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miércoles, 9 de octubre de 2013

DESPRECIAR LO QUE S EIGNORA

 
 

Dicen, y creo que con razón, que nada hay más estúpido que despreciar lo que se ignora. Por eso, creo que es mucho lo que Cristóbal Montoro ignora, porque es mucho lo que ignora o, si queréis debate, podemos dejarlo en que es mucho lo que desprecia porque es mucho lo que ignora. Y lo traigo aquí, porque yo fui ayer uno de los soliviantados al escucharle decir que la caída del número de espectadores en las salas cinematográficas tiene más que ver con la calidad de las películas que se ruedan en España que con la salvaje subida del IVA a que su ministerio ha sometido a los espectáculos.

Ignora el ministro de las cuentas o pretende hacernos creer que lo ignora que la caída del taquillaje ha caído tanto para el cine español como para el que nos viene de otros países, especialmente el de la poderosa industria norteamericana. Y si es así es porque el trabajo es poco y los salarios se han visto recortados, especialmente para los jóvenes hasta niveles ridículos que los hacen incompatibles ver una o dos películas a la semana como era habitual hasta hace poco. Ignora o quiere hacernos creer que ignora que son muchas, y serán muchas más, las salas de cine que se cierran en España. Muchas en Madrid y Barcelona, pero, aún más preocupante, en otras ciudades que, lo que ni siquiera ocurrió en la dictadura, van a quedarse sin cine. Y que no me venga en ministro con que se puede ver cine en televisión, Internet o en DVD, porque todos sabemos que el cine tiene algo de religión y las salas de protección de templo al que acudimos quienes queremos olvidar por dos horas el país en que vivimos y los ministros que nos gobiernan.

Ignora también o, porque le conviene, quiere hacernos creer que ignora que del cine español, mejor dicho, de su trabajo para el cine español, viven, no sólo los Bardem o Alberto San Juan, a los que tanto odia y me temo que el cariño es mutuo. También viven el resto de actores, los directores, los guionistas, todo el equipo técnico y artístico necesario para rodar una película, el personal de la productora, el de las distribuidoras, quienes hacen la crítica de cada película, los propietarios de las  salas, los acomodadores, quien vende las palomitas y los refrescos, quienes imprimen los carteles y, cómo no, quienes limpian y adecentan las salas después de cada jornada. Y es que, detrás de dónde Montoro ve la cara de un rojo, hay decenas de familias que comen de que el público pueda ver su trabajo.

Además, si fuese sólo un poco más hábil, el ministro que administra nuestros dineros debería caer en la cuenta de que no sólo los rojos viven y comen del cine, como tampoco son sólo rojos, más bien al contrario los médicos que no quieren trabajar para las multinacionales de la Sanidad. Pero no debe serlo. Quisiera equivocarme, pero no me imagino a don Cristóbal Montoro leyendo nada que resulte medianamente interesante. Más bien le veo haciendo cola en cualquier Burger King o pizzería rápida, soñando con las aceitunas, negras y sevillanas, que adornarán su plato. O, por qué no, contemplando extasiado la cadena de envasado de esas mismas aceitunas, sin poder quitar la vista, y sin entenderlo muy bien muy bien, de la máquina que las deshuesa. Pero quiere entenderlo, porque también a él le ha llegado eso de que "nada hay más estúpido que despreciar lo que se ignora" y eso sí quiere entenderlo, porque parece ser lo único que le gusta de la industria española.
 
 

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viernes, 12 de octubre de 2012

FILÓLOGOS Y PRESTIDIGITADORES


 
 

Recuerdo con una media sonrisa la sorpresa que me produjo, en los primeros años de mi trabajo como periodista, conocer la formación académica de los consejeros del primer gobierno vasco que presidió Carlos Garaikoetxea. Y, si lo recuerdo sonriendo, es porque en ese gobierno abundaban los teólogos, supongo que principalmente debido a la idiosincrasia de las gentes de Euskadi y al peso que entonces tenía en la sociedad vasca la Universidad de Deusto.

No sé qué utilidad tuvo para Garaikoetxea y Euskadi la abundancia de teólogos en aquel gobierno. Lo que sí tengo claro es lo conveniente que sería para Mariano Rajoy tener un gabinete lleno de filólogos y prestidigitadores, porque, si algo ha quedado claro en estos primeros diez meses de gobierno es que el principal cometido de los ministros de Rajoy, ese al que han dedicado sus mayores esfuerzos, ha sido el de la búsqueda, incluso a la invención, de palabras que envolviesen en complejos tecnicismos el verdadero significado de lo que ocultan.

¿De cuántas maneras distintas han nombrado lo que todo el mundo conoce por rescate? ¿De cuántas la inflación? ¿Cuántas veces han recorrido de punta a punta el escenario de la crisis, colocándose hoy con Angela Merkel, mañana frente a ella, pero siempre sembrando la incertidumbre que, como todo el mundo sabe, son la sal y la pimienta que estimulan el apetito de los especuladores? ¿Cuántas malas noticias nos han escamoteado delante de los ojos y cuántos pañuelos de seda sin nada detrás se han sacado de la manga para engatusarnos?

La última gran estafa que prepara este gobierno de trileros va tomando forma poco a poco. Todo el mundo sabe que Rajoy utilizó la congelación de las pensiones decidida hace un año por Zapatero como su principal ariete contra Rubalcaba en la campaña electoral. Y todo el mundo sabe que le dio resultado, porque, si hay un colectivo asustadizo y con razón, porque nada puede hacer ya para defender su economía, ese es el de los pensionistas. Le dio resultado, pero, también, se convirtió en una hipoteca cuyo primer plazo vence de aquí a un mes, justo en el momento en el que tenga que decidir si revaloriza las pensiones con arreglo a la subida del IPC, las congela como hizo Zapatero o se saca de la manga algún pañuelo o alguna paloma con la que distraer a quienes conforman uno de los colectivos más sensibles a la hora de votar.

No sé si por torpeza o lanzando un estratégico globo sonda, lo cierto es que, ayer, el secretario de Estado de Economía, Fernando Jiménez Latorre, presentó en sociedad el último truco del imaginativo ex responsable de la polémica Goldman Sachs en Europa, el hoy ministro de Economía Luis de Guindos. Un truco que no es otro que inventarse un nuevo Índice de Precios al Consumo, fosilizado y congelado en el tiempo, descaradamente te ficticio que trataría de ocultar inútilmente la repercusión de la subida del IVA -otra promesa incumplida de Rajoy- en el precio de la cesta de la compra de los españoles, sean catalanes o no, pensionistas, parados, trabajadores con empleo o rentistas.

Está claro que al gobierno le sobran los economistas, los especialistas en derecho o los sociólogos. Le basta con unos cuantos filólogos que encuentren oscuros sinónimos para nombrar los desastres que provocan y unos cuantos prestidigitadores que, cuando menos se espera, saquen un conejo de la chistera.

Eso es lo que necesita el Gobierno. No este país, ni, mucho menos, sus pensionistas a quienes les quieren "tangar" un dos por ciento de la revalorización de sus pensiones con este "IPC a impuestos constantes" que nos quieren colocar. No creo que la sociedad española pueda aguantar mucho más y me acuerdo de lo que le decía a un amigo geriatra uno de sus pacientes que, por cierto, había vivido mucho en el extranjero: "Los españoles tienen mucho aguante. Tardan mucho en cabrearse, pero, cuando se cabrean, se cabrean mucho". En esas estamos.

 
 

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sábado, 1 de septiembre de 2012

LO QUE SE HA LLEVADO AGOSTO

 
Para algunos, los que ya han regresado o están a punto de hacerlo de su lugar de vacaciones, agosto se ha llevado ese sensación de estar en un limbo balsámico en el que curan o al menos se atenúa el dolor de las heridas del día a día, las preocupaciones y los miedos que atenazan incluso a los que tienen un puesto trabajo.
Con ser dura ese regreso, nada tiene que ver con lo que está viviendo quien no tiene trabajo y está agotando las prestaciones que le corresponden, porque para eso se financian con su salario y el de quienes tiene la fortuna de ejercer su derecho al trabajo. Gente que ha pasado el mes paseando su ciudad como un autómata, convertida en parte del paisaje de parques y plazas o encerrada en su casa, contando los días que quedan para cobrar "el paro" y hacer frente con esa paga a los recibos que, a pesar de las privaciones y de los recortes en gastos, se empeñan en devorar toda o casi toda la paga.
Peor lo tienen quienes tienen que conformarse con ese susidios de 400 eraros, eso sí, después de superar la "pista americana" de las condiciones, algunas verdaderamente crueles, impuestas por el Gobierno. Para ellos, si tienen niños, comienza el calvario de mendigar, porque no es otra cosa, a la familia y a los amigos ese puñado de euros que les permita llevarlos al colegio con una cierta, quizá mínima, dignidad.
Pero qué es lo que pierden quienes, además de toso lo anterior, se encuentran en un país que no es el suyo, pero a cuya riqueza pasada contribuyeron, y en peores condiciones, con su trabajo de sol a sol, con sus impuestos con sus cotizaciones a la Seguridad Social, que también pagaban, pero que lo han perdido todo: el trabajo, la casa, el médico, el colegio al que sus niños no pueden llevar ni siquiera el "taper".
Y qué han perdido los que acaban de cruzar el mar en una peligrosa travesía a la búsqueda de un mundo mejor que el que dejan atrás hecho de miedo, hambre y miseria. Ellos, aún no lo saben, deben ir perdiendo la esperanza de emprender una vida mejor en éste.
No hay que fijarse mucho para ver los escalones que nos separan y nos clasifican. Escalones que, de alguna manera, podían salvarse con un poco de suerte, esfuerzo y tesón. Pero este septiembre que hoy comienza se ha llevado por delante esa débil soga de la solidaridad de nación, esa que no es caridad, amor fraterno, ni siquiera entrega, sino que es la expresión de un derecho ciudadano, el que tenemos quienes podemos pagar impuestos a que, con ellos, se ayude a quienes ni siquiera eso pueden.
Este Gobierno de desalmados que rezan y patriotas con el corazón en la cartera está rompiendo uno a uno los cabos de esa cuerda por la que un día treparon nuestros padres cuando dejaron sus pueblos para intentar una nueva vida, que nadie les regaló, en la ciudad. Están cortando ese cabo que permite sanar a quien enferma en el camino, para reemprender después la marcha. Están deshaciendo otro cabo, quizá el primordial, el de la educación, que une directamente el suelo con la cima, permitiendo que ese hijo del inmigrante humilde pueda llegar a ser lo que quiera y merezca.
Todo eso, con la subida del IVA que ha agrandado todos los escalones, pero especialmente el primero. Se está perdiendo, como también se perderá el derecho de muchos padres que no pueden dársela ellos mismos, a que sus hijos reciban al menso una comida equilibrada al día. Se pierde también la bendita seguridad que da saber que una enfermedad no se va a comer los ahorros y el futuro de tu familia.
Todo eso se lo ha llevado agosto. El septiembre que comienza va a ser el más duro que podamos imaginar y la calle va a reventar. El Gobierno, que no ignora que la injusticia es mucha y que la gente está perdiendo la paciencia, llenará las calles de policías de azul, amenazados ellos mismos, para evitar que la gente se junte, se mire, se cuente y se pregunte qué es lo que hacen esos tipos sentados en sus despachos ahí arriba.
 
 
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domingo, 29 de abril de 2012

LA DERRAMA DE MONTORO


Quien vive en una comunidad de vecinos seguro que alguna vez ha tenido que enfrentarse a la quiebra de la caja común o, cuando menos, a la necesidad de inyectar dinero para hacer frente a los pagos habituales y, muchas veces, a necesarias reformas. Pues bien, ese microcosmos que, al fin y al cabo, es una comunidad de vecinos sirve para explicar de alguna manera el universo económico de un país.
En todo país, especialmente en España, hay "vecinos" al corriente de pago y otros, los morosos, que no lo están. Pero también hay, especialmente en los edificios grandes y antiguos, vecinos de muchas categorías. Los hay que viven en lo que se ha llamado siempre "el principal", el más cómodo cuando no había tanto tráfico y tampoco ascensores. Están luego quienes viven en las plantas, digamos, más normales, y quienes viven en buhardillas y apartamentos resultantes de la división especulativa de viviendas más grandes. Pero también hay quienes, a nivel de calle o en cualquiera de los pisos, tienen negocios y despachos abiertos al público.
No sería justo, y no lo es, que todos esos vecinos pagasen una mensualidad para los gastos de la comunidad igual o parecida, porque no todos disfrutan de los mismos metros cuadrados ni todos sacan beneficio de su propiedad. Por eso, se suele equilibrar ese recibo a pagar, adecuándolo a esas circunstancias. Pero no siempre es así y eso es lo que está pasando en nuestro país.
Hay quien pretende que las buhardillas que, en ese edificio imaginario que podría ser España, ocupan jubilados, pensionistas, parados y enfermos se queden sin el ascensor del Estado de Bienestar que les permite bajar a la calle de la vida y subir hasta el penoso fin de mes. Pero, claro, a los del principal, a los del bufete de abogados, los comercios de lujo que dan a la calle y al dentista del Primero B no les apetece nada pagar ese ascensor que no necesitan. Los vecinos más "pudientes" son partidarios de no gastar un céntimo gastar en cosas que ellos consideran innecesarias. Eso, si no amenazan con cerrar el piso y marcharse, dejando a la intemperie al resto de vecinos.
Sin embargo llega un momento en el que, hasta para hacer frente a lo imprescindible, es necesario meter más euritos en la caja de la comunidad. Es entonces cuando aparece la temida derrama. Ese gasto extra con el que hacer frente a las deudas y los costurones que hay que hacerle al edificio. En el caso de nuestro ejemplo, España, la derrama va a ser el incremento del IVA, pero al encargado de anunciarla, que había jurado una y otra vez que nunca haría una, le dio miedo la palabra y decidió inventarse una: la "componderación" que, por mi parte, colocará junto a su "Alamín".
De lo que no habla, ni en verso ni en prosa, es de meterle mano al patrimonio de los del principal, ni de cobrarles el recibo a los sumergidos del sótano, ni, mucho menos, de hacer que paguen más quienes se están llevado una pasta por los boyantes despachos y negocios que tienen en el edificio.


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sábado, 28 de abril de 2012

TONTOS ÚTILES



Como tontos útiles. Supongo que es así como se habrán sentido los miembros de las Asociaciones de Víctimas del Terrorismo que tanto pareció antes defender el PP, al comprobar, después de su entrevista con el ministro del Interior, que sólo fueron uno más de los arietes, quizá el más desgastado, que utilizó el PP en su acoso al gobierno de Zapatero.
Vaya de antemano mi solidaridad con su dolor y mi comprensión para con si ira, aunque nunca podrán contar con mi apoyo en su pretensión de dar su visto bueno a cualquier camino que se emprenda para encontrar una solución que permita poner fin de una manera digna que no resulte inaceptable para la otra parte, ahora que ETA ha dado un paso tan importante para la paz, como parar su actividad terrorista sin condiciones previas.
No quiero decir con esto que me pongo del lado de las víctimas y en contra del Gobierno, no. Más bien al contrario, creo que cualquier paso que dé Interior en este sentido, si es que éste lo ha sido, no sólo será positivo, sino que quizá llegue tarde. Y es que lo anunciado por Fernández Díaz en Luxemburgo -otra vez un cambio en la política del PP se hace fuera de nuestras fronteras- no es exactamente una novedad, salvo en lo relativo a la petición de perdón, sino más bien un intento de desviar el debate de lo que realmente preocupa de fronteras para adentro que es la situación económica.
Porque en ese aspecto sí que ha habido tontos útiles. Exactamente todos aquellos que dieron su voto al PP creyendo que, con sólo darle el gobierno a Rajoy, el panorama económico se iba a volver como un calcetín, todos quienes creyeron que, con los populares al frente del país iban a bajar el paro y el déficit sin tocar los impuestos, la sanidad, la enseñanza, las pensiones o el sueldo de los funcionarios.
Ya hemos visto de lo que han sido capaces en sólo cuatro meses. No sólo ha crecido el número de parados, sino que éste se ceba especialmente en los jóvenes, y eso después de una reforma laboral que, a la espera de lo que diga el Tribunal Constitucional, ha devuelto los derechos de los trabajadores a los tiempos del franquismo, si no mucho más atrás. Y es que los principales agentes de la destrucción de empleo han sido, con sus impagos, la paralización de inversiones y el despido de trabajadores interinos, las propias administraciones.
También han sido tontos útiles los que creyeron a Rajoy cuando aseguraba en campaña que no subiría los impuestos, algo que repetidas veces, antes y después de llegar a la Moncloa y que en más de una ocasión calificó de barbaridad y ocurrencia. Qué dirán el año que viene, cuando, si no lo hace antes, Rajoy les suba el IVA. Y qué decir de los pensionistas que han visto como, primero vía IRPF y ahora con el medicamentazo, a la espera de la subida del IVA, ven caer día tras día el poder adquisitivo de su paga.
También los miles de jóvenes que, no sólo ven que sus empleos no llegan, sino que ven cómo están siendo expulsados de la Sanidad Pública y de la Universidad, mientras los que, tan afortunados como frustrados, se ven empujados a la emigración como lo fueron los españoles de dos generaciones atrás. A cambio, el Gobierno que se ve incapaz de engañarles por más tiempo, opta por la ley y el orden, pretendiendo para la calle el silencio del pánico a la Policía y echando d menos para las redes sociales el descaro de la censura de China y el resto de dictaduras, árabes o no.
Por lo visto, los únicos beneficiados han sido le iglesia, con sus obispos, orondos y despegados del país real, los ricos de toda la vida, que seguirán viendo intacto su patrimonio, y los de ahora mismo que, con negocios oscuros, cuando no directamente de la corrupción y otras formas de delincuencia, han obtenido el premio gordo de la amnistía fiscal.
Demasiados tontos útiles, para que lo sigan siendo por mucho tiempo. Es tal el memorial de agravios y mentiras que, si figurasen en un contrato, con una firma al pie, o si, como los folletos publicitarios, obligasen, salvo error de impresión, Rajoy y todos sus cariacontecidos ministros tendrían un serio problema legal que podría dar con sus huesos en la cárcel, porque, hay que decirlo ya, han estafado a todos aquellos tontos útiles que les dieron su voto para abrir el camino de salida a la crisis.

Hasta el Financial Times y alguna agencia de calificación son capaces de ver lo que no ve o no quiere ver el Gobierno: que, así, vamos camino de graves problemas de inestabilidad social. Y, si no, al tiempo.


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