jueves, 15 de noviembre de 2012

MENTIRAS

Recuerdo que, de pequeño, mi madre ponía a manudo cebolla en algunas sopas y, sobre todo, en las lentejas, riquísimas por otra parte. Lo hacía para darles el buen sabor que tenían y hoy, cuando yo mismo las cocino, le supongo una buena cantidad de cebolla que paso por la batidora antes de terminar la cocción. Pero a mí, que ni soportaba entonces ni soporto ahora su textura, encontrarme la cebolla en mis lentejas o en mi sopa era casi como una afrenta. Más, cuando mi madre, para que las comiera, negaba la existencia de lo que yo estaba viendo en mi plato y que me producía arcadas incontenibles.
¿Qué consiguió mi madre con ello? No que acabase acostumbrándome a ver la cebolla asomar en mi comida y mucho menos que disfrutase de ella como creo que hay quien disfruta, no. Lo que consiguió es que le perdiese la fe en todo lo demás. Lo mismo me ocurrió con los curas, la iglesia y su tinglado. Tanto amenazarme con las penas del infierno y con terribles enfermedades si no me sometía a la absurda castidad que predican y rara vez practican, tanto afear lo que no es más que un impulso y un comportamiento natural que aquel día en que me acerqué al altar a comulgar en pecado, sentí alivio y no tormento, al comprobar que todo era mentira. Eso, dejar de ir a misa los domingos como quería mi madre, navarra y católica practicante fue todo uno.
Lo mismo me ha ocurrido en el trabajo y en la vida. Me molesta sobremanera que engañen o que traten de hacerlo. Al primer renuncio que le descubro, pierdo la fe en quien sea. Por eso me esforzaba en comprobar los datos de mis informaciones y por eso aconsejaba a mis compañeros que hiciesen otro tanto, porque siempre y más en la radio, hay alguien al otro lado que se va a dar cuenta de que, con buena o mala voluntad, lo que dices es exagerado o sencillamente falso y va a perder la fe en ti y en el medio para el que trabajas.
Quien se siente engañado por alguien una vez no tiene obligación de creerle en todo lo demás y quien engaña una vez puede sentirse tentado por el tobogán de la mentira, como constantemente lo hacen los palmeros del gobierno, especialmente los que engordan en los establos digitales donde tan graciosamente les dejó instalados doña Esperanza Aguirre, antes de sus lágrimas de despedida. Un solo ejemplo: Herman Tertchs, ese esperpéntico personaje de la derecha más montaraz que voló muy alto en los despachos de EL PAÍS -todo acaba por tener sentido- dejó grabado el martes su sermón para ser emitido después de las doce de la noche del miércoles, una vez concluida la huelga, en el que hablaba del fracaso de las movilizaciones sin que si siquiera hubiesen comenzado y consciente de que la televisión de la que cobra iba a dejar de emitir cualquier programación.
Pero lo de Tertchs sería una anécdota frente a las grandes mentiras del Gobierno y su partido, capaz de dejar las farolas encendidas a plena luz del día para maquillar las cifras de consumo eléctrico y, con ellas, la estimación del seguimiento de la deuda, capaz también de decir al mismo tiempo que la huelga ha fracasado y que le ha costado a España cuatro mil millones de euros, capaz, en fin, de retorcer la realidad hasta acomodarla a sus oscuras necesidades.
Pero si alguien se lleva la palma de la mentira, esa es la delegada del Gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes, que fue capaz de decir que a la manifestación-concentración de Madrid -era muy difícil moverse y acabó llenando los grandes bulevares que quedan en Madrid- sólo habían acudido 50.000 personas ¿Es que no se da cuenta de que fuimos muchos los que estuvimos allí, es que no ha visto las fotos de su helicóptero?
No sé qué puede moverles a mentir de esa manera. La gente está harta de saber que, según su policía, en el Madrid Arena había entre quince mil y veinte mil jóvenes y que en el Bernabéu caben cerca de noventa mil personas. Y anoche, señora Cifuentes, en las calles de Madrid había más de una docena de bernabéus y los que estuvieron allí no volverán a creerla nunca más. Ni siquiera cuando les dé la hora.
Luego habrá quien, como Rajoy, se atreverá a decir sin sonrojo que la realidad le ha impedido cumplir su programa. Que hable con Gallardón y Fernández Díaz, tan distintos en su vida privada y tan complementarios en la pública, para que detengan a esa realidad tan tozuda y desagradable.
 
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