miércoles, 19 de septiembre de 2018

CHULO, FEO Y MALO


Le faltó poner los pies en la mesa mientras escupía por la comisura de ese labio imposible su tabaco de mascar oscuro y viscoso- Le faltó entrar en la sala de la comisión balanceándose sobre sus caderas, hundiendo en la alfombra los tacones de sus botas de vaquero, mientras apoyaba sus manos en las culatas de sus pistolas al cinto. Le faltaron remolinos en el horizonte y el silbido del viento en la carrera de San Jerónimo, acompañando su chulesca aparición en el edificio que como todo, como todos nosotros cree suyo.
Le sobró la chulería de quien se sabe temido, aunque poco querido y quizá por eso tuvo que repetir, repetirse que es muy querido en su partido, olvidándose de que su partido ya no es tan querido por os españoles, de que ya no estamos en los tiempos en los que hizo de Pablo Casado su jefe de gabinete, un Pablo Casado al que cacheteó con displicencia y una media sonrisa de ratón, no lo hubiera hecho mejor un mafioso. Hizo todo eso y lo hizo interpretando el papel de figurante de spaghetti western que el mismo se asignó en aquella nefasta coproducción que fue la Segunda Guerra del Golfo, aquella que se presentó en las Azores, con un photocall en el que no sabía colocarse y del que no hubo manera de arrancarle.
Cuando le veo de nuevo, como le vi ayer, no tengo la menor duda de que ese hombre no es ni ha sido feliz. No puede haberlo sido. Ni siquiera en aquellos días en que se corrió el rumor de que andaba enamorado, en aquellos tiempos, breves, por cierto, en que alguien trató de humanizar su hosca figura, envolviéndola en páginas de poesía. Sin embargo, aquello no funcionó y si no funcionó es porque ese hombre agresivo e inseguro no es capaz de ofrecer un flanco por el que asome un gramo de ternura. Ese hombre se debe a la refriega y la altivez, que cultiva sin descanso, porque sabe que, aunque sea en el papel de villano, está donde nunca imagino que podía estar.
De que no es capaz para la ternura da prueba la manera en que se refirió a las circunstancias por las que están atravesando Pablo Iglesias y su compañera, sin la más mínima afectividad y en medio de un reproche. Algo parecido a lo que hizo con Casado, al que saludo pretendidamente con cariño, para dejar claro que es "su chico".
De lo demás, de aquello por lo que había sido llamado a la comisión, no dijo nada. Él no sabía nada, no cobró nada que no debiera, no autorizó nada indebido y está orgulloso, muy orgulloso, de haber presidido su partido y nuestro país durante demasiados años, añado yo. Aznar no dijo nada de lo que de él se esperaba, el personaje lo hace imposible, pero tampoco hay que dar por perdida la mañana y es que, pese al lucimiento personal buscado por Rufián, mezclando churras con merinas, Aznar llegó a perder los nervios y lo hizo cuando las preguntas se hicieron claras y precisas con Pablo Iglesias.
Aznar se permitió mentir con descaro, de ofender a la inteligencia, no sólo de los diputados, sino de cualquiera que hubiera vivido esos años con una mínima atención. Aznar se permitió negar lo que, después de años de investigación y proceso, sentenció la Audiencia Nacional, que en el PP de Aznar hubo una caja B y que con ella se financió, totalmente o en parte, el partido.
Pero a Aznar todo esto le da igual. Aznar practica la posverdad de sus amigos americanos, si es que no la inventó el mismo tras los atentados de Atocha. A Aznar le basta con sentirse temido y con soltar dos o tres frases, con creerse brillante. Nadie en su entorno, que es el único que le importa, se lo va a reprochar. Se ha encastillado en un territorio aparte, no sé si en montañas lejanas o en desiertos remotos, pero sí alejado, muy alejado, de la realidad en la que vivimos.
La comparecencia de ayer pudo ser inútil "procesalmente", pero nos permitió medir de nuevo la calaña de ese personaje orgulloso de ser, todo en uno, el chulo, el feo y el malo.

martes, 18 de septiembre de 2018

EL FUERO Y EL HUEVO


Quién nos iba a decir que el "ansia de conocimiento" de nuestros dirigentes iba a acarrear como consecuencia la primera reforma de la Constitución más allá de aquel collar de castigo que, en tiempos de Zapatero, PSOE y PP pusieron al cuello de millones de españoles con aquella ominosa reforma del artículo 135, forzada por le Unión Europea, que dejó a los españoles indefensos ante una crisis que tenía más que ver con la codicia y la irresponsabilidad de la banca de aquí y de allá que con los "pecados" de las víctimas finales.
El caso es que, por lo que sea, por necesidades propias, por desviar la atención de su persona, por aligerar la presión mediática sobre su gobierno o por acotar el terreno en que se mueve el líder de la oposición, Pablo Casado, Pedro Sánchez ha sacado este llamativo pañuelo de la varita de mago que ha puesto en sus manos el Congreso al aprobar la moción de censura contra Rajoy que le llevó hace poco más de cien días a La Moncloa.
El pañuelo de vivo color y de seda, suave al tacto, pero resistente si es preciso atar o amordazar a alguien con él, es la propuesta para reformar urgentemente la "carta magna" para levantar o aligerar el fuero que, hoy por hoy, protege a demasiados españoles, por ejemplo y no me resisto a destacarlo al mismo Pablo Casado que, de aprobarse la reforma, debería responder sobre las irregularidades de su máster ante la juez que ha implicado a varias de sus compañeras en aquella "aventura académica, en lugar de gozar del privilegio de hacerlo directamente ante el Tribunal Supremo, cuyos magistrados, querámoslo o no, en ocasiones deben su carrera y quién sabe si su futuro a esos mismos políticos a los que tienen que juzgar. 
El anuncio para el que previamente se habían hecho sonar las fanfarrias y los redobles no era otro que el de esa reforma exprés  de la Constitución que, como la de don Vito Corleone, es una propuesta a la que ni PP ni Ciudadanos se pueden negar, la de la revisión de los fueros que debería ser aprobada por el Congreso en sesenta días y que perjudicaría enormemente al Partido Popular que tiene decenas de imputados en sus filas que, con ella, quedarían a merced de los jueces que hasta ahora instruían las causas en las que se ven inmersos, jueces que, si envían sus causas al Supremo o a los tribunales superiores de cada autonomía, es porque habían visto en ellos algún indicio de culpabilidad.
El PP sería a primera vista, desde luego, el más perjudicado por esa reforma aún por perfilar, pero no sería el único perjudicado, porque también entre las filas del propio PSOE y de otros partidos que, como la de don Vito, se verían obligados a aprobar- Y se sabe que, para hacer una tortilla, hay que romper algunos huevos y aquí parece claro que el cálculo sobre los huevos a romper ya está hecho y el estropicio compensa lo que se va a obtener con ella.
Si PP y PSOE, amén de otros partidos de parecida tradición, se ven perjudicados, no parece que vaya a ocurrir lo mismo con Ciudadanos que aún no ha tenido tempo de corromperse en la misma proporción. Quizá por ello y porque la supresión de los fueros era uno de los puntos de sus programas electorales, el partido de Rivera se ha visto obligado, sobrepasado por Sánchez, a marcar distancias con la propuesta, acusando a los socialistas de pretender con ella devolver a los políticos catalanes encausados por la proclamación de independencia y la convocatoria de los referendos, olvidando que quien marcó la pauta a seguir en las acusaciones no fue el propio Llarena, sino la jueza Lamela de la Audiencia Nacional.
Lo que me queda claro es que, por lo que sea, este país siempre se ha llevado mal con los tribunales y que, tradicionalmente, se ha optado por el huevo frente al fuero, al que sólo se recurría en cuestiones de honor, honrilla popularmente, como el don Erre que Erre del cine, hasta que, claro, la clase política lo convirtió en un paraguas que, cuando menos, extiende en el tiempo la solución de procesos en los que, de clara que es su culpabilidad hiere a los ojos de  quien tiene un mínimo de objetividad.
En fin, veamos hasta dónde llega este conejo que ha sacado Sánchez de su sombrero y si hacemos tortilla con los fueros.

lunes, 17 de septiembre de 2018

DIGNIDAD O CORBETAS


Uno de los libros más deliciosos de Guillermo Cabrera Infante es "Cine o sardina", una colección de remembranzas de las grandes películas que pudo ver durante su infancia a cambio de renunciar a la aportación de proteínas y fósforo que suponía esa sardina cuyo precio era incompatible con la entrada para el cine. Afortunadamente para nosotros, el autor de "La Habana para u infante difunto" optó por la oscuridad del cine y dejó para la posteridad una colección de críticas deliciosas de todo aquel cine que, quizá con hambre, pudo ver.
Me he acordado de Cabrera Infante a propósito de la decisión tomada por el presidente Sánchez de mantener la venta de bombas presuntamente inteligentes a un país, Arabia Saudí, que, con ellas ha destruido, colegios y hospitales, causando decenas de víctimas, entre ellas muchos niños. Y me he acordado, porque Sánchez, corrigiendo y creo que humillando a la ministra Robles, ha optado por las corbetas, frente a la dignidad y la coherencia.
Que conste que creo que Sánchez es, pese a todo y para quienes creemos en la igualdad y la justicia, el mejor presidente de los posibles actualmente, pero su decisión me ha hecho recordar a otro presidente, Nicolás Salmerón, que hace siglo y medio renunció a la presidencia del gobierno de la Primera República para no tener que firmar la condena a muerte de varios militares alzados en armas contra él. Salmerón dejó para la posteridad una lección injustamente olvidada, quizá porque resulta incómoda para quienes toman sus decisiones pensando más en las encuestas que en la coherencia que debiera ser exigible a todo gobernante.
Finamente, el gobierno ha optado por quitarse de encime el problema de ver como una comarca, la de San Fernando, en Cádiz, se enfrenta a eres y paro, si Arabia Saudí toma represalias contra España, en el lomo de los trabajadores de Navantia, por no recibir las malditas bombas compradas al gobierno de Mariano Rajoy. Supongo que no ha sido una decisión fácil, entre otras cosas porque entraña una gran incoherencia y porque supone la desautorización de la ministra de Defensa, que sale ostensiblemente "tocada" de la crisis. 
Sin embargo, puestos a encontrar incoherencias, mayor aún me parece la del alcalde de Cádiz y líder de Podemos, José María González Santos, Kichi, que dijo, a propósito de la crisis de las corbetas que "no pude recaer sobre Cádiz la responsabilidad de la paz mundial", como si las corbetas fueran barcos de recreo. Lo que no deben olvidar ni Kichi ni sus votantes, es que la sangre que derramen esas bombas o esas corbetas, les habrá salpicado también a ellos.
Afortunadamente para Pedro Sánchez, la decisión se ha anunciado en medio del sainete montado por Albert Rivera, que otra vez se ha pasado de la raya, tirándose sin rubor a la piscina vacía de la tesis del presidente que, esta vez y aparentemente bien asesorado, ha vencido el natural impulso de bajar al barro, dejando que los hechos pusiesen en evidencia a Ribera  y sus mariachis, permitiendo que, como en el judo, el propio impulso de su vana acusación acabase derribando al propio Rivera, del que, con no poca caridad, la prensa no ha hecho toda la sangre que debería haber hecho.
El ruido en algo tan burdo como injusto, las dudas ya resueltas sobre la tesis del presidente, le ha salvado esta vez. Sin embargo, para quienes creemos en un mundo mejor... y sin armas, Pedro Sánchez ha resuelto mal el debate, porque, en lugar de optar por el cine frente a las sardinas, como hizo Cabrera Infante o por no seguir al frente del Consejo de Ministros si ello suponía hacerlo con las manos manchadas de sangre, como Salmerón, Pedro Sánchez ha optado por vender esas sofisticadas bombas que también matan, para poder vender a los mismos tiranos corbetas para sus guerras.
































































































































































































































































































































































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jueves, 13 de septiembre de 2018

VUELVE GILA


Me pregunto a menudo que diría de  lo que está pasando hoy cualquiera de esos personajes que toda mi vida he admirado y que ya no están aquí. Echo de menos, por ejemplo, la socarrona lucidez de Miguel Gila, desaparecido hace diecisiete años, el mejor monologuista que ha pasado por las televisiones y los escenarios españoles. Imagináis, por ejemplo, qué hubiese dicho de la ridícula caza del máster en la que se ha embarcado nuestra clase política, dejando de lado asuntos de mucha mayor enjundia para los ciudadanos, como el paro, la vivienda, la sanidad o la enseñanza. Yo, por ejemplo y sin querer apropiarme del pensamiento del humorista madrileño, estoy seguro de que, con ese humor amargo y vitalista que le caracterizaba, sacaría partido de una situación de la que lo menos que se puede decir es que es tan cansina como bufa.
Me ha venido al pensamiento don Miguel, Gila, como a él le gustaría ser recordado, porque, ayer, el líder de Ciudadanos, Albert Rivera, hizo lo imposible para parecerse a uno de sus personajes, ese, no sé si él mismo o un primo imaginario que trabajó como detective de un hotel y que, aparte de deducir por el humo y las colillas que se había fumado, era capaz de hacer confesar al asesino, gritando a los cuatro vientos que alguien había matado a alguien.
Más o menos lo que ayer hizo en la sesión de control al Gobierno Rivera, un poco a la desesperada, al exigir al presidente Sánchez, sin pruebas y sin un motivo aparente, que hiciese pública su tesis como doctor en Economía, cuando siempre ha estado a disposición de cualquiera que quisiese consultarla, en la biblioteca de la universidad Camilo José Cela, donde fue defendida.
No tenía, ni puede tener, prueba alguna de que no existiese o hubiese sido plagiada, salvo los rumores interesados de "radio macuto" que, al parecer, el artrítico aparato socialista, capaz de sumarse la firma de manifiestos contra la exhumación de los restos de Franco, para minar el prestigio de quien ganó unas primarias partiendo desde cero y consiguió desalojar a Rajoy de La Moncloa con poco más de ochenta diputados.
Rivera, que se las prometía muy felices mientras duró el knock out del PP, ha pasado de ser el rey de las encuestas a verse superado por Pedro Sánches y, sobre todo, por Casado y cierra España, que, en el fondo, es el que más le preocupa. Por eso y sin un máster que rascar, tiró ayer por elevación y no encontror nada mejor que hacer que sembrar dudas sobre la titulación académica de Pedro Sánchez, a sabiendas de que el sentido gregario de la prensa de este país acabaría llevando a que una buena parte de los periodistas de este país acudiesen a la biblioteca de la Camilo José Cela a consultar el tocho de más de trescientas páginas allí depositadas.
Lo más curioso de tos esto es que, para ser diputado, ministro o presidente, no es preciso título alguno. Basta con haber dado algunas clases de teatro, como Toni Cantó, aunque, acomplejado, el las disfrazó de una docencia más elevada, o tener una maestría industrial como José Luis Corcuera, o ser la señora de, como tradicionalmente lo han sido algunas diputadas del PP, es decir, nada. En teoría no hace falta ni eso ni cualquier título, debería bastar con ser honrado y estar dispuesto a defender los intereses de los ciudadanos que hayan depositado en él su confianza. Nada de másteres, maestrías en español, ni doctorados, sólo el espíritu de servicio y la inteligencia y la honradez y el espíritu de servicio necesarios para defender los intereses de los votantes.
Por eso, cuando ayer vi a Albert Rivera interpretando un mal Gila en el pleno del Congreso eche de menos a Gila, porqe él hubiese sido, sin duda, un magnífico diputado.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

SE PIERDE UNA MINISTRA


Nuestro idioma encierra una magia que, a veces, nos juega malas pasadas o, quién sabe, nos da la ventaja de encerrar en las mismas palabras dos significados bien distintos. Eso es, precisamente, lo que ocurre con el título escogido para esta entrada ”Se pierde una ministra" que lo mismo vale para el roto que la propia ministra se hizo al aceptar, consciente o inconscientemente, las ventajas trampa que puso a su disposición el tenebroso Instituto de Derecho Público de la Universidad Rey Juan Carlos, ventajas trampa que seis años después han acabado con su dimisión como ministra de Sanidad, que  para el descosido que deja a la sanidad pública, de la que siempre ha sido ardiente defensora, como demostró en su etapa como consejera del ramo en el gobierno valenciano y ahora en el de la Nación.
Se ha perdido, se perdió, la ministra haciéndose cómodamente con un máster que no necesitaba en unas condiciones ofensivas para el resto de sus compañeros de estudios y para la universidad que expedía el título. Se perdió cuando, al margen de aceptar esas insultantes ventajas, hizo lo que desde que se inventó el "corta y pega", hace un importante porcentaje del alumnado que para superar alguna de sus asignaturas no tiene más que entregar un trabajo que, después, el profesor lee o no lee. Y, si digo esto, es porque la misma molestia que, supongo, se tomó La Sexta o quien informase del plagio a La Sexta de hacer búsquedas en la red con párrafos del trabajo de la ministra, hasta que sonase la flauta de la equivalencia idéntica con otros párrafos de trabajos ya publicados, porque dónde estaban esos profesores, cansados de saber que reciben  trabajos impecablemente encuadernados más propios de costureras que de alumnos investigadores, porque un profesor debería reconocer la capacidad de expresión y los conocimientos de sus alumnos.
Se perdió a sí misma con su máster la ministra y se perdió, para todos nosotros, una ministra que se había propuesto devolvernos lo que, al Partido Popular, agazapado tras la coartada de la crisis, nos había arrebatado. Porque, aunque no se ha hablado de ello tanto como de su máster, Carmen Montón, al frente de la Consejería de Sanidad Universal y Salud Pública, un nombre cargado de compromiso, desprivatizo los hospitales que Zaplana regaló a constructoras y los valencianos pagaron, año tras año, más caros que si hubiesen sido atendidos en una lujosa clínica suiza. Perdemos una magnífica ministra, probablemente la mejor posible, que, a su llegada al Paseo de Prado, devolvió la asistencia sanitaria a todos lo que se encuentren en España, incluidos inmigrantes, parados y a esos españoles emigrados por la crisis a quienes el PP por miserables razones economicistas se la había negado. Lo último que se sabe de su gestión, conocido al tiempo que sus irregularidades académicas, es ese plan para atajar el suicidio que alcanza en España una cifra de varios millares de "víctimas" al año, plan que, junto a la eliminación del copago sanitario, se encargará de culminar su sucesora, médica como ella, María Luisa Carcedo.
La prensa, en este caso eldiario.es, ha añadido una nueva muesca a su revólver, pero nosotros hemos perdido una ministra, una ministra que no acabará como tantos otros cargos dimitidos o cesados de la Sanidad en una farmacéutica o una empresa del ramo como Capio o Quirón. Y si no acaba en ellas, es porque, en las escasas semanas que ha permanecido en el cargo, ha trabajado para los ciudadanos y no para los tiburones del capital que ven nuestra salud como una apetecible presa para sus fauces.
Se ha perdido una ministra y se ha perdido por una estupidez, por una nimiedad, si se compara con su trayectoria política y profesional. Y que conste que no digo que no deba ser así, porque la decencia y la honradez es, si no lo único, sí lo que más debemos defender los ciudadanos. La ministra, insisto, se equivocó y se perdió, pero, con ella, nosotros, los españoles todos, hemos perdido una buena ministra que sólo deseo que nos ayude a olvidar a su sucesora María Luisa Carcedo, mientras Casado (y cierra España) seguirá arrastrando la vergüenza de su máster, dentro de unas semanas en el Supremo, sin siquiera haberse plantado la dimisión.
Se ha perdido una ministra, como se perdió un ministro, el de Cultura Maxim Huerta, Dos en los apenas cien días que lleva Sánchez en el Gobierno, no porque los ministros de Sánchez sean peores o menos honrados, sino por todo lo contrario, porque, para contar los ministros, no ya del PP, sino sólo de Rajoy, no bastaría con los dedos de las dos manos.

martes, 11 de septiembre de 2018

AL RICO MÁSTER


No entiendo nada y si yo, que he pasado dieciséis años de mi vida en la universidad, como alumno y como profesor, no entiendo nada, no quiero ni imaginar qué estarán pensando quienes no hayan tenido nada que ver con ella.
¿Qué está pasando? Os aseguro que aquella universidad que conocí mis años de estudiante, la de las huelgas y la oposición antifranquista era más coherente y más útil que ésta. Lo era al menos para quienes pasábamos por ella, porque, además de en veterinarios, periodistas, abogados o médicos, nos convertíamos en ciudadanos y, al menos esa fue mi experiencia con mis compañeros, en ciudadanos críticos y solidarios.
Hoy no cabe duda de que las cosas han cambiado. Hoy los títulos se consiguen sumando créditos que muchas veces se consiguen elaborando y presentando trabajos. No sé si eso es mejor o peor. No sé si es mejor defender en un examen los conocimientos adquiridos que ponerlos por escrito en una serie de trabajos realizados a lo largo del curso, realmente no lo sé. Lo que sé es que eso ha dado lugar a la atomización del conocimiento, a la existencia de asignaturas y másteres de nombre rimbombante de las que, sinceramente, en ocasiones desconozco la utilidad. Tanto que más de una vez he pensado que se crean a la medida del profesor más que atendiendo a las necesidades de los alumnos como futuros profesionales. Quizá, porque he ejercido una profesión, el periodismo, para la que de nada o de casi nada sirven los títulos.
Pero, por desgracia, vivimos en la sociedad del currículo, en una sociedad en la que se valora más la extensión de una lista de conocimientos teóricos que la experiencia entera y verdadera que precisará profesionalmente, quizá por eso, creyendo en eso, muchos alumnos y muchos padres de alumnos nos sacrificamos económicamente para pagar esos cursos y másteres que adorarían esos currículos que inocentemente creímos que ayudarían a encontrar un trabajo.
Sin embargo, salvo excepciones, no suele ser así. A la hora de buscar empleo, vale más una amistad, en el nivel que sea, que toda esa lista de títulos, cursos y másteres puestos en un papel que, al final, acabará en una carpeta junto a otros papeles similares.
Por si fuera poco, hemos entrado en una etapa, a mi arecer caótica, en la que las licenciaturas se han convertido en grados, con menos duración, pero que no capacitan para el ejercicio profesional y que necesitan de uno o varios másteres o de uno o dos años de trabajo en pruebas para facultar el ejercicio profesional. Curiosamente esto se produce en un momento en el que las empresas consideradas como más eficaces, tecnológicas de éxito como Google, Facebook, Apple o Amazon, después de analizar la idoneidad y eficacia de sus empleados, comienzan a "pasar" de los currículos brillantes para fijarse en otras características de sus perfiles.
Mientras tanto, las universidades cultivan en su jardín másteres cada vez más exóticos que ponen en el mercado a precios de frutos primorosos, que luego, a la hora de la verdad, se muestran vanos o inmaduros. Ocurre con esto como con la fruta y verdura de muchos hipermercados que, en eso que llaman el "lineal" parecen una cosa y luego, en casa, son otra, hasta el punto de que, a veces, no llegan ni a la mesa. Un engaño en el que caemos una y otra vez, porque nos empeñamos en no aprender de nuestra experiencia, que sin embargo permite a las grandes cadenas y a las universidades hacer caja.
Sin darnos cuenta, unos y otros han convertido nuestras universidades, el camino lógico para subir en la escala social, en un nuevo obstáculo para quienes están abajo, porque las becas y ayudas, pagadas con el dinero de todos, con nuestros impuestos, para garantizar el acceso de todas las clases, pierden su efecto a los cuatro años, el grado, al entrar en contacto con la kriptonita de los másteres. Sin que nos hayamos dado cuenta, han levantado un muro, insalvable para muchos, que separa a los que se pueden permitir pagar un posgrado, un máster, de quienes no pueden siquiera soñar con ello.
Y, por si fuera poco, nos toca asistir al negocio en que algunos han convertido la oferta de esos títulos de posgrado, hasta el punto de convertirla en una especie de barquillera trucada en la que según quien seas el barquillo te saldrá, en esfuerzo, gratis o no.

lunes, 10 de septiembre de 2018

¿EN LAS MISMAS?


Un año más, como cualquier escolar en septiembre me enfrento, entre la pereza y la curiosidad, al comienzo del nuevo curso. Un año más se repite el ritual, del reencuentro a las puertas de la escuela, para los colegiales, del ceremonial que debiera ser de la fiesta de todos los catalanes y que, de unos años a esta parte, se ha vuelto cada vez más excluyente, pasando de catalanista a nacionalista y a claramente independentista ahora. Un año más, a sabiendas de que no debiera ser así, como el colegial en su casa todavía en penumbra, me hago el remolón ante el teclado.
Aun así, trato de sobreponerme y me impongo la tarea de buscar algo distinto, algo que diferencie este lunes de cualquier día de la semana pasada y, con solo conectar la radio, lo encuentro. En primer lugar, una entrevista semiclandestina a Raúl Romeva, conseguida por la Cadena SER y llevada a cabo durante una comunicación en prisión, una entrevista de la que no ha quedado, que se sepa, testimonio sonoro, en la que Romeva asegura que habla en nombre de todos sus compañeros presos y en la que asegura que no habrá ningún tipo de negociación entre la Generalitat y el Gobierno si ellos continúan  encarcelados, algo que aleja un poco más una salida para la crisis que estalló en toda su magnitud hace ya más de un año.
Lo dicho por Romeva, de ser cierto, no que lo haya dicho, que no dudo que lo dijera, sino que lo haya dicho en representación consensuada con todos sus compañeros, lleva cualquier solución más allá de un juicio que va a ser, si no largo, sí intenso, porque, no es que el gobierno parezca dispuesto a influir en la fiscalía para atenuar las penas previstas para los responsables de la efímera "proclamación" de independencia de hace un año, es que no puede hacerlo y, de haberlo, no sería sin un grave escándalo y siempre después de producirse la condena.
Por tanto, cabe pensar que todos estos movimientos tienen más que ver con el precalentamiento de la diada de mañana martes, una diada que, con razón o sin razón, se prevé menos concurrida que la del año pasado, aunque bien es sabido que, desde hace tiempo, a cualquier concentración de masas de carácter político le sigue una guerra de cifras en la que el margen de errónea discrepancia se establece en centenares de miles de asistentes.
No me cabe duda de que la diagonal estará "a rebosar" ni de que la coreografía que se ha diseñado para la ocasión será tan vistosa y tan perfecta como la de años anteriores. No me cabe duda tampoco de cuál será el discurso de unos y otros, en la Diagonal y fuera de la Diagonal, porque, al menos hasta esta mañana, en que hemos sabido del máster fantasma de la ministra de Sanidad, Carmen Montón, ese esa venía siendo la harina con la que hacían PP y Ciudadanos el pan de su oposición al Gobierno.
Cosas veredes, que decía Don Quijote, porque esta es la hora en la que Pablo Casado, se ha mostrado comprensivo con las explicaciones que aún n ha dado la ministra, en lugar de arremeter contra ella pidiendo su dimisión, señal clara de que quien tiene que exigírsela, si es que no es capaz de explicar lo ocueeido es el propio, Pedro Sánchez que perdería, y con él nosotros, una magnófica ministra de Sanidad
E fin, que me siento con desgana apático ante unas semanas que deseo más que espero que no se parezcan a las que hace un año siguieron a aquella diada.
No sé si estamos en las mismas, pero os aseguro que no querría que este país volviese a pasar por lo que pasado a lo largo de este año.