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viernes, 25 de octubre de 2019

NO FUE UN FUNERAL DE ESTADO



Después de todo lo visto ayer, después de contemplar a través de las imágenes esa enorme explanada barrida por el viento del noroeste. silenciosa y vacía, cruzada apenas por el exiguo cortejo familiar que había autorizado el gobierno, con el féretro del abuelo dictador a hombros, después de esa digna y respetuosa soledad garantizada por el gobierno, no me explico de qué se quejan unos y otros, por qué hablan de un segundo y solemne funeral, cuando no había otra forma más discreta de hacerlo, sin ofender a la familia. Quizá sacar al dictador de noche, en un furgón funerario sin más, sin testigos, sin cámaras, sin publicidad, a escondidas, como quizá se merecía el dictador, pero no como un gobierno que pretenda hacerse respetar debería haberlo hecho.
No hubo banderas, no hubo imágenes morbosas de la exhumación y la reinhumación de los restos del dictador y, si dentro de unos días las hay, será porque la genética se impone y los genes heredados de los Martínez Bordiú lleven a alguno de los deudos a traficar con imágenes robadas de las ceremonias, como ya hizo el siniestro marqués de Villaverde con las de la agonía de su no menos siniestro suegro, ensartado por cables y tubos, muerto en vida ya en una cama del Hospital La Paz.
Todo lo que podría haber perturbado esa digna sobriedad le fue requisado a la familia poco antes de la exhumación, los móviles con que grabar esos momentos y la bandera que ya no es de España con que hubiesen querido sacar el féretro de la basílica, quedaron a buen recaudo en manos de los encargados de la seguridad del acto.
No hubo imágenes y no hubo uniformes. Tampoco música, no hubo honores. Sólo la digna sobriedad imprescindible. Sí hubo cobertura periodística desde el exterior y fue esa cobertura, excesiva como todo lo que toca la televisión, imágenes de la espera en el exterior de la basílica, trufadas de un sinfín de entrevistas, pocas veces acertadas, con las que rellenar los tiempos muertos y ordenar la emisión de la publicidad. De modo que, si hubo exceso, si aquello pudo parecer lo que nunca fue, un funeral de Estado fue gracias a la televisión que se invita sin la mesura que debiera a todo cuanto pueda ser considerado un "hecho histórico".
Pese a todo quienes llevan meses en campaña electoral no renunciaron, cómo podrían renunciar a ello, a hacer electoralismo. Los unos, para insistir en que no era necesario sacar al dictador de su mausoleo, los otros, para acusar a quien, después de cuarenta y cuatro años de anomalía democrática, se atrevió por fin a apearlo de una dignidad que nunca mereció. Lo de los primeros, la derecha más o menos extrema, hijos en gran parte del tronco común de aquel partido formado por Fraga, ministro de Franco, herederos, algunos, de fortunas amasadas al calor del saqueo y la represión reinantes durante décadas en este país, es explicable. Lo de los otros no.
Porque no tiene  sentido que EH Bildu, Esquerra y el partido de Puigdemont pidan explicaciones a la ministra Delgado, imagen ayer de la dignidad, la sobriedad y la firmeza requeridas, por haber propiciado ayer la exaltación del franquismo o por haber regalado un segundo entierro solemne al odiado dictador. Un coro reclamante al que se unió también Pablo Iglesias, olvidando que, casi a las mismas horas, la Cadena SER documentaba el pasado falangista, número tres llegó a ser, imágenes de sus marchas al Valle de los Caídos incluidas, del todavía responsable de Educación del ayuntamiento de Móstoles, impuesto por Podemos, lo que quizá explica la negativa de Podemos en la localidad madrileña a forzar la destitución de la polémica Noelia Posse.
Creo que ni unos ni otro tienen razón, que habla por ellos ese electoralismo del que acusan a Pedro Sánchez, porque aquello no fue, de ninguna manear, un segundo funeral de Estado para el odiado dictador. Fue una ceremonia necesaria que los españoles, no Franco ni su familia, nos merecíamos.

martes, 7 de noviembre de 2017

DUEÑOS DEL RELATO


Empiezo a estar cansado, sin no asqueado, de todos estos corredores de fondo se la historia que viven encapsulados en su propio relato y que ven la actividad política como una carrera de obstáculos y nada más. estoy cansado de quienes lo tienen todo tan claro, a uno y otro lado, y sólo ven la meta, nunca el paisaje que cambia a su paso, porque el camino lo traen memorizado de casa y, como si llevasen un GPS sin actualizar, por seguir a "la voz" son capaces de acabar en medio del peor de los atascos o en un camino cortado por unas obras imprevistas, creyendo o haciendo creer a sus compañeros de viaje que ya están en el destino soñado.
Empiezo a sentir una cierta angustia ahora que veo hasta donde han sido capaces de llegar quienes se han hecho con el relato y, si lo estoy, es, principalmente, porque reconozco en mí la culpa de quien no ha hecho a tiempo los deberes, de quien ha escuchado barbaridades, exageraciones y mentiras y no ha hecho nada, de quien ha preferido guardar un silencio prudente en vez de tomar partido por la verdad que, al final, debería ser lo único importante.
No sé si me pasa sólo a mí, si es una especie de intolerancia, de hipersensibilidad, una alergia a tantas mentiras y tan burdas como se nos han contado, pero el caso es que estoy harto, cansado de que se pida libertad en un universal inglés para un país en el que durante dos semanas las calles han estado llenas de gente con sus banderas, sus pancartas y sus lemas, nunca improvisados o escritos a mano sobre sábanas o cartones, sino delicadamente impresos y repartidos en kits que recordaban a los de la visita a Madrid de Benedicto XIII, la última hazaña de Ruiz Gallardón al frente del ayuntamiento de Madrid.
Me duele todo esto, porque, por lo que sea, porque, mientras unos estaban lamiéndose las heridas de su división y otros tapándose las vergüenzas de su corrupción, los independentistas, ante los atónitos ojos de quienes tanto sufrieron y tanto lucharon por la democracia, reclamaban, desde un parlamento en el que contaban con mayoría más que suficiente para trabajar por el bienestar de la ciudadanía, un parlamento y un marco legal autonómicas que para sí quisieran otras muchas regiones autónomas o aspirantes a serlo en Europa, una libertad presuntamente inexistente, difuminada y envuelta en esa nebulosa de mitos históricos de difícil probatura, verdades a medias y mentiras descaradas.
Cuando la juez de gatillo fácil Carmen Lamela aceptó a pies juntillas la querella del fiscal contra los líderes de las "entidades" ANC y Òmnium y los mandó a prisión sin pestañear, comenzó a extenderse aquello de que eran los primeros presos políticos de la democracia y, de paso, que lo de España, lo del Estado, como gustan de decir, no era democracia sino franquismo, se me encogió todo lo que en mí quedaba de aquel muchacho ilusionado que vio desaparecer la dictadura en España y me acordé de todos esos amigos y compañeros de la universidad que pisaron comisarías y prisiones, muchas veces por el mero hecho de llevar barba o el pelo largo y vestir aquellas míticas trencas, por hacer una pintada o por hablar de determinadas cosas más alto de lo debido.
Me pregunté entonces, como Alberto Garzón, qué hubiese dicho Marcos Ana, veinte años en las cárceles franquistas por nada, o qué hubiese dicho Ramón Rubial, el presidente del PSOE que pasó media vida en prisión, o Marcelino Camacho, Simón Sánchez Montero, o la familia de tantos y tantos jóvenes o no tan jóvenes, abatidos por los disparos de la policía franquista o por fascistas, estos de verdad y armados, al servicio de la misma. Me pregunté y me pregunto qué hubiese sentido Simone Weil, superviviente de los campos de exterminio de Hitler, al ver a Carles Puigdemont rondando el Parlamento Europeo que ella misma presidio, reclamando asilo para sí y una libertad que ya tiene para Cataluña.
Me indigno. Y me indigno porque los que tenemos unos años y hemos sufrido la dictadura, aunque sólo fuesen sus últimos coletazos, sabemos muy bien que aquello no tiene nada que ver con lo de hoy, cuando es más fácil ser maltratado, golpeado, o incluso morir, a manos de los mossos o cualquier otro cuerpo policial al lado de un bar o una discoteca que en una manifestación.
Se han hecho dueños del relato. Han tenido los medios y los guionistas apropiados y han entendido lo que el gobierno de España y los partidos de la oposición no han querido entender, que el que da primero da dos veces y que una imagen vale más que mil palabras. Por eso han echado el resto en publicidad y o propaganda, por eso, por esa falta de reacción o por una reacción tardía a su falso relato, "cuelan" con tanta facilidad sus mentiras y exageraciones. Hemos callado demasiado, por apatía o por creer inverosímiles sus mentiras, y ahora, como digo, son los dueños del relato.

martes, 24 de septiembre de 2013

SONROJO

 
 

Me ha llamado la atención comprobar lo difícil, por no decir lo imposible, que resulta encontrar en la red alguna foto de la Casa del Correo con una sola bandera en el balcón, de cuando, en los duros años del franquismo, lo ocupaba la Dirección General de Seguridad, con sus policías de  largos abrigos y gorras con barboquejo, armados primero con viejos fusiles y luego con eso que yo pensaba que eran "metralletas" y en la mili aprendí que eran subfusiles, montando guardia en un enorme portalón que a ninguno nos apetecería cruzar y que un día comprobé que no era esa la puerta que se cruzaba cuando te llamaban o te llevaban a declarar ante la Brigada Político-Social. Me ha extrañado y me ha hecho pensar en que cada vez habrá menos gente que sepa que los sótanos de lo que fue la DGS  estaban llenos de calabozos y que algún día llegará en que nadie lo recuerde.

Fue buena la intención de Joaquín Leguina al escoger el tenebroso edificio de la policía franquista como sede de la presidencia de la Comunidad de Madrid. Lo que no sé es si fue acertada, porque no hay nada peor que la desmemoria para la buena salud de un pueblo. Leguina pretendió exorcizar aquella cueva del dragón, instalando en ella una institución democrática de nuevo cuño, pero, de algún modo, borró la memoria de tanto horror, muertes incluidas, como el que se vivió allí.

Y es que en ese edificio se torturó y se torturó mucho a quienes luchaban contra la dictadura y tenían la desgracia de caer en manos de la policía. Y, para caer en sus manos, bastaba con haber escrito cualquiera de las entradas de este blog o muchos de los post que habitualmente colgamos en nuestro muro y, no digamos, los escuetos y muchas veces poco sopesados twits que colgamos. Por eso me duele este olvido que pretendió ser terapéutico y, a la larga, ha enquistado el dolor de las víctimas y sus familiares.

España es un país que, como los niños, ha tapado sus oídos y ha entonado esa salmodia de "es mejor así, hay que perdonar", para no escuchar las voces de las víctimas. Y, si no ha sido capaz de sacar a las víctimas de tantos fusilamientos arbitrarios, de tantas venganzas, cómo iba a ser capaz de juzgar y condenar, no ya a los asesinos que siguen vivos y con sus manos manchadas de la sangre o la tinta de aquellos crímenes, sino a esos policías que golpeaban hasta la propia extenuación no la de quienes torturaban, a veces a la búsqueda de una información, a veces por puro placer.

Muchos de ellos superaban en edad a sus víctimas, lo que ha permitido que únicamente dos hayan sobrevivido a quienes han tenido el coraje de reclamar a la justicia argentina lo que la de su país les niega. Uno de ellos es el más famoso y más miserable de ellos, Juan Antonio González Pacheco, conocido como Billy el Niño y famoso por su crueldad, dentro y fuera de la DGS, que fue hábilmente retratado con otro nombre por su tocayo Bardem en la película "Siete días de enero", en la que se cuenta su relación con la matanza de los abogados de Atocha.

González Pacheco y sus compañeros no debían estar muy tranquilos, visto el final de sus colegas de la PIDE portuguesa y no parecían dispuestos a dejarse coger como ellos que, sabiendo lo que tenían a sus espaldas, se resistieron como nadie a entregar las armas a los capitanes de abril. Pero no tenían nada que temer, porque aquí optamos por mirar para otro lado. Tanto, que alguno de aquellos perros de presa culminó su carrera como jefe superior de Policía de alguna que otra provincia, y tanto, que González Pacheco se convirtió en responsable de seguridad de Peugeot en España.

Por eso, porque esta gente no tuviese que responder en España de todos sus esfuerzos, no puedo sino sentir sonrojo al ver que ha tenido que ser una juez argentina, María Servini, la que, instruyendo la denuncia presentada contra ellos en aquel país, haya decidido llamarles a declarar como imputados.

Y a partir de aquí, más sonrojo, porque la fiscalía española se opone a que sean detenidos para que respondan ante la juez Servini, mientras que Argentina ha decidido abrir sus consulados en España para recibir nuevas denuncias contra quienes disfrutaron golpeando mientras estaban hambrientos, mal dormidos y esposados a quienes sólo pretendían que su país fuese más libre y mejor. De ahí mi sonrojo.

 

Puedes leer más entradas de "A media luz" en http://javierastasio2.blogspot.com/ y en http://javierastasio.blogspot.es y, si amas la buena música, síguenos en “Hernández y Fernández” en http://javierastasio.blogspot.com/

 

jueves, 2 de febrero de 2012

LA JUSTICIA Y EL FRÍO


Un viejo dicho, basado menos en la razón que en la experiencia, que dios va con los malos cuando son más que los buenos. Algo de eso debe haber, cuando lo que ayer se pudo vivir en la sala del Supremo en que se juzga al todavía juez Garzón ha quedado enterrado por las vertiginosas contrarreformas del gobierno, la salvaje tragedia de Port Said y una ola de frío que, cuando llegue, ya nos encontrará congelados de tanto oír hablar de ella.
Y hablando de frío, qué pena que la justicia antes que justa sea fría. Cómo es posible, si no, que las ancianas que ayer contaron su tragedia sin fin ante el tribunal, sin fin porque aún no han aparecido los restos de sus seres queridos, no hayan obtenido respuesta después de tres cuartos de siglo de presunta paz, la de los cementerios y las cunetas, y de treinta y cinco años de democracia.
Dicen que, cuando la justicia llega tarde, ya no es justicia y, desde luego, en este asunto no lo va a ser. Apenas quedan supervivientes entre los hijos, hermanos, maridos y esposas de aquellos que fueron asesinados fría y sistemáticamente por un régimen impuesto tras una guerra sangrienta que duró más de lo militarmente razonable, porque lo importante era el exterminio de quienes, con mayor o menor acierto osaron acabar con la incultura, la injusticia y el hambre, endémicas en España.
¿Qué pretende la magistratura española? ¿Quizá restablecer su honor y sus derechos cuando hayan pasado varios siglos, como hace la iglesia católica con aquellos a quienes persigue? Ni siquiera sería ya justo hacerlo ahora. Sí un alivio para sus deudos que podrían tener un sitio al que ir para pensar en ellos después de tantos años de apretar los dientes y guardar silencio.
No he conocido en mi familia casos como los que de quienes reclaman justicia, excepción hecha de algún exilio, aunque hace poco he sabido que mi abuelo podría haber sufrido la misma suerte que sus desaparecidos. Sin embargo, tengo grabado en mi pensamiento el relato que nos hizo en la radio una mujer, creo que de Salamanca, que contó como domingo tras domingo veía comulgar en la iglesia del pueblo al hombre que se llevó a su padre y una caja de plata maciza que nunca apareció. Por eso me pregunto qué temen los hijos de los verdugos. Sus padres o están muertos o no están en edad de ir a prisión. Y la única respuesta que encuentro es que temen que alguien ponga en duda el origen de su patrimonio. Incluso el del dinero con que se pagó su carrera. Alguno, incluso, hoy será juez. Pero se equivocan. Lo que pretenden estos ancianos es que se sepa donde están sus desaparecidos y qué pasó con ellos.
Lo dicho, dios está con los que callan, porque siempre va con los malos cuando son más que los buenos y la justicia es capaz de una frialdad infinita antes de llegar a ser justa.
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