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jueves, 29 de noviembre de 2018

EGOÍSMO IRRESPONSABLE SOBRE DOS RUEDAS


Tengo un padre anciano, con noventa y cinco años a sus espaldas, que todos los días sale a pasear una o dos veces, y yo mismo tengo serias dificultades de visión, una retinopatía diabética, que, como consecuencia del tratamiento que me ha salvado una pequeña parte de la visión, me ha privado de la visión periférica, de modo que sólo veo, y no del todo bien, lo que tengo delante de mí, no lo que ocurre a los lados, arriba o abajo, una limitación, os lo aseguro, mucho más seria de lo que parece.
Os cuento esto, con una cierta impudicia, para que lleguéis a entender mi hipersensibilidad hacia esos nuevos "medios de transporte", basados en la innovación, el esnobismo, el desprecio a leyes y normas y una gran dosis de egoísmo 
Me refiero, claro está a los patinetes, las motos y las bicis que, con motor eléctrico, permiten cruzar la ciudad sin una gota de sudor y, lo que es peor, sin ruido vehículos muy peligrosos, no sólo para quien los utiliza, sino, especialmente, para quienes, ante la falta de interés de las autoridades, tenemos que compartir aceras y espacio con ellos que, en el mejor de los casos, cuadruplican la velocidad de un peatón, conducidos, además, por individuos que no han superado ninguna prueba para ello, que no están identificados y que pretenden lo mejor de los dos mundos, huyendo de los peligros del tráfico a costa de trasladarlos a las aceras.
Nadie que no haya sufrido el embiste de uno de estos "cacharros" puede imaginar el daño que puede causar una masa de más de sesenta kilos a treinta, si no más, kilómetros por hora. Lo mínimo que pueden causar es la caída del peatón y las aceras están llenas de obstáculos, bancos, escaparates, árboles farolas o papeleras, contra los que la víctima sería lanzada con toda la inercia que le transmite el "cacharro" que les atropella. Ayer supimos de la muerte de una anciana en Cataluña, atropellada en agosto por uno de estos patinetes mientras paseaba con su andador, como cada día, por la rambla de su barrio.
Seguro que, a sus noventa años, obligada a pasear con su andador, esa mujer no podía imaginar que iba a morir a causa de un accidente de "tráfico", menos que iba a ser atropellada por un patinete raudo y silencioso. Pero fue así. La desidia de las administraciones que no nos protegen, con reglamentos, vigilancia y sanciones, del egoísmo irresponsable de quien los "conduce" y de la codicia de empresa que se aprovechan, sin el más mínimo escrúpulo de los vacíos que deja la ley y que, por si fuera poco, reciben los beneficios de su inversión muy lejos de las ciudades que, como las nuestras, hace tiempo "colonizan".
Primero fueron las bicis, que, aprovechándose de la inversión realizada por los ayuntamientos en la movilidad y accesibilidad de las sillas de ruedas, las carretillas de los repartidores o los carritos de los niños, convirtieron nuestras aceras en su particular calzada, cuando no pista de carreras, en la que ya no hay que poner el pie en tierra para cruzar las calles transversales y en la que alcanzan velocidades impensables entre el tráfico, eligiendo, además, el lado de la acera por el que sube, con o sin sol, y el sentido de la marcha, sin atender a normas, mucho menos a la prudencia o la cortesía.
He visto a estos ciclistas espantando ancianos, a padres con un pelotón de niños detrás, a padres, en la acera o la calzada, en patinete con su niño de apenas tres o cuatro años, mochila incluida, en medio del tráfico de calles importantes como la madrileña de Bailén, en la que coches y autobuses alcanzan velocidades superiores incluso a las autorizadas. Y, lo que es peor, los he visto pasar, a veces, delante de las narices de los municipales.
Eso, en cuanto a esos pequeños cachivaches motorizados cuando están en movimiento. Pero no para ahí la cosa, porque, gracias a la falta de respeto y al egoísmo, permitidme que insista, de sus usuarios, también parados son, no sólo una molestia, sino, también, un peligro, capaz de enredarse en los pies de un anciano, de hacer caer a un invidente, de impedir cruzar semáforos con seguridad o de obligar a saltar sobre ellos a los pasajeros de un autobús cuando son abandonados en sus paradas. 
Los he visto y fotografiado tirados en medio de la acera, atravesados en ella, bloqueando el paso a la salida de un portal, o, como podéis ver en la foto, impidiendo el uso del mobiliario urbano. No creo que lo que yo veo, en la calzada o en las aceras, parados o en movimiento, no lo hayan visto las autoridades o la policía que pagamos todos. Ayer nos enteramos de la muerte de una anciana que, me temo, no fue la primera ni será la última víctima, sin que sepamos, al menos tanto como quisiéramos, de multas ni sanciones, a las empresas o a los usuarios. Por eso creo que ya es hora de que alguien ponga coto a tanto egoísmo irresponsable sobre dos ruedas.

martes, 28 de mayo de 2013

AMBIGÜEDAD SOBRE RUEDAS

 
 
Vaya por delante que tengo amigos ciclistas que respetan las normas y que yo mismo he circulado mucho en bici por ciudad, aunque fueran otros los tiempos, para la ciudad y para mí. Vaya también por delante que, desde la perspectiva que dan los años, probablemente hoy no me atrevería a circular en bici por la calzada, pero tampoco lo haría por las aceras poniendo en riesgo a peatones de todas las edades que lo que menos esperan es encontrarse con un ciclista, circulando a veces a gran velocidad, al salir de un portal o que ese mismo ciclista u otro cualquiera le pase a centímetros cuando camina por un espacio destinado exclusivamente a los peatones.
Viene todo esto a propósito del debate abierto, al menos en Madrid, en torno a la obligatoriedad del uso del casco para circular en bici por ciudad que prepara la DGT, a la que se opone el Ayuntamiento de Madrid, con su alcaldesa al frente, que, al parecer, ha optado, ya desde los tiempos de Gallardón, en no legislar, no regular, no sancionar y no vigilar el uso de la bicicleta en la ciudad, dando amparo a una desigual convivencia de ciclistas, peatones y vehículos a motor en una de las ciudades de tráfico más caótico de Europa.
Los ciclistas no quieren el casco porque resulta incómodo y, claro, para circular por las aceras, donde el riesgo lo corren los peatones que sortean, les resulta un estorbo incómodo. Otro gallo nos cantara, si se les obligase a cumplir la ley moviéndose entre el tráfico sin más protección que su cuerpo. Les han convencido de que la bicicleta es un símbolo de libertad y lo han tomado al pie de la letra. Están en su derecho de dejarse enredar por la demagogia de esos alcaldes que, en lugar de construir carriles bici en las calzadas, los trazan restando espacio a las aceras o se limitan a ordenar a sus agentes de policía, implacables con manteros y vendedores ambulantes, a hacer la vista gorda con los ciclistas que invaden las aceras aprovechando que, para facilitar la movilidad de los cochecitos de niño, las sillas de ruedas o las carretillas de reparto, se han convertido los bordillos en rampas.
Los ciclistas, ante esta mentirosa ambigüedad de los alcaldes, han decidido tomar a voluntad lo mejor de los mundos en que viven: lanzarse por las aceras, sin casco y sin control, pasando a centímetros de los peatones a los que a duras penas esquivan, o bajarse a la calzada para no tener que esperar a que el semáforo se abra para los que van a pie, esgrimiendo entonces su condición de vehículo. Lo que acaba ocurriendo es que, al final, toman sólo las ventajas y no las obligaciones de cada mundo, con lo que quienes caminamos porque no nos queda otro remedio, y bien sano que es, que conste, estamos perdiendo los derechos que nos asisten sobre las aceras, ante la indiferencia de quienes deberían hacer cumplir la ley, a quienes nunca he visto interceptar a un ciclista por circular a lo loco en ellas y eso que he visto sobre ellas ciclistas en "manada", ciclistas con auriculares, ciclistas apartando a gritos o silbidos a peatones de su paso, ciclistas consultando su smartphone en marcha, ciclistas más pendientes de sus compañeros de "aventura" que de aquellos con que, abusivamente, comparten la acera, ciclistas egoístas y altivos, como caballeros medievales, a los que poco o nada les importan los modestos arrieros de a pie... los he visto, en resumen, cambiar de acera, que no de sentido, para ir por la acera en sombra de las avenidas.
Tan seguros están de sus derechos y de su nula fragilidad sobre las aceras que no quieren el casco que se pretende que lleven para su protección, "pasan" de cualquier norma de seguridad que es obligatoria en todo vehículo y pasan, no sólo del casco, sino, también, de las necesarias luces para circular de noche o, incluso, de un modesto timbre o bocina para advertir de su llegada.
Pero la realidad es terca y se ha empeñado en desmontar con sarcasmo los ventajistas y demagógicos argumentos de quienes criticaban ayer la obligatoriedad del casco que les quiere imponer la DGT. Esta mañana, sin ir más lejos, después de escuchar a un representante de una de las asociaciones que promueve el uso urbano de la bici comentando con sorna el dato de que mueren más peatones por la caída de macetas que ciclistas por golpes en la cabeza mientras circulan, nos han contado en la radio que un ciclista que circulaba esta noche sin luces y sin casco junto a la Puerta de Toledo, ha muerto atropellado por un coche patrulla.
No estaría de más que la alcaldesa de Madrid, tan torpe ella, hiciese algo por acabar con esa ambigüedad sobre ruedas que deja a los ciclistas en un limbo legal y a nosotros, los peatones, en un infierno lleno de peligros con los que no tenemos por qué contar.