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jueves, 30 de abril de 2015

SILENCIO, SE ROBA


La verdad, no debe ser agradable llamarse Rajoy, esforzarse en vencer su natural huidizo, presentarse ante la prensa con preguntas una vez cada tres años, tratar de anunciar que España va, no sólo bien, sino muy bien, y que te amarguen el show con preguntas sobre los chanchullos de Rodrigo. No debe ser agradable irse a hacerse unas idílicas fotos remando en al Retiro o rodeada de ciudadanos como una Inés con sus donjuanes en el sofá inflable y desinflable, teniendo que escuchar cada mañana como testigos e imputados revelan al juez los púnicos negocios de quienes han sido tus colaboradores, tus amiguitos del alma del foros, cuando eras lideresa del partido y la Comunidad de Madrid. Deben ser duras una y otra cosa, porque, poco a  poco, todas esas evidencias judiciales, golpeando día tras día los delicados tímpanos de tus cándidos votantes, pueden acabar por resquebrajar la inquebrantable fe que te tienen.
Debe de ser muy duro y por eso, desde hace tiempo, vienen dándole vueltas a ese sencillo truco que usaban sus padres y abuelos y que no era otro que el de censurar y castigar la difusión de todo aquello que o no les gustaba o no les resultaba conveniente. En realidad sería un esfuerzo vano, porque, al final, las redondelas, los soficos y las matesas acaban por salir a la luz y por velar el falso prestigio de quienes, si no se benefician de los escándalos, lo que no sería más que una bondadosa e improbable conclusión, está claro que los consiente.
Ayer, el ministro de Justicia, el "tecnócrata" Rafael Catalá, se descolgó con un viejo sueño de su antecesor Gallardón, que, si bien es hijo de uno de los represaliados del franquismo por aquel viejo "contubernio de Múnich", se casó con la hija de uno de los ministros del dictador, Utrera Molina, perseguido judicialmente desde Argentina por formar parte de un gobierno que reprimió y asumió la firma de condenas a muerte. La vieja idea no es otra que la de forzar el silencio de la prensa sobre los repetidos escándalos que acorralan a su partido, castigando a los medios que difundan contenidos de sumarios que los jueces hayan decretado secretos, Una idea franquista manejada con cariño por un gobierno que, en esta y en otras cosas, el "orden público", por ejemplo, añora los duros tiempos, no para ellos ni sus familias, de la dictadura.
Desde que el ministro Catalá se metió ene l jardín de decir que ya que no siempre se puede identificar al filtrador, que a veces se sienta a su lado o trabaja para quien se sienta a su lado en el consejo de ministro, sería conveniente abrir el difícil debate de si, a quien habría que combatir, sería a quienes publican lo filtrado.
Acertó de pleno, porque sus palabras corrieron como la pólvora, provocaron declaraciones, casi todas condenatorias, y abrieron informativos, telediarios y periódicos, hasta el punto de que, desde que las dijo se ha visto obligado a matizarlas primero, a las pocas horas, y desmentirlas hoy mismo, dados su escaso éxito de crítica y público y, sobre todo, lo inconstitucional de la idea de tratar de prohibir la difusión de información veraz y de interés público que los ciudadanos tienen derecho a recibir según el artículo 20 de eso que llamamos Carta Magna y el gobierno del que forma parte Rafael Catalá sólo esgrime cuando le conviene.
El gobierno se ha dado cuanta tarde de que la corrupción, que no es otra cosa que robar el dinero de los ciudadanos para repartírselo en metálico, especies y favores entre corruptos y corrompedores, ya no es bien vista por la mayoría de los ciudadanos, incluidos sus votantes, y por ello habría que hacer algo para impedir que las almas cándidas, sus votantes, se enteren de todo lo que nos han robado y saquen conclusiones delante de las urnas. Lo de Catalá, desmentido por tergiversado, siempre les interpretamos mal o transmitimos mal sus palabras, no era otra cosa que gritar en voz baja "silencio, se roba".


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miércoles, 3 de abril de 2013

RAJOY, COMO KIM JONG-UN

 
 
Cuentan que los ciudadanos de Corea del Norte, yo no lo sé, sumidos en el hambre, el miedo y el adoctrinamiento, no han oído nunca la voz de su líder "supremo", Kim Jong-un, algo parecido a lo que les ocurría a los japoneses con la del emperador Hiroito que les llevó a la II Guarra Mundial y al que sólo escucharon, obligado por los vencedores, para comunicarles la derrota y la consiguiente rendición. Son dos ejemplos claros de silencio, de falta de diálogo, de ruptura de la comunicación que es exigible a cualquier gobernante que se precie de administrar el poder en democracia. Pero, más aun, lo que denota ese silencio es que poco o nada les importa lo que pueda decirles su pueblo.
Los japoneses, antes de la derrota,  no habían oído nuca a sus emperador, los norcoreanos no conocen la voz de Kim Jong-un y nosotros, ciudadanos de un país europeo y democrático, estamos a punto de olvidar la de nuestro presidente, encerrado a cal y canto entre los pixeles de una pantalla. Y es muy triste que así sea, porque el silencio y la distancia que Rajoy pone entre sí y los periodistas, que al fin y al cabo representan a la opinión pública no sometida a la mayoría absoluta del parlamento, no puede significar otra cosa que miedo, pánico, a lo que podría escuchar de ellos.
Eso por un lado, que ya es bastante. Porque a don Mariano se le acumulan los problemas y se le amontonan las explicaciones debidas y por dar de su extraña relación con el innombrable Bárcenas y lo que a todas luces permite suponer de financiación ilegal de su partido. Tampoco sabremos qué tiene que decir de la marcha de la economía española, que, pese a las euforias histéricas y nada creíbles de algún ministro, no termina de ponerse en marcha ni tiene visos de hacerlo a corto plazo. Mucho menos, sabemos sus previsiones a propósito de la crises chipriota, ni su posición frente a los escraches o a las oscuras cuentas de la Casa  Real. Tampoco podremos saber qué tiene que decirnos del fracasado, o no, intento de acercamiento a CiU, ni de la sorda ruptura de puentes con ETA que aún falta por calibrar o, por qué no, qué le parecen las fotos en malas compañías del intrépido Núñez Feijóo, seriamente tocado para seguir ejerciendo de Pepito Grillo del PP. En fin, toda una panoplia de preguntas que de un modo u otro preocupan a los ciudadanos y que una y otra vez quedan sin respuesta.
Pero, con ser malo ese silencio de Rajoy, peor que malo es que los periodistas y, fundamentalmente, los medios para los que trabajan se lo consientan ¿Para cuándo un plante como el que le iban a hacer los corresponsales en Nueva York a la ministra Mato por no admitir sus preguntas? Aquel plante no llegó a consumarse, porque alguien debió explicarle a la ministra que no merecía la pena ir hasta la sede de la ONU, para no salir en los telediarios o que el mismo plante se convirtiese en la noticia de su visita. Pero, claro, un corresponsal, y más en Nueva York, tiene una cierta autonomía y no menos prestigio y su sustitución no se improvisa.
Otra cosa es esta jodida -sí, he escrito jodida- costumbre de acudir a comparecencias sordas, me niego a llamarlas ruedas de prensa sin preguntas, de las que la mayoría de los redactores salen con unos apuntes tomados deprisa y corriendo  de una declaración cerrada, a veces, incluso, se la llevan impresa en papel o grabada, mientras unos pocos tienen la suerte o el privilegio de arrancar algún "of the record" del compareciente o sus allegados. Malas costumbres que se están cargando, son sólo el periodismo libre, sino, con él, la democracia en sí misma.
No sé si a quienes dirigen los medios les basta con las comidas y las cenas a escondidas o con las llamadas desde y a su despacho, probablemente sí. Es de suponer que sale mucho más barata una cena o una comida de la que salen dos o tres chismes con los que ir tirando, pero que no dejan de ser filtraciones interesadas a mayor gloria y beneficio del que los filtra, que mantener una plantilla de redactores expertos, con sus propias fuentes y ese olfato que dan los años de profesión, pero que no se puede mantener con salarios de apenas mil euros o, a veces, mucho menos. Probablemente lo hagan por ello, por mantener la cuenta de resultados. Pero permitiendo a Rajoy que nade tranquilamente en su pecera de plasma, alejado de la realidad y de los ciudadanos, están acabando con la credibilidad de la prensa y la misma democracia.
Nadie puede desear para su país un presidente mudo como Kim Jong-un. Nadie que quiera defender la libertad y la democracia de sus conciudadanos. Otra cosa son quienes comparten con él objetivos e ideología.
 
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