Ayer, supongo que, como muchos catalanes y no catalanes, me
asomé al acto final del juicio contra los acusados de ser responsables de los
hechos que hemos acabado por llamar "el procés", siguiendo la
terminología de los independentistas, eficaces como pocos en el manejo del
relato, con ese aparato de información y propaganda que ostentar el gobierno de
la Generalitat pone a su disposición. Ese acto final que precedió al
"visto para sentencia" del presidente Marchena, consistió en el uso
de la palabra, la última palabra que el derecho procesal otorga a los acusados
y al que ninguno de los trece acusados quiso renunciar.
De los discursos ante la sala, improvisados unos, escritos
otros, puede desprenderse el perfil de cada uno de ellos. Los hubo
prudentemente altivos, los hubo desde la soberbia más evidente, los hubo
incluso dictados por la cobardía y la soberbia. En la mayoría de ellos hubo
asunción, sólo relativa, de la responsabilidad de lo que ocurrió en esos
vertiginosos meses de septiembre y octubre de 2017. Cada uno de ellos, salvo
Jordi Cuixart, que asumió plenamente el papel de mesías, crucifixión incluida,
trató de ponerse a salvo, jugando, a mi juicio burdamente, con la preeminencia
de los derechos que como ciudadanos tienen, sobre las obligaciones que además
tienen, teniendo en cuenta su posición y las responsabilidades que, se
supone, debían haber asumido al formar parte del Estado.
Del mismo modo que jugaron con los derechos y las
responsabilidades, lo hicieron también con las culpas y las creencias, como
creyéndose actores, juguetes de un destino superior e inapelable que, antes o
después, acabará por triunfar, gracias a su impulso y su sacrificio. Ese fue el
caso del mismo Cuixart y, claro, el de Oriol Junqueras que se definió como
un padre de familia llegado a la política ya en su madurez y que invocó, como
casi todos, al diálogo que, cuando estuvo en sus manos, no quiso explorar,
siendo como era por aquel entonces vicepresidente de la Generalitat y figurando
como impulsor de la proclamación de la efímera independencia.
La que fuera presidenta del Parlament de Catalunya, Carme
Forcadell, elegante como siempre, en el atuendo al menos, vino a decir que no
sabía por qué estaba allí, que se la había acusado por quién era y no por lo
que hizo, que siempre había estado a favor del diálogo y la palabra, olvidando
y, de paso, pretendiendo que olvidásemos que fue ella y no otro quien negó a la
oposición la posibilidad de debatir en el plano aquellas leyes absurdas que
pretendieron dinamitar de un plumazo, no sólo la Constitución sino, también, el
Estatuto de Autonomía dentro del que se estaban moviendo.
Así unos y otros, más o menos dignos de piedad, más o menos
horma de ese zapato con el que pisotearon el marco legal hace casi dos años,
pero todos con la dignidad de haber asumido en su momento la obligación de
presentarse ante un tribunal que, como pudieron comprobar, les podía enviar a
la cárcel. Por eso fue ensordecedor el silencio sobre quienes no estaban ante
el tribunal, en especial, el verdadero responsable de todo, Carles Puigdemont,
hoy en su cómodo retiro de Waterloo, cómodo comparado con las celdas de sus
compañeros, arrastrados o no por él a aquel destino. Un silencio que se encargó
de romper Santi Vila, el conseller que se fue del gobierno cuando se dio cuenta
del desastre al que Puigdemont les llevaba. Por eso no dudó en señalarle en su
alegato final como el responsable del "despropósito" en el que todo
acabó. Habló en su turno, para mí el más interesante de todos, de la sucesión
de hechos y acontecimientos que, inevitablemente, conducía a lo que ocurrió.
Habló de ello y de cómo nadie supo o quiso verlo, Habló del lehendakari Urkullu
y de cómo fue traicionado por Puigdemont el acuerdo alcanzado para convocar
elecciones y poner el contador de nuevo a cero para encontrar una solución al
bucle infernal en que unos y otros habían convertido el futuro de Cataluña. No
pidió nada para sí, salvo que la sentencia fuese un primer paso hacia esa
salida.
Exactamente lo mismo que yo, que amo profundamente a Cataluña
y que quiero lo mejor para ella y sus gentes, todas, quiero una Cataluña tan
madura como la imaginé siempre, al lado del resto de España, una Cataluña que
no será nunca como la quiero si la sentencia se convierte en escarmiento, una
Cataluña que deje de ser argumento para la demagogia de la peor de las derechas
que hoy son todas, una Cataluña que tenga cosas más importantes en qué pensar
que en lazos y presos, una Cataluña, en fin, de todos y para todos los
catalanes.
Espero que esa Cataluña llegue y que la sentencia sea, como
digo, el primer paso, porque si me resultó penosos comprobar como la cárcel, ya
va para dos años, ha deteriorado a la mayoría de los acusados, no quiero ni imaginarme
lo que sería con las penas, a mi juicio desproporcionadas, que se han pedido
para ellos. Es demasiada cárcel, para ellos y para cualquiera.
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