jueves, 29 de noviembre de 2018

EGOÍSMO IRRESPONSABLE SOBRE DOS RUEDAS


Tengo un padre anciano, con noventa y cinco años a sus espaldas, que todos los días sale a pasear una o dos veces, y yo mismo tengo serias dificultades de visión, una retinopatía diabética, que, como consecuencia del tratamiento que me ha salvado una pequeña parte de la visión, me ha privado de la visión periférica, de modo que sólo veo, y no del todo bien, lo que tengo delante de mí, no lo que ocurre a los lados, arriba o abajo, una limitación, os lo aseguro, mucho más seria de lo que parece.
Os cuento esto, con una cierta impudicia, para que lleguéis a entender mi hipersensibilidad hacia esos nuevos "medios de transporte", basados en la innovación, el esnobismo, el desprecio a leyes y normas y una gran dosis de egoísmo 
Me refiero, claro está a los patinetes, las motos y las bicis que, con motor eléctrico, permiten cruzar la ciudad sin una gota de sudor y, lo que es peor, sin ruido vehículos muy peligrosos, no sólo para quien los utiliza, sino, especialmente, para quienes, ante la falta de interés de las autoridades, tenemos que compartir aceras y espacio con ellos que, en el mejor de los casos, cuadruplican la velocidad de un peatón, conducidos, además, por individuos que no han superado ninguna prueba para ello, que no están identificados y que pretenden lo mejor de los dos mundos, huyendo de los peligros del tráfico a costa de trasladarlos a las aceras.
Nadie que no haya sufrido el embiste de uno de estos "cacharros" puede imaginar el daño que puede causar una masa de más de sesenta kilos a treinta, si no más, kilómetros por hora. Lo mínimo que pueden causar es la caída del peatón y las aceras están llenas de obstáculos, bancos, escaparates, árboles farolas o papeleras, contra los que la víctima sería lanzada con toda la inercia que le transmite el "cacharro" que les atropella. Ayer supimos de la muerte de una anciana en Cataluña, atropellada en agosto por uno de estos patinetes mientras paseaba con su andador, como cada día, por la rambla de su barrio.
Seguro que, a sus noventa años, obligada a pasear con su andador, esa mujer no podía imaginar que iba a morir a causa de un accidente de "tráfico", menos que iba a ser atropellada por un patinete raudo y silencioso. Pero fue así. La desidia de las administraciones que no nos protegen, con reglamentos, vigilancia y sanciones, del egoísmo irresponsable de quien los "conduce" y de la codicia de empresa que se aprovechan, sin el más mínimo escrúpulo de los vacíos que deja la ley y que, por si fuera poco, reciben los beneficios de su inversión muy lejos de las ciudades que, como las nuestras, hace tiempo "colonizan".
Primero fueron las bicis, que, aprovechándose de la inversión realizada por los ayuntamientos en la movilidad y accesibilidad de las sillas de ruedas, las carretillas de los repartidores o los carritos de los niños, convirtieron nuestras aceras en su particular calzada, cuando no pista de carreras, en la que ya no hay que poner el pie en tierra para cruzar las calles transversales y en la que alcanzan velocidades impensables entre el tráfico, eligiendo, además, el lado de la acera por el que sube, con o sin sol, y el sentido de la marcha, sin atender a normas, mucho menos a la prudencia o la cortesía.
He visto a estos ciclistas espantando ancianos, a padres con un pelotón de niños detrás, a padres, en la acera o la calzada, en patinete con su niño de apenas tres o cuatro años, mochila incluida, en medio del tráfico de calles importantes como la madrileña de Bailén, en la que coches y autobuses alcanzan velocidades superiores incluso a las autorizadas. Y, lo que es peor, los he visto pasar, a veces, delante de las narices de los municipales.
Eso, en cuanto a esos pequeños cachivaches motorizados cuando están en movimiento. Pero no para ahí la cosa, porque, gracias a la falta de respeto y al egoísmo, permitidme que insista, de sus usuarios, también parados son, no sólo una molestia, sino, también, un peligro, capaz de enredarse en los pies de un anciano, de hacer caer a un invidente, de impedir cruzar semáforos con seguridad o de obligar a saltar sobre ellos a los pasajeros de un autobús cuando son abandonados en sus paradas. 
Los he visto y fotografiado tirados en medio de la acera, atravesados en ella, bloqueando el paso a la salida de un portal, o, como podéis ver en la foto, impidiendo el uso del mobiliario urbano. No creo que lo que yo veo, en la calzada o en las aceras, parados o en movimiento, no lo hayan visto las autoridades o la policía que pagamos todos. Ayer nos enteramos de la muerte de una anciana que, me temo, no fue la primera ni será la última víctima, sin que sepamos, al menos tanto como quisiéramos, de multas ni sanciones, a las empresas o a los usuarios. Por eso creo que ya es hora de que alguien ponga coto a tanto egoísmo irresponsable sobre dos ruedas.

miércoles, 28 de noviembre de 2018

A LA CAZA DE BORRELL


Quién no ha visto en una de esas tediosas sobremesas que a veces tenemos cualquier documental en el que se muestran las técnicas de caza de los felinos, basadas casi todas en dispersar la manada que pace, más o menos tranquila, en la sabana, acosándola una y otra vez, haciéndola correr de un lado para otro, hasta conseguir aislar a uno de los miembros de esa manada, el más cansado, el más enfermo, se quede sólo y aislado, a merced de sus garras y dentelladas. La técnica es tan cruel como eficaz y las más de las veces funciona, aunque, en ocasiones, la víctima saque fuerzas de donde no parece tenerlas y alguno de los cazadores acaba volteado y por los aires.
La técnica, que tiene su lógica, se repite también entre los humanos y en muchos ámbitos. Es la que utilizan los maltratadores, aislando a su pareja, su víctima, de familiares y amigos, para, una vez a su merced, humillarla, someterla, anularla y quién sabe si "castigarla" hasta matarla. Pero ese acoso no es exclusivo de quienes no respetan la libertad de su pareja. También se emplea esa técnica en el mundo de la política, en el que demasiado a menudo se busca el flanco más débil del rival a abatir, el miembro del grupo que muestra una tara o un pecado, para concentrar en él los ataques que no buscan otra cosa que acabar con el grupo o, en todo caso, su líder.
Acaba de ocurrir, está ocurriendo, con él ministro de Exteriores, Josep Borrell, quien, como él mismo reconoció en sede parlamentaria, ante quienes ahora le acosan, exigiéndole las explicaciones que ya dio y la dimisión que entonces no le pidieron, simplemente porque estamos en campaña electoral, en Andalucía, pero en campaña, y piensan que estaría bien poner el cadáver, político, de Borrell a los pies de los electores.
Está, por otro lado, el carácter del ministro, poco o nada simpático, capaz de la mayor de las iras cuando se indigna, especialmente cuando está sinceramente convencido de tener razón y poco o nada prudente en esas circunstancias, pese a quien pese y pase lo que pase. Una forma de ser poco práctica que, sin embargo, no puedo dejar de admirar porque, de alguna manera, yo mismo soy un poco como él, aunque sin la experiencia ni la formación que todos, hasta sus enemigos temen y admiran en él, por eso no sé si creo o deseo que Borrell no desfallezca y que sus acosadores no se salgan con la suya, sacando de Exteriores al ministro que ha devuelto a nuestro país al mapa de las relaciones internacionales, dándole, por ejemplo, el peso que merece en Europa-
Sería muy triste que quien desmontó punto por punto y con datos, históricos y actuales, los mitos sobre los que el independentismo catalán estaba fundamentando sus aspiraciones tuviese que dimitir por haber perdido los nervios ante el último show de Rufián, un show, en el que, a sabiendas de que no era cierto o por pura estulticia, el diputado de Esquerra le acusó de ser el ministro más indigno de toda la democracia española, en la que han sido ministros personajes como Fraga, Barrionuevo o Rato, algo tan injusto y sorprendente que acabó descolocando al ministro, llevándole a confundir el mal gesto que un diputado le hizo, bufido incluido, con un salivazo, un error que tuvo que "comerse" en soledad, porque a su grupo y su gobierno no le interesaba tanto como a ERC, que tenía mucho que hacerse perdonas ante sus electores, tensar las relaciones con los republicanos catalanes.
Del mismo modo, creo que no es justo exigir, como hacen Ciudadanos y Podemos, la dimisión del ministro que ha sacado la negociación del estatus de Gibraltar de las competencias exclusivas del Consejo Europeo después del Brexit, para devolverla al ámbito bilateral, sobre todo por la venta de unas acciones de la empresa de la que era consejero, por valor de 10.000 euros, valiéndose, dicen, de información privilegiada, operación que le ha supuesto una sanción de 30.000 que no quiso recurrir, porque la última decisión correspondía a una compañera de gobierno.
Sería triste y absurdo forzar su dimisión por asuntos aparentemente resueltos y no creo que sus adversarios lo consigan, porque la caza que han emprendido no es asunto fácil, porque Borrell, que, como cualquiera, puede equivocarse no es una tierna gacela desorientada abandonada por su manada.

martes, 27 de noviembre de 2018

NO EN NUESTRO NOMBRE


Es difícil no sentir un escalofrío al contemplar la foto del encuentro, fortuito o no, entre el jubilado o dimitido, aún no lo sé, rey Juan Carlos y el príncipe Mohamed Bin Salmán, heredero y gobernante en el reino de Arabia Saudí, una tenebrosa monarquía medieval que subsiste en pleno siglo XXI bajo el sol del desierto, rebosante de petróleo, gracias al cinismo de los países occidentales y sus más que hipócritas gobernantes.
El escalofrío es aún mayor si caemos en la cuenta de que las manos de uno y otro están unidas en ese gesto tan de la cultura árabe de tomar las manos del otro, manos, en el caso del príncipe Mohamed, manchadas, según la CIA, con la sangre del periodista, Yamal Khashoggi, secuestrado, asfixiado y descuartizado en el consulado de Arabia en Estambul por agentes llegados de Riad, días después de que el príncipe expresase su deseo, en este caso una orden, de acabar con él, molesto disidente, y de que la víctima recibiese garantías de que nada le ocurriría si traspasaba la puerta del consulado, al que acudió para un trámite necesario para su proyectado matrimonio.
Las manos del mismo rey que nos representa y nos ha representado tantas veces en el mundo, entre las de quien está detrás de uno de los crímenes más espantosos de este siglo, un crimen más propio de la más sanguinaria de las mafias que implicaba un mensaje a los súbditos del tirano saudí: "si estás contra mí, no hay lugar seguro en todo el mundo para ti".
Por una extraña carambola, la paranoia por la seguridad y el espionaje que salpica este siglo ha sido la que ha permitido reconstruir, minuto a minuto, la tragedia de quien confío en quien no debía y la de su novia angustiada ante el temor de lo que finamente ocurrió.
No creo que Juan Carlos Borbón y quienes le rodean, con sueldos pagados con nuestros impuestos no estuviesen al tanto de este horrible episodio, como tampoco creo que el jubilado, enamorado del olor a gasolina y de todas esas otras cosas que rodean el espectáculo de la Fórmula 1 descartase cruzarse con el príncipe sanguinario. Por qué, entonces, ni él ni sus asesores lo evitaron. Más aún, por qué, en lugar de hacer "desaparecer" las pruebas del encuentro, fue el propio ministerio de Exteriores español el que publicó en su web la foto.
No tengo respuesta para esas preguntas. No sé si uno y los otros lo hicieron tan mal, tan bien para la deseable transparencia, por torpeza o por desidia, pero el caso es que todos los españoles, defensores de la monarquía o no, nos hemos visto dando nuestras manos a un presunto asesino, sin que nadie nos haya pedido permiso ni disculpas, porque, de momento, el rey, los reyes, encarnan la representación de los ciudadanos españoles y tanto él, ellos, como quienes les asesoran deberían evitarnos ese mal trago, esa iniquidad.
Estoy esperando que Juan Carlos Borbón se disculpe y que los partidos, todos, se lo exijan. Hace ya tiempo que muchos españoles no creemos en los reyes, ni en estos ni en los magos, lo que no empece para que seamos conscientes de que siguen ostentando esa representación ante el mundo y no es de recibo que las manos de "nuestro" rey emérito sean las primeras de un mandatario, o lo quiera que sea, occidental que caen entre las de ese asesino, para quien fronteras o diplomacia no suponen límite alguno a su tiranía y crueldad.
A Juan Carlos Borbón no le basta con decir que lo siente mucho y que no volverá a ocurrir. Eso ya lo hizo hace tiempo cuando se rompió una cadera y el prestigio en un safari. Ahora tiene que explicar por qué no evito tan nefasto encuentro, porque, lo hiciese por lo que lo hiciese, no lo pudo hacer en nuestro nombre y porque esas manos que estrechó estaban manchadas de sangre.

lunes, 26 de noviembre de 2018

LOS PERROS DEL FÚTBOL



Llevamos ya dos fines de semana asistiendo al lamentable espectáculo de contemplar, aunque sólo la veamos en nuestro televisor, una ciudad entre asustada y sorprendida por la violencia ligada al mundo del fútbol, violencia consentida, cuando no provocada, por los clubes y los medios de comunicación, especialmente las radios y televisiones, en las que, porque el morbo y la violencia verbal dan mucha audiencia, se está copiando el modelo argentino de la exageración y el insulto constantes, la cerrazón y el "becerrismo" de quienes son contratados, no por su conocimiento del deporte o por su capacidad de análisis y verbo acertado, sino por su ceguera y su incapacidad de control sobre lo que se dice ante la audiencia y por su capacidad, a veces, para fingir que son incapaces de controlarse.
Es un juego perverso éste de azuzar a los perros, esperando que luego, a una voz, esos perros con los ojos en sangre y la boca llena de espuma, fuera de sí, se den la vuelta para volver mansos junto a su amo a esperar la siguiente orden.
A veces los perros se descontrolan y, ciegos de ira, olvidan por qué y para qué combaten. Entonces se vuelven indomables y se revuelven contra el amo. Eso es lo que ocurre en el fútbol, donde resulta ya difícil acudir a un partido sin sentir miedo al acudir a el estadio o al salir de él, sin que, parece, haya nadie capaz de impedirlo.
Hay, estoy cansado de ello, quien elogia la capacidad de "la grada" de un estadio de asustar al rival. De todos es conocido el famoso "miedo escénico" acuñado por Jorge Valdano, para explicar el efecto que produce en sus rivales la presión de decenas de miles de seguidores del Real Madrid, rugiendo o silbando como un solo hombre al rival de turno y ya no es extraño, ni parece que amonestable, que el entrenador del Atlético de Madrid, Cholo Simeone, "eche" una y otra vez a su público encima del "otro", a veces pienso que encima  de los árbitros también cuando quedan sólo minutos para el pitido final y el resultado le favorece o puede cambiar a su favor.
En Argentina, donde, como aquí a veces, el estadio es el lugar donde se subliman casi todos los odios, los amores y, en general, casi todas las frustraciones, ese deporte ha servido a muchos, para su mal, echar fuera los demonios que la carestía de la vida, el par, las sucesivas devaluaciones, los corralitos e, incluso, el dolor y el pánico de dictaduras y guerras tan absurdas como innecesarias, teniendo en cuenta que, que quede claro, ninguna lo es.
En argentina están acostumbrados al ruido y a tomar las calles, el peronismo entrenó y sacó partido a las masas, tanto en el gobierno como en la oposición, del mismo modo que, en casi todo el mundo, la ley que debería regir para todos parece quedarse fuera de las inmediaciones de los estadios, donde lo que sería delito fuera, pasa a ser pasión o "amor a los colores".
En este país, como en tantos otros, los niños tienen antes el carné de socio del equipo de su padre o de un tío, antes que el de la biblioteca pública del barrio, un país donde los niños van en brazos de su padre a llorar o gritar con la suerte mala o buena de "su equipo", un país donde la educación que, a trancas y barrancas, reciben en el colegio o en casa entra en contradicción con lo que ven y oyen en el estadio, un país donde en muchos hogares no hay dinero para libros, pero sí para entradas y abonos para el estadio.
Y, si aquí es así, imaginaos en Argentina, donde hace tiempo, como aquí, las mafias se han hecho sitio en las hinchadas de los equipos, entre otras cosas, porque a las directivas les interesa tener su propia "fuerza de choque", sus perros de pelea, a los que, como os decía al principio, no siempre se les sujeta a tiempo, porque, para gente con el cerebro tan saturado por el fútbol, resulta difícil dejar de hacer aquello que se le ha aplaudido tantas veces. 
Si no queremos que se reproduzcan en Buenos Aires o cualquier otro sitio los incidentes de este fin de semana, hay que atar a los perros del fútbol i impedir, incluso, que se reproduzcan. Si no se hace, cualquier cosa puede pasar.

viernes, 23 de noviembre de 2018

JUSTICIA MACHISTA HASTA EL ESCARNIO



En mi saludo cotidiano a los amigos y no tan amigos de Facebook, recordaba hoy "El preso número nueve" aquella vieja canción mexicana recuperada por Joan Báez en los sesenta y que aquellos que tenemos ya "una edad" hemos cantado alguna que otra vez, en torno a unas litronas y a ese amigo o amiga que tocaba la guitarra, yo nunca fui capaz, una canción que por paradójico que parezca estaba en el repertorio de "la progresía" de entonces.
Hoy, después de tantos años, me espanta esa historia que nos habla de un preso, el número nueve, al que van a ajusticiar por haber matado a su mujer y al amigo con quien le era "infiel". El preso, con un pie en el cadalso defiende lo que hizo ante el cura ante el que no se arrepiente del crimen que va a pagar con la vida, porque sabe que "allá en el cielo, el juez supremo le juzgara" y asegura que, si vuelve a nacer, los vuelve a matar.
Escuchándosela a Joan Báez esta mañana me horrorizaba ante la frialdad con que la canción narra esta historia en la que las víctimas no tienen voz ni razones, en la que, por el contrario, el preso está seguro de ser perdonado allá en el cielo y, aunque no lo dice, de haber matado a la pareja atendiendo, si no a la justicia de los hombres, está condenado a muerte, si a la de dios. Menudo panorama. Menos mal que, mucho o poco, algo hemos cambiado y, al menos a mí, me horrorizan todas estas canciones que ensalzan a los supremacistas masculinos que consideran a las mujeres poco más que mascotas o ganado al que no se le reconocen sentimientos, si no son los comprometidos ante un cura en un altar.
Han pasado muchos años y ha sido mucho lo que hemos avanzado, aunque parece que curas y jueces y menos mal que no todos poco o nada se han movido desde los tiempos de la canción. Se ve que las togas y las sotanas pesan a la hora de caminar hacia adelante, porque escuchando o leyendo homilías y sentencias a uno le parece estar en otro siglo o en otro planeta. Un planeta y un siglo exclusivo para los hombres, en el que las mujeres van a llevar siempre las de perder.
No hay más que repasar algunas sentencias que hemos conocido esta semana. Sentencias en las que la mujer, por serlo, tiene que resistir hasta la muerte a la brutalidad de un hombre, sea marido o no, para acreditar que ha sido víctima de una violación, unas sentencias en las que, porque él desistió de seguir apretando el cuello de su víctima, al borde ya de la asfixia, y pese a haberla acuchillado, lo suyo sólo merece diez meses de prisión, porque no fue tentativa de homicidio, sino maltrato ocasional
Vivimos en un planeta y en un siglo en el que en un país presuntamente civilizado y presuntamente democrático, en función de dónde una mujer o un hombre sean víctimas de una violación tiene que acudir antes a comisaria a denunciar que a un  hospital  para ser atendida y ya sabemos el interés que ponen en algunas comisarías en atender las denuncias, un sindiós que se produce en Madrid, donde no respetar ese absurdo protocolo puede llevarla a que la denuncia nunca sea atendida.
No quiero ni imaginar que hubiese sido de la víctima de la despreciable "manada" de Pamplona si su violación grupal hubiese sucedido en Madrid y hubiese acudido a un hospital para ser atendida. Sólo no haber caído en las manos del juez Ricardo González, ponente de la sentencia de su caso, de otra en las que absolvió a un hombre acusado de abusar de su hija, menor de edad, porque, pese a los hechos demostrados, la niña no se mostró incómoda. Una joya de magistrado este Ricardo González, también ponente de la sentencia en la que se consideró maltratador ocasional a quien acuchilló y a punto estuvo de estrangular a su mujer delante de sus hijos.
No me cabe duda de que al “preso número nueve”, el de la canción, el magistrado Ricardo Gonzáles le hubiese absuelto, como no me cabe duda y no me cabe de que es a causa de prejuicios y rémoras nacidas de la religión, la católica en nuestro caso, de que la justicia española, en ocasiones, demasiadas ocasiones, es machista y lo es hasta el escarnio.

jueves, 22 de noviembre de 2018

DINAMITEROS


Son una nueva raza, son, por lo general, jóvenes, dominadores de las redes, tuiteros de dedo fácil, acostumbrados a resumir la vida en ciento cuarenta caracteres, en frases sin pasado ni futuro, muy vistosas, impactantes y capaces de desatar una galerna, silenciando bares con la tele encendida, para, a continuación, remover el fondo de las conversaciones, sacando lo peor de cada uno.
No son irresponsables, pese a lo que piensan muchos. Hacen lo que hacen perfectamente conscientes de las consecuencias y son, precisamente, las consecuencias lo que buscan. Son los dinamiteros de la política, los que se encargan de volar los puentes, de echar abajo aquello que, quizá demasiado tarde, cuando es evidente la metedura de pata, se considera erróneo. Van armados de su teléfono móvil y de toda la adrenalina que son capaces de soportar y, a cada minuto, se lanza a las redes sin red, en busca del terremoto y el consiguiente tsunami que, saben, provocará su ingenio.
El último ejemplo, quizá el paradigma, es Gabriel Rufián, el diputado de Esquerra que sube al AVE todas las semanas con el firme propósito de abrir los telediarios y, cuando se tercia, hacerse el amo de todos esos programas de la mañana, mezcla perfecta de la polémica política y los más morbosos sucesos, todo bajo la lupa y la opinión de contertulios perfectamente previsibles, capaces de hacer saltar de su sillón a quien los ve y escucha.
Está claro que saben de su poder y lo aprovechan. Viven atentos a lo que se escribe en las redes y están dispuestos, en el más puro estilo Trump, a incendiarlas desviando la atención de las mismas de lo que debería ser lo importante a lo que es, simplemente, escandaloso y a sacar partido de la reacción que han provocado. Critico a quienes lo hacen, pero, desgraciadamente y salvo que cambiemos, de ellos es el futuro, porque, hoy por hoy, no creo que nadie se atreva a apear de las listas de Esquerra para el Congreso a un diputado como Rufián, que, día sí y día también, lleva los focos de las televisiones de “España" a la causa del "procés". Lo sabe y lo cultiva. Se viste la capa de superhéroe independentista y recoge insultos aquí y flores allá, que las dos cosas sirven para engrandecer su figura.
Como tampoco creo que haya nadie capaz en el PP de apear de las suyas a Rafael Hernando, "afiliado por Almería", más, viendo el triste resultado de la cursi y aburrida Dolors Montserrat, juguete todos los miércoles en manos de la vicepresidenta Calvo. Son, a los miopes ojos de los medios, la sal de la política, porque simplifican mucho su trabajo, dándoles la foto y el titular.
Sin embargo, cumplen otra función que hay que buscar afinando el enfoque más allá de los destellos y el ruido, la de dinamitar cualquier acuerdo, cualquier atisbo de diálogo, cualquier vía de solución para los graves conflictos abiertos. Esa es la especialidad de Pablo Casado que, de ser un Rufián  en las filas del PP, por una triple carambola del destino ha llegado a la presidencia del PP para seguir en las suyas, manejando las redes y la información, más pendiente, también, de las redes que del pasado y del futuro, capaz, no me lo quito de la cabeza, de fabricar, sólo o en compañía, el tuit que, en manos de su portavoz en el Senado, Ignacio Coisidó, y convenientemente filtrado, se convirtió en la carga que voló por los aires el acuerdo Catalá-Delgado para renovar el Consejo General del Poder Judicial.
Lo digo, porque Casado no ha mostrad el más mínimo interés en encontrar al verdadero autor del tuit, seguramente porque lo sabe de sobra, y, en lugar de castigar a su torpe portavoz, dio por dinamitado el acuerdo al que habían llegado exministro y ministra.
En fin, que creo que ese era precisamente el fin perseguido por el tuit y las filtraciones: volar por los aires un pacto mal entendido y muy criticado en el PP. Del mismo modo creo que Rufián, que podría llegar a ser el "Casado" de ERC, vino el miércoles a Madrid a dinamitar el "buen rollo" que parecía haberse instalado entre su partido y el PSOE. Estaba todo estudiado. Vino a Madrid a provocar a su enemigo mortal, Ciudadanos, y usó a Borrell como excusa. Provocó también a la presidenta Pastor y tardó apenas unos segundos en conseguir que ésta le sacase la tercera "tarjeta" expulsándole del Pleno, dando lugar a un espectáculo monumental, del que mitad cristo crucificado, mitad torrero en tarde de triunfo, salió héroe o mártir, a hombros de su grupo.
Los dinamiteros cumplieron su cometido y hoy, más allá de los insultos y el bufido que pareció escupitajo, la convivencia es más difícil y los medios tienen la carnaza con la que llenar pautas y escaletas.

miércoles, 21 de noviembre de 2018

EL GRANO DE LA JUSTICIA




Recuerdo que en mis tiempos mozos hablábamos de los poderes fácticos que por entonces y para quienes nos ahogábamos en el traje de la dictadura eran la iglesia, la banca y el ejército. Sin embargo, la iglesia, y estoy hablando de la católica, por supuesto, influida por el movimiento posconciliar y por los sentimientos nacionalistas, Tarancón, eran los tiempos Añoveros y el abad de Montserrat, pese a que era la misma que había llevado a Franco bajo palio, comenzó a resituarse en la sociedad y lo hizo para bien, cobijando a quienes se ·organizaban" contra la dictadura. De la banca, qué deciros. Quizá que, como la mierda, siempre flota y que, como en el casino, siempre gana y, si pierde, perdemos todos, porque lo pagamos todos. En cuanto al ejército, los ejércitos, fueron el tiempo y los viajes al extranjero, los idiomas, los que los fueron puliendo para la democracia, pese a que algunos de sus miembros aún estuvieran dispuestos a darnos algún que otro sobresalto que, al final, resultó ser una ducha de fría realidad que actúo como vacuna contra nuevas veleidades golpistas.
Partidos políticos legalizados no teníamos, salvo la falange impuesta, pero ya se encargarían ellos mismos de nacer crecer, confundirnos y enriquecerse. Pero ¿y la Justicia? La justicia bien, gracias. Fueron muy pocos los jueces que se atrevieron, no ya a alzar la voz, sino a decir o hacer algo distinto de lo que se esperaba de ellos. Sería el tiempo quien se encargase de frustrar cualquier sueño sobre la justicia y los jueces nacido al calor de la democracia, dando la razón a quienes repiten resignados esa maldición, nacida de la experiencia, que nos recuerda amenazante: "pleitos tengas y los ganes".
Me recuerdo en la facultad de Veterinaria, uno tiene su pasado, a punto de entrar en un examen de Anatomía para el que no me había preparado, cuando en la cafetería se hizo un silencio extraño y,  después, comenzaron a correr los rumores, entonces no había radio ni televisión que informasen con libertad, hasta que alguien dio sentido al revuelo, contando, de una fuente fiable que, creo recordar, era un familiar de algún compañero que trabajaba en Telefónica, haciéndonos saber que había volado el coche del almirante Carrero, delfín de Franco.
Traigo a cuenta este episodio, porque, al mismo tiempo, se juzgaba a los acusados del proceso 1001, la cúpula de la entonces clandestina Comisiones Obreras, por lo que muchos, fiándonos poco o nada del tribunal que los iba a juzgar, fuimos a los alrededores de lo que hoy es el Supremo, donde tenía entonces su sede el TOP, con Marcelino Camacho, Nicolás Sartorius y sus compañeros encerrados en sus calabozos.
El tiempo paso, Camacho, Sartorius y sus compañeros cumplieron sus panas hasta que se promulgó la ley de amnistía que, por arte de "birli birloque" perdonó sus delitos a los luchadores contra Franco y sus abusos y sus crímenes a quienes, jueces incluidos, sirvieron con saña al franquismo.
Un arte de "birli birloque" que transformó un tribunal especial, como el Tribunal de Orden Público, en otro no menos especial como lo es la Audiencia Nacional, un arte de "birli birloque" que hizo de los jueces franquistas jueces de la democracia, que no siempre demócratas, y, como quien encala los muros de una casa vieja, dejó, sin purgas ni renuncias, a la misma justicia que sirvió a Franco, lista para usar en democracia.
Han pasado cuarenta años desde entonces, pero en el Palacio de Justicia donde sigue teniendo su sede el Supremo, en los armarios donde se cuelgan las togas siguen muchos de los fantasmas del pasado. Es como una maldición, la maldición de las castas, que pesa sobre una institución en la que la cúpula se parece poco o nada a sus bases, repartidas en cada uno de los juzgados desperdigados por España, una maldición que impide que en el palacio de la Plaza de la Villa de París entre al aire fresco que saque a los fantasmas de sus armarios. Una maldición que se apoya en todos esos partidos, dispuestos a repartirse el poder para influir en el gobierno de los jueces, con sanciones y nombramiento poco claros, tan poco claros que permiten sentencias y decisiones como la que mantiene en la calle a los salvajes de "la manada" o revuelca la lógica y la ley en otras como la de las hipotecas.
El Estado está en crisis, no acaba de pasar el sarampión de la decencia, y, ahora, lleno de pus, ha reventado el grano, el absceso, de la Justicia.