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miércoles, 31 de enero de 2018

LAS PRISAS




Si hay algo que me va quedando cada vez más claro de todo lo que está ocurriendo en Cataluña, es que hay quien tiene prisa, demasiada prisa. Cuando ayer saludaba la decisión de president del Parlament, Roger Torrent, tan lógica como valiente. de parar el reloj para tomarse el tiempo preciso para encontrar una salida al callejón sin aparente salida. en el que algunos se empeñan en enfangar a todos los catalanes.
De paso, ayer también quedó claro que, aunque en algún momento hayan caminado y caminen en paralelo. los intereses de las dos mitades de los soberanistas no son los mismos, entre otras cosas, porque, frente al mesianismo unipersonal de Junts per Catalunya, para el que el programa a cumplir al parecer se reduce a reponer a Puigdemont en la presidencia a costa de lo que sea, Esquerra es un partido con historia que, además, ha sido el portador de la llama del independentismo también en los años duros de la dictadura, el verdadero franquismo. 
Por ello, a cada minuto que pasa, las costuras, más bien hilvanes que arman lo que pretende ser el bloque soberanista se abren más y más, ante la evidencia de que quienes lo quieren todo y lo quieren ya no están dispuestos a esperar un segundo ni respetar una sola regla para lograrlo. Algo que resulta casi paradójico, cuando Cataluña lleva meses sin gobierno y, lo que es peor, sin expectativas a corto plazo de tenerlo.
No lo entiendo. Me pierdo una y otra vez en este ajedrez diabólico en el que, cuando alguno de los dos contendientes progresa el otro da un puñetazo a la mesa haciendo volar el tablero por los aires, en un ritornello dramático en el que, a cada puñetazo, se pierden más y más fichas.
Ayer, lo más lógico parecía esperar, tomarse tiempo para que Puigdemont encontrarse en el fondo de su alma de adolescente díscolo un rincón para la generosidad, para el sacrificio o para que quienes de verdad persiguen el bien de Cataluña y os catalanes encuentren una estrategia común y un candidato alternativo que dé salida a esta crisis endemoniada que el PP con su mezquindad lleva años abonando sin haber medido irresponsablemente las consecuencias de su pasotismo egoísta.
Ayer, también, las alianzas que hicieron fuerte al soberanismo se volvieron contra el bloqueando la salida y demostrando que pueden más cuatro diputados de la CUP que toda la razón acumulada, que la calle es un arma tan poderosa como puede llegar a convertirse en peligrosa cuando se pierde su control. Y es que la ANC movilizó a sus bases frente al Parlament para ejercer toda su presión, pero no fue capaz de replegarla cuando lo prudente era hacerlo, con lo que ya hay imágenes de cargas y vallas por los aires, que se volverán contra Cataluña y los catalanes, minando aún más su prestigio ya perdido.
La transversalidad que pretenden los soberanistas, la que pretendió Podemos en su proyecto, es posible, pero sólo para un momento. En cuanto ese momento transcurre, con o sin el objetivo cumplido, la unidad se descompone y carcome aquello que pudo ser y no fue. Estamos cansados de verlo. Estamos cansados de renunciar a los principios para crecer, para atraer a otros a proyectos desideologizados. Cansados, porque ninguno llega a buen puerto. Está pasando y está pasando todos los días. Cansados de los impacientes, de los que son capaces de todo para sacar adelante "sus" intereses, a costa de quien sea y lo que sea.
Las prisas no son buenas y los atajos a veces acaban en el abismo. Ojalá mis queridos catalanes se tomen un momento de reposos para pensar, no en la siguiente jugada, que lo hacen muy bien, sino en el final de la partida. Ojalá jueguen a esto como el Barça juega al fútbol, sin prisas pero sólidamente.

miércoles, 18 de octubre de 2017

CANTIDADES HOMOGÉNEAS

Como era de prever el ingreso en prisión de Jordi Sánchez y Jordi Cuixart ha vuelto a llenar las calles de ciudadanos que protestan contra el encarcelamiento de quienes consideran, creo que, con cierta ligereza, presos políticos. Quienes equiparan su situación a la de quienes luchaban contra la dictadura franquista y daban con sus huesos en Carabanchel por pensar, escribir, decir u organizarse contra un régimen que perseguía a sindicatos y partidos, que encarcelaba a estudiantes, obreros y curas, que perseguía a periodistas y abogados y que no dudaba en consentir y defender todos esos policías llenos de furia y de odio que no dudaban en disparar sus armas contra quienes se manifestaban en la calle, se destacaban en las asambleas de facultad o de fábrica o, sencillamente,  dejaban su protesta escrita en las paredes y los muros.
Me pone de mal humor, me cabrea, que quienes llevan dos meses organizando protestas en las calles de Cataluña, autorizadas o no, sin incidentes, sí, pero también sin oposición policial, quienes llevan ese mismo tiempo y más, exagerando y deformando la realidad o, mintiendo descaradamente, en casa o fuera de nuestras fronteras sobre lo que sucede en Cataluña. 
Me indigna que esto suceda en un país que, desde hace cuarenta años disfruta de elecciones libres cada cuatro años, un país que tiene un parlamento nacional, más de una quincena de parlamentos autonómicos y ayuntamiento libres en cada municipio del territorio, sometidos, eso sí, al imperio de las leyes y reglamentos que, desde entonces, con mayor o menor fortuna, administran y protegen la convivencia de los ciudadanos y protegen sus derechos.
No me parece decente guardar silencio, por eso no callo, ante quienes, sin pararse un sólo momento a reflexionar, consideran a Sánchez y Cuixart, al frente de una poderosa máquina propagandística y logística, capaz de organizar con éxito las mayores manifestaciones que se recuerdan en Europa y quizá en el mundo, con medios suficientes para inundar las redes sociales con sus mensajes en todos los idiomas, preparada para montar y emitir en horas un spot propagandístico, a imagen y semejanza de los que siguieron a las violentas represiones en Ucrania o Venezuela, para qué cambiar lo que tan eficazmente ha funcionado, siga engañando o cuando menos confundiendo a la opinión pública en Cataluña e intentándolo fuera de ella. De ninguna manera. 
No  me parece decente dejar de señalar que ambos encarcelados son responsables de sendas organizaciones muy poderosas en medios humanos y también materiales, con una capacidad de movilización que para sí quisieran algunos partidos y sindicatos, han gozado de absoluta libertad de movimientos para, siguiendo una estrategia perfectamente diseñada y documentada ante la justicia, en la que son la pieza fundamental para amplificar las decisiones del Govern y del cojo Parlement de Catalunya, cojo, porque un parlamento en el que se niega la voz a la oposición camina como debe. no avanza en línea recta, organizaciones capaces de movilizar en horas a decenas de miles de personas y que viene haciéndolo desde hace años.
No, no me parece decente decir que, quienes han venido desarrollando estas actividades en libertad y desde hace tanto tiempo alcancen la consideración de presos políticos por haber sido considerados responsables de un delito, la sedición, que nada tiene que ver con la opinión, salvo en su intención. Lo cierto es que los millares de personas que impidieron la libertad de movimientos de los agentes que registraron las instalaciones de la consejería de Economía hace tres semanas, convocados por la ANC y Òmnium mantuvieron el cerco a los guardias mientras Sánchez y Cuixart, al alimón, se lo pidieron mientras la pasividad de los mossos permitía el destrozo de sus vehículos.
No es decente sumar cantidades que no son homogéneas. No es decente colocar a quienes han tenido libertad de medios y movimientos hasta que han sido acusados de un flagrante delito que no es de opinión, con quienes se dejaron la salud y la vida en las cárceles franquistas por luchar desde la clandestinidad contra un régimen despótico y criminal. Aquellos presos políticos y "los jordis" no son cantidades homogéneas.

martes, 17 de octubre de 2017

¿QUÉ ES VIOLENCIA?


Confieso de antemano que sé que mi texto de hoy no va a ser del agrado de muchos, confieso que, yo mismo, heredero de experiencias pasadas y adornado con todos esos tics intelectuales que nos llevan a colocarnos siempre en la acera del que enarbola, con razón o sin razón, la bandera de la libertad y a dar la espalda, sin dar tiempo a razones, a quienes se refugian o justifican el recurso a la justicia o la autoridad.
El envío a prisión de "los jordis", Sánchez y Cuixart, conocida a última hora de la tarde de ayer puede parecernos exagerada o desproporcionada como se dice ahora, más por sus consecuencias políticas y sociales en Cataluña que porque se ajuste o no a derecho. Está claro que la decisión de mandar a Soto del Real a los líderes de las movilizaciones que han llenado de ciudadanos y banderas las calles y plazas de Cataluña ha sido inmediatamente contestado, cacerola en mano o delante de alguna de las numerosas cámaras y micrófonos de las televisiones que, para medio mundo, están siguiendo minuto a minuto lo que ocurre en Cataluña.
Era evidente que pasaría lo que ha pasado, pero había que hacerlo. Por más respuesta que generase, no se podía hacer una excepción, no se podía sentar un precedente. La juez, más que temeraria, ha sido valiente y, sobre todo, consecuente con el detallado informe, perfectamente documentado, no ya por la Guardia Civil, sino por el seguimiento que de los hechos en cuestión hicieron las televisiones minuto a minuto y que permitió ser testigos virtuales, si no presenciales, de lo ocurrido. La juez de la Audiencia Nacional no podía hacer otra cosa, porque lo que hizo estaba escrito en las leyes y, si se hubiese dejado influir por las consecuencias, raro sería que, a partir de ahora, la presión en la calle, que deja de ser una forma de violencia, contra los jueces no se convirtiese en una estrategia más de defensa, la principal quizá, de algunos acusados.
La violencia, las mujeres víctimas de sus parejas lo saben bien, no tiene por qué ser física. La joven víctima de la violación múltiple de los sanfermines no parece que fuese golpeada y, sin embargo, fue sometida a la violencia del grupo, la que, mediante el miedo, anticipa el daño y paraliza o nos obliga a hacer lo que no queremos hacer.
No cabe duda de que "los jordis" no pidieron a la gente que destrozase los coches de la Guardia Civil. Los daños en los vehículos, a pesar de ser una expresión gráfica de la violencia de aquella noche, en absoluto fueron lo más grave. Lo más grave fue el hecho de que centenares, quizá miles, de personas convocados por Sánchez y Cuixart cercasen durante horas a los guardias enviados por la fiscalía a registrar las dependencias de la consejería de Economía de la Generalitat para impedir su trabajo. Lo peor es que Sánchez y Cuixart, hábiles organizadores de masas, subidos en esos mismos vehículos que acabarían destrozados arengaron a los concentrados para que mantuviesen el cerco, algo que todos hemos visto una y otra vez, la maldita hemeroteca, y que, sin embargo, han negado una y otra vez, asustados quizá por las consecuencias de la euforia de aquel día.
Aquella masa, controlada o no, no dejaba de ser un instrumento de violencia. Entorpeciendo la labor de la justicia, se estaba cometiendo un delito, sin golpes, sin patadas, pero delito. De no considerarlo así, reuniendo la masa suficiente, se podrían desvalijar bancos, de no ser así, ningún equipo podría salir victoriosos del Bernabéu o del Nou Camp, bastaría con azuzar las gradas contra el árbitro y esperar a que la presión y el miedo hiciesen el resto.
Sin embargo, la violencia en las calles, también la  pacífica no es patrimonio de la izquierda. No hay más que recordar las manifestaciones y concentraciones organizadas por la Conferencia Episcopal, organizaciones antiabortistas y los más rancio del PP contra la ley ya reformada y ampliada de regulación de la interrupción del embarazo. Una violencia quieta que, afortunadamente, fue resistida por el Parlamento y el Gobierno, tampoco toda esa violencia parecida y también quieta con la que, durante años, se torpedeó desde la calle el final de ETA. Mucho menos, la de las mesas anti estatut que, sumadas al boicot a los productos catalanes, fueron orquestadas por el PP contra aquel Estatut de tiempos de Zapatero que hoy añoramos como solución.
Por si fuera poco, los líderes de la Asamblea Nacional de Catalunya y Òmnium Cultural son, con las organizaciones que dirigen, se han convertido en instrumento de los partidos independentistas para reforzar y conseguir en la calle anhelos y aspiraciones de quienes, desde su exigua mayoría, no hacen otra cosa que retorcer y forzar leyes y reglamentos para conseguir el objetivo de la independencia. No hay que olvidar que la presidenta del Parlamento, Carme Forcadellas, antecesora de Jordi Sánchez en la ANC, ha actuado como brazo ejecutor de los deseos de Puigdemont y Junqueras, llegando incluso a suspender desde hace semanas toda actividad legislativa o de control del joven, ignorando de paso al resto de grupos y a los letrados de la cámara que deberían velar por la legalidad de todo lo que allí se hace, lo que no deja de ser otra forma de violencia, sin las porras ni las pelotas de policías y guardias, pero tan reprobable como pudiera ser la de estos.
Sánchez y Cuixart, los jordis, forman parte, como quedó evidenciado en un documento manuscrito incautad al viceconsejero de Economía detenido, de un plan perfectamente definido y coordinado en el que la movilización en las calles es la pieza fundamental. Un plan que persigue la consecución de la independencia de Cataluña a costa de lo que sea y con los medios que sea, un plan en el que Ómnium y ANC, como los ciclistas, hacen "la goma" con el govern, tirando de unos y otros para darles en la calle la velocidad que nunca alcanzarían en el Parlament. Una violencia, que lo es, que ha llevado a Cataluña mucho más lejos de donde sus ciudadanos, todos, hubiesen querido llegar nunca.

miércoles, 4 de octubre de 2017

TENGO MIEDO

Dicen que, a medida que vamos cumpliendo años, a medida que vamos teniendo más experiencia, a medida que los afectos y las cosas nos atan, nos volvemos más prudentes o, si así lo preferís, más cobardes. Me está pasando. El miedo va ganando terreno en mí, porque no encuentro una salida a lo que está pasando. Me ocurre en esto, lo mismo que en la vida cotidiana, en la calle, cuando salgo del entorno que conozco. No sé si sabéis que padezco una grave discapacidad visual que me impide, por ejemplo, leer las placas con el nombre de las calles, que me impide distinguir lo que hay más allá de dos manzanas, y, por si fuera poco, lo que me queda a ambos cuando camino. Tengo a menudo boca de carretero, porque, cuando algo se trastoca en ese entorno que conozco, juro y maldigo, porque me siento engañado e indefenso.
No sé si sois capaces de imagina lo que os digo, no sé si podéis, no lo deseo, poneros en mi lugar. es muy duro y, por eso, necesito certezas, necesito saber que la altura de los bordillos es más o menos la misma en cada calle, en cada cruce, necesito estar seguro de que, al dar ese paso, no voy a "caer" a la calzada o a "tropezar" con ella. No es divertido y, sin embargo, tengo ganas de vivir, de convivir, y, sobre todo, de comprobar que lo que queda más allá es transitable.
Un temor parecido al que os describo me acongoja estos días que vivimos, yendo de sobresalto en sobresalto, sin que nada de lo que he vivido, nada de lo he aprendido me sirva para predecir adonde nos va a llevar el siguiente paso paso que den, unos y otros, hacia un futuro, si no imposible, sí insoportable.
De momento, asistir en la distancia a las cargas policiales del domingo me devuelve a lo más oscuro del franquismo, a los días de universidad, a los "saltos" a las manifestaciones ilegales, a las carreras y los palos y, afortunadamente aún no los ha habido, a las pistolas y las torturas de "los sociales". Lo de ahora es distinto, lo sé, y lo es por muchas razones, pero no por ello tiene pinta de salir mejor. entre otras cosas, porque el gobierno de la Generalitat, que se esconde tras las masas que movilizan la ANC y Òmnium, el mismo que, como hacía Franco, convoca y financia un "paro de país" con los medios y el dinero que es de todos, los que quieren manifestarse y los que no, el mismo que, a remolque de la CUP, convoca el paro y las manifestaciones para una cosa y las aprovecha para otra.
Yo siempre desconfío de los antidisturbios, es una rémora del pasado, del que viví con Franco y del más reciente, con mi Congreso "enjaulado", lloviendo palos en el Paseo del Prado. Quizá por eso no me siento tan escandalizado por las cargas del domingo. No piensan, cumplen órdenes, y, aunque los hay vocacionales, con las calles llenas de fotoperiodistas y smartphones en manos de ciudadanos no he visto, salvo pocas excepciones, las heridas de las que tanto se habla. O es que acaso creyeron al ministro cascarillero cuando dijo que eso iba a ser un picnic. Hubo, sí, pelotas de goma, yo vi en TV como los antidisturbios se colocaban unos a otros los "macutos" con la munición. 
El uso de ese material está, o estaba, prohibido en Cataluña. Y lo estaba después de que una mujer perdiese un ojo por un pelotazo salido de la escopeta de un mosto de escuadra, al que no se castigó porque sus mandos no quisieron identificarle y que, muy probablemente, recibió el domingo flores y aplausos por incumplir de manera torticera y calculada su deber como policía judicial y que estamos viendo estos días protegiendo no se sabe muy bien si a los policías y guardias civiles de los escraches o protegiendo los mismos escraches, cuando no cerrando para la huelga centros comerciales, como en tiempos del dictador cerraban facultades para todo lo contrario.
Por si fuera poco, este clima enrarecido en el que, si no dices lo que algunos quieren escuchar te ves acosado hasta el aburrimiento por los que metafóricamente tienen las mismas o peores dificultades que yo para ver lo que está ocurriendo en realidad. 
Es terrible que esta aventura emprendida por irresponsables afincados en la Plaça de Sant Jaume y en Moncloa esté llevando a que acabes discutiendo con la gente que quieres y respetas. Es peligroso que los mensajes "simples", simples en cualquiera de sus dos acepciones, están calando como calan a uno y otro lado del Ebro, encendiendo los ánimos y poniendo orejeras a los sentidos, especialmente a ese al que aquí se le dice común y en Cataluña seny.
La razón y la verdad no pueden ser absolutas. Hace falta perspectiva. Sería conveniente pararse un momento, tomar aire, mirar hacia atrás, para comprobar de dónde venimos, cuan duro ha sido el camino, cuanto más puede ser el que nos queda y, si, en realidad, la meta está donde nos dicen.
Anche, Felipe de Borbón se dirigió a la ciudadanía, con la misma solemnidad y sobresalto que lo hizo su padre hace treinta y un años, pero, al contrario que ocurrió entonces, el mensaje no ha sido, al menos para mí, nada tranquilizador, porque apenas insinúa en un susurro el entendimiento del que debe llegar la solución y que sólo se logrará hablando. Ni siquiera sé si fue un ave de mal augurio, porque leí entre leneas una tácita autorización moral para que el gobierno insensato que nos hemos dado o no hemos hecho lo posible para que no nos lo den los españoles, aplique el tenebroso "155" que intuyo injusto, doloroso y contestado, porque, si estamos donde estamos, porque a los catalanes les quitaron el estatuto que ellos y nosotros les dimos hace diez años, no puedo ni siquiera  imaginar qué ocurrirá si, además, le quitan su autogobierno.
Creo que, de hacerse, habrá que cambiar el color de los uniformes de quienes tendrían que enviar a Cataluña para imponerlo. Y no me gusta el caqui como solución. Por eso tengo miedo, porque no velo qué hay al final de la calle y el escalón del bordillo es demasiado profundo y oscuro. Por eso y porque hay mucha gente que quiero en Cataluña y también porque tengo una hija y una nieta casi reciñen nacida a la que me gustaría enseñarle esa tierra tan hermosa, en la que nació su abuela, que, de repente, ha quedado de espaldas a la mía. Y tengo miedo, mucho miedo, de que esos mossos, hoy aplaudidos y abrazados sean quienes muelan a palos a los catalanes cuando se echen a la calle para manifestar su rabia y su frustración por sentirse también engañados por quienes les están diciendo que su único problema es España y que, cuando alcancen la independencia, no habrá paro, no habrá corrupción, estarán en la UE, serán la admiración del mundo y todo será de color de rosa.

lunes, 2 de octubre de 2017

FOTOS DEDICADAS


El de ayer fue, al menos para mí, un día duro, muy duro. Jamás creí que las cosas acabarían como acabaron. Los únicos que estuvieron a la altura que se esperaba de ellos fueron aquellos que, en Cataluña, acudieron, ya no sé si a votar o a ponerse en pie ante el atropello de su dignidad por quienes, desde Madrid o Barcelona han venido jugado con sus sentimientos y sus derechos todos estos meses.
Yo mismo, que el sábado me fui a la cama confiando en que algo o alguien pondría sentido común y calma en este torbellino de acciones y reacciones absurdas, renunciando a celebrar el referéndum o a tratar de impedirlo por la fuerza. Pero no fue así y, cuando a las ocho da la mañana encendí la radio, primero, y, después, el televisor, sentí vergüenza y una enorme frustración por no poder hacer nada, por no estar en Barcelona, para echarme a la calle y colocarme junto a todos esos ciudadanos que, más allá de votar una independencia hoy por hoy insostenible, si no inviable.
esas imágenes, que fueron creciendo en violencia y temperatura conforme avanzaban las horas, eran las que unos y otros buscaban desde el principio. Las buscaban quienes llaman españoles o súbditos a quienes no comulgan con su pensamiento y aspiraciones y las buscaban quienes desde el resto del país hablan de "los catalanes" como un bloque monolítico de gentes altivas e insolidarias a las que, no podemos negarlo, desprecian.
Junts p'el Sí y la CUP, pero más aún la ANC y Òmnium Cultural, eran conscientes de que su aventura iba a ser imposible sin el apoyo y el reconocimiento internacional, del que, por más que fabulasen, el mismo sábado carecían. Por eso, cuando a la burguesía catalana encarnada por el PDCat comenzaron a temblarle las rodillas ante la perspectiva de una Cataluña aislada en Europa, cuando le asaltaban las dudas sobre la conveniencia de proclamar la independencia por las bravas, forzaron al máximo las cosas, poniendo en movimiento la poderosa maquinaria de ambas organizaciones, tan poderosas en medios humanos y materiales, para movilizar a la calle, siguiendo un inteligente plan, con una logística que para sí hubiese querido el Ministerio del Interior, que se mostró zafio, torpe y, sobre todo, falto de toda la inteligencia necesaria, de la una y de la otra, para no haberse dejado atrapar en el lazo que estaban tendiendo ante sus narices. 
Y es que, a Interior, a Moncloa, les han faltado en Cataluña la mirada y la capacidad de recoger sin prejuicios en las calles de Cataluña los dato que le permitiesen prever lo que podía ocurrir y acabó ocurriendo ayer. Nadie podía despreciar, pero alguien lo hizo, el dato de que diez mil policías no podrían contener durante horas el deseo ahogado tantos años de ser escuchado sobre el lugar que quieren que Cataluña ocupe en o frente a España.
Pero no nos engañemos, el daño que han hecho las intervenciones policiales o la falta de ellas, no hay que olvidar la huelga de celo. de los mossos o sus mandos, no a la convivencia en Cataluña, sino a la imagen de España en el mundo, estaba perfectamente calculado. A unos y a otros, a los partidos del soberanismo y al PP lo que les interesaba es esto: la vergonzosa debacle sistémica de ayer. A unos, Puigdemont y los suyos, porque las cargas policiales frente a las calles llenas de gente deseosa de expresarse le han dado el pasaporte internacional que años de penetración "diplomática" no le han dado, y, a los otros, una demostración de ese "porcojonismo" celtibérico que tanto parece gustar a los votantes del PP. Me niego a pensar que unos y otros no estuviesen calculando ayer lo que finalmente iba a ocurrir. Lo sabían. Pero unos y otros necesitaban la foto, esa foto que, antes al menos, los novios se intercambiaban. Dejemos para otro día hablar de quienes tomaron la foto e iluminaron la escena y de cómo la verborrea inabarcable de las televisiones, la simplificación del lenguaje y las ideas y ese vicio de no ponderar lo que se ensaña, buscando sólo audiencia, han contribuido a alimentar el monstruo que ayer desataron unos y otros.
Puigdemont necesitaba su foto y Rajoy, para ganar otra vez las elecciones, en una España troceada, sin Cataluña y Euskadi, que siempre ha dado por perdidas, necesita la suya, la de sus santos cojones. Unos y otro, como novios que se necesitan, ya las tienen y las tienen dedicadas. Sólo cabe esperar que esas fotos amarilleen pronto o las borre el tiempo en un descuido.

viernes, 4 de julio de 2014

TONTOS CONTEMPORÁNEOS



Lo lleva escrito en la cara y, por si quedara alguna duda, señor tiene, desde el nombre hasta el reloj a mano cambiada, el uniforme completo de pijo, con esas gafas de (horrible) diseño y ese pelo sofisticadamente descuidado que, a veces, baña en brillantina o cualquier otro pringue capilar, esa manera de hablar esas tonterías que dice, encadenadas una detrás de otra, le retratan a la perfección.
Este personaje, alcalde del pueblo madrileño de Brunete, famoso hasta ahora por la terrible batalla de la Guerra Civil y, en cierto modo, por ser la cuna del director de un programa de radio de la noche, se ha dejado sorprender por una concejala de UPyD que grabó sus intentos de soborno para conseguir que se pasase al PP para darle la mayoría absoluta. Tan tonto es este Borja Gutiérrez que, no sólo admitió haber sido pillado en ese renuncio -negar la mayor es lo primero- sino que ayer dijo en un alborotado pleno del ayuntamiento que la conversación fue grabada hace dos años y que por eso no tenía validez "porque una grabación de hace dos años es atemporal" ¿Sabrá este pijo lo que dice?
Y no fue lo único, porque la primera fue convocar a los medios para explicar su postura ante el escándalo, dando pábulo a todo tipo de críticas, sino que dijo la siguiente gilipollez "Yo me iré cuando la gente me dé la espalda, cuando no me voten". Perdón, "Don" Borja, cuando no le voten ya no tendrá que irse, porque no estará. Pero lo peor no es esto, lo peor es como su prepotencia, de esas que sólo tienen los tontos, le lleva a dejarse enredar por su colega de UPyD, mostrándole, como la cola de un pavo real, toda su panoplia de favores tramposos con los que engatusarla para consumar el soborno.
Pero Borja Gutiérrez, con serlo mucho, no es el único tonto contemporáneo que ha tomado la palabra en las últimas horas. Ahí están, si no, quienes, desde la Asamblea Nacional de Catalunya, juegan ya a diseñar un ejército y una armada propios, junto a una milicia voluntaria, añorando quizá el esplendor de los almogávares o los años del somatén que a tantas arbitrariedades dieron lugar. Una pretensión que, a mí, que estaría por la abolición de los ejércitos, me produce tanta inquietud como risa y que, a otros, no hacen otra cosa que proporcionarles los argumentos que andan buscando para oponerse al derecho de los catalanes a ser consultados sobre sus legítimas aspiraciones que, ya, hasta el nuevo borbón reconoce.
Pues bien el empeño de la ANC de jugar con soldaditos ha desatado ya los demonios interesados del PP, que ha hecho de la oposición a esas aspiraciones de los ciudadanos de Cataluña su bálsamo de Fierabrás para sanar su maltrecho prestigio ante las próximas convocatorias electorales. Así, Carlos Fabra, presidente de la Generalitat Valenciana, ha tocado a generala contra los partidos de la izquierda en Valencia, que, según él, extenderán a la comunidad que todavía gobierna, el arco mediterráneo y el mundo el independentismo que ahora emerge en Cataluña. Qué tontería tan contemporánea y, en todo caso, qué tiene de malo lo que pretenda la gente si lo pretende por las vías democráticas, salvo que tema que otros que no sean ellos tengan acceso a las cuentas y cajones de las consejerías y los despachos que durante tantos años han controlado en exclusiva, haciendo y deshaciendo para drenar, directamente o mediante negocios sucios los dineros de los valencianos.
En fin, tontos contemporáneos que demuestran que no es la inteligencia, precisamente, lo que lleva a algunos hasta algunos cargos, sino su falta de escrúpulos y su capacidad para corromper y dejarse corromper. No hace tanto que alguien, creo que el llorado Luis Carandell tenía que ver en ello, instituyó el Premio al Tonto Contemporáneo, hoy que ese premio sería más necesario que nunca, sería difícil elegirlo.


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