lunes, 9 de octubre de 2017

LOS SONIDOS DEL SILENCIO


Escuché no hace mucho a Iñaki Gabilondo que las mayorías silenciosas no existen hasta que hablan, hasta que se manifiestan ¡Qué gran verdad! Hasta hace sólo dos días, parecería que, en la España que los independentistas llaman "Madrid" o "el Estado", como si el nombre de este país, que también es el suyo, les quemara los labios, la España de la que quieren excluirse, sólo estuvieran los del "A por ellos", de los que se pasean con camisetas de esa selección en la que no quieren a Piqué o con capas de falsa seda rojigualda, anudadas al cuello, como si de héroes deportivos, los únicos posibles hoy, o de superhéroes de tebeo, llamados a arreglar a puñetazos cualquier gigante o molino que les saliera al paso.
Sin embargo y afortunadamente, el sábado las plazas de los ayuntamientos de numerosas ciudades españolas, grandes y pequeñas, en Cataluña o fuera de ella, se llenaron de gente vestida de blanco o de paisano clamando a esos gobernantes que tan poco han pensado en ellos -sólo lo hacen cuando necesitan su voto- que cumplan con su deber que es solucionar nuestros problemas, sobre todo los que ellos mismos crean y nos crean, hablando entre ellos. Y fueron decenas, cientos de miles, quienes salimos a la calle para acabar con este trágico esperpento al que unos y otros nos han arrastrado. Ha sido el exceso de prudencia o el miedo, vienen a ser lo mismo, el que nos ha mantenido al margen, como meros espectadores, angustiados a veces, cabreados otras, delante de televisores en los que, como en un bucle infernal sólo se hablaba de un incendio al que todo el mundo echaba gasolina y leña, pero nadie parecía querer o saber apagar.
Pero de todo se aprende, del miedo también, y esta vez, espero que para siempre. hayamos aprendido eso, que tenemos que formar parte de la solución de los problemas que nos conciernen y que ese formar parte comienza por hacerse preguntas, por dudar de todo y de todos, por ser dueños de nuestro propio pensamiento, elaborado de las esquirlas y las cenizas de todos esos mensajes que, con suerte, hayamos podido desmontar. Se aprende que no hay que creer en las mentiras que creemos que nos convienen, porque las mentiras son. También que ese esperar a que escampe, tan del peor presidente que ha tenido la joven democracia española, lleva a perderlo todo en la tormenta, y, sobre todo que debemos escoger bien a nuestros líderes, porque no hay que fiarlo todo a la labia llena de épica de algunos dirigentes ni al silencio imprudente de otros.
Ha habido demasiados silencios. Están el de los empresarios que han permanecido vergonzosamente callados hasta que el miedo de sus clientes les ha llegado a la cartera, el de los intelectuales que, salvo honrosas excepciones, al margen de los ventajistas que siempre cargan sus mensajes de ese temible ardor guerrero que les resulta tan rentable, han permanecido prudentemente callados, no fuera a ser que... un silencio que rompió valientemente Isabel Coixet y que luego fue seguido de manifiestos "a la firma" que llegaron, quizá, con retraso.
Pero el silencio se rompió estos días y nos permitió escuchar con claridad la solvencia intelectual de Josep Borrell, catalán de la montaña, que, sin la atención suficiente por parte de los medios venía desmontando una a una todas las mentiras de ese meapilas hipócrita en que se ha convertido Oriol Junqueras. Demasiado tarde, pero a tiempo, y, no de la mano de los políticos, sino con estos llevados a rastras, la calle ha hablado. Y la han escuchado.
La ha escuchado el mismísimo Puigdemont que en un cínico "corta y pega" se comió anoche la parte de su intervención ante TV3 que la cadena había venido cacareando en los avances previos. También ha escuchado el gobierno francés, que ya ha manifestado que en ningún caso va a reconocer a una Cataluña independizada de un estado democrático como España.
Más claro, agua. Ya está claro, se ha roto el silencio, ha hablado esa mayoría silenciosa que, ahora sí, ha sido escuchada y ya es gente, ciudadanos con cara y con nombre y apellidos. Y su grito silencioso no es ni debe ser el "a por ellos" de unos ni el "las calles serán siempre nuestras" de los otros. Este fin de semana ha quedado claro que no.

viernes, 6 de octubre de 2017

COGE EL DINERO Y CORRE


¿Quién dijo que iba a ser fácil? ¿Quién dijo que iba a ser gratis? Desde luego, han sido muchos, demasiados. Y han sido muchos los que han guardado silencio o los que, como yo, pensábamos que no iba a pasar nada, que alguien pisaría el freno antes de lanzar por la cuesta de esta quimérica locura que ha sacudido las callas de Cataluña, un tren cargado con más de siete millones de españoles, que lo son a la fuerza o no, con todos sus sueños y sus vidas. Pero no ha sido así. Me había equivocado. La rauxa ha podido con el seny, llevándose por delante años y años de sensatez.
Demasiado incienso y demasiada pólvora en el escenario. Pólvora e incienso que, afortunadamente, son, al menos de momento, sólo metafóricos, pero en todo lo que está sucediendo estos días hay demasiado misticismo, en unos, y demasiada prisa por dinamitarlo todo en otros. Y no hablo de que a un lado estén los místicos y en el otro los incendiarios, no. Están mezclados, distanciados, si no por sus intereses, sí por sus actitudes.
Por desgracia, no es la primera vez que lo escribo ni soy el primero que lo hace, los culpables están enfrentados y revueltos tanto en eso que llaman “Madrid" como en Cataluña. En uno y otro lado están los que han llenado las calles de flamantes banderas rojas y amarillas, la sangre y el fuego, porque, al final, todas las banderas se parecen y, evocando una imagen que me permito robar al poeta mexicano José Emilio Pacheco, no son más que instrumentos con los que tratamos de apresar la libertad que es el viento. En uno y otro lado están quienes han lanzado a la gente a la calle llenos de patriotismo y les mueven intereses parecidos, e poder o la gloria, siempre muy lejos de los de la gente, esa gente a la que, estoy seguro, no le gusta sufrir, no le gusta perder.
Deberíamos fijar en nuestra conciencia algo que, en la vorágine de "los directos" no se ha explicado cómo se debe y eso que no se ha explicado es que la mayor parte de la gente que se ha movilizado en Cataluña lo ha hecho creyendo que España y no Rajoy o el PP era el origen de sus penurias. Se lo han hecho creer personajes como el vicepresidente Junqueras que, ayer mismo nos explicó que en una Cataluña independiente les iría mejor a las mujeres y a los pobres, que la economía crecería y que todo iría mejor. Y lo dijo con ese tono enervante de quien exige suplicando, con ese olor a incienso, con ese misticismo que le lleva a cerrar cada entrevista y sin venir a cuento, explicándonos que es católico practicante, como si eso fuese garantía de cordura o bonhomía o incurriendo en el error de hacerse perdonar por decir lo que, de ser cierto, se sostendría por sí solo.
Sin embargo, de existir, ese dios para el que dicen que trabajó en los sótanos del Vaticano no debía estar ayer de su parte, porque, mientras hablaba para la Sexta, los acontecimientos se precipitaban y el dinero, que no tiene color, le daba la espalda a la Cataluña soñada por él y sus compañeros de aventura, porque, minutos antes del comienzo de su entrevista, el banco Sabadell anunciaba el traslado de su sede a Alicante y Caixa Bank, el mayor banco con sede en el territorio que pretenden declarar independiente anunciaba que entraba en sus planes en sacar su sede de Barcelona. Y es que tanta inquietud asusta, no al dinero sino a sus propietarios que, estaban empezando a mover sus depósitos a destinos más seguros y las acciones de uno y otro se precipitaban en Bolsa.
Fue mano de santo, porque estos movimiento, como los seguidos por otras prestigiosas empresa con base en Cataluña, habían dejado en evidencia al Govern y sus proyectos que, sigilosamente está ya replegando velas y bajando el tono de su discurso mientras, como diría un castizo "visten el santo" del incumplimiento de una promesa forzada y el fracaso, al menos por el momento o tal cual estaba diseñado, de un "proceso" lleno de trampas, a cambio del apoyo de la díscola e intransigente CUP.
El dinero tiene que sentirse cómodo y seguro y en las últimas semanas, la comodidad y la seguridad, en Cataluña, brillan por su ausencia. El dinero no tiene color y es de miedo fácil. Por eso está consiguiendo en pocas horas aquello en que la razón y el seny. han fracasado. Un alivio, pero un triste alivio, porque que esta loca carrera por salir de Cataluña, ese "coge el dinero y corre" que han emprendido el dinero y quienes lo tienen haya sido más eficaz que la razón más que alivio, debería darnos miedo,

jueves, 5 de octubre de 2017

DE TELEVISIONES Y DISCURSOS


Hoy, como vengo haciendo cada día desde hace años, he colgado en mi muro de Facebook esta genial "obra" de ese poeta de las paredes y las calles que es el grafitero inglés Banksy. En ella, puede verse cómo un cámara de televisión arranca una flor del suelo para poder grabarla con detalle, la imagen que nos dejó Banksy en vete a saber qué muro de qué ciudad es algo más que una imagen o un poema: es una acertada metáfora de lo que nos está pasando.
Vivimos pendientes de lo que ocurre y lo vivimos al segundo, a través del "directo" de las teles, sin darnos cuenta de que éstas esconden bajo su disfraz de testigos imparciales  el traje de lentejuelas del protagonismo, sin darnos cuenta de que éstas, las televisiones, fuerzan a veces la actualidad y, sólo por ello, la transformas, sin darnos cuenta de que ese bucle infernal en que nos han metido, en el que una imagen se repite una y otra vez, hipnotizándonos, bustos vociferantes intercambian ante nosotros, uno tras otro, sus dogmas indemostrables 
La imagen le ha ganado la partida a la palabra y las imágenes, cada vez más fuertes, cada vez más forzadas, sirven de soporte a los discursos más peregrinos que, apoyados en ellas, hacen verosímil lo que, sólo con palabras y con tiempo para pensar sobre ello nos parecería una patraña. Quizá por ello y sin haberlo conocido, mi abuelo, que era muy sabio, decía aquello de "de lo que veas, la mitad creas".
¿Qué quiere decir con todo esto? Simplemente, que hay que desconfiar, que no hay que creer a pies juntillas ni siquiera lo que creemos estar viendo, que un plano cerrado sobre unas pocas decenas de personas puede hacerse pasar por una multitud y que, por el contrario, buscando los claros que hay en toda reunión de masas, puede arruinarse cualquier convocatoria de éxito.
Del mismo modo llevar la cámara hacia los que vociferan o los violentos puede hacernos creer que el resto vocifera y se deja llevar por la violencia. Una sola hoguera en una carretera puede traducirse como violencia incendiaria y, por llevarlo a otro terreno, un rosario de desplantes o gestos buscados y convenientemente adornados, vengan de Gabriel Rufián, Rafael Hernando, Pablo Iglesias o cualquier otro pueden hacernos creer que la razón y la fuerza están donde nunca han estado.
Qué pena que en la escuela no se enseñe a ver televisión, como se enseña a leer y escribir. Qué pena que la televisión ya no se vea "en familia", qué pena que no se contrasten las interpretaciones de lo que creemos ver y que, a lo peor, no es más que un juego de luces, sombras y sonidos. Qué pena que esa competencia que, nos lo hicieron creer, iba a mejorar la calidad de nuestra televisión, se haya convertido en una pelea por las audiencias a costa de quien sea y de lo que sea. Qué pena que, hoy, las televisiones se dediquen a arrancar las flores para mostrárnoslas a su modo y sin el menor respeto por la verdad.
Algo parecido ocurre al otro lado de la cámara con los profesionales de la política. Raro es el que no cuenta con un ejército de asesores de imagen que corrigen sus gestos y sus tics, que les enseñan a mover los brazos y las manos de una manera mecánica y artificiosa, persiguiendo el doble objetivo de hipnotizarnos, también ellos, y, además, el de que, ellos, mantengan el equilibrio y no se caigan de su propio discurso.
Dicho esto, creo que los asesores del rey estuvieron el martes de vacaciones. Él no, que leyó, sin sus habituales gallos, apenas uno o dos, y sin cortes aparentes un discurso que, si no se lo habían escrito directamente en la Moncloa, sí se lo habían inspirado. Un discurso en el que dejó de lado las soluciones valientes e imaginativas, para precipitarse en el tobogán de la "firmeza", tan peligroso como el camino sin salida y sin retorno que transita, ya titubeante, el profeta Puigdemont.
Nada que ver los asesores de La Zarzuela, tan ausentes y faltos de ganas el martes como los mossos de esquadra en las primeras horas del domingo, con los que prepararon la puesta en escena y todo lo demás para la intervención del president anoche.
Bien es verdad que la mejora era fácil, Bastaba con dar la vuelta al naufragado discurso de Felipe de Borbón. Bastaba con asomarse tranquilamente a una puerta, dar a entender que, en lugar de hacernos pasar a su despacho, para atendernos sentado, tras el parapeto de la mesa de su despacho, dejando en evidencia la presencia de las cámaras, salió a recibirnos, de pue, al umbral de una puerta, una puerta que podía ser la de su vivienda o la de su despacho, dejando suficiente aire entre él y las cámaras, que, de ese modo, desaparecieron. Una puesta en escena más a la francesa, con apenas un micrófono prácticamente inapreciable, para dar a entender la naturalidad que sin duda no había.
Pero no sólo eso, porque, si el discurso del rey cerró o, al menos, no abrió puertas, el de Puigdemont, más sibilino y humilde, quizá porque ya había perdido toda esperanza de apoyo internacional, si no la abrió, sí dejo entrever que ofrecía lo que hasta ahora había negado: tiempo.

En fin, que en uno y otro lado, en todas partes, arrancan las flores para metérnoslas  en la cabeza por los ojos.

miércoles, 4 de octubre de 2017

TENGO MIEDO

Dicen que, a medida que vamos cumpliendo años, a medida que vamos teniendo más experiencia, a medida que los afectos y las cosas nos atan, nos volvemos más prudentes o, si así lo preferís, más cobardes. Me está pasando. El miedo va ganando terreno en mí, porque no encuentro una salida a lo que está pasando. Me ocurre en esto, lo mismo que en la vida cotidiana, en la calle, cuando salgo del entorno que conozco. No sé si sabéis que padezco una grave discapacidad visual que me impide, por ejemplo, leer las placas con el nombre de las calles, que me impide distinguir lo que hay más allá de dos manzanas, y, por si fuera poco, lo que me queda a ambos cuando camino. Tengo a menudo boca de carretero, porque, cuando algo se trastoca en ese entorno que conozco, juro y maldigo, porque me siento engañado e indefenso.
No sé si sois capaces de imagina lo que os digo, no sé si podéis, no lo deseo, poneros en mi lugar. es muy duro y, por eso, necesito certezas, necesito saber que la altura de los bordillos es más o menos la misma en cada calle, en cada cruce, necesito estar seguro de que, al dar ese paso, no voy a "caer" a la calzada o a "tropezar" con ella. No es divertido y, sin embargo, tengo ganas de vivir, de convivir, y, sobre todo, de comprobar que lo que queda más allá es transitable.
Un temor parecido al que os describo me acongoja estos días que vivimos, yendo de sobresalto en sobresalto, sin que nada de lo que he vivido, nada de lo he aprendido me sirva para predecir adonde nos va a llevar el siguiente paso paso que den, unos y otros, hacia un futuro, si no imposible, sí insoportable.
De momento, asistir en la distancia a las cargas policiales del domingo me devuelve a lo más oscuro del franquismo, a los días de universidad, a los "saltos" a las manifestaciones ilegales, a las carreras y los palos y, afortunadamente aún no los ha habido, a las pistolas y las torturas de "los sociales". Lo de ahora es distinto, lo sé, y lo es por muchas razones, pero no por ello tiene pinta de salir mejor. entre otras cosas, porque el gobierno de la Generalitat, que se esconde tras las masas que movilizan la ANC y Òmnium, el mismo que, como hacía Franco, convoca y financia un "paro de país" con los medios y el dinero que es de todos, los que quieren manifestarse y los que no, el mismo que, a remolque de la CUP, convoca el paro y las manifestaciones para una cosa y las aprovecha para otra.
Yo siempre desconfío de los antidisturbios, es una rémora del pasado, del que viví con Franco y del más reciente, con mi Congreso "enjaulado", lloviendo palos en el Paseo del Prado. Quizá por eso no me siento tan escandalizado por las cargas del domingo. No piensan, cumplen órdenes, y, aunque los hay vocacionales, con las calles llenas de fotoperiodistas y smartphones en manos de ciudadanos no he visto, salvo pocas excepciones, las heridas de las que tanto se habla. O es que acaso creyeron al ministro cascarillero cuando dijo que eso iba a ser un picnic. Hubo, sí, pelotas de goma, yo vi en TV como los antidisturbios se colocaban unos a otros los "macutos" con la munición. 
El uso de ese material está, o estaba, prohibido en Cataluña. Y lo estaba después de que una mujer perdiese un ojo por un pelotazo salido de la escopeta de un mosto de escuadra, al que no se castigó porque sus mandos no quisieron identificarle y que, muy probablemente, recibió el domingo flores y aplausos por incumplir de manera torticera y calculada su deber como policía judicial y que estamos viendo estos días protegiendo no se sabe muy bien si a los policías y guardias civiles de los escraches o protegiendo los mismos escraches, cuando no cerrando para la huelga centros comerciales, como en tiempos del dictador cerraban facultades para todo lo contrario.
Por si fuera poco, este clima enrarecido en el que, si no dices lo que algunos quieren escuchar te ves acosado hasta el aburrimiento por los que metafóricamente tienen las mismas o peores dificultades que yo para ver lo que está ocurriendo en realidad. 
Es terrible que esta aventura emprendida por irresponsables afincados en la Plaça de Sant Jaume y en Moncloa esté llevando a que acabes discutiendo con la gente que quieres y respetas. Es peligroso que los mensajes "simples", simples en cualquiera de sus dos acepciones, están calando como calan a uno y otro lado del Ebro, encendiendo los ánimos y poniendo orejeras a los sentidos, especialmente a ese al que aquí se le dice común y en Cataluña seny.
La razón y la verdad no pueden ser absolutas. Hace falta perspectiva. Sería conveniente pararse un momento, tomar aire, mirar hacia atrás, para comprobar de dónde venimos, cuan duro ha sido el camino, cuanto más puede ser el que nos queda y, si, en realidad, la meta está donde nos dicen.
Anche, Felipe de Borbón se dirigió a la ciudadanía, con la misma solemnidad y sobresalto que lo hizo su padre hace treinta y un años, pero, al contrario que ocurrió entonces, el mensaje no ha sido, al menos para mí, nada tranquilizador, porque apenas insinúa en un susurro el entendimiento del que debe llegar la solución y que sólo se logrará hablando. Ni siquiera sé si fue un ave de mal augurio, porque leí entre leneas una tácita autorización moral para que el gobierno insensato que nos hemos dado o no hemos hecho lo posible para que no nos lo den los españoles, aplique el tenebroso "155" que intuyo injusto, doloroso y contestado, porque, si estamos donde estamos, porque a los catalanes les quitaron el estatuto que ellos y nosotros les dimos hace diez años, no puedo ni siquiera  imaginar qué ocurrirá si, además, le quitan su autogobierno.
Creo que, de hacerse, habrá que cambiar el color de los uniformes de quienes tendrían que enviar a Cataluña para imponerlo. Y no me gusta el caqui como solución. Por eso tengo miedo, porque no velo qué hay al final de la calle y el escalón del bordillo es demasiado profundo y oscuro. Por eso y porque hay mucha gente que quiero en Cataluña y también porque tengo una hija y una nieta casi reciñen nacida a la que me gustaría enseñarle esa tierra tan hermosa, en la que nació su abuela, que, de repente, ha quedado de espaldas a la mía. Y tengo miedo, mucho miedo, de que esos mossos, hoy aplaudidos y abrazados sean quienes muelan a palos a los catalanes cuando se echen a la calle para manifestar su rabia y su frustración por sentirse también engañados por quienes les están diciendo que su único problema es España y que, cuando alcancen la independencia, no habrá paro, no habrá corrupción, estarán en la UE, serán la admiración del mundo y todo será de color de rosa.

martes, 3 de octubre de 2017

DE RIVERAS Y "AINTIPIQUÉS"


Que hay quienes buscan solución a los problemas, mientras hay quienes plantean problemas a las soluciones es algo evidente. No hay más que pararse un momento a observar lo que viene haciendo Albert Rivera, que a cada momento se convierte, en contra de lo que proclaman él y los suyos, en la pieza que bloquea el engranaje democrático, impidiendo cualquier transformación de las mayorías y contribuyendo de ese modo a la fosilización del PP y la corrupción que dice combatir y evitando que las partes se sienten a hablar de problemas tan acuciantes como lo que puede ocurrir en esa España que tanto dicen defender y de la que también forma parte Cataluña.
Ayer mismo, a las pocas horas de haber vivido ese domingo tan evitable como trágico para este país, Albert Rivera se mostró, después de verse con el impávido Rajoy, tan intransigente como acostumbra con cualquier atisbo de diálogo con quienes, de la mano del peor inquilino que ha tenido La Moncloa, han colocado a Cataluña y a toda España al borde del precipicio. Pues bien, la solución-problema que plantea Rivera ahora es la aplicación del famoso 155, con convocatoria inmediata de elecciones en Cataluña. Algo que, después de ver lo que vimos el domingo, sólo sería posible si la fuerza que se envía a Cataluña es algo más que Policía y Guardia Civil y eso es algo, creo, que nadie queremos.
Rivera, como el mismo Rajoy, saben, como cualquiera, y basta con recordar el "a por ellos" con que se despidió a los guardias camino de Cataluña o con escuchar, ayer, los bramidos contra Piqué, que hay una parte lamentablemente importante de españoles que está dispuestos a dejarse cegar por quienes agitan  pancartas y banderas ante sus ojos, más si esos trapos se dirigen contra nuestros compatriotas catalanes, a quienes, reconozcámoslo, siempre hemos mirado, porque así nos han enseñado a hacerlo, con envidia y desconfianza.
Rivera explotó esta animadversión hacia el catalanismo, creando una ínsula anti catalanista en plena Cataluña apoyándose en una tan audaz como nada barata campaña publicitaria, pagada por aún no se sabe quién, para convertirle en una variedad "forte" y renovada de lo de siempre. El joven, brillante y premiado orador o sus padrinos vieron en Ciudadanos que, como marca catalana, apenas tuvo éxito, la solución ideal para controlar los efectos de la debacle a la que caminaba la derecha española tras el 15-M, con el PP en caída libre y el PSOE lamiéndose las yagas que el exceso de obscena convivencia ignominiosa con el IBEX había dejado en él.
Disfrazado de conciencia de la derecha sin conciencia tuvo su primer gran éxito en Andalucía, donde tomó por sorpresa su parte del pastel que dejó en la mesa la desaparición del bipartidismo y supo jugar sus cartas, centrando en la figura de Rivera, aparentemente intransigente con la corrupción, la imagen del partido. Sin embargo, y aquí lo sabemos bien, sostiene allá donde puede gobiernos instalados en la corrupción, los recortes y el despotismo, como el de Cristina Cifuentes en Madrid o el de Susana Díaz en Andalucía. Y ahí sigue, quizá porque rivera y quien está detrás de él saben que hay una parte importante de la población que se dejan encandilar por una oratoria brillante, más si está cargada con todos esos viejos tópicos en los que quiere creer.
Rivera sabe que su verbo es el mejor disfraz para cubrir el trogloditismo de quienes pagan la entrada a un estadio para insultar a un solo jugador, Piqué, que una y otra vez comete la imprudencia de creer que en este país se respeta la opinión de los demás. No se dan cuenta esos energúmenos de que, por cada silbido, por cada insulto que dedican a Piqué, se afirma en los catalanes la idea de que no son queridos en el resto de España.
Rivera y los "antipiqué", uno con su lenguaje brillante y otros con su zafiedad secular y característica, son la misma cosa: simplemente intolerancia el peor pecado, transversal a ideologías y clases, el que mina la convivencia. 

lunes, 2 de octubre de 2017

FOTOS DEDICADAS


El de ayer fue, al menos para mí, un día duro, muy duro. Jamás creí que las cosas acabarían como acabaron. Los únicos que estuvieron a la altura que se esperaba de ellos fueron aquellos que, en Cataluña, acudieron, ya no sé si a votar o a ponerse en pie ante el atropello de su dignidad por quienes, desde Madrid o Barcelona han venido jugado con sus sentimientos y sus derechos todos estos meses.
Yo mismo, que el sábado me fui a la cama confiando en que algo o alguien pondría sentido común y calma en este torbellino de acciones y reacciones absurdas, renunciando a celebrar el referéndum o a tratar de impedirlo por la fuerza. Pero no fue así y, cuando a las ocho da la mañana encendí la radio, primero, y, después, el televisor, sentí vergüenza y una enorme frustración por no poder hacer nada, por no estar en Barcelona, para echarme a la calle y colocarme junto a todos esos ciudadanos que, más allá de votar una independencia hoy por hoy insostenible, si no inviable.
esas imágenes, que fueron creciendo en violencia y temperatura conforme avanzaban las horas, eran las que unos y otros buscaban desde el principio. Las buscaban quienes llaman españoles o súbditos a quienes no comulgan con su pensamiento y aspiraciones y las buscaban quienes desde el resto del país hablan de "los catalanes" como un bloque monolítico de gentes altivas e insolidarias a las que, no podemos negarlo, desprecian.
Junts p'el Sí y la CUP, pero más aún la ANC y Òmnium Cultural, eran conscientes de que su aventura iba a ser imposible sin el apoyo y el reconocimiento internacional, del que, por más que fabulasen, el mismo sábado carecían. Por eso, cuando a la burguesía catalana encarnada por el PDCat comenzaron a temblarle las rodillas ante la perspectiva de una Cataluña aislada en Europa, cuando le asaltaban las dudas sobre la conveniencia de proclamar la independencia por las bravas, forzaron al máximo las cosas, poniendo en movimiento la poderosa maquinaria de ambas organizaciones, tan poderosas en medios humanos y materiales, para movilizar a la calle, siguiendo un inteligente plan, con una logística que para sí hubiese querido el Ministerio del Interior, que se mostró zafio, torpe y, sobre todo, falto de toda la inteligencia necesaria, de la una y de la otra, para no haberse dejado atrapar en el lazo que estaban tendiendo ante sus narices. 
Y es que, a Interior, a Moncloa, les han faltado en Cataluña la mirada y la capacidad de recoger sin prejuicios en las calles de Cataluña los dato que le permitiesen prever lo que podía ocurrir y acabó ocurriendo ayer. Nadie podía despreciar, pero alguien lo hizo, el dato de que diez mil policías no podrían contener durante horas el deseo ahogado tantos años de ser escuchado sobre el lugar que quieren que Cataluña ocupe en o frente a España.
Pero no nos engañemos, el daño que han hecho las intervenciones policiales o la falta de ellas, no hay que olvidar la huelga de celo. de los mossos o sus mandos, no a la convivencia en Cataluña, sino a la imagen de España en el mundo, estaba perfectamente calculado. A unos y a otros, a los partidos del soberanismo y al PP lo que les interesaba es esto: la vergonzosa debacle sistémica de ayer. A unos, Puigdemont y los suyos, porque las cargas policiales frente a las calles llenas de gente deseosa de expresarse le han dado el pasaporte internacional que años de penetración "diplomática" no le han dado, y, a los otros, una demostración de ese "porcojonismo" celtibérico que tanto parece gustar a los votantes del PP. Me niego a pensar que unos y otros no estuviesen calculando ayer lo que finalmente iba a ocurrir. Lo sabían. Pero unos y otros necesitaban la foto, esa foto que, antes al menos, los novios se intercambiaban. Dejemos para otro día hablar de quienes tomaron la foto e iluminaron la escena y de cómo la verborrea inabarcable de las televisiones, la simplificación del lenguaje y las ideas y ese vicio de no ponderar lo que se ensaña, buscando sólo audiencia, han contribuido a alimentar el monstruo que ayer desataron unos y otros.
Puigdemont necesitaba su foto y Rajoy, para ganar otra vez las elecciones, en una España troceada, sin Cataluña y Euskadi, que siempre ha dado por perdidas, necesita la suya, la de sus santos cojones. Unos y otro, como novios que se necesitan, ya las tienen y las tienen dedicadas. Sólo cabe esperar que esas fotos amarilleen pronto o las borre el tiempo en un descuido.

jueves, 13 de julio de 2017

EN SU PROPIA SIEN


Después de cuarenta y ocho horas, quizá hayan sido más, de martilleo incesante, por tierra mar y aire, o lo que es lo mismo en las redes, los kioscos, la radio o la televisión, sobre la imperiosa y unívoca necesidad de encarnar en la imagen solitaria del pobre Miguel Ángel Blanco, asesinado sádicamente, por una ETA en pleno delirio, en plena resaca por la indigestión de saber de sobra lo que pudo haber sido y en qué se había convertido, y sobre la tremenda mezquindad de la alcaldesa Carmena, que no quiso descolgar en la fachada del ayuntamiento de todos los madrileños, una pancarta encargada por el PP y sólo por el PP que, finalmente, acabó en Génova 13, después de esa tormenta de opiniones, insultos y verdades a medias, esperaba ver en las portadas y escuchar en los titulares una reseña, al menos una reseña, de los actos que a la postre se celebraron. Pero no. Hoy ya nadie se acordaba de una polémica que, durante días, ha hecho correr ríos de tinta, ha consumido horas y horas de animada tertulia y ha permitido a los de siempre apropiarse de víctimas que lo fueron muy a su pesar y que son de todos los que desde siempre creímos en el Estado de Derecho y en la Democracia.
Esperaba verlo, esperaba oírlo, y no he visto ni he oído nada, porque la única función de la polémica era la de dar un momento de respiro a un partido agobiado por la corrupción, permitiéndole colgarse la medalla de partido mártir entre los mártires, cuando ni siquiera sumando sus muertos, si es que los muertos son de alguien, sería campeón del dolor de ETA. El PP, aunque sea ya un anacronismo, ha hecho lo que mejor sabe y ha sabido hacer: agitar y patrimonializar, en su propio beneficio y contra los demás, el dolor de unas víctimas que, insisto, muy a su pesar, son de todos.
Se ha dicho que Miguel Ángel Blanco es una víctima especial, porque, por la cruel naturaleza de su asesinato, por ese trágico tic tac que aquella trágica tarde de sábado sonó en nuestras cabezas, por la increíble y salvaje chulería de sus asesinos, revolvió algo en la conciencia de muchos ciudadanos, en especial en Euskadi, y les llevó , por unas horas, a perder el miedo al miedo, a buscar a quienes se colocaban junto a sus asesinos en sus sedes y a gritar en las calles, con las manos limpias y vacías, todo el dolor y toda la rabia acumulados durante tantos años.
Es cierto que aquello pasó y que la muerte del joven concejal fue el desencadenante, pero Miguel Ángel no eligió ser la víctima, como tampoco eligió serlo, doce años antes, el capitán de Farmacia Alberto Martín, secuestrado y asesinado en circunstancias parecidas por ETA pm, un crimen que no olvidaré nunca, porque me "pilló" en Vitoria vistiendo un uniforme parecido al de aquel joven militar.
Tampoco los empresarios secuestrados y asesinados por ETA a lo largo de todos los años de su triste existencia, eligieron ser víctimas. Nadie elige morir si puede evitarlo, como nadie elige ir a prisión por sus ideas. Lo decía siempre ese vasco bueno y sin rencor que fue Ramón Rubial, presidente del PSOE, que, después de años y años de cárcel, cuando alguien elogiaba el mérito de su sufrimiento, contestaba con una sonrisa "mérito ninguno, yo no elegía ir a la cárcel. siempre me llevaban".

Las víctimas no eligen serlo, a las víctimas las eligen sus asesinos, en este caso ETA. Por eso, no hay que elevar a Miguel Ángel Blanco al altar de los héroes, al menos no más que al casi millar de víctimas que ETA ha dejado tras de sí. Estoy de acuerdo con que hay que conmemorar la fecha de su asesinato, pero no por su martirio ni con pancartas con su rostro colgadas en los ayuntamientos de las ciudades de España. Si algo hay que conmemorar, si de algo debemos sentirnos orgullosos, todos, es de aquella reacción espontánea del pueblo vasco que se echó a la calle sin líderes y sin consignas, el espíritu de Ermua lo llamamos, para decirle a ETA que ya estaba bien, que bastaba de tata crueldad. Finalmente, aquella reacción libre y generosa fue reconducida por quienes vieron en peligro su hegemonía de décadas en Euskadi, y ETA siguió teniendo coartada para matar algunos años más. Pero aquel fue el principio de su fin y debe ser aquella reacción del pueblo y no otra cosa lo que deberíamos estar conmemorando, el día en que la banda que tanto dolor "socializó" en España, creyendo que mataba a un "enemigo del pueblo vasco, el que tuvieron más a mano, el más fácil de secuestrar, puso una pistola cargada en su propia sien.