jueves, 15 de noviembre de 2012

MENTIRAS

Recuerdo que, de pequeño, mi madre ponía a manudo cebolla en algunas sopas y, sobre todo, en las lentejas, riquísimas por otra parte. Lo hacía para darles el buen sabor que tenían y hoy, cuando yo mismo las cocino, le supongo una buena cantidad de cebolla que paso por la batidora antes de terminar la cocción. Pero a mí, que ni soportaba entonces ni soporto ahora su textura, encontrarme la cebolla en mis lentejas o en mi sopa era casi como una afrenta. Más, cuando mi madre, para que las comiera, negaba la existencia de lo que yo estaba viendo en mi plato y que me producía arcadas incontenibles.
¿Qué consiguió mi madre con ello? No que acabase acostumbrándome a ver la cebolla asomar en mi comida y mucho menos que disfrutase de ella como creo que hay quien disfruta, no. Lo que consiguió es que le perdiese la fe en todo lo demás. Lo mismo me ocurrió con los curas, la iglesia y su tinglado. Tanto amenazarme con las penas del infierno y con terribles enfermedades si no me sometía a la absurda castidad que predican y rara vez practican, tanto afear lo que no es más que un impulso y un comportamiento natural que aquel día en que me acerqué al altar a comulgar en pecado, sentí alivio y no tormento, al comprobar que todo era mentira. Eso, dejar de ir a misa los domingos como quería mi madre, navarra y católica practicante fue todo uno.
Lo mismo me ha ocurrido en el trabajo y en la vida. Me molesta sobremanera que engañen o que traten de hacerlo. Al primer renuncio que le descubro, pierdo la fe en quien sea. Por eso me esforzaba en comprobar los datos de mis informaciones y por eso aconsejaba a mis compañeros que hiciesen otro tanto, porque siempre y más en la radio, hay alguien al otro lado que se va a dar cuenta de que, con buena o mala voluntad, lo que dices es exagerado o sencillamente falso y va a perder la fe en ti y en el medio para el que trabajas.
Quien se siente engañado por alguien una vez no tiene obligación de creerle en todo lo demás y quien engaña una vez puede sentirse tentado por el tobogán de la mentira, como constantemente lo hacen los palmeros del gobierno, especialmente los que engordan en los establos digitales donde tan graciosamente les dejó instalados doña Esperanza Aguirre, antes de sus lágrimas de despedida. Un solo ejemplo: Herman Tertchs, ese esperpéntico personaje de la derecha más montaraz que voló muy alto en los despachos de EL PAÍS -todo acaba por tener sentido- dejó grabado el martes su sermón para ser emitido después de las doce de la noche del miércoles, una vez concluida la huelga, en el que hablaba del fracaso de las movilizaciones sin que si siquiera hubiesen comenzado y consciente de que la televisión de la que cobra iba a dejar de emitir cualquier programación.
Pero lo de Tertchs sería una anécdota frente a las grandes mentiras del Gobierno y su partido, capaz de dejar las farolas encendidas a plena luz del día para maquillar las cifras de consumo eléctrico y, con ellas, la estimación del seguimiento de la deuda, capaz también de decir al mismo tiempo que la huelga ha fracasado y que le ha costado a España cuatro mil millones de euros, capaz, en fin, de retorcer la realidad hasta acomodarla a sus oscuras necesidades.
Pero si alguien se lleva la palma de la mentira, esa es la delegada del Gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes, que fue capaz de decir que a la manifestación-concentración de Madrid -era muy difícil moverse y acabó llenando los grandes bulevares que quedan en Madrid- sólo habían acudido 50.000 personas ¿Es que no se da cuenta de que fuimos muchos los que estuvimos allí, es que no ha visto las fotos de su helicóptero?
No sé qué puede moverles a mentir de esa manera. La gente está harta de saber que, según su policía, en el Madrid Arena había entre quince mil y veinte mil jóvenes y que en el Bernabéu caben cerca de noventa mil personas. Y anoche, señora Cifuentes, en las calles de Madrid había más de una docena de bernabéus y los que estuvieron allí no volverán a creerla nunca más. Ni siquiera cuando les dé la hora.
Luego habrá quien, como Rajoy, se atreverá a decir sin sonrojo que la realidad le ha impedido cumplir su programa. Que hable con Gallardón y Fernández Díaz, tan distintos en su vida privada y tan complementarios en la pública, para que detengan a esa realidad tan tozuda y desagradable.
 
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miércoles, 14 de noviembre de 2012

LA HUELGA, ASUNTO DE INTERIOR

 

Nunca en la historia más reciente de España ha habido más motivos para plantear una huelga general que los que hay hoy. Y, sin embargo, nunca ha sido más difícil para los trabajadores seguirla. En una cruel paradoja, los motivos para hacer huelga y la coartada para quienes no quieren o no se atreven a hacerla son los mismos. Porque la reforma laboral que facilita el despido hasta la arbitrariedad, las dificultades para llegar a fin de mes que hacen imprescindible para la mayoría de los trabajadores esos euros que, descontados de la nómina, no irían al recibo del agua, la luz, el teléfono o la hipoteca, en estos tiempos de cortes y desahucios, también la precariedad en el empleo, los mini contratos y el miedo, sí, el miedo puro y duro, se lo ponen muy difícil a los trabajadores.

Y frente a los trabajadores que tienen la suerte de ver satisfecho su derecho a un trabajo, están los sindicatos, conscientes como nadie de las dificultades de sacar esta huelga adelante, conscientes pero obligados a hacerlo, porque se juegan mucho en el envite. Es más, al igual que en la última huelga, la del mes de junio, lo han de apostar todo a las manifestaciones, que tienen que ser inmensas, como enormes "diadas" en las que los trabajadores expresen su desafecto a un gobierno, a un sistema, que les está pasando por encima un día sí y otro también.

Hoy, las calles de las ciudades españolas deben llenarse de quienes han perdido algo en esta crisis y que, salvo rentistas, banqueros, curas y políticos, somos todos, porque quien no ha perdido el trabajo o la casa, ha perdido un porcentaje importante de su sueldo, ha perdido calidad en la enseñanza que reciben sus hijos o en la asistencia sanitaria. Sus padres o ellos mismos ven como su pensión le da cada vez para menos, los transportes son cada vez más caros y peores, como ocurre con todos los servicios públicos y las medicinas se pagan dos veces y son más caras.

Eso por no hablar de los jóvenes, que han pasado de ser los grandes consumidores, los animadores del mercado a no tener oficio, beneficio y que, gracias al odiado ministro Wert, ni siquiera pueden ya preparase más y mejor para el futuro que les niegan. Todos, trabajadores, parados, pensionistas y jóvenes tienen motivos para cubrir las calles de España con su indignación. Todos se están jugando hoy mucho más de lo que imaginan.

Y, mientras, el Gobierno mira para otro lado o hace ver que mira para otro lado, porque, por más que trate de disimularlo, está preocupado. Tanto que su centro neurálgico lo ha dejado en manos del beato ministro del Interior, que ha dado todo tipo de facilidades a la prensa y, siguiendo el ejemplo de las tropas invasoras de Irak, ha decidido "empotrar" irresponsablemente informadores en sus furgones, supongo que para lavar la denostada imagen de los "pumas".

No sé cómo acabará la jornada, pero sí sé cómo me gustaría que acabase. Con una gran movilización ciudadana que hiele la sonrisa, las mentiras y los desplantes de más de un ministro. Ni las vírgenes por muy del Rocío que sean, ni las oraciones del papa van a servirnos para nada. Sólo si entendemos por qué nos pasa lo que nos está pasando y ayudamos a que los demás lo entiendan y se movilicen, saldremos adelante. Es mucho lo que nos jugamos, han absorbido toda la riqueza de España y otros países como España, como quien pasa una fregona por un suelo mojado y nos han dejado secos y tiritando.

Si el Gobierno cree que la huelga es sólo un asunto de Interior-y lo cree, porque hoy mismo aprueba en pleno los presupuestos, esos que sarcásticamente ha calificado de los más sociales de toda  la democracia- yo tengo claro que la única solución pasa por la movilización ciudadana, tan tranquila como firme.
 

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martes, 13 de noviembre de 2012

UN PIMIENTO

 
Un pimiento. Eso es exactamente lo que les importamos los ciudadanos a nuestros políticos, al menos a la mayoría de ellos. Qué otra consecuencia se puede sacar del rifi-rafe, casi sainetesco y digno de grandes marrulleros como los defensas Pepe y Ballesteros, en que se han enredado la alcaldesa de Madrid, Ana Botella, y el presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, a propósito de dramas ciudadanos tan descarnados como el desmantelamiento de un hospital de referencia, para convertirlo en geriátrico, en el barrio de Salamanca de la capital o la muerte de cuatro jóvenes en un concierto en el que falló todo menos la asistencia.
Lo peor es que una y otro hablan por boca de ganso, porque, en realidad, están representando el papel que les escriben Alberto Ruiz Gallardón, desde su despacho de ministro, y Esperanza Aguirre, desde la presidencia del Partido Popular de Madrid, que no ha abandonado, ni pare dispuesta a abandonar. Se tiran los trastos a la cabeza. Lo malo es que los trastos son nuestros.
Parece mentira que quienes parecen tan distantes como para llamarse, poco menos que ignorante, porque eso es lo que vino a decir González cuando se enteró de que la alcaldesa había firmado contra el cierre del hospital decidido por su gobierno o a sembrar las dudas sobre las decisiones de su gabinete, sean tan parecidos.
Una y otro no han sido elegidos en las urnas para el cargo. Uno y otro son el Plan B de Gallardón y Aguirre, los tapados que agazapados tras los cabezas de lista eran la cuota que Gallardón necesitaba para abrochar algunos apoyos en el ayuntamiento o la mano izquierda, esa que hace trabajos sucios sin que se "pringue" la derecha, para Esperanza Aguirre.
La guerra sorda y fría entre unos y otros no es nueva. El ministro Gallardón y la ex presidenta Aguirre aspiran a lo mismo, que no es otra cosa que convertirse en el recambio que necesitará Mariano Rajoy cuando antes o después de agotar la legislatura, ojalá sea antes, tenga que dejar La Moncloa. Ambos, el ministro y la ex que no lo es, son parejos en el nivel de ambición en la sangre. Pero sus perfiles públicos son bien distintos. Gallardón es el taimado, el de las buenas palabras, que fue capaz de hacerse pasar por progresista ante una parte importante de la ciudadanía, cuando en realidad se ha revelado como un talibán conservador en asuntos como el del aborto, más por convencer a quienes nunca le han querido en Génova, que por su comportamiento nada pío, si se compara con el de otros compañeros del Gobierno. Aguirre, por el contrario, nunca ha pretendido salir bien en la foto ni quedar por lo que no es. Sabe que tiene parroquia fija y que a los madrileños les gusta y mucho ese nacionalismo rancio, negacionista de otros nacionalismos que se gasta la condesa.
Pero Esperanza Aguirre es, además, mucho más lista que Gallardón, porque ha elegido a su tapado, mientras que el del ministro es un lastre que, con una magnífica visión de futuro y cálculo, le puso alguien en la candidatura, porque ahora que le ha tocado ser algo más que un florero, gestionando la crisis del Madrid Arena, ha mostrado bien a las claras todas sus carencias.
Como ya escribí ayer en Facebook, han pasado de taparse descaradamente las vergüenzas a bajarse los pantalones unos a otros, para dejarse con el culo al aire. Se han comportado como esos ciclistas que en la escapada colaboran y se ayudan, hasta que se acerca la meta. En ese momento nadie conoce a nadie y, si hace falta, se ponen en el camino del contrario las tachuelas del Madrid Arena o el Hospital de la Princesa.
Habrá quien, caritativamente, pueda pensar bien de ellos. Os aseguro que sólo buscan perjudicar al contrario, ni siquiera su propio bien, salvo que venga del hundimiento del otro. No les interesa el bien común ni nuestro bienestar porque, no lo olvidéis, les importamos un pimiento.
 
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lunes, 12 de noviembre de 2012

EN QUÉ MOMENTO FUE QUE SE JODIÓ ESPAÑA?

 
El otro día, mirando la foto de aquella plantilla fundacional de EL PAÍS que había "colgado" Maruja Torres en Facebook, recordé aquella pegunta que se le planteaba a Zavalita, protagonista de la novela "Conversación en la Catedral" de Mario Vargas Llosa. "En qué momento fue que se jodió el Perú" le preguntaban y "en qué momento fue que se jodió España" es lo que me atreví a preguntarle a la nostálgica Maruja que, ante la escabechina que están haciendo con su periódico, pasaba de llorar de pena a hacerlo de rabia. Y Maruja no dudó en fijar ese momento en el final de los ochenta y creo que tiene razón.
Fue en aquellos años cuando comenzó el baile de las hipotecas, os acordáis, aquel baile en que, en contra de todo lo razonable los bancos se quitaban unos a otros los clientes, a base de hacerse con sus hipotecas para ofrecérselas, más baratas, si la renegociaban con ellos. Fueron los tiempos en que los bancos, y también las cajas, pasaron de regalar calendarios por navidad a "vendernos" vajillas, baterías de cocina, relojes y, en el mejor de los casos, televisores, si le poníamos los cuernos a nuestro viejo banco con ellos.
Estábamos felices, España estaba de moda y a los españoles nos iba muy bien, por qué íbamos a renunciar a disfrutarlo. Además, conseguir dinero era fácil, cada vez más fácil. España era Jauja, pero, imperceptible, silenciosamente, se estaba jodiendo. Y por qué se estaba jodiendo. Se estaba jodiendo porque fue en aquellos años, cuando la mentira pasó a ser moneda de cambio. Pusieron la zanahoria de los pisos mejores, las vacaciones y los coches, mientras escondían bajo la mesa el palo de la letra pequeña, de los embargos y los desahucios.
Evidentemente nos faltó prudencia y nos faltó realismo, porque, y ahora, mientras nos lamemos las heridas, lo vemos claro, nadie hace nada por nada ni por nadie. Nadie puede mejorarte la hipoteca sin llevarse nada a cambio. Ni siquiera el empleado que lleva años atendiéndote, primero en la ventanilla, que por sí denota distancia, y ahora tras esa mesa tramposa que, para tu mal, puede llevarte a creer que estáis en el mismo lado, y nada más lejos de la realidad.
Pero, si nosotros fuimos ilusos e imprudentes y ellos unos canallas, peores han sido aquellos que borrachos de soberbia, poder y falso sentido de la responsabilidad han olvidado que el cuero y las maderas nobles que envuelven su escaño no están allí para su disfrute, ni para que nos miren por encima del hombro. El cuero, la madera, la megafonía, los carísimos sistemas de votación, sus caros teléfonos, sus tabletas, sus sueldos y sus dietas, están a su disposición para que les sea más fácil y menos penoso cumplir con lo que les ha llevado allí, que no es otra cosa que el compromiso de hacer nuestra vida más fácil y más justa.
Pero lo han olvidado. Fue quizá por esas fechas cuando lo olvidaron. Fue cuando se dieron cuenta de que, como los bancos, podían quedarse con nuestra cuenta, aunque, eso sí, sin entregarnos la vajilla o el televisor prometidos. Fue entonces cuando se las apañaron para hacernos olvidar que existía la clase obrera, fue entonces cuando nos hicieron a todos propietarios, cuando, de la noche a la mañana, nos convirtieron en clase media. Fue cuando pretendieron, y lo consiguieron, que aquello de obreros y patrones era pasado, que ya todos éramos empresa. Fue cuando el capitalismo escondió las garras y se vistió con pieles de cordero... Y lo peor de todo es que los partidos políticos, nuestros representantes les ayudaron.
Fue por entonces, Zavalita, que se jodió España.
 
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domingo, 11 de noviembre de 2012

DEMASIADO OMBLIGO

 
 

Ni una sola de las encuestas realizadas en los últimos meses deja de señalar el enorme desafecto de la sociedad española hacia su clase política. Lo más curioso es que a cada nuevo estudio publicado le sigue un rosario de declaraciones de sorprendidos representantes del pueblo que no se explican tal cosa. Supongo que, si lo hacen, es por su entrenada capacidad de fingimiento o por puro sarcasmo sádico, porque de lo que estoy seguro es de que no son gilipollas, sino más bien al contrario.

Qué se puede decir, si no, de una clase política, unos representantes del pueblo que son los últimos en darse cuenta de lo que ocurre en el país y de lo que les está pasando a los ciudadanos. Son los últimos en ver las consecuencias de sus leyes, fueron los últimos en oler la tostada de la crisis y, no contentos con ello, cuando se enteraron, ayudados por la prensa, nos pusieron a veces una pinza, a veces una flor, en la nariz, para que no pudiéramos olerla, dejándonos así indefensos frente a ella.

El paradigma de todo esto es que hayan consentido que cuatrocientas mil familias hayan perdido su casa en España y, después de haber rechazado, hasta cuatro veces en el caso del PSOE, considerar la posibilidad de establecer la dación como pago, se apresuren ahora a buscar una solución para todos aquellos que viven angustiados ante la posibilidad de verse en la misma situación. Sin embargo, lo más sangrante de ese paradigma es que el problema lo han visto antes colectivos como los de jueces y policías, habitualmente tildados de carcas y retrógrados, que, desde hace semanas, vienen reclamando una solución a esta tragedia que, cada día, se ve multiplicada cientos de veces en España.

Qué puede esperar una sociedad como la nuestra de unos políticos como estos que continúan negando el apoyo a las víctimas, mientras engordan con nuestros impuestos el agujero sin fin en las cuentas de quienes han causado el daño. Tengo la impresión de que lo que podemos esperar es más bien poco. Tan poco, como que parece que no tienen la más mínima prisa, ni la más mínima intención de meterle mano a una ley tan manifiestamente injusta como la que regula los créditos hipotecarios en España y que, parecen dispuestos a conformarse y a que nos conformemos con una moratoria que dé un respiro a quienes viven bajo la espada de Damocles del desahucio, pero que mantenga intacta la deuda que lo provoca.

Se miran demasiado unos a otros, se miran demasiado en el espejo y se miran demasiado el ombligo. Tanto, que hace años que no ven otra cosa. Y, mientras, la prensa nos cuenta lo que ellos les cuentan, orgullosos de su ombligo, para que no suframos sabiendo lo que ellos deciden que no debemos saber. Por ejemplo que todos nuestros padecimientos, causados por la mala gestión de los bancos, españoles y alemanes, sólo tiene como fin enjugar sus ruinosas inversiones en el ruinoso y podrido mercado hipotecario primero norteamericano y después europeo.

Y en medio de todo esto, la desesperación y la ignorancia han llevado y lleva a muchos votantes a comportarse como el escorpión que, rodeado por el fuego, lanza su aguijón a diestro y siniestro, hasta alcanzarse ciego a sí mismo. Yo, como no quiero ser negativo, me conformaría con tener un partido fiable al que votar en las próximas elecciones. Un partido que llevase en su programa la reforma de la Ley Electoral y la clara intención de meter en cintura a la banca.

 

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sábado, 10 de noviembre de 2012

AMAIA

 
 

Quién te iba a decir, Amaia, que, después de tantos años, después de miedos, después de tantos sacrificios, sería una ley vieja, cruel e injusta, la que te haría insoportable la vida. Puedo imaginar lo terrible de la espera, lo hiriente de los timbrazos del portero automático, si es que los hubo, y los de la puerta de tu casa que, a lo mejor, ni siquiera llegaste a oír. Puedo imaginar tu angustia porque, al parecer, tú eras la única de la familia que sabía que esa mañana os iban a quitar la casa. Qué duro. Demasiada carga para un solo corazón.

Qué hiciste en esos minutos interminables de la espera. Qué les dejaste escrito a los tuyos, si es que tuviste fuerzas para hacerlo. Qué pensaste de quienes hicieron todo el trabajo sucio que te llevó hasta la ventana desde la que saltaste. Duele y angustia sólo de pensarlo.

No lo sabían los tuyos ni, mucho menos, tus vecinos. Quizá ese fue tu error, porque los vascos, si sois fuertes uno a uno, que lo sois, lo sois más cuando estáis unidos. Y este frío crimen de los desahucios, porque como crimen hay que considerarlo, no es asunto de uno, sino de todos. Y es un problema de todos, porque una sociedad que consiente que cada día más de trescientas familias sean arrojadas a la calle, con sus enseres, sus hijos y sus vidas, por deudas a veces insignificantes, es, tristemente, una sociedad enferma, porque lo lógico, lo que cabe esperar, lo deseable, es que esa sociedad se rebele y mate al dragón de la injusticia que tiene atemorizados a los suyos.

Si hubieses visto, Amaia, qué pronto lo entendieron los tuyos, como los alrededores de tu casa se convirtieron en una olla donde se coció toda la rabia y toda la indignación que latía en silencio en tanta gente, como las calles de Barakaldo fueron a la noche un río en el que millares de personas vertieron su ira contenida tanto tiempo para gritar ese ¡basta! que aún resuena, y espero que por mucho tiempo, en los oídos de quienes hace tanto tiempo tenían que haber presentido que algo así iba a pasar.

Pero, para ti, desgraciadamente, el embargo de tu casa fue un asunto sólo tuyo. Demasiado a menudo pasa que los abusos de los bancos, las hipotecas sangrantes e inverosímiles, que muchos empleados de banca, colaboradores necesarios, se diría en un tribunal, del crimen, nos hacían ver como posibles, las estafas de los bancos, el no llegar a fin de mes, hasta que se hace insoportable, es un asunto sólo de uno. Nos da vergüenza reconocer que hemos sido ingenuos, que nos hemos dejado engañar ante el cebo que nos ponían delante, sin saber que quienes nos entrampaban lo hacían por una miserable comisión, por una palmadita en la espalda y una felicitación del director o, simplemente, porque les faltaron el valor y la dignidad suficientes para rebelarse contra un sistema injusto.

Ver ahora tus fotos, Amaia, me sacude aún más si cabe, porque soy capaz de verme en ellas, tú y tu marido, José Manuel, podríais  haber sido mis amigos. Es más, yo podría haber estado en vuestra piel.

Eso ha sido lo que ha encendido todas las alarmas de los bancos y del Gobierno: que es muy fácil reconocerse en ti, y, por eso, tu muerte, tu suicidio, se les ha hecho insoportable. Demasiada mala imagen, porque con qué cara vamos a escuchar ahora los anuncios que hablan de la “obra social” de la Caixa, la que te vendió la hipoteca. Ahora toso son prisas por encontrar una solución, pero no hace ni dos años, cuando el 15-M comenzó a levantar la voz contra os desahucios, desde el PP y lo que es más grave, desde el PSOE, se les tildo de iluminados y enemigos del sistema.

A mí, que no creo en otra vida que no sea ésta y que creo que lo que haya que gozar y que sufrir hay que gozarlo y sufrirlo aquí, me gustaría pensar que diste el grito silencioso que diste para parar tanto dolor y que tu marido y tu hijo puedan pensar en ti como en una mujer valiente que no quiso entregar su casa a los buitres. Me gustaría que, como escuché tantas veces en los tiempos más negros de ETA, los tuyos puedan expresar su deseo de que seas tú la última víctima.
 
 

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viernes, 9 de noviembre de 2012

LOS JÓVENES Y LOS EMPRESARIOS

 
 
No me extrañaría verla mili reinstaurada en España antes de que el PP acabe la legislatura, eso, si es que finalmente la acaba, porque de alguna manera tendrán que sacar a los jóvenes españoles de esa calle sórdida y desolada a la que les está condenando esta crisis, de la que no tienen culpa ninguna.
Quizá lo de la mili, que durante tantos años sirvió como amortiguador para absorber la presión que ejercían demografía y economía en la calle, no se vuelva a repetir, aunque estoy viendo cosas que pensé que nunca jamás volvería a ver en mi ciudad ni en mi calle.
Con un paro juvenil que supera el 50%, con millones de chavales que ni pueden trabajar ni, ahora, pueden estudiar, con las calles llenas de comercios con las persianas echadas, con las obras paradas, con las fábricas y talleres mandando a la calle a sus empleados, porque no tienen trabajo para poder pagarles... con todo ello, hacía falta un golpe de efecto, una nube de colores, como la que utilizan los malos magos para esconder sus burdas manipulaciones.
Pues ¡alehop! ya tenemos humo coloreado para unos cuantos días o quién sabe si semanas, porque los ministros más denigrados del Gobierno, José Ignacio Wert y Fátima Báñez, acaban de parir, una vez más sin apenas contenido, sin fechas y sin presupuestos para regular en España, ojala a imagen y semejanza de la alemana, la formación profesional dual y, de paso, un nuevo contrato de formación y aprendizaje.
La formación dual, que en países como Alemania, en los que existe una industria potente con una tradición en formación -remunerada, por cierto, y que aquí se perdió hace mucho- ha funcionado. Pero no en todos los sectores, porque, por ejemplo, los sindicatos alemanes denuncian abusos en la hostelería, tan extendida en España. Por eso mucho me temo que, el nuevo contrato y la nueva formación van a convertirse en un nuevo coladero de creadores de empleo más que precario, sin derecho a Seguridad Social y, ojo, con un horizonte que, para quienes tengan que acogerse a él llega hasta los treinta años. Sí, habéis leído bien, sin Seguridad Social hasta los treinta años, explotados por empresarios sin escrúpulos que, como vienen haciendo ahora, agotarán los plazos hasta el máximo, ante los ojos y con las bendiciones del Gobierno, subvencionados y mantenidos, eso sí por los padres, si es que conservan su empleo y no han sido sustituidos por sus hijos o por otros jóvenes como sus hijos.
No sé cómo será en Alemania, pero aquí, con la patronal que tenemos, se convertirá en una prebenda más para los poderosos frente a los más débiles y desprotegidos. Lo peor de todo, es que cada vez tengo más claro que todo obedece a una estrategia. Que nos están macerando, cociendo en nuestro propio jugo, para luego hacer con nosotros lo que les venga en nada: se crea una bolsa de jóvenes sin salida ni esperanza y se les ofrece esta alcantarilla laboral para escapar, se nos engañó con los fondos de pensiones que muchos han tenido que comerse ya, liquidado antes de tiempo, se deteriora hasta límites inimaginables la enseñanza pública, para echarnos en manos de colegios en manos de sectas integristas y retrógradas, se desmantela la sanidad pública, para dejarla en pura beneficencia para quien no pueda pagarse un seguro privado y, en fin, se nos roba dos veces en los bancos, una como particulares, con estafas e hipotecas abusivas, y otra como ciudadanos miembros de un estado que está pagando con dinero público la orgia de los de siempre.
Y termino de escribir esto, triste y cabreado, después de saber de ese suicidio de una mujer de Barakaldo que se ha arrojado por el balcón, ante los funcionarios del juzgado que iban a quietarle la casa. Sólo espero que a nadie s ele ocurra cobrarle a su marido la limpieza del pavimento, porque, capaces, son.
 
 
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