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lunes, 15 de julio de 2019

BANANAS



Hay gente, conozco a más de uno, que se entregan demasiado a los libros, tanto que viven su vida en torno a ellos y, a veces, acaban construyendo su vida con los retazos de realidad inventada que sacan de ellos, y eso, que entraña un grave riesgo cuando las novelas son la fuente de vida, Alonso Quijano, por ejemplo, se convierte en algo letal cuando lo que se trata de construir parte de textos teóricos, sin una gota de vida, manuales revolucionarios superados por la Historia las más de las veces, cuando no todas.  
Lo malo es cuando la teoría revolucionaria se pone en la marmita junto a fantasías sangrientas como "Juego de Tronos", cuando se acaba conversando con leños encendidos y cuando se es de gatillo fácil para, a las primeras de cambio, se convoca una consulta a los inscritos, lo mismo para la compra de un chalé, el alicatado de la cocina o, el caso que nos ocupa, el acuerdo a imponer, un "sindiós" en sí mismo, a Pedro Sánchez para formar por fin un gobierno en España.
Todo esto me viene a la cabeza cuando tengo que asistir, por segunda vez en menos de tres años, a una misa negra oficiada por el líder de Podemos, en la que el objeto de sacrificio va a ser otra vez la posibilidad de un gobierno progresista en España, al tratar de imponer, desde sus 42 escaños, cómo y con quién debe gobernar el PSOE, con casi tres veces más diputados en el Congreso, primera fuerza y muy por encima de sus perseguidores, de los que el partido cada vez más de Iglesias es sólo la cuarta fuerza y en claro descenso.
Iglesias se siente el dueño del juguete, porque de los partidos que pueden aportar sus votos a Sánchez, el suyo es, lógicamente, el más deseado, pero olvida que sus votos no son los únicos y ni tan siquiera son suficientes para gobernar. Se siente dueño del juguete y, como esos niños mal criados que todo lo consiguen con una pataleta o un numerito frente a "las visitas", está dispuesto a lanzarlo por los aires si no se atiende a sus caprichos, por muy disparatados que sean.
Alguien debería decirle al profesor de políticas que España no es un país en el que una revolución pueda triunfar a corto plazo, entre otras cosas porque los españoles somos cada vez más difíciles de movilizar, quizá con razón, porque pensamos que en una imprevisible revolución es más lo que se podría perder que lo que podríamos ganar, y lo que plantea Podemos, dada la relación de fuerzas del Congreso sólo sería posible mediante una revolución.
He dicho muchas veces, y lo repito, que Pablo Iglesias, después de haber pasado por el Parlamento Europeo y por el Congreso debería saber que no todo es tan fácil de manipular como una asamblea de facultad ni todo es tan sencillo como montar una performance que llame la atención de los medios de comunicación, tampoco que el electorado sea tan dócil como la audiencia de su programa "La tuerka" o el conjunto de los "inscritos", demasiado manoseado en consultas  mayor gloria del propio Iglesias.
Queda lejos ya aquel Podemos de las primeras generales, en el que todo era armonía, canciones más o menos revolucionarias, abrazos y "danzas rituales" sobre el escenario de los mítines. En estos años, Podemos ha ido dejando de conjugarse en primera persona del plural, para hacerse en singular, él o ella, que deciden mientras los demás asienten o se van si no lo hacen. De aquel Podemos queda ya poco. Ha perdido lo más brillante de su gente, todo aquel que podía eclipsar el brillo o la opinión del líder ha acabado saliendo, por las buenas o por las malas del partido.
Sin embargo, Iglesias sigue empeñado en imponer sus ideas y su estrategia de manual no sólo a su cada vez más mermado partido, sino que pretende hacerlo a todo el país, como si nuestro país fuese, no ya una república bananera, sino el San Marcos de la película de Woody Allen. Está claro que el líder de Podemos padece de sordera y miopía, sólo así tendría explicación que desde un partido cada vez más monolítico, pero a la vez más pequeño y débil, pretenda imponer su programa y los nombres de algunos ministros al "idiota" -el que dice o hace idioteces- de Sánchez. Allá él, si tenemos que volver a vernos en las urnas. Allá él y allá todos nosotros.

lunes, 6 de mayo de 2019

SER VOX, SER LA CUP O SER PODEMOS


Pedro Sánchez, claro vencedor de las pasadas elecciones y único con capacidad de formar gobierno con los escaños de que dispone en el Congreso y, más aún, con los que no tienen el resto de partidos, especialmente en la fracasada derecha, se dispone desde hoy a intercambiar intenciones con los tres partidos que le siguen en número de diputados y, para ello, ha convocado, entre hoy y mañana, a sus líderes en la Moncloa, en una jugada que, aunque ajustada al más exquisito protocolo, lleva implícito un claro mensaje, el de que el actual y más que posible futuro inquilino del palacio es él.
A Pablo Iglesias, cuyos sueños y aspiraciones, o lo que quiera que sean, van muy por delante de la realidad, no parece haberle gustado el orden y el formato de la convocatoria, entre otras cosas, porque no le gusta figurar como postre del menú de estas conversaciones, más protocolarias que otra cosa, que esta tarde se inicias, con la visita de Casado. Y no le gusta hasta el punto de que circula el rumor de que de que estaría dispuesto a rechazar la invitación.
Parece haberse olvidado, la memoria, si es flaca, flaca alivia el peso de la culpa, de que, desde que, en marzo de 2016, preso de la ansiedad por transformar sus escaños en poder y de la frustración, por otra parte lógica , por no haber cosechado en las urnas lo que las encuestas le prometían, ha vuelto a caer en el error de creerse imprescindible y hacerlo valer, cuando cualquiera con un lápiz y un papel y un poco de cultura política puede demostrarle que no es como dice, porque las posibilidades de gobernar en solitario con apoyos externos, como pretende el PSOE, son infinitamente mayores hoy de lo que lo fueron entonces.
Por qué, entonces, tantas prisas en alguien que presume de ciencia política y la enseña en la facultad del ramo. Quizá porque los cuarenta y dos escaños que Unidas Podemos obtuvo el domingo 28 son bastantes menos de los que tuvo en las dos convocatorias pasadas y alguien podría reprochárselo en su partido y porque la única manera de hacer olvidar el batacazo sería obtener un buen resultado en la triple convocatoria del día 26, algo que él cree posible pintando al PSOE cercano a la patronal y a las derechas y vistiéndole de intransigencia para con los planteamientos progresistas que él cree defender en exclusiva.
Debería pensar que la ciudadanía ha sido consultada, que la participación ha sido muy alta y que, si quienes han votado no han dado a Unidas Podemos la mayoría de los votos en las urnas y que si ni siquiera han dado a la izquierda la mayoría absoluta para gobernar y, en ella, a Unidas Podemos la cualidad de ser imprescindibles, es porque espera otra cosa, quizá que, como pretende Sánchez, se apoye en unos o en otros para gobernar, según y cómo.
Debería pensar también Iglesias en los más recientes ejemplos de fuerzas que han asumido, desde el poder que da ser minoría complementaria, el papel de determinar los gobiernos que apoyan. Hablo, claro está, de la CUP em Cataluña, que ha llevado al desastre de la proclamación de una República Catalana fugaz por imposible y al deterioro de la calidad democrática y el bienestar de un territorio que no hace tanto lo era todo en España. También, el desastre para los derechos ciudadanos y el retroceso que en sólo tres meses ha sufrido Andalucía, por el apoyo de Vox aceptado por el PP y Ciudadanos, acuciados por la prisa de tumbar al PSOE y a Susana Díaz.
Unidas Podemos, Pablo Iglesias en concreto, tiene que optar entre forzar ese gobierno tan progresista como débil que pretende o un gobierno que consolide y recupere los derechos deteriorados o perdidos en manos de Rajoy t que, además, conquiste otros. Tiene que saber si quiere ser la CUP nacional, el Vox de la Izquierda o si quiere volver al sueño que fue Podemos, que la ansiedad por conquistar el poder, dentro y fuera del partido, está asfixiando.

miércoles, 24 de abril de 2019

EL TENDERETE DE RIVERA


Por fin ayer se acabaron los debates. Ya no hay más. Han sido más de tres horas de tortura y espectáculo poco o nada televisivo, de las que me quedo con las del primero, quizá por la inocencia con que me pilló, en medio de la melancolía del lunes, quizá porque el moderador trabajó para el espectador y no para el espectáculo, como hizo la pareja de Atresmedia, incapaz de imponer orden ni, mucho menos, concierto.
Fue un debate innecesariamente bronco, del que sólo me queda la conclusión de que los candidatos de la derecha han perdido los estribos, como si tuviesen prisa, como si la ansiedad del estudiante que llega al examen final sin haber estudiado, como si hubiesen tomado algo, especialmente Rivera, para mantenerse despiertos, algo que les hubiese desatado los nervios, poniéndoles en el despeñadero de una hiperactividad incontrolable, que en el candidato de Ciudadanos se hizo evidente después del debate, cuando, hay pruebas en las redes, era evidente que le costaba trabajo parar y relajarse.
Casado y Rivera se dejaron la cortesía en casa, contando con que alguna vez la tuvieran, entregados al "y tú más", incluso entre ellos. Nada que ver con la cordialidad, no sin algún que otro reproche, que se brindaron Sánchez y un Iglesias que, por momentos, me recordaba a su "amigo" Errejón, un Iglesias que, en ocasiones, asumió el papel conciliador entre sus rivales que los dos conductores del debate fueron incapaces de cumplir, hasta el punto de que, no sé si intencionadamente, estoy seguro de que retuvo o se ganó mucho del voto moderado que duda si votar a su partido.
Sánchez, qué remedio, se limitó a cubrirse en su rincón, que estaba en el centro, junto a un Rivera desquiciado, como pasado de vueltas, del que, como de Casado, tuvo que defenderle en más de una ocasión un escandalizado Iglesias que no podía reprimir sus gestos de asombro ante las acusaciones, falsas o exageradas, de la derecha. 
No me cabe duda de que, de haber un ganador en el debate de anoche, éste fue Pablo Iglesias, que puso a salvo mucho del voto perdido o dudoso, después de una primera mitad de campaña en la que parecía ver en Sánchez a su único enemigo. Una actitud que brilló especialmente frente a la pelea de gallos en que se enredaron los representantes de la derecha. Tampoco, la de que el perdedor, con más de Diego Costa que de Messi, fue Albert Rivera, que tiró por la borda todos sus años de liderazgo, malgastados en esos arrebatos de ansiedad que, a su lado, hicieron bueno a Casado.
No sé quién asesora a Albert Rivera, pero tendría que hacérselo mirar. Alguien debería explicarle que no es Tamarit, ni siquiera el mago pop, que no basta con un portarretratos en el que se exhiben como clandestinas fotos oficiales y protocolarias tomadas a la luz del día ni basta mostrar a cámara un rollo de papel lleno de presuntos escándalos. Tampoco basa con sacar a relucir a la difunta abuela ni a su hija Daniela, para convencernos de algo distinto a lo que resulta evidente, que lo único que le importa es él y el "cachito" de poder que pueda conseguir.
Queda la esperanza de que la de ayer sea la última vez que tengamos que ver el tenderete de Rivera, esa especie de puesto de pipas a la puerta de un colegio, en el que encontrábamos, las pipas, los caramelos, los primeros cigarrillos vendidos uno a uno y quién sabe si algo más fuerte e inconfesable. Rivera y su partido se han dejado llevar por la ansiedad, dando un espectáculo lamentable. Allá ellos.

viernes, 27 de enero de 2017

CINISMO



Si me preguntasen por un rasgo de la personalidad de los políticos, los nuestros y los de países como el nuestro, creo que mi respuesta sería ésta "el cinismo", porque el cinismo esa bendición divina que permite a alguien decir que brilla el sol mientras llueve o llamar día a la noche adorna a los más de entre ellos.
Cinismo fue lo que exhibió Mariano Rajoy en su entrevista de ayer en Onda Cero, cuando dijo desear el juicio que se está celebrando contra los responsables de la trama Gürtel, cuando, como le recordó el periodista Carlos Alsina, todo el mundo sabe que los abogados del PP pidieron sin éxito la nulidad del proceso. Y más cínico fue cuando aseguró que no lo sabía, porque no se ocupa de esas cosas, ni siquiera cuando le insistieron en que el abogado obedece las instrucciones de su cliente que no es otro que el partido que preside Rajoy.
Cinismo es también lo que alimenta a la presidenta andaluza, Susana Díaz, que continúa sin admitir a día de hoy sus intenciones de hacerse con la secretaría general del PSOE y la de compatibilizarla con la presidencia de Andalucía, mientras el ínclito Ferreras, su cuñado mediático machaca y desmonta en cuanto tiene ocasión a sus rivales Patxi López o Pedro Sánchez.
Cinismo, el del número dos de Esperanza Aguirre en el ayuntamiento de Madrid, Íñigo Henríquez de Luna, que se descuelga ahora, porque le conviene a su mentora, con que no deben recaer en la misma persona la presidencia del partido y del gobierno, en clara alusión Cristina Cifuentes, a la rival de su "jefa", dejando claro, por si acaso, que el jefe Supremo, Mariano Rajoy, el que da el visto bueno a las listas electorales, queda fuera de su recién descubierta regla.
Cinismo ha sido durante meses la lucha soterrada por el poder en las filas de Podemos, mientras se nos hacía creer que el partido era una balsa de aceite, que todo era un invento de la canallesca, como se denominaba a la prensa en el franquismo, forzando los abrazos y las fotos de familia y vistiendo de elogios al rival -ahora mismo escucho a Pablo Igleias, haciéndolo- lo que no son más que insidias sarcásticas.
Todos los políticos, de uno u otro modo, antes o después, caen en el cinismo. Pero si he de señalar al campeón del cinismo, creo que no tendría más remedio que coronar a Alberto López Viejo, que inició su carrera en el ayuntamiento de Madrid con apenas veinte años, que pronto se hizo con la suculenta concejalía de Limpieza y que llegó a suceder a Francisco Granados en la consejería de Presidencia de Aguirre, en la que, por lo declarado ayer en el juicio del caso Gürtel, no asume responsabilidad alguna, porque, según él, la última palabra la tenían en todo los técnicos. Lo decía mientras se negaba a declarar sobre su el notable incremento de su patrimonio o sobre las cuentas a su nombre existentes en Suiza.
Todo, con la soberbia del que se subió a un coche oficial con veinte años y nos e ha bajado de él en décadas. Soberbia que le llevó a tratar de imponer sus juicios de valor al tribunal o a "regañar" a la fiscal del caso. Pero, siendo toso esto escandaloso, se queda pequeño ante la guinda que mejor ilustra el cinismo del que os hablo y que no fue otra que negar su amistad o conocimiento del capo de la trama, Francisco Correa, cuando todos le hemos visto en el "Carmen" con Ana Aznar, Alejandro Agag, con "el bigotes" y las respectivas esposas, cruzando el Estrecho, para tomar una caña en la otra orilla, O sea, la Gürtel en estado puro y al completo. Nda que ver con otro acusado, el número de Jesús Sepúlveda, ex marido de Ana Mato, al que las lágrimas y la congoja por su vida destrozada no dejaron hablar. 

martes, 23 de febrero de 2016

ESPEJITO, ESPEJITO...


Llevo días, medio en serio, medio en broma, proponiendo a mis amigos hacer un "crowdfunding" para regalar a Pablo Iglesias un espejo como el de la madrastra de Blancanieves, un espejo capaz de decir a su dueño la verdad que no quiere oír, pero que es; un espejo que Pablo Iglesias, carente, al menos en apariencia, de verdadera crítica en su entorno, un espejo capaz de decirle que no tiene toda la razón ni, mucho menos, dice siempre toda la verdad.
Pablo Iglesias, empeñado en criticar "todo lo que se menea" por ser casta o doblegarse ante ella, que dice moverse sólo por ideología y en defensa de la gente, está cayendo, al final, en los mismos vicios que critica de la casta, porque lleva demasiado tiempo mirando y mirándose en las encuestas, como cualquier partido del "régimen del 78", para acomodar su comportamiento, su estrategia, porque, al final, es eso, la estrategia lo que le mueve, a la imagen que, como el espejo de la malvada madrastra, le devuelven las encuestas. 
Iglesias no soporta no ser el más listo, el más querido o el más guapo de los candidatos y no parece darse cuenta que, para ser quien pretende ser, tiene que colocarse bajo la lupa de los medios ni que esos medios son implacables y no le van a pasar ni una, especialmente si es de contradicciones de lo que hablamos. Y Pablo Iglesias, quizá porque la política es eso, está cambiando de discurso, cayendo en demasiados "donde dije digo, digo Diego", despreciando la capacidad de análisis, la memoria y el sentido común de los ciudadanos.
Supongo que las asambleas y el liderazgo en las asociaciones estudiantiles en la facultad, sumados a el tirón mediático, primero el de su "Tuerka" y después el de sus apariciones en "la Sexta" y a aquel primer e inesperado éxito en las elecciones europeas, fueron euforizante suficiente como para llevarle a esa borrachera de liderazgo que le convierte en soberbio y, por qué no decirlo, en sectario. Y ese es uno de sus mayores defectos, el del sectarismo, porque ese, que nace de la desconfianza y el afán del control absoluto, es el peor de los suyos.
Un defecto que se hace cada vez más evidente y que le lleva a rodearse de la guardia de corps de sus viejos compañeros y alumnos de la facultad de Políticas, un defecto al que no consigue sobreponerse y que le empuja, como a la madrastra, a mandar a sus cazadores al bosque para traerle el corazón de quienes, como los líderes de Podemos en Cataluña o el País Vasco o Teresa Fernández, en Andalucía, o Pablo Echenique, en Aragón, no la dan a cada momento sus síes incondicionales.
Iglesias es de "líneas rojas", cómo odio la expresión, hasta que el espejo de las encuestas le descubre, como ahora, que se equivoca y resalta sus arrugas y verrugas. Iglesias cree que cambiando las palabras se cambia la realidad, cree que no nos vamos a dar cuenta de que, en el caso del referéndum sobre la autodeterminación en Cataluña o el País Vasco, irrenunciable puede cambiarse por preferible o por "la mejor opción", sin dejarse un solo pelo en la gatera.
Está cada vez más claro que Pablo Iglesias piensa sólo en él y "su" partido. Ni siquiera lo hace en sus votantes, a los que, si son un poco, sólo un poco, críticos, deben estar desconcertados, porque, como el mayor de los Marx, Groucho, tiene unos principios, pero, si hace falta, puede tener otros. Iglesias ha forzado la máquina y ha perdido un tiempo valiosísimo con su intransigencia ante Pedro Sánchez, hasta que ha visto en el espejito que esa postura le costaría escaños en unas segundas elecciones, a las que, hasta entonces, parecía querer empujarnos a todos.
Con lo que no contaba el líder de Podemos es con que los españoles no le perdonarían, ni a él ni al PP, que, por creer que iban a mejorar sus resultados, les convenía torpedear la investidura y forzar unos nuevos comicios. Supongo que después de ver que los consultados premiarían a quienes se han esforzado en la búsqueda de un acuerdo de gobierno, PSOE, Ciudadanos e incluso Alberto Garzón, que mejorarían sus resultados a costa de los intransigentes.
Por eso creo que Iglesias necesita un espejo, si no mágico, sí honesto que le cuanta cada mañana la verdad y sólo la verdad de sí y de las consecuencias de sus actos.

viernes, 10 de julio de 2015

LO QUE TOCA AHORA, SEÑOR IGLESIAS, ES SUMAR



He de confesar que, desde que sé de la creación de la plataforma Ahora en Común, que esta tarde se presenta en Madrid me estoy más tranquilo t mucho más optimista de cara a las próximas elecciones generales y reconozco que la noticia me ha entusiasmado tanto como me entusiasmo conocer el acuerdo para la creación de Barcelona en Comí que, finalmente, ha llevado a Ada Colau a la alcaldía de Barcelona.
Es triste ver como un éxito que es de todos se estrangula por el personalismo de algunos, es malo ver cómo, en la puerta que hemos abierto entre todos, sí, entre todos, se ha establecido un peaje en el que se obliga a quien quiera pasar a renunciar a su nombre y apellidos y, como en una secta o una orden religiosa, que no deja de ser los mismo, a guardar obediencia ciega al líder. Es triste comprobar cómo Pablo Iglesias se ha hecho con las llaves del convento y no quiere en él nada ni a nadie que le haga sombra.
No me gustan los popes, lo he dicho más de una vez, y menos me gustan todas esas estructuras que los popes construyen a su alrededor que impiden cualquier atisbo de crítica, como tampoco me gustan las asambleas teledirigidas en las que la masa acaba por ser un instrumento del líder. No me gusta la masa uniforme que se convierte en instrumento de control de  la misma masa. No me gusta que, con su labia, nadie controle a nadie.
Ayer, mientras veía a Pablo Iglesias en el Parlamento Europeo, con los brazos en jarra, llamando de tú al primer ministro griego, Alexis Tsipras - Alexis, le decía- mientras su compañero de escaño, creo que era Miguel Urbán, guardaba una y otra vez su imagen una y otra vez "para la inmortalidad" con su smartphone, lo confieso, sentí vergüenza ajena. Creo sinceramente que Iglesias se está pasando de empoderamiento y de liderazgo y creo que su actitud de Jesucristo Superstar, abroncando a fariseos y comerciantes, unas veces, y dejándose aclamar como un profeta por sus discípulos, en la gira triunfal que, se ha montado para darse a conocer, como haría cualquier líder "castoso", resulta bastante antigua, cuando menos.
Nunca como ahora ha estado tan cerca de hacerse realidad la posibilidad de dar un vuelco, se poner patas arriba, todas estas instituciones que, desde hace años y hasta ahora, se han ido deteriorando y pervirtiendo hasta ponerlas de espaldas al pueblo, preocupadas más por los privilegios de quienes las ocupan que por los ciudadanos a quienes tienen que administrar y defender. Nunca como hasta ahora, hemos tenido tan cerca ese sueño y, sin embargo, el personalismo de algunos, su mesianismo, puede dar al traste con él.
La posibilidad de que, desde la izquierda, aunque sea una izquierda en crisis y en pleno proceso de regeneración, se dé vida a una plataforma capaz, como capaces han sido Barcelona en Comú, las mareas Gallegas o Ahora Madrid, de aunar el voto de los jóvenes airados, los decepcionados de la socialdemocracia, los asqueados con el aparato de los partidos profesionalizados y anquilosados, incapaces ya de otra cosa que defender miserables cuotas de poder, frustrando las ilusiones de una militancia deseosa de movilizarse como siempre ha hecho... la posibilidad, en fin, de que la izquierda despierte, mida sus fuerzas y las una contra quienes decretan recortes crueles de nuestro bienestar o que, manteniendo la O de obrero en sus siglas, hipotecan nuestro futuro y el de nuestros hijos dando su apoyo a un tratado comercial que echa por tierra toda nuestra cultura sindical y todas las leyes que nos hemos dado para defendernos de los abusos de las multinacionales que nos sacan la sangre para enterrar sus beneficios en paraísos fiscales, esa posibilidad no debemos dejar que se nos escape.
Por eso hay que construir una alternativa que sume, no una alternativa que, con su actitud excluyente, reste o divida todas estas fuerzas por primera vez tan dispuestas a colaborar. Cuanto más fuertes sean proyectos como es Ahora en Común, más posibilidades habrá de que Podemos se avenga a unir esas fuerzas que, gracias sin duda a su sentido de la oportunidad, pero gracias también, no hay que olvidarlo, al apoyo que muchos le dimos, potencialmente tienen ahora. Tal parece que Pablo Iglesias prefiere ser cabeza de ratón antes que sumarse a cualquier plataforma unitaria en la que sería, no necesariamente cola per si una parte de un león que nunca tendrá, insisto, como ahora la posibilidad de cambiar, si no este país, sí la manera de hacer política en este país, Y lo que toca ahora, señor Iglesias, es sumar, poner en común, nunca dictar reglas imposibles de cumplir y, por tanto, excluyentes.


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