jueves, 14 de febrero de 2019

COSAS DE NIÑOS


Nada hay más triste que que en un país en el que los políticos se comportan como niños, con sus gestos, con sus urgencias, sus caprichos y sus inconsistencias, los niños sean capaces de actuar, como adultos, con los instrumentos y las perversiones que sólo algunos adultos, los enfermos de las peores perversiones, incapaces de medir el daño que son capaces de hacer.
Que los niños y las niñas se aman y se odian, se piropean y se insultan, se dejan llevar por el morbo de lo desconocido, especialmente en el sexo, que gozan y sufren con juegos y actitudes imitadas de los mayores, los suyos o no, ha ocurrido siempre. Los niños y niñas, por desgracia, aprenden o creen aprender sobre los usos sociales, los grupos, las diferencias, la amistad y el amor, intercambiando la información no siempre buena que dan y reciben de otros niños. Lo hacen ahora y lo hacíamos en mis tiempos, hace décadas. Lo que ocurre es que los niños disponen ahora de móviles, unos instrumentos, aparentemente útiles e inocentes que, sin embargo, utilizados sin control, pueden multiplicar el daño que consciente o inconscientemente infringen a sus compañeros.
En mis tiempos, en un colegio de barrio y sólo de niños, las bromas pesadas entre los compañeros se limitaban a los motes, más o menos hirientes, alguna que otra frase más o menos obscena en la pared o las puertas de los servicios, los monigotes en la espalda y, de vez en cuando, una zancadilla. Todo, de lo más inocente, aunque, a veces, la presión, el efecto del coro juzgador rebasaba las puertas del colegio y salía a las calles, a los descampados, tan abundantes entonces, donde, sin la vigilancia de los profesores, la violencia se desataba, volaban las carteras -entonces no había mochilas- y algún ojo cambiaba de color t de tamaño.
Nos sentíamos vigilados y a la vez protegidos. Nuestros padres, de ponerse de parte de alguien en los conflictos, siempre lo hacían de la de los profesores o los vecinos regañadores. Los problemas eran los mismos de hoy y de siempre: las rivalidades, las envidias y los rencores, algún que otro insulto y el daño por el daño en lo del otro, sea un plumier o el buen nombre de los padres. Pero todo sucedía a la vista, todo lo más en un susurro. No como ahora, tiempos extraños que nos sobrepasan, en que el mayor de los linchamientos puede tener lugar en el más absoluto de los silencios, simplemente dando a la tecla apropiada para poner en el aire, sin límite y sin control, ese insulto, esa foto o ese secreto de aquel a quien queremos hacer daño.
Acaba de trascender, sólo es un ejemplo, que los padres de dos jugadoras de un equipo infantil del Levante Unión Deportiva y el mismo Levante han sido condenados a indemnizar a otra jugadora de la que sus compañeras habían difundido en redes sociales una foto en la que aparecía desnuda en las duchas del club, una foto tomada con la excusa de un selfi, pero que, al menos así lo ha entendido el juzgado, pretendía dañar a la víctima.
Cuántas veces no se habrán producido situaciones parecidas que no han terminado en una sentencia, cuantas veces la víctima sufre sola, sin atreverse a contarlo a sus padres, menos aún a sus profesores, entre otras cosas, porque en el estúpido código de honor de los niños, tomado del no menos estúpido código de moral del cine y las series, alguien que cuenta lo que le hacen sus compañeros no es más que un chivato y a los chivatos se les proscribe.
Los móviles sin control, en manos de menores, son peligrosos, porque no sólo son teléfonos móviles. Son también cámaras discretas, rápidas y silenciosas. Son un terminal desde el que difundir textos, fotos y vídeos instantáneamente, extendiéndolos como una mancha de aceite por toda la comunidad escolar y más allá, empujando a las víctimas siempre a la infelicidad y a veces al suicidio. Los móviles se ponen en manos de los niños, con la excusa de estar siempre en contacto y comunicados con ellos, para lo que basta el mismo colegio, siempre ha bastado, y bastaría un móvil de los de antes, sin cámara y sin acceso a Internet. Pero se les compra, más que para hablar con ellos, para no oírlos.
El juzgado que ha dictado sentencia castiga el daño causado a la víctima afectada en su carácter y en su comportamiento después de la indudable agresión a su intimidad sufrido y, por ello, ha condenado a los padres de las acusadas, como responsables de las mismas que están bajo sus custodia, y al club de fútbol por no haber evitado que ocurriese, ya que, enterado de lo que ocurría, zanjó el asunto, al igual que se zanjan muchos asuntos, demasiados de acoso, de abusos, de bullying con un hipócrita "son cosas de niños" que, cuando lo escucho en situaciones parecidas, inmediatamente me lleva a aquel inquietante "Quién puede matar a un niño, “de Narciso Ibáñez Serrador.

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