De todo lo que he escuchado a lo largo de mis años en el periodismo activo, me quedo con una frase del que fuera secretario general de Comisiones Obreras, Antonio Gutiérrez, a propósito de algunas opiniones que su predecesor en el cargo, Marcelino Camacho, vertía en sus últimos años, algunas desde su tribuna en ABC. Dijo Gutiérrez, y he hecho de ella una de mis frases favoritas, que "no se puede pretender tener razón por haberla tenido", una frase que coloco junto a un sabio consejo que hoy de uno de esos hombres sabios, sin fama y sin estudios, trabajador manual, que regalaba sus reflexiones a quien quisiera oírlas y que en una ocasión me dijo "Javier, teme a los viejos, porque no tienen futuro".
Una y otra frase me vinieron ayer al pensamiento cuando, en una
entrevista que no llegó a interesarme del todo, más por la entrevistadora que
por el entrevistado, tuve que dar por dicho que Felipe González apoya una
hipotética coalición, ente PP y PSOE, para gobernar España, aunque la
entrevistadora, una vez que obtuvo el titular, nos privó de conocer las
justificaciones y matices que perecía querer introducir González.
Esa manera de entrevistar, atosigando al entrevistado, no es
sino una especie de híbrido entre la entrevista propiamente dicha y la
tertulia, sin apenas tiempo para la reflexión y el matiz, a mayor gloria de
quien juega en casa y es, a la vez juez, parte y administrador de los tiempos. He
de añadir en este punto que yo, que he respetado y admirado a Felipe González,
le estoy perdiendo el respeto y, en gran parte, la admiración que le he tenido
porque está claro que hace tiempo que no pisa la calle, porque hace tiempo que
no se mide con la gente de verdad, hace tiempo que ya no alimenta su
pensamiento más allá de hacerlo en selectas sobremesas o sesudos debates
organizados por fundaciones de aquí y de allá, patrocinados por grandes
empresas, a ser posible poderosas multinacionales, desconectadas de la realidad
que vive la gente.
Que Felipe González se muestre predispuesto a esa coalición,
en absoluto grande como la han bautizado, porque grande sería si fuese algo más
que el club de defensa del bipartidismo que nos ha traído a donde estamos, pero
ni lo es ni lo será si se constituye sólo con los dos grandes partidos y más
ahora que ven en peligro su hegemonía, que, dentro de su mundo teórico, vea en
ella una resurrección, tan hipotética como su mundo, de aquel consenso que una
vez sirvió para este país no me extraña. Sin embargo, me indigna que, ahora
que, desterrado el comunismo y el socialismo de la faz de la Tierra, han
resucitado a los parias que los justificaban, Felipe González y no sé cuántos
opinadores más pretendan envolvernos en un enorme pañal de falso consenso para
que, a la sociedad, no se le escapen las caquitas.
Felipe González no sabe, mejor dicho, lo sabe, pero no le
importa, porque lo dijo, que no se den comidas en los colegios. Felipe González
no sabe o no quiere saber que la mitad de los jóvenes que nacieron bajo sus
gobiernos no encuentran trabajo y que, a los que trabajan, el salario que
reciben no les permite tener proyecto de vida alguno. Por eso se atreve a
justificar -anoche no nos dejaron saber en qué circunstancias por qué- esa
monstruosa coalición que acabaría alejando a los ciudadanos definitivamente de
las urnas.
Felipe González, en la soberbia de su torre de marfil, no
parece darse cuenta de que para su partido, que espero que aún sea el PSOE,
después de un engendro como ese, no existe el futuro, entre otras cosas, porque
sería la confirmación de eso que muchos, entre ellos yo, nos negábamos a
admitir: que PSOE y PP son lo mismo.
No me imagino con qué cara y, sobre todo, con qué mensaje
podría un candidato del PSOE volver a pedir el voto a los ciudadanos. Felipe
González, como el jovencito Dr. Frankenstein de la película de Mel Brooks,
pretende crear un ser perfecto a base de desechos de probados delincuentes, que
es lo que parece quedar en uno y otro partido y difícilmente lo va a
conseguir, por más que los grandes empresarios, su Igor de andar ppor casa, estén deseando que ese monstruo
cobre vida, en un entorno de imposible paz social. Y es que el viejecito Frankenstein
no sabe que, encerrado en su castillo, está jugando a ser dios y no parece
darse cuenta de que la principal víctima de su delirio va a ser, y os aseguro
que ya no me importa, su propio partido que, como el Pasok griego, pasará a
mejor vida. Lo único bueno del experimento es que, a la vista del
desprecio para los ciudadanos que supondría, quizá resucitaría la izquierda, la
verdadera izquierda. De momento, a Rubalcaba ya le han pitado los oídos
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1 comentario:
Creía que era el único que pensaba que Ana Pastor es una malísima periodista.
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