Quienes hayan tenido la oportunidad de estar allí, en los
alrededores del Congreso o ver las imágenes de los que allí pasó, a través de
televisiones más o menos veraces, no la TVE del PP, o Internet, habrán
comprobado que, en las tres concentraciones que allí se han desarrollado hasta
ahora, había jóvenes y ancianos, hombres y mujeres, trabajadores con empleo,
trabajadores en paro y jubilados, estudiantes de todos los niveles de
enseñanza, comunistas, anarquistas y ,también, señor Rubalcaba, socialistas y
votantes socialistas, muchos de los votantes que aún le quedan, no sé por
cuánto tiempo, al partido socialista.
Sin embargo, el poder -y cuando digo poder me refiero a los
que lo tienen, los que lo han tenido y los que aspiran a tenerlo- ha acuñado,
para calificarles, el término anti sistema, con el que, nos dicen de un plumazo
que ellos son lo bueno, lo que hay que defender y todos los demás, excepción
hecha de esa mayoría silenciosa y pasiva que se queda en casa y no abre
telediarios ni está en las portadas de los periódicos, salvo cuando, cada
cuatro años, votan para ellos, para el sistema. Pero se equivocan, porque
nosotros somos el sistema. Un sistema reglado que venía funcionando con una
cierta armonía hasta que, hace doce años los especuladores, financiando
campañas electorales, se hicieron con el poder, primero en Estados Unidos y
luego en el resto del mundo, para cambiar las normas, eliminar el volante de la
maquinaria del reloj y dejar que las manecillas giren alocadamente hasta
agotar, como han hecho, la cuerda del reloj.
Desde el poder, ese complejo poder del que hablo, se
extrañan de que toda esta gente esté en la calle. Pero han sido ellos los que
les han puesto en la calle, echándoles de sus trabajos de sus casas y de sus
centros de salud. Por eso les gritan desde el otro lado de las vallas. Por eso
vuelven y volverán una y otra vez hasta que esos que se creen el sistema les
atiendan. Por eso este otoño va a ser tan caliente como lo eran los de la
transición. Por eso estoy un poco asustado, pero cada vez más convencido de que
la solución está en la respuesta que, pacíficamente, seamos capaces de dar en
la calle.
Y digo esto, porque nos temen. Nos temen mucho. Tanto, que,
siempre que pueden, tratan de ganar tiempo engañándonos burdamente. Tanto, que
no se atreven a decir claramente donde están metiendo sus tijeras. Tanto, que
dicen una cosa el jueves y aparece otra muy distinta publicada dos días más
tarde en el BOE. Tanto, que no saben cuánto tiempo van a poder tenernos bajo
control y empiezan a estar asustados.
Se nos quita de lo nuestro y se nos hace ver que es porque hemos abusado, mientras la parte del león del gasto se va, sin esperanzas de poder recuperarla, a recimentar esos bancos que tanto les han ayudado a ganar elecciones, para, al final, quedar tan lejos de los ciudadanos que, engañados, les votan. Y, mientras, los bancos , ni siquiera los nacionalizados, los que se comen el dinerod e nuestros colegios y hospitales, sueltan un céntimo que nos permita salir del abismo al que nos han arrojado
La calle les está mordiendo los talones y no tardará en ir a
las pantorrillas. Y deben tener cuidado, porque, en contra de lo que suele
decirse, tardamos mucho en cabrearnos, ahí está ese "vivan las
cadenas" que cuentan que gritaron los madrileños mientras arrastraban la
carroza de Fernando VII por la calle de Toledo. Tardamos en cabrearnos, pero,
ojo, cuando nos cabreamos, nos cabreamos mucho.
De qué se extrañan si ya estamos cabreados.
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