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miércoles, 18 de octubre de 2017

CANTIDADES HOMOGÉNEAS

Como era de prever el ingreso en prisión de Jordi Sánchez y Jordi Cuixart ha vuelto a llenar las calles de ciudadanos que protestan contra el encarcelamiento de quienes consideran, creo que, con cierta ligereza, presos políticos. Quienes equiparan su situación a la de quienes luchaban contra la dictadura franquista y daban con sus huesos en Carabanchel por pensar, escribir, decir u organizarse contra un régimen que perseguía a sindicatos y partidos, que encarcelaba a estudiantes, obreros y curas, que perseguía a periodistas y abogados y que no dudaba en consentir y defender todos esos policías llenos de furia y de odio que no dudaban en disparar sus armas contra quienes se manifestaban en la calle, se destacaban en las asambleas de facultad o de fábrica o, sencillamente,  dejaban su protesta escrita en las paredes y los muros.
Me pone de mal humor, me cabrea, que quienes llevan dos meses organizando protestas en las calles de Cataluña, autorizadas o no, sin incidentes, sí, pero también sin oposición policial, quienes llevan ese mismo tiempo y más, exagerando y deformando la realidad o, mintiendo descaradamente, en casa o fuera de nuestras fronteras sobre lo que sucede en Cataluña. 
Me indigna que esto suceda en un país que, desde hace cuarenta años disfruta de elecciones libres cada cuatro años, un país que tiene un parlamento nacional, más de una quincena de parlamentos autonómicos y ayuntamiento libres en cada municipio del territorio, sometidos, eso sí, al imperio de las leyes y reglamentos que, desde entonces, con mayor o menor fortuna, administran y protegen la convivencia de los ciudadanos y protegen sus derechos.
No me parece decente guardar silencio, por eso no callo, ante quienes, sin pararse un sólo momento a reflexionar, consideran a Sánchez y Cuixart, al frente de una poderosa máquina propagandística y logística, capaz de organizar con éxito las mayores manifestaciones que se recuerdan en Europa y quizá en el mundo, con medios suficientes para inundar las redes sociales con sus mensajes en todos los idiomas, preparada para montar y emitir en horas un spot propagandístico, a imagen y semejanza de los que siguieron a las violentas represiones en Ucrania o Venezuela, para qué cambiar lo que tan eficazmente ha funcionado, siga engañando o cuando menos confundiendo a la opinión pública en Cataluña e intentándolo fuera de ella. De ninguna manera. 
No  me parece decente dejar de señalar que ambos encarcelados son responsables de sendas organizaciones muy poderosas en medios humanos y también materiales, con una capacidad de movilización que para sí quisieran algunos partidos y sindicatos, han gozado de absoluta libertad de movimientos para, siguiendo una estrategia perfectamente diseñada y documentada ante la justicia, en la que son la pieza fundamental para amplificar las decisiones del Govern y del cojo Parlement de Catalunya, cojo, porque un parlamento en el que se niega la voz a la oposición camina como debe. no avanza en línea recta, organizaciones capaces de movilizar en horas a decenas de miles de personas y que viene haciéndolo desde hace años.
No, no me parece decente decir que, quienes han venido desarrollando estas actividades en libertad y desde hace tanto tiempo alcancen la consideración de presos políticos por haber sido considerados responsables de un delito, la sedición, que nada tiene que ver con la opinión, salvo en su intención. Lo cierto es que los millares de personas que impidieron la libertad de movimientos de los agentes que registraron las instalaciones de la consejería de Economía hace tres semanas, convocados por la ANC y Òmnium mantuvieron el cerco a los guardias mientras Sánchez y Cuixart, al alimón, se lo pidieron mientras la pasividad de los mossos permitía el destrozo de sus vehículos.
No es decente sumar cantidades que no son homogéneas. No es decente colocar a quienes han tenido libertad de medios y movimientos hasta que han sido acusados de un flagrante delito que no es de opinión, con quienes se dejaron la salud y la vida en las cárceles franquistas por luchar desde la clandestinidad contra un régimen despótico y criminal. Aquellos presos políticos y "los jordis" no son cantidades homogéneas.

martes, 17 de octubre de 2017

¿QUÉ ES VIOLENCIA?


Confieso de antemano que sé que mi texto de hoy no va a ser del agrado de muchos, confieso que, yo mismo, heredero de experiencias pasadas y adornado con todos esos tics intelectuales que nos llevan a colocarnos siempre en la acera del que enarbola, con razón o sin razón, la bandera de la libertad y a dar la espalda, sin dar tiempo a razones, a quienes se refugian o justifican el recurso a la justicia o la autoridad.
El envío a prisión de "los jordis", Sánchez y Cuixart, conocida a última hora de la tarde de ayer puede parecernos exagerada o desproporcionada como se dice ahora, más por sus consecuencias políticas y sociales en Cataluña que porque se ajuste o no a derecho. Está claro que la decisión de mandar a Soto del Real a los líderes de las movilizaciones que han llenado de ciudadanos y banderas las calles y plazas de Cataluña ha sido inmediatamente contestado, cacerola en mano o delante de alguna de las numerosas cámaras y micrófonos de las televisiones que, para medio mundo, están siguiendo minuto a minuto lo que ocurre en Cataluña.
Era evidente que pasaría lo que ha pasado, pero había que hacerlo. Por más respuesta que generase, no se podía hacer una excepción, no se podía sentar un precedente. La juez, más que temeraria, ha sido valiente y, sobre todo, consecuente con el detallado informe, perfectamente documentado, no ya por la Guardia Civil, sino por el seguimiento que de los hechos en cuestión hicieron las televisiones minuto a minuto y que permitió ser testigos virtuales, si no presenciales, de lo ocurrido. La juez de la Audiencia Nacional no podía hacer otra cosa, porque lo que hizo estaba escrito en las leyes y, si se hubiese dejado influir por las consecuencias, raro sería que, a partir de ahora, la presión en la calle, que deja de ser una forma de violencia, contra los jueces no se convirtiese en una estrategia más de defensa, la principal quizá, de algunos acusados.
La violencia, las mujeres víctimas de sus parejas lo saben bien, no tiene por qué ser física. La joven víctima de la violación múltiple de los sanfermines no parece que fuese golpeada y, sin embargo, fue sometida a la violencia del grupo, la que, mediante el miedo, anticipa el daño y paraliza o nos obliga a hacer lo que no queremos hacer.
No cabe duda de que "los jordis" no pidieron a la gente que destrozase los coches de la Guardia Civil. Los daños en los vehículos, a pesar de ser una expresión gráfica de la violencia de aquella noche, en absoluto fueron lo más grave. Lo más grave fue el hecho de que centenares, quizá miles, de personas convocados por Sánchez y Cuixart cercasen durante horas a los guardias enviados por la fiscalía a registrar las dependencias de la consejería de Economía de la Generalitat para impedir su trabajo. Lo peor es que Sánchez y Cuixart, hábiles organizadores de masas, subidos en esos mismos vehículos que acabarían destrozados arengaron a los concentrados para que mantuviesen el cerco, algo que todos hemos visto una y otra vez, la maldita hemeroteca, y que, sin embargo, han negado una y otra vez, asustados quizá por las consecuencias de la euforia de aquel día.
Aquella masa, controlada o no, no dejaba de ser un instrumento de violencia. Entorpeciendo la labor de la justicia, se estaba cometiendo un delito, sin golpes, sin patadas, pero delito. De no considerarlo así, reuniendo la masa suficiente, se podrían desvalijar bancos, de no ser así, ningún equipo podría salir victoriosos del Bernabéu o del Nou Camp, bastaría con azuzar las gradas contra el árbitro y esperar a que la presión y el miedo hiciesen el resto.
Sin embargo, la violencia en las calles, también la  pacífica no es patrimonio de la izquierda. No hay más que recordar las manifestaciones y concentraciones organizadas por la Conferencia Episcopal, organizaciones antiabortistas y los más rancio del PP contra la ley ya reformada y ampliada de regulación de la interrupción del embarazo. Una violencia quieta que, afortunadamente, fue resistida por el Parlamento y el Gobierno, tampoco toda esa violencia parecida y también quieta con la que, durante años, se torpedeó desde la calle el final de ETA. Mucho menos, la de las mesas anti estatut que, sumadas al boicot a los productos catalanes, fueron orquestadas por el PP contra aquel Estatut de tiempos de Zapatero que hoy añoramos como solución.
Por si fuera poco, los líderes de la Asamblea Nacional de Catalunya y Òmnium Cultural son, con las organizaciones que dirigen, se han convertido en instrumento de los partidos independentistas para reforzar y conseguir en la calle anhelos y aspiraciones de quienes, desde su exigua mayoría, no hacen otra cosa que retorcer y forzar leyes y reglamentos para conseguir el objetivo de la independencia. No hay que olvidar que la presidenta del Parlamento, Carme Forcadellas, antecesora de Jordi Sánchez en la ANC, ha actuado como brazo ejecutor de los deseos de Puigdemont y Junqueras, llegando incluso a suspender desde hace semanas toda actividad legislativa o de control del joven, ignorando de paso al resto de grupos y a los letrados de la cámara que deberían velar por la legalidad de todo lo que allí se hace, lo que no deja de ser otra forma de violencia, sin las porras ni las pelotas de policías y guardias, pero tan reprobable como pudiera ser la de estos.
Sánchez y Cuixart, los jordis, forman parte, como quedó evidenciado en un documento manuscrito incautad al viceconsejero de Economía detenido, de un plan perfectamente definido y coordinado en el que la movilización en las calles es la pieza fundamental. Un plan que persigue la consecución de la independencia de Cataluña a costa de lo que sea y con los medios que sea, un plan en el que Ómnium y ANC, como los ciclistas, hacen "la goma" con el govern, tirando de unos y otros para darles en la calle la velocidad que nunca alcanzarían en el Parlament. Una violencia, que lo es, que ha llevado a Cataluña mucho más lejos de donde sus ciudadanos, todos, hubiesen querido llegar nunca.