miércoles, 31 de mayo de 2017

¿MANUEL MOIX? ¿ANTICORRUPCIÓN?

Yo, lo confieso, cando no tengo nada mejor que hacer abro una sociedad en Panamá para poner a su nombre todas esas cosillas inconfesables que, reconocedlo de una vez, trúhanes, todos tenemos. Pongo a su nombre mis vicios, mis perezas, mi escasa voluntad y mi flojera para el sacrificio. Son tonterías, cosillas sin importancia, asuntillos que todos tenemos pendientes, pero con las que se me hace incómodo convivir. Por eso las escondo. Así, los demás no saben que los tengo y, si no son públicos, no tengo que pagar por ellos.
Otra cosa no tengo, mis libros que ya no leo, mis discos y mis cacharros de escribir, ver y escuchar, porque no tengo propiedades que puedan interesar a nadie ni, mucho menos, bienes con los que yo o los míos podamos especular. Más o menos, lo que les ha ocurrido al fiscal Moix y su familia y que le pasa a toda esa gente a la que, como a Ignacio González, no les gusta que la gente, que Hacienda, que, dicen, somos todos sepan lo que tienen, sobre todo para no hacer sufrir, para no incomodar a los demás con nuestras ostentaciones, para parecer ciudadanos normales y corrientes a los que no se debe envidiar ni mucho menos admirar.
En mi familia no hay grandes propiedades, lo justo para vivir con una cierta tranquilidad, nada de chales en la sierra de medio millón de euros, que no han visto juntos en su vida, nada que pueda acabar resultando incómodo en una herencia. Ningún bien que esconder en Andorra, Panamá o una de esas islas de nombre exótico en las que, oh casualidad, casi todos los bancos españoles tienen o han tenido sucursales.
Debe ser porque nací, crecí y vivo en Carabanchel Bajo, el barrio madrileño que creció a mediados del siglo pasado en los campos de cereal, junto a arroyos sucios, líneas del frente de la guerra civil y cementerios, cuatro o cinco se ve desde la azotea de la casa de mis padres. Debe ser que mis padres no tuvieron el tiempo ni el dinero suficiente para comprar una casa en la sierra y disfrutarla, debe ser que, con dar una carrera universitaria a cada uno de sus cuatro hijos, que ya era más de lo que habían soñado para nosotros les bastaba. Debe ser que siempre cumplieron con la ley, aunque lo hicieran por miedo y por falta de conocimiento de que, con ¡dinero y abogados, se podía burlar.
Nada que ver con toda esa gente que esconde millones en los altillos, cuentas en Suiza y propiedades tras la pantalla de sociedades en Panamá y otros paraísos, no por evadir impuestos, que ellos son muy patriotas, sino por si vuelven los rojos, disfrazados ahora de podemitas. Nada que ver con esa gente con clase,  los ricos de toda la vida, educados en los jesuitas o los maristas, con títulos universitarios de exóticas universidades, entre los que la derecha gobernante, la que tiene partida de golf y de naipes en el Club de Campo, tiene que seleccionar los mimbre con los que tejer el aparato del Estado, ese que les defiende de loa abusos del populacho, de su grosera interpretación de las leyes, de esos que se atreven a pedir y, por desgracia lo consiguen, a sentar a todo un presidente de Gobierno ante un tribunal.
Esa chusma y los que escriben los periódicos que leen no se dan cuenta de lo difícil que resulta encontrar a alguien que les sirva para ese propósito, alguien de su clase que, además, tenga un pasado impoluto y un patrimonio que se pueda tender en el balcón como se tendía la bandera o los símbolos piadosos en los días señalados. No se dan cuenta de lo difícil que ha sido, tras un largo ensayo de prueba y error, encontrar a Manuel Moix, su fiscal Anticorrupción Qué raro me resulta escribir juntos ese nombre y ese cargo.
Intentémoslo otra vez sin que suene como sarcasmo: ¿Manuel Moix? ¿Anticorrupción?