martes, 30 de abril de 2019

EL HOMBRE PEQUEÑITO



Decía esta mañana en mi saludo que, seguro, ni Alfonsina Storni, que tuvo la suerte de no saber de su existencia, o Imanol Larzabal, que sí lo padeció pensaron en José María Aznar a la hora de escribir o cantar ese tan duro como hermoso poema de la argentina. Seguro que no, pero sí, Aznar se comporta como un hombre pequeñito y altivo, incapaz de empatizar con ese pájaro que, desde la jaula, le pide libertad ni con los millones españoles que desprecia y que viven en esa España que tanto dice amar.
Aznar es pequeñito, malencarado, soberbio y faltón. No soporta que alguien le diga lo que tiene que hacer, no admite consejos de nadie, en todo las órdenes de sus amos mediáticos norteamericanos, porque él, tan español y tan orgulloso, repite, como un loro bien entrenado, todas las consignas que sus amigos neoconservadores, con Murdoch a la cabeza le imponen, a cambio, eso sí, de una vida muelle, de conferencia en conferencia, todas ellas de un interés perfectamente descriptible, para, de vez en cuando, cuando más inoportuno resulta, convertirse en el oráculo siniestro de una derecha que quizá soñó, vestido con camisa azul, en los pasillos del Colegio del Pilar, del barrio de Salamanca, el mismo en el que dejó su voto su pupilo Pablo Casado, horas antes de comprobar el hundimiento de su partido, ese PP al que han desnudado en campaña y que tan poco a gustado a sus votantes.
Sin embargo, a uno y otro parece darles igual el desastre. La soberbia, compartida en los tiempos en que un joven Pablo Casado fue jefe de gabinete del expresidente, todo se pega menos la belleza, les lleva a buscar las responsabilidades del desastre que ha hecho perder al PP más de la mitad de sus escaños y tres millones y medio de votos. Uno y otro, ninguno de los dos directamente, han culpado de lo ocurrido a los demás, con mayor o menor cinismo se han descolgado con que el resultado debe atribuirse a la fragmentación de la derecha y, agarraos, a la radicalización del PSOE.
Si se quieren engañar, allá ellos, porque el PSOE ha estado donde solía, aunque con los perfiles de partido de izquierda, no de le extrema izquierda, más marcados. Tampoco en su campaña, ni en su puesta en escena, ni en el lenguaje o los mensajes había la más mínima brizna de radicalización o de agresividad. La radicalización sólo estaba en los ojos con que Pablo Casado, Albert Rivera y Santiago Abascal les miraban y pretendían que les mirásemos los ciudadanos.
Las manos manchadas de sangre, la traición, la felonía, el antipatriotismo o la venta de España sólo estaban en sus ojos, me atrevo a decir enfermos. Los ciudadanos, salvo aquellos que querían verlas, no éramos capaces de encontrar lo que esos líderes respetados, cuando no aplaudidos, por Aznar nos empujaban a ver. Quizá por eso, porque ese mensaje, tan alarmista como inverosímil, no ha sido, no podía ser compartido por la ciudadanía, Casado tiene hoy menos de la mitad de los escaños que tenía en el Congreso y el Senado, la máquina de aplicar el artículo 155, ya o está en sus manos sino en las del PSOE.
Si el PP fuese una empresa, Pablo Casado como director y Aznar como consejero delegado, estarían ya en la cola del paro que es donde van a estar decenas de diputados y senadores y varios centenares de empleados, a los que ya no se les va a poder pagar el sueldo, porque, con la pérdida de escaños, también se pierden las asignaciones públicas a partidos y grupos parlamentarios, más ahora que, una vez desmontadas las tramas corruptas tendidas por aquel PP triunfador que ya no existe han sido, en su mayoría, desmanteladas y los sobres ya no circulan como antes.
En fin, todo un desastre, un desastre que se ha abatidos sobre el Partido Popular, sin que ninguno de sus dirigentes, ensoberbecidos, aparentemente lo viese venir, especialmente ese hombre pequeñito, pagado de sí mismo que aparece y desaparece en nuestras vidas para darnos lecciones, no sé de qué, siempre desde el alarmismo, siempre desde la ignorancia más absoluta de cuál es el país al que se dirige.

lunes, 29 de abril de 2019

CON RIVERA, NO


De los resultados de las elecciones de ayer, de esa casi mayoría para gobernar, de esa victoria de un Pedro Sánchez que no hace tanto tuvo que emprender la travesía del desierto, recorriendo las sedes de su partido, en su coche, con su propia gasolina, para reconquistar, primero el partido, después el gobierno desde fuera del Congreso y, ayer, mantenerse en la Moncloa, con la legitimidad incontestable y reforzada que le dan los ciento veintitrés escaños conseguidos frente a la alianza de los tres partidos de la derecha, apoyados por una gran parte de la prensa y no digamos de la insaciable patronal, que no está dispuesta a que los trabajadores, que siguen existiendo, patronal y trabajadores, encarnando la verdadera lucha que, de nuevo, no es de ideas, sino de clases.
La ventaja de Pedro Sánchez frente a sus mayores, mayores enemigos, en su partido y fuera de él, los González, Guerra, Ibarra, Bono, Paje o Díaz, es que el vencedor de ayer siempre ha sabido cuál es su sitio y con quién quiere caminar. Por eso espero que, ahora que es mucho más fuerte, ahora que casi dobla en número de diputados a sus rivales más inmediatos, sepa resistirse tanto a los cantos de sirena que le impelerían a un gobierno de coalición con Podemos como a las voces autoritarias que, desde su partido y desde el IBEX, le querrían junto al crecido Albert Rivera, en un gobierno economicista que diese rienda suelta a los más bajos instintos del neocapitalismo, para el que los trabajadores sean jóvenes o maduros, hombres o mujeres, son sólo números a colocar en la columna de los gastos, sin derechos ni dignidad, y perfectamente prescindibles, si con ello crece la cuenta de resultados.
Sánchez ha demostrado ser un superviviente nato y lo ha demostrado, no a favor de corriente, como recomiendan que hagamos cuando la resaca nos aleja de la playa, sino nadando hacia la orilla, incluso cuando esa playa nos parece una meta imposible.
Hoy, a estas horas, el vencedor de ayer se enfrenta a todas esas corrientes que en uno y otro sentido "tiran de él" y yo, en mi modesta opinión, creo que debe resistirse y tratar de gobernar en solitario, entre otras cosas, porque el apoyo que un Albert Rivera, todavía en modo campaña, ahora le niega puede convertirse en presión y chantaje cuando al IBEX le convenga.
Lo de Pablo Iglesias es distinto. Está claro que fue su impulso personal, su saber hacer durante los dos debates televisados, reconquistaron para el partido una parte importante del voto fugado por el desencanto de meses pasados a las filas socialistas, pero también está claro que, si ganó en ambos debates, fue porque se presentó en ellos "en modo Errejón", conciliador y transversal, alejado del tono mitinero del que acostumbra "adornarse" en sus intervenciones públicas. Debería ser consciente de ello y mantenerse en esa actitud posibilista y de servicio, lejos del ardor guerrero, de esa euforia, con que abordó hace dos años las negociaciones para formar gobierno, "pidiéndose" varias carteras y tratando de imponer un programa cerrado, bastante tosco, por cierto, a Sánchez.
Bien es verdad que, en aquellas fechas, Podemos tenía muchos diputados y contaba con que, llevando al país al desastre de unas terceras elecciones en apenas un año, subiría su renta en escaños y, por tanto, su capacidad para doblegar a Sánchez, formando un gobierno de izquierdas en la Europa del capitalismo. Por aquel entonces, Europa era el enemigo a batir, Txipras el mártir de la izquierda y el ejemplo portugués, un gobierno progresista sostenido por una amplia coalición, sólo un ejemplo de voluntarismo buenista.
Hoy España y los españoles son distintos. Se han curtido con las mentiras repetidas por las derechas, apoyadas por los medios de comunicación que, a pocas horas de abrirse las urnas, daban por hecho que VOX arrasaría las gradas del Congreso y se burlaban del CIS "de Tezanos que, esta vez, clavó los resultados en su denostada encuesta. Los españoles hemos hecho un curso acelerado de civismo en medio de una terrible tormenta de mentiras y odio, hemos resistido y, si se me permite, hemos dado una nueva lección al mundo, entre otras cosas, porque hemos aprendido de Txipras, de Portugal, de la Italia de Salvini y del Brexit.
Sánchez ha devuelto al PSOE la razón, el orgullo de saberse de izquierdas y la gloria del pasado. Por todo ello, creo que Sánchez debería intentar gobernar en solitario, con apoyos externos que ahora puede administrar, haciendo una política social equilibrada, restaurando tantos derechos conculcados por años de gobierno del PP, luchando contra la desigualdad y devolviéndonos el estado del bienestar secuestrado. Eso es lo que le pedimos sus votantes, eso y que, como le recordaron quienes acudieron a las puertas de la sede socialista de Ferraz, "con Rivera, NO" y, con Pablo Iglesias, según y como.

viernes, 26 de abril de 2019

EL EXAMEN DEL DOMINGO


La otra mañana, al día siguiente del segundo debate, mi padre, de 95 años, me hizo una pregunta un tanto desconcertante, sentados los dos delante del televisor encendido que nos escupía sin parar su carrusel de imágenes en bucle, de ese debate que yo sí había visto y él o no vio o no recordaba haber visto. La pregunta fue, así de sopetón, ésta ¿cuándo es el examen? Naturalmente y tras un instante de sorpresa deduje que se refería a las elecciones del domingo.
A mi padre, como a tantos ancianos, le falla la memoria, no encuentra esas palabras que ha manejado toda la vida y, para salir del paso, las sustituye por otras palabras, más o menos acertadas, más o menos relacionadas, que son las que encuentra en su cansada memoria para hacerse entender. Y no es que no sepa lo que dice, todo lo contrario, razona perfectamente, porque, con los datos que es capaz de retener y con su experiencia, elabora pensamientos tan elevados, tan trascendentes, como éste que, para mi desasosiego me puso delante diciéndome "yo no me he muerto, porque soy orgulloso y, en vez de quedarme en la cama, me levanto todas las mañanas.
Ayer, con la pregunta casi inocente y tan sensata frase dándome vueltas en esta cabeza que también, poco a poco, empieza a esconderme las palabras y los datos, me puse a pensar que quizá mi padre tuviese razón, que lo del domingo, efectivamente, es un examen, pero no de los candidatos, como ellos creen y pretenden hacernos creer, no, porque el examen del domingo no es su examen, es nuestro examen.
Quizá no seamos del todo conscientes de ello, pero este domingo nos jugamos mucho, quizá más que lo que nos hemos jugado nunca en un domingo electoral. Nos jugamos retroceder muchos años en el tiempo, volver a esos tiempos odiosos en los que apenas teníamos derechos y para nosotros, los de a pie, casi todo eran obligaciones y miedo. Nos jugamos la seguridad de que, con sus más y sus menos, va a haber un estado protector detrás de nosotros.
Ese estado que, como he escuchado esta mañana a un oyente de la SER, se haga cargo de los dos años de tratamiento para curar la leucemia que padecía su hermana, sin que la familia haya tenido que arruinarse o hipotecarse para pagar los 400.000 euros que ha costado el tratamiento, porque tenemos una sanidad universal y gratuita para todos, para los que creen en el estado de bienestar y para los egoístas que creen equivocadamente que hay que volver al "sálvese quien pueda", porque, si los demás no tienen los incompletos seguros médicos que tienen ellos, es porque son vagos y torpes o, simplemente, pobres, obviando que, pese a ellos, los españoles, todos, disfrutamos por serlo de una sanidad que está entre las más avanzadas del mundo.
Un estado que permita que mediante la enseñanza obligatoria y gratuita, las becas y con los recursos necesarios esos médicos que han atendido a la hermana del oyente tengan la misma extracción social que la mayoría de sus pacientes y, por tanto, les entiendan y hagan suyos sus problemas, un estado que cuide responsablemente de los ancianos, un estado que no permita que algunos "hagan caja" con la miseria y el dolor de los demás, un estado que busque, para los ciudadanos bajo su protección, lo mejor, no los más barato.
Un estado, en fin, que distribuya la riqueza entre sus ciudadanos, haciendo que quienes más tienen más contribuyan al bienestar de todos, un estado que reparta en servicios, pensiones, ayudas, escuelas y sanidad para todos lo que recauda, un estado en el que los ciudadanos sepan, porque la prensa se lo explique, que por cada euro que le rebajan los impuestos a un trabajador, se le rebajan miles a quienes más tienen, un estado que respete y haga respetar los derechos de niños, ancianos y mujeres, los de todos, no porque quede bien o por caridad, sino porque todos somos iguales y valemos lo mismo, un estado que proteja a quienes deben ser protegidos, un estado, en fin, que no caiga en manos de los que, con discursos retrógrados y machistas, pretenden mandarnos al XIX, porque sus ciudadanos no se han dejado embaucar por la gente de apellidos rimbombantes, beneficiarios de aquella dictadura que nos encerró en el armario de la Historia, ni por sus compañeros de viaje y vote por el futuro de todos.
El domingo, como piensa mi padre, hay un examen convocado en España. Un examen al que nadie debe faltar, un examen que nadie debe entregar en blanco, tampoco contestar al tuntún, a ver si cuela, porque nos va a penalizar los cuatro años que vienen y porque, esta vez sí, nos jugamos la carrera y quién sabe si algo más.

jueves, 25 de abril de 2019

GARRIDOS


Curioso idioma, el nuestro, que es capaz de la polisemia, esa mágica cualidad de algunas palabras por la que, con los mismos grafismos, con los mismos fonemas, pasa a tener distintos significados según el contexto en que se escriba, en que se diga. Una de esas palabras bendecidas con la polisemia es "carrera", que nos sugiere cosas distintas, según digamos, hacer carrera, hacer una carrera o hacer la carrera. Hacer carrera es, con buenas o malas artes, progresar. Hacer una carrera es preparase, generalmente en la universidad, para ejercer una profesión. Por último, cuando decimos u oímos "hacer la carrera, entendemos que lo que se quiere decir es ejercer la prostitución en la calle.
Por qué escribo esto bajo la foto que certifica el "fichaje" de Ángel Garrido por el partido de Albert Rivera, Ciudadanos, el que invirtió años en convencernos de que pretendía la regeneración de la clase política y la incorporación de profesionales de todas las áreas a la misma, aunque, con el tiempo, se ha visto que no hay pollo para tanto arroz y, después de haber servido a unos y a otros como tabla de salvación en momentos difíciles, de agobio por los escándalos en los que fueron pillados los cargos públicos, pretendiendo hacernos ver que lo hacía para abrir las ventanas y limpiar los rincones de los ayuntamientos y las autonomías en que lo ha hecho, nos encontramos con un partido que tiene los mismos o menos escrúpulos que aquellos a los que prometía regenerar, llenando su la cesta de sus listas electorales en las estanterías del "todo a cien" del resentimiento y también la venganza, en las que aguardan, unos con más polvo encima que otros, la oportunidad de volver a la carrera y yo me temo que en cualquiera de esas tres acepciones.
No sé si fue quien inauguró esta forma de transfuguismo, pero Rosa Díez fue, desde luego, la más significada, con su salida del PSOE desde el escaño europeo, abandonando a su partido de siempre, no el sueldo ni las dietas y viajes del escaño, para fundar su propio partido, UPyD, unos pocos y la Díez, decían las malas lenguas, hasta, después de fracasos y discordias, haber quedado en el olvido, aunque en la órbita de Savater y Ciudadanos, ella que lo fue todo o quiso serlo todo en el PSOE. 
Otro caso más reciente y no menos sonado ha sido el de Silvia Clemente, envuelta en fundadas sospechas de corrupción, que, pese a haber presidido las Cortes de Castilla León, se vio apeada de
las listas del PP o creyó que iba a serlo y optó por pesarse con armas y bagajes a un Ciudadanos que, salvo la dirección nacional, no vio con buenos ojos esa incorporación, abriéndose una guerra interna que acabó como acabó en unas primarias en las que se denunció un ciber pucherazo, que ha dejado a Clemente y sus mentores compuestos y sin novia.
Fueron dos modos bien distintos de abandonar el partido que había sido de su vida, dos maneras de irse que ayer, por sorpresa, se vieron superadas en morbo por la del hasta hace diez días presidente de la Comunidad de Madrid y mano derecha de Cristina Cifuentes, Ángel Garrido, que por sorpresa y después de haber aceptado ser candidato por el PP a las europeas, apareció ayer sobre fondo naranja e la sede de Ciudadanos, que se apresuró a anunciar, sacando pecho, su fichaje para las listas de las elecciones a la Comunidad de Madrid, "traicionando" al partido que le había dejado en la estacada después de haberse "comido el marrón" de sustituir a la mentirosa Cifuentes, con un oscuro billete a Bruselas.
Garrido no dijo ni hizo nada que levantase sospechas sobre su fuga al partido secta que denostaba hace sólo unos días. No dijo nada a nadie siquiera por cortesía. Su compañeros y colaboradores se enteraron, como todos, por la prensa, pasando de la sorpresa al cabreo, algo parecido a lo que debió sentir él mismo cuando supo que sería la "bocachancla" y amante de los atascos, Isabel Díaz Ayuso, quien optase en su lugar a la presidencia de la Comunidad de Madrid.
Es la historia repetida de los muchos garridos que ha habido y habrá en la política española, garridos que, con carrera o sin ella, pretenden seguir haciendo carrera o "la carrera" en la política española.

miércoles, 24 de abril de 2019

EL TENDERETE DE RIVERA


Por fin ayer se acabaron los debates. Ya no hay más. Han sido más de tres horas de tortura y espectáculo poco o nada televisivo, de las que me quedo con las del primero, quizá por la inocencia con que me pilló, en medio de la melancolía del lunes, quizá porque el moderador trabajó para el espectador y no para el espectáculo, como hizo la pareja de Atresmedia, incapaz de imponer orden ni, mucho menos, concierto.
Fue un debate innecesariamente bronco, del que sólo me queda la conclusión de que los candidatos de la derecha han perdido los estribos, como si tuviesen prisa, como si la ansiedad del estudiante que llega al examen final sin haber estudiado, como si hubiesen tomado algo, especialmente Rivera, para mantenerse despiertos, algo que les hubiese desatado los nervios, poniéndoles en el despeñadero de una hiperactividad incontrolable, que en el candidato de Ciudadanos se hizo evidente después del debate, cuando, hay pruebas en las redes, era evidente que le costaba trabajo parar y relajarse.
Casado y Rivera se dejaron la cortesía en casa, contando con que alguna vez la tuvieran, entregados al "y tú más", incluso entre ellos. Nada que ver con la cordialidad, no sin algún que otro reproche, que se brindaron Sánchez y un Iglesias que, por momentos, me recordaba a su "amigo" Errejón, un Iglesias que, en ocasiones, asumió el papel conciliador entre sus rivales que los dos conductores del debate fueron incapaces de cumplir, hasta el punto de que, no sé si intencionadamente, estoy seguro de que retuvo o se ganó mucho del voto moderado que duda si votar a su partido.
Sánchez, qué remedio, se limitó a cubrirse en su rincón, que estaba en el centro, junto a un Rivera desquiciado, como pasado de vueltas, del que, como de Casado, tuvo que defenderle en más de una ocasión un escandalizado Iglesias que no podía reprimir sus gestos de asombro ante las acusaciones, falsas o exageradas, de la derecha. 
No me cabe duda de que, de haber un ganador en el debate de anoche, éste fue Pablo Iglesias, que puso a salvo mucho del voto perdido o dudoso, después de una primera mitad de campaña en la que parecía ver en Sánchez a su único enemigo. Una actitud que brilló especialmente frente a la pelea de gallos en que se enredaron los representantes de la derecha. Tampoco, la de que el perdedor, con más de Diego Costa que de Messi, fue Albert Rivera, que tiró por la borda todos sus años de liderazgo, malgastados en esos arrebatos de ansiedad que, a su lado, hicieron bueno a Casado.
No sé quién asesora a Albert Rivera, pero tendría que hacérselo mirar. Alguien debería explicarle que no es Tamarit, ni siquiera el mago pop, que no basta con un portarretratos en el que se exhiben como clandestinas fotos oficiales y protocolarias tomadas a la luz del día ni basta mostrar a cámara un rollo de papel lleno de presuntos escándalos. Tampoco basa con sacar a relucir a la difunta abuela ni a su hija Daniela, para convencernos de algo distinto a lo que resulta evidente, que lo único que le importa es él y el "cachito" de poder que pueda conseguir.
Queda la esperanza de que la de ayer sea la última vez que tengamos que ver el tenderete de Rivera, esa especie de puesto de pipas a la puerta de un colegio, en el que encontrábamos, las pipas, los caramelos, los primeros cigarrillos vendidos uno a uno y quién sabe si algo más fuerte e inconfesable. Rivera y su partido se han dejado llevar por la ansiedad, dando un espectáculo lamentable. Allá ellos.

martes, 23 de abril de 2019

NO ME LOS CREO


Llevo más de cuarenta años pateando el rastro madrileño todos los domingos y fiestas de guardar y os aseguro que tengo muy "calados" a los vendedores de humo,  a esa dente que pide por su mercancía mucho más de lo que vale o a quien ofrece productos o aparatos maravillosos, sierras que lo cortan todo, pela verduras que lo mismo desnudan un tomate que un kiwi, todos ellos con una demostración primorosa y efectista una y otra vez ensayada, para, una vez en casa, comprobar que lo que hemos comprado no es como nos han dicho o encontrarlo más barato en la ferretería de la esquina, Pues bien, esa es exactamente la sensación que, en mayor o en menor medida, tuve ayer viendo el primer debate electoral en Televisión Española.
Esta imagen del Rastro me la trajo Albert Rivera con su atril lleno de cartelitos con foto incluida y poca o ninguna verdad. Qué hacía sobre el atril la foto, el "retratito", de Sánchez y Torra, sentados en el palacio de Pedralbes en un encuentro protocolario, que Rivera quiso vender como una claudicación, ante una lista de exigencias, veintiuna, de las que ni una sola se ha podido demostrar. Un buen intento que no tuvo resultado, porque la mayoría de los acusados en la causa del procés siguen en prisión, a mi modo de ver demasiado rigurosa, atribuible como no puede ser de otra manera al Supremo, del mismo modo que fue la Junta Electoral Central la que autorizó las intervenciones desde prisión de Jordi Sánchez y Oriol Junqueras en sendos debates electorales, siendo como son candidatos.
Esta mañana, horas después del debate, he escuchado diferentes opiniones, alguna increíble, sobre el resultado y los candidatos y lo único que me consuela es que unos y otros, como yo mismo, de algo teníamos que hablar, dando a quienes encuentran tiempo para leernos el consuelo de un resultado que de poco o nada va a servir de cara al domingo. Opiniones increíbles, digo, como las que colocan a un Rivera en exceso crispado como claro ganador del debate.
Piensan eso quienes están aburridos de tanto escucharlos en estos u otros foros y agradecen las boyas que van colocando los candidatos, boyas como las cartulinas, la "constitucioncita" de Pablo Iglesias o el "retratito" de Rivera que nos permiten descansar, para seguir nadando hasta la playa del final del, por definición, cansino debate. Quizá por eso, por presuntamente innovador, algunos, especialmente los de la derecha en todas sus tonalidades, han ensalzado el atrezo de Rivera, su parafernalia gestual y material, su último minuto, el del silencio, tan falso y ridículo como el del "silencio" de Rivera, una y otra vez ensayado en una nave industrial, llevado hasta la perfección con la que nadie habla y aún menos desde el corazón, como pretende hacernos creer, y, de paso, al vacío que se siente en un salón de cualquier palacio, con el brillo de su cristal y sus dorados. Lo piensan quienes creen estar al tanto de lo que se hace en otros países, lo que tratan de imitar los llamados asesores, confundiendo el análisis de la brutalidad dialéctica de un Trump, que en realidad no sabe comportarse de otro modo, con una presunta intencionalidad de la que carece.
Ese es el problema, que ninguno fue creíble. Ni ese Casado aparentemente tranquilo, incapaz de hacer volar su falcón,  porque no es lo mismo "sacarlo" ante unas decenas, centenares o miles de convencidos que hacerlo ante el blanco de sus falsas acusaciones, del que costaba creer que fuese el mismo que, mitin tras mitin, lo utiliza como una de sus armas preferidas. Tampoco era creíble Albert Rivera pidiéndonos que mirásemos tatuada en la frente de Sánchez la palabra "indultos", palabra que, de momento sólo está enredada en sus neuronas.
Tampoco parecía creíble ese Pedro Sánchez contenido en exceso, posiblemente entrenado para blanco de golpes a diestro y siniestro, listo para cubrirse ante unos y otros, que sin duda se vio sorprendido por la amable cordialidad de Pablo Iglesias, con quien se disputa una parte del voto de la izquierda, una cordialidad para con todos, que contrastó, si no desconcertó, con sus recientes intervenciones en campaña, después de su vuELta, de las que podría desprenderse que no tenía otro rival que Sánchez.
No me lo creí y, si no me lo creí, fue porque no podía quitarme de la cabeza el dato de las encuestas que, pese a lo que dijesen él y sus colaboradores, le mantienen en caída libre, más desde que no hace otra cosa que enseñar los dientes al que debería ser su socio en el gobierno. Una hostilidad que sólo se materializó cuando pidió al presidente, una vez más, que dijese ya, sin resultados, que no formará gobierno con Ciudadanos, algo que no se puede responder, salvo que, y tal parece que sea el caso de Iglesias, se prefiera un gobierno de derechas, como Podemos prefirió el de Rajoy en 2016, a uno del PSOE apoyado, desde dentro o desde fuera, por otras fuerzas, incluida, pero no sólo, la suya.
En fin, que no me los creí, como no me creo al de la sierra para todos o al del pela verduras mágico, y, esta noche, difícilmente veré el segundo debate, jugando como juega a la misma hora mi Barça.

miércoles, 17 de abril de 2019

NO ES NO, CAYETANA


Con mujeres como Cayetana Álvarez de Toledo, no hacen falta machistas. Con su delgadez enfermiza y su tranquilidad enervante, la candidata del Partido Popular por Barcelona ha conseguido sacarme de quicio cuando, esta mañana, he escuchado su particular punto de vista sobre lo que puede y no puede considerarse consentimiento, sobre lo que puede y no puede considerarse resistencia, sobre lo que puede y no puede considerarse violación.
La marquesa de Casa Fuerte, rodeada de plebeyos, todos sin la exquisita educación que ella tuvo, demostró que con mujeres como ella sobran los machistas y que, con ideas como las suyas, Vox está de más, porque la candidata popular, con el apoyo inestimable de Inés Arrimadas, se bastó para encarnar el ideario ultraconservador del partido de Abascal y sus jinetes.
La señora Álvarez de Toledo vino a confirmar ayer que algunas mujeres pueden ejercer el machismo y hacerlo de la peor de las maneras, porque una mujer que se rebela ante quienes defienden que el silencio cohibido o asustado de una mujer ante la violencia machista es un no tácito y, como tal, un no tan absoluto como cualquier otro y lo hizo frente a las otras dos mujeres participantes en el debate, Irene y María Jesús Montero, con esa altivez que la caracteriza.
No deberíamos olvidar quien es Cayetana Álvarez de Toledo: nada menos que la jefa de Gabinete de uno de los ministros más siniestros de Aznar, el que en las horas y días que siguieron a los atentados del 11-M, quiso engañar a todo un país atribuyendo la matanza a ETA, cuando ya era evidente que Había sido obra del yihadismo, simplemente, porque, electoralmente, al PP de Aznar le hubiese convenido que fuese obra de ETA.
La candidata popular, educada en un exclusivo colegio en Buenos Aires y en universidades inglesas. esconde tras su apariencia delicada y tranquila, una fiera que se desata cuando se ve acorralada y no sólo eso, sino que se crece. No hubo más que verla en los incidentes de la Autónoma de Barcelona, haciendo frente, protegida y a distancia, eso sí, a los energúmenos que pretendían impedir su charla. Es como una delicada olla a presión, delicada por fuera, que desata la fuerza de su vapor contenido en cuanto se le abre la válvula.
Sin embargo, yo ayer la vi como una mantis religiosa, estilizada, casi bella, pero capaz de devorar al primero que se ponga a su alcance, su macho incluido. Su voz grave, su tono monocorde y su acento contenido, casi imperceptible, engañan, como engaña el voraz insecto, por eso más vale quedar fuera de su alcance y no sucumbir a sus encantos, por más que pueda tenerlos.
Su morbosa pregunta a sus circunstanciales compañeras en el debate sobre si ellas decían que sí todo el tiempo, supongo por el contexto que quería decir durante la relación, habrá excitado a más de uno, imaginando una cosa y la contraria. Sin embargo, no puedo dejar de situar sus palabras en el único contexto en el que en ese momento cabían, en la angustiosa agresión de que fue objeto la víctima de la manada de Pamplona y de tantas y tantas manadas que acechan a quienes, mujeres o no, quieren ser libres y felices en una sociedad que creen madura.
No creo que nuestra amiga la mantis hubiese tenido el valor de decir lo mismo que dijo anoche en el debate delante de la víctima de Pamplona, aunque o que más me asusta de ella es esa frialdad y esa inflexibilidad con que aborda cualquier asunto. Cayetana, con su afirmación de que quienes luchan por los derechos de las mujeres quieren abrir una guerra entre hombres y mujeres y quieren hacer creer a los demás que las mujeres nacen víctimas y los hombres verdugos, una simplificación de la realidad que sólo cabe en la cabeza de los monstruos de Pamplona y de algunos obispos.
Irene Montero llegó a decirle que lo último que necesita una víctima de violación es una mujer como Cayetana diciéndole "tampoco es para tanto", clavo al que la candidata popular se agarró para acusar a su interlocutora de acusarla a su vez de justificar las violaciones.
Nuestra amiga la mantis fue al plató a comerse los votos del PP y muchos de Vox, porque, eso sí, ella tiene mejor verbo y presencia que los machotes de Abascal. Ella cree que en esta lucha todo vale, pero no, porque, pese a lo que puedas pensar o decir desde tu torre de marfil de niña rica, un no es un no, Cayetana.