jueves, 3 de noviembre de 2016

SOBRE PISOS, PADRES E HIJOS

La verdad, no sé de qué nos quejamos. Vivimos en un país en el que quien ha resultado investido presidente con una mayoría suficiente para gobernar, pero no para hacerlo como antes solía, se toma,  después de meses metiendo prisa a diestro y siniestro, casi una semana para formar un gobierno que sabía de sobra que le iba corresponder encabezar, un país en el que las pensiones solo parecen garantizadas hasta el año que viene, un país en el que, sin embargo, la noticia del día, la que abrió ayer y abre hoy la portada de diarios e informativos de todo tipo, la que más se discute, se analiza y se mastica hasta la náusea en tertulias de todo tipo, es la de que un senador, de Podemos, eso sí, "ganó" treinta mil euros, menos de veinte mil en realidad, tras vender un piso de promoción pública que nunca llegó a ocupar, que le había sido adjudicado discrecionalmente por la promotora y para el que dio una entrada de cerca de sesenta mil euros.
Qué bien. Con el "caso Espinar" ya no tenemos por qué ocuparnos de "la Gürtel", ni de "la Púnica", ni de "la Taula", ni, mucho menos, de "los ERE" de los antecesores de Susana, no. Tampoco sobre la muerte en un atentado previsible y evitable de policías españoles en Kabul, unas muertes tan absurdas como las de las víctimas del Yak.42, que nos demostraron hasta qué punto puede ser inhumano, cínico y despreciable un "buen cristiano" como Federico Trillo. Ni siquiera tenemos que preocuparnos porque haya vuelto a crecer el paro, ni porque los parados sin protección son cada vez más o porque el noventa por ciento de los empleos creados son temporales que, en su mayoría, sustituyen a empleos fijos destruidos por la crisis.
Unos y otros no tienen por qué preocuparse, los crímenes de Ramón Espinar son tan execrables que borran cualquier asomo de culpa que pueda haber en otros. Ni corruptos, ni ladrones, ni empresarios desalmados, ni ministros que anteponen los presupuestos a la vida de quienes tienen a su cargo, de qué preocuparse. Un "podemita" del entorno de Pablo Iglesias, politólogo como él, Ramón Espinar, ganó en mueve meses, dicen, un beneficio que para sí quisieran los mayores especuladores ¿estarán refiriéndose a Amancio Ortega que ayer cobró más de medio millar de euros en dividendos? y eso es un escándalo tan grande como parar rotativas y dedicarle programaciones enteras.
El caso es que, ayer, Espinar tuvo que desnudarse ante la prensa, tuvo que hablar de sus precarios ingresos de hace siete años, de su abuela, de sus padres divorciados, del origen del dinero que le prestaron para "meterse" en la compra del piso, de lo que hizo con las ganancias de la compra venta y qué sé yo más. Y todo porque a la mujer del césar, más si es de Podemos, no le basta con ser honrada y parecerlo. Tienes que ser, además, pobre y renunciar a operaciones que, para cualquier otro mortal son habituales.
Quién no ha comprado su piso con la ayuda de sus padres, en metálico en avales de esos que, luego, a más de uno le ha costado su propio piso. Quién no vive, como es mi caso, en una vivienda propiedad de la familia. Es lo más natural. Los hijos necesitan independizarse y los padres, cuando pueden, les ayudan a conseguirlo. Sé de familias numerosas y enteras, en las que cada hijo ha disfrutado un piso facilitado por sus padres. Pero también sé de otras familias, en las que, además de un piso, al hijo, a los hijos, se les garantiza un negociete a costa de los pisos de otros. Estoy hablando, sí, de José María Aznar Botella, consejero de Génova Gestión Inmobiliaria Integral, empras relacionada con el "fondo buitre" Blackstone, uno de los beneficiarios de la venta de casi 2000 viviendas sociales a precios por debajo del mercado, aprobada por su señora madre, Ana Botella, cuando era alcaldesa de Madrid. Es un caso parecido, porque, al fin y al cabo, lo que uno pretende siempre -es ironía, claro- es el bien de sus hijos, aunque ese bien suponga el desahucio de decenas de familias de las que ocupaban los pisos "regalados" a sus amiguetes. Pero, claro, de eso no hablamos ¿verdad?