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jueves, 5 de octubre de 2017

DE TELEVISIONES Y DISCURSOS


Hoy, como vengo haciendo cada día desde hace años, he colgado en mi muro de Facebook esta genial "obra" de ese poeta de las paredes y las calles que es el grafitero inglés Banksy. En ella, puede verse cómo un cámara de televisión arranca una flor del suelo para poder grabarla con detalle, la imagen que nos dejó Banksy en vete a saber qué muro de qué ciudad es algo más que una imagen o un poema: es una acertada metáfora de lo que nos está pasando.
Vivimos pendientes de lo que ocurre y lo vivimos al segundo, a través del "directo" de las teles, sin darnos cuenta de que éstas esconden bajo su disfraz de testigos imparciales  el traje de lentejuelas del protagonismo, sin darnos cuenta de que éstas, las televisiones, fuerzan a veces la actualidad y, sólo por ello, la transformas, sin darnos cuenta de que ese bucle infernal en que nos han metido, en el que una imagen se repite una y otra vez, hipnotizándonos, bustos vociferantes intercambian ante nosotros, uno tras otro, sus dogmas indemostrables 
La imagen le ha ganado la partida a la palabra y las imágenes, cada vez más fuertes, cada vez más forzadas, sirven de soporte a los discursos más peregrinos que, apoyados en ellas, hacen verosímil lo que, sólo con palabras y con tiempo para pensar sobre ello nos parecería una patraña. Quizá por ello y sin haberlo conocido, mi abuelo, que era muy sabio, decía aquello de "de lo que veas, la mitad creas".
¿Qué quiere decir con todo esto? Simplemente, que hay que desconfiar, que no hay que creer a pies juntillas ni siquiera lo que creemos estar viendo, que un plano cerrado sobre unas pocas decenas de personas puede hacerse pasar por una multitud y que, por el contrario, buscando los claros que hay en toda reunión de masas, puede arruinarse cualquier convocatoria de éxito.
Del mismo modo llevar la cámara hacia los que vociferan o los violentos puede hacernos creer que el resto vocifera y se deja llevar por la violencia. Una sola hoguera en una carretera puede traducirse como violencia incendiaria y, por llevarlo a otro terreno, un rosario de desplantes o gestos buscados y convenientemente adornados, vengan de Gabriel Rufián, Rafael Hernando, Pablo Iglesias o cualquier otro pueden hacernos creer que la razón y la fuerza están donde nunca han estado.
Qué pena que en la escuela no se enseñe a ver televisión, como se enseña a leer y escribir. Qué pena que la televisión ya no se vea "en familia", qué pena que no se contrasten las interpretaciones de lo que creemos ver y que, a lo peor, no es más que un juego de luces, sombras y sonidos. Qué pena que esa competencia que, nos lo hicieron creer, iba a mejorar la calidad de nuestra televisión, se haya convertido en una pelea por las audiencias a costa de quien sea y de lo que sea. Qué pena que, hoy, las televisiones se dediquen a arrancar las flores para mostrárnoslas a su modo y sin el menor respeto por la verdad.
Algo parecido ocurre al otro lado de la cámara con los profesionales de la política. Raro es el que no cuenta con un ejército de asesores de imagen que corrigen sus gestos y sus tics, que les enseñan a mover los brazos y las manos de una manera mecánica y artificiosa, persiguiendo el doble objetivo de hipnotizarnos, también ellos, y, además, el de que, ellos, mantengan el equilibrio y no se caigan de su propio discurso.
Dicho esto, creo que los asesores del rey estuvieron el martes de vacaciones. Él no, que leyó, sin sus habituales gallos, apenas uno o dos, y sin cortes aparentes un discurso que, si no se lo habían escrito directamente en la Moncloa, sí se lo habían inspirado. Un discurso en el que dejó de lado las soluciones valientes e imaginativas, para precipitarse en el tobogán de la "firmeza", tan peligroso como el camino sin salida y sin retorno que transita, ya titubeante, el profeta Puigdemont.
Nada que ver los asesores de La Zarzuela, tan ausentes y faltos de ganas el martes como los mossos de esquadra en las primeras horas del domingo, con los que prepararon la puesta en escena y todo lo demás para la intervención del president anoche.
Bien es verdad que la mejora era fácil, Bastaba con dar la vuelta al naufragado discurso de Felipe de Borbón. Bastaba con asomarse tranquilamente a una puerta, dar a entender que, en lugar de hacernos pasar a su despacho, para atendernos sentado, tras el parapeto de la mesa de su despacho, dejando en evidencia la presencia de las cámaras, salió a recibirnos, de pue, al umbral de una puerta, una puerta que podía ser la de su vivienda o la de su despacho, dejando suficiente aire entre él y las cámaras, que, de ese modo, desaparecieron. Una puesta en escena más a la francesa, con apenas un micrófono prácticamente inapreciable, para dar a entender la naturalidad que sin duda no había.
Pero no sólo eso, porque, si el discurso del rey cerró o, al menos, no abrió puertas, el de Puigdemont, más sibilino y humilde, quizá porque ya había perdido toda esperanza de apoyo internacional, si no la abrió, sí dejo entrever que ofrecía lo que hasta ahora había negado: tiempo.

En fin, que en uno y otro lado, en todas partes, arrancan las flores para metérnoslas  en la cabeza por los ojos.

viernes, 18 de marzo de 2016

LAS TORPES PALOMAS EUROPEAS


Hoy, como cada mañana he abierto en mi muro en facebook una ventana al humor más negro, a la ironía y a la denuncia del grafitero británico Banksy y la imagen escogida hoy es a de unas orondas y, por qué no, sucias palomas presionando con pancartas a un pájaro "distinto", más hermoso, más ágil y, sin duda, más hábil e inteligente que ellas, para que salga de su territorio, para no repartir con él las migas de que se alimenta en los parques y calles de las cómodas ciudades de Europa.
La imagen da que pensar y basta que ver a esas palomas "obesas" de tan acostumbradas como están a la vida fácil, envejecidas, asustadizas, torpes e imprudentes, a las que cualquier gorrioncillo les quita la comida en un descuido, cualquier jilguero o gorrioncillo de canto más agradable que su monótono zureo, degeneradas, con el músculo atrofiado y la sangre envejecida de no tener que buscarse la vida, como hacen sus pequeños rivales.
Las palomas de la vieja Europa son tan viejas como ella y viven demasiado ensimismadas como para darse cuenta de que necesitan la sangre nueva, la agilidad y las habilidades de quienes viene de lejos, huyendo de los rigores del invierno o de los depredadores que les hacen imposible la vida en su lugar de origen. Prefieren mostrarse orgullosas y amenazarles con su envergadura, sin darse cuenta de que es su mismo tamaño es el que las hace lentas y torpes, incapaces de reaccionar con presteza ante las verdaderas amenazas, demasiado conformistas con la vida aburrida que les garantizas las migajas de quienes, en el fondo, las desprecian y amenazan.
De alguna manera, es lo que ocurre a ras de suelo en los parques o en las aceras está pasando en realidad con los orondos europeos, algunos de los cuales son incapaces ya de sentir solidaridad, conmoverse o, simplemente, dejar vivir a quienes vienen aquí a eso, a buscar la vida que, allá donde nacieron, se les niega. Para nuestra desgracia, pudimos verlo hace dos o tres días en las plazas de Madrid o Barcelona. pudimos asistir a su enorme desprecio hacia los indigentes que, con mayor o menor dignidad, al fin y al cabo, la dignidad y su derecho a perderla es lo único que les queda, pedían en la Plaza Mayor de Madrid o la Plaza Real de Barcelona.
Allí arrojaron sus monedas al suelo para ver cómo corrían y se echaban al suelo a recogerlas, como se arrojan los cacahuetes a los monos para ver cómo se alborotan. Vimos también como quemaban sus billetes ante sus narices o como las obligaban a una obscena tabla de gimnasia recompensada con unas pocas monedas que no acabarían en forma de cerveza en los estómagos de tan rubios y altos europeos.
Fueron lo peor de lo peor, recién llegados de Holanda, como lo fueron sus "colegas" ingleses en Barcelona. Hicieron, hacían, como explicó al día siguiente el profesor de filosofía jubilado que se enfrentó a ellos, lo que está en los manuales del fascismo, en la teoría del más puro y duro nazismo: despreciarles y anularles para no sentirles como ellos, para alejar de sus rubias cabezas cualquier asomo de compasión o solidaridad. Y lo hicieron porque, después, una vez anulados, despojados de sus rasgos humanos, resulta mucho más fácil expulsarles o encerrarles.
Pero, si eso es terrible, más lo es que, cuando apareció la Policía, nacional por supuesto, se limitase a sacar de la Plaza Mayor a las mujeres ofendidas, en lugar de identificar a los energúmenos que las ofendieron y, con ellas, a nosotros, de paso. 
Fue un bochornoso espectáculo, al que pusieron colofón los policías. Un espectáculo en el que sólo encuentro el consuelo de pensar que las indigentes "hicieron caja". Un espectáculo que se convierte en metáfora de lo que, horas después, han hecho los dirigentes europeos con la gestión de la crisis de los refugiados, gente que lo está pasando aún peor que las mendigas de la Plaza Mayor, gente que viene a nuestra vieja Europa buscando una nueva vida, gente que nos trae sus ganas de luchar por esa nueva vida, gente que nos trae sus capacidades, su cultura, su sangre nueva y distinta, gente que nos trae los mejor que tiene, sus niños, gente a la que, como las palomas, asustamos y arrojamos batiendo las alas de nuestras odiosas leyes a medida que ni siquiera respetan las leyes y que dejan muy claro que las palomas europeas, gordas y torpes, se van a morir de esa opulencia que no están dispuestas a compartir con otros.