jueves, 4 de febrero de 2016

CAPILARIDAD


Quién no recuerda de sus tiempos del colegio, ya en o la facultad, la mágica sorpresa del fenómeno de la capilaridad, ese juego de presiones que hace que los líquidos asciendan dentro de los tubos de pequeña sección, ese milagro que hace que, por ejemplo, la sangre llegue a todos y cada uno de los rincones de nuestro cuerpo llevando el alimento vital hasta todos y cada uno de nuestros cabellos, de los que toma el nombre el fenómeno.
También recordamos, a mí me pasa, aquellas lecciones de biología, en mi caso, a primera hora de la tarde, en plena sobremesa, cuando lo lógico era estar echando la siesta, perdido en medio del sopor en las páginas del Salustio Alvarado, buceando en el mecanismo por el que los vegetales, especialmente los árboles, toman su alimentos, los nutrientes que necesitan de las sales disueltas en el suelo a través de las raíces desde donde, por capilaridad, ascienden silenciosa y quedamente hasta las ramas y las hojas, donde la luz del sol y el anhídrido carbónico presente en el aire se transforman en vida que da vida, convirtiendo eso, minerales, agua y un gas, en alimento para la propia planta y para los animales que se alimentan de ella.
Sólo cuando se rompe una de esas ramas, cuando se corta una flor o una hoja, se nos hace evidente el milagro, cuando somos conscientes de los jugos que ascienden desde el suelo a la copa del árbol, a las yemas, las hojas o las flores. Y eso es precisamente lo que acaban de hacer la Guardia Civil y un juzgado de Valencia, cortar una de las ramas del PP, la del ayuntamiento y la diputación de Valencia para que podemos ver, para que seamos conscientes, del mecanismo por el que el PP, el partido que, con Rajoy al frente, ha gobernado España estos cuatro últimos años y otros siete con Aznar, se hacía más fuerte que el resto, convirtiéndose en una máquina de ganar elecciones... por capilaridad.
Por capilaridad, las raíces extendidas como tentáculos en muchos ayuntamientos se hacían con parte del alimento disuelto en los presupuestos que aprobaban y administraban. Por capilaridad esa savia ascendía de la concejalía, el ayuntamiento o la diputación correspondientes hasta el tronco del partido y sus diferentes romas. Por capilaridad llegaba a las sedes provinciales, a las regionales y a la sede nacional, hermosa y llamativa como la flor de la sedienta hortensia que en realidad no es flor, de la calle Génova.
Una capilaridad que, ya se ha probado y se sigue probando, alimenta los órganos reproductores del partido, sus aparatos electorales, permitiéndoles pagar mítines imposibles como los de la plaza de toros de Valencia que tanto gustaban a Aznar y Rajoy, quienes, siempre que podían, revoloteaban por el jardín valenciano, tan vistoso y productivo él. Vistoso, por cierto, desde finales de los noventa, en que personajes como Eduardo Zaplana, entonces alcalde de Benidorm, y unos cuantos personajes más del partido popular valenciano y nacional hablaban telefónicamente a calzón quitado y con claves tan simples que eran fácilmente deducibles, de las mordidas que en nombre del partido cobraban a las constructoras que contrataban en sus ayuntamientos.
El asunto se descubrió porque, por casualidad, una grabación de esas conversaciones cayó en manos de un juez de instrucción, Luis Manglano, que investigaba un caso de narcotráfico en el que estaba involucrado el hermano de un concejal del ayuntamiento de Valencia. Al final, pese a todas esas evidencias, la savia recogida del suelo valenciano sirvió para pagar al costoso equipo jurídico que, en nombre del PP, levantó el tinglado jurídico que permitió anular como prueba las cintas en las que se evidenciaba hace ya casi treinta años lo que parecía una importante fuente de financiación del PP.
Aquella savia sirvió también para ahogar en cuanto les fue posible la carrera de Luis Manglano y, para ello, desplegaron periódicos, semanarios y radios afines desde los que se "machacó" vilmente el honor y la carrera de un hombre justo y discreto, al que me toco conocer por aquellas fechas y por este asunto.
Treinta años perdidos, treinta años de retraso en acabar con esta capilaridad que alimenta desde las raíces al PP, que paga los mítines, los sobresueldos y los despachos del partido, treinta años en los que, como las de algunas plantas arruinan el suelo donde crecen, arruinó el suelo valenciano y por muchos años.
Ahora sólo espero que el herbicida de la justicia que acaba de aplicarse al PP valenciano llegue, también por capilaridad, a todos y cada uno de los despachos de la Génova 13, dejando en barbecho hasta su regeneración el campo que con tanta codicia han agostado.