lunes, 15 de octubre de 2012

UNO DE CADA SEIS

 
 
Es terrible, pero es así. No hay más que salir a la calle en cualquiera de los barrios populares, pararse un momento y mirar a la gente que pasa con la conciencia de que uno de cada seis ciudadanos que pasa por allí está recibiendo ayuda de los servicios sociales. Sin embargo, os va a resultar más difícil determinar quiénes, de todos los que pasan, son los que reclaman esa ayuda, porque el ser humano tiene entre sus virtudes o defectos, nunca lo he sabido, la vergüenza, esa vergüenza que le susurra al oído que eso de pedir ayuda es algo indigno.
Pese a todo, los datos que maneja hoy EL PAÍS, proporcionados por el Ministerio de no sé cuántas cosas y, además, Asuntos Sociales indican que fueren más de ocho millones de personas las que, dejando al lado esa vergüenza, solicitaron ayuda para pagar los recibos del agua de la luz o para poder comer. Y esos datos, con ser terribles, lo serán hoy mucho más porque las estadísticas, las cosas de palacio van despacio, son de 2010, el año en que comenzó a arreciar la crisis, cuando el número de parados o el coste de la vida eran menores que ahora. Y si en 2010 eran más de ocho millones quienes pedían ayuda, probablemente hoy sean un millón más y, también probablemente, sean muchos más quienes tienen necesidades y, por vergüenza, no den el paso de pedirla.
Aún no somos conscientes de ello, pero lo que le estamos haciendo a este país es muy grave, porque, y no es una sensación, sino una constatación de los datos de Eurostat, la agencia europea que recoge y elabora las estadísticas de los países de la Unión Europea, la brecha que separa a los necesitados de los pudientes en España se va haciendo cada vez más ancha y más profunda, porque cada vez son más los que se van descolgando de esa plácida clase media para precipitarse al vacío de la pobreza, porque parece que eso que antes llamábamos clase obrera ha desaparecido.
A España, como a casi todos los países, le sentó bien la democracia. No sé si decir le sentaba, porque si a la democracia se le amputan sus ventajas -los servicios públicos y todo aquello que iguala a los ciudadanos -sanidad, enseñanza, justicia gratuitas y universales, etc.- tenemos otra cosa, no, desde luego, lo que nos habían vendido como democracia. Y, según Eurostat, ya somos el país de la zona euro con un nivel de desigualdad mayor, con más del 21%de al población por debajo del umbral de  la pobreza, sin que la mayoría de los ciudadanos sepamos muy bien por qué.
No hace tanto, para explicar en qué manera las estadísticas de algún modo deforman la realidad, se puso de moda aquello de "quién se ha comido mi queso", lo que no era más que la versión pija del chiste de los medios pollos. Pero, si hoy quisiésemos hacer ese chiste o poner ese mismo ejemplo, deberíamos hablar de granjas enteras y toneladas de queso, porque, mientras millones de españoles se precipitan a la pobreza y la necesidad, la obscena panza de los que lo tienen todo y quieren tenar más, los propietarios de todas esas fortunas refugiadas en esa aberración social que llamamos sicav, que ganando más que nadie cotizan burlonamente un uno por ciento de sus beneficios, esa obscena panza crece y crece, porque, aunque cada vez es menor el capital invertido en ellas -se habla de más de 300.000 millones de euros en fuga fuera de nuestras fronteras- los beneficios de esas sicav siguen creciendo obscenamente, en tanto que la renta de las familias españoles se desploma.
No sé hasta dónde puede llegar esta situación. No sé cuál es la capacidad de resistencia de una sociedad ante tamaña injusticia, pero, si cada vez hay menos en uno de los platos de la balanza y más en el otro, alguien puede tener la tentación de reequilibrarla, por las buenas o por las malas, y estas cosas se sabe como empiezan, pero no como terminan.
 
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sábado, 13 de octubre de 2012

OTRA VEZ EL FÚTBOL (COMO METÁFORA)

 
 
Una vez más, el fútbol, mejor dicho, el mundo del fútbol se ha convertido en una metáfora de la vida, una metáfora que, en apenas tres días, nos ha ofrecido la oportunidad de entender a las mil maravillas qué es la especulación y cómo acabar con ella. Tan benéfico servicio para la sociedad lo ha prestado, muy a su pesar, la empresa alemana Sportfive, mayorista de derechos televisivos de acontecimientos deportivos, especializada en comprar "al peso" los derechos de determinados acontecimientos deportivos y revenderlos con una importante plusvalía a las cadenas de televisión de los países implicados.
Está claro que tales prácticas han resultado ser hasta ahora, no sólo un negocio, sino un negocio muy lucrativo. En tiempos de bonanza la fiebre por adquirir los derechos televisivos de acontecimientos deportivos, especialmente los del fútbol, llevando a subastas delirantes que sólo han llevado a un encarecimiento desorbitado de los precios de esos derechos, sino que han llevado a muchas empresas prestigiosas y solventes a crisis lamentables, cuando no a la misma ruina, por entrar en tan lamentable juego.
La codicia de Sportfive o la necesidad de rentabilizar su apuesta -lamentablemente, en los últimos tiempos, la actividad económica se reduce a poco más que un juego de azar en el que los escrúpulos son un estorbo- llevó a la empresa de origen alemán y, por tanto, muy probablemente financiada en condiciones óptimas a costa de los altos intereses que pagan los PIGS por financiar su deuda, a tan triste espectáculo como el miserable regateo en el que el precio de los derechos pasó de ofertarse por tres millones de euros a venderse, sin éxito, por apenas ochocientos mil.
No sé si la crisis, un rapto de cordura por parte de los directivos de las televisiones españolas o las dos cosas a la vez, pero lo cierto es que Sportfive se ha quedado con sus derechos sin vender y los aficionados españoles sin ver a su selección jugar un partido casi de trámite frente a la "peligrosa" selección de Bielorrusia.
Y menos mal, que no se entró en el juego perverso y mafioso de Sportfive, que a última hora intentó salvar los muebles trasladando su chantaje a las radios, a las que exigió el pago "bajo cuerda" el pago de cantidades no previstas ni negociadas previamente por narrar y comentar el partido desde el estadio. Haberlo hecho, hubiese sido sentar un precedente, de no un trágala probablemente asumido en otras ocasiones, pero que, en medio del desastre económico que vivimos, hubiese sido casi como aceptar un insulto.
Ni las televisiones ni las radios aceptaron el chantaje mafioso y en España supimos del partidos por la radio que por definición tiene mucha más agilidad que la televisión para improvisar salidas a trampa tan rastrera y, como digo, los españoles se quedaron sin partido televisado. La lección está en que no pasó nada. La selección ganó su partido, los aficionados se fueron a la cama contentos como siempre que gana su equipo y con el convencimiento de que se hizo lo correcto. Hoy ha vuelto a amanecer y mañana volverá a hacerlo. Estoy seguro de que rodará alguna cabeza en la alemana Sportfive y de que alguien habrá aprendido la lección.
Lástima que sea tan tarde y que haya sido en algo tan prescindible como el fútbol televisado. Lo malo es que esto que ha quedado al descubierto de manera tan evidente se repite una y otra vez en mercados mucho más trascendentes, como el de las materias primas o los alimentos, en los que el acaparamiento, la especulación, el chantaje y la usura son práctica habitual.
 
Por último y por cierto, qué tiene que decir ante este juego miserable la Federación Española de Fútbol, presunta propietaria de los derechos de la selección. Supongo que algo tendrá que decir, pero, de momento, y como casi siempre, da la callada por respuesta.
 
 
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viernes, 12 de octubre de 2012

FILÓLOGOS Y PRESTIDIGITADORES


 
 

Recuerdo con una media sonrisa la sorpresa que me produjo, en los primeros años de mi trabajo como periodista, conocer la formación académica de los consejeros del primer gobierno vasco que presidió Carlos Garaikoetxea. Y, si lo recuerdo sonriendo, es porque en ese gobierno abundaban los teólogos, supongo que principalmente debido a la idiosincrasia de las gentes de Euskadi y al peso que entonces tenía en la sociedad vasca la Universidad de Deusto.

No sé qué utilidad tuvo para Garaikoetxea y Euskadi la abundancia de teólogos en aquel gobierno. Lo que sí tengo claro es lo conveniente que sería para Mariano Rajoy tener un gabinete lleno de filólogos y prestidigitadores, porque, si algo ha quedado claro en estos primeros diez meses de gobierno es que el principal cometido de los ministros de Rajoy, ese al que han dedicado sus mayores esfuerzos, ha sido el de la búsqueda, incluso a la invención, de palabras que envolviesen en complejos tecnicismos el verdadero significado de lo que ocultan.

¿De cuántas maneras distintas han nombrado lo que todo el mundo conoce por rescate? ¿De cuántas la inflación? ¿Cuántas veces han recorrido de punta a punta el escenario de la crisis, colocándose hoy con Angela Merkel, mañana frente a ella, pero siempre sembrando la incertidumbre que, como todo el mundo sabe, son la sal y la pimienta que estimulan el apetito de los especuladores? ¿Cuántas malas noticias nos han escamoteado delante de los ojos y cuántos pañuelos de seda sin nada detrás se han sacado de la manga para engatusarnos?

La última gran estafa que prepara este gobierno de trileros va tomando forma poco a poco. Todo el mundo sabe que Rajoy utilizó la congelación de las pensiones decidida hace un año por Zapatero como su principal ariete contra Rubalcaba en la campaña electoral. Y todo el mundo sabe que le dio resultado, porque, si hay un colectivo asustadizo y con razón, porque nada puede hacer ya para defender su economía, ese es el de los pensionistas. Le dio resultado, pero, también, se convirtió en una hipoteca cuyo primer plazo vence de aquí a un mes, justo en el momento en el que tenga que decidir si revaloriza las pensiones con arreglo a la subida del IPC, las congela como hizo Zapatero o se saca de la manga algún pañuelo o alguna paloma con la que distraer a quienes conforman uno de los colectivos más sensibles a la hora de votar.

No sé si por torpeza o lanzando un estratégico globo sonda, lo cierto es que, ayer, el secretario de Estado de Economía, Fernando Jiménez Latorre, presentó en sociedad el último truco del imaginativo ex responsable de la polémica Goldman Sachs en Europa, el hoy ministro de Economía Luis de Guindos. Un truco que no es otro que inventarse un nuevo Índice de Precios al Consumo, fosilizado y congelado en el tiempo, descaradamente te ficticio que trataría de ocultar inútilmente la repercusión de la subida del IVA -otra promesa incumplida de Rajoy- en el precio de la cesta de la compra de los españoles, sean catalanes o no, pensionistas, parados, trabajadores con empleo o rentistas.

Está claro que al gobierno le sobran los economistas, los especialistas en derecho o los sociólogos. Le basta con unos cuantos filólogos que encuentren oscuros sinónimos para nombrar los desastres que provocan y unos cuantos prestidigitadores que, cuando menos se espera, saquen un conejo de la chistera.

Eso es lo que necesita el Gobierno. No este país, ni, mucho menos, sus pensionistas a quienes les quieren "tangar" un dos por ciento de la revalorización de sus pensiones con este "IPC a impuestos constantes" que nos quieren colocar. No creo que la sociedad española pueda aguantar mucho más y me acuerdo de lo que le decía a un amigo geriatra uno de sus pacientes que, por cierto, había vivido mucho en el extranjero: "Los españoles tienen mucho aguante. Tardan mucho en cabrearse, pero, cuando se cabrean, se cabrean mucho". En esas estamos.

 
 

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jueves, 11 de octubre de 2012

WERTGONZOSO


La verdad, no sé de qué nos asombramos. No sé qué es lo que nos extraña de la actitud del ministro de Educación y Cultura. Mo sé por qué alucinamos en colores cuando comprobamos el desprecio con que trata, por ejemplo, la escuela pública. El como buen pilarista que fue sabe que el mundo se divide entre quienes apellidos y patrimonio y quienes no son más que ese triste quiero y no puedo de quienes, en lugar de defender y mejorar la escuela y los institutos del barrio, hacen juegos malabares para llegar a final de mes después de haber pagado el carísimo colegio de élite al que mandan a sus hijos para convertirles el resto de su vida en desclasados condenados de piedra a las fiestas de los ricos y poderosos.

Conozco algún caso de gente humilde de mi barrio, con un oficio humilde, que se esforzaron en echar el resto en la educación de sus hijas, llevándolas a un elitista colegio bilingüe, compartiendo aulas y patios con compañeras a las que jamás pudieron invitar a un cumpleaños en la humilde casa a la que, como cenicientas de uniforme, tenían que volver todos los días, como invitadas incómodas un mundo que no es ni será el suyo.

Todo esto viene a cuento de la última bengala lanzada por el ministro Wert, acostumbrado a prender fuegos donde no los hay con el único fin de desviar la atención de lo verdaderamente importante que, aquí y ahora, no es otra cosa que el enorme deterioro que se ha producido en la enseñanza pública. Un deterioro orquestado por este ministro y los consejeros territoriales del ramo que no persigue otra cosa que la expulsión del paraíso de la enseñanza universal, obligatoria y gratuita a quienes pueden hacerles sombra en el control político y económico de este país.

El fogonazo de ayer no tenía otra finalidad, conseguida de pleno, que la de hacernos hablar de su presunta torpeza antes que del desastre hacia el que lleva todo lo que depende de su departamento.

Si hablamos de os pobres niños catalanes "condenados" a no sentirse orgullosos de ser españoles, no lo hacemos de los niños amontonados en clases abarrotadas en las que, por no tener, no tienen un pupitre en el que sentarse, porque no cabe en el aula, ni existe la posibilidad de repartirlos en dos aulas, porque el profesor que tendría que hacerse cargo de ella fue despedido hace meses.

Si hablamos de la españolización de los alumnos de las escuelas en Cataluña, no hablamos de esos casi dos millones de niños españoles que, hasta ahora, hacían su única comida, si no decente, sí ordenada dentro de la escuela, de la que ahora se les ha excluido.

Si hablamos de este conflicto inventado, algo que se ha podido comprobar una y otra vez, en los tribunales, no hablamos de los privilegios que se siguen financiando a los colegios sectarios, elitistas y confesionales, como ese al que fue el ministro, mientras miles de profesores, los que marcaban la diferencia de la calidad en la enseñanza pública, son enviados al paro con el tenebroso horizonte de ser repescados por mucho menos dinero por esos colegios que se llevan el dinero que debería haber ido a los centros públicos donde ejercían.

Pero, más allá de todo eso, lo que no deja de ser preocupante es el verbo empleado por el ministro Wert y que no es otro que "españolizar". Un verbo que suena a evangelizar, adoctrinar, deformar y uniformar. Parece que, en un territorio caracterizado por el gran prestigio de sus pedagogos, quiera volver a aquellos tiempos en que a los niños se les quitaba la fea costumbre de hablar su lengua, el catalán, a hostias.

Esa es la diferencia entre una educación en libertad, de valores y solvente como la Educación para la Ciudadanía y la franquista Formación del Espíritu Nacional a la que nos quiere devolver Wert, que nos querría con el babi a rayas, el brazo en alto y la cara al sol.

Ayer tarde, mi amigo Isaías Lafuente lo explicaba certeramente en twitter "No me gusta que se españolice a los niños catalanes, como no me gustaría que se españolice al mío que es madrileño".

Pues eso.

 
 

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miércoles, 10 de octubre de 2012

DE MAL EN PEOR

 
Recuerdo ahora con asombro el malestar que produjo la publicación en The New York Times de las fotos de Samuel Aranda sobre la pobreza y el hambre en España. No sé si la reacción tenía que ver con ese tonto y pernicioso patriotismo que lleva a cerrar los ojos a lo que se tiene cerca cuando no es de nuestro agrado. Hoy, apenas dos semanas después, Cruz Roja Española que, por primera vez en su historia, va a dedicar íntegramente la recaudación de la fiesta de la banderita a paliar la pobreza en nuestro país, y Unicef que nos advierte del riesgo de desnutrición para uno de cuatro niños que viven a causa de la desaparición de las ayudas para comedor en la escuela, nos colocan en esa realidad que algunos no quieren ver.
Lo más duro, lo difícil de asumir, no es la existencia de comedores sociales o que cada vez sea más frecuente toparse con gente que busca comida en los contenedores de basura. Lo terrible es que quienes hacen cola en los comedores ya no son sólo extranjeros o quienes revuelven las basuras no son únicamente pordioseros o pobres demenciados. Lo terrible es que se parecen cada vez más a nosotros.
Ayer mismo decía Felipe González, con esa dura franqueza que le caracteriza, decía en la Sexta que la crisis y, sobre todo, las medidas que se están aplicando para salir de ella están acabando con las clases medias que son, y tiene toda la razón al decirlo, las que sostienen la democracia. Y es que está claro, añado yo, que es más difícil que un camello pase por el ojo de una aguja que conseguir que un rico se preocupe por sus semejantes, salvo que obtenga una desgravación o un negocio a cambio.
Ayer y esta misma mañana -las malas noticias ya nos las dan en dosis homeopáticas- nos han dado muy malas noticias sobre el futuro de nuestra economía. Nos han dicho desde el Fondo Monetario Internacional, por ejemplo, que el año que viene no comenzaremos a recuperarnos, sino que nos hundiremos aún más en la recesión y nos han pintado un panorama en el que el paro crecerá aún más y la prima de riesgo que ya no se llama José Luis Rodríguez Zapatero, como decían a los cuatro vientos la vicepresidenta Sáenz de Santamaría y alguno de los hoy ministros cuando andaba por los 350 puntos, puede llegar a los 750 y hacer insostenible la propia existencia del Estado.
Vamos de mal en peor y vamos así porque se empeñan en mirar únicamente las cifras, indicadores les llaman, en lugar de asomarse a la economía real. Se empeñan en poner los ojos en la maldita prima de riesgo y no en el paro y la miseria que se extienden como una mancha de aceite por toda la sociedad española. Nos dicen que el aumento del número de parados es consecuencia de ese aumento de la prima y no es así o, cuando menos, no tiene por qué ser así. Si crece el déficit, si aumenta la deuda no es por ningún sortilegio, ni por una herencia que ya está más que manida, si crece es porque no hay ingresos y si no hay ingresos es porque los ciudadanos no tienen trabajo o lo tienen tan precario y tan mal pagado que quedan exentos de pagar impuestos y sin impuestos, por más que lo lleve el PP en su programa, no hay estado que se financie.
Hay que invertir los términos de la ecuación hay que crear puestos de trabajo y lo demás, como dicen los evangelios, se nos dará por añadidura. Si no cambiamos, si seguimos aplicando la tenebrosa senda del vampiro, iremos de mal en peor.
 
 
 
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martes, 9 de octubre de 2012

EXORCIZAR LA PUERTA DEL SOL

 
Desde que el 14 de abril de 1931 se se proclamase entre el entusiasmo popular la II República, desde el balcón de la Real Casa del Correo, sede hoy de la Comunidad de Madrid y del Ministerio de la Gobernación entonces, la Puerta del Sol, que no es tal puerta sino plaza, se convirtió en un espacio cargado de simbolismo que, sucesivamente, unos y otros han tratado de desactivar.
Tras la guerra y durante la dictadura franquista el elegante edificio de mediados del XVIII se convirtió con sus patios, sus entonces siniestros pasillos y sus sótanos convertidos en celdas, en la sede de la Dirección General de Seguridad, por la que pasaron tantos y tantos españoles reos del delito de querer la España en libertad que la dictadura les negaba.
Con la llegada de la democracia, la creación de las autonomías y el triunfo socialista en aquellas primeras elecciones autonómicas en Madrid, el presidente electo, Joaquín Leguina, quiso exorcizar aquel, por entonces, siniestro edificio, convirtiéndolo en la sede del gobierno de la Comunidad de Madrid.
Pero la Puerta del Sol, en la que se encuentra, frente a la entrada de la Casa del Correo, la baldosa que se ha dado en considerar el kilómetro cero de las carreteras españolas, es también un territorio de paso, tanto para los visitantes, como para los madrileños que, como yo, lo cruzan cada día. Quizá pensando en ello se emprendió hace unos años la peatonalización de la plaza del Tío Pepe, el oso y el madroño, la Mariblanca, la Mallorquina, las tiendas de abanicos y tantos y tantos comercios llenos de sabor y tradición que han sido devorados hoy por la insaciable voracidad del Corte Inglés, las cadenas comerciales y, ahora, la mayor tienda Apple de Madrid. Una casi peatonalización que acabó por convertirla en lugar de encuentro y territorio de mítines y concentraciones y punto y final de manifestaciones. Especialmente aquella del 15-M que acabó convirtiéndose por torpeza policial en una imparable acampada que estuvo meses y meses, para sorpresa de los medios de comunicación de aquí, abriendo los telediarios de medio mundo.
La Puerta del Sol es también, con las campanadas del reloj de la torre de la Casa del Correo y pese a experimentos fracasados, el lugar desde el que comienzan los años en España. La plaza es la enorme explanada a la que acuden los madrileños cuando tienen algo que celebrar y reclamar y somos muchos los que queremos que siga siendo así. Sin embargo el maquiavelismo rencoroso y vengador de los señores del PP no están dispuestos a que siga siendo así.
Quizá, y sin quizá, por eso no se les ha ocurrido otra cosa que plantar árboles en Sol e invadir el centro de la plaza con un kiosco rodeado de terrazas que convertirán un espacio libre en un negocio accesible sólo para quienes tengan el dinero suficiente para pagarse una consumición. El ayuntamiento dará así no sólo un negocio para cualquier amiguete, por qué no el ultra Arturo Fernández, sino que también proporciona a la Delegación del Gobierno una excusa para prohibir concentraciones y manifestaciones allí.
Está claro que en el Ayuntamiento y en la Comunidad, el el PP, se tiene mucho miedo a la gente. Nadie como ellos para saber el dolor que están causando a tantas y tantas familias. Nadie como ellos que, desde aquel 15-M tienen la Real Casa del Correo rodeada de un foso de vallas azules, con una guardia permanente de antidisturbios que les alejen aún más de la realidad.
El PP ha anatemizado la calle que día a día se llena de más y más descontentos, despojados de lo que es suyo -trabajo, vivienda, sanidad y enseñanza- y ofendidos por las constantes mentiras de quienes siguen mirando para otro lado, mientras meten la mano en lo que es de todos. Ahora quiere exorcizar los pocos espacios de libertad que toda esa gente construye contra ellos.
 
 
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lunes, 8 de octubre de 2012

DEMOCRACIA ¿A DÓNDE VAS?

 
Andan preocupados los partidos que concurren a las próximas elecciones por el drástico descenso de intención de voto en las encuestas. Una preocupación que debería ser mayor y menos egoísta si son capaces de entender que el problema no va a ser cuántos votos habrán perdido cada uno de ellos en las urnas, sino cuántos votos van a perder las urnas.
Día a día, sondeo a sondeo, queda claro que los ciudadanos han dejado de confiar en los partidos que, hasta hace apenas unos meses, polarizaban a la gran mayoría del electorado. Porque si en las últimas generales el PSOE, a consecuencia de la gestión de la crisis, se vio abandonado por muchos de sus votantes, esos que marcan la diferencia y otorgan o niegan las mayorías, en las próximas, al PP le va a ocurrir otro tanto y quizá más estrepitosamente.
Habrá que ver si ese desapego de los votantes al PP y al PSOE, que no parece levantar cabeza, se va a traducir en un apoyo a otras fuerzas políticas, marginadas hasta ahora por los votantes y por la injusta ley D'Hont, instaurada para estabilizar la entonces joven democracia española y responsable de ese bipartidismo que, a la postre, ha llevado a la fosilización del sistema.
Esa fosilización, ese bipartidismo casi obsceno, ha servido mientras los tiempos han sido de bonanza, pero, ahora, cuando ya no queda harina que repartir, autovías, hospitales o nuevas líneas de AVE que inaugurar, todo es mohína y desapego hacia esos gobiernos y, también, esos representantes que tan poco parecen haberse interesado por sus votantes.
Los ciudadanos tienen derecho a la desconfianza, porque ninguno de los gobiernos, autonómicos o de la nación, les avisaron, mucho menos, les protegieron de la crisis que se les venía encima. Ninguno de esos gobiernos hizo lo más mínimo para cambiar las reglas e impedir que los obscenos beneficios de algunos durante la bonanza económica fuesen a parar a la sociedad, perdiéndose en inversiones meramente especulativas y, quién lo sabe, probablemente se han convertido en munición contra la deuda que ahora nos asfixia.
Los ciudadanos ven que la mayoría de las leyes perjudican al más débil -no hay más que reparar en los desahucios cada vez más cotidianos y cada vez menos selectivos- y que nadie hace nada para remediarlo. Quizá por ello, en el mejor de los casos, los ciudadanos van a dar su voto a formaciones que, como Izquierda Unida o UPyD tienen como bandera el estar apañas contaminadas por el poder. Está claro que u buen susto a los autores del desastre sería bueno, pero ¿sería la solución? Me temo que no y creo que haría falta algo más. Sería necesaria una nueva fuerza capaz de articular con garantías todo el descontento y todas las buenas iniciativas, que las hay y muchas, de los movimientos ciudadanos del 15-M y 25-S. Yo, desde luego, si se dan esas garantías, estaría dispuesto a darles mi voto.
Sería bueno que esas voces entrasen en el Parlamento y lo hiciesen con posibilidades de comenzar a cambiar las reglas del juego. Sin embargo, la experiencia me dice que en ríos revueltos como éste son los marios conde y similares quienes echan sus redes al río y acaban llenando su cesto. Espero, por nuestro bien, equivocarme, pero no estoy seguro. Lo cierto es que la democracia se tambalea y está en trance de caer por tierra o tomar impulso y avanzar. Ojalá sea esto último lo que ocurra, aunque cada vez tengo menos esperanzas.
 
 
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