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lunes, 26 de noviembre de 2012

Y AL DÍA SIGUIENTE...

 
 
Menos mal que las campañas electorales sólo duran dos semanas. Menos mal o menos bien, si es que así puede decirse, porque esas dos semanas que cada cierto tiempo nos caen encima se convierten en una especie de parques de atracciones en nuestras vidas en los que los políticos, casi todos ellos, nos mienten y nosotros, casi todos, nos dejamos engañar. Son catorce días en los que nos mienten gratis o, siendo caritativo, nos exageran y deforman la verdad gratis y nosotros nos creemos que creerles nos sala gratis. Lo único que no sale gratis esos días, porque resultan tan caras como inútiles, son las encuestas, que cada vez aciertan menos, pintando un retrato de brocha gorda y siempre interesado de la voluntad de los ciudadanos.
Lo malo es que la fiesta, la excursión a la Isla Fantasía de las promesas, acaba por esfumarse y al día siguiente de las votaciones, la realidad dura y contumaz vuelve a llamar a nuestra puerta, con los mismos problemas de siempre y la misma falta de claridad de ideas para solucionarlos de los de siempre. Hoy lunes los catalanes tendrán los mismos problemas en los colegios de sus hijos, las mismas carencias de servicios sociales, el mismo deterioro en la enseñanza universitaria, las mismas y caras tarifas de las autopistas, el mismo paro, los mismos desahucios, el mismo desmantelamiento de sus hospitales y centros de salud y no sólo eso, porque también tendrán a los mismos incapaces para no dar solución a sus problemas.
Resulta muy curioso que, después de tanto darle vueltas a los resultados de ayer, perece que nadie haya visto el más palpable y, a mi parecer, más grave de los resultados. Lo vio desde un primer momento una de mis "amigas" de Facebook: la izquierda que debería movilizar a los ciudadanos, la que debería defender los intereses de los más débiles, la que debería defender lo público, impidiendo que pase a manos privadas tiene cada vez menos fuerza, si no en las urnas -aún no he hecho cuentas- sí en los parlamentos.
Ese es el problema, la gran movilización social, en marcha desde el 15-M, no tiene traducción en las urnas, porque unos, los socialistas, dieron la espalda a los ciudadanos y están pagando su pecado en las urnas y los otros, IU y aledaños no consiguen despegar en los parlamentos porque el plomo de la Ley Electoral les pesa en las alas.
Al contrario que mi amiga virtual, yo no creo que la sociedad se haya vuelto conservadora. Lo que sí creo es que la mayoría que debería defender lo público, porque conoce realmente su valor, está, de cara a las urnas, desencantada, desmovilizada, desorientada y falta de líderes. Es más, creo que, hoy más que nunca, necesitamos a alguien que fuese capaz de liderar la travesía del desierto que nos queda por hacer, si alguien tuviese la honradez, la claridad de ideas y la paciencia necesarias para reconquistar el espacio natural de la izquierda en los parlamentos, modificando de una puñetera vez esa ley electoral excluyente que, con la inestimable colaboración, por acción u omisión, de los socialistas, ha servido para dejar fuera de juego cualquier asomo de discurso igualitario.
Hoy es el día después de una consulta electoral en Cataluña que, al final, no ha sido tan trascendente como parecía, aunque quizá su trascendencia esté en no haberlo sido en el sentido que Mas pretendía.
Hoy pasan un año y seis días desde que el PP gano las elecciones generales con un programa que sistemáticamente ha incumplido y hoy, aquí en Madrid, los profesionales de la sanidad están en huelga porque el gobierno del PP pretende vender los hospitales y gran parte de los centros de salud de la Comunidad a empresas privadas con sospechosas conexiones con el gobierno, hasta hace nada de Aguirre y hoy de Ignacio González. Como muestra basta este significativo botón: el responsable de los hospitales públicos de la Comunidad de Madrid viene directamente de las empresas a las que pretende venderlos. O sea, la zorra cuidando las gallinas.
Duro ¿verdad? Ojalá trances tan duros nos lleven, la próxima vez que nos toque votar, a pensar, no en lo que nos prometen, sino en lo que vamos a necesitar el día después.
 
 
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lunes, 23 de enero de 2012

PONER CARA AL ENEMIGO


En cualquier contienda -y la vida es una sucesión de contiendas- es primordial saber quién es el enemigo, algo que no siempre resulta fácil y más si el enemigo es un monstruo insaciable que se alimenta de nuestros miedos y nuestras miserias, mientras sentimos su aliento en nuestros cogotes cansados ya de tanta humillación.
Acostumbrados como estábamos a localizar a nuestros adversarios entre "los clásicos", nos hemos dejado embaucar por la marea liberal que ha sabido implicarnos en su juego, borrando de nuestro pensamiento el orgullo de clase que tan lejos llevó a la izquierda en otros tiempos.
Ese es el mayor pecado de la izquierda en los últimos tiempos. Haber sido capaz de avergonzarse de lo que más debería enorgullecerla, como lo son la búsqueda de la justicia y la solidaridad. También, haber pretendido aplicar a la contienda por el poder las mismas reglas que se aplican a la venta de un detergente o un refresco, haber difuminado las señas de identidad de la izquierda para no provocar rechazo en esa gran masa acobardada y ventajista que huye de cualquier cambio que perturbe su fin de semana de sofá y centro comercial.
La izquierda se ha dejado demasiados jirones de su piel en ese afán de mimetizarse con ese ciudadano indeterminado y gris. La izquierda ha apartado su mirada de los problemas cotidianos de los barrios y los centros de trabajo, la izquierda de ha desdibujado y se ha desmovilizado entre los halagos de la banca y los aliados de fuera, convirtiéndose en un tigre reumático al que le cuesta ya salir de su cómodo refugio para cazar y defenderse.
Lo hicieron muy bien Tatcher y sus muchachos. Vendiendo a los desfavorecidos unas viviendas que, por humildes que fuesen, constituían un derecho, consiguieron convertir a Cenicienta en una princesa soberbia e inconsciente, que no tardó en volverse un juguete del príncipe y sus lacayos. Hicieron creer a los de abajo que los de arriba eran los suyos. Y no era cierto.
Por eso reconforta escuchar discursos como el del líder socialista francés, François Hollande que que ha dicho alto y claro que su adversario es el sistema financiero, para el que propugna una reforma radical. Ojalá les vaya bien a él y a los franceses. Ojalá Francia vuelva a ser el escenario de otra victoria contra la tiranía que ya no gasta pelucas empolvadas, sino yates, coches caros y otros lujos que no son más que un insulto a sus víctimas.