miércoles, 2 de septiembre de 2015

PARA LO QUE LES QUEDA EN EL CONVENTO...


Cuando se vaya esta gente, si es que, finalmente, en un momento de lucidez hacemos que se vayan, nos encontraremos un escenario parecido al de la mañana siguiente a esas fiestas en las que el  no siempre feliz anfitrión asiste horrorizado, en medio de la resaca, al destrozo, cuando no al saqueo de la vivienda que han perpetrado unos invitados indeseables y abusones que se o han bebido todo, han vomitado en los rincones y han teñido alfombras y tapicerías con el color de sus torpezas.
Un escenario, éste, muy parecido al que promete el viejo refrán que, como una amenaza, afirma "para lo que me queda en el convento, me cago dentro", que es lo que parecen haber decidido dejarnos por herencia quienes nos gobiernan desde hace cuatro años cuando tengan que marcharse, más o menos maltrechos tras las próximas elecciones generales.
Estos "señores" del  Gobierno parecen dispuestos a arrancar el papel de las paredes de la casa común y pintarlas del color de sus miserias, transformando leyes y reglamentos a su conveniencia, aún a sabiendas de que todas esas barbaridades van a durar poco más de lo que duren ellos en el convento. Lo han hecho con la reforma educativa, con la laboral, con tantas y tantas leyes, burdas e injustas que han sacado adelante sin el más mínimo consenso y, las más de las veces, con nocturnidad y alevosía.
Ayer, volvieron a hacerlo. Y lo hicieron de forma atropellada, casi casi descoordinada, como si, en ausencia de Mariano Rajoy, de viaje en Alemania para recibir los parabienes de su guía espiritual, la todopoderosa Angela Merkel, el polémico ex alcalde de Badalona, Xavier García Albiol, candidato popular a las catalanas, hubiese tomado las riendas del partido, con la misma prepotencia que quiso barrer de (inmigrantes) indeseables las calles de su municipio, dando lugar a un espectáculo insólito y, cuando menos, sonrojante.
Un espectáculo sonrojante porque no puede ser calificado de otro modo el hecho de que un "extraño" al parlamento, porque García Albiol no es ni tiene previsto ser diputado, se encargue de presentar, al menos mediáticamente, un proyecto de ley tan desasosegante como el de ayer, con el que se pretende dotar de capacidad sancionadora al Tribunal Constitucional, con la aparente y única finalidad de castigar a un hipotético Artur Mas que, renovado en la presidencia de Cataluña con la victoria de su lista Junts pel si, osase dar los primeros pasos hacia la proclamación de la independencia de Cataluña.
He escrito aparente y lo he hecho porque soy de los que cree que Mas no saldrá victorioso de este último envite y porque soy también de los que cree que el único fin que persigue el PP con tamaño despropósito es el de agitar el avispero catalán a la búsqueda del voto más montaraz y del miedo, una vez que la desaparición del terrorismo etarra le ha dejado sin argumentos en ese flanco.
Y lo ha hecho sin pensar, una vez más sin pensar, que, con esta reforma hecha a la medida de dotarse de capacidad de castigo inmediato a Aryur Mas, está reforzando el liderazgo del líder de Convergencia ya sin Unión, ahora en horas bajas a causa de las evidencias de corrupción y financiación ilegal de su partido. Lo ha hecho sin pensar en las consecuencias o, por el contrario, midiéndolas cuidadosamente y a sabiendas de que un Artur Mas reforzado y amenazante llevará al redil del miedo a centenares de miles de votantes en la generales.
De modo que acabo desmontando el titular de esta entrada, porque esta torpe reforma del Tribunal Constitucional que difícilmente pasaría el filtro del organismo al que va destinada no es sino una "cagada", eso sí, sacada de la chistera como un conejo, con el único fin de convertirse en guardianes de las esencias y barrenderos de esa turbia idea de España que, pese a muchos españoles, les mantiene.

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