miércoles, 27 de mayo de 2015

QUE SE LA LLEVEN



Anoche, escuchando las palabras de Esperanza Aguirre, mitad bravata, mitad rabieta, colocada por los madrileños en la puerta de salida de la política, me dio por pensar qué hubiese hecho la condesa de haber tenido, como su admirada Margaret Tatcher, una guerra con la que entretener a la plebe, Y no tuve la más mínima duda de que la hubiese emprendido a cañonazos con cualquiera de nuestros vecinos.
No sé en qué pensaba la genuina "dama de hierro" cuando tomó la decisión de reconquistar "a lo grande" unas islas inhóspitas ocupadas por soldaditos en zapatillas, enviados allí por una timba de generales y almirantes alcoholizados, deseosos de distraer a la población cada vez más harta y más consciente de la necesidad de acabar con ellos. Lo que sí sé es en qué piensa "nuestra" condesa, una vez que han pasado unas horas desde la mayor humillación que cabía esperar para quien se creía a salvo de todo y de todos, hasta el punto de haberse puesto enfrente de amigos y enemigos, cegada por una soberbia sin límites basada en no sé qué, porque su única virtud, si es que lo es, es la de ser capaz de ejercer una maldad sin límites. Lo único en que piensa la malvada condesa es en sí misma.
Lo de ayer, un esperpento convocado a espaldas de la dirección nacional de su partido, que bastante tiene con lo suyo, no fue más que intento desesperado de quien ve desmoronarse su mundo y se ve condenada en las urnas por la mayoría de los madrileños a cumplir aquel deseo frustrado de dedicarse a sus nietos, a sus partidas de bridge y a sacar a pasear a "Pecas", lo de ayer, decía, demuestra una vez más que en lo único que piensa la señora Aguirre es en sí misma, por encima de los ciudadanos y por encima, incluso, de su propio partido.
Lo digo, porque nadie puede discutir lo que Madrid, asumido incluso por Ana Botella, se despertó el lunes más de izquierdas de lo que se acostó el sábado. No puede discutirlo ni, mucho menos, puede tratar de torcer la voluntad de los votantes. Nadie en su sano juicio, y no sé ya si ella lo conserva, puede tratar de ponerse al frente de una revolución, después de haber cosechado, tras una campaña con más medios, más apoyos y más atención mediática que nunca, los resultados más desastrosos para el PP madrileño en los últimos años.
Ayer, sin inmutarse, la condesa ofreció el oro y el moro y colmó de halagos a quienes hace sólo tres días mostraba su desprecio y llenaba de insultos. Ayer nos amenazó con las penas del infierno y con un gulag fuera del sistema democrático y de occidente, si Manuela Carmena llegaba al despacho al que ella renuncia, con tal de conservar ese poder, en el que ella y los suyos llevaban un cuarto de siglo revolcándose. Ayer anatemizó y colocó al margen de la democracia a quienes cuentan con el favor de más de medio millón de madrileños entre los que yo mismo me cuento. Ayer, en resumen, la condesa se retrató tal y como es, despótica, ambiciosa y soberbia hasta el punto de no haber querido entender que los madrileños, si es que alguna vez la han querido, ya no la quieren.
Ayer hizo ante las cámaras lo que, me cuentan, hace en privado cuando va de compras, abre todos, se prueba todo, lo desprecinta todo para probárselo en casa, y yo que me he criado tras un mostrador sé lo que es, creyendo que, por ser quien es, tiene derecho a hacerlo, sin querer enterarse de que, luego, el conde, su marido, anda pagando las facturas de lo que se queda y de lo que devuelve.
Esperanza Aguirre, a la que ya llaman Ex peranza, si no la razón ha perdido, y ya hace tiempo, el sentido de la realidad. Por eso, lo único que pido es que alguien se la lleve antes de que cause más destrozos y convierta Madrid en un campo de batalla con tal de salvar su ego y sus intereses, porque, no lo olvidemos, la condesa perdió el domingo muchos votos y, lo que, para ella y los suyos, es aún peor, perdió también los sobres.


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