martes, 23 de octubre de 2018

CORBETAS DE SANGRE


Quién no ha oído hablar de los "diamantes de sangre", obtenidos en medio de una guerra artificial que contribuyen a perpetuar quienes comercializan y compran los diamantes obtenidos en el territorio en conflicto, quién no ha oído hablar del coltán, ese mineral tan escaso como imprescindible para  fabricar los móviles que llevamos en el bolsillo y que se extrae en circunstancias y territorios parecidos a los diamantes, quién no ha escuchado que las pieles de los abrigos de visón son mejores y lucen más cuando el animalillo es desollado vivo. Vestir esos abrigos, usar esos teléfonos o lucir esas joyas produce escalofríos y remueve conciencias, pero nadie perece querer hacer nada para evitar el dolor que se causa y la sangre que se derrama en el proceso que los pone a nuestra disposición.
En estos casos y en mayor o menor medida, el boicot individual a los productos de los que hablamos acabaría con la sangría que acompaña a su producción. Si dejásemos de poner sobre nuestra piel de animales sacrificados para nuestro atuendo, si dejásemos de usar teléfonos fabricados con coltán de origen sangriento o sí dejásemos de "adornarnos" con piedras teñidas de sangre, las guerras y el dolor de que os hablo acabarían por apagarse. Pero nos cuesta tomar la decisión y, por terrible que sea, más aún les cuesta a los gobiernos que elegimos, a los partidos que nos representan y que, en el fondo deberían actuar como nosotros, porque, al fin y al cabo, son un reflejo de nosotros mismos.
Sería más fácil si las leyes prohibiesen comercializar ese dolor y esa sangre, pero nadie se atreve a hacerlo, nadie toma la decisión de prohibir la venta de cualquier cosa que lleve consigo el olor de la sangre. Sería más fácil, pero no lo hacen. Y si no lo hacen es porque, en lugar de escuchar al corazón, incluso a la conciencia, se quedan en los números, en la frialdad de los puestos de trabajo, el dinero y los votos que se perderían tomando una decisión valiente y justa.
Todos hemos asistido a la terrible desaparición del periodista saudí, Jamal Khashoggi, al temor y la incertidumbre de los primeros momentos de su desaparición en el consulado árabe en Estambul, al relato a cuentagotas de las atrocidades que le hicieron allí, a la cínica prepotencia delas autoridades de la monarquía saudí y a la balbuceante respuesta de occidente que con Trump a la cabeza y con la honorable excepción de la Alemania Angela Merkel, han optado por no escuchar tan terrible relato o hacerlo con sordina, han elegido poner en duda todo lo que hemos sabido, porque Arabia es un buen cliente, de los mejores, y no conviene hacerle ascos, mucho menos exigirle que respete los derechos humanos, para que no deje de comprar nuestros productos o nos devuelva la mercancía.
España ha vendido a Arabia un bonito tren para ir a rezar a la Meca y, sobre todo, armas, armas que no pueden usarse para otra cosa que para derramar sangre, para matar. El dilema se hizo patente hace dos o tres semanas, cuando una ministra acostumbrada a impartir justicia y a defender los derechos humanos quiso cumplir el embargo europeo a la venta de armas que se van a usar en un conflicto como la guerra de Yemen. Armas, cuatrocientas bombas guiadas por láser, compradas por España a Estados Unidos y revendidas a Arabia, pese a lo caro y complicado que va a resultar reemplazarlas para usarlas en nuestra defensa, como si arma defensiva fuese algo más que una hipócrita paradoja.
Ahora, cuando Alemania ha decidido suspender la venta de sus armas a Arabia y ha pedido al resto de socios europeos que hagan otro tanto, hemos conocido la verdadera dimensión de la conciencia del gobierno y la oposición: PSOE, PP y Ciudadanos han optado por esperar a que la investigación sobre el asesinato de Khashoggi se resuelva, algo que recuerda a esos códigos éticos que no actúan contra sus militantes, diputados o no, pillados en delito, hasta que no se sientan en el banquillo y que se traduce en ganar tiempo para, como bien ha comprobado Mariano Rajoy, no se sabe qué.
La actitud de Sánchez, Rivera y Casado tiene que ver, más que con el respeto al procedimiento, con el miedo, pánico más bien, a que Arabia se revuelva y suspenda la compra de cinco corbetas encargadas a Navantia, un contrato que se traduce en trabajo y salarios para seis mil empleados de los astilleros de San Fernando, más con las elecciones andaluzas a la vista.
Volvemos así al principio: España, al menos su gobierno, tiene miedo a perder los puestos de trabajo que aseguraría la construcción de las cinco corbetas, cinco corbetas de sangre, como los diamantes y el coltán del Congo, que servirán para que una monarquía como la Saudí, tan poco respetuosa con los derechos de sus ciudadanos y ciudadanas, machaque a sus vecinos y chantajee a los países que se atrevan a criticarla. 

1 comentario:

Mark de Zabaleta dijo...

Es que la pela es la pela ... y tragan con todo ...

Saludos
Mark de Zabaleta