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miércoles, 4 de octubre de 2017

TENGO MIEDO

Dicen que, a medida que vamos cumpliendo años, a medida que vamos teniendo más experiencia, a medida que los afectos y las cosas nos atan, nos volvemos más prudentes o, si así lo preferís, más cobardes. Me está pasando. El miedo va ganando terreno en mí, porque no encuentro una salida a lo que está pasando. Me ocurre en esto, lo mismo que en la vida cotidiana, en la calle, cuando salgo del entorno que conozco. No sé si sabéis que padezco una grave discapacidad visual que me impide, por ejemplo, leer las placas con el nombre de las calles, que me impide distinguir lo que hay más allá de dos manzanas, y, por si fuera poco, lo que me queda a ambos cuando camino. Tengo a menudo boca de carretero, porque, cuando algo se trastoca en ese entorno que conozco, juro y maldigo, porque me siento engañado e indefenso.
No sé si sois capaces de imagina lo que os digo, no sé si podéis, no lo deseo, poneros en mi lugar. es muy duro y, por eso, necesito certezas, necesito saber que la altura de los bordillos es más o menos la misma en cada calle, en cada cruce, necesito estar seguro de que, al dar ese paso, no voy a "caer" a la calzada o a "tropezar" con ella. No es divertido y, sin embargo, tengo ganas de vivir, de convivir, y, sobre todo, de comprobar que lo que queda más allá es transitable.
Un temor parecido al que os describo me acongoja estos días que vivimos, yendo de sobresalto en sobresalto, sin que nada de lo que he vivido, nada de lo he aprendido me sirva para predecir adonde nos va a llevar el siguiente paso paso que den, unos y otros, hacia un futuro, si no imposible, sí insoportable.
De momento, asistir en la distancia a las cargas policiales del domingo me devuelve a lo más oscuro del franquismo, a los días de universidad, a los "saltos" a las manifestaciones ilegales, a las carreras y los palos y, afortunadamente aún no los ha habido, a las pistolas y las torturas de "los sociales". Lo de ahora es distinto, lo sé, y lo es por muchas razones, pero no por ello tiene pinta de salir mejor. entre otras cosas, porque el gobierno de la Generalitat, que se esconde tras las masas que movilizan la ANC y Òmnium, el mismo que, como hacía Franco, convoca y financia un "paro de país" con los medios y el dinero que es de todos, los que quieren manifestarse y los que no, el mismo que, a remolque de la CUP, convoca el paro y las manifestaciones para una cosa y las aprovecha para otra.
Yo siempre desconfío de los antidisturbios, es una rémora del pasado, del que viví con Franco y del más reciente, con mi Congreso "enjaulado", lloviendo palos en el Paseo del Prado. Quizá por eso no me siento tan escandalizado por las cargas del domingo. No piensan, cumplen órdenes, y, aunque los hay vocacionales, con las calles llenas de fotoperiodistas y smartphones en manos de ciudadanos no he visto, salvo pocas excepciones, las heridas de las que tanto se habla. O es que acaso creyeron al ministro cascarillero cuando dijo que eso iba a ser un picnic. Hubo, sí, pelotas de goma, yo vi en TV como los antidisturbios se colocaban unos a otros los "macutos" con la munición. 
El uso de ese material está, o estaba, prohibido en Cataluña. Y lo estaba después de que una mujer perdiese un ojo por un pelotazo salido de la escopeta de un mosto de escuadra, al que no se castigó porque sus mandos no quisieron identificarle y que, muy probablemente, recibió el domingo flores y aplausos por incumplir de manera torticera y calculada su deber como policía judicial y que estamos viendo estos días protegiendo no se sabe muy bien si a los policías y guardias civiles de los escraches o protegiendo los mismos escraches, cuando no cerrando para la huelga centros comerciales, como en tiempos del dictador cerraban facultades para todo lo contrario.
Por si fuera poco, este clima enrarecido en el que, si no dices lo que algunos quieren escuchar te ves acosado hasta el aburrimiento por los que metafóricamente tienen las mismas o peores dificultades que yo para ver lo que está ocurriendo en realidad. 
Es terrible que esta aventura emprendida por irresponsables afincados en la Plaça de Sant Jaume y en Moncloa esté llevando a que acabes discutiendo con la gente que quieres y respetas. Es peligroso que los mensajes "simples", simples en cualquiera de sus dos acepciones, están calando como calan a uno y otro lado del Ebro, encendiendo los ánimos y poniendo orejeras a los sentidos, especialmente a ese al que aquí se le dice común y en Cataluña seny.
La razón y la verdad no pueden ser absolutas. Hace falta perspectiva. Sería conveniente pararse un momento, tomar aire, mirar hacia atrás, para comprobar de dónde venimos, cuan duro ha sido el camino, cuanto más puede ser el que nos queda y, si, en realidad, la meta está donde nos dicen.
Anche, Felipe de Borbón se dirigió a la ciudadanía, con la misma solemnidad y sobresalto que lo hizo su padre hace treinta y un años, pero, al contrario que ocurrió entonces, el mensaje no ha sido, al menos para mí, nada tranquilizador, porque apenas insinúa en un susurro el entendimiento del que debe llegar la solución y que sólo se logrará hablando. Ni siquiera sé si fue un ave de mal augurio, porque leí entre leneas una tácita autorización moral para que el gobierno insensato que nos hemos dado o no hemos hecho lo posible para que no nos lo den los españoles, aplique el tenebroso "155" que intuyo injusto, doloroso y contestado, porque, si estamos donde estamos, porque a los catalanes les quitaron el estatuto que ellos y nosotros les dimos hace diez años, no puedo ni siquiera  imaginar qué ocurrirá si, además, le quitan su autogobierno.
Creo que, de hacerse, habrá que cambiar el color de los uniformes de quienes tendrían que enviar a Cataluña para imponerlo. Y no me gusta el caqui como solución. Por eso tengo miedo, porque no velo qué hay al final de la calle y el escalón del bordillo es demasiado profundo y oscuro. Por eso y porque hay mucha gente que quiero en Cataluña y también porque tengo una hija y una nieta casi reciñen nacida a la que me gustaría enseñarle esa tierra tan hermosa, en la que nació su abuela, que, de repente, ha quedado de espaldas a la mía. Y tengo miedo, mucho miedo, de que esos mossos, hoy aplaudidos y abrazados sean quienes muelan a palos a los catalanes cuando se echen a la calle para manifestar su rabia y su frustración por sentirse también engañados por quienes les están diciendo que su único problema es España y que, cuando alcancen la independencia, no habrá paro, no habrá corrupción, estarán en la UE, serán la admiración del mundo y todo será de color de rosa.

lunes, 2 de octubre de 2017

FOTOS DEDICADAS


El de ayer fue, al menos para mí, un día duro, muy duro. Jamás creí que las cosas acabarían como acabaron. Los únicos que estuvieron a la altura que se esperaba de ellos fueron aquellos que, en Cataluña, acudieron, ya no sé si a votar o a ponerse en pie ante el atropello de su dignidad por quienes, desde Madrid o Barcelona han venido jugado con sus sentimientos y sus derechos todos estos meses.
Yo mismo, que el sábado me fui a la cama confiando en que algo o alguien pondría sentido común y calma en este torbellino de acciones y reacciones absurdas, renunciando a celebrar el referéndum o a tratar de impedirlo por la fuerza. Pero no fue así y, cuando a las ocho da la mañana encendí la radio, primero, y, después, el televisor, sentí vergüenza y una enorme frustración por no poder hacer nada, por no estar en Barcelona, para echarme a la calle y colocarme junto a todos esos ciudadanos que, más allá de votar una independencia hoy por hoy insostenible, si no inviable.
esas imágenes, que fueron creciendo en violencia y temperatura conforme avanzaban las horas, eran las que unos y otros buscaban desde el principio. Las buscaban quienes llaman españoles o súbditos a quienes no comulgan con su pensamiento y aspiraciones y las buscaban quienes desde el resto del país hablan de "los catalanes" como un bloque monolítico de gentes altivas e insolidarias a las que, no podemos negarlo, desprecian.
Junts p'el Sí y la CUP, pero más aún la ANC y Òmnium Cultural, eran conscientes de que su aventura iba a ser imposible sin el apoyo y el reconocimiento internacional, del que, por más que fabulasen, el mismo sábado carecían. Por eso, cuando a la burguesía catalana encarnada por el PDCat comenzaron a temblarle las rodillas ante la perspectiva de una Cataluña aislada en Europa, cuando le asaltaban las dudas sobre la conveniencia de proclamar la independencia por las bravas, forzaron al máximo las cosas, poniendo en movimiento la poderosa maquinaria de ambas organizaciones, tan poderosas en medios humanos y materiales, para movilizar a la calle, siguiendo un inteligente plan, con una logística que para sí hubiese querido el Ministerio del Interior, que se mostró zafio, torpe y, sobre todo, falto de toda la inteligencia necesaria, de la una y de la otra, para no haberse dejado atrapar en el lazo que estaban tendiendo ante sus narices. 
Y es que, a Interior, a Moncloa, les han faltado en Cataluña la mirada y la capacidad de recoger sin prejuicios en las calles de Cataluña los dato que le permitiesen prever lo que podía ocurrir y acabó ocurriendo ayer. Nadie podía despreciar, pero alguien lo hizo, el dato de que diez mil policías no podrían contener durante horas el deseo ahogado tantos años de ser escuchado sobre el lugar que quieren que Cataluña ocupe en o frente a España.
Pero no nos engañemos, el daño que han hecho las intervenciones policiales o la falta de ellas, no hay que olvidar la huelga de celo. de los mossos o sus mandos, no a la convivencia en Cataluña, sino a la imagen de España en el mundo, estaba perfectamente calculado. A unos y a otros, a los partidos del soberanismo y al PP lo que les interesaba es esto: la vergonzosa debacle sistémica de ayer. A unos, Puigdemont y los suyos, porque las cargas policiales frente a las calles llenas de gente deseosa de expresarse le han dado el pasaporte internacional que años de penetración "diplomática" no le han dado, y, a los otros, una demostración de ese "porcojonismo" celtibérico que tanto parece gustar a los votantes del PP. Me niego a pensar que unos y otros no estuviesen calculando ayer lo que finalmente iba a ocurrir. Lo sabían. Pero unos y otros necesitaban la foto, esa foto que, antes al menos, los novios se intercambiaban. Dejemos para otro día hablar de quienes tomaron la foto e iluminaron la escena y de cómo la verborrea inabarcable de las televisiones, la simplificación del lenguaje y las ideas y ese vicio de no ponderar lo que se ensaña, buscando sólo audiencia, han contribuido a alimentar el monstruo que ayer desataron unos y otros.
Puigdemont necesitaba su foto y Rajoy, para ganar otra vez las elecciones, en una España troceada, sin Cataluña y Euskadi, que siempre ha dado por perdidas, necesita la suya, la de sus santos cojones. Unos y otro, como novios que se necesitan, ya las tienen y las tienen dedicadas. Sólo cabe esperar que esas fotos amarilleen pronto o las borre el tiempo en un descuido.