miércoles, 25 de junio de 2014

LA RESPUESTA


La pregunta que todo el mundo se hace estos días es la de por qué el Gobierno se está dando tanta prisa en aforar al rey abdicado para siempre y en todo, en lo que tiene que ver con el ejercicio de su anterior cargo y en lo que haya dicho o haya hecho y diga o haga ahora o en el futuro. Pues bien, creo que la cosa está clara: para que Juan Carlos de Borbón no tenga que pasar por esto por lo que está pasando su hija.
El fuero del rey se decidió hace casi cuatro décadas, en un momento en el que difícilmente eran imaginables una judicatura sin castas o unos medios de comunicación no controlados, pero hoy, aunque no siempre, está ampliamente superado. Nuevas generaciones de jueces, procedentes de todos los estamentos sociales, y nuevas formas de comunicación han dejado obsoletos el respeto y el temor incondicionales a la figura del rey.
Quién puede creer a pies juntillas en la inocencia absoluta del rey, cuando ha gozado de una vida, no ya privada, sino secreta, que le ha permitido, entrar y salir, comprar y vender o amar y desamar, al margen del conocimiento si no de la justicia, sí del propio Gobierno. Tengo la impresión de que viajes del rey, que no acabaron en rotura de cadera como el de Botswana, ha habido muchos y que nunca sabremos qué hacía y con quién en esos viajes.
Es muy posible que, al contrario de lo que yo pensaba en un principio, puesto que creí que el rey abdicado seguiría en el trono hasta que concluyese el juicio por el caso Noos para proteger a su hijo. Hoy creo que, si se ha ido, ha sido para proteger a la misma corona que, con Felipe VI, llega al posible juicio oral sin que, al menos particularizado en el monarca, exista responsabilidad alguna que en el caso de Juan Carlos sí existía, al menos por no haber impedido los desvaríos de su yerno y su hija o por no haber tomado a tiempo las medidas correctoras que cabía esperar. Y, desde luego, no es lo mismo, habiendo sido rey verse sometido a la instrucción de un juez nacido en un barrio obrero de Madrid, Bilbao o Cádiz que verse escrutado por magistrados del Supremo con pedigrí y contacto con el poder establecido.
No son las mismas las obligaciones morales que tiene un padre para un hijo que las que tiene un hermano para una hermana. Además, aunque ahora la ley diga otra cosa el jefe de la familia real española ha sido, y creo que lo seguirá siendo, Juan Carlos de Borbón y, por tanto, el actual rey quedaría al margen de toda posible responsabilidad.
Ahora sólo espero que la Casa Real no se inmiscuya en el procedimiento abierto contra la infanta y su marido por el caso Noos. Espero que sus responsables sean más hábiles y prudentes de lo que lo fue durante los últimos meses del reinado de Juan Carlos, espero que ni el Gobierno ni los responsables del Poder Judicial o la Fiscalía ni, mucho menos, el Gobierno interfieran en el que debería ser normal desarrollo del procedimiento y que, de una vez por todas y sin excepciones, se cumpla la máxima que, no sé con qué grado de sinceridad, hizo suya Juan Carlos hace año y medio, esa de que "todos somos iguales ante la ley". Espero que, cuando la sociedad pide a votos, una regeneración de las instituciones y una renovación de esos rostros demasiado conocidos ya y de esos culos encallecidos de haberse sentado durante décadas en las mismas poltronas del poder, la justicia no nos defraude una vez más.
Con la noticia de hoy, la de que un juez decide sentar, queda por saber si lo consigue, a la hermana del rey en el banquillo, se iluminan, y no sabéis como, las oscuras razones no explicitadas aún para este aforamiento exprés del rey, porque lo dicho hasta ahora no son más que argumentos peregrinos, gilipolleces, que van desde el realismo mágico al sentimentalismo romántico, para no dar la respuesta correcta, la que estamos esperando, para no decir que es precisamente esto, lo que acaba de pasar, lo que tratan de evitar al viejo monarca.



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