viernes, 5 de abril de 2013

UN SALTO ATRÁS EN EL TIEMPO

 
 
No cabe duda de que a este rey alegre y confiado de los últimos años, tras sucesivas meteduras de pata, a cual más grave, las cañas se le han tornado lanzas. Dicen los más sensatos que no se puede pretender tener razón por haberla tenido, del mismo modo que no se puede pretender vivir para siempre de las rentas de unos servicios prestados al país, que fueron muchos e imprescindibles, pero que, también pusieron a salvo la monarquía española. Lamentablemente coinciden ahora en el tiempo un rey cansado y desorientado, con un gobierno que ve como el puchero de los problemas se colma y pretende que el caldo se haga solo, sin siquiera encender el fuego.
Durante todos estos años, la monarquía, o al menos el rey Juan Carlos, no ha sido un problema para España. Más bien al contrario, en algunos momentos fue la solución. Pero las cosas han cambiado y mucho en los últimos cinco años, porque, cuando los españoles lo están pasando peor, cuando ni siquiera tienen la esperanza de cambio que tuvieron en los comienzos de su reinado, sienten a su rey muy lejos y, lo que es peor, poco implicado, aunque sólo fuese en el consuelo de los que peor lo tienen.
Más bien al contrario. Nunca como ahora, a pesar de que en otras ocasiones hemos tenido noticia de su afición a las cacerías, nos ha escandalizado todo lo que puso al descubierto su "tropezón" en Botsuana, sus amistades entrañables, los negocios de las tales amistades y, para colmo, el mas que burdo "rebañar" del plato de la monarquía de su yerno, en el que, para desgracia del rey, aparecen demasiado bien "retratados" la infanta cristina y destacados personajes de la Casa Real.
Ayer, después de la oscuridad y el olor a armario cerrado que dejó el comunicado de Zarzuela, del que nos sorprendió desagradablemente su sorpresa por la decisión del juez Castro y, mucho más, su apoyo a la decisión ordenada al fiscal -no me confundo con el verbo ni la preposición. de recurrir la imputación de doña Cristina, después de tan sombríos nubarrones, las palabras, lógicas por otra parte, del príncipe Felipe en la entrega de despachos a la última promoción de jueces, defendiendo la figura del juez, su independencia, su prudencia y su fortaleza. Pero habló también de momentos complejos, evidentemente para España, pero también para la familia real, para los que pidió a los nuevos jueces valentía, rigor y compromiso. Fue como un rayo de esperanza, como una asunción por parte del heredero del papel que los jueces, también el juez Castro, deben asumir cada día en defensa de lo más sagrado de un país que no es el seguidismo a un símbolo, a una persona o a un régimen, sino la defensa del bien común, el que procura la felicidad y el bienestar de todos sus ciudadanos.
Pues bien, mientras aún resonaban estas palabras del heredero en el salón de actos y en los medios, se debía estar cerrando el acuerdo por el que la Casa Real designaba a Miquel Roca como abogado de la infanta Cristina, para el caso de que la imputación del juez prospere. Un viejo conocido de la sociedad española, "padre" de la Constitución y prestigioso abogado que lleva años profundizando en el concepto de "presunción de inocencia" que, a su juicio, no goza de la mejor de las saludes en la justicia española.
La decisión del rey, implicándose abiertamente en la defensa de su hija y contratando para ella a uno de los personajes más prestigiosos de la transición española, el mismo que se marcho de CiU ante el tapón que el pujolismo le imponía y que tuvo más tarde la prudencia o la necesidad hecha virtud de apartarse de la política después de estrellarse en las urnas cuando creyó, antes de tiempo, que, también en España, cabía una derecha no montaraz y sin raíces en el franquismo. Aquel intento, muy a la americana, que apadrinaron los poderosos Garrigues acabó en estrepitoso fracaso y Roca volvió a la abogacía que ayer, en una carambola caprichosa del destino le devuelve al pasado y la pone de nuevo al servicio de la Corona.
Para Roca y para todos nosotros este acuerdo para la defensa de la infanta es como un salto atrás en el tiempo que vuelve a reunir al brillante constituyente con la que entonces era una niña presente en los actos que exigían la presencia de la familia real junto a la suya y que hoy es una mujer madura con el agua al cuello del desprestigio y la duda por la torpe ambición quién sabe si sólo de su marido.
Haría mejor el rey en apartarse y apartar a su hija del escenario y dejar paso a su hijo, antes de que le alcance el albañal que puede llevarse por delante, no sólo a su padre,  sino a la misma monarquía.
 
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jueves, 4 de abril de 2013

LA SORPRESA DEL REY

 
 
Entiendo el cariño que el rey debe tener por su hija del mismo modo que entiendo el agradecimiento y el cariño que los españoles tienen o han tenido, yo mismo entre ellos, por el rey. Sin embargo, ni lo uno ni lo otro justificarían que, ante hechos tan escandalosamente relevantes como los que rodean a la infanta Cristina y su marido, la justicia, además de ciega, se volviese sorda. Por eso soy de los que piensan que es, no sólo acertada, sino, además, inevitable, la decisión tomada por el juez Castro, una vez que ha comprobado el papel de la infanta en las empresas a través de las cuales su marido, Iñaki Urdangarín,  y su socio Diego Torres recibían dinero público de diversas administraciones, a cambio de unos dudosos servicios y, lo que es peor, para unas presuntas actividades filantrópicas que nunca existieron. 
También, y por ello, soy de los que no alcanzan a entender que el PP y PSOE se preocupen por el perjuicio que pueda causar a la imagen de España la imputación de la hija del rey y pienso que mucho más hubiera debido preocuparle que, sabiendo lo que sabemos, la justicia, el juez Castro, mirase para otro lado. Sólo una imagen de España como país consentidor con la corrupción gracias a una justicia dócil, sería peor que la que ahora mismo tenemos, ganada a pulso, por cierto, de país cuyo partido de gobierno lleva meses en entredicho, con su presidente chantajeado y mudo por lo que pueda contar un tesorero nombrado por él mismo y pillado con firma en cuantas que alcanzan los cuarenta millones de euros en Suiza y en los Estados Unidos.
Por si fuera poco, en este país, la gente sufre y sufre mucho. Hay un millón largo de familias en las que, desde hace meses, no entra un sueldo, mientras se recortan sueldos y servicios, mientas todo se deteriora, los jóvenes mejor preparados tienen que marcharse a ganarse el pan y la dignidad fuera, como hicieron sus abuelos y mientras algunos hacen negocios, y qué negocios, en los despachos de amigos colocados en los despachos adecuados. Por eso a este país, no a su clase política, no a los que le gobiernan o han gobernado, no le extraña que, si la fiscalía no lo remedia, que esa es otra, la hija del rey tenga que bajar la famosa rampa que da acceso a los juzgados de Palma, verdadera pasarela de la vergüenza para quienes están acostumbrados a rojas alfombras y flashes amigos.
Este país no se sorprenderá si la escena se presenta ante sus ojos, porque este país ha visto mucho y malo. Ha visto a su rey jugando al escondite en un matadero de elefantes y pagándolo con una cadera rota que, por cierto, nos costó una pasta reparar. Ha visto al presidente gallego que se subió en el yate y en el todo terreno de un sospechoso de narcotráfico y contrabandista conocido, decir que no sabía nada de las actividades de su amigo y mintiendo cuando asegura que, en cuanto tuvo sospechas, dejó de vele, aunque hay pruebas de que seguían telefoneándose. Ha visto a partidos y sindicatos mirar a otro lado en cajas y bancos públicos y ponían el cazo para recibir suculentas las dietas, mientras otros los saqueaban y expoliaban los ahorros de centenares de miles de españoles. Ha visto muchas cosas y se las ha tragado como sapos, porque ha visto cómo se las tragaban, con bastante menos asco, por cierto, porque previamente se las tragaban aquellos que elegía para que le representasen.
Pero el sistema inmunológico de los españoles, tan habituado a procesar basura, como cualquier otro organismo, ha generado anticuerpos, tantos y tan virulentos que reaccionan ya ante la más ´mínima agresión. Por eso, no se asombran porque la hija menor del rey tenga que bajar al infierno de los juzgados y elevarán al juez Castro al altar de sus héroes más queridos, y sólo por haber cumplido con su obligación, a pesar de la que le ha caído, la que le está cayendo y la que le caerá por hacerlo. No sólo no se asombran, sino que lo agradecen, porque de no ser así, el daño sería peor que la arcada.
Quienes rigen los destinos de este país se asombran de lo que no se asombran sus ciudadanos y esto es así porque desde hace tiempo viven en peceras de cristal y pixeles que les separan de lo que siente el pueblo y no les permiten otra cosa que mirarse el ombligo y el bolsillo. Pero la decepción y el dolor enseñan y enseñan mucho, Tanto como para no sorprendente siquiera por la tan irrespetuosa e insinuante sorpresa del rey.
 
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miércoles, 3 de abril de 2013

RAJOY, COMO KIM JONG-UN

 
 
Cuentan que los ciudadanos de Corea del Norte, yo no lo sé, sumidos en el hambre, el miedo y el adoctrinamiento, no han oído nunca la voz de su líder "supremo", Kim Jong-un, algo parecido a lo que les ocurría a los japoneses con la del emperador Hiroito que les llevó a la II Guarra Mundial y al que sólo escucharon, obligado por los vencedores, para comunicarles la derrota y la consiguiente rendición. Son dos ejemplos claros de silencio, de falta de diálogo, de ruptura de la comunicación que es exigible a cualquier gobernante que se precie de administrar el poder en democracia. Pero, más aun, lo que denota ese silencio es que poco o nada les importa lo que pueda decirles su pueblo.
Los japoneses, antes de la derrota,  no habían oído nuca a sus emperador, los norcoreanos no conocen la voz de Kim Jong-un y nosotros, ciudadanos de un país europeo y democrático, estamos a punto de olvidar la de nuestro presidente, encerrado a cal y canto entre los pixeles de una pantalla. Y es muy triste que así sea, porque el silencio y la distancia que Rajoy pone entre sí y los periodistas, que al fin y al cabo representan a la opinión pública no sometida a la mayoría absoluta del parlamento, no puede significar otra cosa que miedo, pánico, a lo que podría escuchar de ellos.
Eso por un lado, que ya es bastante. Porque a don Mariano se le acumulan los problemas y se le amontonan las explicaciones debidas y por dar de su extraña relación con el innombrable Bárcenas y lo que a todas luces permite suponer de financiación ilegal de su partido. Tampoco sabremos qué tiene que decir de la marcha de la economía española, que, pese a las euforias histéricas y nada creíbles de algún ministro, no termina de ponerse en marcha ni tiene visos de hacerlo a corto plazo. Mucho menos, sabemos sus previsiones a propósito de la crises chipriota, ni su posición frente a los escraches o a las oscuras cuentas de la Casa  Real. Tampoco podremos saber qué tiene que decirnos del fracasado, o no, intento de acercamiento a CiU, ni de la sorda ruptura de puentes con ETA que aún falta por calibrar o, por qué no, qué le parecen las fotos en malas compañías del intrépido Núñez Feijóo, seriamente tocado para seguir ejerciendo de Pepito Grillo del PP. En fin, toda una panoplia de preguntas que de un modo u otro preocupan a los ciudadanos y que una y otra vez quedan sin respuesta.
Pero, con ser malo ese silencio de Rajoy, peor que malo es que los periodistas y, fundamentalmente, los medios para los que trabajan se lo consientan ¿Para cuándo un plante como el que le iban a hacer los corresponsales en Nueva York a la ministra Mato por no admitir sus preguntas? Aquel plante no llegó a consumarse, porque alguien debió explicarle a la ministra que no merecía la pena ir hasta la sede de la ONU, para no salir en los telediarios o que el mismo plante se convirtiese en la noticia de su visita. Pero, claro, un corresponsal, y más en Nueva York, tiene una cierta autonomía y no menos prestigio y su sustitución no se improvisa.
Otra cosa es esta jodida -sí, he escrito jodida- costumbre de acudir a comparecencias sordas, me niego a llamarlas ruedas de prensa sin preguntas, de las que la mayoría de los redactores salen con unos apuntes tomados deprisa y corriendo  de una declaración cerrada, a veces, incluso, se la llevan impresa en papel o grabada, mientras unos pocos tienen la suerte o el privilegio de arrancar algún "of the record" del compareciente o sus allegados. Malas costumbres que se están cargando, son sólo el periodismo libre, sino, con él, la democracia en sí misma.
No sé si a quienes dirigen los medios les basta con las comidas y las cenas a escondidas o con las llamadas desde y a su despacho, probablemente sí. Es de suponer que sale mucho más barata una cena o una comida de la que salen dos o tres chismes con los que ir tirando, pero que no dejan de ser filtraciones interesadas a mayor gloria y beneficio del que los filtra, que mantener una plantilla de redactores expertos, con sus propias fuentes y ese olfato que dan los años de profesión, pero que no se puede mantener con salarios de apenas mil euros o, a veces, mucho menos. Probablemente lo hagan por ello, por mantener la cuenta de resultados. Pero permitiendo a Rajoy que nade tranquilamente en su pecera de plasma, alejado de la realidad y de los ciudadanos, están acabando con la credibilidad de la prensa y la misma democracia.
Nadie puede desear para su país un presidente mudo como Kim Jong-un. Nadie que quiera defender la libertad y la democracia de sus conciudadanos. Otra cosa son quienes comparten con él objetivos e ideología.
 
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martes, 2 de abril de 2013

SIMULADO Y EN DIFERIDO

 
 

Cuando la secretaria general del PP, hoy desaparecida en combate, dijo aquello de "simulado y en diferido", se refería al salario de Bárcenas que quiso hacer pasar por una indemnización por despido, cuando parece claro que era simplemente eso, un salario, alto por cierto, pagado "por lo bajini" a quien en público se repudiaba. Qué cosas tiene el chantaje.

Sin embargo, las palabras de Cospedal que aún no han acabado de pasarle factura fueron algo más que un acto fallido sobre la verdadera relación de Bárcenas y el marido de Ana Mato y gurtelizado alcalde de Pozuelo, Jesús Sepúlveda, con el partido. Las palabras de la secretaria general decían, y mucho, sobre la costumbre del partido y sus empresarios amigos de aplazar y simular las, seamos prudentes, llamémosles simplemente recompensas, por gestiones más que beneficiosas para la marcha de sus negocios.

Hoy tenemos derecho a pensar que probablemente hablaba también de Manuel Lamela, el que fuera consejero de Sanidad de Esperanza Aguirre -dónde está la presidenta- empeñado en dinamitar el prestigio del Hospital Severo Ochoa de Leganés y de su responsable de Urgencias, acusándole poco menos que de haber montado en el servicio una sucursal de la clínica del Dr. Muerte, en lo que algunos consideran que fue, sencillamente, una miserable pantalla para, al tiempo que trataba de echar abajo el prestigio de un hospital construido y gestionado mediante un modelo cien por cien público, hacía ruido suficiente para poner sordina a los "negocios" que, por entonces, estaba cerrando con los mismos empresarios que, hoy lo hemos sabido, le han nombrado consejero de la empresa a la que adjudicó una parte importante de los servicios del Hospital del Tajo, en Aranjuez, uno de tantos hospitales que, como el Metro, convenientemente publicitados, le valieron a Esperanza Aguirre triunfos electorales que hoy minan los presupuestos de la Comunidad, porque, al final, se pagan dos veces y a escondidas.

Hace unos meses nos sorprendió por escandaloso que Juan José Güemes, hijo político del polémico, mal encarado y de dudosa honradez -otra vez la prudencia- Carlos Fabra, casado con su hija Andrea, la del "que se jodan" los parados, estaba al frente de la empresa que se había hecho, después de una serie de oportunas carambolas, con la gestión de una parte importante de las pruebas analíticas de los pacientes de la Comunidad de Madrid, la misma parte que él había adjudicado al conglomerado de empresas que acabó por vender la concesión a la empresa que le había fichado. El escándalo era tan monumental y tan burdo que Güemes -rico por "la familia"- se vio obligado a presentar su dimisión.

Hoy  quien ha sido pillado en la "puerta giratoria" que separa la empresa privada de la administración y permite entrar y salir cómodamente de una a otra después de cumplir el encargo con que entraron, ha sido el siniestro Manuel Lamela, que, como digo, ha sido puesto al frente del hospital cuya gestión adjudicó a una constructora que, presuntamente, lo levantó gratis,  a cambio de un negocio que, si va bien -a costa de recortes en todo- perfecto y, si no, se le cargan las perdidas a los presupuestos públicos.

Lo decía al inicio de esta entrada, lo de Güemes, lo de Lamela, tengo derecho a pensarlo, tal parece una recompensa "simulada y en diferido".
 
 

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lunes, 1 de abril de 2013

SALVO ALGUNAS COSAS...

 
 
Todos recordamos, al menos yo lo hago, aquella intervención "impostada y en directo", una mañana de sábado, en la que, muy a su modo, Mariano Rajoy dio las hasta ahora únicas explicaciones que ha rendido a propósito de los por entonces aún recientes papeles de Bárcenas. Fue una intervención en la que trató de desmentir con firmeza la autenticidad de lo publicado, al tiempo que anunciaba acciones judiciales contra todos los que diesen pábulo a unos documentos que entonces tildó de apócrifos. Sin embargo, y para desgracia del rey de la ambigüedad, lo que perdura de aquella artera comparecencia, además de su cara de pánico y la cera de su piel, es la frase que pretendió lapidaria y, muy a su pesar, colocó en la sala de trofeos de la torpeza, aquel "Todo es mentira, salvo algunas cosas que se han publicado".
A estas alturas son pocos los que dudan de la autenticidad de aquellos papeles, que muy bien podían servir como ejemplo en un curso de contabilidad, nadie que los hubiese fabulado podía tener tanta puntería como para "cuadrar" asientos y fechas que luego se han mostrado ciertos. Además nadie, y mucho menos quienes la conocían, ha puesto en duda hasta ahora que la letra con que están escritos es la del ex tesorero del PP nombrado en su día por el propio Rajoy, salvo como balbuceante excusa para salir del paso ante tamaña evidencia.
Hoy sabemos, lo publica EL PAÍS, querellado por el Partido Popular por publicar aquellos papeles, que de las pruebas periciales pedidas por el PP en la querella se desprende que no se busca conocer al autor de la caligrafía, sino determinar si el documento ha sido manipulado o, en todo caso, fabricado por el propio Bárcenas para chantajear al partido. De modo que ya podemos deducir que, como titula el diario, el partido asume que la letra de los papeles es de Bárcenas y, de paso, que puede haber alguna otra cosa de este asunto que tampoco sea mentira. Porque, con esta actitud, ya estarían admitiendo dos cosas hasta ahora negadas una y otra vez. Una, que el autor de las anotaciones fuera Luis Bárcenas y, la otra, que están sufriendo un chantaje. O sea, que la lógica de quienes, más allá de los prejuicios, venimos observando este caso desde lejos, poco a poco se va materializando ante nuestros ojos.
Siempre que me veo ante casos como éste, recuerdo lo que en una ocasión escuché a un alto cargo, no de este gobierno, sino de otro bastante anterior. "Las cosas, decía, normalmente son como parecen". Y tenía razón, porque cualquier intento de maquillar la realidad acaba traicionando a quien se empeña en camuflarla. La verdad, sobre todo si es comprometedora, da vueltas en la cabeza del que trata de esconderla y le atormenta. Comportarse como lo está haciendo el Partido Popular en este asunto no lleva más que a convertirlo en una historia tan interminable como inverosímil que, sólo si es capaz de minar el proceso, como ya hizo con el caso Naseiro, hasta conseguir que el tiempo o la complejidad en que lo están sumiendo, lleven al error del juez o la prescripción que lo desactive.
Otra cosa es desentrañar, al margen de los juzgados, en qué consiste el chantaje con que Bárcenas tiene paralizado al PP. Tal y cómo están las cosas, parece imposible que el propio Bárcenas se vaya "de rositas" de la Audiencia. Está claro que algo le va a caer por delitos fiscales, falsedades, etc. y yo, que soy muy mal pensado, creo que -visto el afán que el ex senador tiene por la buena vida- lo que se está negociando es con qué parte del dinero que hay en las cuentas que Luis Bárcenas controla en el extranjero se va a quedar después de pasar una temporada en prisión, lejos de las pistas de esquí y las motos de agua, a cambio de su silencio. Total, no sería el primero ni el último que ha considerado la cárcel un mal menor a la espera del paraíso.
Quién sabe si, al final, esto que digo se cumple... salvo algunas cosas. Estómago para digerir el sapo, a unos y otros, les sobra.
 
 
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domingo, 31 de marzo de 2013

LAS MALAS COMPAÑÍAS

 
 
Supongo que no es plato de gusto presidir un gobierno y tener que desayunarse un domingo, el que dicen de Resurrección, tragando un sapo del que el diario EL PAÍS sirve hoy en la mesa de Alberto Núñez Feijóo, presidente gallego y, dicen, uno de los hipotéticos recambios de Mariano Rajoy, para quien en más de una ocasión ha sido un incómodo Pepito Grillo.
Las fotos del presidente de la Xunta junto al narcotraficante gallego Marcial Dorado, hablan por sí mismas, especialmente aquella en que aparece al timón del yate de Dorado. Son fotos de hace veinte años y están tomadas por alguien que comparte con el entonces alto cargo de la Administración y el entonces sólo contrabandista, aunque a gran escala y suficientemente conocido como para que un alto cargo con aspiraciones de prolongar su carrera política, evitase dejarse ver junto a él.
O todo lo contrario, porque no hay que olvidar que, hasta que el contrabando gallego decidió poner su infraestructura y su experiencia al servicio del tráfico de cocaína, los capos gallegos, con negocios a uno y otro lado del Minho, eran respetados y halagados como lo que en el fondo eran, magnates de una "industria" tolerada y asumida por la sociedad gallega.
Por lo que parece, las fotos puestas en circulación por vete a saber quién antes o después acabarán minando el prestigio del presiente de la Xunta, porque, al contrario de otros casos, Feijóo no parece que su "amistad" con Dorado fuese previa a sus actividades ilegales -no era un pariente ni un amigo de la infancia- y es de suponer que estaba al cabo de la calle como cualquier ciudadano de a pie en cuanto al origen de los florecientes negocios del contrabandista.
Tiempo después, como relatan Xosé Hermida y Elisa Lois en la información que publica EL PAÍS, Feijóo se traslado a Madrid para ponerse al frente del Insalud, reclamado por el entonces ministro de Sanidad de Aznar, Romay Becaría, en cuyo entorno se movía el testaferro de Dorado, mientras el contrabando, en Galicia y, por tanto, el que ejercía la red controlada por Marcial Dorado, se tornó narcotráfico, comenzó a perder prestigio, aunque durante un tiempo lo mantuvo, y el capo acabó procesado por narcotráfico y condenado a catorce años de prisión.
El tiempo ha seguido pasando y hoy los amigos que posan en el puente, frente a Baiona, han segundo caminos muy diversos que les han llevado a destinos, digamos, paradójicos. Pero el pasado vuelve a veces para jugar malas pasadas, bromas pesadas como esta con al que tendrá que lidiar el a menudo locuaz Núñez Feijóo, quien en los próximos días, si no hoy mismo, tendrá tendrá que dar muchas explicaciones sobre aquellos días en que la sociedad gallega y él mismo se dejaban conducir por una moral más que "distraída". 
Otra cosa será saber quién y por qué ha sacado a la luz estás fotos hechas  hace veinte años bajo el sol del verano pontevedrés que tendrán  el mismo efecto que un torpedo lanzado contra la línea de flotación de la carrera política del emergente político gallego.  
 
 
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sábado, 30 de marzo de 2013

MARKETING PAPAL

 
 

Hoy, la verdad, no tenía intención de escribir, cansado como estoy de dar vueltas y más vueltas sobre lo mismo que no es otra cosa que la insalvable desconexión entre gobernantes y representantes, que toman las decisiones de espaldas a la calle, y el pueblo, que, decidan lo que decidan,  siempre paga las consecuencias. No tenía ganas de hacerlo, pero, al ver la foto del papa estrella, que nos quieren hacer pasar por una especie de Fray Escoba blanco y porteño, convenientemente comentada por Maruja Torres, no he tenido más remedio que robarle unos minutos a la colada que había comenzado aprovechando la tregua abierta en Madrid entre frente nuboso y frente nuboso para sentarme ante el teclado.

¿Qué les pasa? ¿Por qué este entregarse de esa manera a lo que sólo son gestos y nada más? Parece que quienes controlan los medios de comunicación se hayan empeñado en convencernos de que este papa, al que precede la leyenda de su reputada sencillez, de su "moverse" en metro y autobús, de su desapego a las riquezas, pero al que aún no he escuchado pronunciar la palabra JUSTICIA. Incluso algunos medios, a los que, en algunos casos, ha precedido -cada vez menos- la etiqueta de "progres" parece que se hayan dado un atracón de agua bendita, porque, al menos sus corresponsales, se han dejado cautivar por los encantos del primer pontífice que habla español, viene del "fin del mundo" y es jesuita.

Al margen de ese pasado tan oscuro que, por más que se empeñen en "contraprogramar" está ahí y denota, cuando menos, una cierta, por no decir evidente, pasividad frente a la sangrienta dictadura militar, no hay en su discurso nada que persiga la redención de los hombres y las mujeres en la tierra, y que conste que este desdoblamiento de géneros no es gratuito. Y me atrevo a decirlo, entre otras cosas, porque la redención sólo puede venir de la mano de la justicia, un concepto que sigue sin aparecer en su vocabulario.

¿Para cuándo un papa que nos hable, no de aliviar el dolor, no de amor y caridad, sino de evitar ese dolor y dar a cada cual lo que, como ser humano, merece? Me temo que eso no llagará nunca de una institución que se ha colocado siempre al lado del opresor, siempre que éste no oliese a azufre comunista, claro y que no hace aún setenta años estaba con Mussolini y Hitler y, por si fuera poco, fue pieza fundamental de la huida de centenares de criminales de guerra hacia el limbo sudamericano, donde incubaron el huevo, y cómo, de la serpiente del nazismo que llevaban consigo.

Ver a este papa lavando los pies de jóvenes delincuentes o verle "prostrado" ante dios en San Pedro no me conmueve, más bien al contrario.  Todas esas fotos, todos esos gestos medidos al milímetro, están, para mí, más cerca de las ambiguas y equívocas campañas de Coca Cola o de la gran mentira diseñada para adolescentes, entregadas de antemano, a las que les hacen creer que Justin Bieber arde en deseos de besarlas, pero n lo hace porque los guardaespaldas se lo impiden.

Basta ya de fábulas. A los papas los eligen los cardenales elegidos por sus antecesores y los dos últimos papas eran cualquier cosa, menos  progresistas. No hay más que recordar al papa Francisco ignorando a la princesa Letizia, con la que apenas cruzo una sonrisa y el apretón de manos, la sonrisa y las palabras que intercambió en el mismo acto con un sospechoso obispo africano, salpicado por graves acusaciones de connivencia con los genocidas.

En fin. No sólo no me creo esta campaña de lavado de cara de la cúpula de la iglesia católica, sino que, irresponsablemente y basándose sólo en estudiados y pregonados gestos, estén configurando su perfil, sin esperar nada consistente de sus actos que es, precisamente, por lo que le deberíamos juzgar.

Ojalá me equivocase, porque sería bueno que todo el potencial de la iglesia católica se dirigiese a hacer este mundo más justo y habitable. Si así fuese, no se me caerían los anillos, de oro o de plata, que esa es otra, para rectificar todo lo anterior. Pero me temo que no hará falta.

 
 

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