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martes, 20 de septiembre de 2016

DE USAR Y TIRAR

Crecí en unos tiempos en los que el trabajo era algo más que un modo de subsistencia, un tiempo en el que el trabajo, los oficios, eran bienes en sí mismos, un tiempo en el que para un chaval o una chavala de dieciséis años, cruzar las puertas de la Perkins, la Barreiros, la Standard la Seat, o, incluso, las de El Corte Inglés, era iniciar una vida laboral en empresas que, muchas veces, eran como de la familia, porque de ellas había venido durante años "el dinero del mes", porque en ellas se habían jubilado el abuelo o los tíos, se jubilarían el padre o la madre y, muy probablemente, ellos también.
Eran tiempos en los que el trabajo era en sí mismo un bien social, tiempos en los que el trabajador era algo más que un nombre en una lista, un sumando en un balance. Eran tiempos en los que muchos aprendimos nuestro oficio en empresas por las que sentíamos un cierto cariño, tiempos en los que las plantillas de los centros de trabajo eran un tejido social en el que se progresaba, donde se amaba y se odiaba, un tejido en el que se formaban familias que crecían, un tejido en el que, la empresa se decía "la casa", con lo que la casa tiene de cobijo. Tiempos que, por desgracia, no son los nuestros.
Todavía recuerdo aquel día que escuché a algún jefe, en la SER, decir aquello de que estábamos muy mal acostumbrados, que qué era eso de jubilarse en la empresa en la que entraste de aprendiz, que eso era muy cómodo y que, sobre todo y ahí estaba la trampa, esa actitud no nos dejaba crecer. Y nos ponían como ejemplo a "los americanos", que, por no tener, no tenían ni casa en propiedad, por si un nuevo trabajo les hacía cruzar el país de costa a costa. Curiosamente, nos lo decían los mismos que, luego, nos vendieron las hipotecas hinchadas para pagar viviendas a precios imposibles.             Ahora, no hace tanto tiempo, he entendido que esos mensajes, los de que no había que aspirar a trabajar toda la vida en la misma empresa, formaban parte de una estrategia, la estrategia que se puso en marcha cuando Margaret Thatcher y Ronald Reagan coincidieron en el poder, cuando la Unión Soviética se deshizo como un azucarillo ante nuestros ojos y comenzaron a vendernos la unidad de los trabajadores, no como un sueño, sino como una pesadilla. Quien más y quien menos, fue minando el prestigio de los sindicatos, ellos mismos, con las sombras en su gestión, los primeros. Así, poco a poco, y con un gobierno presuntamente de izquierdas, los trabajadores se fueron quedando huérfanos, en un mundo cada vez más hostil. injusto y cruel.
Tragamos todos. Los trabajadores con trabajo, los primeros. Nos hicieron creer que quienes caían a nuestro alrededor se lo merecían, por vagos, por díscolos o por lo que fuese, y lo creímos a pies juntillas. En la SER, donde me tocó vivir esta trágica involución, poco a poco, becarios repescados, gracias a los contratos en prácticas introducidos por Felipe González, iban sustituyendo a quienes se jubilaban o se iban, encadenando un contrato detrás de otro, cumpliendo jornadas inhumanas muy superiores a las firmadas, siempre con el palo y la zanahoria de la calle o la renovación. Así, de un día para otro, la plantilla de la SER y de muchas otras empresas, fueron perdiendo trabajadores con derechos y experiencia, que fueron sustituidos por otros más jóvenes y desprotegidos. 
Sin embargo, la pérdida de derechos laborales no es el único mal de esa esa estrategia empresarial consentida por gobiernos y, por qué no decirlo, también sindicatos, porque, además, los trabajadores bajo amenaza son más maleables y acríticos, algo que, por ejemplo, ha dado al traste con el prestigio y la calidad de nuestra prensa.
Las distintas reformas laborales han sido los grilletes que los sucesivos gobiernos han cerrado sobre los trabajadores. De todas ellas, la última, la del PP, ha sido el instrumento definitivo que Rajoy ha puesto en manos de sus amigos, los empresarios, para devolver a los trabajadores a niveles de explotación que hace décadas creíamos superados. Lo peor de todo, lo más vergonzoso, es que han tenido que ser los tribunales europeos los que han venido a sacar los colores a este gobierno que se ha hartado de decir que todo lo que hacía lo hacía por nuestro bien y pensando en Europa. Una mentira descomunal que incluye a los tribunales españoles, complacientes con leyes a todas luces injustas, una mentira que ha convertido a trabajadores orgullosos de serlo a mano de obra barata de usar y tirar.

domingo, 12 de febrero de 2012

CON MANIFESTACIONES...


Dijo ayer Alfonso Alonso, uno de los rostros más presentables de este voraz PP que quiere cargarse en tres meses el resultado de años de conquistas sociales, que ninguna manifestación va a crear puestos de trabajo ni va a acabar con la reforma laboral. Quizá en lo primero, el señor Alonso tenga razón, pero quizá al ex alcalde de Vitoria le convendría recordar que, con manifestaciones, no sólo se ha forzado el cambio de leyes, sino que han caído imperios, se han derribado dictaduras, se han echado abajo muros y que, una detrás de otra, las manifestaciones y las protestas consiguieron transformar la sociedad hacia esto que ahora queremos y que su partido quiere quitarnos.
Hace bien el PP en ocultar a Rajoy, el político español que más y más descaradamente ha mentido, no ya en los últimos años de democracia, sino en las últimas décadas. El hoy presidente del Gobierno asustó al electorado con todos los males -yo diría, incluso, que con menos- que ahora, él, está dejando caer sobre nosotros. Y quién nos dice que no va a ir más lejos. Quién nos puede asegurar ahora que no van a retirar los subsidios a los parados, sospechosos todos de estafar al Estado. Quién nos va a garantizar que no van a recortar las pensiones a los jubilados. Quién nos asegura que no van a dejar de subvencionar los medicamentos para los enfermos crónicos.
De nada vale ya los que digan o hayan dejado de decir, porque su palabra no vale hoy nada. Con esta reforma laboral no sé para qué pagamos sueldo, coches y asistentes a dos o tres ministros del Gobierno. Más valiera que Trabajo y Economía se gestionasen directamente desde las sedes de las patronales.
Sin embargo, lo peor de todo no es la nefasta reducción drástica de las indemnizaciones por despido o la potestad depositada en las empresas para reducir salarios y alterando horarios unilateralmente, Lo peor es que se hurta a los trabajadores el derecho a recurrir a los tribunales ante un despido injusto.
Está claro que los españoles no fueron conscientes el 20-N de que se estaban poniendo la soga al cuello. Sólo faltaba el valor para saltar de la banqueta o que alguien, el Gobierno, le empujase y eso ya ha ocurrido.
Quizá con manifestaciones no se creen los tan necesarios puestos de trabajo, per gobiernos como éste tampoco parecen querer hacerlo, más bien al contrario. Lo que sí tengo claro es que la batalla está en la calle y que se puede ganar.

De momento, España no está, como Grecia o Portugal, intervenida por el FMI o Europa. Está peor, porque está intervenida por una patronal decimonónica y sus palmeros del Gobierno.