sábado, 30 de junio de 2012

CONVERSACIÓN EN LA CATEDRAL


Por más que se empeñen los sesudos historiadores en explicarnos determinados periodos de la Historia, para quienes los han vivido, las más de las veces, y más desde el auge del fotoperiodismo, la historia con minúsculas, la queda en nosotros tras vivir la otra, la de las mayúsculas, se reduce a imágenes, a dos o tres imágenes que explican mejor que centenares de páginas aquello que vivimos.
Es por eso que tengo para mí que un momento clave de nuestra reciente Historia, aquel en el que los reformadores decidieron apartarse del autoritarismo heredado del franquismo, tuvo lugar a las puertas de la catedral de Vitoria, hoy famosa por tantas otras cosas, después de que la Policía, bajo las órdenes de Manuel Fraga, causase cinco muertos entre los trabajadores desalojados de una iglesia en la que, con autorización del párroco y amparados por la inviolabilidad del templo, habían mantenido una asamblea. De esas tensas horas que sacudieron toda España y movilizaron a centenares de miles de trabajadores-qué nostalgia- me quedan, por un lado, el recuerdo racional de Rodolfo Martín Villa deshaciendo el estúpido y trágico embrollo causado por Fraga, ese fascista autoritario y empollón que fue, pese a todos los obituarios que tuvimos que leer a su muerte, y por otro una foto en blanco y negro de millares de vitorianos, llenos de rabia y coraje, saliendo en una inmensa riada de la catedral donde se oficiaron los funerales por sus cinco compañeros muertos por disparos de la Policía.
Ya digo que aquellos sucesos marcaron el principio del fin del franquismo autoritario que permanecía emboscado entre quienes sinceramente querían cambiar la historia de este país.
Si aquella foto de la catedral de Vitoria tiene tanto significado para mí en el recuerdo de aquellos años, ésta de Samuel Rodríguez, tomada ayer en la ostentosa ¿hay alguna que no lo sea? catedral de Madrid y publicada hoy por el diario EL PAÍS, lo tendrá respecto al papel de la ensoberbecida iglesia católica de estos años recientes y su papel nada neutral, arrimada siempre al poder económico y represivo en esta España que sufre.
Ayer, una veintena de afectados por desahucios por impago de hipotecas, decidieron encerrarse dentro del templo más hortera que imaginarse pueda, un templo que, por cierto, se acabó de construir con nuestro dinero y que no paga un céntimo en impuestos, pese a ocupar uno de los lugares más privilegiados de Madrid. Se encerraron allí para llamar la atención sobre su tragedia y la respuesta que obtuvieron del arzobispado fue la de hacer entrar a los antidisturbios para desalojarles, después de humillarles y arrinconarles con los brazos sobre su cabeza, como si se tratase de peligrosos delincuentes.
El diálogo, la conversación en la catedral que tuvo lugar ayer en La Almudena y que más o menos fue así “O salís por vuestro propio pie después de que os identifiquemos a todos u os detenemos. Pensadlo rápido que esto no es un debate”. Todos fueron identificados al salir y muy probablemente tendrán que sumar a sus deudas la de la multa que por mediación "divina" les impondrán por osar perturbar con sus problemas la tranquilidad que se respira dentro del gran parque temático en que se ha convertido la catedral madrileña.
Lo he dicho una y otra vez "dios siempre se pone de parte de los malos cuando son más que los buenos"

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1 comentario:

Marisa dijo...

Es difícil pedir empatía a quien no paga impuestos, no tiene hipotecas, no tiene hijos...

Un abrazo.