jueves, 16 de abril de 2015

COCA COLA TE DA MÁS


Recuerdo de hace muchos años, cuando era un niño, aquella campaña con que Coca Cola lanzó en España su envase doble. Una campaña que jugaba no sólo con la perogrullada que suponía doblar el tamaño de su envase, sino que, además, trataba de superar a su competidora de siempre, Pepsi, que por aquel entonces aún luchaba por el mercado español. Fue más tarde cuando la compañía, tan bien retratada en la maravillosa "Uno, dos, tres" de Billy Wilder, aposto por el buenismo, el amor, la paz y la alegría de vivir. Recuerdo también aquella primera planta embotelladora del Paseo de las Acacias en Madrid, en la que desde la calle podía verse como se llenaban  las botellas.
Eran los años de hacer el amor y no la guerra y su imagen de marca se identificaba demasiado a menudo con el imperialismo yankee. Eran los tiempos de la guerra de Vietnam, primero, y del golpe de la CIA en Chile y los responsables de la marca hicieron lo imposible por distanciarse de imágenes tan hostiles. Y tan buenas fueron aquellas campañas y otras similares y más recientes llevadas a cabo, por ejemplo en Argentina, que la marca se hizo con una pátina de producto ecológico y solidario, casi capaz de dar la felicidad y la alegría con el simple hecho de levantar una chapa o tirar de la anilla de una lata.
Todo perfecto, todo maravilloso, hasta que Coca Cola o sus concesionarias en España enseñaron sus garras empresariales bajo tan suave piel de cordero, desmantelando de la noche a la mañana algunas de sus plantas, entre ellas la de Fuenlabrada en Madrid, dejando en la calle o forzando el traslado a otras territorios de centenares de sus trabajadores, de los que, hasta entonces, se tenía una imagen de casi privilegiados. Fue una decisión ciento por ciento capitalista que trataba de aprovechar la última reforma laboral aprobada por el PP para aligerar su plantilla al menor coste posible, en la que, una vez más, lo que menos contaba era el valor de los puestos de trabajo como bien social y en la que ni el gobierno de la nación, el autonómico o los municipios afectados, al menos en Madrid, no hicieron nada por defender los puestos de trabajo ni la vida familiar de los trabajadores forzados al traslado, la prejubilación o el despido, del mismo modo que prácticamente ninguno de los partidos que podrían perseguir el voto de esos trabajadores hicieron nada por ellos.
Afortunadamente, los trabajadores no se rindieron e impidieron no sólo el desmantelamiento de la planta, pese a la intervención de la policía nacional y municipal y, sobre todo, que su lucha no se olvidara, haciéndose presentes en todas partes y a todas horas, difundiendo, a pesar del gigante contra el que luchaban, sus reivindicaciones y cada una de sus victorias en los tribunales, la última, ayer mismo ante el Supremo que declaró nulo el injusto y desde ayer ilegal ERE que Coca Cola pretendió imponer a su plantilla. Una campaña de resistencia que ha tenido su reflejo en los consumidores, que, como yo mismo, dejamos de consumir sus productos hasta el punto de que comenzó a ser visible la caída del producto en las estanterías de los supermercados, algo en que que sin duda está el origen de la enorme campaña de imagen que la marca ha lanzado en las últimas semanas repintando de rojo sus latas o en esa otra enternecedora a propósito de la adopción y la diversidad familiar
Por último, hay que sacar una gran enseñanza de esta historia, tan negra como el color de alguna de los productos de la marca que ahora intenta reteñir de rojo, y esa enseñanza es la de que la unión de los trabajadores frente a decisiones tan arbitrarias e injustas como ésta y frente al uso de esquiroles por parte de la empresa, unida a la confianza en la justicia, acaba por dar sus frutos. Esa, para quienes estamos abajo. Para la misma empresa que, en contra de aquel eslogan de los sesenta, quiso dar manos de lo que debía a sus trabajadores, la de que, todavía, la avaricia rompe el saco, porque ahora se enfrenta al cumplimiento de una sentencia irrevocable, la de la anulación del ERE y la readmisión de los despedidos en sus puestos, con el consiguiente  pago de los salarios no cobrados por los trabajadores estos largos meses. Toda una lección para unos y otros que debemos tomar como ese más que, muy a su pesar, nos ha dado Coca Cola  en pleno siglo XXI.


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1 comentario:

Mark de Zabaleta dijo...

Un gran artículo....

Saludos