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martes, 7 de noviembre de 2017

DUEÑOS DEL RELATO


Empiezo a estar cansado, sin no asqueado, de todos estos corredores de fondo se la historia que viven encapsulados en su propio relato y que ven la actividad política como una carrera de obstáculos y nada más. estoy cansado de quienes lo tienen todo tan claro, a uno y otro lado, y sólo ven la meta, nunca el paisaje que cambia a su paso, porque el camino lo traen memorizado de casa y, como si llevasen un GPS sin actualizar, por seguir a "la voz" son capaces de acabar en medio del peor de los atascos o en un camino cortado por unas obras imprevistas, creyendo o haciendo creer a sus compañeros de viaje que ya están en el destino soñado.
Empiezo a sentir una cierta angustia ahora que veo hasta donde han sido capaces de llegar quienes se han hecho con el relato y, si lo estoy, es, principalmente, porque reconozco en mí la culpa de quien no ha hecho a tiempo los deberes, de quien ha escuchado barbaridades, exageraciones y mentiras y no ha hecho nada, de quien ha preferido guardar un silencio prudente en vez de tomar partido por la verdad que, al final, debería ser lo único importante.
No sé si me pasa sólo a mí, si es una especie de intolerancia, de hipersensibilidad, una alergia a tantas mentiras y tan burdas como se nos han contado, pero el caso es que estoy harto, cansado de que se pida libertad en un universal inglés para un país en el que durante dos semanas las calles han estado llenas de gente con sus banderas, sus pancartas y sus lemas, nunca improvisados o escritos a mano sobre sábanas o cartones, sino delicadamente impresos y repartidos en kits que recordaban a los de la visita a Madrid de Benedicto XIII, la última hazaña de Ruiz Gallardón al frente del ayuntamiento de Madrid.
Me duele todo esto, porque, por lo que sea, porque, mientras unos estaban lamiéndose las heridas de su división y otros tapándose las vergüenzas de su corrupción, los independentistas, ante los atónitos ojos de quienes tanto sufrieron y tanto lucharon por la democracia, reclamaban, desde un parlamento en el que contaban con mayoría más que suficiente para trabajar por el bienestar de la ciudadanía, un parlamento y un marco legal autonómicas que para sí quisieran otras muchas regiones autónomas o aspirantes a serlo en Europa, una libertad presuntamente inexistente, difuminada y envuelta en esa nebulosa de mitos históricos de difícil probatura, verdades a medias y mentiras descaradas.
Cuando la juez de gatillo fácil Carmen Lamela aceptó a pies juntillas la querella del fiscal contra los líderes de las "entidades" ANC y Òmnium y los mandó a prisión sin pestañear, comenzó a extenderse aquello de que eran los primeros presos políticos de la democracia y, de paso, que lo de España, lo del Estado, como gustan de decir, no era democracia sino franquismo, se me encogió todo lo que en mí quedaba de aquel muchacho ilusionado que vio desaparecer la dictadura en España y me acordé de todos esos amigos y compañeros de la universidad que pisaron comisarías y prisiones, muchas veces por el mero hecho de llevar barba o el pelo largo y vestir aquellas míticas trencas, por hacer una pintada o por hablar de determinadas cosas más alto de lo debido.
Me pregunté entonces, como Alberto Garzón, qué hubiese dicho Marcos Ana, veinte años en las cárceles franquistas por nada, o qué hubiese dicho Ramón Rubial, el presidente del PSOE que pasó media vida en prisión, o Marcelino Camacho, Simón Sánchez Montero, o la familia de tantos y tantos jóvenes o no tan jóvenes, abatidos por los disparos de la policía franquista o por fascistas, estos de verdad y armados, al servicio de la misma. Me pregunté y me pregunto qué hubiese sentido Simone Weil, superviviente de los campos de exterminio de Hitler, al ver a Carles Puigdemont rondando el Parlamento Europeo que ella misma presidio, reclamando asilo para sí y una libertad que ya tiene para Cataluña.
Me indigno. Y me indigno porque los que tenemos unos años y hemos sufrido la dictadura, aunque sólo fuesen sus últimos coletazos, sabemos muy bien que aquello no tiene nada que ver con lo de hoy, cuando es más fácil ser maltratado, golpeado, o incluso morir, a manos de los mossos o cualquier otro cuerpo policial al lado de un bar o una discoteca que en una manifestación.
Se han hecho dueños del relato. Han tenido los medios y los guionistas apropiados y han entendido lo que el gobierno de España y los partidos de la oposición no han querido entender, que el que da primero da dos veces y que una imagen vale más que mil palabras. Por eso han echado el resto en publicidad y o propaganda, por eso, por esa falta de reacción o por una reacción tardía a su falso relato, "cuelan" con tanta facilidad sus mentiras y exageraciones. Hemos callado demasiado, por apatía o por creer inverosímiles sus mentiras, y ahora, como digo, son los dueños del relato.

lunes, 30 de octubre de 2017

Y, AHORA, LA RESACA


Desde que era un crío he escuchado esa gran verdad que he hecho mía de que "la cara es el espejo del alma". De ser cierta, que sin duda lo es. bastaría con ver las caras de los tres grandes protagonistas de esta aventura que no acabó, como profetizaban, en un choque de trenes, sino que ha terminado en el descarrilamiento de uno de los convoyes, el que en manos de un maquinista y unos fogoneros más que imprudentes ha dado con sus hierros y sus tablas en el talud de la Historia.
Que quede constancia de que no me alegra este final. No por ellos, que, a sabiendas o no de lo que estaban haciendo, han tenido sobradas ocasiones de accionar los frenos, sino por el pasaje, por toda esa gente ilusionada por un sueño del que siempre le escondieron la cara B, la cara triste y dolorosa de lo que nunca podría ser. Que quede también constancia de que admiro y respeto todo lo que hace diferente y mejor a Cataluña, como respeto lo que hace diferente y mejor a Euskadi o a cualquiera de las comunidades que algún día, cuando los "patriotas" de uno y otro signo dejen de utilizarlas como parapeto y refugio de sus miserias, formarán parte de la federación hermanada e igualitaria en que merecen y necesitan integrarse.
Que quede constancia de que entre mis discos y mis libros los hay en lengua catalana, porque sería idiota y miserable renunciar a las canciones de Llach, a los poemas de Margarita, Maragall, Espriu, Gimferrer o Brossa, que comparten con las novelas de Marsé, Mendoza, Vázquez Montalbán, los cuentos de Monzó o los delicados artefactos literarios de Perucho o las películas de Isabel Coixet o las de Ventura Pons, que ocupan todos ellos lugar destacado en mis estanterías.
Por todo ello me ha dolido el disparate pasado de revoluciones, de vueltas, en que hemos vivido en estas semanas tan frenéticas como surrealistas. Por eso me deprimió tanto como a ellos y me refiero a Puigdemont y Junqueras, también a Anna Gabriel, insatisfechos por la falta de consistencia de su logro, esa cosa del viernes que nunca sabremos, quizá más adelante en los tribunales, si fue carne o pescado, proclamación, declaración o qué que votaron setenta diputados anónimos, escondidos tras sus papeletas dobladas, nada orgullosos de lo que hacían.
Han sido semanas de jugar al gato y al ratón desde la Plata de Sant Jaume y desde el Palacio de la Moncloa, han sido meses de jugar al escondite, meses en los que casi todos han estado jugando a la ambigüedad, más que calculada, calculadora, a la espera de recoger no sé qué frutos, miserablemente, convirtiéndose, lo digo por Podemos y Ada Colau, en bastón y coartada del independentismo más irracionalm sin caer en la cuenta de que no se puede mentir a todo el mundo al mismo tiempo ni, mucho menos, contentar a todos a la ves. Y ahí los tenemos enredados en su propia ambigüedad y a punto de caer estrepitosamente.
Ahora que la fiesta ha terminado, viene la resaca. Ahora, desmayada la euforia, echado el resto en la calle y en el Parlament secuestrado por quienes representan a menos de la mitad de los catalanes, es cuando llega la resaca, el dolor de sienes, el fuego en el estómago y la búsqueda de la oscuridad, la gran aliada de quien no quiere ni puede asumir la responsabilidad de todo lo que ha bebido, de todo lo que se ha "metido" y ha hecho "meterse" a quienes les han seguido.
Dicen que, para salir de ésta, lo dice Javier Cercas, especialista en bucear en el alma humana, los independentistas necesitan un traidor. Puigdemont no quiso serlo, cuando renuncio a convocar las elecciones como ya había acordado con los mediadores en la crisis. Junqueras, tan cobarde como parece, tampoco. Por eso, a sabiendas de que están cesados, a sabiendas de que sus actos tienen tan poca validez y consistencia como todo lo que han hecho mientras corrían al precipicio, no tienen ni tendrán validez alguna. 
Sin embargo, ahí los tenemos con su juego, haciéndose selfis en los despachos que ya no son sus despachos, como quienes combaten la resaca con vodka o con cerveza, buscando una descompresión difícil una vez que han deshecho entre sus manos los sueños de tanta gente.