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martes, 21 de marzo de 2017

EL FIN DE ETA


Por edad me ha tocado, no a todos los españoles les pasa, haber sido testigo, en la distancia, eso sí, del nacimiento y el fin de ETA. Al principio, he de reconocerlo, durante los últimos coletazos de la dictadura, los de mi adolescencia, ETA tenía un halo de "robinhoodismo", si es que perdonamos el "palabro", porque atacaba a "los malos" y defendía a los buenos y, por qué negarlo, porque sus actos se circunscribían únicamente al País Vasco y, a lo sumo, Navarra. Eran tiempos en los que ETA se nutría de universitarios y, como el PCE, de alguna manera, aglutinaba la resistencia más activa contra el dictador. También, ETA era de izquierdas o, al menos, así la quería ver yo.
Estoy hablando de los tempos del "Proceso de Burgos", de una ETA que renunciaba a causar "daños colaterales", de una ETA, en fin, muy arraigada en el pueblo, que aún tenía la pátina de los aquellos movimientos de liberación nacional de los sesenta, una ETA contemporánea de los primeros años de la revolución cubana, una ETA con mucho de épica, que aún encontraba una cierta justificación para su violencia.
Os hablo, insisto, de años en los que, a Madrid, al resto de España, no le alcanzaban ni los tiros ni las bombas de ETA. Pero el tiempo pasó, Franco murió ensartado de agujas y electrodos en una cama de un hospital madrileño, el mismo que su régimen levantó para conmemorar los veinticinco años de esa paz terrible que siguió a su guerra. El tiempo pasó y llegó aquella democracia imperfecta en la que nos movemos aún, con aquellas primeras elecciones que pusieron a cada uno a trabajar en lo suyo, en las que aquella unanimidad en torno a ETA desapareció, como también desapareció la que había en torno al PCE, dando paso a la moderación y el posibilismo. Y a ETA que, con la amnistía, iba quedándose sola y sin argumentos para justificar la violencia que crecía en ella.
Poco a  poco, de ETA fueron desgajándose las distintas facciones que ya no comulgaban con toda esa violencia del pasado ni, mucho menos, con esa "socialización del dolor" con la que en adelante iba a justificar sus bombas, algunas de las cuales acabaron en terribles masacres, llegaron los tiros en la nuca, las bombas lapa y los más cobardes asesinato, en una escalada de atentados que aún resuenan en nuestros cerebros -Calle del Correo, Hipercor, las casas cuartel de Zaragoza y  Olot, la Plaza de Republica Dominicana, el sádico asesinato de Miguel Ágel Blanco, el de Ernest Lluch, el atentado del Aeropuerto de Barajas- como un palmarés del horror más ciego e inútil. que acabaron por hacer saltar, también, por los aires cualquier apoyo o simpatía que hasta entonces podría recibir, sobre todo del exterior,
Y, con su terror, incluso con el de "baja intensidad" que teorizó y practicó la banda, creció enfrente la eficacia policial y diplomática de los distintos gobiernos que se sucedieron en España, y se trabajó en distintos intentos de negociación, alguno dinamitado por el PP, para buscar una salida, la que por fin parece haber llegado, que pusiese fina a cerca de un millar de muertos y más de seis décadas de dolor.
Alguno de esos intentos me tocó vivirlo de cerca, del mismo modo que la política de dispersión de los presos de la organización y las distintas estrategias de "maceración" de unos militantes que estaban llegando a la edad en que otros se jubilan, en la cárcel y sin haber conocido una vida más allá de la clandestinidad, el exilio y las rejas. Sin embargo y curiosamente, al menos en mi opinión, el hecho que definitivamente acabó con ETA no tuvo que ver con ella ni con la lucha contra ella. Lo que creo que acabó con ETA fue, irónicamente, que durante cuarenta y ocho horas una gran parte de España diese por buena la atribución de la autoría de las matanzas del 11-M en los trenes de Madrid que. miserablemente, hizo el gobierno de Aznar.
ETA había exacerbado tanto su violencia que muchos españoles les creyeron capaces de algo tan ciego y sin sentido, sin siquiera el sentido que cínicamente dieron a más de uno de sus atentados. Verse ante el espejo de tanto horror les retrató en su locura y les dejó sin argumentos. Eso y el cansancio de una "guerra" que estaban perdiendo, les llevaron a callar las armas, primero, y a entregarlas, ahora, dentro de unos días.
Todo ha influido, las consecuencias del terror, el cansancio de quienes se embarcaron en una vida sin salida y sin relevo, el fin de la tortura y el terrorismo de Estado que, desgraciadamente, camparon por sus respetos en este país, el rechazo de gran parte de la población que valientemente llevó "Basta ya" a las calles de Euskadi, la eficacia policial, el fin de los santuarios en Francia y el resto del mundo, el 11-M, pero, sobre todo,, la llave para una salida negociada a la que llevó el convencimiento, primero en el ministerio del Interior -así me lo dijeron ya en los primeros noventa- y después en sectores cada vez más amplios de la población, de que "lo importante no era vengarse de ETA, sino acabar con ella".

Hoy, pese a quien pese, porque, a uno y otro lado hubo a quienes su existencia les convino, el fin de ETA, el que yo esperaba, porque es el único posible, el que nos permita ser más libres, ql que algín día sabremos que fue discretamente acordado, por fin parece haber llegado.

viernes, 23 de septiembre de 2016

EL SEPARATISMO Y LA PISTOLA

Me lo dijo un día Santiago Carrillo a propósito de Gallardón y, yo, siempre que puedo lo repito "no hay nadie en el PP que no sea del PP" Don Santiago acertaba, tenía toda la razón, porque, como el diablo, sabía más por viejo que por diablo.
Por más que se disfracen, por más que quieran parecer modernos, liberales o cordiales, por más que traten de vestir su discurso con tintes sociales, siempre, antes o después, les sale el alma conservadora y ultra nacionalista, porque eso que llaman patriotismo, el nacionalismo español, no es más que otra forma de nacionalismo y quizá la peor, porque trata de imponerse a las demás y, siempre que puede, los reprime. 
Le ocurrió esta semana a Alberto Núñez Feijoo, el presidente gallego y candidato a la reelección dentro de cuarenta y ocho horas. Hablaba en la intimidad de su coche oficial con Pepa Bueno y, quizá por creerse en territorio amigo, se relajó y, hablando de la difícil solución de la salida a la encrucijada catalana, lo dijo "no se puede negociar con la pistola del independentismo encima de la mesa" y, por si no le hubiésemos entendido, glosó su innecesaria "boutade", aludiendo torpemente al terrorismo de ETA.
Inmediatamente, claro, nacionalistas y no nacionalistas se le echaron encima, especialmente desde Cataluña, y con razón, porque tratar de asimilar el nacionalismo al terrorismo de ETA, que, ni aun en Euskadi encarnó nunca al nacionalismo, a todo el nacionalismo, no fue sólo una falsedad, fue además una canallada, porque, afortunadamente, ese mal sueño ya ha pasado e invocarlo no es de gente "de ley".
Sin embargo, lo que hizo Feijóo, dejarse traicionar por el subconsciente, era de esperar. Les pasa a todos los del Partido Popular. Han sido demasiados años hurgando con el palo de la intransigencia y el ojo por ojo, no sólo en el avispero etarra, sino, también, en todo el jardín vasco, demasiados años considerando ese territorio un fortín a defender a sangre y fuego y a costa de todo, demasiados años lanzando en Euskadi un mensaje apocalíptico e intransigente, a sabiendas de que, con esa actitud, esquilmaban a su propio electorado, incluso en Álava, "el sur" que decía el personaje de Karra Elejalde en "Ocho apellidos vascos".
Pero no nos engañemos, todo aquello tenía un sentido, todas esas salidas de tono, ofensivas para la mayoría de los vascos buscaban el premio del "prietas las filas" entre los votantes, generalmente mal informados sobre las causas y el alcance del "conflicto" vasco. Sé que es duro decirlo, pero ha sido así. Euskadi primero y luego Cataluña han sido el frontón contra el que los candidatos populares, pero no sólo los populares, lanzaban sus mensajes "patriotas", a sabiendas de que esos mensajes, como en el juego de pelota, les serían devueltos, con más fuerza si cabe, en forma de votos en el resto del territorio.
Ahora que ETA lleva cinco años sin matar y que Euskadi ha vuelto a ser el país que nunca debió dejar de ser, la pared del frontón se ha trasladado a Cataluña, y contra Cataluña y una gran parte de los catalanes se lanzan ahora los pelotazos. El primero, el que abrió el partido fue aquel recurso presentado contra el Estatut que se habían dado la inmensa mayoría de los catalanes, más de los que hoy se confiesan independientes y votan a los partidos que se dicen independentistas. Con aquel gesto y con el boicot a los productos catalanes y todas las campañas asociadas, con el ruido de todas esas tertulias, el PP y su gobierno hicieron más independentistas que el mismísimo Franco, mientras que el Partido Popular se convertía en residual. 
Pero no nos engañemos, ese aparente sacrificio obtuvo su premio en el resto de España, pero también allí, porque la tibieza del PSC, su indeterminación, su renuncia a hacer pedagogía y optar por el seguidismo al PP acabaron por convertir al partido que no hace tanto gobernaba Cataluña en otro partido casi residual.
No es mala esa estrategia del PP, Al menos es taimada e inteligente, aludir siempre que se pueda al separatismo y las pistolas reporta beneficios, pero no es, ni mucho menos, honrado.

lunes, 29 de octubre de 2012

PARA NO HABLAR DE LO IMPORTANTE

 
 
No seré yo quien niegue a los pueblos, sean los que sean, su derecho a sentirse y quererse distintos. Es más, quizá como reacción al franquismo que perseguía y castigaba ese sentimiento, sentí, como muchos españoles con deseos de enterrar al dictador y con él la dictadura, una cierta simpatía hacia esas otras formas de estar en España que afloraban.

Como en tantas otras cosas, el sueño resultó más confortable que la realidad de lo soñado, porque, cuando las aspiraciones de los nacionalistas comenzaron a plasmarse en los estatutos todo se hizo más incómodo y prosaico, en perjuicio de la generosa solidaridad con que, al menos la izquierda, había acogido esas aspiraciones.

Han pasado más de tres décadas desde que perdimos la inocencia y nos vimos enredados en esas disputas cotidianas por un quítame allá esas competencias y alguno menos desde que, tras la debacle de UCD, la derecha española decidió unir sus intereses y agruparse en un partido, el PP, en el que aglutinó desde la derecha económica y la acostumbrada al control de la Administración, con el ultra catolicismo y la ultraderecha más montaraz.

Este partido aglutinador de todas esas derechas descubrió pronto que la mejor bandera que podía agitar ante el electorado para ganarse sus favores estaba en ese doble juego del patriotismo que unas veces se muestra como víctima de los excesos "separatistas" y otras como irredento vengador de esos excesos a base de amenazas y campañas de boicot, más efectista que otra cosa, a determinados productos, especialmente y más que los producidos en Cataluña, los que, siguiendo los tópicos, son los más fáciles de identificar.

Ahora, de manera precipitada, asistimos al enconamiento de esos sentimientos nacionalistas en Cataluña, más como sublimación de la frustración que producen las consecuencias de la crisis en los catalanes que como salida práctica a la misma. Tengo amigos y familiares catalanes y entiendo perfectamente lo que están sintiendo. Tanto, que, a veces, echo de menos tener un "Madrid" al que culpar de todos mis males, un Madrid del que independizarme para ver si, con esa independencia, las cosas van mejor. Pero no. Los madrileños, querámoslo o no estamos condenados a padecer los rigores del gobierno de la nación y a llevar el sambenito de encarnarlos.

Mi impresión es que unos y otros, CiU -no sé si toda- y PP, agitan la bandera del nacionalismo, para distraer a catalanes y "españoles" de las consecuencias sus verdaderos problemas, de esos que unos y otros, Mas y Rajoy, son incapaces de solucionar.

Los telediarios duran lo que duran y los periódicos tienen las páginas que tienen. Por eso, cada titular, cada portada y cada línea que se dedican a esta diatriba que no parece tener solución a corto plazo, son un titular, una portada y una línea que no hablan de lo importante, del paro, de los recortes, de la crisis que parece haberse comido la democracia de un bocado, mientras discutimos si son galgos o son podencos.

El adelanto de elecciones por parte de Mas ha sido tramposo y, o mucho me equivoco, o acabará pagándolo, porque su planteamiento, que no buscaba otra cosa que cerrar el cuaderno de la crisis sin haber hecho la tarea para abrir el tebeo de los sueños no demasiado realistas, puede llevar a sus votantes a la frustración de que detrás de tanto sueño y tanto símbolo no hay más que estrategia electoral y ese deseo insensato de mantener se en el poder a toda costa. No buscaba otra cosa que pillar a la oposición con el pie cambiado y obligarla a hablar del tebeo en lugar de hacerlo de los deberes.

Para concluir me vais a permitir la pequeña frivolidad de señalar que en Euskadi, con un parlamento absolutamente "soberanista", que se parece más al Euskadi real que el de la pasada legislatura, y eso pese a que el pacto PP-PSE cumpliese su objetivo de normalización, en un parlamento como ese, la soberanía, la autodeterminación, la independencia o como quiera que se le quiera llamar, no es un objetivo prioritario. Y me atrevo a vaticinar que, una vez pasadas las elecciones, tampoco Mas va a insistir en él.

No quisiera equivocarme, pero siempre he pensado y pienso que un catalán lo primero que quiere es ser feliz y sentirse seguro y después ser catalán, como un español, o un madrileño, lo primero que quiere es sentirse seguro y ser feliz, antes que sentirse español o madrileño. Si no es así, que se lo hagan mirar.
 
 

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