Si hacemos caso de toda la sabiduría encerrada en los
clásicos, deberíamos estar muy preocupados, porque, sin ir más lejos, en uno de
los episodios de "La vida de Lazarillo de Tormes" nos enseña cómo se
perdona al tramposo cuando la trampa que hacemos es mayor o más beneficiosa que
la suya. Es el pasaje en el que Lázaro, aún niño, comparte un racimo de uvas
con el ciego y, sin al parecer venir a cuento, éste le golpea por comerse las
uvas de tres en tres y, cuando el muchacho, extrañado de que se diera cuenta,
le pide explicaciones, el ciegos justifica el castigo explicándole que supo que
las comía de tres en tres, porque él las comía de dos en dos y Lázaro callaba.
Ese es el drama, consentimos los pequeños pillajes, porque,
de alguna manera, en folios, en bolígrafos, en cañas y copas, en horas de
trabajo escaqueadas, también nosotros rapiñamos. Por eso, cuando alguno de
estos pícaros del siglo XXI, sin la magia y la gracia de los del XVI, es
sorprendido comiéndose dos uvas, debemos echarnos a temblar pensando en los
que, aún por descubrir, se las comen de tres en tres de cuatro en cuatro.
Hoy se publica que el consejero López Viejo, la primera
"víctima" del caso Gürtel, que fue cesado por Esperanza Aguirre, me
temo que más por torpe que por corrupto, tenía un millón y medio de euros en
una cuenta en un banco suizo que, oh casualidad, eran los ahorros de su esposa
que fueron regularizados y repatriados el año pasado. López Viejo, Ignacio
González y Luis Bárcenas, todos del PP y todos casados, tienen esposas
solventes que acarean millones a Ginebra o ponen la pasta para pagar un ático
de lujo en una urbanización de nombre, cuando menos, hortera. A este paso habrá
que cambiar la liturgia del matrimonio y añadir a eso de "en la salud y la
enfermedad" algo parecido a "en Marbella y en Ginebra".
Estos son los grandes pícaros que se comen las uvas de tres
en tres y de cuatro en cuatro y lo hacen con una cierta tranquilidad porque hay
otros que, como Carlos Mulas, director de la fundación Ideas, la FAES del PSOE,
Santiago Cervera, el tránsfuga de la muralla de Pamplona, o Eduardo Villanueva,
el concejal de Nuevas Tecnologías de Burgos, que se gastó 200.000 euros
públicos en descargas a su móvil, se las vienen comiendo de dos en dos y,
aunque, al contrario que el amo de Lázaro, ven, no están interesados en contar.
El primero que he citado y último en llegar al club, era un
brillante economista, cargado de títulos y muy próximo a la cúpula socialista.
Tanto que participó en la redacción de los capítulos económicos de los
programas con que concurrió el PSOE a las dos últimas elecciones generales y
fue subdirector de la Oficina Económica, que no barata, de la Presidencia del
Gobierno. Pues bien, este brillante economista, director del laboratorio de
ideas socialista y con un evidente futuro, pese a que en la debacle electoral
de Rubalcaba se quedó a las puertas del Congreso, se ha dejado
"pringar" por los 50.000 euros que ha cobrado una carísima
colaboradora de Ideas, Amy Martín, a la que nadie conocía y que ha resultado
ser él mismo, lo que ha obligado a su mentor, Jesús Caldera, a cesarle y
reclamarle la pasta cobrada por su imaginaria colaboradora.
Como veis, en este caso se mezclan literatura y cine, el
Lazarillo y la adaptación cinematográfica de la novela Psicosis, en la que el
tímido Norman Bates (Tony Perkins) cometía sus crímenes asumiendo la
personalidad de su madre.
En resumen, nuevos pícaros, los del siglo XXI, practicando
la vieja picaresca del Siglo de Oro, en la que los trapicheos de unos encubren
y consienten otros trapicheos menores que, al final, pagamos todos.
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