viernes, 14 de diciembre de 2012

NO HACÍAN FALTA ALFORJAS

 
 
Ha costado mucho. Entre otras cosas, ha costado cuatro huelgas generales en la sanidad madrileña, pero, al final, parece que el monolítico Ignacio González se ha dado cuenta de que estaba profanando algo tan sagrado como el respeto y el cariño que los madrileños sienten por sus hospitales, sus centros de salud y por el personal que los atiende.
Ha sido mucho el desgaste sufrido por ese personal, al que cada día de huelga le ha costado dinero, lo que, en tiempos en que han perdido una de sus pagas y han visto gravemente recortados sus sueldos, puede calificarse casi de heroico. Pero, a diferencia de quienes dirigen la política sanitaria madrileña, sabían cuánto se jugaban en el empeño y ha sido su entusiasmo y su firmeza los que, finalmente y tal y como parece, les llevarán a una victoria que, en lo moral, ya es suya.
La diferencia entre los dirigentes del partido popular y una gran parte de los del resto de partidos, por desgracia no todos, porque hay algunos que a pesar de las siglas que dicen defender muy a menudo se parecen a ellos, es que los populares, miren donde miren, no ven más que negocio y, si en algo no lo ven, no se cortan ni un pelo en podarlo y podarlo hasta marchitarlo.
No hay más que ver la falta de escrúpulos del médico y ex concejal del Ayuntamiento de Madrid, Simón Viñals, que se prestó a hacer un paripé de servicio médico para el trágico Halloween del Madrid Arena, cuando carecía de medios suficientes para cubrir cualquier emergencia en una concentración como esa y que, además, como se acaba de saber, llevaba siete años sin colegiar y, por lo tanto, sin autorización para ejercer como médico, lo que, ahora, le puede costar muy caro.
Valga este apunte al margen, para hacerse una idea del concepto que de la sanidad se tiene en esa formación, pero, a lo que íbamos, el presidente González -no Felipe, el otro- ha calculado mal, muy mal, el desgaste que le iba a acarrear entrar como elefante en cacharrería en el santuario de la sanidad. Pensaba quizá que, como en la Enseñanza, hay quien desprecia la pública porque se puede pagar un colegio privado. Sin embargo, cualquiera con dos dedos de frente sabe que, incluso quienes pagan, y mucho, a sociedades médica con lujosas clínicas sin molestas colas ni listas de espera, saben que, al final y si hace falta, acabarán siendo atendidos, en lo caro y en lo difícil, en la Sanidad Pública.
Por eso se encontró con la oposición de todo el barrio de Salamanca, tan de derechas que, en su día, los cachorros del fascismo lo declararon "zona nacional", al cierre del Hospital de la Princesa como centro de referencia de la zona. Por eso han sido un fracaso detrás de otro todos los intentos de la potente maquinaria publicitaria del PP -lo único que junto a la recaudación parece funcionar en esa casa- para convencer a los madrileños de que sus médicos y enfermeras, a los que conocen, con los que hablan y de los que conocen hasta el tacto, les estaban engañando. Cuando han tenido que elegir, los madrileños lo han tenido claro y han optado por hacerles caso a estos, cuando no por responder con una pedorreta a los intentos de engaño de González.
El presidente madrileño, después de decir que su reforma es innegociable y de que su consejero haya llegado a decir que primero se aprueba y luego se negocia, se la va a tener que envainar, porque los médicos, con excepciones como las de algún que otro Viñals, aman su profesión ante todo y el consejero Lasquetti ha tenido enfrente a la práctica totalidad de los jefes de servicio de los hospitales madrileños.
Como diría un castizo, "se la ha tenido que envainar y, aunque sin tiempo para elaborarlo, les ha pedido un plan para ahorrar quinientos millones de euros. Lo cierto es que, para este viaje no hacían falta alforjas y que si, con menos chulería y más sentido común, se hubiese sentado, si no a negociar, sí a elaborar junto a ellos la reforma, no hubiese sufrido tan tremendo desgaste ni hubiese conseguido, quizá por vez primera la unidad de todo el sector en su contra.
 
Y es que, por más que trate de ignorarlos, debe ser muy duro que vaya donde vaya le reciban a uno los pitos, los silbidos, los gritos y las protestas de los ciudadanos.
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jueves, 13 de diciembre de 2012

ABUSAR DEL BIENESTAR

 
Reconozcámoslo, abusamos de la Sanidad. Nos hemos acostumbrado a los quirófanos, las diálisis, las ambulancias, los chutes de insulina, las urgencias, el láser para no quedarse ciego... nos hemos acostumbrado y todo eso está por encima de nuestras posibilidades. Es más, la vida misma está por encima de nuestras posibilidades. Qué hacemos en las grandes ciudades tantos nietos del surco y del arado, algunos con carrera y casi todos con piso y coche ¿Acaso no entendemos que todos esos privilegios lo son de los ricos, de los hijos de los que ganaron la guerra, de los hijos de quienes usurparon o compraron con ventaja tantas tierras y tantas fábricas de los vencidos?
No, no es que hayamos vivido por encima de nuestras posibilidades. Lo que ocurre es que la vida a la que aspiramos, la vida a la que dice la Constitución que tenemos derecho nos queda lejos y no sólo eso, cada día, como la utopía de Galeano, la alejan más de nosotros, pero no para estimularnos a perseguirla, sino para dejarnos a un lado del camino, abatidos y desesperanzados.
Veníamos de un país que sobrevivió a una dura posguerra y que, por la soberbia y la crueldad de ese dictador al que tanto parecen añorar algunos, lo hizo de espaldas al mundo. Venimos de un país en el que las grandes ciudades crecieron a partir de los barrios de chabolas y barracas que, cansados y con hambre de siglos, levantaban los que buscaban una vida mejor al lado de esas carreteras que les habían traído desde el pueblo y la miseria. Veníamos de allí y llegamos a creer que, con la democracia, habíamos llegado a esa tierra de promisión, esa tierra de leche y miel en la que cada uno llegaría hasta el lugar que le llevasen sus méritos y en el que nadie quedaría desprotegido, porque el fuerte cuidaría del débil y la solidaridad sería la única religión.
Qué ilusos. En cuanto a los de ricos de siempre, los de toda la vida, les llegó el barrunto de que, con tanto hijo de obrero ahí arriba, con tanto advenedizo, lo suyo no duraría mucho más, en cuanto lo tuvieron claro, se encargaron de desatar en los recién llegados los instintos más bajos, el egoísmo, la desmemoria y ese "lo mío es mío" que tanto daño ha hecho a la humanidad.
Os preguntaréis a qué viene esta disgresión. Pues viene a que no todos son como esa gente terrible y tóxica del último párrafo. Viene a que, en la enseñanza, en la sanidad y, por qué no, también en la justicia sigue habiendo gente empeñada en acortar las distancias y en compensar a los débiles por todas las oportunidades que les negó la vida. Maestros, a mí me sigue gustando llamarles así, que se han esforzado siempre en apoyar a quien, sin apenas recursos, valía. Albert Camus dedicó su discurso de aceptación del Nobel a ese maestro que en Argel "tiró" de aquel hijo de una humilde mujer viuda y sorda que llegaría a ser él mismo. Y Camus sabía lo que hacía, porque este mundo necesita de muchos Camus y muchos maestros como el suyo.
Pero no sólo los maestros. También los médicos y el resto de sanitarios que, bajo una presión enorme y, a veces, con la incomprensión y la ingratitud de alguno de sus pacientes, nos dan su conocimiento y su trato amable, seamos ricos o pobres, cultos o no, con familia o sin ella. Y ahora también, aunque lo hayamos sabido tarde, los jueces que fueron los que si no primero, sí con más autoridad, denunciaron la crueldad e injusticia de los desahucios, pero que, las más de las veces, en el día a día, tratan de equilibrar este mundo egoísta e injusto.
Todo eso, todo eso y que los mayores disfruten de una pensión digna, es eso que llamamos Estado de Bienestar. Y nos lo quieren quitar. Nos lo quieren quietar, porque ellos siempre quedarán a cubierto. Ellos seguirán yendo, con la plusvalía de nuestro trabajo y sus ganancias de la especulación, de la corrupción o de la bolsa, podrán curarse en clínicas norteamericanas o suizas, sus hijas podrán ir a abortar a Londres y sus hijos a universidades de renombre o, si son unos zotes, a las de aquí.
Nos lo quieren quitar y, ahora que Alemania ha suprimido el copago sanitario, entre otras cosas porque no ha retraído el uso de la sanidad y los enfermos que realmente están enfermos, que son, si no todos, la inmensa mayoría, siguen yendo al médico... ahora que Alemania lo deja, aquí lo agudizan extendiendo el copago en las recetas al traslado en ambulancia de los enfermos crónicos que, por ejemplo tienen que acudir, a veces a bastantes kilómetros de su pueblo, a someterse a tratamientos tan cruciales para su supervivencia como la quimioterapia o la diálisis, como si estos enfermos fuesen de paseo o de excursión en ambulancia.
Efectivamente, se abusa del Estado de Bienestar. Abusan quienes quieren venderlo troceado y a precio de saldo a quienes, cuando lo tengan bajo su control, se ocuparan sólo de lo que les resulte rentable. Los demás, a las tinieblas.
 
 
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miércoles, 12 de diciembre de 2012

DESPIDOS EN BANKIA

 
 
Ya están aquí los treinta y tantos mil millones de euros para reflotar la banca, de los que Bankia se va a llevar la parte del león. Ya están aquí los fondos y ya están aquí los ajustes en Bankia y esos ajustes no le van a gustar al silencioso colectivo de sus trabajadores, entre otras cosas porque cinco mil de ellos se van a ir a la calle con sólo un poquito más de lo que les reconoce la Reforma Laboral. Pero no termina ahí la cosa, porque, además, los que conserven su puesto de trabajo verán reducido su salario en un cuarenta por ciento. Vamos que la marea de la crisis también alcanza a los que están a ese lado del mostrador y no sólo a los que estamos en éste.
La cosa es muy grave y no precisamente para los trabajadores de banca en su conjunto, quizá sí para estos mismos trabajadores tomados uno a uno, porque no todos son responsables del desastre que han vivido las casas. Yo viví en mis primeros años de profesión la que, nos dijeron, iba a ser la última reconversión bancaria. Fue hace treinta años y en ella tuvo mucho protagonismo el líder de la UGT de Banca, el canario Justo Fernández, que consiguió movilizar a un sector tradicionalmente dócil.
Pero aquellos tiempos pasaron y desde entonces es difícil recordar algún conflicto laboral en la banca, al menos en las cajas, que haya trascendido a la opinión pública.
Los convenios aprobados en el sector habían sido hasta ahora la envidia del resto de trabajadores, con alguna excepción como la de los controladores aéreos y los pilotos de líneas aéreas. Calendarios más que especiales, prejubilaciones muy ventajosas y a edades muy tempranas, salarios altos, facilidad en la obtención de créditos y, por si fuera poco, acceso a información privilegiada.
La patronal bancaria lo hizo bien, porque reconvirtió el que había sido un colectivo combativo en un conjunto de empleados dóciles que, sin apenas dificultad, fue sustituyendo por cajeros automáticos. De ahí a convertirlos en comerciales había sólo un paso y lo dieron convirtiéndoles en embaucadores de clientes, especialmente en los años locos de la burbuja inmobiliaria y los juegos de manos en los que lo que te vendían como depósito acababa convertido en la odiosa estafa de las participaciones preferentes.
Me duele decirlo, pero, de todos los colectivos cercados por el fuego de la crisis, es de los empleados de banca, especialmente los de lo que fue Cajamadrid y hoy es Bankia, es el que menos pena me da. Quizá su destino hubiese sido otro si se hubiesen negado a prestar su colaboración necesaria en lo que, si no ha sido delito, aún está por ver, ha sido a todas luces inmoral.
Ahora les llega el frío y el rechinar de dientes y no van a contar con el apoyo que están teniendo los médicos, los enseñantes y hasta los jueces. La gente no les quiere. Les ha querido y se ha fiado de ellos, pero ya no les quiere, al menos yo no les quiero, porque mi padre y yo mismo somos víctimas de sus estafas.
Me temo que no será así, pero me gustaría que entre los cinco mil despedidos estén todos esos que por una comisión, una palmadita del jefe o, simplemente, para alcanzar los objetivos impuestos por la empresa, no dudaron en llevar a cabo prácticas inmorales, abusando de la confianza depositada en ellos por sus clientes y la buena voluntad de la gente.
Me encantaría, como dice Rajoy que le hubiese encantado revalorizar las pensiones, que las cosas no fuesen así, pero así son. Por eso, me encantaría también que, como hace el monje que, porque se va del convento, se caga dentro, alguno de esos trabajadores haga aflorar información sobre lo que han sido las malas prácticas de sus empresas y que, a ser posible, esa información sirva para convertirlos en compañeros de partida de parchís de Díaz Ferrán en la prisión de Soto del Real. Sería precioso y emocionante.
 
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martes, 11 de diciembre de 2012

LA "INOCENCIA" DE CERVERA

 
 

Lo poco que conocemos con certeza del "caso Cervera" nos da alas para imaginar historias fantásticas o no sobre las últimas horas del diputado, no ya en el cargo, sino en su vida. Sin embargo y si nos atenemos a los hechos ciertos, no podemos sino concluir estos son muy simples y no dejan muy bien a su ya ex señoría.

Lo único que queda claro es que, sea cual sea la verdad, la conducta de Cervera ha sido tan candorosa como irresponsable, tanto, que cabría perfectamente en cualquiera de las aventuras de la divertida Pantera Rosa. Y los únicos hechos comprobados, que se sepa, es que el presidente de Caja Navarra recibe un correo planteándole la entrega de dinero a cambio de silenciar una información presuntamente comprometedora y presenta denuncia ante la Guardia Civil, algo que apunta a que no debiera haber mucho que esconder, y es la Guardia Civil la que propone tender una trampa al autor del chantaje que muerde el anzuelo y resulta ser el tránsfuga de UPN en el PP Santiago Cervera. Hasta aquí lo evidente. Y, de seguir los consejos de la gente sabia y experimentada, lo evidente suele ser la verdad o parte importante de la verdad, porque las cosas suelen ser tan simples como parecen.

No sé por qué Cervera y su abogado se empeñaron en parar el asunto una vez detenido el diputado, porque Cervera debiera haber tenido en cuenta que la detención de un diputado en una actitud tan poco edificante le iba a ser comunicada inmediatamente al ministro del ramo, Fernández Díaz, y. del palacete de Castellana a la Calle Génova hay cinco minutos andando. No sé por qué ese empeño en taparlo, porque ya se sabe que la excusa no pedida es una acusación manifiesta. Y si poco edificante ha sido el comportamiento primero de Cervera y su abogado, no mucho más lo ha sido el de algún medio, como EL PAÍS, que tardó horas en hacerse eco de la historia una vez conocida y que, cuando lo ha hecho parece haberse empeñado en lavar la cara del diputado, presentado como víctima si no como héroe.

Insisto, mientras no me demuestren lo contrario, las cosas seguirán siendo como parecen. Y no me vale la filtración, bastantes horas después del estallido del asunto, del texto del correo electrónico con el que Cervera, según cuenta, trató de ponerse en contacto con ese anónimo interlocutor que, según él le habría ofrecido hacerle llegar una interesante información sobre Caja Navarra y sus fusiones, dejándola en un sobre en las murallas de Pamplona. Hasta aquí, perfecto, si el correo no ha sido manipulado y fue enviado en la fecha que dice, sólo probaría que envió el correo en la fecha y hora que dice, pero qué pasa con el otro correo, el que le convocaba en las murallas, dónde está y por qué no lo enseña también.

Otro asunto colateral pero importante es la reacción del PP, convenientemente informado del asunto por Jorge Fernández Díaz, y raudo a la hora de dejar caer al diputado cazado para quien ya se preparaba un expediente. Enseguida han surgido las comparaciones: por qué a este sí y a los demás no, por qué la mitad de los escaños del parlamento valenciano y muchos otros en otras autonomías están ocupados por imputados y a Cervera no se le ha dado la más mínima oportunidad. La respuesta es también muy simple. Los imputados con escaño trabajaban por una causa tan noble como Gürtel y el PP y Cervera, de confirmarse lo que hasta ahora parece evidente, iría por libre.

Por más que se empeñen los medios en buscar algo ejemplar en las últimas horas de Cervera, dudo que lo encuentren, porque, en el mejor de los casos, tendríamos a un personaje intrépido y candoroso que había escalado muy rápido a la cúpula del PP. Y ese, como dice mi amigo Cabrera, tiene más peligro que un mono con un saco de bombas. La "inocencia" del ya ex diputado Cervera es tal que, si hubiese esperado al 28 de diciembre para contar su historia increíble, hubiese encontrado un marco más adecuado
 

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lunes, 10 de diciembre de 2012

SU SEÑORÍA Y LA TRAMPA

 
 

Cada día mis viejos compañeros se encargan de despertarme con algún nuevo sobresalto. También hoy en que todo apuntaba a que la semana iba a ser clave en escenarios como, Italia, Venezuela t, claro, España. Todo bajo control y todo perfectamente previsible, hasta que la habitual Revista de Prensa ha arrancado en un escenario inesperado y con munición de la gruesa, porque munición gruesa es que un diputado, secretario además del Congreso, el popular Santiago Cervera, haya sido detenido al recoger el sobre que el presidente de Caja Navarra, por consejo de la Guardia Civil, había ocultado en las murallas de Pamplona para "dar caza" al anónimo autor de un intento de chantaje al banquero, al que había amenazado con revelar un presunto enriquecimiento irregular.

Santiago Cervera, alto, buen mozo y médico especializado en Dirección de Servicios Sanitarios, alcanzó en UPN y con Miguel Sanz como presidente, la Consejería de Salud del Gobierno Navarro. Para, más tarde, tras su fuga de Unión del Pueblo Navarro hacia las filas del PP, convertirse en un brillante diputado, secretario del Congreso de los Diputados que es, además, habitual en alguna que otra tertulia radiofónica.

Al parecer Cervera explicó a la Guardia Civil que había sido víctima de una trampa, algo evidente sea cual sea el final de la historia, y sin serle tomada declaración, dada su condición de aforado, fue puesto en libertad. No me quiero ni imaginar la cara de sorpresa de los agentes cuando descubrieran la identidad del detenido, pero debió ser de libro. Tampoco puedo imaginarme por qué tanto silencio en quien pasa por hábil y brillante orador. Dice que lo mantiene por consejo de su abogado, pero, en mi inocencia, pienso que lo mejor sería explicar cuanto antes su presencia en el lugar de a cita, si es que tal presencia tiene explicación, claro.

Asunto chusco donde los haya, el del paseo de Cervera por las murallas de Pamplona. Chusco y preocupante, porque en este país estábamos acostumbrados a que los diputados que tenían problemas con la benemérita los tuviesen por asuntos de tráfico, con o sin alcohol por medio. Malo sería para la ya quebrantada moral de los ciudadanos que uno de sus representantes más distinguidos, porque el secretario del Congreso no es un diputado cualquiera, se viese involucrado en un asunto tan turbio y que no pudiese justificar, más allá de una excusa que no pueda probar, en un asunto tan turbio.

Quiero creer que así va a ser. Quiero creer que aparecerá una tercera persona como autora de la trampa de la que habla Cervera. Quiero creerlo, porque sería muy triste tener un diputado de esas características. Pero cada minuto que pase sin una explicación clara y coherente van a crecer las sospechas sobre su señoría. De momento, dice que fue la curiosidad la que le llevó, después de recibir un correo que le hablaba de información sobre la mala gestión de la caja, la que le llevó hasta la muralla.
 
 

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domingo, 9 de diciembre de 2012

TOROS SIN PAN

 

Erase que se era un país que una vez fue rico o, al menos, se sintió rico porque le hicieron creer que era rico, Un país que cruzaban líneas de ferrocarril de alta velocidad con estaciones en las que apenas subían y bajaban viajeros. Un país con aeropuertos sin aviones, con bancos que regalaban televisores de plasma o vajillas por domiciliar nóminas y pensiones. Un país de grandes temporadas de ópera en las que o había demasiadas butacas vacías en la platea, las ocupaban horteras aburridos y bostezantes o las dos cosas a un tiempo. Un país lleno de audis, la mayor parte coches oficiales. Un país en cuya liga juegan los futbolistas más caros del mundo, con contratos mareantes que hoy resultan ofensivos para la mayoría de sus ciudadanos, en el que, pese a todo, se pagan centenares de euros por ocupar una localidad, cuando no miles por codearse con el poder en los palcos. Un país, en suma, al que le hicieron creerse Jauja, porque a unos cuantos, incluidos sus gobernantes, les fue muy bien mientras la fantasía fue verosímil, hasta se bajaron del barco sin advertirnos de que se había abierto una vía de agua.

Y, no tan de repente como cabía esperar, porque hubo quien interesadamente tardó demasiado en cerrar el chiringuito por ver si recolocaba sus pérdidas, la fiesta se acabó. La fiesta que algunos, especialmente algunos, habían vivido se acabó y nos quedó la resaca que, esa sí, fue, está siendo, para todos. Menos mal que también hubo unas elecciones en las que los políticos que se presentaban como "los buenos" arrojaron a los que, al final, habían quedado como malos a las tinieblas exteriores.

Llegó entonces una moratoria en la que, para capear el temporal, al gobierno entrante le bastaba con culpar al saliente de todos los males, hasta que esa viaja y castiza filosofía de vivir de los padres hasta que te mantengan los hijos que, que yo sepa, sólo le ha dado resultado a Carlos de Inglaterra, dejó de surtir efecto y se hizo necesario coger el toro por los cuernos.

Se hizo necesario, lo que no quiere decir que se hiciese, porque no ha sido este gobierno muy dado a coger nada por donde quema, ni siquiera el famoso clavo ardiendo. Y es que no cabía esperar otra cosa de un gobierno presidido por Don Tancredo Rajoy, un ser convencido de que, quedándose quieto y de perfil, los problemas, como el toro en la conocida suerte, pasarán de largo sin reparar en él. Pero, como toda una corrida con Don Tancredo puede resultar aburrida en exceso, el gobierno se encargó de transformarse el mismo en la cuadrilla del Bombero Torero para amenizarnos con sus charlotadas lo que dura la legislatura. Y a fe que lo están consiguiendo, porque no recuerdo ministros más dignos de caricatura, más cercanos a la máscara, que De Guindos y Montoro, a veces en dúo, a veces cantando cada uno su aria. O qué decir de la inefabilidad de Fátima Báñez y su acólita Marina del Corral, tratando de negar la triste verdad del paro o inventándose el impulso aventurero para rebautizar la fuga de los valiosos jóvenes profesionales que tan caro nos ha salido formar. Está también Ana Mato, la ministra de sanidad que asiste impasible al castigo cruel de las banderillas de fuego de los recortes en sanidad o el otro banderillero, José Manuel Soria, que hace otro tanto con la subida de gasolinas, electricidad y cualquier otra forma de energía.

Aún así, la mayoría de los miembros del gabinete han optado por quedarse tras la barrera del silencio, salvo el ministro de Exteriores al que le pone sobremanera el toreo de salón y, desde que se ha descubierto y se gusta, siempre que puede, sale a los medios y se recrea en su verbo solemne.

Tampoco falta el alguacilillo, encarnado por ese verso suelto de nuestra democracia -encajaría mejor en cualquier dictadura- que es Gallardón, ministro de Justicia, que ha elegido cortarnos las orejas y el rabo de nuestros derechos y libertades para entregárselos como trofeo a Don Tancredo.

Lo que no sabíamos es que el peor de los ministros que han pasado por un gobierno de España, al menso en democracia, el ministro de Educación y Cultura, José Ignacio Wert, no era en sí mismo el Bombero Torero de la cuadrilla, sino el toro, el toro bravo que se crece en el castigo y que cuanto más le escarban el solomillo con la puya más se crece, porque lo suyo es eso, crecerse en el castigo.

La verdad es que podían habérmelo dicho antes porque, como casi todos sabéis, no me gustan los toros y podía haberme ahorrado el desagradable espectáculo de esta corrida sin merienda y sin pan.
 
 

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sábado, 8 de diciembre de 2012

VA POR LOS JUECES

 
 
Lo estuve comentando en la sobremesa de ayer con mi amigo Joaquín: me ha sorprendido, y además gratamente, descubrir que los jueces, al menos algunos jueces, son algo más que una parte de lo que yo creía un colectivo impersonal, privilegiado y altivo, alejado del resto de los mortales y. mucho más, de la realidad social en la que estamos sumergidos.
Estábamos demasiado acostumbrados a creer que su voz era sólo la de sus asociaciones o la voz de su órgano de gobierno, el CGPJ. Y, sin embargo, son hombres y mujeres como nosotros sensibles a lo que les está pasando a sus conciudadanos. El informe que, por ejemplo, elaboró un grupo de vocales del Consejo, coordinado por el magistrado Almenar, con propuestas para reformar la legislación a que regula el desahucio en España, debió resultar tan real y demoledor que el propio CGPJ no quiso asumirlo y por eso duerme ahora el sueño de los justos en el Consejo, sin haber sido ni siquiera debatido en el pleno.
Antes, habían sido los propios jueces encargados de ejecutar los desahucios los que, cansados de ser un instrumento de los bancos encargado del feo cometido de cobrar lo imposible de cobrar, más por la codicia de las entidades o sus empleados que por la presunta mala cabeza de sus empleados, se dieron a contar lo que demasiado a menudo se encontraban cuando ellos o sus funcionarios se veían obligados a arrojar a la calle -lanzamiento se llama la diligencia- a familias enteras con sus enseres de toda una vida.
Ya pintaba bien la cosa, cuando a consecuencia de toda una serie de irregularidades, dentro y fuera del Ayuntamiento de Madrid, ocurrió lo que sólo era cuestión de tiempo que ocurriera: la perfectamente evitable, si no inducida, tragedia del Madrid Arena. Esa misma madrugada supimos que, entre los miles de asistentes a la trágica fiesta, estaba una hija del juez decano de la Audiencia Provincial de Madrid y escuchamos en su voz cargada de autoridad avanzar acusaciones que muy probablemente hubiesen sido descalificadas de haber provenido de jóvenes aturdidos por todo lo que había pasado.
No sé si fue gracias a él, quiero pensar que no, pero el juez que fue encargado del caso mostró un celo y una eficacia deseable para cualquier proceso que llega a un juzgado, pero lo cierto es que, con su trabajo y el de la policía asignada al caso, este juez ha dejado en evidencia al Ayuntamiento de Madrid y la empresas implicadas en la fiesta, hasta el punto de que, ahora, al verse perdidos, uno y otras se están tirando los trastos a la cabeza.
Ya por último, acabamos de tener otro ejemplo de eficacia y firmeza en la investigación e instrucción del sumario abierto contra el ex presidente de la patronal CEOE, cansado de codearse por razones de su cargo o des sus afinidades con el poder, de uno y otro signo, incluido ele -dicen- no es de este mundo. El juez Eloy Velasco ha demostrado, enviando a la cárcel a Díaz Ferrán y sus "presuntos" compinches y fijando fianzas superiores a los fondos que podrían manejar.
Con jueces así, uno recupera, si no la confianza en la justicia como estamento, sí al menos la poca que le quedaba en los jueces que han de procurarnos justicia, entendida como ese valor imprescindible para la convivencia, más allá de los deseos y las maniobras de algunos ministros.
 
 
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