lunes, 25 de febrero de 2019

ARRIMADAS LAVA MÁS BLANCO


Pasé muchos veranos y alguna que otra tarde de mi infancia y adolescencia "ayudando" en la tienda de mis padres, una droguería del barrio de Carabanchel, en la que lejías, jabones y detergentes eran los artículos más "despachados". Aquello no era más que un ejemplo vivo de que la gente humilde, y la de mi barrio lo era, quizá porque no tiene, entonces no lo tenía, acceso a la ropa bonita y nueva que hoy nos llama desde los escaparates, optaba por llevarla lo más limpia que su economía les permitiese. Y era ahí donde el detergente entraba en baza.
Al principio el dilema era tan sencillo como el de jabón, en escamas o en trozo, o detergente que por entonces se vendía, incluso, a granel. Por entonces, las lavadoras eran aún rudimentarias, no tenían programas, y había que llenarlas y vaciarlas con un tubo de goma. Lo de las automáticas vino más tarde, más o menos a la vez que llegó el UHF, la segunda cadena, a casa de algunos de mis vecinos después. Al menos así lo recuerdo, y con ambos electrodomésticos, la bendita lavadora y la mágica televisión que, juntos, dieron vida al gran negocio de la publicidad, en el que los "tambores" de los detergentes se convirtieron en estrellas, tratando de convencernos de que unos lavaban más blanco que los otros.
Yo seguía esa loca carrera y su evolución, luego, detrás del mostrador tenía que traducir las tenues pistas que me daban las "clientas" para reconocer el que querían. Allí aprendí psicología o algo que se le parecía. Allí comprendí que "los fabricantes" elegían a su clientela ya desde el anuncio. Los había premeditadamente vulgares, para la gente, más que humilde, menos culta y los había un pelín cursis y modernos, dirigido a las nuevas amas de casa, un poco más acomodadas o incluso con trabajo. Pero la cosa no era tan sencilla, porque los detergentes del primer grupo, los que buscaban a la gente más humilde o menos cultivada, entraban en les "buenas" casas, de la mano del servicio.
Otra cosa sería hablar de la eficacia de los tambores de cartón, de cinco kilos, un trasto imposible en la cocina de un piso, en cajas más reducidas o las botellas, cuando, depurada la técnica pasaron a ser líquidos y ahora las pastillas de colores, como caramelos. Otra cosa era comprobar si efectivamente lavaban más blanco, porque no siempre cumplían, pero, mientras tanto, se vendían y se vendían bien, hasta que la misma marca modificaba la fórmula o el formato. Más o menos lo que ocurre en otra dimensión con los partidos políticos cuando hay cerca unas elecciones.
Es en esos tiempos preelectorales o directamente electorales cuando se pone en marcha la maquinaria propagandística y publicitaria de cada partido, cuando en la "sala de máquinas" de cada partido, ese sancta sanctorum al que Abascal cierra las puertas a los "arribistas", entra en ebullición y se analizan las últimas "coladas", comprobando qué manchas no "salen" con el detergente que venían usando y se estudia qué más añadir a la fórmula, para conseguir la limpieza perfecta y hacerse con los votos de los electores.
Ha quedado claro que Albert Rivera, dando vueltas en el tambor junto al partido más corrupto que ha habido en España, ahora con los gayumbos de VOX, cargados de testosterona, no alcanzaba ni parece que alcanzará nunca el resultado perseguido. Por eso en el laboratorio de Ciudadanos se han puesto manos a la obra y han decidido quitar la foto de señores tristes o con cara de ogro de los carteles, para poner en ellos a la radiante Inés Arrimadas, una especie de Silvia Pérez Cruz o, incluso, Rosalía de la política, de vocecita quejumbrosa pero firme, que no ha sabido o no ha querido sacar partido a ese millón de votos que obtuvo en las últimas elecciones catalanas, quizá porque siempre ha tenido en su pensamiento trasladar la oficina a la Carrera de San Jerónimo, ahora que las cosas no le van bien en Cataluña a UBER, el mejor cliente de su marido.
A Arrimadas no le van bien los programas largos, funciona mejor en los telediarios, delante o detrás de sus pancarteros, visitando territorio hostil, ben sea el Waterloo de Napoleón Puigdemont o las calles y plazas de Cataluña o Euskadi, buscando ese victimismo de la muy ofendida que tan bien se le da. Ahora se viene a Madrid, con el acta de diputada que sin duda sacará en Barcelona, porque Rivera está dejando la colada a medias. Se viene ella, porque lava más blanco, y se viene con la expresidenta de las Cortes de Castilla y León por el PP, Silvia Clemente, mezclando así ropa blanca y de color. Se vienen una y otra para tratar de salvar un partido, Ciudadanos, que va de gatillazo en gatillazo y que ahora, añadiendo estos nuevos ingredientes, corre el peligro de que aparezcan en su seno los grumos de la corrupción y la cizaña de la división por tanto resentido como van dejando.

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