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sábado, 20 de septiembre de 2014

DECIR, PENSAR, VOTAR...


Un viejo amigo, brillante, provocador y temerario como pocos, en una visita a la Galicia gobernada por Fraga y fiel a su carácter o a la idea que los amigos teníamos de él,  pidió, ni corto ni perezoso, al taxista que le recogió en la estación su opinión sobre el ex ministro franquista que presidía la Xunta.
El taxista le contestó sin inmutarse con esta gallegada de manual "Fraga.., un hijo de puta, fíjese que yo le voto" Pues bien, esta anécdota tomada sin permiso de mi amigo ilustra a la perfección cómo nos comportamos los seres humanos, que decimos una cosa, probablemente pensamos otra y al final, en las urnas, dejamos por escrito otra.
Qué quiero decir con esto. Lo que quiero expresar es que no todo el mundo exterioriza sus opiniones, que éstas tampoco son inamovibles y que, al final, lo único válido, más allá de vistosas campañas, de sentimientos reales, de pros y contras, de ventajas e inconvenientes, lo único que vale es ese retrato instantáneo y general que resulta de los votos depositados en las urnas. Y que conste que tengo claro que ese retrato no resiste bien el tiempo y que, como aquí, en España, las grandes mayorías acaban desvaneciéndose como se desvanecen por efecto de la luz las imágenes de una fotografía mal fijada.
Ducho esto y un día después de conocerse los resultados del referendo escocés, hay que concluir que el 18 de septiembre de 2014 los escoceses y residentes en Escocia con derecho a voto no han querido que Escocia sea independiente, aunque también han dejado claro que una importante minoría lo hubiese querido y que, vistos los datos particularizados, ese deseo es más joven y más de izquierdas o que el nacionalismo se confunde con los deseos de cambio o que, incluso, los esconde.
Eso es exactamente lo que ocurre en Cataluña, donde el malestar ciudadano ocasionado por la crisis y el hastío por el despotismo del gobierno del PP, sumados a la falsa idea, desmentida por los hechos, de que, en Cataluña, las instituciones y quienes las ocupan son más decentes y responsables que en el resto de España, han llevado a muchos a buscar en la independencia una salida a tanto descontento. Un espejismo, basado -ojo- en sentimientos tan reales como legítimos, convenientemente espoleados por un Artur Mas que, con la caja bajo mínimos, se ve obligado a gobernar recortando y disgustando a los ciudadanos y se da cuenta de que, sólo agitando las aspiraciones independentistas, aguantará la legislatura. Un espejismo que se ha solapado con un Zapatero en el despeñadero de su decadencia y con un PP crecido y dispuesto a encastillarse frente a todas esas aspiraciones, la mayor parte de ellas materiales y perfectamente mejorables, a sabiendas de que en sus feudos del resto el otro mito, el de la unidad de España, produce una enorme renta en votos.
Y frente a todo esto, un PSOE que ha renunciado una y otra vez a hacer pedagogía de los principios que le dieron grandeza y prefiere recurrir al marketing, limando en éste y en otros asuntos como el de la fiscalidad, las aristas que le diferencian del PP, hasta el punto de desdibujar tanto su perfil como para hacerlo irreconocible por sus votantes.
Ese es el gran problema, no sé si de todas las democracias, pero sí al menos el de España, que no se deja pensar a los ciudadanos, a  los votantes, a  los que se coloca mensajes simplistas y muchas veces irreales que, éstos, repiten incansablemente, pero que, cuando la dura realidad de que las cosas van o pueden ir mal aparece, fuerzan a una reflexión hasta entonces inexistente o irrelevante.
Es lo que ha pasado en Escocia o es al menos lo que nos dicen que ha pasado, que la gente se ha asustado con las consecuencias que podría tener desgajarse del Reino Unido y ha cambiado su voto o, lo más probable, ha votado lo que pensaba y no decía, porque la mayoría silenciosa que reclaman todos como suya es muy suya e impredecible. Lo han puesto en evidencia los escoceses que, en las encuestas, gratuitas, han dicho una cosa y en las apuestas, donde se han jugado sus buenas libras han dicho otra que, curiosamente, casi ha clavado los resultados reales del referéndum.
Por eso no entiendo ese miedo a autorizar la consulta en Cataluña. Y no lo entiendo porque estoy seguro que con una campaña intensa y decente, en la que se expliquen las cosas bien, la mayoría de los ciudadanos, yo si pudiese, votarían a favor de que cambie la relación entre Cataluña y el resto de España, pero permaneciendo en ella. E insisto, estoy seguro.
Otra cosa es que desde esta Moncloa de Rajoy y esa Generalitat de Mas  hagan lo imposible por agudizar el desencuentro, porque saben que, en el conflicto, se refuerza la imagen mesiánica que tanto gusta a parte de su electorado. Por eso nos cuentan "el conflicto catalán" como un melodrama de buenos y malos, porque saben que una cosa es hablar, otra pensar y, finalmente, otra es votar.


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lunes, 26 de noviembre de 2012

Y AL DÍA SIGUIENTE...

 
 
Menos mal que las campañas electorales sólo duran dos semanas. Menos mal o menos bien, si es que así puede decirse, porque esas dos semanas que cada cierto tiempo nos caen encima se convierten en una especie de parques de atracciones en nuestras vidas en los que los políticos, casi todos ellos, nos mienten y nosotros, casi todos, nos dejamos engañar. Son catorce días en los que nos mienten gratis o, siendo caritativo, nos exageran y deforman la verdad gratis y nosotros nos creemos que creerles nos sala gratis. Lo único que no sale gratis esos días, porque resultan tan caras como inútiles, son las encuestas, que cada vez aciertan menos, pintando un retrato de brocha gorda y siempre interesado de la voluntad de los ciudadanos.
Lo malo es que la fiesta, la excursión a la Isla Fantasía de las promesas, acaba por esfumarse y al día siguiente de las votaciones, la realidad dura y contumaz vuelve a llamar a nuestra puerta, con los mismos problemas de siempre y la misma falta de claridad de ideas para solucionarlos de los de siempre. Hoy lunes los catalanes tendrán los mismos problemas en los colegios de sus hijos, las mismas carencias de servicios sociales, el mismo deterioro en la enseñanza universitaria, las mismas y caras tarifas de las autopistas, el mismo paro, los mismos desahucios, el mismo desmantelamiento de sus hospitales y centros de salud y no sólo eso, porque también tendrán a los mismos incapaces para no dar solución a sus problemas.
Resulta muy curioso que, después de tanto darle vueltas a los resultados de ayer, perece que nadie haya visto el más palpable y, a mi parecer, más grave de los resultados. Lo vio desde un primer momento una de mis "amigas" de Facebook: la izquierda que debería movilizar a los ciudadanos, la que debería defender los intereses de los más débiles, la que debería defender lo público, impidiendo que pase a manos privadas tiene cada vez menos fuerza, si no en las urnas -aún no he hecho cuentas- sí en los parlamentos.
Ese es el problema, la gran movilización social, en marcha desde el 15-M, no tiene traducción en las urnas, porque unos, los socialistas, dieron la espalda a los ciudadanos y están pagando su pecado en las urnas y los otros, IU y aledaños no consiguen despegar en los parlamentos porque el plomo de la Ley Electoral les pesa en las alas.
Al contrario que mi amiga virtual, yo no creo que la sociedad se haya vuelto conservadora. Lo que sí creo es que la mayoría que debería defender lo público, porque conoce realmente su valor, está, de cara a las urnas, desencantada, desmovilizada, desorientada y falta de líderes. Es más, creo que, hoy más que nunca, necesitamos a alguien que fuese capaz de liderar la travesía del desierto que nos queda por hacer, si alguien tuviese la honradez, la claridad de ideas y la paciencia necesarias para reconquistar el espacio natural de la izquierda en los parlamentos, modificando de una puñetera vez esa ley electoral excluyente que, con la inestimable colaboración, por acción u omisión, de los socialistas, ha servido para dejar fuera de juego cualquier asomo de discurso igualitario.
Hoy es el día después de una consulta electoral en Cataluña que, al final, no ha sido tan trascendente como parecía, aunque quizá su trascendencia esté en no haberlo sido en el sentido que Mas pretendía.
Hoy pasan un año y seis días desde que el PP gano las elecciones generales con un programa que sistemáticamente ha incumplido y hoy, aquí en Madrid, los profesionales de la sanidad están en huelga porque el gobierno del PP pretende vender los hospitales y gran parte de los centros de salud de la Comunidad a empresas privadas con sospechosas conexiones con el gobierno, hasta hace nada de Aguirre y hoy de Ignacio González. Como muestra basta este significativo botón: el responsable de los hospitales públicos de la Comunidad de Madrid viene directamente de las empresas a las que pretende venderlos. O sea, la zorra cuidando las gallinas.
Duro ¿verdad? Ojalá trances tan duros nos lleven, la próxima vez que nos toque votar, a pensar, no en lo que nos prometen, sino en lo que vamos a necesitar el día después.
 
 
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lunes, 29 de octubre de 2012

PARA NO HABLAR DE LO IMPORTANTE

 
 
No seré yo quien niegue a los pueblos, sean los que sean, su derecho a sentirse y quererse distintos. Es más, quizá como reacción al franquismo que perseguía y castigaba ese sentimiento, sentí, como muchos españoles con deseos de enterrar al dictador y con él la dictadura, una cierta simpatía hacia esas otras formas de estar en España que afloraban.

Como en tantas otras cosas, el sueño resultó más confortable que la realidad de lo soñado, porque, cuando las aspiraciones de los nacionalistas comenzaron a plasmarse en los estatutos todo se hizo más incómodo y prosaico, en perjuicio de la generosa solidaridad con que, al menos la izquierda, había acogido esas aspiraciones.

Han pasado más de tres décadas desde que perdimos la inocencia y nos vimos enredados en esas disputas cotidianas por un quítame allá esas competencias y alguno menos desde que, tras la debacle de UCD, la derecha española decidió unir sus intereses y agruparse en un partido, el PP, en el que aglutinó desde la derecha económica y la acostumbrada al control de la Administración, con el ultra catolicismo y la ultraderecha más montaraz.

Este partido aglutinador de todas esas derechas descubrió pronto que la mejor bandera que podía agitar ante el electorado para ganarse sus favores estaba en ese doble juego del patriotismo que unas veces se muestra como víctima de los excesos "separatistas" y otras como irredento vengador de esos excesos a base de amenazas y campañas de boicot, más efectista que otra cosa, a determinados productos, especialmente y más que los producidos en Cataluña, los que, siguiendo los tópicos, son los más fáciles de identificar.

Ahora, de manera precipitada, asistimos al enconamiento de esos sentimientos nacionalistas en Cataluña, más como sublimación de la frustración que producen las consecuencias de la crisis en los catalanes que como salida práctica a la misma. Tengo amigos y familiares catalanes y entiendo perfectamente lo que están sintiendo. Tanto, que, a veces, echo de menos tener un "Madrid" al que culpar de todos mis males, un Madrid del que independizarme para ver si, con esa independencia, las cosas van mejor. Pero no. Los madrileños, querámoslo o no estamos condenados a padecer los rigores del gobierno de la nación y a llevar el sambenito de encarnarlos.

Mi impresión es que unos y otros, CiU -no sé si toda- y PP, agitan la bandera del nacionalismo, para distraer a catalanes y "españoles" de las consecuencias sus verdaderos problemas, de esos que unos y otros, Mas y Rajoy, son incapaces de solucionar.

Los telediarios duran lo que duran y los periódicos tienen las páginas que tienen. Por eso, cada titular, cada portada y cada línea que se dedican a esta diatriba que no parece tener solución a corto plazo, son un titular, una portada y una línea que no hablan de lo importante, del paro, de los recortes, de la crisis que parece haberse comido la democracia de un bocado, mientras discutimos si son galgos o son podencos.

El adelanto de elecciones por parte de Mas ha sido tramposo y, o mucho me equivoco, o acabará pagándolo, porque su planteamiento, que no buscaba otra cosa que cerrar el cuaderno de la crisis sin haber hecho la tarea para abrir el tebeo de los sueños no demasiado realistas, puede llevar a sus votantes a la frustración de que detrás de tanto sueño y tanto símbolo no hay más que estrategia electoral y ese deseo insensato de mantener se en el poder a toda costa. No buscaba otra cosa que pillar a la oposición con el pie cambiado y obligarla a hablar del tebeo en lugar de hacerlo de los deberes.

Para concluir me vais a permitir la pequeña frivolidad de señalar que en Euskadi, con un parlamento absolutamente "soberanista", que se parece más al Euskadi real que el de la pasada legislatura, y eso pese a que el pacto PP-PSE cumpliese su objetivo de normalización, en un parlamento como ese, la soberanía, la autodeterminación, la independencia o como quiera que se le quiera llamar, no es un objetivo prioritario. Y me atrevo a vaticinar que, una vez pasadas las elecciones, tampoco Mas va a insistir en él.

No quisiera equivocarme, pero siempre he pensado y pienso que un catalán lo primero que quiere es ser feliz y sentirse seguro y después ser catalán, como un español, o un madrileño, lo primero que quiere es sentirse seguro y ser feliz, antes que sentirse español o madrileño. Si no es así, que se lo hagan mirar.
 
 

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jueves, 20 de septiembre de 2012

NACIONALISMOS

 
 

Como muchos españoles e mi generación, los que padecimos la opresión de quienes se habían apropiado de nuestro país y nuestra bandera y no teníamos, a cambio, otra con la que identificarnos, nunca me he sentido implicado por nacionalismos de ningún tipo, aunque os aseguro que los respeto y muy especialmente en todo lo que tienen de expresión de sentimientos y hechos culturales.

Sin embargo y pese a no sentirme inmiscuido en disputas nacionalistas, me desagradan aquellos que esconden bajo las banderas intereses bastardos, los que agitan los símbolos para ocultar sus fracasos, y aquellos que buscan banderas en los desvanes para oponerlas a los de los primeros. Y eso, porque, si no me inclino por los unos, mucho menos por este nacionalismo excluyente e imperialista que tan hábilmente ha manejado la dimitida presidenta madrileña.

Quien, como yo, por propio interés o por razones profesionales, lleve años asomado a la actualidad política, debe saber ya de sobra que el nacionalismo o, mejor dicho, los nacionalistas, como en la Ítaca de Kavafis, no buscan la meta, sino el propio viaje. Luego, cuanto más les alejemos de ella, más sentido damos a su existencia y más fuerza les suministramos. Dicho de otro modo, el nacionalismo es como el agua que baja de las montañas que, cuando llega al valle, se remansa. Ahora bien, si levantamos presas en su camino o cegamos los puentes bajo los que corre, el agua se represará, cobrará fuerza y acabará reventando la presa, el puente y lo que se le ponga por delante.

Hay que ser tolerantes con los sentimientos de la gente y hay que ser, al mismo tiempo, implacable con quienes tratan de manipularlos. Hoy Rajoy y Más tienen una oportunidad única para detenerse ante el abismo, reflexionar y buscar una manera de descender al valle común en el que hemos vivido y debemos seguir viviendo.

Aún así, me temo que no lo harán. Y no lo harán, porque a uno y otro les interesa prender ese bosque para que el fuego implacable del descontento contra los recortes y el desmantelamiento del Estado de Bienestar que avanza implacable en Cataluña y el resto de España no les queme. Creen que quemando de manera controlada los parques que circundan sus palacios de poder, las llamas no les alcanzarán. Pero cuidado, a veces los grandes fuegos nacen cuando se pierde el control de estos otros fuegos terapéuticos.

Personalmente creo que a la gran mayoría de los catalanes y de los españoles, lo que les preocupa es encontrar trabajo o conservar el que tienen, llegar a fin de mes, pagar la hipoteca y sacar adelante a sus hijos. Todo lo demás es accesorio y, enredándonos en ello, estaremos haciendo el mayor de los favores a quienes nos quieren hacer pagar el desastre que provocaron o, al menos, consintieron.

 

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