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martes, 12 de noviembre de 2019

¿QUIÉN PAGA TODO ESTO?


La idea, verdadera o falsa, justa o injusta, de que los catalanes son gente de orden que miran por el dinero, hay quien les tilda alegremente de "agarrados", está a punto de caer por tierra a causa de la loca carrera hacia el abismo en que se han embarcado. Lo digo porque nadie con dos dedos de frente puede pretender conseguir algo dando patadas en el trasero de la gente de la que dice buscar el apoyo.
Es muy difícil de entender que, provocando el desabastecimiento de fábricas y mercados, cortando las carreteras y las vías férreas, día sí, día no, cerrando las universidades o destrozando ciudades, sin conseguir nada a cambio, puedan aspirar a que se sume más gente a su causa.
Creo que va siendo hora de que la gente comience a hacer cuentas y a pensar por sí misma, a hacer algo más que seguir consignas y estrategias de quien se esconde tras un pasamontañas, una bufanda o una marca como la de "tsunami democràtic". Así no consiguen más que cansar a sus simpatizantes y desperdiciar energías que, bien encaminadas, por ejemplo, hacia una ambiciosa reforma del Esatut, podrían dar mejores resultados y, con ellos, la serenidad que viene necesitando Cataluña desde hace meses.
Después de meses de continuas movilizaciones, de reducir la actividad del parlamento y el gobierno de Cataluña, el pensamiento de los catalanes se ha manifestado en las urnas exactamente igual que lo ha venido haciendo en las últimas convocatorias electorales, sin moverse un ápice en el sentido de dar la razón a quienes pretenden la independencia de España. Demasiados esfuerzos y demasiado daño causado sin obtener nada a cambio, como para seguir creyendo que ese es el camino. Mucho ruido y ninguna nuez, porque hacer ruido, con cacerolas, piedras o canciones es fácil, pero si en el árbol no hay nueces o no quiere o no pueda darlas, de nada sirve el ruido salvo para cansar al que lo hace e incomodar al que tiene que soportarlo.
Dicen que con todas estas movilizaciones, incluido el bloqueo de la frontera con Francia, el tsunami ejercita y muestra su músculo, un músculo que, para ser mostrado en países democráticos como lo son España o Francia, no precisa de más que unos pocos centenares de personas, un músculo que, como el de los culturistas, no sirve más que para eso, para ser mostrado, y que conlleva el peligro de convertirse en obsesión, apoderándose del cerebro y la razón del independentismo. Sin embargo, y siendo esto así, cada gesto, cada "acción" es puntualmente seguida y retransmitida en directo a través del marco limitado de la pantalla de televisión, concentrando, reduciendo, las causas, las razones y sinrazones del conflicto en un cuadro de 6 x 9, en el que sólo caben los pocos que cortan la carretera, dejando fuera a todos los perjudicados y sus razones.
Los camioneros, con sus mercancías a cuestas, llevan horas bloqueados por unos cuantos coches, no demasiados, abandonados en la autopista a uno y otro lado con sus camiones a uno y otro lado de la frontera, perdiendo dinero y salud por una causa que no es la suya, sólo para que unos cuántos salgan en la tele, acompañando al diputado Llach en su canto de "L'estaca" que yo mismo cantaba, cuando había una estaca a la que estábamos "todos atados" y que, ahora que la estaca ya no existe, porque hay urnas y no hay razones, ya no suena igual.
En este punto y mientras los "bloqueadores" han sido desalojados de suelo francés y lo van a ser del tramo español de la frontera, me pregunto quién pagó la parafernalia de este bloqueo, el escenario desde el que cantó Llach, quién pagará las multas que espero cuantiosas por tanto coche abandonado en la calzada, quien pagará los daños y las pérdidas económicas causadas a los transportistas y a los viajeros, quién paga la residencia del prófugo Puigdemont en Waterloo, quien su carísimo abogado que comparte con narcotraficantes, quién los servidores desde los que montar una Cataluña tan virtual como la que prometen, quién las pancartas, quién los megáfonos, los avituallamientos, los urinarios llevados a la orilla de la calzada, quién las horas de trabajo perdidas.
 No tengo la respuesta, sólo la imagino, pero espero que acabe sabiéndose quienes se esconden tras el tsunami y las máscaras y no sólo eso, espero también que acaben pagándolo como merecen. Y, ya por último, creo que conviene recordar que tras los tsumanis, por muy democráticos que se crean que son, por ejemplo, éste, vienen los Fukuyimas.

miércoles, 16 de octubre de 2019

TORRA: DEMENCIA Y COBARDÍA


No sé aún, a la hora de escribir esta entrada, cuando amanece en Barcelona, si, en su título, cobardía y locura, las dos características más destacadas de la personalidad de Joaquim Torra, presidente de la Generalitat por carambola, como ya lo fue Carles Puigdemont, deben ir unidas por una disyuntiva o por una copulativa, aunque creo que me inclinaré por la copulativa, porque, si hace sólo dos días aún quedaba espacio para la duda, desde ayer está claro que lo de Torra es una mezcla diabólica de locura y el consabido "pasa tú primero, que a mí me da la risa".
Quienes anoche sentimos curiosidad y preocupación por lo que ayer sucedía en Cataluña no pudimos dejar de recordar lo que ocurrió hace dos años el uno de octubre. Ya sé que hay diferencias, que en las cargas de hace dos años hobo víctimas no deseadas, víctimas interpuestas entre las urnas prohibidas y los antidisturbios previamente "calentados" y jaleados por propios y extraños antes y durante su paso por Cataluña. También, aunque no debiera haberlo habido, porque, si la seguridad de los ciudadanos y la defensa de la ley deberían haber primado en ambos casos, está claro que aquel "¡a por ellos!" de 2017 tiñó de dudas, desgraciadamente confirmadas, su papel, convertido en dramático estrambote, en su frustrado intento de impedir el referéndum, cargando contra quienes estaban ante los colegios, como si del "asalto al fuerte" se tratara. Está claro que aquello, con razón o sin ella, arruinó la imagen de la democracia española en el exterior España. En tanto que los incidentes del lunes y los de ayer han servido para demostrar, especialmente los de ayer, que no siempre son las fuerzas de seguridad las responsables de los incidentes ni de su dureza.
La esquizofrenia de Torra, recambio de Puigdemont, que a su vez lo fue de Artur Mas, verdadero responsable de la huida hacia adelante de CiU que ha desembocado en esto, le lleva a pensar que los CDR, que nata tienen que ver con boy scouts ni con "boletaires", deben de colocarse en la vanguardia de la lucha, los que mueven el árbol, como diría Arzalluz, para que su partido recoja las nueces en la calle con sus concentraciones y sus marchas "pacíficas" Pero, ya se sabe, se puede engañar siempre a unos pocos, aunque no siempre a todos, y el juego de Torra es cada vez más evidente. Tanto, que el humo de las barricadas de Barcelona acabó levantando a la alcaldesa de Barcelona de su mesa en la cena del "Planeta".
El juego de Torra y el de quienes por intereses electoralistas juegan a él está llevando a Cataluña a una situación insostenible, colocando a Barcelona ciudad que vive fundamentalmente del turismo y, por ejemplo, en la lista de destinos incómodos si no peligrosos. Y eso tiene un coste evidente, porque a nadie le gusta quedarse atrapado en un aeropuerto o en su hotel, como ayer pudimos escuchar en el aeropuerto del Prat o a las puertas de uno de los muchos congresos que se celebran cada día en la capital catalana, se lo piensen mucho a la hora de volver a ella. Y eso son pérdidas y, de las pérdidas, viene el paro y del paro la falta de fe en los gobernantes.
Sin embargo, nada de eso pare importar a Torra, que, aun en su delirio, debería saber que no volverá a verse en otra igual. Pero parece que en esa cabeza de mirada huidiza sólo caben la independencia soñada y la gloria, nunca la prisión en la que estarán algunos meses más y menos mal que será así, sus compañeros. Por eso manda a los ciudadanos de paz a la calle, a sabiendas de que otros, de los que también tiene noticias, montan los incidentes, levantan las hogueras, prenden las hogueras cortan vías y carreteras y sabotean las infraestructuras. Por eso, al mismo tiempo, envía a los mozos contra ellos, porque ese "soñador" con pinta de sacristán, que no ve el momento de proclamar el mismo la independencia, la gloria en los libros de Historia, atrapado en las redes de la CUP y los CDR que le sirven de ariete, porque no quiere verse entre rejas como Junqueras y sus compañeros, mientras su "hermano mayor", Puigdemont, vuelve a mostrar su solidaridad con ellos, a mil quinientos kilómetros de la celda que le correspondería ocupar de no haber huido vergonzantemente.
Lo de Torra es, a la vez, demencia y cobardía. Queda por saber qué es lo de los catalanes, porque, aún en el hipotético caso de que alcanzasen le independencia que una parte de ellos desea, el futuro no será, ni mucho menos, mejor de lo que tienen, sin relaciones con la UE, sin las empresas que tiene su sede en ella, sin el turismo que, además de incomodidad, les da de comer. Deberían dejar de beber el veneno que les están dando, alguien debería comenzar a pedir, en voz cuanto más alta mejor, que Torra, tan demente y tan cobarde, se vaya y les deje en paz, mientras otros con más ganas se sientan a hablar para hallar una salida por la que huir de este incendio. 

miércoles, 8 de noviembre de 2017

EL ILUSIONISTA Y SU CLA


Puigdemont es listo y no puede negarse que hay una cierta astucia en lo que hace y en cómo lo hace. Sin embargo, todo su esfuerzo y todo el sacrificio que, voluntario o no, se exige de los catalanes corre peligro de ser insuficiente para evitar el descarrilamiento de un tren lanzado a demasiada velocidad por una vía incapaz de soportar sus despropósitos.
Además, no hay que despreciar el hecho de que todo lo que hace o dice el ex president tiene un doble significado o, cuando menos, un doble uso. Sin ir más lejos, su presencia en Bruselas, que, más allá de provocar una crisis de confianza en el precario gobierno belga, apenas ha tenido resultados en el presunto fin perseguido de llamar la atención de las instituciones europeas sobre Cataluña y, cuando lo ha hecho, ha sido para obtener un rapapolvo como respuesta.
Queda pues claro que, si ese era el fin, el fracaso es evidente. Ahora bien, el otro fin, el oculto, el inconfesable, el de ponerse fuera del alcance de la justicia española, ese en el que realmente se ha echado el resto, está plenamente conseguido, porque se ha abierto una ventana de tranquilidad de dos o tres meses, a lo largo de los cuales el garantismo de la justicia belga asegura que, ni él ni los consejeros huidos serán entregados a España.
Por lo demás, semana y media después de poner pies en polvorosa, la presencia de Cataluña en la prensa internacional y sólo esos numeritos, esas atávicas coreografías organizadas a mayor gloria del procés y su conductor, con los alcaldes, bastón en ristre, de gira por Europa, a cuenta de los vecinos, independentistas o no son capaces, por lo vistoso de la estampa, son capaces de llamar la atención de los corresponsales, para quienes se monta en exclusiva el espectáculo.
Con ese fondo, con esa cla entregada a su causa, Puigdemont lanzó ayer su discurso, más exagerado que nunca, desplegó una y otra vez la paradoja de pintar un país opresor, en el que "ya no es posible vivir", ante un público entregado de doscientos alcaldes, de los más de ochocientos con que cuenta Cataluña, trasladados a Bruselas sin el menor problema con un billete de avión pagado con fondos de sus ayuntamientos, algo difícil de imaginar en la Turquía de Erdogán, con la que un día sí y otro también, se compara a España, entre otras cosas porque esos alcaldes, si así lo quisieron pudieron dormir esa misma noche en sus casas. en la oprimida Cataluña.
Paradójico y esclarecedor, porque Puigdemont sólo habla para convencidos, para su propia cla, y lo hace para atacar sin piedad a todo aquel que no le da la razón, para reprender con dureza a quienes no le hacen caso en las instituciones europeas y para animar a la sublevación a territorios europeos aparentemente calmados.
Todo un despropósito por parte de quien reclama la solidaridad de esos países y esos territorios a los que enmienda la plana. Un despropósito sólo equiparable a las mentiras con que, ebrio de soberbia, salpicó toda su intervención, hablando de maltrato a los consejeros detenidos, mientras recordaba que España había sido condenad, en otros tiempos, aunque sobre eso pasó de largo, por torturas. También se refirió a esos consejeros y a los dirigentes de ANC y Òmnium detenidos como presos políticos, algo que se hizo insoportable y ofensivo para quienes realmente habían conocido las torturas, a veces la muerte, en las comisarías y cárceles franquistas.
Transmitido en directo por alguna que otra televisión aquí en España, fue el discurso de un ilusionista destinado a engañar a quien quiere dejarse engañar, hacerse la ilusión, de que lo que el que ocupa el escenario tiene entre las manos es lo que muestra y no lo que esconde. Un espectáculo absurdo en el que la cla, los alcaldes de los bastones no fueron más que un decorado humano que aplaude acrítico los números, destinados en realidad a otra gente que ni se inmuta con ellos. Aunque el éxito de ese espectáculo es el de ocultar con su humo de colores la realidad, esa que se manifestó esa misma mañana en el Congreso en el testimonio de un policía de la UDEF señalando a Rajoy, Trillo o Cascos como destinatarios de los sobres de la Gürtel

martes, 7 de noviembre de 2017

DUEÑOS DEL RELATO


Empiezo a estar cansado, sin no asqueado, de todos estos corredores de fondo se la historia que viven encapsulados en su propio relato y que ven la actividad política como una carrera de obstáculos y nada más. estoy cansado de quienes lo tienen todo tan claro, a uno y otro lado, y sólo ven la meta, nunca el paisaje que cambia a su paso, porque el camino lo traen memorizado de casa y, como si llevasen un GPS sin actualizar, por seguir a "la voz" son capaces de acabar en medio del peor de los atascos o en un camino cortado por unas obras imprevistas, creyendo o haciendo creer a sus compañeros de viaje que ya están en el destino soñado.
Empiezo a sentir una cierta angustia ahora que veo hasta donde han sido capaces de llegar quienes se han hecho con el relato y, si lo estoy, es, principalmente, porque reconozco en mí la culpa de quien no ha hecho a tiempo los deberes, de quien ha escuchado barbaridades, exageraciones y mentiras y no ha hecho nada, de quien ha preferido guardar un silencio prudente en vez de tomar partido por la verdad que, al final, debería ser lo único importante.
No sé si me pasa sólo a mí, si es una especie de intolerancia, de hipersensibilidad, una alergia a tantas mentiras y tan burdas como se nos han contado, pero el caso es que estoy harto, cansado de que se pida libertad en un universal inglés para un país en el que durante dos semanas las calles han estado llenas de gente con sus banderas, sus pancartas y sus lemas, nunca improvisados o escritos a mano sobre sábanas o cartones, sino delicadamente impresos y repartidos en kits que recordaban a los de la visita a Madrid de Benedicto XIII, la última hazaña de Ruiz Gallardón al frente del ayuntamiento de Madrid.
Me duele todo esto, porque, por lo que sea, porque, mientras unos estaban lamiéndose las heridas de su división y otros tapándose las vergüenzas de su corrupción, los independentistas, ante los atónitos ojos de quienes tanto sufrieron y tanto lucharon por la democracia, reclamaban, desde un parlamento en el que contaban con mayoría más que suficiente para trabajar por el bienestar de la ciudadanía, un parlamento y un marco legal autonómicas que para sí quisieran otras muchas regiones autónomas o aspirantes a serlo en Europa, una libertad presuntamente inexistente, difuminada y envuelta en esa nebulosa de mitos históricos de difícil probatura, verdades a medias y mentiras descaradas.
Cuando la juez de gatillo fácil Carmen Lamela aceptó a pies juntillas la querella del fiscal contra los líderes de las "entidades" ANC y Òmnium y los mandó a prisión sin pestañear, comenzó a extenderse aquello de que eran los primeros presos políticos de la democracia y, de paso, que lo de España, lo del Estado, como gustan de decir, no era democracia sino franquismo, se me encogió todo lo que en mí quedaba de aquel muchacho ilusionado que vio desaparecer la dictadura en España y me acordé de todos esos amigos y compañeros de la universidad que pisaron comisarías y prisiones, muchas veces por el mero hecho de llevar barba o el pelo largo y vestir aquellas míticas trencas, por hacer una pintada o por hablar de determinadas cosas más alto de lo debido.
Me pregunté entonces, como Alberto Garzón, qué hubiese dicho Marcos Ana, veinte años en las cárceles franquistas por nada, o qué hubiese dicho Ramón Rubial, el presidente del PSOE que pasó media vida en prisión, o Marcelino Camacho, Simón Sánchez Montero, o la familia de tantos y tantos jóvenes o no tan jóvenes, abatidos por los disparos de la policía franquista o por fascistas, estos de verdad y armados, al servicio de la misma. Me pregunté y me pregunto qué hubiese sentido Simone Weil, superviviente de los campos de exterminio de Hitler, al ver a Carles Puigdemont rondando el Parlamento Europeo que ella misma presidio, reclamando asilo para sí y una libertad que ya tiene para Cataluña.
Me indigno. Y me indigno porque los que tenemos unos años y hemos sufrido la dictadura, aunque sólo fuesen sus últimos coletazos, sabemos muy bien que aquello no tiene nada que ver con lo de hoy, cuando es más fácil ser maltratado, golpeado, o incluso morir, a manos de los mossos o cualquier otro cuerpo policial al lado de un bar o una discoteca que en una manifestación.
Se han hecho dueños del relato. Han tenido los medios y los guionistas apropiados y han entendido lo que el gobierno de España y los partidos de la oposición no han querido entender, que el que da primero da dos veces y que una imagen vale más que mil palabras. Por eso han echado el resto en publicidad y o propaganda, por eso, por esa falta de reacción o por una reacción tardía a su falso relato, "cuelan" con tanta facilidad sus mentiras y exageraciones. Hemos callado demasiado, por apatía o por creer inverosímiles sus mentiras, y ahora, como digo, son los dueños del relato.

martes, 17 de octubre de 2017

¿QUÉ ES VIOLENCIA?


Confieso de antemano que sé que mi texto de hoy no va a ser del agrado de muchos, confieso que, yo mismo, heredero de experiencias pasadas y adornado con todos esos tics intelectuales que nos llevan a colocarnos siempre en la acera del que enarbola, con razón o sin razón, la bandera de la libertad y a dar la espalda, sin dar tiempo a razones, a quienes se refugian o justifican el recurso a la justicia o la autoridad.
El envío a prisión de "los jordis", Sánchez y Cuixart, conocida a última hora de la tarde de ayer puede parecernos exagerada o desproporcionada como se dice ahora, más por sus consecuencias políticas y sociales en Cataluña que porque se ajuste o no a derecho. Está claro que la decisión de mandar a Soto del Real a los líderes de las movilizaciones que han llenado de ciudadanos y banderas las calles y plazas de Cataluña ha sido inmediatamente contestado, cacerola en mano o delante de alguna de las numerosas cámaras y micrófonos de las televisiones que, para medio mundo, están siguiendo minuto a minuto lo que ocurre en Cataluña.
Era evidente que pasaría lo que ha pasado, pero había que hacerlo. Por más respuesta que generase, no se podía hacer una excepción, no se podía sentar un precedente. La juez, más que temeraria, ha sido valiente y, sobre todo, consecuente con el detallado informe, perfectamente documentado, no ya por la Guardia Civil, sino por el seguimiento que de los hechos en cuestión hicieron las televisiones minuto a minuto y que permitió ser testigos virtuales, si no presenciales, de lo ocurrido. La juez de la Audiencia Nacional no podía hacer otra cosa, porque lo que hizo estaba escrito en las leyes y, si se hubiese dejado influir por las consecuencias, raro sería que, a partir de ahora, la presión en la calle, que deja de ser una forma de violencia, contra los jueces no se convirtiese en una estrategia más de defensa, la principal quizá, de algunos acusados.
La violencia, las mujeres víctimas de sus parejas lo saben bien, no tiene por qué ser física. La joven víctima de la violación múltiple de los sanfermines no parece que fuese golpeada y, sin embargo, fue sometida a la violencia del grupo, la que, mediante el miedo, anticipa el daño y paraliza o nos obliga a hacer lo que no queremos hacer.
No cabe duda de que "los jordis" no pidieron a la gente que destrozase los coches de la Guardia Civil. Los daños en los vehículos, a pesar de ser una expresión gráfica de la violencia de aquella noche, en absoluto fueron lo más grave. Lo más grave fue el hecho de que centenares, quizá miles, de personas convocados por Sánchez y Cuixart cercasen durante horas a los guardias enviados por la fiscalía a registrar las dependencias de la consejería de Economía de la Generalitat para impedir su trabajo. Lo peor es que Sánchez y Cuixart, hábiles organizadores de masas, subidos en esos mismos vehículos que acabarían destrozados arengaron a los concentrados para que mantuviesen el cerco, algo que todos hemos visto una y otra vez, la maldita hemeroteca, y que, sin embargo, han negado una y otra vez, asustados quizá por las consecuencias de la euforia de aquel día.
Aquella masa, controlada o no, no dejaba de ser un instrumento de violencia. Entorpeciendo la labor de la justicia, se estaba cometiendo un delito, sin golpes, sin patadas, pero delito. De no considerarlo así, reuniendo la masa suficiente, se podrían desvalijar bancos, de no ser así, ningún equipo podría salir victoriosos del Bernabéu o del Nou Camp, bastaría con azuzar las gradas contra el árbitro y esperar a que la presión y el miedo hiciesen el resto.
Sin embargo, la violencia en las calles, también la  pacífica no es patrimonio de la izquierda. No hay más que recordar las manifestaciones y concentraciones organizadas por la Conferencia Episcopal, organizaciones antiabortistas y los más rancio del PP contra la ley ya reformada y ampliada de regulación de la interrupción del embarazo. Una violencia quieta que, afortunadamente, fue resistida por el Parlamento y el Gobierno, tampoco toda esa violencia parecida y también quieta con la que, durante años, se torpedeó desde la calle el final de ETA. Mucho menos, la de las mesas anti estatut que, sumadas al boicot a los productos catalanes, fueron orquestadas por el PP contra aquel Estatut de tiempos de Zapatero que hoy añoramos como solución.
Por si fuera poco, los líderes de la Asamblea Nacional de Catalunya y Òmnium Cultural son, con las organizaciones que dirigen, se han convertido en instrumento de los partidos independentistas para reforzar y conseguir en la calle anhelos y aspiraciones de quienes, desde su exigua mayoría, no hacen otra cosa que retorcer y forzar leyes y reglamentos para conseguir el objetivo de la independencia. No hay que olvidar que la presidenta del Parlamento, Carme Forcadellas, antecesora de Jordi Sánchez en la ANC, ha actuado como brazo ejecutor de los deseos de Puigdemont y Junqueras, llegando incluso a suspender desde hace semanas toda actividad legislativa o de control del joven, ignorando de paso al resto de grupos y a los letrados de la cámara que deberían velar por la legalidad de todo lo que allí se hace, lo que no deja de ser otra forma de violencia, sin las porras ni las pelotas de policías y guardias, pero tan reprobable como pudiera ser la de estos.
Sánchez y Cuixart, los jordis, forman parte, como quedó evidenciado en un documento manuscrito incautad al viceconsejero de Economía detenido, de un plan perfectamente definido y coordinado en el que la movilización en las calles es la pieza fundamental. Un plan que persigue la consecución de la independencia de Cataluña a costa de lo que sea y con los medios que sea, un plan en el que Ómnium y ANC, como los ciclistas, hacen "la goma" con el govern, tirando de unos y otros para darles en la calle la velocidad que nunca alcanzarían en el Parlament. Una violencia, que lo es, que ha llevado a Cataluña mucho más lejos de donde sus ciudadanos, todos, hubiesen querido llegar nunca.

lunes, 16 de octubre de 2017

MANZANAS TRAIGO


Lo que, nos habían dicho, iba a ser un choque de trenes se está convirtiendo en una tediosa partida de naipes en la que ninguno de los contendientes acaba de mostrar sus cartas, quizá porque ninguno es ya dueño de su destino y lo único que cabe es esperar, alargar los plazos, cerrar los ojos y aguantar la respiración hasta que ocurra lo inevitable.
Creo que la mejor manera de desentrañar lo que nos espera, porque, está claro, lo que ocurra nos va a afectar a todos, es escudriñar  el futuro de cada uno de los actores de esta tragicomedia improvisada que nos ha tocado vivir y, si nos atenemos a esta estrategia, es fácil deducir que el vencedor de esta maldita crisis será Rajoy que, cabalgando en las carambolas del destino y sin apenas moverse, en la próximas generales revalidará la cómoda mayoría perdida para gobernar.
A Puigdemont no creo que le vaya muy bien, porque está quedando como el "caguanete" del belén, esquivando en un rincón las andanadas que le vienen de uno y otro lado, el fuego amigo de ERC. de la CUP o de su propio partido, todas esas declaraciones que desde hace días vienen levantando una cerca, cavando un foso, en torno a él, al tiempo que coartan su capacidad de respuesta con los grilletes de ese compromiso adquirido desde una mayoría insuficiente ante la totalidad del pueblo catalán, cada vez más desconcertado, cada vez más asustado.
Si Puigdemont hubiese respondido con cualquiera de los dos monosílabos que le requería el gobierno. sus días como presidente de la Generalitat hubiesen acabado hoy mismo. El sí rotundo conllevaría sin remedio la aplicación del artículo 155 que desembocarían, antes o después, la celebración de unas elecciones, esas que Ciuddanos, ya sin careta, quiere para ya, y a las que Puigdemont se comprometió a no presentarse. Eso, en el mejor de los casos, porque no hay que descartar que el Gobierno active contra él la inexorable maquinaria de la Justicia, la misma que anda ocupándose ya de otros actores, el responsable de los mostos y los líderes del activismo social en el "procés", la ANC y Ómnium, que, hoy mismo comparecen ante la Audiencia Nacional, investigados por delitos por los que podrían dar con sus huesos en la cárcel.
Es evidente, ya lo ha dicho, que Puigdemont no perderá unas elecciones, las que seguirán al 155, a las que no se presenta, pero sí su partido, el de la burguesía catalana, que las perderá sin remedio, si lo hace. Y las perderá en beneficio de Ciudadanos y Esquerra, en torno a los cuales se abrirá una nueva e insalvable brecha en el Parlament de Cataluña, mientras el resto, y mirad que lo siento, se lame las heridas de esta triste guerra.
Si os preguntáis qué ocurriría si Puigdemont hubiese dado por respuesta el No rotundo que Rajoy le pedía, el resultado no sería muy distinto, porque, ya se sabe, la derrota siempre se quiere lejos y ese no dado ahora, después de haber "vendido" la suspensión de la declaración como un ardid táctico, no podría ser visto por los suyos más que como una derrota.
Vencedores y vencidos, todos, salvo los políticos que, por acción u omisión, nos han traído hasta aquí, hemos perdido, económica, moral y socialmente, porque ya nada va a ser igual, porque, a uno y otro lado del Ebro, se han despertado los peores fantasmas, se han sacado todas las banderas y azuza el perro del odio sin sentido.
Quizá por eso o, simplemente, en uso de la astucia que le recomendaba Junqueras y con la intención de ganar tiempo, apenas de veinticuatro horas después de recordar a Lluís Companys, allá donde fue fusilado hace setenta y siete años, esperando quizá el reconocimiento internacional que aún no ha llegado, ni parece que vaya a llegar, su respuesta a Rajoy, el mismo día en que se podría decretar prisión para Trapero, Sánchez y Cuidar, no ha sido sí ni ha sido no, sino ese "manzanas traigo" en forma de oferta de negociación. Como diría mi amigo, el poeta Juan Cobos Wilkins, "el mundo se derrumba y tú escribes poemas". l menos que sean de amor o entendimiento.  

jueves, 5 de octubre de 2017

DE TELEVISIONES Y DISCURSOS


Hoy, como vengo haciendo cada día desde hace años, he colgado en mi muro de Facebook esta genial "obra" de ese poeta de las paredes y las calles que es el grafitero inglés Banksy. En ella, puede verse cómo un cámara de televisión arranca una flor del suelo para poder grabarla con detalle, la imagen que nos dejó Banksy en vete a saber qué muro de qué ciudad es algo más que una imagen o un poema: es una acertada metáfora de lo que nos está pasando.
Vivimos pendientes de lo que ocurre y lo vivimos al segundo, a través del "directo" de las teles, sin darnos cuenta de que éstas esconden bajo su disfraz de testigos imparciales  el traje de lentejuelas del protagonismo, sin darnos cuenta de que éstas, las televisiones, fuerzan a veces la actualidad y, sólo por ello, la transformas, sin darnos cuenta de que ese bucle infernal en que nos han metido, en el que una imagen se repite una y otra vez, hipnotizándonos, bustos vociferantes intercambian ante nosotros, uno tras otro, sus dogmas indemostrables 
La imagen le ha ganado la partida a la palabra y las imágenes, cada vez más fuertes, cada vez más forzadas, sirven de soporte a los discursos más peregrinos que, apoyados en ellas, hacen verosímil lo que, sólo con palabras y con tiempo para pensar sobre ello nos parecería una patraña. Quizá por ello y sin haberlo conocido, mi abuelo, que era muy sabio, decía aquello de "de lo que veas, la mitad creas".
¿Qué quiere decir con todo esto? Simplemente, que hay que desconfiar, que no hay que creer a pies juntillas ni siquiera lo que creemos estar viendo, que un plano cerrado sobre unas pocas decenas de personas puede hacerse pasar por una multitud y que, por el contrario, buscando los claros que hay en toda reunión de masas, puede arruinarse cualquier convocatoria de éxito.
Del mismo modo llevar la cámara hacia los que vociferan o los violentos puede hacernos creer que el resto vocifera y se deja llevar por la violencia. Una sola hoguera en una carretera puede traducirse como violencia incendiaria y, por llevarlo a otro terreno, un rosario de desplantes o gestos buscados y convenientemente adornados, vengan de Gabriel Rufián, Rafael Hernando, Pablo Iglesias o cualquier otro pueden hacernos creer que la razón y la fuerza están donde nunca han estado.
Qué pena que en la escuela no se enseñe a ver televisión, como se enseña a leer y escribir. Qué pena que la televisión ya no se vea "en familia", qué pena que no se contrasten las interpretaciones de lo que creemos ver y que, a lo peor, no es más que un juego de luces, sombras y sonidos. Qué pena que esa competencia que, nos lo hicieron creer, iba a mejorar la calidad de nuestra televisión, se haya convertido en una pelea por las audiencias a costa de quien sea y de lo que sea. Qué pena que, hoy, las televisiones se dediquen a arrancar las flores para mostrárnoslas a su modo y sin el menor respeto por la verdad.
Algo parecido ocurre al otro lado de la cámara con los profesionales de la política. Raro es el que no cuenta con un ejército de asesores de imagen que corrigen sus gestos y sus tics, que les enseñan a mover los brazos y las manos de una manera mecánica y artificiosa, persiguiendo el doble objetivo de hipnotizarnos, también ellos, y, además, el de que, ellos, mantengan el equilibrio y no se caigan de su propio discurso.
Dicho esto, creo que los asesores del rey estuvieron el martes de vacaciones. Él no, que leyó, sin sus habituales gallos, apenas uno o dos, y sin cortes aparentes un discurso que, si no se lo habían escrito directamente en la Moncloa, sí se lo habían inspirado. Un discurso en el que dejó de lado las soluciones valientes e imaginativas, para precipitarse en el tobogán de la "firmeza", tan peligroso como el camino sin salida y sin retorno que transita, ya titubeante, el profeta Puigdemont.
Nada que ver los asesores de La Zarzuela, tan ausentes y faltos de ganas el martes como los mossos de esquadra en las primeras horas del domingo, con los que prepararon la puesta en escena y todo lo demás para la intervención del president anoche.
Bien es verdad que la mejora era fácil, Bastaba con dar la vuelta al naufragado discurso de Felipe de Borbón. Bastaba con asomarse tranquilamente a una puerta, dar a entender que, en lugar de hacernos pasar a su despacho, para atendernos sentado, tras el parapeto de la mesa de su despacho, dejando en evidencia la presencia de las cámaras, salió a recibirnos, de pue, al umbral de una puerta, una puerta que podía ser la de su vivienda o la de su despacho, dejando suficiente aire entre él y las cámaras, que, de ese modo, desaparecieron. Una puesta en escena más a la francesa, con apenas un micrófono prácticamente inapreciable, para dar a entender la naturalidad que sin duda no había.
Pero no sólo eso, porque, si el discurso del rey cerró o, al menos, no abrió puertas, el de Puigdemont, más sibilino y humilde, quizá porque ya había perdido toda esperanza de apoyo internacional, si no la abrió, sí dejo entrever que ofrecía lo que hasta ahora había negado: tiempo.

En fin, que en uno y otro lado, en todas partes, arrancan las flores para metérnoslas  en la cabeza por los ojos.

miércoles, 4 de octubre de 2017

TENGO MIEDO

Dicen que, a medida que vamos cumpliendo años, a medida que vamos teniendo más experiencia, a medida que los afectos y las cosas nos atan, nos volvemos más prudentes o, si así lo preferís, más cobardes. Me está pasando. El miedo va ganando terreno en mí, porque no encuentro una salida a lo que está pasando. Me ocurre en esto, lo mismo que en la vida cotidiana, en la calle, cuando salgo del entorno que conozco. No sé si sabéis que padezco una grave discapacidad visual que me impide, por ejemplo, leer las placas con el nombre de las calles, que me impide distinguir lo que hay más allá de dos manzanas, y, por si fuera poco, lo que me queda a ambos cuando camino. Tengo a menudo boca de carretero, porque, cuando algo se trastoca en ese entorno que conozco, juro y maldigo, porque me siento engañado e indefenso.
No sé si sois capaces de imagina lo que os digo, no sé si podéis, no lo deseo, poneros en mi lugar. es muy duro y, por eso, necesito certezas, necesito saber que la altura de los bordillos es más o menos la misma en cada calle, en cada cruce, necesito estar seguro de que, al dar ese paso, no voy a "caer" a la calzada o a "tropezar" con ella. No es divertido y, sin embargo, tengo ganas de vivir, de convivir, y, sobre todo, de comprobar que lo que queda más allá es transitable.
Un temor parecido al que os describo me acongoja estos días que vivimos, yendo de sobresalto en sobresalto, sin que nada de lo que he vivido, nada de lo he aprendido me sirva para predecir adonde nos va a llevar el siguiente paso paso que den, unos y otros, hacia un futuro, si no imposible, sí insoportable.
De momento, asistir en la distancia a las cargas policiales del domingo me devuelve a lo más oscuro del franquismo, a los días de universidad, a los "saltos" a las manifestaciones ilegales, a las carreras y los palos y, afortunadamente aún no los ha habido, a las pistolas y las torturas de "los sociales". Lo de ahora es distinto, lo sé, y lo es por muchas razones, pero no por ello tiene pinta de salir mejor. entre otras cosas, porque el gobierno de la Generalitat, que se esconde tras las masas que movilizan la ANC y Òmnium, el mismo que, como hacía Franco, convoca y financia un "paro de país" con los medios y el dinero que es de todos, los que quieren manifestarse y los que no, el mismo que, a remolque de la CUP, convoca el paro y las manifestaciones para una cosa y las aprovecha para otra.
Yo siempre desconfío de los antidisturbios, es una rémora del pasado, del que viví con Franco y del más reciente, con mi Congreso "enjaulado", lloviendo palos en el Paseo del Prado. Quizá por eso no me siento tan escandalizado por las cargas del domingo. No piensan, cumplen órdenes, y, aunque los hay vocacionales, con las calles llenas de fotoperiodistas y smartphones en manos de ciudadanos no he visto, salvo pocas excepciones, las heridas de las que tanto se habla. O es que acaso creyeron al ministro cascarillero cuando dijo que eso iba a ser un picnic. Hubo, sí, pelotas de goma, yo vi en TV como los antidisturbios se colocaban unos a otros los "macutos" con la munición. 
El uso de ese material está, o estaba, prohibido en Cataluña. Y lo estaba después de que una mujer perdiese un ojo por un pelotazo salido de la escopeta de un mosto de escuadra, al que no se castigó porque sus mandos no quisieron identificarle y que, muy probablemente, recibió el domingo flores y aplausos por incumplir de manera torticera y calculada su deber como policía judicial y que estamos viendo estos días protegiendo no se sabe muy bien si a los policías y guardias civiles de los escraches o protegiendo los mismos escraches, cuando no cerrando para la huelga centros comerciales, como en tiempos del dictador cerraban facultades para todo lo contrario.
Por si fuera poco, este clima enrarecido en el que, si no dices lo que algunos quieren escuchar te ves acosado hasta el aburrimiento por los que metafóricamente tienen las mismas o peores dificultades que yo para ver lo que está ocurriendo en realidad. 
Es terrible que esta aventura emprendida por irresponsables afincados en la Plaça de Sant Jaume y en Moncloa esté llevando a que acabes discutiendo con la gente que quieres y respetas. Es peligroso que los mensajes "simples", simples en cualquiera de sus dos acepciones, están calando como calan a uno y otro lado del Ebro, encendiendo los ánimos y poniendo orejeras a los sentidos, especialmente a ese al que aquí se le dice común y en Cataluña seny.
La razón y la verdad no pueden ser absolutas. Hace falta perspectiva. Sería conveniente pararse un momento, tomar aire, mirar hacia atrás, para comprobar de dónde venimos, cuan duro ha sido el camino, cuanto más puede ser el que nos queda y, si, en realidad, la meta está donde nos dicen.
Anche, Felipe de Borbón se dirigió a la ciudadanía, con la misma solemnidad y sobresalto que lo hizo su padre hace treinta y un años, pero, al contrario que ocurrió entonces, el mensaje no ha sido, al menos para mí, nada tranquilizador, porque apenas insinúa en un susurro el entendimiento del que debe llegar la solución y que sólo se logrará hablando. Ni siquiera sé si fue un ave de mal augurio, porque leí entre leneas una tácita autorización moral para que el gobierno insensato que nos hemos dado o no hemos hecho lo posible para que no nos lo den los españoles, aplique el tenebroso "155" que intuyo injusto, doloroso y contestado, porque, si estamos donde estamos, porque a los catalanes les quitaron el estatuto que ellos y nosotros les dimos hace diez años, no puedo ni siquiera  imaginar qué ocurrirá si, además, le quitan su autogobierno.
Creo que, de hacerse, habrá que cambiar el color de los uniformes de quienes tendrían que enviar a Cataluña para imponerlo. Y no me gusta el caqui como solución. Por eso tengo miedo, porque no velo qué hay al final de la calle y el escalón del bordillo es demasiado profundo y oscuro. Por eso y porque hay mucha gente que quiero en Cataluña y también porque tengo una hija y una nieta casi reciñen nacida a la que me gustaría enseñarle esa tierra tan hermosa, en la que nació su abuela, que, de repente, ha quedado de espaldas a la mía. Y tengo miedo, mucho miedo, de que esos mossos, hoy aplaudidos y abrazados sean quienes muelan a palos a los catalanes cuando se echen a la calle para manifestar su rabia y su frustración por sentirse también engañados por quienes les están diciendo que su único problema es España y que, cuando alcancen la independencia, no habrá paro, no habrá corrupción, estarán en la UE, serán la admiración del mundo y todo será de color de rosa.

lunes, 2 de octubre de 2017

FOTOS DEDICADAS


El de ayer fue, al menos para mí, un día duro, muy duro. Jamás creí que las cosas acabarían como acabaron. Los únicos que estuvieron a la altura que se esperaba de ellos fueron aquellos que, en Cataluña, acudieron, ya no sé si a votar o a ponerse en pie ante el atropello de su dignidad por quienes, desde Madrid o Barcelona han venido jugado con sus sentimientos y sus derechos todos estos meses.
Yo mismo, que el sábado me fui a la cama confiando en que algo o alguien pondría sentido común y calma en este torbellino de acciones y reacciones absurdas, renunciando a celebrar el referéndum o a tratar de impedirlo por la fuerza. Pero no fue así y, cuando a las ocho da la mañana encendí la radio, primero, y, después, el televisor, sentí vergüenza y una enorme frustración por no poder hacer nada, por no estar en Barcelona, para echarme a la calle y colocarme junto a todos esos ciudadanos que, más allá de votar una independencia hoy por hoy insostenible, si no inviable.
esas imágenes, que fueron creciendo en violencia y temperatura conforme avanzaban las horas, eran las que unos y otros buscaban desde el principio. Las buscaban quienes llaman españoles o súbditos a quienes no comulgan con su pensamiento y aspiraciones y las buscaban quienes desde el resto del país hablan de "los catalanes" como un bloque monolítico de gentes altivas e insolidarias a las que, no podemos negarlo, desprecian.
Junts p'el Sí y la CUP, pero más aún la ANC y Òmnium Cultural, eran conscientes de que su aventura iba a ser imposible sin el apoyo y el reconocimiento internacional, del que, por más que fabulasen, el mismo sábado carecían. Por eso, cuando a la burguesía catalana encarnada por el PDCat comenzaron a temblarle las rodillas ante la perspectiva de una Cataluña aislada en Europa, cuando le asaltaban las dudas sobre la conveniencia de proclamar la independencia por las bravas, forzaron al máximo las cosas, poniendo en movimiento la poderosa maquinaria de ambas organizaciones, tan poderosas en medios humanos y materiales, para movilizar a la calle, siguiendo un inteligente plan, con una logística que para sí hubiese querido el Ministerio del Interior, que se mostró zafio, torpe y, sobre todo, falto de toda la inteligencia necesaria, de la una y de la otra, para no haberse dejado atrapar en el lazo que estaban tendiendo ante sus narices. 
Y es que, a Interior, a Moncloa, les han faltado en Cataluña la mirada y la capacidad de recoger sin prejuicios en las calles de Cataluña los dato que le permitiesen prever lo que podía ocurrir y acabó ocurriendo ayer. Nadie podía despreciar, pero alguien lo hizo, el dato de que diez mil policías no podrían contener durante horas el deseo ahogado tantos años de ser escuchado sobre el lugar que quieren que Cataluña ocupe en o frente a España.
Pero no nos engañemos, el daño que han hecho las intervenciones policiales o la falta de ellas, no hay que olvidar la huelga de celo. de los mossos o sus mandos, no a la convivencia en Cataluña, sino a la imagen de España en el mundo, estaba perfectamente calculado. A unos y a otros, a los partidos del soberanismo y al PP lo que les interesaba es esto: la vergonzosa debacle sistémica de ayer. A unos, Puigdemont y los suyos, porque las cargas policiales frente a las calles llenas de gente deseosa de expresarse le han dado el pasaporte internacional que años de penetración "diplomática" no le han dado, y, a los otros, una demostración de ese "porcojonismo" celtibérico que tanto parece gustar a los votantes del PP. Me niego a pensar que unos y otros no estuviesen calculando ayer lo que finalmente iba a ocurrir. Lo sabían. Pero unos y otros necesitaban la foto, esa foto que, antes al menos, los novios se intercambiaban. Dejemos para otro día hablar de quienes tomaron la foto e iluminaron la escena y de cómo la verborrea inabarcable de las televisiones, la simplificación del lenguaje y las ideas y ese vicio de no ponderar lo que se ensaña, buscando sólo audiencia, han contribuido a alimentar el monstruo que ayer desataron unos y otros.
Puigdemont necesitaba su foto y Rajoy, para ganar otra vez las elecciones, en una España troceada, sin Cataluña y Euskadi, que siempre ha dado por perdidas, necesita la suya, la de sus santos cojones. Unos y otro, como novios que se necesitan, ya las tienen y las tienen dedicadas. Sólo cabe esperar que esas fotos amarilleen pronto o las borre el tiempo en un descuido.