cuando habla, improvisando o repitiendo como un juguete infantil las consignas que Puigdemont le dicta al oído en Waterloo. Seguro que, de ser medianamente ecuánime y sincero, se recusaría a sí mismo, porque no soportaría escuchar de su boca argumentos dignos de otros países y otros tiempos, afortunadamente ya superados. Seguro que, de ser un catalán cualquiera, de esos que, según Pujol, viven y trabajan en Cataluña. pero que no vota al PDCat, a ERC o a la CUP, se preocuparía y se cuidaría muy mucho de decir en voz alta todo lo que piensa, especialmente lo referido a la independencia, a sus sentimientos con respecto a eso a lo que llama "Madrid" o "el Estado".
Las mismas razones tendría para desconfiar del gobierno que preside que la que tiene y se empeña en transmitir sobre los jueces del Supremo, porque sus opiniones, las suyas propias, públicas e incluso publicadas, asustarían a cualquiera que no soporte el supremacismo o la uniformidad de pensamiento. Aunque sea la que predica, temería vivir en una sociedad que no le permitiese disentir, salirse del surco previamente trazado. No soportaría que le llamasen separatista, pesetero o egoísta, a quienes no piensan como él, del mismo modo que se llama facha, fascista o español, con desprecio, a quien cree que Cataluña tiene encaje en España y que en ella le iría mejor.
Los jueces, acostumbrados a compartir café, cerveza y comentarios con compañeros en cualquiera de los bares y cafeterías de los alrededores del Supremo, se relajan y bajan la guardia cuando pretenden seguir la conversación a través de su ordenador o su smartphone en ese maldito chat que acaba de hacerse público hecho.
Sin embargo, no deben preocuparse, la sangre de sus opiniones en ese chat de privacidad traicionada no va a llegar al río. Lo de Torra es sólo marketing, poco más que pirotecnia, una bengala de esas que se encienden en los cumpleaños o en aniversarios de esos a los que los catalanes se están volviendo tan aficionados, hasta el punto de que las fechas señaladas en rojo por los soberanistas van camino de dejar el mes de septiembre más señalado que el de mayo, paraíso de los amantes del "puentiin".
Los magistrados, siempre que no deban juzgarle, no deberían preocuparse por haber comparado a Torra con los nazis en la privacidad de su chat. Lo que sí deben hacer, y se lo recomiendo, es vestirse con la toga y las puñetas cada vez que se sienten ante el teclado, porque la bata da confianza y ya se sabe que de la confianza viene la relajación y a camarón que se duerme en la corriente de las redes, la wifi se lo lleva.