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martes, 4 de septiembre de 2018

¡AL TEATRO!


No sé si a vosotros lectores os ocurre como a mí, que no quepo en mí de asombro porque un pueblo, el catalán, al que siempre he tenido por sabio y prudente, esté consintiendo desde hace años, ya con Artur Mas venía ocurriendo, el desgobierno al que le han llevado las circunstancias y, sobre todo, la hipócrita actitud de sus gobernantes, los de aquí y los de allá.
Tengo claro que gran parte de la responsabilidad de lo que ocurre, si no la mayor, hay que buscarla en esa estrategia del PP que, en tiempos de Zapatero, con una economía boyante en plena expansión de la burbuja inmobiliaria, no encontró otro camino para desalojar a los socialistas de la Moncloa que despertar el fantasma, hasta entonces adormecido, del separatismo y, con él, el del anticatalanismo. Y lo consiguió, con sus mesas, su recogida de firmas contra el estatut que hace diez años se habían dado los catalanes, con sus boicots, con el pim pam pum contra todo lo catalán que tanto rédito electoral le dio al PP, pero no sólo al PP, fuera de Cataluña, ahí tenemos, si no, a los socialistas de la vieja guardia desde Bono hasta Ibarra y sus amigos, toreando a sus ya muy desencantados electores a cuenta del mito de la proverbial avaricia de los catalanes, y qué decir ahora de Ciudadanos, un partido creado "ad hoc" para combatir las aspiraciones catalanas, lanzado ahora a la conquista de la Moncloa, en dura disputa con el PP.
Lo tengo claro, pero más claro tengo que el independentismo de última hora fue para CiU otro capote tras el que ocultar sus corruptas vergüenzas, una cortina de huno , una huida hacia adelante, una vieja táctica, la del falso martirio, que brindó a Esquerra la posibilidad de hacer posible el viejo sueño de la independencia, un sueño al que se aferraron millones de catalanes, no todos, ni siquiera la mayoría, pero que a los soberanistas, complementados por las extraña CUP, les bastaron para incendiar la calle, utilizándola como coartada para ejecutar sus planes de subversión de la democracia, ayudados, eso sí, por la torpeza de proporciones bíblicas del ya prácticamente olvidado Rajoy, que, con un discurso más que innecesario, llegó a embarcar al monarca, tan torpe como él, en una estrategia que sacó del armario los peores sentimientos contra "el borbón", origen del secesionismo catalán.
Esa torpeza de Rajoy, concatenada con los envites, primero de Mas, luego de Puigdemont, como si hubiesen sido diseñadas por la misma mente perversa, el "yo voy aún más lejos" que acabó en aquel penoso 1 de octubre, del que está a punto de cumplirse un años, el encarcelamiento de los "jordis" y los consejeros, la fuga de Puigdemont y el resto de su gobierno, los aspavientos procesales, primero de la Audiencia Nacional, después del Tribunal Supremo, el rocambolesco peregrinar del president en fuga, el 155, las elecciones, que ganó Arrimadas sin intención de asumir en la práctica el resultado, el cierre del Parlament hasta octubre, hurtando el debate político a la sociedad catalana, reduciéndolo a un par de bloques vociferantes poniendo y quitando lazos, de plástico, por cierto, en calles, plazas, puentes y balcones, reduciendo el debate a ruido, cuando no a bronca pura y dura, sin que casi nadie recuerde ya dónde y cuándo empezó todos y sin que nadie, eso es lo peor, sea capaz de ver una salida para este enquistado conflicto que  está dejando a una parte importante del territorio del Estado sin un gobierno efectivo, capaz de hacer algo más que convocar marchas y visitas a las cárceles.
Esta tarde, Joaquim Torra, ese president que va más a Waterloo que al Parlament, ese señor que más parece el mayordomo de Puigdemont que el verdadero president de Catalunya, inaugurará el curso político, no en el parlamento, sino en un teatro, el Nacional de Catalunya, pero teatro al fin. La cosa me da que pensar y, ahora que lo pienso, no recuerdo tener noticia de debates parlamentarios de Adolf Hitler, Benito Mussolini, Franco o Stalin. Quizá sea porque a los "grandes hombres" les va mejor con las arengas, con las banderas, los símbolos y las masas en las calles. Lo demás... no importa o al menos eso piensan, pensaban, ellos.

miércoles, 28 de febrero de 2018

LA FIESTA SE ACABA


Como un Neymar cualquiera, capaz de cambiar de colores sin inmutarse, salvo que el color que haya que cambiar sea el del dinero, Ciudadanos se ve fuerte y querido y opta por dejar solo al PP de Rajoy, solo frente a su tozudez y su falta de sensibilidad, pero perfectamente acompañado en casi todas las tropelías económicas que, en amor y compañía, han venido perpetrando con iniciativas o vetos en el Parlamento que el PP desde hace meses no domina pero puede bloquear con el apoyo de los de Rivera.
El PP ha despertado de su sueño soberbio y de esa falsa creencia, el "rajoyismo", de que estar quieto es el mejor modo de avanzar y de que lo mejor es esconder la cabeza en la arena, o en el despacho, y esperar a que escampe. Una actitud que al PP le ha servido hasta ahora, porque así lo han querido una oposición domesticada, con intereses bastardos, y una prensa dócil amaestrada como esos gatos de leyenda a los que, dicen, los reclusos liman los dientes para procurarse placer en la soledad de sus celdas.
Sin ellos, sin esa prensa que ríe las gracias de Rajoy o sus ministros, de sus diputados, desde Rafael Hernando a Celia Villalobos,  sin esa prensa que consiente sin la menor crítica los desplantes del presidente y sus gobiernos de aquí o de allá, sin esa prensa que no reprocha y sonríe ante las torpezas de un presidente incapaz de recordar los nombres de los países a los que se va a entregar ayuda, sin una prensa que, no toda pero sí en gran parte, magnifica los presuntos aciertos y esconde los fallos de un gobierno muerto antes de nacer, un gobierno que ha paralizado todo un país, salvo en todo aquello que beneficia a sus padrinos... sin esa prensa, Rajoy no hubiese aguantado siquiera un trimestre. Pero esa prensa, demasiado acostumbrada a cortar y pegar lo que le dictan en los comunicados de Génova o de la Moncloa no miraba a la gente, ni siquiera a sus lectores, sólo se preocupaba por sus cuentas y por los favores que en forma de publicidad institucional o cualquier otra regalía que le viniese del Gobierno.
Y qué decir de la oposición, de las oposiciones, que han acompañado a los gobiernos de Rajoy en estos penosos cinco años que hemos tenido que soportar. El PSOE de Rubalcaba pareció conformarse con su papel de comparsa y de tutor de una sociedad a la que hacía ya tiempo ni escuchaba ni quería escuchar. Más tarde, después de la debacle socialista y de la entrada en escena de los nuevos-viejos partidos, el gallinero en que se convirtieron las gradas del Congreso, especialmente por ese encono fratricida entre PSOE y Podemos y viceversa, sirvió en bandeja a Rivera y su Ciudadanos cobrarse el apoyo más o menos crítico al gobierno del PP, apoyo cobrado en concesiones a su programa, tan conservador o más que el de los de Rajoy, y, sobre todo, forjándose una imagen de partido nuevo, moderno y más progresista que nada tiene que ver con la realidad y que le ha empujado en las encuestas hasta provocar el pánico en el "sangre de horchata" que habita en la Moncloa.
A ese personaje, Rajoy, se le ha juntado el hambre con las ganas de comer y cada vez tiene más claro que lo que queda de legislatura, y no se sabe cuánto, será el tiempo que le queda en el gobierno. Y es que, al gesto de Ciudadanos que comete ahora la "felonía" de dejar de sujetar al PP en el Congreso, porque se cree con fuerza para ganar las próximas elecciones, se suma una calle levantisca que ya no aguanta que ele mientan ni un minuto más, una calle que han tomado los pensionistas, que tomarán dentro de una semana las mujeres, mientras el esperpento que Rajoy tiene por ministra de Trabajo y Seguridad Social les insulta con mentiras insostenibles y desprecios insultantes.
A Rajoy le queda poco y lo sabe. Por eso anda ahora de rebajas, cediendo aquí y allá sin la menor convicción y vendiendo ese humo electoral que esta vez no le servirá para nada. Vendiendo, por ejemplo, que va a rebajar los impuestos a los pensionistas, en vez de subírselos a los ricos y a las grandes empresas, como si el problema de la caja de la seguridad social o la devaluación de las pensiones no estuviese motivado por la loca carrera electoralista que PSOE y PP vienen practicando con rebajas de impuestos suicidas.
La fiesta se acaba, pero el espectáculo no ha hecho sino comenzar. Si no, al tiempo.

lunes, 16 de octubre de 2017

MANZANAS TRAIGO


Lo que, nos habían dicho, iba a ser un choque de trenes se está convirtiendo en una tediosa partida de naipes en la que ninguno de los contendientes acaba de mostrar sus cartas, quizá porque ninguno es ya dueño de su destino y lo único que cabe es esperar, alargar los plazos, cerrar los ojos y aguantar la respiración hasta que ocurra lo inevitable.
Creo que la mejor manera de desentrañar lo que nos espera, porque, está claro, lo que ocurra nos va a afectar a todos, es escudriñar  el futuro de cada uno de los actores de esta tragicomedia improvisada que nos ha tocado vivir y, si nos atenemos a esta estrategia, es fácil deducir que el vencedor de esta maldita crisis será Rajoy que, cabalgando en las carambolas del destino y sin apenas moverse, en la próximas generales revalidará la cómoda mayoría perdida para gobernar.
A Puigdemont no creo que le vaya muy bien, porque está quedando como el "caguanete" del belén, esquivando en un rincón las andanadas que le vienen de uno y otro lado, el fuego amigo de ERC. de la CUP o de su propio partido, todas esas declaraciones que desde hace días vienen levantando una cerca, cavando un foso, en torno a él, al tiempo que coartan su capacidad de respuesta con los grilletes de ese compromiso adquirido desde una mayoría insuficiente ante la totalidad del pueblo catalán, cada vez más desconcertado, cada vez más asustado.
Si Puigdemont hubiese respondido con cualquiera de los dos monosílabos que le requería el gobierno. sus días como presidente de la Generalitat hubiesen acabado hoy mismo. El sí rotundo conllevaría sin remedio la aplicación del artículo 155 que desembocarían, antes o después, la celebración de unas elecciones, esas que Ciuddanos, ya sin careta, quiere para ya, y a las que Puigdemont se comprometió a no presentarse. Eso, en el mejor de los casos, porque no hay que descartar que el Gobierno active contra él la inexorable maquinaria de la Justicia, la misma que anda ocupándose ya de otros actores, el responsable de los mostos y los líderes del activismo social en el "procés", la ANC y Ómnium, que, hoy mismo comparecen ante la Audiencia Nacional, investigados por delitos por los que podrían dar con sus huesos en la cárcel.
Es evidente, ya lo ha dicho, que Puigdemont no perderá unas elecciones, las que seguirán al 155, a las que no se presenta, pero sí su partido, el de la burguesía catalana, que las perderá sin remedio, si lo hace. Y las perderá en beneficio de Ciudadanos y Esquerra, en torno a los cuales se abrirá una nueva e insalvable brecha en el Parlament de Cataluña, mientras el resto, y mirad que lo siento, se lame las heridas de esta triste guerra.
Si os preguntáis qué ocurriría si Puigdemont hubiese dado por respuesta el No rotundo que Rajoy le pedía, el resultado no sería muy distinto, porque, ya se sabe, la derrota siempre se quiere lejos y ese no dado ahora, después de haber "vendido" la suspensión de la declaración como un ardid táctico, no podría ser visto por los suyos más que como una derrota.
Vencedores y vencidos, todos, salvo los políticos que, por acción u omisión, nos han traído hasta aquí, hemos perdido, económica, moral y socialmente, porque ya nada va a ser igual, porque, a uno y otro lado del Ebro, se han despertado los peores fantasmas, se han sacado todas las banderas y azuza el perro del odio sin sentido.
Quizá por eso o, simplemente, en uso de la astucia que le recomendaba Junqueras y con la intención de ganar tiempo, apenas de veinticuatro horas después de recordar a Lluís Companys, allá donde fue fusilado hace setenta y siete años, esperando quizá el reconocimiento internacional que aún no ha llegado, ni parece que vaya a llegar, su respuesta a Rajoy, el mismo día en que se podría decretar prisión para Trapero, Sánchez y Cuidar, no ha sido sí ni ha sido no, sino ese "manzanas traigo" en forma de oferta de negociación. Como diría mi amigo, el poeta Juan Cobos Wilkins, "el mundo se derrumba y tú escribes poemas". l menos que sean de amor o entendimiento.  

martes, 10 de octubre de 2017

JUGUETE ROTO


Eso de que "entre todos la mataron y ella sola se murió" le cuadra a la perfección a la pobre Cataluña, zarandeada y rota por la ambición y el cálculo de unos y otros. Todo empezó, no lo olvidemos, con aquel innecesario recurso que presentó el PP ante el Tribunal Constitucional que llevó al mal llamado "cepillado" del Estatut que el Parlament y el pueblo de Cataluña se habían dado, en aquella ocasión con todas las garantías jurídicas y democráticas, en tiempos de aquel gobierno tripartito que presidió Pasqual Maragall, apoyado por Jon Saura, de Iniciativa per Cataluña y por Carod Rovira, de ERC, alejando de la placa de Sant Jaume a Artur Mas, l heredero del ya denostado Jordi Pujol,
Eran los tiempos en que la corrupción, por fin investigada con celo, afloraba en todo el país y, claro, el PP necesitaba un señuelo con el que apartar la mirada de los ciuddanos de su basura. Y, dicho y hecho, con el terrorismo de ETA en pleno declive, Cataluña se convirtió en el capote rojo que agitar ante sus votantes para no darles tiempo a pensar en sus trapos sucios.
Fueron los años en que los populares sembraron el país de mesas en las que se pedían formas contra ese nuevo estatuto, que por entonces había sido refrendado también por el Congreso de los Diputados y tenía a su pie la firma del rey Juan Carlos, fueron los tiempos en que se promovió el boicot  al fuet, el cava y otros productos catalanes, fueron los tiempos en los que se dio de comer al monstruo de la intolerancia con el diferente, tiempos en los que creció ese nacionalismo rancio de banderas, pieles y collares, que ha desembocado estos días en el penoso "a por ellos" cantad a las fuerzas de seguridad que partían camino de Cataluña, como si se tratara de una expedición de castigo en tiempos de las colonias.
Una estrategia que, paralelamente, fue alimenta en el pueblo catalán, y con razón, la sensación de haber sido tratado injustamente y de que, en el resto del país, más allá del Ebro, apenas eran queridos.
Una estrategia eficaz, porque, a todo esto y ayudado por la pésima gestión que Zapatero hizo de la crisis, los populares ganaron las elecciones y Rajoy llegó a la Moncloa, mientras, Anticorrupción seguía la pista de la liebre del 3% que, aunque suficientemente conocida ya, había levantado en el Parlament, para disgusto de propios y extraños, el president Maragall.
Fue entonces cuando todos despertamos del sueño de esa Cataluña remanso de paz, el país del seny, libre de corrupción e insidias, convertida ahora en cueva de Ali Babá, con políticos, empresarios y familias de conseguidores corruptos, como en cualquier patio de vecinos. Una pista, la de esa liebre, que lleva directamente a los Pujol y a su heredero Artur Mas, sorprendido en esas miserias en plena crisis, en la que fue pionero en los recortes, contestado en la calle y obligado a mover ficha y a emprender una huida hacia adelante en la que, ahora él, comenzó a agitar la bandera de la nación catalana, todavía sin estrella, para distraernos nuestra atención del muladar que tenía detrás, una huida hacia adelante llena de gatillazos electorales en la que fue perdiendo cada vez más apoyo, para irse entregando y buscando refugio en los brazos de Esquerra, ahora en manos de la sangre joven y entusiasta de Junqueras y los suyos, hasta llegar al paroxismo independentista de formar gobierno con ellos y la radica e inclasificable CUP, con la promesa de una declaración de independencia, para la que no tenía escaños, salvo que acabara haciendo trampas, poniéndose, como ha acabado haciendo, la Constitución y el propio Estatut por montera.
Antes de llegar a esto, porque el president era Mas y ahora es Puigdemont. hubo un torbellino de elecciones, ahora adelantadas, ahora plebiscitarias, con el único fin de mantener a Mas a salvo, en medio de la marea de protestas del 15-M y por el "austericidio, reprimidas con saña por esos mismos a los que ahora aplaude la izquierda soberanista , una situación que forzó que el mismísimo Mas tuviese que ser llevado en helicóptero al mismo Parlament, que hoy también está rodeado, esta vez con cariño, para recordar las promesas que tan alegremente hizo Puigdemont.
Un Puigdemont de corta carrera política que, hasta ahora, había sabido estar en el sitio adecuado en el momento preciso. 
Independentista de toda la vida, arrimado al poder de Convergencia, ocupo cargos de confianza en los medios afines a ·la causa·, hasta que entro como concejal en el ayuntamiento de Girona. Y, de allí, al Parlament como diputado. Y en estas, tras las últimas elecciones catalanas, a Mas sólo le cuadraban las cuentas para formar gobierno si la coalición de la vieja y denostada Convergencia, hoy PdCat y Esquerra, se reforzaba con una tercera fuerza que sólo quiso ser la CUP, ese cóctel de radicalismos que supo jugar sus cartas, quizá el único, sabiendo que tenía a Junts pel Sí cogido por donde más duele y que puso como primera condición para su apoyo que Mas no fuese el candidato. Y ahí, en el sitio adecuado y el momento oportuno estaba el diputado Puigdemont que, de repente, encontró entre sus manos el juguete soñado desde los ocho años de una Cataluña independiente, con el lazo dorado de ser el primer presidente de la nueva república.
Pero hoy, con mentiras indemostrables y pulsos innecesarios, el juguete se ha roto. Y tiene difícil compostura. Tan difícil que, pase lo que pase hoy, a Puigdemont le va a ir mal, porque, si proclama la república catalana, puede dar con sus huesos en la cárcel y, si no lo hace, va a verse desterrado al rincón más oscuro de la Historia. La rauxa pudo con el seny y, hoy, después de las cargas policiales, de la vergonzante actitud de los mozos, de la fuga de empresas, de la caída de inversiones y reservas turísticas, el futuro de la economía y la convivencia en Cataluña, que tanta admiración despertaban, son pasado ante un mañana que, de momento, es que sombrío.
A pocas horas del momento clave en el pleno de esta tarde soy incapaz de imaginar una solución que sea mínimamente confortable para todos. Ojalá sólo sea pesimismo.

miércoles, 4 de octubre de 2017

TENGO MIEDO

Dicen que, a medida que vamos cumpliendo años, a medida que vamos teniendo más experiencia, a medida que los afectos y las cosas nos atan, nos volvemos más prudentes o, si así lo preferís, más cobardes. Me está pasando. El miedo va ganando terreno en mí, porque no encuentro una salida a lo que está pasando. Me ocurre en esto, lo mismo que en la vida cotidiana, en la calle, cuando salgo del entorno que conozco. No sé si sabéis que padezco una grave discapacidad visual que me impide, por ejemplo, leer las placas con el nombre de las calles, que me impide distinguir lo que hay más allá de dos manzanas, y, por si fuera poco, lo que me queda a ambos cuando camino. Tengo a menudo boca de carretero, porque, cuando algo se trastoca en ese entorno que conozco, juro y maldigo, porque me siento engañado e indefenso.
No sé si sois capaces de imagina lo que os digo, no sé si podéis, no lo deseo, poneros en mi lugar. es muy duro y, por eso, necesito certezas, necesito saber que la altura de los bordillos es más o menos la misma en cada calle, en cada cruce, necesito estar seguro de que, al dar ese paso, no voy a "caer" a la calzada o a "tropezar" con ella. No es divertido y, sin embargo, tengo ganas de vivir, de convivir, y, sobre todo, de comprobar que lo que queda más allá es transitable.
Un temor parecido al que os describo me acongoja estos días que vivimos, yendo de sobresalto en sobresalto, sin que nada de lo que he vivido, nada de lo he aprendido me sirva para predecir adonde nos va a llevar el siguiente paso paso que den, unos y otros, hacia un futuro, si no imposible, sí insoportable.
De momento, asistir en la distancia a las cargas policiales del domingo me devuelve a lo más oscuro del franquismo, a los días de universidad, a los "saltos" a las manifestaciones ilegales, a las carreras y los palos y, afortunadamente aún no los ha habido, a las pistolas y las torturas de "los sociales". Lo de ahora es distinto, lo sé, y lo es por muchas razones, pero no por ello tiene pinta de salir mejor. entre otras cosas, porque el gobierno de la Generalitat, que se esconde tras las masas que movilizan la ANC y Òmnium, el mismo que, como hacía Franco, convoca y financia un "paro de país" con los medios y el dinero que es de todos, los que quieren manifestarse y los que no, el mismo que, a remolque de la CUP, convoca el paro y las manifestaciones para una cosa y las aprovecha para otra.
Yo siempre desconfío de los antidisturbios, es una rémora del pasado, del que viví con Franco y del más reciente, con mi Congreso "enjaulado", lloviendo palos en el Paseo del Prado. Quizá por eso no me siento tan escandalizado por las cargas del domingo. No piensan, cumplen órdenes, y, aunque los hay vocacionales, con las calles llenas de fotoperiodistas y smartphones en manos de ciudadanos no he visto, salvo pocas excepciones, las heridas de las que tanto se habla. O es que acaso creyeron al ministro cascarillero cuando dijo que eso iba a ser un picnic. Hubo, sí, pelotas de goma, yo vi en TV como los antidisturbios se colocaban unos a otros los "macutos" con la munición. 
El uso de ese material está, o estaba, prohibido en Cataluña. Y lo estaba después de que una mujer perdiese un ojo por un pelotazo salido de la escopeta de un mosto de escuadra, al que no se castigó porque sus mandos no quisieron identificarle y que, muy probablemente, recibió el domingo flores y aplausos por incumplir de manera torticera y calculada su deber como policía judicial y que estamos viendo estos días protegiendo no se sabe muy bien si a los policías y guardias civiles de los escraches o protegiendo los mismos escraches, cuando no cerrando para la huelga centros comerciales, como en tiempos del dictador cerraban facultades para todo lo contrario.
Por si fuera poco, este clima enrarecido en el que, si no dices lo que algunos quieren escuchar te ves acosado hasta el aburrimiento por los que metafóricamente tienen las mismas o peores dificultades que yo para ver lo que está ocurriendo en realidad. 
Es terrible que esta aventura emprendida por irresponsables afincados en la Plaça de Sant Jaume y en Moncloa esté llevando a que acabes discutiendo con la gente que quieres y respetas. Es peligroso que los mensajes "simples", simples en cualquiera de sus dos acepciones, están calando como calan a uno y otro lado del Ebro, encendiendo los ánimos y poniendo orejeras a los sentidos, especialmente a ese al que aquí se le dice común y en Cataluña seny.
La razón y la verdad no pueden ser absolutas. Hace falta perspectiva. Sería conveniente pararse un momento, tomar aire, mirar hacia atrás, para comprobar de dónde venimos, cuan duro ha sido el camino, cuanto más puede ser el que nos queda y, si, en realidad, la meta está donde nos dicen.
Anche, Felipe de Borbón se dirigió a la ciudadanía, con la misma solemnidad y sobresalto que lo hizo su padre hace treinta y un años, pero, al contrario que ocurrió entonces, el mensaje no ha sido, al menos para mí, nada tranquilizador, porque apenas insinúa en un susurro el entendimiento del que debe llegar la solución y que sólo se logrará hablando. Ni siquiera sé si fue un ave de mal augurio, porque leí entre leneas una tácita autorización moral para que el gobierno insensato que nos hemos dado o no hemos hecho lo posible para que no nos lo den los españoles, aplique el tenebroso "155" que intuyo injusto, doloroso y contestado, porque, si estamos donde estamos, porque a los catalanes les quitaron el estatuto que ellos y nosotros les dimos hace diez años, no puedo ni siquiera  imaginar qué ocurrirá si, además, le quitan su autogobierno.
Creo que, de hacerse, habrá que cambiar el color de los uniformes de quienes tendrían que enviar a Cataluña para imponerlo. Y no me gusta el caqui como solución. Por eso tengo miedo, porque no velo qué hay al final de la calle y el escalón del bordillo es demasiado profundo y oscuro. Por eso y porque hay mucha gente que quiero en Cataluña y también porque tengo una hija y una nieta casi reciñen nacida a la que me gustaría enseñarle esa tierra tan hermosa, en la que nació su abuela, que, de repente, ha quedado de espaldas a la mía. Y tengo miedo, mucho miedo, de que esos mossos, hoy aplaudidos y abrazados sean quienes muelan a palos a los catalanes cuando se echen a la calle para manifestar su rabia y su frustración por sentirse también engañados por quienes les están diciendo que su único problema es España y que, cuando alcancen la independencia, no habrá paro, no habrá corrupción, estarán en la UE, serán la admiración del mundo y todo será de color de rosa.

lunes, 2 de octubre de 2017

FOTOS DEDICADAS


El de ayer fue, al menos para mí, un día duro, muy duro. Jamás creí que las cosas acabarían como acabaron. Los únicos que estuvieron a la altura que se esperaba de ellos fueron aquellos que, en Cataluña, acudieron, ya no sé si a votar o a ponerse en pie ante el atropello de su dignidad por quienes, desde Madrid o Barcelona han venido jugado con sus sentimientos y sus derechos todos estos meses.
Yo mismo, que el sábado me fui a la cama confiando en que algo o alguien pondría sentido común y calma en este torbellino de acciones y reacciones absurdas, renunciando a celebrar el referéndum o a tratar de impedirlo por la fuerza. Pero no fue así y, cuando a las ocho da la mañana encendí la radio, primero, y, después, el televisor, sentí vergüenza y una enorme frustración por no poder hacer nada, por no estar en Barcelona, para echarme a la calle y colocarme junto a todos esos ciudadanos que, más allá de votar una independencia hoy por hoy insostenible, si no inviable.
esas imágenes, que fueron creciendo en violencia y temperatura conforme avanzaban las horas, eran las que unos y otros buscaban desde el principio. Las buscaban quienes llaman españoles o súbditos a quienes no comulgan con su pensamiento y aspiraciones y las buscaban quienes desde el resto del país hablan de "los catalanes" como un bloque monolítico de gentes altivas e insolidarias a las que, no podemos negarlo, desprecian.
Junts p'el Sí y la CUP, pero más aún la ANC y Òmnium Cultural, eran conscientes de que su aventura iba a ser imposible sin el apoyo y el reconocimiento internacional, del que, por más que fabulasen, el mismo sábado carecían. Por eso, cuando a la burguesía catalana encarnada por el PDCat comenzaron a temblarle las rodillas ante la perspectiva de una Cataluña aislada en Europa, cuando le asaltaban las dudas sobre la conveniencia de proclamar la independencia por las bravas, forzaron al máximo las cosas, poniendo en movimiento la poderosa maquinaria de ambas organizaciones, tan poderosas en medios humanos y materiales, para movilizar a la calle, siguiendo un inteligente plan, con una logística que para sí hubiese querido el Ministerio del Interior, que se mostró zafio, torpe y, sobre todo, falto de toda la inteligencia necesaria, de la una y de la otra, para no haberse dejado atrapar en el lazo que estaban tendiendo ante sus narices. 
Y es que, a Interior, a Moncloa, les han faltado en Cataluña la mirada y la capacidad de recoger sin prejuicios en las calles de Cataluña los dato que le permitiesen prever lo que podía ocurrir y acabó ocurriendo ayer. Nadie podía despreciar, pero alguien lo hizo, el dato de que diez mil policías no podrían contener durante horas el deseo ahogado tantos años de ser escuchado sobre el lugar que quieren que Cataluña ocupe en o frente a España.
Pero no nos engañemos, el daño que han hecho las intervenciones policiales o la falta de ellas, no hay que olvidar la huelga de celo. de los mossos o sus mandos, no a la convivencia en Cataluña, sino a la imagen de España en el mundo, estaba perfectamente calculado. A unos y a otros, a los partidos del soberanismo y al PP lo que les interesaba es esto: la vergonzosa debacle sistémica de ayer. A unos, Puigdemont y los suyos, porque las cargas policiales frente a las calles llenas de gente deseosa de expresarse le han dado el pasaporte internacional que años de penetración "diplomática" no le han dado, y, a los otros, una demostración de ese "porcojonismo" celtibérico que tanto parece gustar a los votantes del PP. Me niego a pensar que unos y otros no estuviesen calculando ayer lo que finalmente iba a ocurrir. Lo sabían. Pero unos y otros necesitaban la foto, esa foto que, antes al menos, los novios se intercambiaban. Dejemos para otro día hablar de quienes tomaron la foto e iluminaron la escena y de cómo la verborrea inabarcable de las televisiones, la simplificación del lenguaje y las ideas y ese vicio de no ponderar lo que se ensaña, buscando sólo audiencia, han contribuido a alimentar el monstruo que ayer desataron unos y otros.
Puigdemont necesitaba su foto y Rajoy, para ganar otra vez las elecciones, en una España troceada, sin Cataluña y Euskadi, que siempre ha dado por perdidas, necesita la suya, la de sus santos cojones. Unos y otro, como novios que se necesitan, ya las tienen y las tienen dedicadas. Sólo cabe esperar que esas fotos amarilleen pronto o las borre el tiempo en un descuido.

martes, 20 de junio de 2017

OTRO PSOE


A veces, para entender los que pasa dentro, hay que mirar hacia afuera. Es precisamente eso lo que está ocurriendo en el PSOE desde que, el pasado domingo, anunció sus intenciones y comenzó a tomar sus primeras decisiones. No hay más que ver las reacciones de los otros, las declaraciones de quienes antes o después volverán a ser sus rivales en las urnas o, quién sabe, sus hipotéticos aliados, para comprobar que Sánchez va por el buen camino.
De memento y desde la experiencia de haber padecido su gobierno durante cinco años, sé que lo que es malo para Rajoy suele ser bueno para los ciudadanos y, aferrándome a esa convicción. no puedo más que felicitarme al ver la inquietud, si no pánico, mal disimulados que la designación de Sánchez y su primera declaración de intenciones, fijándose como objetivo desalojarle de La Moncloa, han provocado en el líder del PP. 
Del mismo modo las acusaciones que desde el mismo PP y desde Ciudadanos se lanzan contra el flamante secretario general socialista de estar "podemizándose" deberían indicarnos que esa es y no otra la senda, la de hacer todo lo posible para conseguir una unidad de acción de la izquierda, la que debería seguir el nuevo PSOE, el recién reconquistado por sus bases, en el futuro.
Han sido demasiados los años en los que los dirigentes del partido han vivido de espaldas a la gente, demasiados los años en los que esos dirigentes, Bono, González. Almunia, Rubalcaba o la misma Susana Díaz, tenían más que ver con los Zaplana, Gallardón o Cospedal y sus amigos que con la mayoría de los militantes de su partido. No sé si porque el roce hace el cariño, lo cierto es que unos y otros habían llegado a tener demasiadas cosas en común, desde asientos en los palcos de los estadios de fútbol a algún que otro negocio poco claro.
Eso, desde ya y, aun siendo pesimista y agorero, hasta dentro de unos años ya no será lo mismo, entre otras cosas, porque los militantes que han creído en Sánchez y le han dado todo su apoyo van a estar muy vigilantes para que toda su ilusión no acabe malográndose como ocurrió con esos otros líderes, a los que emborracharon el poder y la confianza de los electores, hasta el punto de dejarles ciegos y sordos para los problemas de los ciudadanos.
Al otro lado del arco político, Podemos parece también querer hacerle los deberes a Sánchez, algo a lo que Iglesias ya está acostumbrado, olvidando que el Pedro Sánchez marioneta de González y sus interesas con el que negoció la investidura tiene poco o nada que ver con el Pedro Sánchez crecido y autónomo que ha resurgido de las primarias, con el que tendrá que hablar, no desde la soberbia que justificaba el imposible, sino desde la deseable colaboración que esperan los votantes de uno y otro.
Está claro que el PSOE de hoy no es el de hace tan sólo una semana y, e so, bien lo saben quienes se jugaron todo a la carta de la continuidad de Susana Díaz. Por eso los Lambán, los García Page y los Tximo Puig o la misma Susana Díaz están cavando trincheras en torno a su fortín, acopiando fuerzas para tratar de impedir que esa marea de renovación que parece haber despertado tantas ilusiones en quienes queremos que todo esto cambie desde el pasado fin de semana.
Creo que, mientras no haya elementos que garanticen el éxito de una moción de censura, lo más útil va a ser el desgaste parlamentario, algo que, con la gestión del grupo parlamentario que, no me cabe duda, hará Margarita Robles va a confirmar que "cuanto peor -para Rajoy, claro- mejor para todos". Parece que desde el domingo hay otro PSOE, uno que en los primeros años de la democracia fue capaz de colaborar con el PCE para comenzar a cambiar este país. Esa es la única salida, porque, como  dice el lider de CCOO, Ignacio Fernández Toxo, quien, por cierto, encarnó el domingo la primera representación del sindicato en un congreso socialista, "si alguien en la izquierda  piensa en llegar a La Moncloa en solitario, se equivoca". Esperemos que se den cuenta de ello y que se vuelva a aquella fraternidad perdida y que lo que viene se parezca en todo, menos en la vergonzante deriva que tomo luego. 

lunes, 13 de febrero de 2017

¿QUÉ VA A SER DE NOSOTROS?


Para ser sincero, he de deciros que, cuando delante de un café y junto a un amigo abrí la pantalla de mi teléfono y me enteré de que Pablo Iglesias y los suyos habían ganado todo en Vistalegre, se me debió notar en la cara que no debió ser muy distinta de la que se paseó mi pobre Errejón durante todo el día de ayer.
No esperaba, la verdad, tal derrota del sentido común. Debe ser porque he vivido demasiado tiempo bajo el hechizo de la casta y me queda como secuela ese "horror vacui", ese miedo al vacío, que no me permite hallar una manera digna y eficaz de abordar los terribles problemas que nos acucian y, sobre todo, nos van a acuciar en un mundo deshumanizado y casi inhabitable.
Me inquieta sobremanera esa frase, a mi modo de ver desafortunada, que se acuñó en el primer Vistalegre y que ahora vuelve a repetirse machaconamente y que define al partido de Iglesias, desde ayer más de Iglesias que nunca, como una poderosa maquinaria de guerra electoral. Me inquieta, porque ganar o perder guerras es lo fácil, lo hacen continuamente los militares, lo difícil es gestionar la paz. Lo fácil es perder o ganar elecciones, lo realmente difícil es hacer rentables para los electores esos resultados.
Reconozco que me ilusioné con la posibilidad de que el realismo de Íñigo Errejón, que parece tener claro que hay vida y trabajo que hacer más allá delas urnas, se impusiese a la épica y la pirotecnia de Iglesias. Pero, claro, ni mis análisis ni mis deseos tienen por qué coincidir con los de la mayoría de los ciudadanos ni, mucho menos con los de los "inscritos" de Podemos. Así que lo que toca ahora es respirar hondo y cruzar los dedos para que esa unidad y esa humildad que predicaba ayer Iglesias se materialicen en algo más que palabras y no tengamos que asistir a otro lamentable espectáculo de laminación como el llevado a cabo por Ramón Espinar cuando, después de ganar las elecciones internas del partido en Madrid, se hizo con el control absoluto del partido en las instituciones y con tres cargos, inatendibles con eficacia, por otra parte, como si de otra María Dolores de Cospedal se tratara.
Y, hablando de Cospedal, en el congreso celebrado por el PP, no hubo sorpresas ni emoción. algo fácil de deducir de un partido triunfante y miedoso que, pase lo que pase, prefiere no moverse para no ponerse a tiro, delatando su posición. Por eso, apenas se habló de la corrupción que hoy les acogota en los tribunales, de la maternidad subrogada ni de nada que pudiese dar a entender que en el partido de los charranes existe la más mínima disidencia.
Por si fuera poco, la Susana Díaz dejó de ser por unas horas la presidenta andaluza, para aparecerse en carne mortal ante un florido grupo de alcaldes de su partido y despejar sin hacerlo del todo cualquier duda que hubiese sembrado su silencio sobre su intención de tomar a las claras y sin tapujos las riendas de su partido. Lo hizo con esa sinuosa manera de hablar de que hace gala elevando y bajando tonos y velocidades, reptando casi en su discurso y subrayando, como si no lo supiéramos ya, que los que le gusta es ganar,
De modo que, éste que acabamos de pasar ha sido un mal fin de semana para mí, porque ninguno de los resultados en juego, unos más esperados que otros, encajan en mi quiniela y me dejan un tanto desolad y desesperanzado, porque qué va a ser de nosotros si, entre un partido, el PSOE, que dice y sus militantes así lo creen, ser de izquierdas y el otro, el que pretende redimirnos desde la izquierda se abre una brecha, un foso, imposible de atravesar al menos en dos legislaturas. Por eso, desde la mayor de las desesperanzas, insisto en mi pregunta que, más que serlo, es una queja ¡qué va a ser de nosotros!

miércoles, 2 de noviembre de 2016

ALEA JACTA EST



La suerte está echada. Tras diez meses de ilusión, primero, y mucha frustración, después, Mariano el impasible cabalga de nuevo. Y por más que Ciudadanos o lo que queda del PSOE traten de decirnos lo contrario, cabalga bien aferrado a la silla y con las riendas bien sujetas.
Sabe Rajoy, cómo no iba a saberlo, que el cainismo de la izquierda y el desprestigio de Ciudadanos, por una parte, y su falta de utilidad, por otra, le abren una autopista despejada hacia un nuevo triunfo en las urnas, algo que pone en sus manos, si no la gobernabilidad de este país, si la llave de unas elecciones que, de momento, nadie quiere. Nadie, salvo, quizá, Podemos, pata quienes, por desgracia, hacerse con los despojos del PSOE, cueste lo que cueste, parece el principal objetivo.
Lo que, de momento, parece lejos de nuestras esperanzas es la utopía de una izquierda hermanada en el que debiera ser su común objetivo: defender a los más débiles de todas esas fuerzas que, ya no nos puede quedar ninguna duda, están dispuestas a todo, inconfesables conspiraciones incluidas, para no consentirlo. Y todo, porque, con una izquierda desmovilizada y desilusionada y un PP que, como una mantis cualquiera, se "merendará" a ese partido utilitario que tan buenos servicios le ha prestado a lo largo de estos meses oficiando de muleta para con el PSOE y el electorado.
Es difícil imaginar cómo va a ser esta segunda legislatura de un Rajoy operante. Y más lo es, después de haber asistido a la representación que fue el debate y la definitiva votación que le llevó el sábado de nuevo a La Moncloa. No fue nada edificante escuchar una vez más a los portavoces de unos y otros malgastando sus turnos de palabra en convencer a los ya convencidos, en lugar de lanzar cabos que garantizarían a la izquierda una travesía segura hacia la deseable derrota de Rajoy en las urnas o a tejer el entramado de alianzas que impediría al PP seguir gobernando despóticamente este país.
Pero no. Parece que Podemos o al menos su líder, Pablo Iglesias, gusta más de ruido que de nueces y, por eso, se mostró tan cariñoso con intervenciones tan inoportunas como la de Gabriel Rufián, que llenó de ruido y humo de colores la sesión, una traca a destiempo que, en manos de medios tan poco acostumbrados al análisis, se fascinan y hacen los posible para fascinarnos, para dejarnos con la noca abierta ante el espectáculo, mientras los de siempre nos quitan la cartera.
No fueron inteligentes las palmaditas de Iglesias a los portavoces de Esquerra y Bildu. No lo fueron, entre otras cosas, porque Pablo Iglesias no está sentado en su escaño, no le pusimos allí, para juzgar, castigar o premiar discursos y oradores, sino para transformar la sociedad con leyes y reformas que hagan la vida mejor para todos. No fue inteligente la actitud de Iglesias, porque el gesto por sí solo carece de valor pedagógico y en este país está aún habitado por demasiados fantasmas que no dejan pasar determinadas páginas de la historia y hay quien está empeñado en reabrir heridas con las que, por desgracia, algunos se han sentido muy cómodos.
Por eso no me pareció inteligente todo ese ruido que apagó lo más interesante del sábado: la renuncia de Pedro Sánchez, quien levantó el velo, dejando al descubierto a las fuerzas que a lo largo de todos estos meses han estado conspirando para hacer imposible un gobierno progresista que abordase de manera distinta y más justa la salida de la crisis. Pero no. No hicieron nada para romper el cínico silencio de Susana Díaz, actriz principal, en absoluto secundaria de la conspiración. Era mejor borrokizar la escena, en lugar de hacernos ver que es posible otro PSOE con el que caminar al lado. 
Por eso Rajoy está tan contento, por eso va a dejar que su perro Hernando siga enseñando los dientes en el Congreso. Para qué cambiar un mastín que es capaz de desquiciar, de sacar lo peor de los otros, así le ha ido y le seguirá yendo bien. Para qué otra cosa ahora que la suerte está echada y tiene todos los triunfos en su mano.


miércoles, 26 de octubre de 2016

INCOHERENCIAS

Hoy, el día en que toda la comunidad educativa de este país va a ala huelga y se manifiesta contra la ley burla, la ley ofensa, parida por un ministro bufón y provocador, hoy en su retiro dorado en París que pagamos todos los españoles, mientras eso sucede en las calles y las aulas, quien le nombró ministro, Mariano Rajoy,, subirá a la tribuna de oradores del Congreso para decirnos que esta vez va a pensar más en los ciudadanos, para tratar de convencernos, una vez más, de que ha aprendido la lección y que luchará contra la corrupción que le ahoga en los tribunales.
Cualquiera que se asomase esta tarde a las calles de Madrid se asombraría de que a escasos metros de donde se manifiestan profesores y alumnos, muchos de ellos con sus padres, Mariano Rajoy respire tranquilo porque, por fon, se ha salido con la suya y no tendrá que hacer mudanza. Y es que volverá a gobernar este país, porque así lo quisieron más de siete millones de españoles el pasado 26 de junio y porque un PSOE más que dividido se rindió este domingo. de espaldas a militantes y votantes, a los intereses de los de siempre, dando otra vez el gobierno al más impopular de los inquilinos que ha tenido el palacio de la Moncloa.
Cualquiera que se parase a pensar que centenares de miles de estudiantes se han matriculado en el último curso de bachillerato sin saber si tendrán que pasar una reválida, un examen a una sola carta, del que dependerá su acceso a la universidad y quién sabe si, también,, su título de bachiller y, por tanto, su futuro académico y quizá laboral, cualquiera que reflexionase pensaría que no es coherente premiar con otros cuatro años de gobierno a quien ha dejado y deja abiertas esas incógnitas sobre el futuro de nuestros hijos, mientras sigue colocando a sus fieles en puestos seguros, al abrigo de los vaivenes que les pueda deparar la justicia.
Cualquiera que contemplase todo esto con calma, desapasionadamente, no entendería nada, porque lo primero que debe exigir a los demás y debe exigirse a sí mismo cualquiera que se tenga por decente y pretenda que le tengan por tal, es un poco de coherencia, lo primero que se debe exigir es que su mensaje sea el mismo dentro y fuera de los muros de las sedes de sus partidos, en Feraz y en los barrios de cualquier ciudad, en campaña y fuera de ella, lo primero que deberíamos exigir a quienes elegimos para defendernos y para que defiendan nuestros intereses es que hagan precisamente eso, que no se dejen llevar por tacticismos ni estrategias que, poco a poco, les van alejando de nosotros hasta convertirlos, como ha pasado  con Felipe González, en monstruos irreconocibles por quienes una vez les votamos. Cualquiera que asista al triste espectáculo de ver como se fuerza a sus diputados a votar en contra de lo que creen y nos prometieron, bajo la amenaza de sanciones o de desaparecer de unas próximas listas electorales, se iría a llorar o a vomitar a cualquier rincón y renegaría de haber metido aquella papeleta en el sobre.
Pero, por desgracia, la incoherencia no sólo anida en el PSOE y sus votantes, tampoco en quienes se quejan del PP y lo critican en los taxis o en las colas del mercado. También está en quienes pretenden jugar a dos barajas, en quienes entienden que trabajar en la calle es rodear el Congreso al menos una vez al año, en quienes, ante el fracaso, ante la imposibilidad de lograr el soñado asalto a los cielos, se conforman con atrincherarse en la cúpula de su partido, con ser la cabeza del ratón en vez de la cola del león. Deberían dejar de mirar su ombligo, para mirar más por nosotros.
Ese es el gran problema de este país, en el que la hipocresía, la incoherencia y el "todo vale", son bandera de todos y en todas partes. Si todos, especialmente nosotros, nos esforzásemos en cumplir lo que decimo, en actuar de acuerdo con lo que pensamos, en no acogernos a la coartada de las mentiras blancas, en ser, en suma, coherentes, todo y para todos iría mucho mejor.


lunes, 17 de octubre de 2016

NO ES NO, COMPAÑEROS


No lo puedo remediar. Escuchar a Fernández Vara pontificar sobre lo que debe hacer el PSOE en la investidura de Rajoy y escuchar, además, que es el único dirigente socialista que se ha mantenido en la coherencia, me pone de los nervios.  No lo puedo remediar.  Tener que aceptar ese marchamo de sinceridad y decencia para quien hace no tanto se deshizo en críticas a aquellos díscolos diputados de la Izquierda Unida extremeña que se abstuvieron para dar el gobierno a Monago, mandándole a la oposición, se me hace insufrible.
Recordaba y, por si me quedaba alguna duda, acabo de escuchar aquellas palabras suyas en las que negaba legitimidad a aquellos diputados para hacer oposición a Monago, por haber facilitado su llegada al gobierno. Precisamente, lo que él pretende que hagan sus compañeros en el Congreso. Escuchándole, no puedo más que acordarme de Groucho Marx y su teoría de los principios "tengo estos, pero, si no le gustan, tengo otros. Fernández Vara me parece un trilero de la peor calaña, al que nunca le ha importado -lo aprendió de su antecesor Rodríguez Ibarra- hurgar con su palo en el avispero catalán o en el vasco, a sabiendas de que sus soflamas patrioteras y simplistas acarraban votos extremeños a su graneo, a expensas de sus compañeros del PSC o del PSE.
No me fío de los miserables y Fernández Vara me lo parece. Estoy seguro de que piensa más en su futuro, en su futuro pequeño en Extremadura, que en conseguir que su partido, el PSOE, se siente por fin en el diván para decidir si su alma y sus principios coinciden con los de la gente de la calle, los que sufren las consecuencias de la corrupción y la codicia del capitalismo y quienes lo defienden o, por el contrario, prefieren alinearse quienes se sientan en los consejos de administración, ciegos y sordos al dolor y las dificultades de la gente.
Por si acaso, Fernández Vara huye de como de la peste de cualquier cosa que huela a consulta a las bases, a democracia, Dice que cuando se consulta a las bases "se pierden los matices" y es que, claro, personajes como él viven instalados en los matices, viven de la ambigüedad y en el caciquismo de creer que gran parte de que los de abajo no piensan y, si piensan, nada importa lo que piensen.
Fernández Vara nada que ver con su compañero Miquel Iceta, recién elegido primer secretario de los socialistas catalanes, un partido que le ha ratificado en su puesto después de anunciar, como hizo su rival, Núria Parlón, que mantendría su intención de votar no al apoyo a Rajoy en el Comité Federal a celebrar aún sin fecha. Toda una lección, ésta sí, de coherencia frente al "culebreo" de la gestora y gran parte de la aristocracia socialista. 
Ahí radica la enfermedad del PSOE en esa aversión a la democracia sin filtros, al conocimiento de lo que realmente piensan las bases en cada momento. Tanto es así, que los dos ganadores de las únicas primarias celebradas en el partido, Borrell y Sánchez, acabaron renunciando después de haber sufrido durante meses el acoso del aparato del partido. A los barones no les gusta, les da pereza, enterarse de lo que piensan sus bases. Prefieren dirigir el partido como un obispo dirige a las parroquias de su diócesis, condenando a las tinieblas exteriores a quienes osan levantar la voz contra sus "pastorales".
No quieren saber lo que piensan de la abstención y prefieren hacer caso de encuestas tan sesgadas y contradictorias como la que ayer publicó EL PAÏS en la que la respuesta ante cuestiones parejas no guarda ninguna coherencia. Y me refiero a que, según sus datos, son más los votantes socialistas que no quieren que gobierne Rajoy que los partidarios del NO. Será porque, como escribió con sorna un usuario de Facebook en mi muro, se trataba de una encuesta de EL PAÍS para Metroscopia.
No sé qué va a pasar de aquí a que se celebre el Comité Federal. No sé cuánta sangre va a correr ni cuántos vana a ser los desgarros. Sólo sé que, si se hace caso a Fernández Vara, el PSOE va a tener las manos atadas para ejercer la oposición, porque será poco más que un animal domesticado a palos y con todos sus dientes limados.
Estoy con Miquel Iceta quien recordaba estos días que el PSOE resurgiría de un mal resultado si se llegan a celebrar las terceras elecciones y en que lo que no está tan claro es que los votantes del PSOE tardarán en olvidar que, con su voto, se facilitó un nuevo mandato de Rajoy. De momento, el NO a Rajoy sigue vigente y, para cambiarlo, la aristocracia de Ferraz está sembrando el camino de cadáveres. Por eso, consuela la coherencia de Miquel Iceta y su rival en el congreso del PSC, que han reafirmado y gritado a los cuatro vientos que "NO es NO, compañeros".

viernes, 7 de octubre de 2016

SI CREYESE EN DIOS...


Si creyese en dios, en cualquier dios, pensaría que lleva semanas enloquecido, enloqueciendo a los hombres, empujándoles, como a escorpiones en un círculo de fuego, a suicidarse, a hacerse daño a sí mismos y a los suyos. Si creyese en algún dios, cualquier dios, me preguntaría qué hemos hecho los españoles, para merecer este castigo que, una y otra vez, nos auto infligimos en las urnas.
Si creyese en dios, en algún dios, pensaría que Podemos, la esperanza del progresismo indignado, me preguntaría qué le ha hecho o que puede hacerle Podemos a ese dios, para temerle tanto. Si creyese en un dios, lo querría justo y bondadoso, no así de cruel con los niños que andan estos días confesando sus penas y las de sus padres, que son muchas, a la Cruz Roja. Si creyese en ese dios, que soy incapaz de imaginar, le pediría que no consintiese que esos niños se fuesen a la cama sin cenar, que pasasen frío o que tuviesen que irse a vivir a casa de sus primos, porque su casa, la casa donde jugaban en el bloque donde tenían sus amigos, se la ha quedado un fondo buitre que ha contratado al hijo de una alcaldesa que, desganada, va del jakuzzi al velatorio de unas jóvenes, apenas unas niñas, y del velatorio, después de hacerse las fotos, vuelve al jakuzzi.
Si creyera en dios, que no creo, le rezaría para que, quienes podrían haberse visto en la piel de los padres de esas niñas, no hubiesen vuelto a votar al partido de las siniestras gaviotas ladronas. Si aún pudiese creer en dios, como, de niño, me hicieron creer que creía, le pediría que me explicase por qué para la derecha resulta tan fácil ponerse de acuerdo, mientras en la izquierda, cuanto más cerca tienen poder, cuanto más al alcance de su mano tienen la fuerza precisa para transformar la sociedad, más se aplican en desperdiciar tal oportunidad.
Si creyese en dios, en cualquiera, antes de irme a dormir le rezaría para que las luchas internas no se cebasen, a costa de desanimar a sus votantes, en dividir y desinflar partidos que, aún hace un año, eran la esperanza de tantos. Si creyese en dios, si considerase posible hablar con él, le preguntaría por qué propició y consintió el tremendo espectáculo del pasado sábado y los días precedentes, en el que, sin llegar a las manos, como los eurodiputados del Ukip, los dirigentes socialistas españoles, de espaldas a sus militantes, dinamitaron un partido de más de un siglo, para impedir que el NO de sus diputados impidiese a Mariano Rajoy, tan cruel como impasible, seguir en La Moncloa, rompiendo con sus principios y, lo que es peor, con la lógica trayectoria de un partido que se dice de izquierdas.
Si pudiese creer en ese ser superior del que tanto me han hablado, supondría que algo debe saber, para consentir que los hombres, los hombres solidarios, los hombres de la izquierda, hayan reventado, como lo han hecho, el globo de nuestros sueños.
Pero no creo. Por eso me veo obligado a razonar, a buscar explicaciones para algo tan sin sentido, tan extraño y tan doloroso. Y dándole vueltas y vueltas, preguntando aquí y allá, llego a conclusiones, no sé si acertadas o no. Y todas me llevan a lo mismo, a que, de ninguna manera, en España, tampoco en Europa, por muy al sur que sea, quienes tienen tantas cuentas pendientes con la Historia, quienes han causado tanto daño, tanto sufrimiento, pueden consentir que el domesticado PSOE se eche al monte, de la mano de podemos y "separatistas", para exigirles que las salden.
Es entonces, cuando pienso que, puesto que dios no existe, los deudores saben que no habrá perdón para ellos y mueven todos los hilos a su alcance. Y, de todos, el más poderoso, como siempre, es el de la información. No la que se lee en los periódicos, que también, sino la que se asministra, la que se tiene y no se usa contra quienes tienen el poder de decidir o el de convencer a quienes deciden. Y los demás, tontos útiles.
En fin, como no creo en dos, para explicarme algunas cosas, no me queda más remedio que creer en los servicios de información.

martes, 6 de septiembre de 2016

CIÉNAGA Y FANGO


Llevamos demasiado tiempo chapoteando en aguas estancadas. No me refiero, aunque sería lo más fácil, a la inacción política que en estos nueve meses nos ha llevado dos veces a las urnas, nos ha hecho pasar por dos investiduras frustradas y, si alguien con más generosidad e imaginación de las demostradas hasta ahora no lo remedia, corremos el peligro de tropezar tres veces en esas mismas piedras.
La ciénaga en la que vivimos, esa enorme charca de aguas estancadas y fétidas es la de la corrupción. Una corrupción que se remonta décadas atrás, heredada de unos tiempos, los de la transición, en los que las grandes empresas acarreaban su dinero, en sobres o en de zapatos, a determinados partidos, para que el país en que habían construidos sus negocios no cayese en manos de los sindicatos y el "rojerío".
Era aquella una situación injusta de la que la Alianza Popular de Fraga y la UCD de Suárez eran los grandes beneficiarios. Una situación en la que los partidos de la derecha partían con ventaja frente a un Partido Comunista, que apenas contaba con sus militantes siempre movilizados y las aportaciones de sus élites culturales, y un PSOE seriamente desmovilizado durante el franquismo que necesito de ayuda moral y "de la otra" para recuperar el lugar que ocupaba antes de la dictadura.
De aquellos polvos de entonces vinieron los lodos de ahora, de aquellas aportaciones, para suplir con vallas y anuncios, vienen las Gürtel y púnicas de ahora y, si vienen, es porque aquellas empresas y otras parecidas siguen empeñadas en "proteger" a los partidos con los que se entienden y los protegen como mejor saben, con su dinero.
Hoy las cosas han cambiado. Ya ni las tramas, Gürtel o Púnica, puestas al descubierto y sentadas en el banquillo, les sirven. Hoy la estrategia del capital se ha hecho más sutil. Sutil hasta el punto de haberse "comprado" un partido cortafuegos. Un partido que no es otro que Ciudadanos, el partido "cortafuegos" que emergió a nivel nacional cuando peor estaba en Cataluña, con unos fondos y una militancia de origen incierto, surgido con el único fin de levantar barreras frente a cualquier intento de devolver al PSOE al lugar de la izquierda donde históricamente le corresponde estar y, una vez cercado, tratar de llevarlo al redil de esa "gran coalición" pretendida por la banca y todas esas viejas glorias que tiene o ha tenido a sueldo.,
Ciudadanos es como esas algas que proliferan en las ciénagas, impidiendo que pueda crecer cualquier otra flora y que acaban con el oxígeno que permite la vida y, sobre todo, la diversidad que garantiza la vida. Ciudadanos ha llegado con el único fin de impedir que crezca la izquierda de este país y, por el momento, lo está consiguiendo. Ciudadanos, como un parásito, se suma a cualquier atisbo de pacto para marcar el territorio, para esterilizarlo de modo que no pueda crecer en el nada que lleve a un cambio de estas reglas de juego tan trasnochadas con las que tenemos que lidiar.
Rivera y su partido consiguieron abortar aquel intento, ahora parece que tan lejano, de Pedro Sánchez para formar gobierno. También hizo lo que pudo para dar a Rajoy y su PP un barniz de credibilidad que no tenía, aunque, en este caso, no contó con la soberbia de un Rajoy que, desconfiado, hizo lo imposible para humillar al intrépido líder de Ciudadanos. 
Unos y otros lo han conseguido. Unos y otros, con la inestimable colaboración de la inexperiencia y el ego de quien se creyó más de lo que era, nos han dejado en esa ciénaga inmunda que asesina toda esperanza, angustiados por el futuro y atrapados en el fango.  

viernes, 2 de septiembre de 2016

¿QUÉ DEMOCRACIA?


Resulta curioso, cuando no insultante que quienes más se han pasado la democracia por "el Arco del Triunfo", PP, patronales y grandes corporaciones invoquen una y otra vez aquello que no respetan.
Tanto o más curioso resulta que quienes vistieron la pana en aquellos ilusionantes años de la Transición nos empujen hoy, desde sus ternos de buen paño y mejor corte, a que pasemos por alto lo que ha quedado patente en las urnas y por dos veces: que la inmensa mayoría de los españoles no quieren a Rajoy al frente del Gobierno. Es más, como dejó claro Rivera, único socio de Rajoy, según el para esta a todas luces frustrada investidura, según el propio Rajoy para el gobierno, confiese en sede parlamentaria, a plena luz y con taquígrafos, que tampoco él se fía de tan torpe y marrullero candidato.
Pero más curioso resulta que en medio de este espectáculo, la prensa, demasiad pagada de sí misma y auto investida sin motivo como guardiana de la democracia, se empeñe en decirnos todos los días que lo que ahora nos conviene es renunciar a nuestro voto y tragar las ruedas de molino con que quienes les sostienen pretenden hacernos comulgar. A veces, como ayer miércoles, con el arrogante impudor, la desvergüenza o la torpeza que tuvieron EL PAÍS y EL MUNDO, al calcar, si no palabra por palabra, sí en su idea fuerza el titular con que abrieron sus ediciones en papel, como si una mente superior les hubiese dictado eso de que Pedro Sánchez había dado un "portazo" y que, con él, "aboca" a unas terceras "elecciones".
Dónde queda aquel "diario independiente de la mañana" que desafío a los generales Alfonso Armada y Jaime Milans del Bosch, Tejero fue un mero peón, un "tonto útil", para los verdaderos artífices, no todos de uniforme, de aquel golpe, afortunadamente frustrado, dónde queda aquel diario que salió a la calle a última hora de la tarde para decir no a la barbarie y para hacernos llorar de emoción a quienes no concebíamos nuestras vidas otra vez bajo una dictadura.
Hay quien cuenta que tampoco aquel 23 de febrero fue unánime ni, mucho menos, clara la postura de algunos destacados dirigentes, entonces no les llamábamos barones, socialistas. Intereses bastardos y trilaterales que, tras el fracaso de la asonada, se disiparon en medio de un silencio tan sospechoso y molesto como el de la diplomacia norteamericana o la del Vaticano. Evidentemente, aquellos eran otros tiempos. Hoy, los de siempre no necesitan recurrir a los carros de Milans o a los guardias de Tejero. Hoy, los gobiernos ya no gobiernan del todo y los militares juegan a la guerra electrónica con carísimos juguetes y no necesitan provocar acción para "hacen carrera", porque, para eso, ya tienen las misiones internacionales.
Hoy el instrumento con que los dueños del capital, sin credo ni patria a pesar de lo que dicen, no va de uniforme. Hoy el instrumento para doblegar la voluntad del pueblo, nuestra voluntad, es otro, Ese instrumento es el mismo que hasta hace poco creíamos que nos defendería. El instrumento es esa prensa, la prensa acogotada por deudas, eres y revoluciones tecnológicas, ahogada en el caldo de un lujo innecesario y faraónico, después de gestiones suicidas, no para el gestor, sino para los que, a su pesar, se ven gestionados.
Supongo que, de una manera u otra, siempre ha sido así, que siempre se ha podido comprar la línea editorial de un periódico o que, al menos, se ha podido comprar la voluntad de los periodistas, uno a uno. Pero, por aquel entonces, los periódicos eran de los periodistas o, al menos, los controlaban los periodistas. Hoy no, aunque quien decida titulares y editoriales tenga el carné y un pasado en el día adía de una redacción. Hoy quienes deciden apenas levantan el teléfono para enterarse de qué pasa y qué quieren los ciudadanos. Hoy sólo hablan con quien les dice lo que tienen que decir y con aquellos a los que ordenan lo que tiene que escribir.
Hoy, gente como Juan Luis Cebrián que ha arruinado económica y profesionalmente un periódico y sus empresas afines, de las que nos sentíamos orgullosos quienes trabajábamos en ellas y quienes las seguían, pretende decirnos qué hay que hacer con nuestra democracia, pretende, junto a personajes tan trasnochados como Felipe González, decidir quién debe gobernarnos, aún en contra de nuestra voluntad. Todo en aras de la democracia, pero qué democracia, la suya o la nuestra.

miércoles, 31 de agosto de 2016

¡BENDITA MEMORIA!


Escuchando ayer a Rajoy su discurso de investidura, tedioso y el peor de su historia, según gran parte de la prensa, no pude por menos que recordar a mi padre, noventa y dos años, y a otras personas como mi padre, a las que la memoria comienza ya a descarrilarles. Y si recordé a mi padre, es porque oyendo a ese muñeco vestido de azul que pretende gobernarnos otros cuatro años, me preguntaba cuál podría ser la reacción de quién carece de memoria o está empezando a perderla ante tal ristra de promesas incumplidas e imposibles de cumplir o ante esa colección de logros que, de serlo, no lo han sido gracias a su gestión, sino a la situación internacional y, sobre todo, al sacrificio de millones de españoles a los que ha robado el futuro y difícilmente se lo devolverá.
Por eso agradecí esta bendita memoria que nos permite discernir entra las palabras y los hechos, la misma que permite confrontar, ahora con la cruda herramienta de fonotecas y hemerotecas, lo que se dijo o se hizo con lo que se dice que se dijo o se hizo. La misma memoria que, ante la imagen de ese señor del traje azul con su raída corbata fetiche, dispara todas nuestras alarmas y nos alerta de que quien dice ahora todos esos "diegos" en campaña es el mismo que en el consejo de ministros dictaba y firmaba los "digos" que todos hemos sufrido.
Gracias también a la memoria me parecieron un suspiro los apenas dos minutos que este dragón de Komodo de la política española, tan lento de movimientos como resulta ponzoñoso su contacto, dedicó a la corrupción o a su poco o nada creíble propósito de enmienda. Esos escasos dos minutos dedicados a ese epígrafe no bastaron, al menos a mí no me bastaron, para hacer desfilar por mi memoria los rostros y las caras de los Camps, Granados, Gómez de la Serna, Pujalte, Rita Barberá, Bárcenas, Esperanza Aguirre y su entorno de ranas, los Fabra y las oportunidades de negocio y toda una lista de indeseables condenados o no que, con la excusa de la eficacia han utilizado lo público para llenarse los bolsillos y engrasar la máquina electoral de su partidos, perpetuándolo en el poder y la rapiña.
La memoria que no le faltó a ese señor empeñado en comerse las eñes de señorías y en llenar el aire de eses líquidas para anunciar el apocalipsis alternativo a su gobierno, como tampoco le abandonó a la hora de parapetarse tras la bandera del peor españolismo, echando abajo imprudentemente, los puentes por los que podrían llegarle en caso de necesidad los votos de la derecha nacionalista, a la que ofendió y cabreó innecesariamente.
Está claro que la memoria, nuestra memoria, a Rajoy "se le ¡importa una figa", `porque la única que le preocupa es la de los votantes que imagina, todos, en el barrio de Salamanca, el único lugar en el que he visto, dos veces, billetes de 500 euros, esos señores de cafetería fina, tortitas con nata y pastas para el té a los que el portero les sube el ABC desde hace décadas, los que tan bien quedan retratados en "Renacimiento", la novela de Manuel Longares, a los que no les duelen prendas a la hora de mantener al partido que desmantela una sanidad y una educación públicas que ellos no necesitan.
Seguro que pensaba en ellos y en el Colegio del Pilar, cuando habló de negociar un gran pacto por la Educación, sin que se le escapara la risa recordando a Wert, su ministro "destroyer", hoy jardinero enamorado en París.
Menos mal que tenemos memoria, esa bendita memoria que nos llena de arañas el estómago cuando escuchamos algunas cosas, esa bendita memoria que nos pone en guardia ante quienes una y otra vez nos hacen "pedorretas" con el BOE y nos arruinan la vida. Menos mal que la tenemos y ojalá la tengan otros a los que, después de quitarles la honra en el huerto del pacto, ninguneó en su discurso.
Rajoy, como cualquier gerifalte de la derecha de este país, va sobrado. Pretende el apoyo de todos a cambio de nada, porque cree que el poder es su lugar natural y que el país se lo debe. Menos mal que algunos aún tenemos memoria ¡Bendita memoria que nos permite recordar quién es quién y lo que cuesta dejar de serlo!

viernes, 8 de julio de 2016

EL TAPADO SE DESTAPA


Dicen quienes saben de la vida que no se puede pretender ser sublime todo el tiempo. Mucho menos, añado yo, cuando la exquisitez que se pretende se construye en la réplica a los demás. Pues bien, eso es lo que le está ocurriendo a Albert Rivera, esclavo de sus padrinos y de su verdadera ideología, que le conducen inexorablemente a dar su apoyo al PP, algo que repugna a gran parte de sus votantes, pero con lo que, antes o después, tendrá que lidiar.
Rivera tiene el martes una cita con Rajoy, así que pasará todo un fin de semana en capilla, como ese torero que se enfrenta a la tarde de su vida, ante la más grande de sus "faenas" o, quién sabe, el peor de sus fracasos. Tendrá que optar entre dar a Rajoy la llave para que inicie su segunda legislatura en la Moncloa o negársela y colocarle así, también al país entero, frente al despeñadero de unas terceras elecciones.
Ni una cosa ni otra le gustan demasiado. No le gusta verse como el socio necesario, dentro o fuera del gobierno, de Rajoy, porque pensará con razón que, para muchos de sus votantes, se vería traicionado el sentido de su voto, que acabaría en manos de aquel al que habían descartado ante las urnas, urnas a las que tenía pensado no volver en cuatro años.
A Rivera sólo le salvaría arrancar del PP un vistoso acuerdo de investidura, del estilo de los que sacó de Susana Díaz o Cristina Cifuentes, un acuerdo de normas morales y líneas rojas que, con la marcha de la legislatura se irá diluyendo y revelará que, en lo que realmente duele al ciudadano, la economía, apenas habrá diferencias con los cuatro años pasados con Rajoy.
Eso es lo que está pasando, por ejemplo, en la Comunidad de Madrid, donde la política social brilla por su ausencia y donde la corrupción sigue aflorando sin que se consumen nunca los ultimátums con que había advertido a Cristina Sánchez. Al final, el día a día de los ciudadanos de a pie, sus penurias, el deterioro de la educación pública, los servicios y la Sanidad siguen siendo prácticamente iguales. Las ayudas a los más necesitados, como acaba de ocurrir en Madrid con la formación de jóvenes en riesgo de exclusión, se saca del circuito de lo público, para convertirla, aun así, a regañadientes, en becas para que esos jóvenes estudien en centros privados.
Supongo que las intenciones de Rivera para Ciudadanos, muy parecida a la que sus tan denostados nacionalistas, es la de obrar como partido bisagra, una especie de clave de arco, sin la que se hace imposible levantar el gobierno, pero una piedra que, por desgracia, acaba confundiéndose con el resto de piedras que forman el arco. Estoy seguro que la estrategia de Rivera dará sus frutos en su partido, sobre todo de puertas adentro, pero también lo estoy de que esa estrategia va a resultar poco o nada emocionante para sus votantes.
Todo un riesgo para una fuerza a la que el frustrado intento de acuerdo con Pedro Sánchez en la pasada y estéril legislatura le restó importantes apoyos en escaños, un riesgo que debe preocupar y parece que preocupa a Rivera. Tanto que le llevó ayer a perder los nervios cuando la prensa le pidió que revelase su posición respecto a su apoyo a Rajoy y acabó cayendo de muy mal humos en el tremendo pecado de poner en duda la inteligencia o la menoría de unos periodistas extrañados por su renuncia, ahora, de un veto a Rajoy que ha mantenido a lo largo de dos campañas electorales. Rivera, el tapado que no lo fue en sus primeros carteles, tiene que destaparse ahora y no parece que tal cosa le resulte cómoda, de ahí sus nervios.

lunes, 27 de junio de 2016

EINSTEIN, BREXIT, MIEDO Y UNAS GOTAS DE EGOÍSMO


Escuchaba hace dos días al siempre genial escritor gallego Juan Tallón relatar cómo le tocó sufrir el asalto de una empleada de su banco empeñada en venderle un crédito, un asunto que Tallón calificaba de "atraco por el procedimiento de llenarte de dinero los bolsillos". Magnífica definición que nadie que haya recibido y tenido que pagar un préstamo podría desmentir. Pues bien, nada más parecido a lo que ha hecho la prensa con Unidos Podemos, poniendo una diana sobre la coalición, con todas esas embriagadoras encuestas que predecían su fácil triunfo sobre el PSOE. Eso que imprudentemente hemos llamado "sorpasso", sin caer en la cuenta de que tal palabreja está maldita, porque, como dice mi amigo Orentino, el sorpasso siempre desemboca en un triunfo de la derecha.
Es aquí, en lo que tiene que ver con las encuestas, donde, a mi juicio, entra en juego la teoría de la relatividad de Einstein, el genio que nos enseñó que nada está quieto y que todo está en relación con la posición cambiante del observador. Porque eso es lo que ha pasado con las encuestas que dejan de tener valor en cuanto son conocidas por el observador que, ante ellas, cambia de posición y, por tanto, las altera. 
Esa es, yo creo, una de las claves. Tanta encuesta prediciendo el "subidón" de Unidos Podemos tuvo como consecuencia la llamada "a rebato" de PP y PSOE que movilizaron todos sus recursos y a todos sus fieles contra "el populismo extremista" de Podemos y sus nuevos aliados, los viejos comunistas que, de ese modo y con el odio eterno contra ellos, jurado de antemano por Ciudadanos, convirtió a la coalición en objetivo único de los demás, dolorosamente incluido el de los "compañeros" socialistas.
Una vez descontado el daño que las encuestas triunfalistas han podido hacer a Unidos Podemos, hay que tener en cuanta otro importante factor que no es otro que el terremoto mediático provocado por el Brexit, del que en las cuarenta y ocho horas previas a la jornada del domingo se hicieron sólo lecturas más que interesadas, atribuyéndoselo al extremismo populista y señalando, sin decirlo, también a Unidos Podemos, dando a entender que, con ellos en el poder, no sería descartable que España saliese de la Unión Europea. Pero, además, todo el tiempo y el espacio dedicado al Brexit se restó del que era lógico esperar que se dedicase a un último día de campaña y aun escándalo, el de la conspiración del ministro Fernández Díaz contra los independentistas catalanes, a mi modo de ver, junto con el de los vínculos del GAL con los gobiernos de Felipe González, el más grave atribuido a un gobernante en la reciente democracia española.
El Brexit barrió de los titulares y de las primeras cualquier alusión a tan sucio asunto. También a los nuevos casos de corrupción en Valencia, como trece millones destinados por los gobiernos populares de Valencia a torneos de golf conectados con la trama Púnica. El Brexit y la tormenta desatada en las bolsas de medio mundo enterraron y bien enterrados uno y otro asunto, sacándolos de un debate electoral, prácticamente desaparecido.
Estoy seguro de que muchos españoles fueron a votar asustados por las consecuencias, reales o sólo presentidas, que, en su puesto de trabajo o en sus ya castigadas inversiones en Bolsa, un triunfo de la izquierda progresista, un miedo alimentado por el desplome del IBEX 35 el mismo viernes, un miedo aderezado, como casi todos los miedos, por unas gotas de egoísmo, que llevó a muchos votantes a correr su voto a la derecha y a cerrar filas a los más asustados con el dontancredismo de Rajoy, borrando la sonrisa del rostro de Rivera y a muchos hipotéticos votantes de Podemos a refugiarse en el "valor seguro" de Pedro Sánchez quién otra cosa no tendrá, pero suerte tiene para dar y regalar.
No ha sido sólo una la causa de los decepcionantes, al menos lo son para mí, resultados de ayer. Creo que ha sido una fatal conjunción planetaria, del tamaño de aquella que anunciara Leire Pajín, la que guio la mano de muchos votantes y dejó a otros en casa o en la playa o la piscina. Han sido varias, ha sido la relatividad de las encuestas, ha sido el sobresalto del Brexit, ha sido el miedo a lo bueno que nos queda por conocer, hartos ya de o malo que conocemos, ha sido también el miedo egoísta a que lo invertido en bolsa se esfume, un medo que el parqué ya ha conjurado. Ayer vi muchas monjas en mi colegio electoral, monjas que no veo por la calle, vi también muchos ancianos que a duras puenas pueden moverse o saber quienes son. La ley les permite votar y no me quejo, pero ahora, sólo espero que alguien diga, como dijeron a propósito del Brexit que los viejos les han robaron ayer el futuro a nuestros jóvenes, especialmente a los que están en el extranjero y, una vez más, les han robado el voto.

lunes, 11 de abril de 2016

¿QUÉ HAN HECHO CON NUESTROS VOTOS?


Nos llamaron a las urnas hace casi cinco meses y obedientes e ilusionados fuimos a ellas para dejar en ellas, impresa en un papel, la que creíamos mejor solución para nuestros problemas que son y no deberían ser otra cosa, los de la nación. Acudimos a las urnas cansados de que el gobierno que formó Rajoy con la mayoría absoluta que le habían dado once millones d españoles egoístas y ansiosos por tomar venganza de quien creían culpable absoluto de sus desgracias. Acudimos tristes y resignados y comprobamos que teníamos razón para ello, porque quienes, en lugar del "sálvese sólo quien, como yo, pueda", queríamos soluciones para todos nos quedamos sin nadie que nos defendiera. Nadie o casi nadie.
Habíamos padecido una legislatura injusta y dura, en la que las tijeras del recorte hicieron presa en los más débiles, en quienes apenas tenían instrumentos para defenderse, con los socialistas del PSOE inanes, no sé si por cansancio, por vergüenza o porque, de alguna manera, como aquel vil Joaquín Almunia que, bien acomodado en Bruselas, tuvo la desvergüenza de culpar a los preferentistas de la estafa que les había dejado sin ahorros, porque, dijo, deberán haber sabido que corrían un riesgo, Quizá por eso o quizá porque después de tantos años pisando moqueta y tocando maderas nobles ya no recordaban la frialdad del terrazo o la vulgaridad de la formica. Lo cierto es que taparon sus ojos, sus oídos y sus narices, para no ver ni oír ni, mucho menos oler el dolor, la injusticia y la miseria que el PP estaba sembrando entre los más humildes.
Yo les había votado y he de reconocer que quise creerles que, pastoreado por la prensa de orden, la que liquidó a la mitad de su plantilla después de hundir su cabecera, llegué a justificar esa pasividad, ese desapego de los problemas de todos. Pero, ensoberbecidos como estaban, no supieron ver lo que se avecinaba. Lo tuve claro aquella noche en que una gran marcha aisló el Congreso. Decenas de miles de ciudadanos, controlados a duras penas por los antidisturbios que se hicieron tan habituales como los leones que guardan sus puertas y los diputados socialistas en lugar, no ya de sumarse a quienes daban testimonio del dolor y la rabia de una sociedad abatida y despojada, sino de salir a la calle para saber de qué iba la protesta, prefirieron indignarse y salir de allí vergonzosamente escoltados por la misma policía que golpeaba a sus votantes.
Fue entonces cuando lo vi claro. Fue entonces cuando supe que el PSOE ya no tenía nada que ver conmigo y mis problemas. Fue entonces cuando crucé el punto de no retorno y decidí negarles mi voto para los restos. Llegó aquel veinte de noviembre y voté. Como muchos españoles cambié mi voto, lo llevé más a la izquierda o, simplemente, lo llevé a la izquierda, de donde nuca debí haberlo sacado. Y los resultados de aquella jornada, pese a que fueron injustos con la opción que yo voté, fueron esperanzadores, porque la suma, si no de la izquierda, sí del progreso, sumaban como para que este país tuviese el cambio que, tras cuatro años de dolor e injusticia, por fin se merecía.
Yo, como muchos, vi en Pedro Sánchez la argamasa con la que construir el muro que nos alejase del PP. Lo malo es que en esa argamasa había demasiada arena del saco de esos barones instalados en el egoísmo y la soberbia que, después de décadas gobernando en sus ínsulas baratarias, optan por su cómoda estabilidad junto al PP, frente a la ilusión y el cambio que venía desde su izquierda. Exceso de esa arena en el mortero que, al final, y antes de sustentar nada creíble se deshizo entre los dedos de quien no quiso ver que el único acuerdo posible lo era con la izquierda.
Ahora, si nada cambia en dos semanas, nos volverán a llamar a las urnas. Lo malo es para, cuando se nos llame otra vez a las urnas, se habrá quedado en el camino mucha de la rabia y la ilusión que hizo temblar a Rajoy. Lo malo es que muchos de quienes volvieron después de muchos años a las urnas o lo hicieron por primera vez se quedarán otra vez en casa y volveremos a lo de siempre, con palabras de arrepentimiento y propósito de la enmienda, eso sí, pero los de siempre, con su misma falta de sensibilidad, con su misma corrupción, con sus reformas laborales, con sus privatizaciones y sus saqueos, incluido el de la Seguridad Social, y, a mí, como a muchos otros, una pregunta nos rondará implacable: ¿Qué han hecho con nuestro voto?
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viernes, 19 de febrero de 2016

VUELVE LA INTOLERANCIA

Nunca sospecho el PP, y no hay más e ver la cara de funeral de sus dirigentes para confirmarlo, que iba a cocerse en su propia corrupción y que ese cocimiento iba a ser a fuego lento, tan lento para que cada uno de sus escándalos soltase todo el jugo, llenando el aire con toda su hediondez hasta hacerlo irrespirable. Nunca lo sospechó, pero, aunque quizá sólo por instinto, se ha estado preparando para lo peor a lo largo de estos cuatro años. 
Lo ha hecho a conciencia, blindando a sus "cargos" en las empresas amigas  o públicas, cubriendo a sus dirigentes más contaminados por la corrupción con el escudo del fuero, aunque para ello tuviesen que quitarse la máscara delante de todos, otorgando embajadas y canonjías a los más aguerridos y vergonzantes de sus "gladiadores" que cómo el exministro WERT, hoy embajador ante la OCDE en París, se dejó la piel y el prestigio defendiendo una ley de Educación infumable, asegurándoles, en fin, un futuro apacible en agradecimiento a los "servicios prestados".
Pero, siendo eso grave, lo más grave es el campo de minas y los francotiradores que han sembrado a su alrededor para mantener a raya a todo aquel que osase plantarles cara en la calle, la prensa o sobre los escenarios y lo han hecho con la pasividad de una oposición, no sé si aturdida o remolona, que se conformó con quejarse del rodillo parlamentario que, con su voto, pusieron en su mano once millones de ciudadanos, de los que muchos hoy están arrepentidos. Lo hicieron con la pasividad del PSOE que tardó en darse cuenta de que su lugar estaba en la calle con quienes estaban sufriendo en sus carnes la crisis que ellos no supieron diagnosticar.
Leyes y reformas, como la del código penal, que permiten sentar ante un juez a dos titiriteros sólo por haber puesto en manos de uno de sus títeres una pancartita no más grande que media cuartilla, que un policía malo quería "cargarle" a la bruja buena para llevarla a prisión. Leyes y reformas en las que se mantiene como delito lo que no es otra cosa que la blasfemia y que sienta a la portavoz del gobierno del ayuntamiento de Madrid por una protesta llevada hace cinco años, cuando sólo tenía veintiuno y estudiaba junto a la capilla de la facultad. Leyes que amenazan la libertad de expresión hasta el punto de llevar a creadores, actores y ayuntamientos a censurar y auto censurarse para no correr la suerte de los titiriteros.
Pero, como las leyes solas no bastan, este gobierno que aún controla, en funciones, eso sí, la nación, se ha ocupado de amaestrar y cebar a toda una corte de periodistas y opinadores, dispuesto a batirse de columna en columna, de tertulia en tertulia, contra cualquier cosa que amenace a quienes tan buen trato les han dado. Columnistas, correveidiles y opinadores que, con el beneplácito de los titulares de los medios para los que han trabajado y "trabajan" aún.
Lo que está sucediendo en este país está muy claro. Los sátrapas de los que os hablo y tanto os he hablado han quedado obscenamente desenmascarados y, por ello, han perdido gran parte del poder que, durante años, si no décadas, han ostentado. Han quedado retratados como los chorizos, malos gestores y poco atentos a lo social que son. Ya, ni el milagro económico que nos mostraba el ministro De Guindos en sus números de prestidigitador. La fantasía de los millones de puestos de trabajo, en realidad tajadas indecentes resultantes de trocear raciones de trabajo digno, se les han desmoronado también y por eso han recurrido a dos armas hasta ahora infalibles para ellos: el miedo y la ideología.
Dos armas que en sus manos se confunden, porque su ideología es la del miedo. El miedo a una ETA inexistente, el miedo a persecuciones religiosa en las que nadie piensa, el miedo a perder la pensión, insuflado por quienes las están devaluando. Ideología y miedo, pero, sobre todo, intolerancia. Intolerancia contra todo aquello que perturbe su plácido buen vivir, contra todo aquello que nos haga iguales ante ellos, iguales y libres, porque la libertad y la igualdad son y han sido siempre sus grandes enemigos. Por eso, ahora que ya todo lo han perdido o están a punto de perderlo, vuelve la intolerancia.