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jueves, 17 de octubre de 2013

A LA MEDIDA

 
 

Nada hay menos estético que hacer y deshacer, tomar y dejar las leyes a la medida del poder. Los que hemos vivido bajo el franquismo conocimos esa manera de gobernar y padecimos las leyes en vez de sentirnos protegidos por ella. Hace sólo unos días, el Partido Popular perdió otra oportunidad para condenar el franquismo penalizando su exaltación. Y creo que, si no lo hicieron, es porque aun no se creen capaces de resistir la tentación de cantar las alabanzas a un régimen que, a muchos de ellos, les colocó en donde están.

Y es que no es lo mismo contemplar el mundo desde el caballo, mirando a los otros desde lo alto de la silla y con la garantía de que, si vienen mal dadas, se pueden volver grupas al tumulto o, en el peor de los casos, echar la montura sobre la gente de a pie. Así eran las cosas durante los años más duros del franquismo caciquil y a ello quieren volver quienes, ahora, nos echan encima el caballo de su aviesa manera de entender el poder y las leyes.

De todos es sabido que la Comunidad Autónoma de Madrid anda empeñada en convertir la salud de los madrileños en un rentable negocio para determinadas empresas que, por cierto, han dado pruebas sobradas no sólo de sus intenciones meramente crematística, sino de su incapacidad gestora en otras experiencias anteriores. Y no es que me invente lo que digo, fue el propio ex consejero, Juan José Güemes, hoy vinculado directa o indirectamente a esas empresas, quien, en una convención, casi una mini feria del sector, alentó a los concurrentes a ver la sanidad madrileña como una oportunidad de negocio.

De todos es sabido también que de una manera desconocida hasta entonces, todos los implicados en la sanidad, pacientes, médicos, enfermeros, farmacéuticos y demás personal, se pusieron enfrente de las intenciones de los hombres del maletín y el gobierno de la Comunidad, encarnados en la triste figura del consejero Lasquetty. Se pusieron enfrente en una estrategia imaginativa y activa que les llevó a convocar movilizaciones, manifestaciones, un referendo que recogió, con nombre y apellidos, más de un millón de firmas contra las intenciones privatizadoras del gobierno madrileño, una oleada de incómoda insumisión, también con nombre y apellidos, contra la imposición del euro por receta y toda una serie de acciones legales que, finalmente, han ido paralizando en los juzgados la mayoría de tan arbitrarias medidas.

Es fácil imaginar la contrariedad de la consejería y de las empresas beneficiadas en las poco o nada claras adjudicaciones de hospitales ante las paralizaciones. Su gozo en un pozo y la negra perspectiva de que, en el mejor de los casos, el "negocio" se iba a retrasar meses, lo que ante la otra perspectiva, la del negocio seguro y ya que quizá nunca se llegaría a poner en marcha si se produjese un previsible vuelco electoral. Es fácil imaginar también la preocupación y quién sabe qué más de unos y otros. Tanta que ha llevado a la elaboración de una nueva estrategia, en este caso judicial, y digo judicial y no legal, haciendo pasar un tamiz de grano más grueso las demandas de los sindicatos médicos, para ver si, con suerte, pasa la cosa.

Para eso, la nueva estrategia pasa ahora por someter todas las resoluciones paralizantes al pleno de la Audiencia Provincial de Madrid, en un intento de desbloquear las concesiones. Cincuenta jueces a cuyo frente está el magistrado Martínez Tristán, casado con una consejera del gobierno de Castilla La Mancha, ex alto cargo de la de Madrid -también entre Madrid y Castilla La Mancha funciona la puerta giratoria, aspirante a una vocalía del Consejo General del Poder Judicial, cuyo nombramiento depende del partido del Gobierno y que ha sido, además, el autor intelectual del reagrupamiento de las demandas para llevarlas al pleno.

Lo dicho cambiar o utilizar las leyes a medida. Y si me atrevo a escribirlo es porque al deslenguado senador popular Francisco Granados le escuches decir, nada más decretarse la suspensión de las adjudicaciones que si, finalmente, no se ajustaban a la ley, se cambia la ley si es necesario. Pues en eso estamos, en hacer a la ley los arreglos que nos la dejen para el gobierno como un traje a la medida del gobierno madrileño y sus "socios".

 

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sábado, 12 de enero de 2013

RESISTIENDO, QUE ES GERUNDIO

 
Quizá me equivoque, ojalá no, pero creo que el PP madrileño, fundamentalmente en esta legislatura y en su modo de abordar la crisis, tan injusta y cruelmente, está haciendo más por el resurgir de la izquierda -ojo, subrayo, "por la izquierda, no por los partidos de izquierda- de lo que haya hecho nadie en los últimos años.
Con sus cacicadas y arbitrariedades, han puesto a los ciudadanos contra las cuerdas y todos sabemos que cuando alguien, por débil que sea, y en la naturaleza hay miles de ejemplos, se siente acorralado, sin salida, se revuelve contra el poderoso y saca la fuerza y el coraje que, incluso, él mismo ignoraba que guardaba. Es un mecanismo de defensa casi instintivo que nada tiene que ver con ese silencio de los corderos, ese quedarse en sala para no salir en los telediarios o en los titulares de primera que a Rajoy le hubiese gustado que practicásemos.
¿Sabían los afectados por los desahucios de Cajamadrid, hoy Bankia, que iban a ser capaces de permanecer meses acampados ante la sede de Bankia en el centro de Madrid, condenando sus oficinas, bajo el frío y el calor, el sol o la lluvia? Juraría que no. Estoy seguro de que ha sido la falta de humanidad de Bankia, la causante de gran parte de los problemas por los que atraviesa este país, la que, al dejarles, a ellos y a sus hijos, en la calle y sin nada que no sea una terrible e injusta deuda para el resto de sus días, les ha empujado a una decisión imaginativa y heroica que, no sólo ha ayudado a extender entre el resto de los ciudadanos el conocimiento de su drama, sino que ha movido a la solidaridad y ha generado iniciativas que, al final, están doblándole el brazo a la todopoderosa banca que tan desastrosamente gestionaron Blesa y Rato.
No es necesario recordar que el consejo de administración que debería haber supervisado tan torpe, o quién sabe si doloso, proceso, fue el resultado del "pasteleo" que, con más o menos responsabilidad, según su representación, llevaron a cabo los partidos madrileños, sentando a "sus hombres y mujeres" en el consejo de administración para, como los tres monos del santuario japonés de Toshogu, no ver, no oír y callar, entre toda la mierda que iba desfilando ante sus narices.
Dicen que el gato escaldado del agua fría huye y han sido tantas las malas experiencias que han sufrido los ciudadanos a manos de Esperanza Aguirre e Ignacio González que "tanto montan, montan tanto", en su frío y calculado plan de desmantelamiento y saqueo de la sanidad pública madrileña, lo único que, junto a la enseñanza o sin duda más que ella, iguala a los ciudadanos de la comunidad, que han aprendido ya con quién deben estar y a resistirse a los avasallamientos, porque han aprendido también que quien resiste, al final gana, si no todo, sí parte de lo que reclama.
La mamarrachada consistente en hacer pagar a los ciudadanos un euro por cada receta que presenten en la farmacia para pagar unos medicamentos que ya han pagado y por dos veces, primero con sus cotizaciones e impuestos y, ya en la farmacia, con el porcentaje del precio que tienen que abonar en el mostrador, ha sido de tal calibre que ha provocado una verdadera rebelión de la ciudadanía, que, pese a las amenazas y al calvario burocrático que se les imponen están documentando su objeción a cada uno de esos euros, sobrepasando con creces las miserables previsiones de la Consejería.
Yo mismo voy a hacer uso de esos impresos que ha racaneado Lasquetty, a la espera de que los recursos presentados por el Gobierno de la Nación y Tomás Gómez paralicen tan burdo asalto a quienes más necesitados están de esos euros que tendrán que pagar sin apenas garantías de que les serán devueltos si sobrepasan el tope anual establecido en tan chapucera norma.
Sé que a más de uno le extrañará e incluso le molestará que atribuya el recurso presentado por los senadores socialistas a Tomás Gómez, pero, lo siento, las trabas impuestas por Ferraz a la iniciativa del secretario de los socialistas madrileños, anteponiendo una vez más, al menos aparentemente, los intereses de PSOE a los de los ciudadanos. Tomás Gómez parece haberse dado cuenta de que ese es el camino, abandonar los intereses de partido y las comodidades del escaño, para bajar a la calle y colocarse junto a los ciudadanos.
Si Jaime Lissavetzky no hubiese sido empujado por Tomás Gómez a enfrentarse al Ayuntamiento de Madrid en la gestión de la tragedia del Madrid Arena y, como pretendía, hubiese adoptado la cómoda postura de "verlas venir", probablemente hoy se habría llevado tantos o más palos que Botella y su diezmado equipo. Sus cargos, sus escaños, sus despachos no son suyos. Son de los ciudadanos que se los ceden por cuatro años para que defiendan sus intereses. Y el mayor interés de los ciudadanos ahora mismo está en resistir cuanto puedan a la perversa maquinaria que otros ciudadanos han puesto en manos del PP.
 
 
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lunes, 7 de enero de 2013

BASURA

 
Todos los años ocurre. Después de tantos días de fiesta, la basura se acumula en los contenedores, siempre insuficientes, y sus alrededores. Restos de las comilonas, si es que este año las ha habido, botellas vacías de vinos y licores, embalajes de regalos de todos los tamaños, los papeles con los que fueron envueltos y los aparatos y juguetes a los que sustituyeron ayer y algún que otro sueño roto, se acumulan para que el camión de la basura los recojan en uno de los peores días del año, si no el peor, para el servicio.
Cuánta falta haría un servicio parecido que en días como este se llevase todo lo malo que nos ha pasado. Un día en que uno de esos ruidosos camiones trituradores se llevase a la señora Lagarde y sus antecesores en el FMI, ahora que han caído en la cuenta de que su receta para la crisis, basada sólo en la austeridad y nada más que la austeridad, está matando al enfermo. Otro camión que se llevase lo más lejos posible a Miguel Ángel Fernández Ordóñez, que tuvo en su mano disparar las alarmas que hubiesen puesto a salvo los ahorros de tanta gente y, por el contrario, no hizo otra cosa que dar cobertura a quienes vaciaban las cajas en beneficio de sus amigos y sus partidos. Un camión, pintado de blanco, para llevarse al presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, a su consejero Fernández Lasquetty y a la presidenta de su partido en Madrid, Esperanza Aguirre, a ese crematorio al que van a parar los residuos peligrosos procedentes de los hospitales. Otro, blindado y pintado "de camuflaje" que se llevase al ministro de Defensa, don Pedro Morenés, y le retirase de la circulación, para que con sus obviedades y sus medias palabras dejase de enredar con los sables de los militares. Otro, de lujo y con escolta vistosa, que conduzca al rey Juan Carlos y su comparsa Jesús Hermida a alguna reserva de elefantes, para que allí, armados sólo con sus sillones se disparen uno a otro preguntas sin interés y respuestas inconsistentes, hasta que los elefantes, tan aburridos como los espectadores de la Primera caigan exhaustos a sus pies.
Son muchos camiones, pero no acabaría bien la cuenta si no la cerrase con uno de esos carros tirados por mulas en el que los traperos, yo los he visto, volcaban la basura que sacaban de los pisos a la calle, después recoger en sus banastas el contenido de aquellos cubos forrados de papel de periódico a los que iba a parar lo poco que se tiraba en aquellos años a los que nos pretende devolvernos, sin mover una pestaña, María Dolores de Cospedal, destinataria del maloliente y cansino carro, para que la deposite en rincón de la Historia, junto a todo el dinero que ha cobrado a nuestra costa durante tantos años y nada más, para que como un rey Midas cualquiera sepa a qué conduce la avaricia.
Harían falta muchos más carros y camiones, uno, por ejemplo, con el número 21, para el ahora extrañamente silencioso Wert, encargado de recoger los catecismos, la literatura ultraliberal y fascistoide que tanto parece gustarle, además de toso ese cine rancio que parece pretender para todos nosotros. Y otro cómodo y mullido, con un televisor sintonizado en los canales que dan fúbol en directo, para llevar a don Mariano a un basurero lleno de eses líquidas, titubeos y silencios.
Muchos camiones, otros para Rato, Bono, Aleirta, Aznar y tantos como se os ocurran, necesarios para tanta basura que camina ergida como nos asedia.
 
 
 
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