miércoles, 22 de mayo de 2019

NINGUNO SOMOS EL PUEBLO



El de ayer fue un día importante para la democracia española, más de lo que pensamos y no por lo que nos dicen que tenemos que pensar. No sin esfuerzo, a través de la televisión me asomé al pleno en el que los nuevos diputados acataron la Constitución y, por tanto, por lo que fuese y fuese la que fuese la fórmula empleada, se comprometieron con la ley de leyes que, achacosa y artrítica ya, aún regula nuestra convivencia.
Decía que lo seguí con esfuerzo y fue así porque me hubiese gustado hacerlo sin las explicaciones ni los subrayados que se añadían desde las televisiones, sobre todo desde una, que condicionaban si no distorsionaban lo que estábamos viendo. Esa, que es la gran desgracia de nuestro tiempo, ese mirar la realidad a través de los ojos prestados de otros, ojos que cierran el plano sobre lo que a ellos y sólo a ellos les interesa, privándonos de una visión serena y general de lo que pasa.
Si por ellos fuese, de la sesión de ayer, en la que, después de muchos años, alguien que no es del PP preside el Congreso y la primera vez en que esa presidencia es ocupada por un catalán, en este caso una catalana, en un momento en el que abrirse a la sociedad catalana, crispada, dividida y doliente, es fundamental, lo único que quedaría serían los pataleos de algunas de sus señorías y el juego de sillas musicales en que los diputados de Vox convirtieron su llegada al salón de plenos, para desplegar en las primeras filas la "orquesta" con la que abuchear lo que ya desde la calle y desde hace días sabían que no les iba a gustar.
Estaban ellos, la orquestina desafinada de los chicos de Vox, y el solista desesperado Albert Rivera, que, como vaca sin cencerro, va gritando a quien le quiera oír su condición de jefe de la oposición que, por esta vez y salvo quiera ejercerla como "okupa" corresponde a Pablo Casado, quien a pesar de su batacazo electoral consiguió mantener el honor de ser la segunda fuerza más votada el 28 de abril.
Volvió a perderle el ansia y así, sin esperar a ser formalmente diputado, sin haber acatado, como exige el reglamento, la Constitución, tomo la palabra para tratar de imponer a la ya presidenta Batet su presunta obligación de poner fin al juramento que los independentistas, conscientes de que no iban a tener otra oportunidad, "adornaron" la fórmula con sus reivindicaciones, cuando con un sí o un no bastaba. 
De lo visto ayer, sólo salvaría las palabras de Batet, criticada de antemano por PP, Ciudadanos y no digamos Vox, que supo resumir en apenas una frase el quiebro que quiere hacer a mentirosa verdad de que la Constitución es sólo patrimonio de algunos. "Todos venimos del pueblo, dijo, pero ninguno somos el pueblo". Ya hora de que alguien tuviese el coraje de decírselo a quienes, sin haber dado el Sí a la Constitución, porque no estaban entonces o porque no creían en ella, traten de imponer su versión almidonada y rancia de una carta magna que ha envejecido mal en la vitrina.
Por eso agradecí, en medio de esa bronca que dejó casi sin habla al aguerrido Pablo Casado, el temple y las palabras de esa mujer joven, estrecha colaboradora de Miquel Iceta y Pedro Sánchez, que firme y nada agresiva nos recordó en dos frases que ni la patria ni la ley son exclusivas de nadie, porque, no quiero olvidarlo y me gustará repetirlo, "todos venimos del pueblo, pero ninguno somos el pueblo".

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