miércoles, 29 de mayo de 2019

POLÍTICA Y PODER


Ganar unas elecciones, creedme, es relativamente fácil. Basta con tocar la tecla adecuada en el momento y el sitio adecuado. Las han ganado personajes a os que jamás creeríamos capaces de hacerlo. Lo difícil, lo importante, es administrar el poder o la falta de él que los ciudadanos ponen en manos de los elegidos.
Saber qué es poco y qué es mucho tras unas elecciones no es tan fácil. El mismo número de diputados es mucho o poco dependiendo de de dónde se venga o a dónde se pretende ir. Por eso, el mérito está más en administrar que en ganar y, por desgracia, abundan los que no saben hacerlo y se queman en la hoguera de su ansiedad.
Tras las elecciones que acabamos de celebrar en España, parece que la izquierda tiende a reagruparse y a recurrir al voto útil, mientras que la derecha, porque en este país lo que hay desde hace más de un siglo es sólo izquierda y derecha, lleva meses ocupada en digerir el audaz golpe de mano de Sánchez que llevó al descabalgamiento del aparentemente incombustible Rajoy, que, con su fea "espantá", ha dejado a la derecha sumida en un caos, en una lucha por hacerse con la hegemonía y con el favor de los sectores más conservadores de la sociedad.
El viaje va a ser, si no largo, sí complicado, porque a quienes han estado décadas en el poder les va a resultar difícil resignarse a no tenerlo. Si a esto añadimos la inconsistencia del líder del PP, que sigue siendo el principal partido de la derecha, entenderemos el desconcierto de quienes todavía no saben qué hacer con Vox, porque quieren conservar el poder, pero temen las consecuencias que tendría en el futuro el "compadreo" con la ultraderecha. 
A Ciudadanos, acostumbrado a caminar sobre el alambre, inclinándose a izquierda o derecha según le convenía, sosteniendo gobiernos del PP o del PSOE, mientras hacía gala de ese código anticorrupción que, como el estandarte de un conquistador, estaría imponiendo a quienes apoyó, le va a resultar muy difícil lidiar el toro de Vox, más por el coste que a largo plazo le va a ocasionar en votos, que por los escrúpulos de sus dirigentes ante el contacto, que, de momento, parecen ser bien pocos.
Unos y otros, a la izquierda y a la derecha, deben tener muy claro qué es lo que tienen, qué es lo que quieren y qué están dispuestos a arriesgar para conseguir sus objetivos. Lo debería pensar Rivera, por ejemplo, al frente de un partido que, desde que pudo ser decisivo, tras las últimas elecciones que ganó Rajoy, no ha hecho otra cosa que arrimar el ascua de sus escaños en el Congreso a la sardina del PP, la derecha económica e ideológica, abandonando ese centro que dice representar.
Así, Rivera no apoyó los intentos de Pedro Sánchez de formar gobierno entonces, ese gobierno que el desaparecido Rubalcaba, quién te ha visto y quién te vio, calificó de gobierno Frankenstein, y que, a la hora de apoyar la moción de censura contra Rajoy y su partido, condenado por corrupción, miro para otro lado.
Ahora, Rivera, encantado con la posibilidad de gobernar Madrid y otras comunidades de la mano del PP, repite la jugada y pone a los barones socialistas que necesitan sus votos para alcanzar o mantener el poder, que traiciones a su partido, cultivando su habilidad para "transfugarizar" la política, como queriendo repetir la jugada que le permitió llenar de renegados, socialistas o populares, sus listas, algo que parece más una excusa que una posibilidad.
En el otro lado, Pablo Iglesias sigue jugando al mus con "la chica" de sus votos a la baja y ya se sabe lo que se dice de ese juego, "jugador de chica, perdedor de mus". Todo ello, sin asumir en primera persona del singular el terrible fracaso al que ha llevado a su partido, dilapidando en apenas seis años el entusiasmo cosechado de las filas 15-M, llevando a Podemos de la gloria a la peor de las miserias. Iglesias debería ser consciente de que el poder y la política no son exactamente lo mismo. Debería saber que los ciudadanos el dan con sus votos el poder para conseguir lo mejor para la sociedad y que, casi siempre, lo mejor es lo menos malo, no siempre lo absoluto. Si el profesor de Políticas fuese la mitad de grande de lo que cree, ya habría dimitido, porque el resultado del domingo es la suma de todos sus errores. Así que ya está tardando en seguir el camino que acaba de emprender la cúpula de Podemos en Castila La Mancha, dimitiendo en pleno por su fracaso el 26-M.

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