martes, 23 de enero de 2018

EL TENIENTE RIVERA SALVA A LA RUBIA


Lo ha vuelto a hacer. En el último momento, cuando los cuchillos de los pieles "rojos" tenían a su alcance el cuero cabelludo de la rubia, la heroína de la derecha madrileña, el teniente Rivera con su pañuelo naranja sobre el viejo uniforme azul y sus jinetes del grupo parlamentario de Ciudadanos en la Asamblea de Madrid ha rescatado a la chica rubia, subiéndola a la grupa de su corcel, para cabalgar por las praderas de la impunidad,.con ella agarrada a la cintura
Cristina Cifuentes, la presidenta madrileña, da una imagen muy distinta de la que daban Esperanza Aguirre o Ignacio González, sus antecesores en el cargo, especialmente de la de la condesa, Esperanza la condesa, sobrada y faltona. aunque, en el fondo, no haya tanta diferencia entre una y otra, porque, cuando Aguirre campaba a sus anchas por todos los rincones de la Comunidad de Madrid, saltando de charca en charca con sus ranas, Cristina Cifuentes, tan antigua o casi como ella en el PP, no andaba muy lejos y dejaba su firma en alguno de los chanchullos con los que quienes llevan casi tres décadas gobernando Madrid han practicado su particular manera de emular a Robin Hood, robando a los pobres, para dárselo a los ricos.
De hecho, una de esas firmas, estampada en un documentos comprometedor por quien, como ella, por su experiencia y formación, debería conocer de sobra lo que firmaba, la llevó el año pasado a sentarse en la silla de los comparecientes de la comisión parlamentaria que investiga la corrupción en Madrid, algo que hizo de mala gana, arropada por sus diputados como si acudiese al patíbulo, a propósito de un "negocio" de Marcasa, tan ruinoso como lleno de rincones sospechosos, y, aunque el juego de las  mayorías la puso a salvo, nadie duda que se dejó unos cuantos pelos de su prestigio en la gatera de aquella comparecencia.
Quizá por eso, ahora que las explicaciones se le piden por haber negado durante meses a la oposición las actas de los consejos del Canal de Isabel II, en las que se aprobaban asuntos tan turbios como los que llevaron a prisión a su antecesor, Ignacio González, y a ser investigado a Alberto Ruiz Gallardón, por abrir el grifo del canal en beneficio propio y, al parecer, del PP, reuniones en alguna de las cuales ella estuvo presente.
El hecho es que esos documentos, de los que era depositaria la Comunidad, fueron reclamados por la oposición y, tantas veces como lo fueron, fueron negados por el gobierno de Cifuentes, dando como excusa que pesaba sobre ellos el secreto del sumario. El hecho es que, con el tiempo y la insistencia, se supo que el juez del caso, caso Lezo, por más señas, confirmó que el secreto no pesaba sobre ellos y que, por tanto, podían ser entregados a la comisión. Cuando se supo, la rubia presidenta culpó de la negligencia a un alto funcionario, al que cesó inmediatamente, pero, con el tiempo y la insistencia, hemos sabido también que el fax del juzgado que "liberaba" las actas llegó al mismo tiempo y en el mismo aparato que otro en el que aceptaba la personación del PP en el caso, un fax que, ese sí, fue difundido a bombo y platillo.
Cristina Cifuentes tenía que comparecer para aclarar tan bochornoso asunto y dejó claro desde el principio que no le apetecía nada pasar otra vez por la tensión de someterse a las preguntas de los diputados de igual a igual y sin la protección de la presidencia de la Asamblea y su administración de los turnos.
Parecía hasta ayer mismo que Cifuentes no se iba a librar de lo que ella ha tildado más de una vez de proceso inquisitorial. Pero sólo lo parecía, porque, ya en la tarde, Ciudadanos, agarrándose al clavo ardiendo de no sé qué aspecto técnico, decidió apearse de la petición de comparecencia, salvando, en el último momento, una vez más, a la rubia. Ellos, los de Rivera, los mismos que una y otra vez se hacen pasar por los adalides de la lucha contra la corrupción, han vuelto a dejar claro en qué lado se colocan cuando les conviene, sosteniendo otra vez un gobierno agobiado por ella.

lunes, 22 de enero de 2018

CUCU TRAS


A los niños, cuando son bebés, se les entrena, los juegos no son otra cosa más que entrenadores, de muchas maneras. Una de ellas es ese "cucu tras" tan simple y que tanto les divierte, con el que se dan cuenta de que hay otra dimensión, otro mundo,  más allá de lo que tienen delante de los ojos, con él, aprenden divertidos que, además de lo que ven, hay más cosas, una mano, un muñeco, la cara divertida de papá o mamá o su juguete preferido, descubren también que ellos mismos pueden esconderse tras una mantita o, simplemente, tras sus manos.
Ese aparecer y desaparecer, esperando una sonrisa como recompensa, les divierte y les enseña, porque con él aprenden a esconderse y a buscaron él, aprenden a buscar, a desconfiar y, sobre todo, a llamar la atención de su interlocutor. Pues bien, a ese juego tan simple juega en estos momentos el cesad president Puigdemont, apareciendo en Copenhague tras unos días de tedio informativo, en los que la aventura europea del líder del JuntsXCat está dejando de interesar a propios y extraños, unos días en los que pagar la luz, renovar el abono-transporte o llevar los niños al colegio acaba, como no podía ser de otra manera, por preocupar más que los paseos del tan exhibicionista exiliado por la aburrida Bruselas.
Quizá ese haya sido el motivo por el que Carlos Puigdemont ha decidido aceptar la invitación de una universidad danesa para dar una conferencia en Copenhague, quizá por ello ha emprendido una nueva excursión, esta vez un poco más al norte, y quizá, para que no nos aburramos, la fiscalía ha decidido prender fuego al castillo de fuegos artificiales que preparaba Puigdemont, solicitando la reactivación de la euroorden contra él, pensando con todo su candor, que el Supremo dará satisfacción a sus deseos y que el gobierno danés detendrá al conferenciante para que pueda ser juzgado en España por el exagerado delito de rebelión.
Uno y otros quieren llamar nuestra atención y lo hacen casi con desesperación, pero a mí me aburren.
Ya no quiero jugar al gato y al ratón con ellos. Estoy cansado y creo que, en este asunto, ya lo he visto todo más de una vez y más de dos. Por eso, sólo quiero que acabe cuanto antes este aburrido "cucu tras! al que, sin ninguna gracia, nos obligan a jugar todos los días.

viernes, 19 de enero de 2018

NIÑOS POBRES, NIÑOS NORMALES


Anoche, revisando un magnífico documental de la serie "Imprescindibles" de la 2, dedicado a la vida y la obra de Ana María Matute, me impresionó, como tan magnífica escritora, nacida en una familia burguesa de Cataluña, señalaba el descubrimiento de la pobreza en el ya inexistente pueblo riojano de Mansilla, del que procedía su madre, en el que con cuatro años tuvo que convalecer de una grave enfermedad. Contaba Ana María que la visión de aquellos niños que nada tenían, mal vestidos, que pasaban hambre, la marcó para siempre. Tenía cuatro años y, quizá por aquel descubrimiento, porque pudo comprobar que más allá de los colegios de las "damas negras", de las casas en las que había vivido con sus pares, en Barcelona y Madrid, sus primeros cuentos y ya toda su literatura posterior, se tiñeron con un poso de madurez y melancolía que nata tenía que ver con el tópico de esa infancia idílica que solemos arrastrar.
Por eso, cuando esta mañana, con el recuerdo aún vivo de esas palabras de la escritora que quizá ha pintado mejor el mundo de la infancia, he tenido que soportar las tenebrosas palabras del consejero de políticas sociales de la Comunidad de Madrid, distinguiendo entre niños pobres y niños "normales", lo primero que he hecho es consultar su biografía, para averiguar de dónde había salido un personaje capaz de hacer tal distinción y lamentar que, como Ana María Matute, no hubiese tenido oportunidad de darse de brices con la pobreza y, si la tuvo, no hubiese surtido en él el mismo beneficio que, para la vida de la escritora tuvieron aquellas temporadas en Mansilla.
Decía mi tío Santiago, el hermano mayor de mi padre, un buen hombre donde los haya, que nada hay. no recuerdo si más triste o más tonto, que un pobre de derechas. Tenía toda la razón, porque, si algo he llegado a tener claro con el tiempo, es que la derecha siempre ha despreciado a los pobres, a los que no reconoce derechos, a los que socorre por caridad y no porque tengan derecho a comer, vestir, estar sano, estudiar o ser felices. Es triste, pero es así. Es la historia repetida una y mil veces de "Los santos inocentes" de Delibes, la de todos esos seres humanos que son más una parte del paisaje que personas a las que, sólo por serlo, hay que respetar y tratar como iguales.
Lo más curioso de la metedura de pata de Izquierdo es que con ella trataba de reprochar a Gabilondo su preocupación por las cifras de niños en riesgo de pobreza severa y exclusión que organizaciones tan poco sospechosas como Cáritas registran en la Comunidad de Madrid. Fue cuando el consejero Izquierdo, insisto, de Políticas Sociales, espetó al portavoz socialista que, cuando salía a la calle clasificaba a los niños en "pobres y normales", como si la pobreza, en plena crisis aún, que no cotiza en el IBEX, no fuese hoy por hoy, en algunos barrios, más "normal" que lo que el consejero considera normal.
Es terrible que así sea, pero los españoles tenemos, en la desgracia de tener que soportar a personajes como Carlos Izquierdo o Celia Villalobos, la suerte de que, ciegos como topos incapaces de ver más allá de su comodidad y opulencia, se retratan con su bocota inconsciente y egoísta, para que de vez en cuando podemos recordar que no somos como ellos, que, pese a todo, tenemos dignidad y les vamos a exigir una y otra vez que nos traten como merecemos.
Aun así, ya es desgracia que haya aún muchos españoles que traguen con que se nombre vicepresidente económico a un (presunto) delincuente como Rodrigo Rato o a un activo empleado de la banca más especulativa como Luis de Guindos, se envíe a un personaje como Celia Villalobos a la comisión del Pacto de Toledo, que debería defender las pensiones públicas, las más justas y las únicas posibles, cuando lo que propugna en cuanto abre la boca son los planes de pensiones especulativos de la banca, o este nuevo descubrimiento, Carlos Izquierdo, que, siendo el responsable de las políticas sociales del gobierno de Cristina Cifuentes, distingue públicamente entre niños pobres y normales y se queda tan fresco.

jueves, 18 de enero de 2018

EL CALDO VILLALOBOS


Se quiere jubilar a los ochenta y lo entiendo. Yo, con una nómina cercana a los ocho mil euros, también lo querría. Lo malo es que no sé si la vista le dará hasta entonces para el Candy Crush
Lo ha dicho, y se ha quedado tan pancha, en pleno debate social sobre el futuro de las pensiones, un debate que, para unos, conlleva la incógnita sobre cuánto perderán en la suya cuando se jubilen, para otros, lo poco que les cunde la que ya tienen, y para otros, los más jóvenes, si, finalmente llegarán a tener una.
Ha tenido el descaro de decir eso alrededor la comisión del Congreso para el Pacto de Toledo, hoy que en la caja de las pensiones apenas quedan telarañas, y añadiendo una "villalobada" de las suyas, exhortando a esos jóvenes a los que les han robado la tranquilidad y el futuro a ahorrar dos euros al mes, para encontrarse al final de su vida laboral con casi mil euros, la octava parte de lo que ella se "levanta" en un mes. Y no pasó nada. Ni se avergonzó ni se abrió el suelo bajo sus pies, porque está acostumbrada a tener esas ocurrencias de barra de cafetería y hacerlas públicas, dando doctrina, ella que ha estado en los gobiernos del PP o cerca de ellos, ella que está casada con Pedro Arriola, asesor áulico que fue de Aznar, primero, y de Rajoy, después. Ella que, en Málaga, de la que fue alcaldesa es como una reina, campechana como el emérito, encantada de que la reconozcan y de haberse conocido.
Debiera ser más prudente y alguien debería decirle que lo fuese, por ejemplo, Pedro Arriola, aunque éste, ahora que no da una, también se ha perdido más de una vez y más de dos por su boca. El caso es que en este país, en el que tener más de cincuenta años es como una peste que aleja a aquellos que los llevan a cuestas de cualquier posibilidad de ser contratados, un país en el que los más jóvenes sufren la condena de tener que poner copas, servir mesas o repartir pizzas un par de días a la semana que no siempre eligen, por una miseria y gracias, porque así, mal que bien y en casa de sus padres pueden ir tirando, mientras esperan a que cambie el viento de la economía y su futuro deje de ser tan negro y se abra una ventana de esperanza por la que asomarse a una vida parecida a la de sus padres.
Gente sin trabajo o con sueldos de mierda que tendrían que hacerse cargo de dar liquidez al sistema de pensiones, gente que tendría que estar pagando las pensiones de quienes se acaban de jubilar o se van a jubilar, gente que no tiene ni para tabaco o, si lo tiene y se lo gasta en él, es por esa conducta casi suicida que se adueña de quienes ya han perdido la esperanza, aunque no lo sepan.
Por eso indignan tanto las boutades de esta mujer, su facilidad para caer en el odioso recurso de los fondos de pensiones, agujeros en los que los asalariados asustados, temerosos por su futuro, colocan una parte de sus ingresos, poniéndolos en manos de quienes no hacen otra cosa que especular, a veces en contra del futuro de sus mismos depositarios.
Maquinaciones para poner en manos de quienes han sido responsables de la crisis que se ha llevado por delante nuestro bienestar y nuestro futuro lo poco que nos queda de dinero y esperanza. Paridas de quien debería defender lo púbico, entre otras cosas porque lleva décadas viviendo y cómo, y por el contrario nos sugiere que invirtamos nuestras esperanzas en el sector privado. 
La izquierda no es inocente, tiene su parte de culpa en esto que nos ha pasado. Quizá por eso ahora se esfuerza en proponer lo que debería haber defendido hace tiempo, desde siempre, con uñas y dientes: los impuestos, porque, en contra de lo que nos han dicho y ocho, también Felipe González, también Zapatero, los impuestos son el mejor instrumento, si no el único, para redistribuir la riqueza entre los que tienen todos y los que lo necesitan todo.
Por eso me indignan las ocurrencias de esta mujer boquirrota e imprudente que lo mismo nos enseña a ahorrar desde su insultante opulencia que a hacer un caldo con huesos bajo sospecha en plan crisis de las "vacas locas".

miércoles, 17 de enero de 2018

TURISMO


Que los españoles le debemos mucho al turismo no es ningún secreto. Tanto o más que al sacrificio de aquellos emigrantes de maleta de cartón y hatillo, coautores del milagro alemán, que, con sus remesas de dinero, impulsaron junto a las divisas del turismo la economía de un país, el nuestro, que estaba necesitado de cambiar las mulas por el tractor, la bici por la mobilette o el seiscientos y, sobre todo, el "santo" rosario por Camus o las discotecas. 
Nos vino muy bien para dejar el hambre y la incultura, para comprender que el horizonte no acababa en la misa, la familia, el municipio y el sindicato, vertical, por supuesto. Relajamos las costumbres, al menos en las costas, aprendimos idiomas y también a soñar un futuro mejor y más luminoso. Con los turistas vinieron, si no las respuestas, si las preguntas que todos, especialmente los jóvenes, teníamos que hacernos antes o después.
Sin embargo, no todo fue de color de rosa, no nos salió gratis. Perdimos por ejemplo la belleza y el encanto de nuestros pueblos de costa, convertidos en via crucis de bares, terrazas y tiendas de souvenirs, perdimos también las costas y los paisajes, el horizonte, la línea de costa, convertidos en una sucesión de hoteles y edificios de apartamentos que nos privaban a los de tierra adentro del disfrute de la inmensa belleza del mar y a quienes enrojecían su piel en nuestras playas de la imagen real de un país, que nata tenía que ver con los borriquitos con sombrero, las bailaoras flamencas, las paellas y la sangría,.
Así pagamos ese "boum" de los sesenta, pero no acabó ahí la cuenta, porque hoy que España se ha convertido, después de Francia, en el país más visitado del mundo, seguimos pagando una factura injusta y humillante, en la que la precarización del empleo y el encarecimiento del alquiler de la vivienda en el centro de las ciudades que, para su desgracia, por su belleza y sus museos o, peor aún, por sus bares y terrazas, se han convertido en destino preferente de ruidosas y demasiado a menudo incivilizadas peregrinaciones de turistas, arrastrando, para penitencia nuestra, sus maletas con ruedas que no saben de horarios ni de descanso. Y es que quién se resiste a cobrar en te a o cuatroo fines de semana y las más de las veces en negro lo que cobraba a un solo y a veces moroso o exigente inquilino bajo contrato y a la luz. Y qué gonierno se resiste a aumentar la cifra de turistas o minijobs para sus estadísticas.
La cosa empezó bien. Gracias a Internet, alguien ofrecía su vivienda en vacaciones a cambio de otra en otra ciudad atractiva para ese alguien. Economía colaborativa, solidaridad inteligente entre iguales. Pero, con ese inocente juego de intercambio, aparecieron las aplicaciones que facilitaban el trueque y, como en todo, el "negocio" que en principio ni lo era ni debiera serlo, atrajo la atención de la espuma de la crisis, ese dinero desaparecido de nuestra economía, el que nos falta en impuestos para pagar los servicios y los derechos del Estado de Bienestar, convenientemente agrupado en fondos de inversión, compra baratos pisos céntricos, abandonados muchas veces por inquilinos de toda la vida, incapaces de hacer frente a alquileres desorbitados o a la incomodidad de vivir en un barrio sin tiendas, sólo con bares y restaurantes, con ruidosos y vociferantes jovencitos o no tan jovencitos, cargados de alcohol y vete a saber qué más, que hacen imposible ya el sueño de una vida tranquila en una ciudad tranquila, a la medida de sus vecinos.
Eso, por un lado. Por el otro, los abusos y los destrozos por parte de quienes sobreocupan el piso de los abuelos o la vivienda que dejaron vacía para ir al extrarradio, ha llevado a los propietarios a buscar intermediarios, grandes empresas, que explotan a quienes limpian y reparan los destrozos y, con los beneficios, compran bloques enteros o casi completos, en los que los pocos resistentes que aguantan las molestias, sufren un acoso moral y físico que persigue sus rendición para dejar el campo libre a los propietarios del gran negocio en que se han convertido esos desgraciados barrios.
Las ciudades víctimas de esta nueva fiebre del oro se están convirtiendo en escenarios por los que turistas con lo justo arrastran sus maletas y sus resacas, sin que, a cambio, se cree empleo de calidad, empleo capaz de garantizar a camareros, pinches o limpiadores una vida segura y digna que nos compense por haber perdido un paraíso de siglos que se queda sin historia, sin vecinos y sin encanto, sacrificados, a sabiendas de nuestros gobiernos, en aras del dios Turismo.

martes, 16 de enero de 2018

LA IMAGINACIÓN AL PODER


Hubo un tiempo en que todo era más fácil, aunque, paradójicamente, pareciera más difícil. Hubo un tiempo en que un papa, nada menos que todo un papa, podía enfrentarse a la iglesia, de Roma o Aviñón, buscando refugio en el castillo de Peñíscola, frente al mar que aísla, separa y protege, para, allí, resistirse al rumbo que había tomado la iglesia de Roma tras un cónclave tan irregular e improvisado como los plenos del Parlament de Cataluña que llevaron a la etérea república catalana de noviembre. 
Benedicto XIII, un aragonés de nombre Pedro de Luna, se resistió a aquellos tejemanejes que no perseguían otra cosa que nombrar un papa italiano frente a la poderosa Francia, se erigió defensor de la legalidad "institucional" oponiéndose, con su candidato francés, a aquel papa surgido de aquel cónclave romano, celebrado bajo la presión de la turba deseosa de tener un papa de "casa".
Algo parecido, si se contempla en un espejo, a lo ocurrido en Cataluña a lo largo de los últimos meses, aunque con una importante diferencia, la de que, si el legalista y tozudo "papa Luna" se encerró en el castillo de Peñíscola, frente al Mediterráneo, a muchas jornadas de Roma, por tierra o por mar, hasta morir con casi cien años, manteniéndose "en sus trece", sin deponer su actitud, mientras el presidente forzado, que otra cosa no es Carles Puigdemont, ha preferido buscar refugio en un hotel de Bruselas, a poco más de dos horas de Barcelona, desde donde pretende gobernar Cataluña a través de una pantalla, como si de un maquiavélico videojuego se tratase.
Quiero creer que el empecinamiento de Puigdemont, que va más allá, incluso, del de quienes serían sus socios en una improbable investidura, tiene algo de locura, de delirio patriótico, porque, de no ser así, estaríamos ante un personaje al que lo único que mantiene en la fría Bruselas es su irresponsable cobardía, la misma que le impide asumir, como hacen ya muchos de sus compañeros de aventura, asumir que se equivocó, que esperaba no sé qué apatía de lo que llaman Estado o no sé qué ola de afecto y simpatía internacional, capaces de sobreponerse a la legalidad, a todas las reglas del juego democrático que son las que impiden o atemperan los excesos de una masa, una mayoría, hábilmente conducida y publicitada.
Espero que la aburrida Bruselas, su frío, sus mejillones con patatas, su eterno chocolate, acaben por convencer a Puigdemont de que todo esto es una aventura imposible, una historia sin final feliz que ha causado ya demasiado daño. Espero que el dinero o la paciencia de quienes le mantienen allí, al amparo de un partido de la extrema derecha racista belga, no duren un siglo. Sería demasiado duro para todos: para él, condenado a pasear y dar entrevistas o sectarias ruedas de prensa, convertido en una atracción turística, con ruta propia, tan buscado por los turistas como el manneken piss, aburrido, con demasiado tiempo para ocurrencias y lejos de las realidades catalana y española, sin posibilidad de construir un relato creíble o, cuando menos, un relato que no pase, en primer lugar, por afianzar para sí un futuro con garantías, aunque haya de ser al margen de la justicia, tanto la de los códigos como la que se convierte en afrenta al comparar su situación con la de sus compañeros encarcelados.
Sin embargo, lo sé, eso es mucho pedir, porque en los ámbitos en que se ha movido, en su partido, el de los mil nombres, no se lleva la realidad, porque lo que se lleva es la verdad acomodada, lo que se lleva son las soluciones imaginativas. Y en eso están, en buscar una manera, quizá mediante la transmutación de la carne para estar sin estar, acudir sin ir, chascar los dedos y aparecer en el salón de plenos del Parlament, sin pisar territorio español, para, allí, jurar su cargo a través del éter "por imperativo legal y prometiendo actuar con plena fidelidad a la voluntad del pueblo".
De hecho, cuando esto escribo, el fugado acaba de jurar la Constitución bajo esa fórmula. Nada que no hubiésemos oído ya. Ahora, le supongo dándole al magín para encontrar el modo de ser investido y así ganar tiempo frente a los jueces. Algo parecido a lo que ha hecho su antiguo presidente, Artur Mas, que se permite hablar del caso Palau, que le estalló bajo los pies, como si, después de tantos años, él nunca hubiera estado allí. En fin, la imaginación al poder.

viernes, 12 de enero de 2018

PABLO IGLESIAS NO APARECE


Dicen que, así como el éxito tiene muchos padres, el fracaso es huérfano, algo que estamos comprobando en ese escenario de tragedia griega en que se ha convertido Podemos, el partido o lo que sea, que hace apenas cuatro años vino a llenar de esperanza y de respuestas a la "spanish revolution" del 15-M y que hoy ni siquiera muchos de sus votantes somos capaces de reconocer.
Yo, votante siempre de la izquierda, desde el PCE hasta el PSOE de Zapatero contra la guerra, caí en los brazos de Podemos tras el fracaso y posterior decepción del entonces ilusionante Alberto Garzón. Y eso, a pesar de la desconfianza y el rechazo que producían en mí las maneras de un personaje como Pablo Iglesias, demasiado parecido a todos esos "popes" con los que me he cruzado en mi vida.
Sin embargo, confieso que Iglesias, con su divismo, con su caudillismo, emboscado en unos modos presuntamente democráticos que no han sido sino la coartada para pastorear a las bases del partido hacia el redil de sus deseos, las más de las veces equivocados y alejados de las aspiraciones de toda esa gente que también vota y a la que ha conseguido asustar.
Si he de ser sincero, después de estos años, especialmente desde que, soñando en que era posible una España progresista, le di mi voto en las últimas generales, no soy capaz de recordar nada constructivo en su trayectoria, nada, ningún avance, que no haya acabado en disputas con quienes deberían ser sus socios naturales, cuando no en guerras abiertas entre sus propias bases.
El Iglesias que ahora se esconde hace tiempo que perdió el contacto con la realidad, no ha sido capaz de darse cuenta de que algunos coqueteos y algunas fobias no conducen a nada bueno. Con su política o, mejor dicho, con su discurso, ha pretendido contentar a todos, unas veces, y, otras, castigarlos, como si de un ángel exterminador se tratara, especialmente a quienes debería tener más cerca, porque, para alcanzar realmente el gobierno, la capacidad transformadora que da el gobierno los necesita a su lado y no enfrente.
Lo único que tengo claro es que Iglesias, ebrio de aquel éxito inesperado de los primeros tiempos, aquellos tiempos en que cosechó el apoyo de los huérfanos de la izquierda, con todo su deseo de dejar a un lado sus frustraciones, con todo el cansancio acumulado después de años en que los partidos dejaron de ser útiles para la gente, convertidos en ministerios u oficinas de colocación para cuadros y amigos. Lo único que tengo claro es que, en su lucha por alcanzar el poder, ha escogido mal los aliados y los enemigos, ha hecho más caso a las estadísticas que a la ética y, como todos, por qué no decirlo, ha gastado sus energías en combatir a sus iguales, a los que ha visto sólo como rivales y nunca como aliados necesarios.
Eso, sin entrar en la esquizofrenia que se apoderó de Iglesias a propósito del procés, esquizofrenia que le llevó a regar jardines ajenos sin cuidar las flores que se marchitaban en el suyo, sin pensar en que el abono esparcido allí era veneno en el de aquí. Aun así, lo más grave ha sido el estalinismo puro y duro con el que se ha conducido en el partido de puertas para adentro.
Que a Iglesias no le gusta que le hagan sombra no es ningún secreto. En pocos partidos como en el suyo, se han dado tantas defenestraciones y purgas, pocos líderes han podado las ramas que crecían en el tronco con la saña de mal jardinero con que él lo ha hecho. A pocos líderes les solivianta como a él lo que no controla. Pocos han callado tantas voces distintas, no disonantes, para quedarse sólo con las que controla o le imitan.
El camino transitado por Iglesias está sembrado de cadáveres de amigos, de errejones que dejaron de ser útiles o dóciles, que fueron sustituidos por gente más leal y más gris, por una guardia de corps acrítica. Al rey no le gusta que le lleven la contraria o le critiquen. Por eso, cuando se puso su traje nuevo para asomarse al escenario catalán, nadie se atrevió ya a decirle que iba desnudo. Por eso fracasó tan estrepitosamente y, por eso, ya no tiene a nadie a quien ofrecer en sacrificio para tranquilizar a los dioses. Ahora el problema, el fracaso, es suyo y sólo suyo. Por eso nadie sabe dónde está por eso ya no se le oye, por eso no aparece.

jueves, 11 de enero de 2018

EL JUEGO DE PUIGDEMONT


Si no fuese por la tragedia que supone que un territorio como Cataluña lleve casi dos años y medio sin ocuparse de sus problemas, ensimismado, ensimismados sus dirigentes, por el que parece ser, por el que esos dirigentes han decidido que sea su único problema. Cerca de dos años y medio, desde septiembre de 2015, si somos generosos y consideramos que la anterior legislatura, la de los recortes, que presidió el dos veces dimitido Artur Mas, de la que sólo supo salir envuelto en una bandera a la que, hasta ese momento, apenas había hecho caso.
Dos años y medio, si no más, en los que los catalanes han sido rehenes, algunos con gusto, de sus gobernantes, empeñados en la aviesa estratega de ocultar los márgenes del camino, como se les oculta a las caballerías con las orejeras, para mostrarles. únicamente, una meta cada vez más irreal y lejana. Dos años y medio de los que los ciudadanos difícilmente recordarán nada distinto de lo que han venido en llamar "el procés", a pesar de que, ellos sí, han tenido que trabajar, los que han tenido esa suerte, han tenido que estudiar, que examinarse, se han puesto enfermos, han nacido y han muerto, sin que, por lo que parece, a su gobierno le haya interesado lo más mínimo.
Dos años y medio de un juego, el de Artur Mas, basado en la huida hacia adelante, un juego en el que el malestar de la calle y las citas por corrupción en los tribunales eran la casilla de salida. Un juego en el que el uso y abuso de los sentimientos y los medios de comunicación, la falta de respeto por la verdad y el desprecio por los desafectos se han convertido en las perversas reglas del juego.
Mas, muy a su pesar, fue la primera víctima de ese juego, porque en aquellas elecciones, las de septiembre de 2015, no alcanzó su propósito de alcanzar, ni siquiera en alianza con sus hasta entonces rivales de Esquerra Republicana, la mayoría que le permitiese llevar a Cataluña hacia la independencia soñada por muchos y necesaria como salvavidas para él y la cúpula de su corrupto partido.
Dos años y medio en los que paradójicamente la izquierda desbocada encarnada por la CUP pasó a ser el socio imprescindible para formar un gobierno imposible, en el que el único objetivo en común fue la imposición de la independencia a una ciudadanía que, en las urnas, entonces y hace apenas un mes, ha dicho que no quiere o, cuando menos, que no le es imprescindible. Dos años y medio a los que tuvo que asistir como espectador, manejando algún hilo entre bambalinas al principio, porque la CUP vendió caro su apoyo y se cobró como primera pieza su cabeza.
Dos años y medio en los que su partido, Convergencia, refundada por necesidades del guion judicial en el PDECat, se convirtió en una jaula de grillos en el que el núcleo burgués del catalanismo se vio rebasado por una nueva generación de personajes que, como el alcalde de Girona, Carles Puigdemont, habían venido a comerse su parte del pastel.
El resto es historia reciente, historia de una improvisación, en la que, al abrigo de la fuerza de la militancia de ERC y las entidades ciudadanas, las de "los jordis", el president tolerado, si no impuesto, por la CUP, no hizo otra cosa que improvisar, para ponerse a salvo una y otra vez de los embates del día a día. Dos años y medio en los que Puigdemont ha demostrado que lo suyo es maquillar la realidad con largas cambiadas huyendo de las críticas y de los escenarios escenario incómodos con un muletazo de fantasía que arrastra a amigos y adversarios a un escenario nuevo que sólo el maneja, si es que realmente lo maneja.
Dos años en los que ha demostrado que lo suyo no es enfrentarse a la realidad sino transformarlas, dos años en los que ha dejado claro que la firmeza y el coraje no son lo suyo. Por eso convocó un referéndum tan imposible como el del 1 de octubre, que la torpeza de Zoido convirtió en su mejor baza. Por eso llevó a Cataluña el pasado noviembre a su fugaz independencia, a sabiendas de que era inviable, para no tener que enfrentarse a las críticas de personajes como Gabriel Rufián, el de las ciento cincuenta y cinco monedas de plata. Por eso puso pies en polvorosa en cuanto tuvo que responder a la justicia, por eso acabó en Bruselas, primero invocando el amparo de la UE, para luego repudiarla,
Sin embargo, otra vez la torpe firmeza del gobierno de España, que mandó como su cruzado al fiscal general, que, con la ayuda de una juez vehemente de la Audiencia Nacional, justificó su huida y reforzó su imagen de mártir en el exilio.
Ahora, después de unas elecciones en las que los escaños, que no los votos, le permiten formar gobierno, quiere ser investido presidente sin pisar suelo español, porque pisarlo le llevaría a la cárcel. Es su juego, valerse de todo y de todos, para ponerse a salvo, a costa de lo que sea. Es difícil imaginar, al menos para mí, que España, un país de la UE, encarcele por mucho tiempo a quien podría ser investido presidente de una comunidad autónoma, pero Puigdemont, por si acaso no quiere comprobarlo. Ver los toros desde la barrera, ese es su juego.

miércoles, 10 de enero de 2018

TERRENO MINADO


La soledad es mala consejera. Ed lo primero en lo que se piensa cuando alguien lo está pasando mal: en no dejarle solo. La posibilidad de que se haga daño o de que haga daño a los demás es grande. Por eso no se es bueno dejar solos a quienes han caído. La desesperación puede llevarle a revolverse sin importarle las consecuencias para sí o para quienes considere que debieran estar a su lado.
Eso, que ocurre casi siempre, se agudiza cuando el que se queda solo tiene ante sí un panorama, más que oscuro, negro y, además, nunca ha dado muestras de ser buena persona. Estoy hablando, sí, de Rodrigo Rato, que ayer dio toda una lección de que morir matando es las más de las veces el único consuelo del ídolo caído por tener, no los pies de barro, sino podridos.
Rato ha tenido tiempo todos estos meses, desde aquella dura sobremesa en la que fue detenido ante sus hijos y sus vecinos, para organizar sus recuerdos, para difuminar sus culpas y resaltar las ajenas, para reescribir la historia de su infame paso por Bankia y, sobre todo, para alimentar su amargura y el peor de los rencores contra quienes consideraba hasta hace dos años, si no sus cómplices, sí sus amigos.
Las cinco horas que estuvo sentado ante la comisión que, con demasiado retraso, estudia el saqueo de Bankia, sirvieron a Rodrigo Rato, no para defenderse, porque difícil lo tiene, sino para arrastrar, o para intentar arrastrar al menos, al gobierno del partido del que formó parte treinta años al pozo negro en el que se encuentra, con cuatro años de condena firme a sus espaldas y bastantes más pendientes de juicio.
Su desprecio a los diputados que hace años hubiesen compartido con él hemiciclo y pasillos, sus recados, sus veladas amenazas y sus acusaciones a ministros que trabajaron con él o para él en el gobierno y el partido, ayudaron a pintar el verdadero retrato de quien pudo llegar a serlo todo y se ha quedado en menos que nada, el retrato de un tipo altivo y rencoroso al que, hasta hace dos o tres años, el poder ayudaba a protegerse de sí mismo, de sus dejes de matón, de sus tics autoritarios y, sobre todo, de su soberbia y su mala educación.
Ayer se encargó de culpar de sus males y los de tantas familias arruinadas durante su gestión a Luis de Guindos, el mismo que otrora fuera su delfín, junto a Montoro, que tampoco salió indemne de salpicaduras. Una actitud fea y desleal, aunque no exenta de razón, de quien sorprendentemente, renunció, nunca sabremos por qué, a la cúspide de la economía mundial, que, si este país fuera otro, traería consecuencias para quienes revelaron secretos del Consejo de ministros o se pronunciaron con imprudencia o quién sabe si con malicia especuladora sobre la crisis cuando ésta aún estaba en pañales y los buitres del mercado esperaban cualquier señal para caer sobre la banca española y, con ello, sobre nuestros ahorros y nuestro futuro 
Rato, como digo, decidió ayer morir matando, poniendo en evidencia a quienes le habían abandonado y, a sus ojos, habían cometido el pecado de perseguir sus tropelías, y lo hizo sin saber que apenas unas horas después se sabría que otro villano, Francisco Correa, seguiría su mismo camino, revelando el mecanismo de financiación del Partido Popular a través de sus empresas en Valencia. Mal asunto para un partido al que, ya, ni siquiera le quedará el consuelo de salir absuelto de las urnas, porque sus votantes han encontrado ya el recambio que, poniendo a salvo su cartera, al menos eso creen, mitigue el escozor de su conciencia.
El PP se ha comportado con la misma soberbia que se comportó ayer Rato, se ha movido con igual desprecio por los demás y por lo que es de los demás, y, como él, se ha creído por encima del bien y del mal. Ahora, después de haber dejado, metafóricamente hablando, tantos cadáveres a su espalda, todos y cada uno de los rencores y los resentimientos que ha ido sembrando le estallan a las puertas de los tribunales por los que ha de pasar y no sería de extrañar, aunque "cosas veredes, amigo Sancho”, que su tránsito por este terreno minado le lleve al desastre en las elecciones municipales y autonómicas que, como quien dice, están a la vuelta de la esquina.

martes, 9 de enero de 2018

SEVILLA TIENE UN COLOR ESPECIAL

Gregorio Serrano, director general de Tráfico, quería a toda costa un piso cómodo y digno de su cargo en Madrid y, no sin cierto escándalo, lo consiguió, pero el calor de la familia y el de su tierra, claro, tiran mucho y, con un AVE, capricho de los socialistas, decían, que les lleva en poco más de dos horas en Sevilla, quién se resiste y más en fechas como estas a pasar unos días en una ciudad como esa, más, siendo vecino.
Además, este fin de semana era el de Reyes y la fiesta de Reyes, con su cabalgata, que presume de ser la primera de España., es algo muy especial, muy grande se dice por allí, en Sevilla. Es verdad que ese fin de semana coincidía con la "operación retorno" de las vacaciones navideñas y que iban a ser decenas de miles los ciudadanos, niños incluidos, que regresarían a sus puestos de trabajo, a sus clases, a sus colegios o simplemente a sus casas y no en avión, en AVE o en helicóptero, sino en su coche, utilizando la red de autopistas, que, con peaje o sin peaje, rodean las grandes ciudades.
Se supone que las llamadas operaciones salida y retorno de las vacaciones son, o debieran ser, para un director general de Tráfico, tan importantes como unas maniobras para los generales y almirantes.
Creo, sin temor a equivocarme, que nadie se imagina a cualquiera de estos militares, responsables de sus unidades, siguiendo esas maniobras desde el salón de su casa, por más pendiente que esté del teléfono o el ordenador para recibir noticias y tomar decisiones. Sin embargo, es posible que alguno haya que se pase su responsabilidad y las obligaciones que conlleva por el arco iluminado de la portada de la Feria de Sevilla.
Es posible y alguno habrá. Personajes como Gregorio Serrano o el ministro que le nombró, que ignoran que el poder que el Estado pone en sus manos no se le otorga para tener pisos dignos, ni escoltas, ni habitaciones de hotel, billetes de avión o AVE o visas oro. Se les da ese poder para que lo pongan al servicio de los ciudadanos, de cualquier ciudadano, votante o no de su partido, para, en la medida de lo posible, proporcionarles bienestar y felicidad y, siempre, para evitarles riesgos y sufrimiento.
Por eso es intolerable ver a niños y ancianos, ateridos de frío, atrapados en medio de una autopista porque los ministros responsables, el de Interior y el de Fomento, no han tomado las decisiones adecuadas, eso que un más que sobrado Zoido, dijo de quienes cayeron en la trampa de las concesionarias que optaron por "hacer caja", manteniendo los peajes abiertos, a pesar de que la cosa pintaba muy mal y estaba claro que lo que la gente estaba pagando era una estancia, no en un hotel medianamente cómodo, sino en una ratonera.
Tiene razón el ministro zafio, perdón, Zoido, en acusar a los conductores atrapados de tomar malas decisiones: la primera, fiarse de la DGT que, desde las seis de la tarde del sábado dejó de informar de lo que estaba pasando o podía pasar, tanto en sus carísimos paneles informativos, como desde su departamento de comunicación, que, de repente, se quedó mudo y dejó de atender a las emisoras de radio, el mejor, si no el único, canal de información para quien conduce un coche. Tiene razón el ministro sevillano, que estaba a resguardo y calentito en el palco del estadio del Sevilla, porque la peor de las decisiones fue la de fiarse de que al frente de las carreteras y la Guardia Civil de Tráfico había personas responsables, dispuestas a renunciar a la calidez del hogar, la familia o los amigos, para atender a las necesidades y las urgencias de quienes pagan su sueldo. Se equivocaron en eso y en creer en la buena fe de las concesionarias de un servicio público que prefirió cobrar a sus usuarios confiando en no sé qué milagro "mariano" hiciese lucir el sol a media noche para fundir la nieve que ya se acumulaba en el firme.
Fueron malas decisiones. No las de Zoido o las de su amigo Serrano, otro mérito no se le conoce para el cargo, que hoy mismo insistía con el peor de los gustos en que en su casa había buena cobertura, no sé yo si en su cabeza, pero habrá que perdonárselo, porque en Madrid hacía frío y había un trabajo que hacer y, claro, Sevilla tiene un color especial.

lunes, 8 de enero de 2018

CATALUÑA ¿CAPITAL BRUSELAS?


Los catalanes, sin ser conscientes de ello van camino de correr la misma suerte que los españoles de los que se quieren divorciar- Lo digo porque llevan meses, años, instalados en las consecuencias del inmovilismo de sus dirigentes que, como Rajoy, al que necesitan tanto como él les necesita a ellos, han reducido toda su actividad a un único asunto, Cataluña, no los catalanes, que les sirve de coartada para no hacer, para no decidir, Cataluña, así en abstracto y nada más.
Ambos, Rajoy y sus ministros, y Puigdemont y sus consellers, disponen, eso sí, de amplios equipos de guionistas, dignos del mismísimo Trump, dispuestos a maquillar la realidad para transformar todos los padecimientos y carencias de los ciudadanos a los que gobiernan, o debieran gobernar, en las correspondientes "posverdades", algo así como las vidas de santos t mártires que un joven Cándido escribió para el abad del Valle de los Caídos, a mayor gloria de la tan ignominiosamente llamada "cruzada" lo que padecen.
Las exageraciones, las declaraciones y sus contradeclaraciones, las propuestas descabelladas, a todas luces de imposible cumplimiento, las sutiles, o no tan sutiles. amenazas, el desprecio por las normas y leyes, con sus consiguientes movimientos judiciales, las banderas por aquí, las banderas por allá, los castellers, los sonrojantes energúmenos del "a por ellos", las canciones que se vuelven himnos, muchas veces a su pesar, los himnos que lo son y ya lo era, todos esos paraísos artificiales, en fin, que, como la morfina  en el cerebro, suplantan a las endorfinas en la debilitada conciencia de los ciudadanos, tan cansados ya, nublando su percepción de la realidad y, con ello, su juicio.
Sorprendente todo ello más si pensamos que, hace sólo unos meses, teníamos a los catalanes como paradigma de la sensatez y como ejemplo de la gente siempre dispuesta a negociar. No me cabe duda de que todos los demonios desatados en (el resto) del Estado han contribuido a la desestabilización de tan serenas conciencias. No me sorprendo de que las desproporcionadas cargas policiales del día uno de octubre, convenientemente exageradas, ordenadas por el mismo ministro que condenó hace dos días a miles de ciudadanos a penar más de veinte horas, atrapados en sus coches en medio de la nieve, porque "estaba al mando", atrapado en el palco del Sevilla-Betis. Un ministro que, con su probada torpeza, dio a los independentistas la proyección internacional que los esfuerzos de decenas de "embajadas" creadas por Raúl Romeva a golpe de presupuestos. Un ministro que volvió los ojos del mundo hacia Cataluña, insuflando a Puigdemont y los suyos, el aliento que ya estaban perdiendo. Unos y otros se necesitan, porque a Rajoy y los suyos les encanta que en las encuestas del CIS el "problema" catalán escale puestos, desplazando al paro, la carestía de la vida y la vivienda, los sueldos bajos o el temor por las pensiones, o porque a los catalanes parece importarles más la dieta de mejillones y bombones de Puigdemont que la suya propia.
A veces pienso que los españoles y los catalanes, hablando en general y de los que se colocan en el extremo estereotipado que odian los unos de los otros, que son un poco como los clientes de Apple, los usuarios de los iPhone, los iPads y todos los dispositivos con una "i" en un nombre, que, llevados por la fe del carbonero, pagan más por aparatos que no siempre son mejores y sí mucho más caros. Todo un sinsentido que puede llevar a otra legislatura de parálisis en la resolución de lo inmediato a cambio del nirvana de sentirse distintos, de ser una república independiente con los mismos problemas de siempre, agravados quizá, una nueva Cataluña, con la capital en Bruselas.
Ah, se me olvidaba, perdón por , un mes después, tener que seguir con lo mismo.