martes, 1 de julio de 2014

LOS PERROS DE LA CASTA


Vayan por delante mi cariño y mi respeto hacia los animales que comparten la vida con muchos ciudadanos y mi respeto por estos últimos. A los perros a los que me refiero es a esos perros de diseño, seleccionados desde hace siglos, ya empezaron los romanos, por su agresividad, sus potentes mandíbulas y su dificultad de relación con cualquiera que no sea el amo que le llena el plato todos los días.
Son esos perros entrenados para guardar las propiedades del amo, ciegos de rabia, deseosos de ver sangre en su presa, que no soportan siquiera que alguien camine junto a la valla que las separa y protege del resto del mundo. Son también esos perros incapaces de sentir nada por nadie, orgullosos de su misión en la vida, que se sientan delante de un teclado o un micrófono, con un dossier a su lado, para ladrar a quien les dice el amo y, si es menester que así sea, clavar sus dientes en su garganta.
Esos perros metafóricos de los que hablo son todos esos directores de medios, esos tertulianos -a veces las dos cosas al tiempo- y, cómo no, todos esos redactores tan dados a poner literatura en los fantasmagóricos dosieres que alguien pone en su mano para acabar con la presa señalada. Es algo muy triste que en este que ha sido mi oficio se viene practicando desde tiempos inmemoriales, pero que, en los que corren, ha pasado a ser el pan nuestro de cada día-convertido 
Eso, de momento, en cuanto a los perros. Vayamos ahora con la casta, una vieja palabra paradójicamente convertida en casi un neologismo, desde que Pablo Iglesias y otros integrantes de Podemos, comenzaron a usarla para designar a una de las castas, la dirigente, con la que señalan a todos aquellos que de una forma u otra se vienen asociando para ayudar a unos pocos a quedarse con lo que era de todos. Y no es que esa casta este integrada por tipos más listos que el resto es, simplemente, que tienen más poder o que trabajan para quien lo tiene.
Hay palabras que tienen magia, porque sirven para encarnar por si solas todo un estado de cosas. Y es esa magia la que tiene la palabra casta tal y como la emplea Podemos. Desde que comenzaron a manejarla, todos, yo incluido, hemos sustituido el viejo concepto de "poderes fácticos" por este otro que agrupa toda una serie de poderes e intereses transversales que abarcan no sólo a la tradicional oligarquía o a su mejor expresión que es y ha sido la banca, sino que tiene puestas sus patas en prácticamente todo el parlamento, al que han sabido engatusar para ponerlo a su servicio.
Ha sido la suya una labor certera, mediante la que, poco a poco, nos han ido despojando de toso lo que, no sólo era de todos, sino que, además, era, no ya bueno, sino mejor. La sanidad, la enseñanza, el transporte, la banca, incluso, de todos se ha degradado y minado para convertir toso eso que es tan necesario en el gran negocio de unos pocos.
Por primera vez, la gente no sólo lo ve, como comenzó a verlo con el 15-M, sino que, además y gracias al lenguaje claro y sencillo de algunas formaciones lo ha entendido y ha encontrado el cauce para cambiar las cosas. Y la primera causa de todo esto es la de que  "la casta" comienza a tener miedo. El PP tiene ya por seguro que el batacazo de las europeas va a repetirse, quizá ampliado, en las próximas citas electorales. Sabe que muchas de las contratas, las recalificaciones, las adjudicaciones y todos esos negocietes a los que estaban acostumbrados se van a acabar. Y sabe que ya no podrá chantajear a la leal oposición o a los sindicatos, porque quienes vienen no están manchados como ellos.
Lo saben y por eso ya han elaborado sus dosieres contra los dueños de estas nuevas voces. Ya los han puesto en circulación y en ellos se les acusa, como siempre, de connivencia con el terrorismo, de estar a sueldo de países extranjeros, de pretender para España una revolución armada, de todo aquello que pueda convocar miedos atávicos, para apartar a quienes quieren poner en marcha esta nueva forma de hacer política del favor de la gente. Por eso han llenado el plato de sus perros de presa, para que, con sus ladridos en portadas y ante micrófonos, a gente, por miedo, se aparte de ellos.
Pero han calculado mal. Porque han acusado a Pablo Iglesias de relacionarse con el entorno de ETA. Y todo, porque tuvo el valor de salirse del "sota, caballo y rey" desde el que, al parecer, alguien ha decidido que sólo podía abordarse el terrorismo etarra. Le han acusado de lo mismo que podían haberme acusado a mí, de haber visto a la banda, sin dejar de sentir la misma repugnancia que sentía por sus crímenes, como algo más que una banda de pistoleros. También de haber hablado con su entorno, de practicar un diálogo que yo también defiendo y en el que creo que está la solución definitiva de todo ese horror que, poco a poco, está dejando de cegarnos.
La casta se equivoca si pretende engañarnos así. Hay leyes que castigan la colaboración de que se le acusa y tened por seguro que, si hubiese algo por lo que llevarle ante los tribunales, ya lo habrían hecho. Además, aunque así fuese, eso sería lo menos preocupante para ellos. Lo que realmente les preocupa es que les está desenmascarando. La portada de EL MUNDO, las que le ha dedicado EL PAÍS, las de otros medios más habituales no son más que una muestra de que si los perros de la casta ladran, es porque Podemos y lo que representa cabalgan.


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