martes, 8 de enero de 2013

SE HAN LLEVADO LA BURBUJA



 
Se han "tirado" años, cuando no décadas, hablándonos de la burbuja inmobiliaria que, en realidad, era más bancaria que inmobiliaria, sin hacer nada por impedir que creciera o desinflarla, hasta que un día, de la noche a la mañana, nos contaron que la burbuja había estallado y comenzaron a ocurrirnos cosas, todas malas, a los de siempre, a los de abajo.
Mi opinión es otra. La burbuja, que en realidad existió y existe, era como un gran saco al que iban a parar las plusvalías que unos pocos, también los de siempre, pero otros, obtenían de nuestros esfuerzos para pagar la casa, el coche, las vacaciones o cualquier otro lujo que los bancos ponían a nuestro alcance. Lo malo es que ese gran saco en el que se iba acumulando el botín no ha estallado esparciendo su contenido -alguna migaja nos habría caído- sino que se lo han llevado, algunos a casa y otros a Suiza o cualquier paraíso fiscal.
A nadie se le escapa que cuando se vacían los graneros y las despensas lo que viene a continuación es el hambre y los aprietos. Un hambre antigua en la que a los de encima nunca les falta de nada, más bien al contrario, en esos periodos se enriquecen aún más, porque pagan a la baja las peonadas y se las dan a quienes quieren, normalmente los más dóciles, para que a nadie se le ocurra pensar en huelgas y revoluciones.
En algún lugar, dando sus buenas rentas, está toda esa plusvalía, probablemente sumada a alguno de esos sórdidos fondos de inversión sin rostro, sin escrúpulos y sin conciencia, que viven de rapiñar como auténticos carroñeros las economía de países en dificultades, hasta dejarlas como han dejado la nuestra.
Eso por no hablar de los Rato, los Baltar, los Blesa, los Fabra, los Camps y tantos otros que estos años han vivido a su alrededor alimentándose de sus malas prácticas y sus tiránicas decisiones, o esos otros a quienes les dimos los instrumentos de control para que nos protegiesen de los abusos y, una vez arriba, se creyeron obligados, no con nosotros, sino con aquellos a los que tenían que controlar. Tanto que, ahora, para conocer el paradero de la burbuja desaparecida o más bien de su contenido, sólo nos queda la esperanza de que los años de democracia hayan permitido a los hijos de las clases medias e incluso a algún que otro hijo de la clase obrera infiltrar la rancia casta de los jueces, dotándola de un punto de vista distinto al tradicional y que tanto vamos a necesitar ahora.
Ese debe ser su, nuestro, principal cometido: recuperar lo que quede de la burbuja para una vez en manos del Estado, si no devolvérselo a quienes les fue arrebatado, sí emplearlo en salir de esta oscura situación. Acaba de pasar en los Estados Unidos, donde un proceso judicial rápido y eficaz obliga al poderoso Bank of America a indemnizar a los afectados por estafas y desahucios causados por las tristemente hipotecas basura.
A veces, uno siente envidia de ese país capaz al mismo tiempo de los peores guantánamos y las mejores lecciones de justicia y democracia.


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lunes, 7 de enero de 2013

BASURA

 
Todos los años ocurre. Después de tantos días de fiesta, la basura se acumula en los contenedores, siempre insuficientes, y sus alrededores. Restos de las comilonas, si es que este año las ha habido, botellas vacías de vinos y licores, embalajes de regalos de todos los tamaños, los papeles con los que fueron envueltos y los aparatos y juguetes a los que sustituyeron ayer y algún que otro sueño roto, se acumulan para que el camión de la basura los recojan en uno de los peores días del año, si no el peor, para el servicio.
Cuánta falta haría un servicio parecido que en días como este se llevase todo lo malo que nos ha pasado. Un día en que uno de esos ruidosos camiones trituradores se llevase a la señora Lagarde y sus antecesores en el FMI, ahora que han caído en la cuenta de que su receta para la crisis, basada sólo en la austeridad y nada más que la austeridad, está matando al enfermo. Otro camión que se llevase lo más lejos posible a Miguel Ángel Fernández Ordóñez, que tuvo en su mano disparar las alarmas que hubiesen puesto a salvo los ahorros de tanta gente y, por el contrario, no hizo otra cosa que dar cobertura a quienes vaciaban las cajas en beneficio de sus amigos y sus partidos. Un camión, pintado de blanco, para llevarse al presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, a su consejero Fernández Lasquetty y a la presidenta de su partido en Madrid, Esperanza Aguirre, a ese crematorio al que van a parar los residuos peligrosos procedentes de los hospitales. Otro, blindado y pintado "de camuflaje" que se llevase al ministro de Defensa, don Pedro Morenés, y le retirase de la circulación, para que con sus obviedades y sus medias palabras dejase de enredar con los sables de los militares. Otro, de lujo y con escolta vistosa, que conduzca al rey Juan Carlos y su comparsa Jesús Hermida a alguna reserva de elefantes, para que allí, armados sólo con sus sillones se disparen uno a otro preguntas sin interés y respuestas inconsistentes, hasta que los elefantes, tan aburridos como los espectadores de la Primera caigan exhaustos a sus pies.
Son muchos camiones, pero no acabaría bien la cuenta si no la cerrase con uno de esos carros tirados por mulas en el que los traperos, yo los he visto, volcaban la basura que sacaban de los pisos a la calle, después recoger en sus banastas el contenido de aquellos cubos forrados de papel de periódico a los que iba a parar lo poco que se tiraba en aquellos años a los que nos pretende devolvernos, sin mover una pestaña, María Dolores de Cospedal, destinataria del maloliente y cansino carro, para que la deposite en rincón de la Historia, junto a todo el dinero que ha cobrado a nuestra costa durante tantos años y nada más, para que como un rey Midas cualquiera sepa a qué conduce la avaricia.
Harían falta muchos más carros y camiones, uno, por ejemplo, con el número 21, para el ahora extrañamente silencioso Wert, encargado de recoger los catecismos, la literatura ultraliberal y fascistoide que tanto parece gustarle, además de toso ese cine rancio que parece pretender para todos nosotros. Y otro cómodo y mullido, con un televisor sintonizado en los canales que dan fúbol en directo, para llevar a don Mariano a un basurero lleno de eses líquidas, titubeos y silencios.
Muchos camiones, otros para Rato, Bono, Aleirta, Aznar y tantos como se os ocurran, necesarios para tanta basura que camina ergida como nos asedia.
 
 
 
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domingo, 6 de enero de 2013

CARBÓN

 

Supongo que, en una noche como ésta, Sus Majestades los Reyes Magos habrán tenido a bien dejar sus buenos cargamentos de carbón en casa de personajes como Miguel Ángel Fernández Ordóñez, Miguel Blesa, Juan Pedro Hernández Moltó, Miguel Ángel Flores, Gerardo Díaz Ferrán, Iñaki Urdangarín, Carlos Fabra, los responsables de tantas y tantas cajas enterradas en cemento y ladrillo, Juan Luis Cebrián y tantos otros que, por avaricia, vaguería, desprecio hacia los demás, simple estulticia o una mezcla de todo, han causado tanto daño a tantas familias españolas en estos últimos meses. Se ha olvidado de Rato, doréis, y no es cierto, para él he pedido un saco repleto de bostas de caballo, porque si le llevan carbón, de familia de carboneros como es, es capaz de sacarle partido vendiéndolo.

Carbón, bostas de caballo y una cierta dosis de decencia, que les hace falta y mucha, especialmente a quienes, por haber gozado de la confianza de la izquierda, el daño que han hecho lleva añadida la traición y el desengaño que han producido en quienes hasta entonces confiábamos en que no había chorizos en nuestro bando.

He arrancado mi carta a los reyes magos con un nombre, el de Miguel Fernández Ordóñez, porque su pecado ha sido quizá el más grave, porque, mientras incumplía con su deber de conocer y denunciar lo que estaba ocurriendo en los bancos y cajas españoles, su soberbia, combinada al 50% con torpeza, sólo le daba para enmendar la plana a los trabajadores y sindicatos. No sé si haber visto el resultado del estropicio que se estaba organizando delante de sus narices le habrá dejado dormir todos estos meses. Me temo que sí, porque siempre he tenido la impresión de que, también siempre, se ha sentido superior a los demás mortales.

Todos son culpables en su justa medida y sin no lo han sido más es porque el ámbito de sus decisiones, sus acciones y sus omisiones no les ha dado para más, pero da grima comprobar con qué desparpajo y con qué cara de "mosquita muerta", que diría mi abuela, son capaces de decir ante jueces y diputados que no sabían lo que firmaban ni se enteraban de lo que pasaba a su alrededor. A todos estos tipejos no les iría nada mal caer en manos de los fantasmas de la Navidad que ablandaron el corazón de Mr. Scrooge en el cuento de Dickens. Seguro que un paseo por los hogares de acogida de tantos, de los ancianos arruinados con sus preferentes, de los trabajadores despedidos porque se gastaron todo el crédito y más en beneficiar a sus poceros de aquí y de allá, por las casas de los padres de las cinco jóvenes muertas en el Madrid Arena, porque su ambición no conoce límites y, al fin y al cabo, como decían sus amigos del ayuntamiento nunca había pasado nada. También por la celda de Díaz Ferrán que, este año, en vez de tomarse las uvas o lo que fuera en Times Square ha tenido que conformarse con las del rancho de la prisión de Soto.

Seguro que alguno haría lo posible para no verse en el futuro que le muestra el último fantasma. Pero no todos, esta gente, como dice mi amigo Luis, no se huele la mierda, porque nace sin culo, y seguro que están convencidos de que no hicieron nada punible, sino que las cosas salieron mal. Por eso, pido a sus majestades de Oriente, las de aquí serían juez y parte, que a todos ellos, menos a Rato, les traigan carbón, mucho carbón, pero no del dulce, carbón amargo, el más amargo que puedan encontrar.
 
 

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sábado, 5 de enero de 2013

TELEFONICA Y LOS IMPUTADOS

 
 
Debo ser muy bruto, porque, doce horas largas después de hacerse público el "fichaje" de Rodrigo Rato por Telefónica, aún no soy capaz de ver qué ventajas aporta a la operadora la entrada en su staff de un personaje odiado por la ciudadanía, especialmente por los estafados por Bankia. Un personaje imputado, además, ante la Audiencia Nacional por su gestión de la fusión de cajas ruinosas que dio lugar a Bankia y por su posterior gestión irresponsable, cuando no dolosa, incluido el maquillaje de las cuentas que se llevó a cabo bajo su presidencia y que desembocó en el hundimiento en bolsa de una entidad que salió al mercado basada en una enorme mentira. Por si fuera poco, Rodrigo Rato, soberbio donde los haya, debió tomarse su paso por la dirección del FMI como unas vacaciones en Washington, porque, mientras se gestaba la mayor crisis económica conocida hasta ahora, él nos contaba otra película, hasta que, salió por la puerta de atrás del cargo, abandonándolo antes del fin de su mandato y empañando el prestigio del país, España, que le había propuesto para un cargo que, evidentemente, le venía grande.
Sinceramente, no sé que gana Telefónica en la jugada. A mí, como cliente de la operadora y víctima de las estafas de Bankia me sabe muy mal que la empresa a la que todos los meses vengo pagando religiosamente por un servicio correcto pero carísimo se convierta en refugio de quienes por acción u omisión han malversado dinero público o, como Rato, han llevado a cabo una gestión irresponsable, cuando no una estafa. Me sabe tan mal que, de no estar encadenado a ella por uno de esos perversos contratos de permanencia, hoy mismo pediría mi baja en la misma.
Qué necesidad tiene Telefónica de convertirse en refugio o retiro de cuantos personajes polémicos pierden pie en la política activa española o se convierten en incómodas piedras en el zapato de sus instituciones. ¿Qué cuenta está pagando Telefónica con los fichajes de Zaplana, Rato o Urdangarín?
¿Es acaso un peaje por la ventajosa privatización de la compañía que llevó a cabo el gobierno de Aznar, en el que, por cierto, Zaplana era ministro de Trabajo y Rato ministro de Economía y vicepresidente? No lo sé, pero los españoles tenemos derecho a dudar de la sinceridad del rey, cuando manifiesta que quiere una España más igualitaria, porque está claro que aquí hay algunos, como su propio yerno y los dos ministros de Aznar que, aún con las manos llenas de mierda, caen siempre de pie, mientras quienes han trabajado toda su vida honradamente son arrojados al vertedero del paro sin ninguna piedad.
Telefónica es hoy, pese a su origen público y sus privilegios, una empresa privada y poco nos queda a los ciudadanos, salvo el pataleo, para manifestar nuestro asco y disgusto por decisiones tan despóticas y alejadas del sentimiento ciudadano. Yo, ya digo, no puedo darme de baja ahora, pero sí puedo sumarme, ya lo he hecho, a la iniciativa ciudadana que pide al presidente de Telefónica César Alierta y no "Atienza", como erróneamente figura en la petición, el cese de Rato en su nuevo cargo. Me gustaría que, aunque dudo que la tenga, porque no la manifiesta, la suma de firmas haga pasar un mal Rato y un poco vergüenza al señor Alierta.
 
 
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viernes, 4 de enero de 2013

FRANCO Y CHÁVEZ

 
 
Qué difícil resulta morir cuando uno es caudillo. Aquí, en España, algunos tenemos experiencia y guardamos memoria de lo difícil y penoso que es morir así, encerrado en una burbuja que le aísla de ese pueblo al que dicen servir y que ha puesto una gran parte de sus esperanzas en su figura y en la delirante creencia en su inmortalidad.
Franco murió como un perro, cuando a su familia y su régimen le convino o cuando fue ya imposible mantenerle con vida, mientras esa familia y ese régimen ponían a salvo sus intereses. Al hombre que creyó tener, y en gran parte lo tuvo, el poder absoluto en España, no le cupo siquiera la gracia que a todo ser humano le corresponde de dejarse morir o, simplemente, morirse cuando toque sin dolor y con el cariño de los suyos. Por el contrario le mantuvieron inconsciente días y días, enterrado en un enjambre de cables y tubos, después de haberse encarnizado con aquel cuerpecillo miserable que tan poco tenía que ver con el del orondo y sangriento general que un día fue.
Ni siquiera le respetaron el deseo a la intimidad que debe acompañar a todo ser humano en sus últimas horas, porque alguien -dicen que su yerno, un rancio playboy que se decía y ejercía de cirujano- se ocupo de fotografiar al dictador agonizante y vender las fotos años después.
Ahora es Hugo Chávez quien se enfrenta a la muerte aislado y lejos de Venezuela sin que se sepa claramente ni qué tiene ni cuál es su pronóstico, porque su enfermedad se ha convertido en asunto de estado y no son médicos quienes hacen públicos los partes sobre su estado, que no existen, al menos públicamente, sino que son sus ministros quienes divagan sobre lo que le pasa.
Fidel Castro tuvo suerte y pudo salir de la grave crisis de salud que le aquejó hace unos años y pudo traspasar el poder a su hermano Raúl, que en cierto modo ya lo tenía. Algo parecido a lo pretendido por Chávez al señalar a Maduro como su sucesor, antes de viajar a La Habana para volver a ser tratado del cáncer que se había reproducido.
Es lo que tienen las dictaduras encaradas en una sola figura, en ellas no se completa el relevo en vida de los dictadores resulta difícil y, cuando llega la hora, la sucesión se precipita y se complica. Hugo Chávez, que, pese a los procesos democráticos a los que se somete, tiene ademanes de dictador y ejerce el poder de manera a veces tiránica, es admirado por gran parte de su pueblo, la que no tenía nada y ahora tiene algo, aunque apenas sea un subsidio o un dispensario. También lo es por muchos que se dicen de izquierdas, algunos, amigos míos, que no sé si estarían dispuestos a vivir en una Venezuela gobernada por Chávez.
Pese a todo, hay que reconocerlo, a Chávez le idolatra, literalmente, gran parte de su pueblo que llora, vela y reza por su salud. Es lo malo de los caudillos, la prosperidad que pueda vivir su país, el mismo régimen y su figura se confunden en la inocencia de sus pueblos y, cuando desaparecen, llega el caos o algo que se le parece.
Habrá quien no me perdone escribirlo, pero, sinceramente, creo que Chávez y Franco tienen mucho que ver. Más de lo que parece.
 
 
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jueves, 3 de enero de 2013

PRIMAVERA EN ENERO

 
 

Qué poco les gusta a algunos dar malas noticias. Especialmente, si son la consecuencia de algo claramente evitable. El ser humano se acostumbra con facilidad al goteo de despidos, al de los recortes, al de los abusos del Gobierno contra los más débiles, al de las injusticias sangrantes... el ser humano, nosotros, se ha acostumbrado ya a la crisis. A lo sumo, alguno se pregunta de vez en cuando cómo es posible que una sociedad como la nuestra que viene recibiendo mazazos, uno tras otro, desde hace demasiado tiempo, aguante lo que aguanta.

Y la verdad es que lo aguanta. En parte, porque funciona ese sentimiento que es la necesidad de ser solidario, muy distinto de la católica caridad, porque aquí no hay un cielo que comprar a plazos, en parte, porque la familia sigue siendo el colchón al que van a caer los que lo van perdiendo todo y en parte, porque la capacidad de resistencia y los sacrificios y abusos que puede llagar a asumir para salir adelante cuando todo falla son enormes.

Y mientras ocurre todo esto, mientras hay familias que esperan la llegada de los alimentos caducados a la puertas de los supermercados, mientras hay gente "de traje y corbata" que da gracias por poder barrer las calles o descargar camiones, mientras hay niños que se van a la cama sin cenar, con apenas un vaso de leche y unas galletas, si es que los tienen, nos cuentan que Amancio Ortega, el de Zara, el que monto su imperio a partir de unas batas "plagiadas" a menor precio, ha batido, como casi todos los grandes explotadores, de este país y de otros, sus increíbles récords de ganancias.

Pero se lo perdonamos, porque no hace tanto nos enteramos de que había hecho una donación de unos cuantos miles de euros a la ONG católica Caritas que los recibió encantada, porque con esos miles de euros iba a poder atender mejor a todos aquellos sin techo o sin nada que llevarse a la boca porque Ortega y otros como Ortega esquivan los impuestos, porque prefieren la caridad a la justicia.

Pues bien, mientras los beneficios del creador de Inditex siguen figurando como ejemplo y objeto de admiración en las páginas de los diarios, la desesperación de un ciudadano malagueño que ayer no pudo más y se prendió fuego a las puertas del Hospital Carlos Haya de Málaga, porque ya no podía más y no encontraba la salida al túnel oscuro en que se había convertido su vida, apenas merece unas líneas en la prensa que se ocupa de su drama y ni un sólo titular en los informativos de la radio.

Para qué, se preguntarán los directores de periódicos y programas, vamos a amargar la vida de quienes corren enloquecidos por las calles de nuestras ciudades cargados de regalos -yo mismo- con la historia de un hombre que tomó tan terrible decisión porque -es la explicación que buscan algunos como consuelo- sin duda habría algo más que las dificultades económicas para rociarse con gasolina, acercar un mechero y acabar con el 80% del cuerpo quemado y un pronóstico vital incierto.

Qué floja es la memoria. Esa misma gente que toma las decisiones y que firma o no evita despidos desde sus cómodos despachos y sus suculentos sueldos son los que hace dos años ensalzaban el gesto de ese joven informático tunecino que también se quemó a lo bonzo, porque ni siquiera le dejaban vender fruta por las calles, y que desató la caída del régimen tunecino, el libio, el egipcio y, antes o después, el de Siria, en lo que hoy llamamos la primavera árabe.

Pero no, no es agradable dar esas noticias, porque difícilmente pueden sentirse responsables de la muerte de aquel joven que con su cuerpo encendió una revolución, pero es muy difícil escapar desde su acriticismo, su dejarse llevar o su complicidad de años a lo que le ocurra a este malagueño que se debate en la vida y la muerte en el hospital junto al que hizo una antorcha de su cuerpo.

 
 

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miércoles, 2 de enero de 2013

LA GUERRA POR SU CUENTA

 
Si me pidiesen un solo adjetivo para calificar la manera en que Esperanza Aguirre, presidenta del PP de Madrid, seriamente tocado por el caso Gürtel, ese adjetivo no podría ser otro que el de obscena.
Manejar la información y a los informantes de la forma en que sólo ella sabe hacerlo es capaz de hacerlo es una de sus mayores habilidades, que no virtudes. Nadie como ella sabe cuál es el momento y manera en que determinados anuncios, determinadas apariciones, reclaman los flashes y los focos que tanto le gusta tener encima. Una "habilidad" de la que saben y mucho los trabajadores afectados por el ERE de Telemadrid que conocen de los caprichos y servidumbres debidas a la presidenta que llenó los pasillos del ente de trabajadores "desafectos", mientras llenaba las redacciones de sumisos redactores.
Lo hizo el último día del 2012 y tuvo que repetirlo el primero de este 2013 a las puertas de la cárcel de Segovia, en la que está internado el vicepresidente de Nuevas Generaciones de Madrid, Ángel Carromero condenado a cuatro años de prisión en Cuba por homicidio imprudente, tras la muerte de dos disidentes, en el accidente que causó al salirse de la calzada el coche que conducía sin carné en una carretera de la isla.
La condesa sabía de sobra que, primero en Nochevieja y después en Año Nuevo, no iba a haber otra noticia con mayor cobertura que esa visita suya a la soledad de su mártir de la dictadura comunista cubana tan injustamente encarcelado en la fría prisión de Segovia. Por eso sus colaboradores se encargaron de que a las puertas de la prisión hubiese suficientes cámaras y micrófonos para recoger su gesto humanitario, a pesar de que sabía ya antes de salir de Madrid que no iba a poder realizar la pretendida visita, porque para visitar a los reclusos hay que tener autorización y a ella no se la habían dado. Por eso, al día siguiente, el primero de 2013, repitió el intento, esta vez con éxito y con igual o mayor cobertura de los medios, con lo cual obtuvo dos portadas por el precio de una.
Esperanza Aguirre sabía que había un hueco a llenar en las ediciones que hoy han llegado al kiosco y sabía y también que, aunque en medio del bullicio de las comidas o el ajetreo de las cocinas, su rostro y su nombre se meterían ayer en las casas de los españoles. Lo sabía como sabe en qué punto del discurso colocar la lágrima o el sollozo ahogado para, con ellos, tocar la fibra sensible del auditorio.
También sabe invocar los demonios precisos -dictadura comunista, sindicalistas, etc.- para despertar los miedos más cervales y las imágenes más terribles en el alma de os pobres de espíritu o de los ya ganados para su causa. En eso es única y no siente ningún escrúpulo al hacerlo.
Pero no hay que engañarse todos los actos de Esperanza Aguirre, como los santos, tienen su octava y no hay que quedarse sólo en una primera lectura. Ahora mismo, con su dimisión del fortín de la Puerta del Sol, asediado día sí y día también por manifestaciones y concentraciones de los muchos descontentos que han causado sus políticas y con la crisis abierta en el Ayuntamiento de Madrid por la trágica chapuza del Madrid Arena, se abre un periodo de inestabilidad en el PP madrileño, en el que no cabe dormirse en los laureles y en el que hay que ganarse cada gota de tinta en los periódicos y cada plano en las televisiones. Por eso la condesa ha bajado a la pista a hacer lo que mejor sabe hacer que no es otra cosa que la guerra por su cuenta y el pateo de cualquier logro de sus "compañeros" de partido, aunque sea a costa de ese acuerdo que ha permitido que Carromero, que en realidad creo que le importa poco, cumpla su condena en España.
 
 
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